La miseria del intervencionismo: 1929-2008
2. La respuesta de Hoover al crash de 1929: masiva intervención estatal
meses».[46]
Ludwig von Mises veía las cosas de otro modo. En escritos más de un año antes del crash, Mises argumentó que la prosperidad defendida por economistas del mainstream como Fisher era una ilusión. «Es muy claro — escribió— que la crisis debe venir tarde o temprano», añadiendo que esta debe venir «primera y directamente por un cambio en la conducta de los bancos», cuyo error no es aumentar la tasa de interés, sino que aumentarla
demasiado tarde, estimulando así aún más la burbuja.[47]
A medidos de 1929 Mises incluso rechazó una tentadora oferta de trabajo del banco vienés Kreditanstalt, proclamando que «un gran crash está por
venir y no quiero mi nombre conectado de ningún modo con él».[48]
Tal como Mises había predicho, el colapso finalmente llegó en octubre de 1929, seis meses después de que la Reserva Federal pusiera fin a la expansión del crédito. La burbuja reventó llevando a una caída de un 89% en la bolsa durante los tres años siguientes, desplome del cual el mercado accionario no
se recuperaría completamente hasta 1954. [49] En coincidencia con el análisis de los austriacos sobre el rol de la Reserva Federal en el colapso financiero de 1929, en un artículo publicado en 1966 Alan Greenspan, quien tiempo después se convertiría en presidente de la Reserva Federal, posición que mantendría durante casi veinte años (1987-2006), atribuyó el fatídico evento a la política monetaria de la época en los siguientes términos:
El exceso de crédito que la Fed inyectó a la economía entró al mercado accionario detonando una espectacular burbuja especulativa. Tardíamente, los funcionarios de la Reserva Federal intentaron extraer el exceso de reservas logrando finalmente poner fin al boom. Pero era demasiado tarde: hacia 1929 los desbalances especulativos habían alcanzado tales niveles que este intento precipitó una aguda contracción y la consecuente desmoralización en la confianza
de los inversionistas. Como resultado, la economía de Estados Unidos colapsó.[50]
2. La respuesta de Hoover al crash de 1929: masiva intervención estatal
Es famoso que después del crash Andrew Mellon, Secretario del Tesoro de la época, aconsejó a Hoover: «Liquide trabajo, liquide las acciones, liquide a los agricultores, liquide los inmuebles… purgue la podredumbre de nuestro sistema». Aunque crudamente planteado, la receta de Mellon de permitir que la recesión hiciera su trabajo de limpieza de un sistema intoxicado por el exceso de crédito era exactamente lo que necesitaba la economía norteamericana. Sin embargo, Hoover optó por no tomar el consejo liberal de Mellon, con lo que desbancó así la tradición no intervencionista seguida a través de la historia norteamericana por todos los presidentes que habían enfrentado crisis económicas. El mismo Hoover afirmó: «Ningún presidente antes ha creído que cabe alguna responsabilidad al Estado en este tipo de
casos (…) ahí tendremos que ser pioneros en un nuevo campo». [51]
Una de las primeras medidas intervencionistas de Hoover para combatir la recesión fue presionar a la Reserva Federal para inyectar aún más crédito barato, contraviniendo de este modo completamente lo que aconseja la escuela austriaca de economía. Solamente en la última semana de octubre de 1929, la Reserva Federal añadió casi 300 millones de dólares a las reservas del sistema bancario con el fin de evitar el proceso de liquidación en el mercado accionario. Esto significó una extraordinaria expansión monetaria de un 10% en un par de días, a lo que se agregó una drástica reducción de la tasa de descuento —aquella a la cual la Fed presta directamente a los bancos— desde un 6% a un 4,5% hacia mediados de noviembre del mismo año. Como resultado de esta dosis extra de morfina monetaria, el índice bursátil aumentó varios puntos y creó una sensación de recuperación que estimularía un mayor
endeudamiento.[52] El nuevo boom no duraría: hacia 1932 el índice bursátil se había desplomado a niveles históricos.
Más allá de la expansión del crédito, una de las intervenciones más dañinas del gobierno de Hoover tuvo lugar en el mercado laboral. En lugar de permitir la inevitable caída de los salarios durante una recesión, Hoover intentó todo tipo de medidas para mantenerlos artificialmente altos bajo la errónea creencia de que esto evitaría una contracción mayor en la economía. En su postura intervencionista, Hoover insistió en que las empresas no debían despedir trabajadores para no afectar a su poder adquisitivo, y propuso reducciones de jornadas laborales y otras fórmulas que permitieran distribuir el desempleo entre los trabajadores. A cambio, Hoover prometió a los líderes empresariales que el gobierno intercedería para que los sindicatos no hicieran huelgas para exigir alzas de salarios en tiempos de recesión. El acuerdo entre líderes empresariales y el gobierno se oficializó con amplia cobertura de la prensa, Henry Ford incluso anunció alzas de salarios y la Federación Americana del Trabajo elogió a Hoover en 1930 en su revista American Federationist diciendo que el presidente había dado a los líderes industriales
«un nuevo sentido a sus responsabilidades».[53] John Maynard Keynes también alabaría la determinación de Hoover de mantener los salarios altos a pesar de la crisis, calificando dicha política como «ampliamente
satisfactoria».[54]
Además de ejercer presiones sobre los líderes industriales para evitar la caída de los salarios, con el mismo objetivo Hoover promovió leyes a favor de los sindicatos que habrían de convertirse en iconos de la legislación laboral en Estados Unidos. Así nacieron la Ley Davis-Bacon de 1931 y la Ley Norris-Laguardia de 1932, que otorgaron poderes sin precedentes a los sindicatos norteamericanos. La primera ley exigió que el nivel de salarios negociados por los sindicatos fuera pagado también a trabajadores dedicados a la construcción de obras públicas, lo que en la práctica significó un incremento de salarios por vía legal. La segunda ley buscó prohibir a los tribunales la posibilidad de restringir boicoteos, huelgas o piquetes organizados por trabajadores, y prohibió también de paso los llamados yellow
dog contracts.[55] De estas dos normativas, la Ley Norris-Laguardia es considerada hasta hoy la segunda ley sindical más importante en la historia de
Estados Unidos después de la National Labor Relations Act.[56]
En su comentario sobre las políticas salariales de Hoover en la que según muchos economistas es una de las mejores obras que se haya escrito jamás sobre la Gran Depresión, Lionel Robbins afirmó:
Esta política era el contrario de lo que se necesitaba (…) En efecto, el resultado de esta acción fue intensificar los efectos del boom. El mantenimiento de los salarios y dividendos fue realizado a expensas del capital (…) De este modo, cuando las reducciones de coste comenzaron, los recortes necesarios para restaurar la viabilidad de los negocios fueron mucho mayores, afectando mucho más la confianza general de lo que habría sido necesario si el
proceso no se hubiera postergado por tanto tiempo. [57]
En la misma línea, Jesús Huerta de Soto sostiene que la política de Hoover de mantener artificialmente altos los salarios «aumentó el desempleo e impidió la transferencia de recursos productivos y trabajo entre las
industrias».[58]
En un trabajo reciente Lee E. Ohanian, profesor de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA), renombrado macroeconomista del mainstream, confirmó la tesis de los economistas austriacos sobre los destructivos efectos de las políticas salariales y laborales de Hoover. Utilizando un modelo de equilibrio general para determinar cómo se habría comportado la economía en ausencia de las políticas salariales de Hoover, Ohanian concluyó que la depresión fue fundamentalmente la consecuencia de «programas gubernamentales y políticas que incrementaron el poder de los trabajadores para aumentar sus salarios por encima de niveles competitivos», agregando que esta «habría sido muchísimo menos severa en ausencia de los
programas de Hoover». [59]
