La miseria del intervencionismo: 1929-2008
5. La Segunda Guerra Mundial y el supuesto fin de la Gran Depresión
Ningún sistema alternativo va a hacer milagros. Cualquier experimento desesperado solo añadirá a la confusión. De lo que hablo es de eficiencia administrativa, de reducir la carga tributaria, de prácticas comerciales sanas (…) de la omisión de las innecesarias interferencias del gobierno en las empresas, del fin del experimento del Estado como empresa y de mayor
eficiencia en la administración del gobierno. [88]
Mientras Harding abogaba por la no intervención, ya en 1921 su secretario de comercio, Herbert Hoover, planteaba una filosofía totalmente opuesta. Urgiéndolo a intervenir la economía, Hoover logró convencer a Harding para celebrar una «conferencia sobre desempleo», en la cual el joven secretario tendría la oportunidad de dar un discurso con la argumentación de
que el gobierno «tenía que hacer algo».[89] Este fue uno de los múltiples intentos de Hoover de intervenir el proceso de recesión que estaba en marcha. Afortunadamente para los norteamericanos, en términos generales Harding fue coherente con su línea no intervencionista, lo que llevó al país hacia una formidable recuperación económica.
5. La Segunda Guerra Mundial y el supuesto fin de la Gran
Depresión
Según una de las falacias económicas más populares, las guerras servirían para reactivar la economía. Desde economistas a personas comunes y corrientes que apenas tienen nociones básicas de economía, una y otra vez se oye decir que los países empiezan guerras para resolver problemas económicos internos. La lógica detrás de este razonamiento es que la producción de armamento generaría una mayor demanda interna, mayor empleo y por tanto un impulso económico importante. Como clásico ejemplo para sustentar este mito suele citarse el caso de la reactivación que habría experimentado la economía norteamericana después de entrar a la Segunda Guerra Mundial en 1941. Esta falacia es el corolario del mito sobre los supuestos efectos benéficos del New Deal, pues su premisa central es que la guerra dio finalmente la ocasión a FDR para aumentar sustancialmente el gasto fiscal y resolver así de una vez los problemas derivados de la Gran Depresión.
No deja de ser un misterio el que afirmaciones tan inconsistentes con el sentido común puedan convencer a tantas personas normalmente sensatas. Y, sin embargo, esto es exactamente lo que ocurre. Aclarar esta falacia es por tanto en extremo importante no solo porque nos permite entender mejor cómo funciona la economía, sino porque de paso desmitifica, una vez más, el rol del intervencionismo estatal en la Gran Depresión. Partamos, para la aclaración de este mito, de la aplicación primero de la lógica económica, para después entrar en el caso concreto de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.
Quienes afirman que las guerras u otro tipo de catástrofes —terremotos, erupciones volcánicas, plagas, etc.— generan crecimiento económico, básicamente lo que sostienen es que la destrucción de material y vidas humanas genera progreso. En su lógica, todos esos aviones, autos, tanques, barcos y armas destruidos en el frente de batalla estimularán la economía, pues harán necesario que se produzca aún más, lo cual sería bueno para la demanda, el empleo y la producción en general. Lo que este argumento no considera es que, dado que los recursos son limitados, para producir armas y en general los bienes y servicios necesarios para ir a la guerra deben dejar de producirse otras cosas. Así, los esfuerzos productivos de un país en guerra estarán destinados a la fabricación de bombas en lugar de más refrigeradores, aviones de combate en lugar de más automóviles para los ciudadanos, municiones en lugar de mayor cantidad de comida y productos médicos, etcétera. El resultado será que, como el trabajo y los materiales empleados en la economía de guerra simplemente serán destruidos —y aunque no lo fueran serían inútiles para las personas comunes y corrientes de todos modos—, no habrá en absoluto un mayor beneficio para la población. Es más, esta estará peor que antes, puesto que, como hemos visto, un país en guerra no puede dedicarse a producir las mismas cosas que produciría en tiempos de paz y que sí beneficiarían a la población. En cuanto al empleo, efectivamente podría observarse un alto nivel de empleo derivado de la economía de guerra, pero eso no significa en absoluto mayor bienestar para la población. La razón es que no es el empleo per se lo que mejora la calidad de vida de la gente, sino la posibilidad de adquirir bienes y servicios con el dinero obtenido gracias al empleo. Ahora bien, para que esos bienes y servicios estén disponibles en la economía, alguien tiene que producirlos. Pero si la mayor parte del trabajo y recursos están destinados a producir bombas y cosas necesarias para la guerra, ¿de dónde van a salir todos esos bienes y servicios que realmente mejoran la calidad de vida de la población? Simplemente no los habrá, o bien los habrá en cantidades insuficientes. Esto explica por qué en tiempos de guerra usualmente lo que no es estrictamente necesario prácticamente desaparece del mercado, y explica también por qué incluso en los bienes más indispensables para la población el racionamiento suele ser la regla.
Los únicos realmente beneficiados con la economía de guerra son los fabricantes de armamento y contratistas del Estado, que reciben sumas multimillonarias del gobierno, dinero que a su vez es quitado a los ciudadanos a través de impuestos o inflación. De esta manera, la guerra redistribuye riqueza de los más necesitados y la clase media a ciertos grupos de interés situados en lo alto de la pirámide económica. Algo similar ocurriría si el gobierno, para generar empleo, decidiera construir una réplica exacta de las pirámides de Guiza en cada una de las ciudades del país. Por cierto no habría desempleo, pero puesto que nada útil a la población se estaría produciendo, el promedio de las personas estaría peor e incluso quienes trabajen como obreros en la construcción de las pirámides terminarán peor, al disminuir la productividad del país. Si, por el contrario, todos esos recursos desperdiciados en la construcción de pirámides se hubieran dejado en la economía privada, estos habrían sido asignados a satisfacer la demanda y necesidades de la población, creando empleos sustentables y una mayor productividad que habría hecho bajar los precios y mejorar la calidad y cantidad de los productos. En el primer escenario los únicos beneficiados serían los dueños
de las constructoras; en el segundo, la población general.[90]
Si la guerra realmente generara progreso económico, los países se deberían poner de acuerdo para destruir mutuamente sus barcos, aviones, portaviones y otros artefactos. Esto podría hacerse sin necesidad de sacrificar vidas humanas, con la situación del material bélico de infantería en algún desierto y los barcos en el medio del océano, para luego bombardearlos a distancia. Bajo la lógica de que la guerra genera progreso, sería cuestión de repetir varias veces este ejercicio para lograr una prosperidad permanente. Es curioso que a ningún gobierno se le haya ocurrido plantear esta alternativa hasta ahora.
En cuanto a la Segunda Guerra Mundial, el consenso entre historiadores y economistas es que el aumento sideral del gasto público que esta habría generado permitió poner nuevamente en marcha la economía, mejorando sustancialmente la calidad de vida de la población norteamericana. Esta común creencia ha sido desvirtuada por Robert Higgs, quien, en una obra que zarandeó el mundo de la historia económica, refutó cada uno de los argumentos esgrimidos por quienes defienden la tesis de la prosperidad de guerra. Estos argumentos son fundamentalmente tres. El primero hace relación a que los datos reflejarían una disminución importante del desempleo durante la guerra. El segundo afirma que la evidencia muestra un aumento sustancial del Producto Nacional Bruto (PNB) y el tercero añade que además se habría registrado un incremento del consumo personal, todo en el periodo de 1940 a 1944. Aunque efectivamente desde el punto de vista numérico estos indicadores mostraron progreso, lo cierto es que en términos reales la economía no mostró ninguno. Veamos cómo se explica esto en cada caso.
En el caso del desempleo entre 1940 y 1944 en Estados Unidos, este
efectivamente registró una drástica disminución, de un 14,6% a un 1,2%.[91] Lo que no consideran quienes atribuyen dicho evento a un mayor progreso económico derivado de un incremento en el gasto público es que esta disminución del desempleo se debió fundamentalmente a que gran parte de la fuerza laboral de Estados Unidos fue reclutada para ir a la guerra. Baste considerar que un 22% del total de la fuerza laboral del país terminó en las fuerzas militares. En términos concretos, el desempleo cayó en 7,45 millones de personas mientras las fuerzas armadas, en el mismo periodo, vieron incrementado su personal en más de 10 millones de personas. Como consecuencia, el desempleo casi desapareció.
Por cierto que reclutar gente para mandarla a la guerra también puede ser una forma de reducir el desempleo. Después de todo estar en las fuerzas armadas es formalmente un empleo. Pero no hay que ser un genio para entender que esta forma de reducir el desempleo nada tiene que ver con progreso económico y que por tanto no mejora la calidad de vida de la población. De hecho, como veremos a continuación, el resultado de la economía de guerra fue un deterioro considerable en la calidad de vida de los norteamericanos debido a una menor productividad de la economía y a un menor consumo.
En lo que respecta al aumento del PNB, Higgs aclara que medido en términos de producción disponible para uso de la población, este no solo no aumentó, sino que cayó de manera importante. Siguiendo a Simon Kuznets, Higgs sostiene que el concepto relevante de PNB es aquel que se mide en tiempos de paz. Bajo este concepto, el gasto público cuenta en la medida en que paga por bienes que sirvan a la población o bien por formación de bienes de capital que permitirán en el futuro generar beneficios a la población. En esa línea, el gasto militar se cuenta solo cuando financia una mayor inversión en capital bélico, pues este eventualmente podría ser usado para fines no militares. Siguiendo esta forma de medir la productividad, no existe prosperidad alguna durante la guerra, sino todo lo contrario: desde 1941 el producto en Estados Unidos se contrajo consecutivamente en 1942 y 1943 para crecer levemente en 1944 y experimentar un sustancial aumento solo una vez que la guerra había terminado. En otras palabras, aun cuando los números del PNB medidos de la forma tradicional reflejaban un aumento, la calidad de vida de la población, que es lo que importa realmente para establecer si hubo o no prosperidad, experimentó un severo deterioro.
Ahora bien, si como sugiere Higgs todo el gasto militar es eliminado de la ecuación, el cuadro es aún más categórico. Entre 1941 y 1943 la contracción de la economía alcanza un 14%, mientras que entre 1945 y 1946, con un gasto militar mucho más bajo, la economía experimenta un crecimiento de un 27%, manteniéndose en casi idénticos niveles de productividad hasta finalizar la década.
El tercer argumento que Higgs desbanca tiene relación con la idea según la cual la economía norteamericana «producía más cañones y mantequilla». En otras palabras, con la creencia de que no solo la producción de armamento y bienes de uso militar aumentó durante la guerra, sino también la de bienes de consumo disponibles para la población. El problema de quienes argumentan que la economía producía más bienes útiles a la población es que los datos sobre los que basan su tesis no consideran una serie de factores. Entre ellos, no se contemplan la cantidad de bienes de consumo que desaparecieron de la economía, el racionamiento de bienes básicos y la tasa de inflación real. Corregido el consumo por la tasa de inflación de la época, se obtiene que el nivel de consumo real de los norteamericanos alcanzó en 1941 un peak de 9% por sobre el nivel de 1939, para caer más de un 6% entre 1941 y 1943 y volver aumentar entre 1943 y 1945 sin alcanzar los niveles de 1941. Esto significa que durante la guerra el consumo cayó sustancialmente.
Más allá de las cifras corregidas, que según Higgs no alcanzan a reflejar la real gravedad de la situación durante la guerra, muchos otros hechos indican que los consumidores experimentaron un dramático deterioro en sus condiciones. Así por ejemplo, millones de personas debieron migrar debido a la escasez de bienes básicos en sus regiones, y dejaron sus hogares para establecerse bajo condiciones mucho más precarias. Al mismo tiempo, la fijación de precios del arriendo de inmuebles generó un deterioro general en la calidad de las viviendas, la producción de autos nuevos se detuvo y los usados estaban bajo racionamiento, al igual que los neumáticos y la gasolina. Millones de adolescentes se vieron forzados a abandonar los colegios para trabajar, al igual que ancianos que ya se encontraban cobrando pensión. También las jornadas laborales fueron más largas, incrementándose de 38,1 horas a la semana en 1940 a más de 45 horas en 1944 en el sector de manufacturas. Ante toda esta evidencia Higgs concluye: