La miseria del intervencionismo: 1929-2008

Axel Kaiser · Capítulo 5 de 41

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La miseria del intervencionismo: 1929-2008

3. Las tasas de interés en un mercado libre

Un segundo hecho del cual la tesis keynesiana y sus similares no logran dar cuenta es la recurrencia de los ciclos de negocios. Aparentemente, estos simplemente ocurren otra vez por misteriosas razones más allá de nuestra comprensión. Cada cierto tiempo la codicia o los animal spirits se apoderan de los agentes del mercado, lo que genera los booms irracionales que habrán de terminar en depresiones.

El tercer aspecto completamente fuera del marco de explicación de la tesis de la inestabilidad intrínseca al capitalismo se refiere al hecho de que la intensidad del período de expansión que precede a la crisis económica es mucho mayor en aquellas áreas de la economía que se encuentran en los llamados «ordenes más altos de producción», tales como la minería, la

construcción y la producción de bienes de capital.[15] De ahí las burbujas inmobiliarias y las desenfrenadas especulaciones bursátiles, todo lo cual se observó tanto en el período previo a la Gran Depresión como en el período que precedió al crash de 2008, por nombrar los dos casos más emblemáticos.

Afortunadamente, la ciencia económica cuenta con una teoría, confirmada una y otra vez por la evidencia, que permite explicar y hacer sentido de todo lo anterior de manera perfectamente racional. Me refiero a la teoría del ciclo de negocios de la escuela austriaca de economía, que permite entender con notable claridad el origen de la Gran Depresión de los 30 y del colapso de 2008. Veamos en qué consiste.

 

3. Las tasas de interés en un mercado libre

 

Aunque sea sorprendente, pocas personas parecen entender que las tasas de

interés son el precio que se paga por conseguir dinero prestado.[16] Pero eso es precisamente lo que son: un precio que se rige por las mismas leyes de oferta y demanda que cualquier otro. En un mercado libre, por consiguiente, las tasas de interés serán más altas en la medida en que existan menores ahorros disponibles en relación a la demanda por estos y, por el contrario, serán más bajas cuando más personas hayan decidido ahorrar, pues habrá más oferta de recursos en el mercado. El aumento de ahorros disponibles entonces lanza una señal al mercado en el sentido de que existen recursos liberados para invertir. Ahora bien, cabe destacar que, así como la única forma en que el nivel de ahorro de una familia aumenta es gracias a la restricción del consumo, del mismo modo el único camino para que todo un país ahorre es reducir su consumo. El consumo, entonces, es destrucción de riqueza, mientras el ahorro permite multiplicarla. Planteemos un ejemplo similar al que diera el gran economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk para ilustrar cómo el subconsumo —ahorro— es el que permite la formación de los llamados «bienes de capital», tan necesarios para incrementar la productividad y así el

consumo futuro.[17]

Imaginemos por un momento a un hombre que habita solo en una isla y vive de la recolección de frutas; sigamos a Böhm-Bawerk y llamémoslo Robinson Crusoe. Con sus manos, Crusoe logra conseguir diez frutas diarias como máximo, lo cual le alcanza para vivir sin mayor holgura. Un día, nuestro personaje observa que, si fuera capaz de alcanzar las frutas más altas de los árboles, podría incrementar sustancialmente la recolección de estas. Para ello, sin embargo, sería necesario crear una herramienta hecha de madera —recolector de frutas— cuyas características permitan cosechar las frutas sin dañarlas. El problema que surge a Crusoe es que para encontrar la madera adecuada y diseñar el recolector de frutas deberá invertir algunos días de su tiempo, en los cuales no podrá cosechar frutas y por tanto no podrá comer. Como esto no es viable, pues moriría de inanición, la conclusión a la que llega Crusoe es simple: el único modo de aumentar la recolección de frutas y de mejorar así su calidad de vida en el futuro pasa por el sacrificio de parte de su consumo presente. Esto significa que, en lugar de consumir las diez frutas diarias que consumía, tendrá que reducir su consumo al mínimo posible, digamos de siete frutas diarias, lo que le permitirá sobrevivir sin problemas. De este modo, por unos días Crusoe consume un tercio menos de las frutas que va recolectando, guardando el resto, es decir, ahorrándolo. Una vez que tiene las suficientes frutas ahorradas como para mantenerse mientras se dedica a la fabricación del recolector de frutas, Crusoe comienza la búsqueda de la materia prima necesaria para este. Y así, al cabo de una semana, Crusoe cuenta con un instrumento que le permite recolectar treinta frutas en el mismo periodo de tiempo en que antes recolectaba diez. Como consecuencia del aumento de su productividad, Crusoe tiene ahora más tiempo libre, pues, como vimos, solo le toma un tercio del tiempo conseguir las diez frutas que antes le tomaba todo el día conseguir. Con más tiempo libre, Crusoe comienza a pensar en variar su dieta, sumándole pescado, para lo cual dedica ahora una parte del día a construir un arpón para pescar. De este modo, nuestro personaje es hoy, gracias al ahorro, más rico que antes, pues no solo cuenta con más frutas, sino que con peces que antes no tenía. Un punto clave en toda esta ecuación es que Crusoe siempre tendrá que ahorrar una parte de su producción si quiere mantener su calidad de vida y aun más para aumentarla, pues ni el arpón ni el recolector de frutas duran para siempre y por tanto en algún momento deben ser reemplazados.