Pero el intervencionismo de Hoover fue más allá, e incluyó masivas obras públicas financiadas con gasto fiscal. En 1929, Hoover pidió al congreso un incremento de 400 millones de dólares para el Programa Federal de Construcción —Federal Building Program—, y otorgó además subsidios millonarios a la Junta Federal de Comercio Naviero —Federal Shipping Board— con el objeto de construir nuevos barcos. Paralelamente, requirió a todos los gobernadores del país una activa cooperación para expandir las
obras públicas en el nivel de estados. [60]
En su obsesión por combatir la recesión, «el gran ingeniero», como se apodaba a Hoover, utilizó el gasto público indiscriminadamente para estimular la economía, lo que lo llevó a terminar con déficits fiscales históricos. Si en 1929 existía un superávit fiscal legado por la administración Coolidge, en 1931 el déficit fiscal alcanzaba los 2,2 mil millones de dólares, el más alto jamás registrado en la historia norteamericana en tiempos de paz. Consecuentemente, la proporción del Producto Geográfico Bruto (PGB) consumida por el Estado se incrementó de 16,4% en 1930 a 21,5% en 1931,
incremento también sin precedentes en la historia de Estados Unidos. [61] La situación fiscal del país era tan desequilibrada que en la campaña presidencial de 1932 Roosevelt la explotó políticamente acusando a Hoover de haber presidido «la administración más gastadora en tiempos de paz de toda la historia» y de tratar de «controlarlo todo desde Washington tan rápido como sea posible». El compañero de carrera de Roosevelt, John Nance Garner, demócrata que se postulaba a la vicepresidencia del país, fue aún más allá y declaró que Hoover estaba llevando al país «por el camino del socialismo».
[62]
El problema del déficit fiscal empeoró aún más cuando Hoover, en lugar de recortar gastos del gobierno como forma de equilibrar el presupuesto, decidió subir impuestos y fue así una vez más contra las premisas más fundamentales de la economía de libre mercado. El impuesto a la renta aumentó de un rango de 1,5% -5% a un rango de 4%-8%, una serie de beneficios tributarios fueron eliminados y la tasa de impuesto a las empresas aumentó de un 12% a un 14%. Los impuestos a los bienes raíces y a las donaciones en tanto aumentaron dramáticamente de casi un 16% a una tasa
máxima de 33,3%.[63] Como resultado, a pesar de ciertas rebajas de impuestos iniciales, a fines del gobierno de Hoover la carga tributaria sobre la economía había aumentado de un 11,1% del ingreso nacional en 1929, a un récord de 21,1% del ingreso nacional en 1932. Simultáneamente, la tasa de evasión tributaria aumentó de un promedio de 10% antes de las alzas a más de un
30%.[64]
En el área de la agricultura, Hoover desarrolló una política de estabilización artificial de precios que más tarde sería continuada por Roosevelt. En 1929 fue creada la Federal Farm Board o —FFB— por la ley de Marketing Agrícola. Esta ley otorgó a la FFB 500 millones de dólares de fondos federales para ser prestados a agricultores. Después del crash, la FFB prestó 150 millones de dólares a agricultores dedicados a la siembra de trigo para evitar la caída de los precios, lo cual se intentaba conseguir básicamente
manteniendo grandes cantidades de trigo fuera del mercado.[65] Durante un tiempo, la FFB logró mantener los precios a niveles pre crash, pero a un alto coste. Como explica Rothbard, el éxito aparente de dichas medidas llevó a los agricultores a aumentar la producción de trigo, empeorando el problema del superávit de producción al hacer caer los precios aún más con devastadoras consecuencias. Como reacción, Hoover pidió al congreso 100 millones de dólares adicionales para continuar con las políticas de estabilización de precios. Como era de esperar, los precios siguieron cayendo debido a la mayor acumulación de trigo. Finalmente, el gobierno de Hoover decidió liquidar los excesos de trigo en el mercado internacional, lo cual tuvo un enorme impacto negativo sobre los precios locales. El resultado de todo este intervencionismo estatal no solo fue un total fracaso en el objetivo propuesto de mantener a flote el mercado agrícola, sino un enorme despilfarro del dinero de los contribuyentes: hacia fines del gobierno de Hoover, las pérdidas de la FFB producto de sus políticas de estabilización de precios totalizaban 385
