La miseria del intervencionismo: 1929-2008

Axel Kaiser · Capítulo 33 de 41

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La miseria del intervencionismo: 1929-2008

El mito de los «too big to fail»

El explosivo aumento de precio de los inmuebles durante el boom previo al crash de 2008 simplemente no fue reflejado en el CPI porque en 1983 el BLS decidió no seguir incluyendo el precio de inmuebles dentro de la canasta de bienes con que se mide la inflación. En su lugar, comenzó a utilizar una equivalencia denominada price to rent ratio, o razón precio renta. De este modo, en lugar de considerar el incremento en el precio de viviendas como parte de la inflación, el BLS se concentró en el precio al cual los dueños de los inmuebles estarían dispuestos a arrendar sus propiedades. Como resultado, en 2004, antes de que la Fed comenzara a subir gradualmente las tasas de interés, la inflación, de acuerdo al CPI, de cuya composición un 23% corresponde al factor habitacional, fue de un 3,3%. De haberse incluido el aumento de precio de inmuebles la cifra habría sido de 6,2%, lo que en la época habría sido visto como inflación desbocada y pondría enorme presión

sobre la Fed para realizar un alza radical de las tasas de interés.[162] En lugar de ello, la Fed pudo mantener su política de crédito barato con el argumento de que la inflación era moderada, e infló aún más la burbuja hasta que la inevitable alza de tasas la reventó. Y con un 60% de los créditos hipotecarios otorgados a tasa variable, es fácil imaginar el cataclismo que se generó en el mundo financiero.

 

2. El mito de los too big to fail

 

Después de que la Fed materializara parte importante del alza de las tasas de interés, la realidad se hizo evidente: nunca existió la riqueza suficiente en la sociedad norteamericana para sustentar los proyectos inmobiliarios, el precio de las acciones y el exceso de consumo. Era todo una fantasía. Cuando las tasas subieron, los deudores hipotecarios simplemente no fueron capaces de seguir pagando sus cuotas. Así comenzaron las liquidaciones de viviendas, primero unas pocas, después miles y decenas de miles. Los bancos se encontraron de pronto con que las casas eran liquidadas por apenas una fracción del valor que figuraba en los balances. Entonces entró el pánico, pues si los inmuebles realmente estaban inflados en sus precios, eso significaba que el activo de los bancos también lo estaba. Y, con un mínimo de capital propio, una reducción en el valor de los activos en poder de los bancos — MBS y otros ASB— significaba la insolvencia y la quiebra.

Lamentablemente, tal como ocurrió en la Gran Depresión, el gobierno nuevamente intervino en el proceso de reajuste de la economía y salió al rescate de aquellos que debieran haber quebrado. Con la excepción de Lehman Brothers, cuya quiebra fue la única decisión sensata del gobierno norteamericano en toda la crisis financiera, todos los demás gigantes fueron rescatados con dinero fiscal e inyecciones de liquidez por parte de la Fed. No entraré en los detalles sucios de los tratos con Wall Street, cuyos ejecutivos se repartían bonos millonarios otorgados por los políticos con cargo a los contribuyentes y se reunían en resorts de lujo a jugar golf mientras se elaboraban los planes de rescate sin asumir ningún coste por sus malas decisiones. En lugar de ello me quedaré con los conceptos económicos que hay que tener claros para entender por qué el rescate a estas instituciones, más allá de escandaloso, es nocivo desde un punto de vista económico.

El elemento central que hay que tener claro es que, como insistió Mises, existe una función social de las pérdidas y de las ganancias. En un mercado libre, una empresa es exitosa y crece por decisión de los consumidores. Las utilidades de la empresa son la señal de que esta hace bien su trabajo y satisface las necesidades de los consumidores de manera eficiente. De este modo, todos se benefician: consumidores, empleados —que son en definitiva consumidores— y empleadores. Cuando una empresa, por el contrario, genera pérdidas esto es una señal de los consumidores en el sentido de que la empresa desperdicia recursos que podrían ser utilizados de manera eficiente. Si por ejemplo un emprendedor decidiera abrir una fábrica de refrigeradores que no enfriaran los alimentos, lo más probable es que su destino fuera la quiebra. Los consumidores le estarán informando por medio de las pérdidas que no está satisfaciendo sus necesidades y que por tanto está desperdiciando escasos recursos que podrían ser utilizados de manera más productiva. La quiebra evitará que este empresario continúe destruyendo recursos valiosos — materias primas, trabajo, energía, etcétera—, es decir, empobreciendo a la sociedad. Ahora bien, si el gobierno interviniera para rescatarlo transfiriéndole sumas de dinero, el único resultado será un empobrecimiento general, pues ese dinero representa recursos que no estarán satisfaciendo necesidades de la población. En otras palabras, el subsidio del gobierno es una transferencia de riqueza desde quienes producen bienestar a este empresario que lo destruye.