La miseria del intervencionismo: 1929-2008

Axel Kaiser · Capítulo 10 de 41

Páginas del PDF

La miseria del intervencionismo: 1929-2008

8. La inflación: el asalto encubierto

Un excelente ejemplo histórico de cómo mejora la calidad de vida gracias a la disminución de los precios lo constituye el período entre 1873 y 1896 en Inglaterra, el cual ha dejado sin explicación a generaciones completas de economistas. En esa época, los países estaban sujetos al patrón oro, por lo que no podían aumentar la masa de dinero circulante fácilmente. Esto llevó a que durante dos décadas los precios en Inglaterra no hicieron más que caer debido al aumento de la productividad, lo que convenció a muchos de que estaban experimentando una «gran depresión». Sin embargo, la evidencia muestra que, si bien los precios bajaban, en términos reales la sociedad era mucho más rica al final de la «depresión» que al principio. En efecto, en la Inglaterra post-«deflación» los consumidores podían acceder a muchos más bienes y las empresas mantenían, en términos reales, excelentes niveles de utilidades. La conclusión es simple: la famosa Gran Depresión de 1853-1896 no es más que un mito. Ciertamente los precios bajaron, pero todos los demás índices de actividad económica, tales como producción de carbón y hierro, tonelaje de barcos construidos, consumo de lana y algodón, utilidades por concepto de comercio, formación de empresas, consumo per cápita de avena, té, cerveza y

tabaco, entre otros, muestran una notoria evolución al alza.[33] Aún más, la verdadera contracción de la economía se produjo poco antes de la Primera

Guerra Mundial, cuando los precios iban al alza.[34]

Otros ejemplos de deflación con crecimiento económico lo constituyen China y Estados Unidos. En China, entre 1998 y 2001, el PIB real aumentó en un promedio anual de 7,6%, mientras el nivel promedio de precios de retail bajó hasta en un 3,0% en cada uno de esos años. En Estados Unidos, en tanto, de 1880 a 1896 el nivel general de precios cayó en un 30%, es decir, un 1,75% al año, mientras que el ingreso real de las personas aumentó un 85%,

o, lo que es lo mismo, un 5% al año.[35]

 

8. La inflación: el asalto encubierto La paranoia deflacionista es particularmente alimentada en las escuelas de economía, donde se suele enseñar que los bancos centrales deben incrementar moderadamente la masa monetaria para seguir el ritmo del crecimiento económico. Resulta curioso que los economistas de hoy tengan que destinar miles de papers y libros a intentar responder la pregunta de cuánto dinero es necesario en una economía cuando nadie se pregunta cuántos zapatos, tomates o autos debieran haber en una economía. En esos casos, como observó Rothbard, se asume que es el mercado el que determina a través de la oferta y la demanda la cantidad de bienes producidos. En los países socialistas incluso la producción de este tipo de bienes debía ser «calculada» por expertos del mismo modo en que hoy se intenta calcular la cantidad de dinero adecuada en lugar de dejar que el mercado lo determine. Hoy sabemos que el resultado de la planificación central, como predijo Mises varias décadas antes de que ocurriera, fue un completo fracaso. Por la misma razón, también la planificación monetaria será insostenible en el largo plazo. Y es que no hay modo alguno en que un par de expertos puedan saber a ciencia cierta cuántos medios de pago son necesarios en el mercado, ni cuántos hay. A tal punto llega el desconcierto entre los economistas sobre este asunto que el mismo Alan Greenspan, al ser interrogado por el representante Ron Paul en febrero de 2002 acerca de la expansiva política monetaria de la Fed y sus permanentes errores de predicción, honestamente contestó:

El problema que tenemos es cómo definimos lo que es dinero (…) primero utilizamos M1 y resultó ser un indicador muy difícil de cualquier situación financiera. Después fuimos a M2 y tuvimos un problema similar (…) la dificultad es definir qué parte de nuestra estructura de liquidez es realmente dinero (…) Hemos tenido problemas durante años para lograr algún indicador para determinarlo (…) Creemos que nuestras mediciones de dinero han sido inadecuadas…

 

Ante esta respuesta y previamente al cierre de su intervención, Ron Paul, también seguidor de la Escuela Austriaca de Economía, contrapreguntó a Greenspan: «¿De modo que es difícil manejar algo que no puede definirse?», a lo que este contestó directamente: «Es imposible manejar algo que no puede

definirse».[36]

El intercambio entre Ron Paul y Alan Greenspan es revelador. Quien fuera considerado la máxima autoridad monetaria del mundo y por muchos el mejor banquero central de la historia de Estados Unidos, tuvo que reconocer que no sabía cómo determinar lo que era o dónde estaba concretamente el dinero en la economía a pesar de que su trabajo consistía en manejarlo. Así las cosas, que los bancos centrales generen inflación, burbujas y recesiones no debiera sorprender a nadie.

La idea moderna de que es el rol de los bancos centrales evitar que la economía caiga en deflación es lo que los convierte en máquinas de inflación. En tiempos normales expanden la masa monetaria para mantenerse «a la par» con el crecimiento económico, y en tiempos de crisis expanden aun más la masa monetaria para supuestamente evitar la deflación y la recesión. En esta lógica, los bancos centrales no solo crean los ciclos de negocios y las burbujas, sino que impiden a la población beneficiarse íntegramente de los procesos de bajas de precios que se derivan naturalmente de los aumentos en la productividad. En el largo plazo, por cierto, este proceso de incremento de la masa monetaria es extremadamente dañino, pues la inflación acumulada a través de los años debido a este tipo de política implica un deterioro importante en el poder adquisitivo de las personas en beneficio del gobierno y de las elites financieras. Pero antes de explicar la mecánica de la inflación dejemos claro que es completamente erróneo definir este fenómeno como el alza de los precios. En rigor, la inflación es un incremento en la masa monetaria. La deflación, a contrario sensu, es una disminución en la masa monetaria. Así fueron tradicionalmente definidos ambos fenómenos hasta que en la década de los treinta hizo su entrada el keynesianismo, confundiéndolo todo. Hoy se afirma que la inflación es el alza de precios y la deflación la baja de precios. Pero estos no son más que el resultado del aumento o disminución del dinero circulante respectivamente. El alza de precios después de un incremento de la masa monetaria es inevitable, pues habrá más dinero persiguiendo igual cantidad de bienes. Esa es la lógica del ajuste de precios: a mayor cantidad de unidades monetarias —dinero— que persigue la misma cantidad de bienes producidos en una economía, mayor nivel de precios; y viceversa, a menor cantidad de unidades monetarias que persigue los bienes producidos en una economía, menor nivel de precios, o, en otras palabras,

mayor poder de compra de cada unidad monetaria.[37] En cuanto el dinero no es más que un medio de intercambio, entonces podemos afirmar, con Mises, que en general cualquier cantidad de unidades que circulen en la economía cumple la función de cualquier otra. Dicho en forma más simple, si todas las personas que tienen dinero en una sociedad de pronto ven incrementada la cantidad de dinero en su poder en diez veces, su poder adquisitivo real es exactamente el mismo, pues todos tienen diez veces más dinero y por tanto conservan intacto el poder de reclamo que ese dinero les otorga sobre los bienes producidos. La única diferencia será que el valor de cada unidad en sí será menor. Del mismo modo, si todas las personas que poseen dinero en una sociedad ven disminuida la cantidad de dinero en su poder en diez veces, habrá diez veces menos dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes, con lo cual los precios en general bajarán y por tanto el poder adquisitivo de todos permanecerá intacto. El popular juego llamado Monopoly puede servir para ilustrar lo anterior. Si repentinamente todos los jugadores multiplicaran por diez veces el dinero en su poder no habría ninguna diferencia en su posición dentro del juego, pues el número de propiedades que pueden comprar permanecerá igual. La diferencia será que los precios subirán en términos nominales. Así, el hecho de que haya aumentado diez veces la cantidad de dinero en poder de los jugadores no significa absolutamente ninguna mejoría en su situación real como agentes del mercado. Muy distinto sería si solo algunos incrementan la cantidad de dinero en su poder, pues tendrán una ventaja sobre los demás, que no lo vieron incrementado. Si un jugador, por ejemplo, trajera escondidos billetes de otro juego idéntico y los agrega a los suyos sin que los demás se den cuenta, este jugador verá incrementado su poder de compra a expensas del resto. En otras palabras, este incremento artificial de la masa monetaria, que llegó a través del jugador tramposo, lo beneficiará a él, pues podrá gastar primero el dinero al hacerse con las propiedades a los precios existentes antes de que los nuevos billetes entren al juego. El efecto será que habrá menos propiedades disponibles para que los otros puedan comprar y, además, producto del aumento del dinero circulante, que el precio de estas aumentará. En pocas palabras, lo que ha habido es una expropiación —robo— de la riqueza de los demás jugadores. Esta es exactamente la forma en que funciona la mecánica de la inflación creada por los gobiernos a través de los bancos centrales. Para dejar completamente claro este punto, tomemos un ejemplo que da Rothbard en su libro The Mystery of

Banking [38] y que él llama el modelo del «Ángel Gabriel».

Imaginemos que un benevolente espíritu llamado Gabriel, afectado por las quejas de la gente sobre la falta de dinero, un día decide descender del cielo y aumentar al doble el dinero de todos los habitantes de un país. La reacción, además de una gran felicidad, pues estas personas pensarán que ahora están mejor, será que con el nuevo dinero irán a comprar productos disponibles en el mercado. Pero ante la avalancha de nuevas compras todo lo que ocurrirá será que la demanda por bienes y servicios aumentará y generará un alza de los precios. La sociedad no está en absoluto mejor que antes, pues la cantidad de bienes —materias primas, manufacturas, comestibles, etc.— es exactamente la misma. Lo que ocurrirá es que los precios aumentarán al doble. Así las cosas, en principio nadie está mejor, pues de nada sirve tener el doble del dinero si los precios suben también al doble. Sin embargo, la realidad es algo más compleja, pues resulta que en el caso del Ángel Gabriel sí habrá unos que estarán mejor que otros debido a la inflación. Y esos serán lo que tuvieron la oportunidad de gastar el dinero antes que los demás. Este grupo de personas podrá comprar bienes y servicios a los precios prevalecientes antes de la inflación y por tanto el poder adquisitivo de su dinero será mucho mayor que el de los demás. El grupo de personas que venga después a comprar al almacén con su nuevo dinero, se encontrará con que los precios han subido y que el nuevo dinero no les permite comprar muchos más bienes que antes. Y así continúa el proceso hasta que los últimos en llegar a comprar, es decir, los últimos en poner en circulación el dinero recibido del Ángel Gabriel, lo harán cuando los precios hayan alcanzado su máximo nivel. De este modo, los que gastaron antes se beneficiaron a expensas de todos los que gastaron después.

En una economía real, la inflación opera de idéntica forma. Cuando el gobierno, a través del banco central, imprime dinero de la nada y aumenta la masa monetaria, el nuevo dinero creado hace su entrada en la economía a través de algún punto. Estos puntos normalmente son el sistema bancario y el gobierno mismo, que se hace con el dinero para financiar sus programas sociales, sueldos de los políticos y sus gastos en general. El gobierno, entonces, gasta primero el dinero con la compra de bienes y servicios — producidos por los ciudadanos— a los precios existentes antes de la inflación, mientras los ciudadanos comunes y corrientes se verán enfrentados al hecho de que, cuando vayan a comprar, podrán adquirir muchos menos bienes y servicios, puesto que los precios habrán aumentado, con lo que disminuye así el valor del dinero en su poder. Por eso se dice que la inflación es un impuesto encubierto, pues implica una transferencia de riqueza —bienes y servicios— desde la población al gobierno y los grupos de interés asociados a él. Pero este engaño no termina ahí. Dado que el ancla final del sistema bancario son los bancos centrales y estos incrementan la masa monetaria con la inyección de liquidez a través de los bancos, la elite financiera, que es la primera en disponer del nuevo dinero junto con los contratistas del gobierno y el gobierno mismo, también tiene la ventaja de poder reclamar bienes y servicios producidos en la economía a precios pre-inflacionarios. Como resultado, el gobierno, a través de la manipulación monetaria, ha enriquecido ilegítimamente aún más a una pequeña elite en perjuicio del resto de la población.