millones de dólares.[66]
Sobre los intentos de Hoover de mantener los precios de los commodities agrícolas artificialmente altos, Robbins escribió:
Las grandilocuentes organizaciones de compra a través de las cuales intentó mantener los precios agrícolas tuvieron el efecto de desmoralizar a los mercados en su conjunto producto de la acumulación de stocks y la creación de incertidumbre. Al mismo tiempo, al alimentar falsas esperanzas entre los productores, estas organizaciones tendieron a obstaculizar la contracción
de la producción agrícola.[67]
Otra de las medidas intervencionistas de Hoover, de catastróficas consecuencias, fue la restricción del comercio internacional bajo la falsa creencia de que contribuiría a reactivar la economía local. En 1929, a pesar de haber sido instado por prácticamente todos los economistas del país a no hacerlo, Hoover promulgó la ley Smoot-Hawley, que aplicaba aranceles de un
promedio de 59% a más de 25.000 productos importados.[68] Esta medida, sin precedentes en la historia norteamericana, trajo como consecuencia represalias de más de sesenta países, que apoyaron políticas similares, lo cual se tradujo en una caída de un 66% en el comercio mundial durante los tres años siguientes. Solo las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo cayeron de 5,5 billones de dólares en 1929, a 1,7 billones de dólares en 1932.
[69] Al mismo tiempo, el desempleo aumentó de un 7,8% al momento de la
promulgación de la ley Smoot-Hawley, a un 25,1% en 1933.[70]
No existe demasiada controversia actualmente entre los economistas sobre el hecho de que la ley Smoot-Hawley fue un grave error que contribuyó a contagiar la depresión al resto del mundo. En una obra reciente los economistas Charles K. Rowley y Nathanael Smith incluso van más allá y afirman que esta ley fue desastrosa no solo por haber destruido millones de empleos en el mundo entero, sino por haber promovido el tipo de nacionalismo económico que permitió el ascenso de Mussolini en Italia y
Hitler en Alemania.[71]
Como a pesar de todas las medidas anteriores —o más bien producto de ellas— la economía norteamericana se hundía en una recesión aún mayor, Hoover creó otra agencia gubernamental con el fin de «reactivar la economía». Así fue creada en 1932 la Corporación Financiera de Reconstrucción —Reconstruction Finance Corporation o RFC—, que fue provista con 500 millones de dólares de capital para rescatar bancos, empresas ferroviarias y compañías agrícolas en problemas. Adicionalmente, la RFC tenía autoridad legal para emitir otros 1,5 billones de dólares en obligaciones hipotecarias (debenture ).
Durante su primer mes de operaciones, el 80% de los préstamos otorgados por esta entidad fueron entregados a bancos y empresas ferroviarias. Descontento con su rol «defensivo», en julio de 1932 Hoover logró convencer al congreso para extender las operaciones de la RFC convirtiéndola en una suerte de banco estatal que ahora financiaba también obras de construcción. Para efectos de cumplir con nuevo «rol activo», el capital de la RFC fue prácticamente duplicado de 2 mil millones de dólares a 3,8 mil millones de
dólares bajo la Emergency Relief and Construction Act de 1932.[72]
La lista de intervenciones del gobierno de Hoover para combatir la recesión es aún más larga e incluye medidas anti-inmigración y ataques a los derechos de propiedad de acreedores, entre otras. Las medidas explicadas aquí son probablemente las más emblemáticas y al mismo tiempo las más destructivas desde el punto de vista económico. Su repaso no deja dudas de que, tal como advirtió Hayek en 1932, «todos los medios concebibles» fueron empleados para evitar que la recesión y el consecuente proceso de ajuste siguieran su curso. En ese sentido, pocas cosas pueden resultar más ilustrativas sobre el carácter intervencionista y anti libre mercado del gobierno de Hoover que sus propias palabras: