La miseria del intervencionismo: 1929-2008
VII. Lo que necesita el mundo: auténtico capitalismo
Capítulo VII
LO QUE NECESITA EL MUNDO:
AUTÉNTICO CAPITALISMO
No hemos hecho progreso alguno en poner límites a los
líderes políticos, quienes actúan impulsados por sus
inclinaciones naturales sin siquiera contar con un
entendimiento básico acerca de qué es lo que hace que el
capitalismo funcione.
James Buchanan
1. La eliminación de los bancos centrales
En el transcurso de este libro ha quedado claro que no fue el capitalismo o el libre mercado el causante de los desastres económicos de la Gran Depresión de 1930 y el crash de 2008. Por eso mismo, la solución al problema de los ciclos de negocios no puede ser una mayor intervención del Estado o un mayor control de los bancos centrales sobre la economía. Lo que se necesita es todo lo contrario: la eliminación de los bancos centrales responsables de crear los booms inflacionarios y mayor competencia en el mercado financiero.
El argumento para defender la existencia de los bancos centrales es que sin estos la economía sería inestable y susceptible de repetidos pánicos financieros. Se dice que sin ellos esta no sería lo suficientemente moderna. Al momento de fundar la Fed el Contralor de la Moneda en Estados Unidos incluso afirmó que gracias a la creación de la Fed «los pánicos financieros y crisis comerciales con sus postraciones y miserias pasarían a ser una imposibilidad matemática», y agregó que de ahora en adelante «las quiebras
de bancos nacionales serán virtualmente eliminadas».[172] La verdad, no obstante, es que el mercado nunca ha sido más inestable ni las crisis más devastadoras como desde que se creó la Reserva Federal. Según registra el National Bureau of Economic Research, desde 1913, cuando se creó la Fed, en Estados Unidos se han verificado las siguientes recesiones: 1918-1919, 1920-1921, 1923-1924, 1926-1927, 1929-1933, 1937-1938, 1945, 1948-1949, 1953-1954, 1957-1958, 1960-1961, 1969-1970, 1973, 1975, 1980, 1981-1982, 1990-1991, 2001 y finalmente 2007, que aún continúa. Evidentemente algo salió mal con el cálculo matemático.
En Estados Unidos, la discusión en torno a la necesidad de un banco central viene desde tiempos de la independencia. Sus dos protagonistas principales fueron Alexander Hamilton y Thomas Jefferson. El primero, un hombre brillante de inclinaciones autoritarias que pretendía establecer un gobierno centralizado dirigido por las elites económicas del país, luchó con todas su energías, y con el apoyo de los grandes mercaderes del norte, por establecer un banco central y un sistema de dinero papel. El segundo, un personaje de genio singular inspirado en el laissez-faire de los fisiócratas franceses y en el liberalismo clásico de autores como John Locke, Adam Smith y Jean Baptist Say, se oponía tenazmente a su creación. Para Jefferson, el banco central propuesto por Hamilton solo serviría a las elites económicas en perjuicio de la gran masa, esencialmente agricultores. La diferencia entre ambos dio paso a uno de los debates constitucionales más importantes en la historia de Estados Unidos. Mientras Jefferson sostenía que la Constitución no confería autoridad alguna para establecer un órgano de dicha naturaleza, Hamilton, un abogado de mente hábil, afirmaba que la Constitución «implícitamente» había otorgado al gobierno federal todos los poderes necesarios para llevar a cabo sus funciones. La tesis de Hamilton fue finalmente confirmada por el juez John Marshall en el caso Maculloch v. Maryland en 1819. El congreso, sin embargo, ya en 1791 había creado el primer banco central, llamado First National Bank, cuya existencia fue limitada a 20 años. El banco era esencialmente privado, pero el gobierno poseía un 20% de las acciones. Tal como Jefferson había temido, el banco comenzó a comprar deuda del gobierno y llevó a una creciente inflación, por lo que en 1811 el congreso no aprobó su prolongación. Sin embargo, en 1816 el congreso creó el Second National Bank, el cual llevó a desastrosos resultados inflacionarios, convirtiéndose en el centro de ataque del programa
de gobierno del presidente Andrew Jackson.[173] En su discurso frente al senado para justificar la decisión de vetar la ley que prolongaba la existencia del Second National Bank, Jackson advirtió con impresionante claridad el daño y el fraude que implicaba la existencia de un banco central: «Todo monopolio y privilegios exclusivos son entregados a expensas del público, quien debiera recibir un justo equivalente», afirmó. Y añadía: «Debiera lamentarse el hecho de que los ricos y poderosos tan a menudo desvíen los
actos del gobierno hacia sus propios fines egoístas».[174]
En su testamento político, Jackson fue más allá y explicó, como lo habría hecho cualquier economista de la escuela austriaca, los perversos efectos económicos de un sistema que combina el dinero papel con la existencia de un banco central. La relevancia, claridad y vigencia de de las observaciones de Jackson son tales que vale la pena reproducirlas para rescatarlas del completo olvido en que se encuentran:
