La miseria del intervencionismo: 1929-2008

Axel Kaiser · Capítulo 40 de 41

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La miseria del intervencionismo: 1929-2008

5. El cambio filosófico

visitas mensuales.[182]

Los burócratas de la misma institución, a instancias de privados que advirtieron sobre el fraude, visitaron a Bernard Madoff varias veces antes de que quedara en evidencia la estafa más grande de la historia mundial. Sin embargo, encontraron todo en perfecto orden. Finalmente tuvo que ser el propio hijo de Madoff quien lo entregó a las autoridades federales.

El estrepitoso fracaso de la SEC confirma lo ilusorio que es esperar de burócratas un comportamiento superior al de otras personas y lo inútiles que son por regla general las agencias estatales para prevenir y resolver problemas. Es más, estas generalmente empeoran las cosas, costándoles de paso una fortuna a los contribuyentes. Dejar que el mercado imponga disciplina y permita la quiebra de quienes han actuado de manera irresponsable, y facilitar el celoso trabajo de vigilancia que realizan los competidores en un mercado abierto, es la mejor solución para reducir el impacto y frecuencia de desastres económicos.

 

5. El cambio filosófico

 

La transformación más relevante para lograr mayor prosperidad y estabilidad en la economía mundial debe ocurrir en el nivel intelectual. Hoy en día, la academia y la cultura en general se encuentran controladas por esa ideología que ve en la libertad del mercado el origen de un mal intolerable: la desigualdad. Como consecuencia, millones de personas se encuentran expuestas a ideas de sello estatista, lo que define así la evolución social hacia una menor libertad.

Los austriacos advirtieron perfectamente que, si no se daba la lucha por las ideas para desintoxicar a la opinión publica de los prejuicios colectivistas y estatistas que se esparcen con tanto esmero en el mundo, no era posible alcanzar un mejor futuro. Ludwig von Mises explicó que a los responsables de las políticas e ideas destructivas de nuestros tiempos debemos buscarlos entre los intelectuales y no en las masas. Y la razón es sencilla, pues según Mises «las masas, precisamente por no desarrollar filosofías propias, siguen a

los líderes».[183] Mises continuó explicando que las ideologías que produjeron las catástrofes del siglo XX no fueron un logro de las multitudes, sino hazañas de los «pseudo-eruditos» y «pseudo-intelectuales». Alertó de que estas fueron propagadas por las cátedras universitarias y diseminadas por la prensa, las novelas y obras teatrales, por las películas y la radio. Ellas, insistió Mises en su tiempo, deben el poder que tienen «al hecho de que todos los medios de comunicación se han volcado en sus partidarios y todos sus opositores han

sido virtualmente silenciados».[184]

El desafío consiste entonces en lograr imponerse en la lucha por las ideas, cambiando la filosofía dominante, la cual durante décadas ha convencido a las poblaciones occidentales del mito del Estado de bienestar; esa vieja utopía según la cual se puede vivir mejor sin trabajar. En esa línea, se debe atacar sin vacilaciones la idea de que el Estado debe asumir un rol crucial en la distribución del ingreso y la ilusión de que este puede generar bienestar. Porque lo cierto es que el Estado, como apuntó el gran economista francés Frédéric Bastiat, no puede entregar nada que no haya arrebatado a otro antes, siempre dejando una estela de destrucción de riqueza en el proceso.

Nada refleja mejor la importancia de la lucha por las ideas que la historia de Estados Unidos. La fórmula que convirtió a ese país en la potencia económica más formidable que haya conocido la historia mundial se basó en una profunda desconfianza en la autoridad y el Estado y en una equivalente confianza en el individuo y el mercado. La filosofía que la inspiró fue esencialmente el libertarianismo de autores como John Locke, David Hume, Adam Smith, Adam Ferguson y en general los representantes de la ilustración escocesa. Por contraste, la revolución francesa, inspirada en las doctrinas igualitaristas y racionalistas de Rousseau, Condorcet y los enciclopedistas, derivó en el reino del terror de los jacobinos, precursores de marxistas y nacionalsocialistas, y en una divinificación del Estado de fatales consecuencias. El mismo Bastiat identificó esta crucial diferencia entre franceses y americanos al afirmar que, mientras los primeros habían buscado la fuente de felicidad en el Estado, los segundos la dejaban al individuo. Con inigualable lucidez, Bastiat expuso las consecuencias del enfoque ideológico francés, que se encuentra en la base del mito del Estado benefactor:

Aseguro que esta deificación del Estado ha sido en tiempos pasados y será para siempre un terreno fértil para todo tipo de calamidades y revoluciones. El público está de un lado y el gobierno de otro, como dos seres distintos, el primero obligado a conceder al segundo, y el segundo teniendo el derecho para reclamar del primero todos los beneficios humanos

imaginables.[185]

 

Para los Founding Fathers de Estados Unidos nada podía ser más peligroso que la ideología. El mero concepto causaba tal rechazo que John Adams, refiriéndose a las ideas detrás de la revolución francesa, afirmó que la ideología era la «ciencia de la idiotez», y agregó que todas las constituciones

francesas hasta entonces se debían a un pensamiento idiota.[186] Por su parte el filósofo británico Edmund Burke, quien como Adams vio en la revolución francesa el producto de una filosofía desquiciada que divinizaba el Estado, simpatizó con la revolución americana porque entendió que se trataba de una auténtica lucha por la libertad. Para Burke, los colonos en Estados Unidos «no solo estaban entregados a la libertad, sino a la libertad de acuerdo a las ideas inglesas y sobre la base de principios ingleses», y añadió que, en contraste con los franceses, en el caso americano la «libertad abstracta, así como otras

abstracciones, no pueden encontrarse».[187] Esas ideas inglesas a las que se refiere Burke eran precisamente las que fundaron el liberalismo clásico, precursor del libertarianismo de la Escuela Austriaca de Economía.

Burke entendió que la confianza en la libertad del individuo y el mercado iban a dar curso a una historia de éxito en Estados Unidos. Y así fue hasta que la ideología se enquistó gradualmente con su promesa de hacer del Estado un paraíso sobre la tierra. He ahí la causa central de la decadencia norteamericana. Esas decenas de programas públicos y regulaciones para asegurar casas a personas sin capacidad de pago, sumadas a la labor de la Fed en proveer los medios necesarios para materializar la utopía de la homeownership society, crearon la tormenta perfecta. Sin esta mitología benefactora, la crisis no habría alcanzado las proporciones que alcanzó y la subsistencia financiera del Estado norteamericano no se encontraría amenazada al extremo que se encuentra hoy.