La miseria del intervencionismo: 1929-2008

Axel Kaiser · Capítulo 8 de 41

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La miseria del intervencionismo: 1929-2008

6. La cura del boom: la recesión

Otras famosas burbujas en la historia fueron la burbuja de los tulipanes en Holanda después de la creación del primer banco central holandés en el siglo XVII, la burbuja del Mar del Sur que arruinó la economía inglesa también poco tiempo después de que se creara el Banco de Inglaterra y la burbuja de Mississippi en el siglo XVIII, que devastó a los franceses tiempo después de la creación del Banco General en Francia. En los tres casos, como en todos los periodos en que se generan burbujas de alto poder destructivo, existieron expansiones monetarias realizadas a instancias de los gobiernos. Sobre estas antiguas burbujas Doug French señala:

Las tres burbujas especulativas tuvieron como denominador común la existencia de un banco creado por el gobierno que, junto con políticas gubernamentales, crearon enormes cantidades de dinero en cada economía antes y durante estos episodios. Cada episodio fue en su medida diferente, especialmente la tulipomanía, pero los resultados fueron idénticos: boom,

especulación, [25] crash y finalmente pánico financiero.

 

La pregunta que corresponde hacerse después de toda esta exposición entonces es si acaso los ciclos de negocios caracterizados por violentos booms, burbujas y agudas recesiones son realmente inherentes al libre mercado como se suele alegar. Rothbard contesta:

No, porque los bancos jamás podrían expandir el crédito de forma concertada si no fuera por la intervención y el incentivo del gobierno. Pues si los bancos fueran realmente competitivos, cualquier expansión del crédito de un banco rápidamente acumularía las deudas de ese banco en sus competidores, los que a su vez rápidamente exigirán el pago en efectivo de dichos créditos (…) Los bancos solo pueden expandirse confortablemente y al unísono cuando existe un Banco Central, es decir, un banco estatal que goza de monopolio y una posición privilegiada conferida por el Estado sobre todo el sistema bancario. Solo cuando los bancos centrales fueron establecidos los bancos pudieron expandir —el crédito— por períodos prolongados de tiempo y el conocido ciclo de negocios hizo su entrada en el mundo moderno.

[26]

 

6. La cura del boom: la recesión

 

La falta de comprensión de las reales causas de los ciclos de negocios no solo es la responsable de que estos ciclos se atribuyan erróneamente al capitalismo, sino que explica esa febril histeria por intervenir aun más el mercado a través de programas estatales y mayores inyecciones de crédito una vez que la recesión ha comenzado. Como veremos enseguida, Lord Keynes, sin duda el economista más influyente del siglo XX, planteaba que ante una recesión las tasas de interés debían bajarse aun más para hacer durar el boom. Y es que para este economista británico el boom era esencialmente un curioso fenómeno psicológico independiente de las tasas de interés: «El boom es una situación en la cual el exceso de optimismo triunfa sobre tasas de interés que,

bajo una perspectiva más fría, serían consideradas excesivas».[27]

Lo que Keynes ignoraba es que ha sido precisamente la intervención del Estado, a través de los bancos centrales y programas gubernamentales destinados a fomentar el gasto, la responsable del desastre financiero. En cuanto a los políticos, que en general adoran a Keynes por haberles provisto de una justificación técnica para desatar su intervencionismo, estos jamás aceptarán su responsabilidad en el desastre, por lo que culparán a los especuladores, a la codicia de los capitalistas y al sistema de libre mercado, y propondrán masivas intervenciones para combatir la recesión.

Y así empieza lo peor. En lugar de abrazar la recesión y facilitar el proceso depurador de los excesos causados por la orgía crediticia, los gobiernos inyectarán dinero a la economía a través de paquetes de estímulo y utilizarán los bancos centrales para bajar aún más las tasas de interés para supuestamente reactivar la economía y evitar una depresión. Esto es exactamente lo que Keynes sugería hacer en su famosa Teoría General, donde postulaba abiertamente lo siguiente:

El remedio para el boom no es una tasa de interés más alta, sino una tasa de interés más baja, pues esto permitirá que el así llamado boom se prolongue. El remedio adecuado para el ciclo de negocios no debe consistir en abolir los booms y dejarlos en un permanente estado de semi-depresión, sino en abolir la semi-depresión para dejarnos en un permanente estado de semi-

boom. [28]

 

Paul Krugman, quien desde su columna en el New York Times defendía enérgicamente la reducción de tasas y un aumento del gasto después del colapso de las puntocom, plantea la esencia de esta visión en términos aún más sencillos: «Las recesiones pueden ser combatidas simplemente con la impresión dinero y usualmente pueden ser curadas con sorprendente

facilidad».[29]

Tanto Keynes como Krugman y quienes siguen similar línea de análisis no entienden el origen del problema y por tanto no pueden ofrecer una solución adecuada. Afirmar que un problema generado por exceso de crédito y gasto puede resolverse con más gasto y crédito es equivalente a sostener que la resaca que se experimenta después de una borrachera puede mejorase consumiendo más alcohol. La recesión es precisamente la resaca que permite desintoxicar el sistema de las malas inversiones y excesos de tiempos del boom —la fiesta—. Aunque dolorosa, es completamente necesaria para restaurar la sanidad de la economía. En consecuencia, todo intento por intervenir con el proceso de liquidación de las malas inversiones y la indispensable caída de precios solo pospondrá la hora de la verdad, empeorando aún más las cosas. Mises explica:

El boom dilapida, a través de malas inversiones, factores de producción escasos y reduce el stock disponible al incentivar el sobreconsumo. Sus supuestos beneficios son pagados así a través del empobrecimiento. La depresión, por el contrario, es el camino de regreso a un estado de cosas en el que todos los factores de producción son empleados en el mejor uso

posible para satisfacer las necesidades más urgentes de los consumidores.[30]

 

Pero lo peor del boom, nos dice Mises, no es el empobrecimiento, sino el daño moral causado. Cuanto mayor fue la ilusión de prosperidad causada por el boom, mayor será el rechazo de las personas a aceptar su fin y por tanto más reclamarán por intervención estatal. Y, lejos de culpar a las autoridades por haber generado el boom, lo atribuirán al capitalismo y exigirán mayor

gasto fiscal y más expansión del crédito e inflación.[31] Ante esto, Hayek advirtió en 1932, cuando la Gran Depresión ya causaba estragos, lo siguiente:

Combatir la depresión por medio de una forzosa expansión del crédito es intentar curar el mal con los mismos medios que lo causaron; como sufrimos de una producción distorsionada, queremos crear más distorsiones, un proceso que solo puede llevar a una crisis mucho más severa tan pronto la expansión del crédito llegue a su fin. Es probablemente debido a este experimento, junto con los esfuerzos por impedir la liquidación una vez que ha llegado la

crisis, lo que explica la severidad y duración de la depresión actualmente. [32]

 

Vemos entonces que la paranoia anti-recesión es la receta perfecta para empeorar las cosas. Particularmente furiosa es la reacción frente al fantasma de la «deflación», que, según muchos expertos y por cierto políticos de todos los credos, es lo peor que puede pasar a la economía. Esto, desde luego, no pasa de ser un mito derivado, nuevamente, de un desconocimiento profundo sobre las dinámicas económicas y de un cierto interés por engañar al público. Pues evidentemente, si en el período del boom existió un alza generalizada de precios debido a la inflación de la masa monetaria, cuando la burbuja revienta las malas inversiones deben ser liquidadas permitiendo una reestructuración de la economía. Y, como es lógico, lo anterior implica un descenso de los precios de bienes y salarios a niveles de equilibrio. Ambos fenómenos son necesarios: la liquidación de las malas inversiones para liberar factores productivos hacia áreas eficientes de la economía, y la baja de los salarios para restablecer un nivel de acuerdo a su real productividad. Una vez restablecidos esos equilibrios después de que la recesión haya efectuado las correcciones necesarias, el empleo vuelve a recuperarse y la economía vuelve a producir en condiciones normales.