Aunque las relaciones de producción son hoy más complejas y sofisticadas que en el ejemplo, este elemental principio sigue estando tan vigente como hace miles de años. Por cierto, el virtuosismo del ahorro se aplica tanto para familias como para países: las familias que gastan todo lo que producen, es decir, que consumen y no ahorran, no progresan. Por el contrario, las que ahorran e invierten salen adelante. Lo que vale para Crusoe entonces vale para una familia y también para un país, que no es más que un conjunto de familias o individuos. Dicho de otra forma, los países ricos son aquellos que han subconsumido por mucho tiempo, liberando recursos — bienes de consumo— que permiten a los emprendedores mantenerse mientras desarrollan bienes de capital —máquinas, infraestructura, ordenadores, etc.—, que bien invertidos permiten aumentar la producción de manera exponencial mejorando la calidad de vida de la sociedad en su conjunto. Y, mientras más tiempo lleva el proceso de producción, lógicamente mayores serán sus resultados en términos de productividad y bienestar.

Por cierto los bienes de capital, como vimos con Crusoe, deben ser mantenidos, ya que en algún punto se vuelven obsoletos o inútiles. En una economía moderna, esto significa que los empresarios deben reemplazarlos y destinar recursos a su mantención, lo cual requiere de un nivel mínimo permanente de ahorro en la economía. Al mismo tiempo, los bienes de capital son difíciles de convertir, esto es, una vez producidos para un determinado fin productivo, si este ya no es necesario, el tiempo y recursos invertidos en la producción del bien de capital en una gran parte de los casos simplemente se pierden. Es lo que pasaría a Crusoe si después de producir el recolector de frutas una plaga aniquilara todos los frutales de la isla. Algo similar ocurre a las empresas inmobiliarias, que, leyendo las señales de un mercado intervenido monetariamente, creen que existe una demanda legítima de bienes raíces que resulta no tener fundamento en riqueza real.

La acumulación de tiempo en forma de capital explica por qué un obrero alemán tiene una calidad de vida muy superior a la de un obrero argentino, por ejemplo. Puesto que en Alemania el ahorro ha permitido la formación de bienes de capital sofisticados, el nivel de productividad de los trabajadores alemanes es muy superior a la de los argentinos, lo cual se traduce en mejor calidad de vida de los primeros. La consecuencia de esto es que en un país que consume lo que produce las tasas de interés serán altas, pues los recursos disponibles para destinar a proyectos de inversión y formación de capital — máquinas, industrias, etc.— serán escasos; y viceversa, en un país que ha ahorrado las tasas de interés tenderán a ser bajas.

Agreguemos aquí otra distinción fundamental que suele ser causa de confusión incluso entre economistas: la de dinero y riqueza. El dinero no es más que un medio de intercambio de unos bienes y servicios por otros. La riqueza, por su parte, son los bienes y servicios que pueden adquirirse con el dinero. Nadie quiere tener dinero por el hecho de acumular papel, sino por lo que puede adquirir con él. En consecuencia, no importa cuánto papel llamado dólares, euros o pesos impriman los bancos centrales: si no existe un aumento real en la producción de bienes la sociedad no es en lo absoluto más rica que antes y todo lo que habrá será inflación. Esto es así pues lo único que permite una mejora en la calidad de vida de la población, como vimos con Crusoe, es el aumento de la productividad, el cual es solo posible si existen ahorros — subconsumo— que permitan la in versión en bienes de capital. No debemos, entonces, olvidar que ese dinero que los bancos prestan representa un reclamo sobre bienes y servicios existentes en una determinada economía. Así, tasas de interés bajas indican a los inversionistas, especialmente a aquellos interesados en proyectos de inversión de largo plazo como la minería o la construcción, que este es el momento adecuado para invertir, pues, dado que el consumo en la sociedad ha disminuido, con la liberación recursos —bienes de consumo—, el coste de estos es bajo y hacen rentable el proyecto. Al mismo tiempo, este deseo de menor consumo actual implica, como es lógico, un deseo de mayor consumo en el futuro, pues tal como vimos en el caso de Crusoe el punto de ahorrar hoy es poder consumir más en el futuro.

Mayores tasas de interés, por el contrario, harían subir los costes de los proyectos de inversión de largo plazo al punto de que no sean rentables, lo que incentiva simultáneamente la producción de bienes de consumo y no de capital, pues, al no ahorrar, el mercado estará indicando su deseo de consumir en el tiempo presente. Este es el modo en que las tasas de interés coordinan la producción a través del tiempo en un mercado sin manipulación monetaria.