La miseria del intervencionismo: 1929-2008
4. Hayek y los límites de la predicción en economía
universidades.[108]
En la misma línea, el Nobel de economía y cercano a la escuela austriaca James Buchanan, en un análisis sobre el rotundo fracaso de los economistas del mainstream en prever la crisis de 2008 y en proponer reformas con sentido, sostuvo que el problema de estos economistas es que están atrapados en sus dogmas keynesianos y mantienen una «mentalidad ingenieril» propia
de quienes creen que pueden controlar las variables económicas.[109] En un tono similar se pronunció en 2010 el Nobel de economía Robert Solow ante el Comité de Ciencia y Tecnología de la cámara de representantes del congreso de Estados Unidos, al señalar que la macroeconomía que domina la academia y se enseña en las universidades de elite no tiene «absolutamente nada» que aportar a la solución del problema de las recesiones. Responsables de ello, según Solow, son los famosos modelos DSGE (Dynamic Stochastic General Equilibrium ) desarrollados por la escuela neokeynesiana sobre la base de supuestos racionalistas que, en opinión de Solow, no pasarían ni «el mínimo
test».[110] Para Solow, estos modelos estarían por tanto completamente desconectados de la realidad.
4. Hayek y los límites de la predicción en economía
Aunque Hayek no utilizó términos tan duros como Taleb en su discurso de aceptación del Nobel, su diagnóstico sobre el peligro de la matematización de la economía fue igualmente implacable. Según Hayek, quien tituló su discurso «La pretensión de conocimiento», refiriéndose a los esfuerzos de economistas matemáticos como Samuelson por emular en economía los éxitos alcanzados por la física, este error «cientifista» solo podría conducir al fracaso. En su discurso, Hayek atribuyó el alto desempleo e inflación endémica de la época a la aplicación de modelos que pretendían demostrar que un manejo óptimo de la cantidad de dinero por los bancos centrales podría aumentar el empleo y mantener a la economía en un permanente progreso. Durante décadas la política económica en diversos países venía siguiendo esta receta que, disfrazada de ciencia, había generado desastrosos resultados. El problema central de este enfoque, que intenta asimilar la economía a la física, explicó Hayek, es que, a diferencia de la física, que trata sobre seres inanimados, las ciencias sociales estudian «fenómenos complejos». En el mercado, millones de personas, es decir, seres libres, interactúan de la más diversa forma y por los más diversos motivos. Ahora bien, como una gran cantidad de información simplemente se encuentra oculta en el sentido de que no puede ser medida con validez estadística, quienes diseñan modelos matemáticos deben ignorar por completo toda dimensión cualitativa y limitarse a trabajar con magnitudes. Así se descarta cualquier explicación o teoría que no se apoye en evidencia medible cuantitativamente y se arriba a una compresión completamente falsa de la realidad económica.
Un ejemplo de lo que sugiere Hayek es lo que ocurre con los precios. Las variables en su determinación en el mercado son tantas, pues dependen de millones o tal vez miles de millones de relaciones de intercambio y factores interconectados, que es imposible calcular cuál sería el nivel óptimo de producción de bienes y servicios y el nivel óptimo de precios en un mercado determinado. Si eso fuera posible, la planificación central habría sido un éxito. Pero lo cierto es que, dada la complejidad del fenómeno de formación de precios, nuestro conocimiento encuentra un límite absoluto que, como se quejó amargamente Hayek, los economistas matemáticos no están dispuestos a aceptar: «A veces deseo que nuestros economistas matemáticos tomaran esto en serio. Debo confesar que todavía dudo sobre si su búsqueda de magnitudes medibles ha hecho una contribución relevante a nuestra
comprensión teórica de los fenómenos económicos».[111]
Un ejemplo más ilustrativo aún de por qué las predicciones que pretenden los economistas matemáticos no pueden sino llevar a falsas conclusiones la da el mismo Hayek en el discurso que comentamos. Imaginemos, dice Hayek, un juego con pelota —fútbol por ejemplo— entre jugadores de similar habilidad. Si además de nuestro conocimiento general supiéramos detalles particulares sobre la habilidad de los jugadores durante el partido, tales como su estado de concentración, ritmo cardiaco, sus percepciones, el estado de sus músculos, pulmones, etc., y pudiéramos tener esta información en cada momento del partido, tal vez podríamos predecir el resultado de este. Sin embrago, poseer tal conocimiento es imposible, por lo que también es imposible predecir científicamente el resultado del juego. Esto no significa que no podemos realizar predicción alguna. Las predicciones sobre el resultado del juego, dice Hayek, son posibles aunque no del modo científico y exacto que pretenden los matemáticos. Si conocemos las reglas del juego y distinguimos entre los distintos tipos de juegos —tenis, baloncesto, fútbol, etc.— podemos saber de antemano qué clase de acciones esperar y cuáles no. De esta manera, nuestra capacidad predictiva se encuentra confinada a características generales de eventos esperados, y somos incapaces de predecir eventos particulares. Así por ejemplo, podremos saber que, a diferencia del baloncesto, en fútbol los puntos se anotan esencialmente con el pie o la cabeza, lo cual nos permitirá predecir de qué forma los jugadores intentarán marcar goles. Lo que en ningún caso podemos predecir científicamente antes del juego es qué jugador hará el gol, qué trayectoria seguirá la pelota, a qué velocidad irá, si hubo posición de adelanto o no, cómo reaccionará el arquero y así sucesivamente.
Los límites de nuestra capacidad predictiva en fenómenos espontáneos como un juego de fútbol se aplican de igual modo fenómenos económicos, que son también de carácter espontáneo. Y es que el mercado funciona de manera muy similar a un partido de fútbol. En ambos existe un árbitro —que viene a ser el Estado en el caso del mercado— y ciertas reglas del juego, que en el caso del mercado son, entre otros, los derechos de propiedad. Sobre esa base podemos hacer predicciones generales igual que en el fútbol. Producto de ese conocimiento general previo podemos saber anticipadamente que si un jugador que no sea el portero toma la pelota con las manos será expulsado o al menos amonestado. En el caso del mercado, sabemos que los derechos de propiedad sobre los bienes están protegidos por ley y que podemos recurrir al árbitro —los tribunales— para exigir que estos derechos se respeten. Otra cosa que podemos predecir es que, si el Estado —el árbitro— interviene para beneficiar a un cierto jugador en el mercado, lo hará a expensas de los demás. Es lo que ocurre cuando se aprueban normas que aseguran monopolios a grandes corporaciones, por ejemplo. En ese caso podemos predecir que a la competencia le afectará negativamente y los consumidores deberán pagar más por un cierto producto. En el fútbol ocurre lo mismo cada vez que el árbitro, deliberadamente o no, beneficia a algún equipo con un penalti injusto o la expulsión inmerecida de un jugador. Todas esas cosas podemos predecirlas usando la lógica y nuestro conocimiento sobre las reglas generales, sin necesidad de recurrir a matemáticas o experimentación de ninguna especie. Pero así como en el fútbol no podemos saber de antemano de forma científica qué regates realizará cierto jugador, cuál será amonestado y cuál no, ni quien anotará los goles, de igual forma en el mercado no podemos predecir con exactitud los resultados seguidos de los millones de intercambios voluntarios libres, aunque sí los efectos cualitativos de ciertas políticas. Así por ejemplo, sabemos que si la masa monetaria aumenta más allá de la productividad — cuya evolución a su vez no puede predecirse con exactitud— se generará inflación. Sin embargo no podemos predecir con precisión científica cuándo se manifestará, cómo se desarrollará a través de la estructura de precios ni a qué niveles llegará exactamente. Como en el fútbol, todo ese conocimiento particular es imposible de obtener en economía y por tanto cualquier planificación realizada sobre la base de modelos matemáticos que pretenden haber descubierto dichos datos y magnitudes no puede conducir sino al fracaso. Como explicó Mises: