La miseria del intervencionismo: 1929-2008

Axel Kaiser · Capítulo 22 de 41

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La miseria del intervencionismo: 1929-2008

IV. El camino a la ruina

Capítulo IV

 

EL CAMINO A LA RUINA

 

El camino a la riqueza es tan simple como el camino al

mercado. Depende fundamentalmente de dos palabras:

esfuerzo y frugalidad.

Benjamin Franklin

 

1. Estados Unidos: de la prosperidad del ahorro a la decadencia del sobreconsumo

 

Una de las falacias más extendidas popularmente sostiene que el capitalismo se sustenta en el consumo. Según esta visión, todo consiste en ir a comprar, en gastar y usar las tarjetas de crédito en un frenesí por adquirir cuanto sea posible. Elhomo consumidoris sería así la clave para que la máquina capitalista funcione. Esta falsa impresión es la que se lleva cualquiera que haya viajado en las últimas décadas a Estados Unidos, haya visto películas de Hollywood o consumido otros productos de la industria cultural norteamericana. Pero si bien esta imagen efectivamente habla del auténtico estado de la economía de Estados Unidos en los últimos treinta años, no refleja la verdad acerca de la esencia del sistema capitalista. Es más, basta estudiar la misma historia de Estados Unidos para entender que no fue el consumo sino el ahorro y la producción, acompañada de un bajísimo gasto público, lo que permitió al gran país del norte convertirse en la economía más formidable de la historia mundial. Y ha sido precisamente el exceso de consumo, gasto y deuda lo que ha destruido la prosperidad que alguna vez logró alcanzar la primera potencia del mundo. Repasemos brevemente algunos conceptos para entender esto.

En el primer capítulo vimos que la calidad de vida de las personas mejora gracias a la acumulación de capital, la cual permite incrementar la producción de bienes de consumo. Esto a su vez requiere que quienes producen ahorren una parte de su producción, es decir, que subconsuman para poder financiar las inversiones en bienes de capital. Así por ejemplo, vimos que la única forma que tenía Crusoe para mejorar su calidad de vida era a partir de la fabricación de un recolector de frutas, lo cual suponía que por un tiempo debía consumir menos frutas que lo habitual para mantenerse mientras trabajaba en la fabricación del recolector. Esta lógica, dijimos, es tan válida para un individuo como para todo un país. Ahora bien, si entramos en la historia del capitalismo vamos a encontrar exactamente que este surge de una actitud de frugalidad, trabajo duro y ahorro. Esta fue la explicación que Max Weber ofreció en su célebre obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo. En ella, Weber explicó que el desarrollo del capitalismo occidental, que separó la economía doméstica de la industria y desarrolló la contabilidad racional, fue el resultado de ciertos valores acuñados después del proceso de Reforma que tuvo lugar en el siglo XVI y del cual surgieron las religiones protestantes. En contraste con la concepción que imperaba hasta la fecha, lo propio y específico de la Reforma, según Weber, es el haber acentuado el matiz ético y aumentado la prima religiosa concedida al trabajo

en el mundo, racionalizado en profesión.[115] La nueva doctrina promovió la idea de la predestinación según la cual Dios había elegido desde un principio a algunos hombres a ser condenados a la muerte mientras otros serían salvados y gozarían de la vida eterna. Según esta visión, los condenados no podían ser ayudados ni por sacerdotes ni por iglesia alguna, y tampoco podían salvarse por sus obras. Estaban simplemente perdidos. La única manera de descubrir si lo que esperaba a cada cual era la salvación era el ejercicio metódico y sistemático del trabajo profesional. En ese contexto, el éxito en la profesión constituía una señal en el sentido de la gracia divina, es decir, una prueba de haber sido elegido para la salvación. Lo mismo se aplicaba a la labor de empresario. A diferencia de la concepción pauliana de la acumulación de la riqueza, que la veía como algo pecaminoso, para el protestantismo esta era el resultado del cumplimiento de un deber con Dios: quien pudiendo acumular riqueza no lo hacía, incumplía un mandato divino. Pero lo interesante para los efectos de nuestro argumento es que este nuevo enfoque pro riqueza de los protestantes que emigraron y colonizaron Estados Unidos iba acompañado de un férreo ascetismo, es decir, de una estricta austeridad. En ese marco la riqueza solo era mala cuando incitaba a la pereza o al goce de los placeres que ella podía ofrecer, lo cual llevó a una drástica restricción del consumo. La defensa del trabajo como obligación divina llegó a tal punto que incluso se pensaba que el rico que no trabajaba no debía tener derecho a comer, pues incumplía con su mandato divino. Esto, por supuesto, significó una revolución desde el punto de vista productivo, y abrió paso a la acumulación de capital a gran escala. Y como a su vez el capital no podía gastarse inútilmente, entonces solo podía ser invertido con fines productivos, multiplicándose aún más para pasarse de generación en generación.

Es interesante notar que Weber planteó como el paradigma del comportamiento capitalista nada menos que a uno de los padres fundadores de Estados Unidos: Benjamín Franklin. Y es que basta examinar tanto la vida de Franklin como sus escritos para entender que la esencia ética y económica del capitalismo es el ahorro y la frugalidad. A Franklin se deben frases como «el tiempo es dinero» y que «las grandes fortunas se van en los pequeños gastos», entre muchas otras que forman parte de la sabiduría popular. Demás está decir que esta idea de que el origen de la prosperidad es el trabajo duro y la frugalidad fue planteada por Adam Smith hasta el cansancio en la Riqueza de las Naciones. Entre muchas reflexiones que destacan esta idea, Smith sostuvo que rara vez «las grandes fortunas son hechas, incluso en las grandes ciudades, por cualquier tipo de negocio regular, establecido y bien conocido, sino son en consecuencia de una vida entera de trabajo, frugalidad y

preocupación».[116] Para Smith, lo mismo se aplicaba a todo un país, cuya prosperidad depende de la frugalidad, la libertad económica y la disposición al trabajo duro.

Esta fórmula, que Smith identificara como la clave de la riqueza de las naciones, fue el origen del éxito de Estados Unidos. Gracias a ella, Estados Unidos, que en 1840 era el quinto en materia de producción de manufacturas, pasó a ser el primero en 1894. La acumulación de capital permitió a las masas un acceso a bienes de lujo nunca antes visto debido a la baja de precios que acompaña naturalmente a los incrementos de productividad. Así por ejemplo, una máquina de coser Sears que costaba entre 15,55 y 17,55 dólares en 1897 costaba solo 3,05 dólares hacia 1900. Otra invención crucial, los refrigeradores, se vendían a un promedio de 600 dólares en 1920 para bajar a 334 dólares en 1928, lo cual permitió que las ventas se dispararan de 10.000 unidades a 560.000 unidades en el mismo periodo. A eso se llama mejorar la calidad de vida de las masas. Pero hay más, porque el aumento de productividad no solo permitió incrementar el bienestar material de la población, sino algo más importante aún, su bienestar físico y mental. Reflejo de ello es que la mortalidad infantil se redujo de 217,4 por cada 1.000 nacidos vivos al año en 1850 a 120,2 en 1900, para caer bajo los 100 en 1920. Al mismo tiempo las expectativas de vida aumentaron de 38,9 años en 1850 a

49,6 en 1900, para superar los 60 años en 1920.[117]

La lista de ejemplos como los anteriores es interminable y con justicia lo que se conoció como el american dream, que llevó a decenas de millones de personas alrededor del mundo a abandonar sus países de origen y sus familias para emigrar a Estados Unidos. El éxito del capitalismo norteamericano fue tan arrollador que el célebre sociólogo marxista alemán Werner Sombart escribiría un libro publicado a principios del siglo XX, titulado ¿Por qué no hay socialismo en Estados Unidos? En él, Sombart intentaría dar una explicación al fracaso de la teoría de Marx según la cual el capitalismo era inherentemente inestable y conllevaba los gérmenes de su propia destrucción mediante una inevitable lucha de clases. Lejos de justificar el fracaso del marxismo, Sombart reconoció que no había país que ofreciera mejor calidad de vida a los proletarios que Estados Unidos, y advirtió además que la movilidad social en América era mayor que en Europa y que los obreros americanos tenían una participación emocional en el capitalismo al punto de amarlo. Sombart finalmente concluyó que la teoría de Marx había sido refutada por los hechos, y agregó que el espíritu revolucionario en Estados Unidos había sido adormecido por los lujos y comodidades del capitalismo, idea que sintetizó en su célebre frase según la cual «todas las utopías socialistas se convierten en nada frente a un asado de res y un trozo de tarta

de manzana».[118]

A la actitud de frugalidad y trabajo duro de los norteamericanos que encarnaba lo que Sombart identificó como la participación emocional de los proletarios en el capitalismo hay que agregar un factor clave en el éxito de la nación del norte: que el gasto público total del Estado norteamericano, que incluye gobierno federal y gobiernos locales, no superó un 8% del PIB hasta comenzado el siglo XX, cuando Estados Unidos ya era de lejos la primera potencia económica e industrial del planeta. Luego, con la creación del imperio y sobre todo con la fundación del Estado de bienestar en la década de 1930 y su consecuente expansión en las décadas siguientes, la participación del Estado en la economía —lo que extrae del sector privado en otras palabras — explotaría hasta aproximarse a un 40% del PIB en 2012. Mientras tanto, la deuda del gobierno federal supera un 100% del PIB hacia principios de 2013. Para tener una idea del ritmo exponencial de esta dinámica y la voracidad del Estado, basta considerar que entre el año 2000 y el 2012 el gasto del gobierno federal superó el doble, y pasó de 1,79 billones —millones de millones— de dólares a 3,8 billones de dólares, y que el número de programas subsidiados