Hechos recientes han probado que el sistema de dinero papel de este país puede ser usado como una fuerza para minar nuestras instituciones libres; y que aquellos que desean concentrar todo el poder en las manos de unos pocos y gobernar por medio de la corrupción o la fuerza son conscientes de ese poder y están dispuestos a usarlo (…) Cuando se consiguió la legalización del Banco de Estados Unidos por parte del congreso, se perfeccionaron los fraudes del sistema de dinero papel al entregar a sus defensores la posición por la que habían estado luchando desde el comienzo del gobierno federal hasta los tiempos presentes. El inmenso capital y privilegios peculiares otorgados les permitieron ejercer control despótico sobre otros bancos en cada rincón del país. Dada su fuerza superior pudo dañar seriamente, incluso destruir, los negocios de cualquiera de ellos que pudiera resistirse, al reclamar abiertamente para sí el poder de regular el dinero a través de Estados Unidos. En otras palabras, reivindicó —e indudablemente poseía— el poder de hacer el dinero abundante o escaso a voluntad, en cualquier momento y en cualquier parte de la Unión por medio del control de la emisión, de otros bancos, y permitía la expansión o forzaba la contracción del medio de circulación según su propia voluntad (…) El resultado de esta mal aconsejada legislación, que estableció este gran monopolio, fue el concentrar todo el poder del dinero de la Unión, con sus medios de corrupción sin límites y sus numerosos dependientes, bajo la dirección y mando de una cabeza reconocida, para organizar así este interés particular en un solo cuerpo, asegurándole unidad y coordinación en sus acciones a través de Estados Unidos y permitiéndole avanzar, según la ocasión, todo su poder para apoyar o derrotar cualquier medida del gobierno. En las manos de este formidable poder, perfectamente organizado, también se situó un dominio ilimitado sobre la cantidad de medio circulante, para adquirir el poder de regular el valor de las propiedades y de los frutos del trabajo en cada rincón de la Unión y de crear prosperidad o traer la ruina a cada ciudad o sección del país según sirviere
mejor a su interés o política.[175]
La creación de la Fed siguió exactamente la misma lógica que denunció Jackson. Fue producto de la hábil gestión de las elites financieras de Estados Unidos, particularmente de los Morgan, los Rockefeller, los Kuhn y los Loeb, quienes consiguieron que el congreso y el presidente Woodrow Wilson les otorgara en forma de organización el control sobre el dinero de la que ya era la primera potencia del mundo. Si antes de la Fed los bancos estaban obligados a contener la expansión monetaria y a competir entre ellos, con la Fed pudieron inflar la masa monetaria al unísono contando además con un prestamista de última instancia que los rescataría en caso de problemas. De ahora en adelante, solo la Fed podía imprimir dinero. La ley obligó además a todos los bancos nacionales —aquellos presentes en varios estados— a integrar la organización de la Reserva Federal, con lo cual se pulverizó la competencia. También los bancos locales pasaron a someterse a la Fed, pues dependían de esta para hacerse con dinero.
El rol de los banqueros en la creación de la Fed llega a tal punto que ellos mismos redactaron el borrador de la ley que la creó en 1913. En noviembre de 1910, después de intensas gestiones en el nivel político, lo más granado de la elite financiera norteamericana, hastiada de la dura y creciente competencia que planteaban los bancos locales, se reunió secretamente en el Club Jekyll Island en Georgia, bajo el pretexto de encontrarse en una excursión de cacería de patos. En la convención participaron el senador Nelson W. Aldrich, suegro de John D. Rockefeller, Paul M. Warburg, socio de Kuhn, Loeb & Co, Frank A. Vanderlip, vicepresidente del Rockefeller’s National City Bank, Charles D. Norton, presidente del Morgan’s First National Bank of New York, y Piatt Andrew, economista de Harvard y asesor de Aldrich en la Monetary Commission formada en la época. Estos personajes redactaron un borrador para la creación de un banco central que, con algunas modificaciones, se
convertiría en ley en 1913.[176]
En total son doce bancos los que conforman el sistema de la Reserva Federal —San Luis, Atlanta, Dallas, Kansas, Mineápolis, Richmond, Boston, Cleveland, Filadelfia, San Francisco, Nueva York y Chicago—, cuyas acciones pertenecen a los bancos comerciales miembros de los respectivos distritos. Cada banco tiene nueve directores; tres escogidos directamente por los bancos privados de cada distrito, otros tres representan al comercio, la industria y la agricultura, que también son elegidos por los bancos de cada distrito, y finalmente otros tres directores, que son elegidos por la Federal Reserve Board en Washington. Según la ley, de estos tres últimos uno debe ser un exbanquero. De este modo, en la práctica, siete de los nueve miembros de cada Reserva Federal son personas que vienen del mundo financiero. Y sobre toda esta estructura se encuentra la Federal Reserve Board, con siete miembros, todos nombrados por el Presidente de Estados Unidos, de los cuales dos deben haber sido exbanqueros.
La Reserva Federal, por cierto, está a la vez obligada a entregar todas las utilidades a la secretaría del Tesoro. Esto en todo caso no significa mucho, pues el punto de organizar el cartel bancario es beneficiarse con las políticas inflacionarias y no con utilidades que pueda hacer el banco central en sus operaciones.
Eliminar la Fed y en general los bancos centrales no solo sería un paso gigantesco para lograr la estabilidad del sistema económico mundial, al reducir sustancialmente los ciclos de negocios que derivan en desastres financieros como los de 1929 y 2008, sino para poner fin al corporativismo corrupto entre elites financieras y gobiernos. Solo entonces, cuando se elimine la planificación central monetaria que Marx y Engels proponían en el Manifiesto comunista, podremos hablar de auténtico capitalismo. Por el momento lo que existe es planificación central al estilo socialista y una captura del Estado, es decir, de los políticos y burócratas, por grupos de interés minoritarios que han resultado en desastres económicos sin precedentes en la historia y en la inmerecida elevación de una ínfima clase social a expensas de la mayoría. Pocas sentencias de Jackson podrían ser más actuales a este respecto que la siguiente, formulada en su testamento político: