La miseria del intervencionismo: 1929-2008

Axel Kaiser · Capítulo 26 de 41

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La miseria del intervencionismo: 1929-2008

5. El punto de inflexión: 1971

Como se aprecia, la curva muestra un crecimiento exponencial de la deuda pública norteamericana, que pasó de un 35% del PIB a principios de la década de los 70 a más de un 100% del PIB en 2013.

El enorme gasto público de Estados Unidos pone una presión adicional sobre el valor del dólar, pues en orden a financiarse el gobierno debe emitir bonos —los famosos bonos del Tesoro— que son obviamente denominados en dólares. Y cuantos más bonos emite el gobierno mayor es el riesgo de que este no pague a sus acreedores y por tanto decida monetizar la deuda, es decir, devaluar su moneda, algo que ha venido haciendo masivamente en los últimos

años.[127]

Recapitulemos lo dicho hasta ahora para tener completa claridad acerca de las dinámicas destructivas que han operado en Estados Unidos. Producto de una explosión del consumo los norteamericanos han dejado de ahorrar, lo cual los ha llevado a endeudarse con extranjeros para financiar su estilo de vida. Esto significa que han transferido masivamente promesas de pago futuro a países como China y Japón, es decir, que han puesto parte importante de su patrimonio en manos extranjeras. Al mismo tiempo, la acumulación de dólares en manos extranjeras ha financiado el creciente déficit fiscal, pues los chinos y japoneses invierten esos dólares, entre otros, en bonos del tesoro para financiar por esa vía el gasto público de Estados Unidos. Así por ejemplo, hacia el 2010 China poseía 900.000 millones de dólares en bonos del tesoro, lo que representaba alrededor de un 20% del total de la deuda del

gobierno federal.[128] Todo esto tiene como consecuencia una devaluación progresiva del dólar, al existir cada vez más dólares que circulan en la economía mundial, producto del déficit de cuenta corriente de los norteamericanos. Dicho en pocas palabras, para poder consumir y gastar en exceso, Estados Unidos, además de sacrificar su sistema productivo, ha venido sacrificando su activo más precioso y el pilar central del imperio: su moneda.

 

5. El punto de inflexión: 1971

 

Al lector probablemente le habrá llamado ya la atención el hecho de que las tendencias de gasto y sobreendeudamiento público y privado descritas en las páginas anteriores adquieren un cariz realmente problemático a partir de la década de los 70. Y es que en esa década se verifica un punto de inflexión en la historia económica norteamericana que completará el giro de la economía, de una de productores y ahorrantes a una de consumidores y deudores. Lejos de ser una coincidencia, esto es el resultado de una decisión que terminaría poniendo fin oficial a miles de años de historia económica en el nivel global: el abandono definitivo del patrón oro. Este, por cierto, había sido abandonado históricamente en varias ocasiones, especialmente en caso de guerras, dada la necesidad de los gobiernos de imprimir dinero para financiar sus aventuras militares. Sin embargo, los gobiernos del mundo siempre habían logrado fórmulas para volver a algún tipo de anclaje con el oro. Ello cambió en 1971, cuando Richard Nixon, entonces presidente de Estados Unidos, enfrentando un creciente gasto público producto de la guerra de Vietnam y los programas benefactores conocidos como «La Gran Sociedad» heredados del gobierno de Lindon Johnson, decidió cortar definitivamente el último anclaje con el patrón oro para poder financiar los gastos del gobierno por la vía inflacionaria. Lo de Nixon vino a ser el corolario de una serie de decisiones que llevaron al fin del patrón oro y al establecimiento de un sistema monetario basado enteramente en dinero papel.

Con anterioridad a la Primera Guerra Mundial, todas las monedas, sea el dólar, el marco alemán, el franco francés o la libra esterlina, estaban acopladas al oro. Así, un dólar estaba fijado en 1/20 de onza de oro, mientras la libra estaba fijada a 1/4 de onza. El patrón oro permitía a privados y gobiernos extranjeros convertir en cualquier momento su dinero en el metal precioso, incluyendo monedas, y permitía además el uso de oro como medio de intercambio entre particulares. Esto mantenía restringida la inflación, pues tan pronto los bancos centrales incrementaban la masa monetaria en exceso los diversos actores interesados convertían su papel en oro y dejaban al

sistema bancario sin reservas.[129]

En Estados Unidos, oficialmente esto se mantuvo hasta que Franklin Roosevelt en 1934 dictara la orden ejecutiva número 6.102, que ordenaba la confiscación del oro en poder de los ciudadanos norteamericanos, y castigaba con multas y cárcel la posesión a partir de 100 dólares en monedas del metal y declaraba nulos todos los contratos entre privados cuyo pago estaba fijado en oro. Para ese entonces, el dólar ya no contenía la leyenda «canjeable en oro» que podía leerse hasta 1913. Con la fundación de la Reserva Federal ese año, esta fue reemplazada por la leyenda «convertible en dinero de curso legal de Estados Unidos, en la secretaría del tesoro o en el banco de emisión». Ahora bien, este dinero de curso legal continuaba siendo, según lo establece la Constitución de Estados Unidos, el oro o la plata.

Después de que Roosevelt declarara ilegal la posesión de oro para ciudadanos estadounidenses en 1933 ya no era posible convertir los certificados de la Reserva Federal, comúnmente llamados dólares, en oro. La prohibición de acumular oro se mantendría hasta 1975, año en que se derogaría la norma que la disponía, pero la convertibilidad del dólar jamás sería restablecida. Incluso la leyenda que aseguraba la convertibilidad fue eliminada del dólar, donde hoy solo se señala: «Esta nota es dinero de curso legal para todas las deudas públicas y privadas».

Lo de Roosevelt fue ciertamente una expropiación abusiva al público norteamericano, al que el gobierno pagó 20,67 dólares por onza de oro para, inmediatamente después de la confiscación, devaluar el dólar y fijar el precio en 35 dólares la onza. Pero, si bien Roosevelt le puso fin al patrón oro dentro Estados Unidos, no pudo aplicar la misma regla a otros países, razón por la cual este continuó estando vigente internacionalmente. Es decir, los poseedores de dólares en el extranjero podían en cualquier momento exigir la conversión de sus dólares en oro en Estados Unidos al valor de 35 dólares por onza.

El sistema de convertibilidad en oro entre naciones se confirmó, bajo una fórmula deficiente, en el famoso acuerdo de Bretton Woods que tuvo lugar en Nueva York en 1944 y cuyo fin fue el diseño de un nuevo orden económico por parte de las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial. En ella se estableció que el dólar sería la moneda de reserva internacional fijando las demás monedas al dólar. De este modo, por ejemplo, si Inglaterra veía caer el precio de la libra frente al dólar, su banco central saldría a comprar libras utilizando para ello dólares que tenía acumulados en sus reservas, de modo que aumentara el valor de la libra. Por el contrario, si el dólar se depreciaba, Inglaterra tendría que imprimir libras para comprar dólares, es decir, devaluar su moneda e importar así la inflación desde Estados Unidos. Esto, a su vez, daba la tranquilidad a todos los inversionistas con activos denominados en libras de que sus inversiones se mantendrían estables en términos de dólares. El dólar en tanto se mantendría fijado a un valor de 35 dólares la onza de oro, lo cual en principio tenía por objeto evitar la inflación de la masa monetaria por parte de la Reserva Federal. Bajo las nuevas reglas, sin embargo, ninguna empresa privada o individuo particular podía exigir la convertibilidad en oro, reservándose el derecho para los gobiernos.

Bajo este sistema entonces, cuando un país tenía superávit comercial en teoría podía convertir el exceso de dólares en su poder por oro en Estados Unidos. Así, los norteamericanos se cuidarían supuestamente de imprimir demasiados dólares para no ver desaparecer sus reservas de oro. Durante más de dos décadas el sistema funcionó proveyendo de una clara ventaja a Estados Unidos, quien vio su moneda artificialmente apreciada. Como era de esperar, el creciente gasto fiscal de Estados Unidos debido a la Guerra Fría y a la expansión de los programas de bienestar, llevó al país a imprimir cada vez más dólares. Paí ses como Francia reaccionaron exigiendo la conversión de sus excesos de dólares en oro, provocando un drenaje del metal precioso que enfrentó a Estados Unidos a la posibilidad de perder sus reservas, lo que en la práctica significaba la quiebra. Finalmente, en 1971 Richard Nixon decidió poner fin al patrón oro llevando al mundo por primera vez a un completo estándar de dinero papel.

El resto de la historia es imaginable. Sin el único freno que todavía existía para frenar la voracidad confiscatoria de los políticos, la Reserva Federal entró en una espiral inflacionista que en la práctica permitió financiar el gasto militar, subsidios a diversos grupos de interés, programas estatistas y rescates a instituciones del mundo financiero, todo con cargo a los contribuyentes norteamericanos. El Gráfico 6 muestra la expansión de la masa monetaria por parte de la Reserva Federal desde 1920 en adelante:

 

Como se puede ver, la base monetaria, es decir, la cantidad de dinero creado por la Reserva Federal en su forma más líquida —billetes, monedas y ciertos depósitos—, experimenta un incremento sostenido a partir de la década de los 70, el cual se intensifica violentamente en los 80 y 90 para alcanzar siderales dimensiones en los 2000. El resto de la curva en 90 grados es lo que ocurrió después del crash de 2008, cuando la base monetaria se triplicó en tan solo tres años.

Para poner las cosas en una perspectiva aún más clara veamos el Gráfico 7.

 

En él se refleja el desarrollo de la inflación de los precios del consumidor desde 1950. Como se aprecia al compararse este gráfico con el anterior, a mayor dinero en circulación mayor inflación, es decir, menor valor del dinero en poder de la gente. Si se realiza el cálculo desde 1970 y se estima el poder adquisitivo del dólar si tomamos como referencia la evolución del índice de precios al consumo de Estados Unidos (CPI), el dólar ha perdido un 80% de su poder adquisitivo desde que se pusiera fin al patrón oro en 1971. Esto significa que para comprar un producto que en 1971 costaba 100 dólares en mayo de 2013 eran necesarios 574,75 dólares. En otras palabras, la inflación

acumulada entre 1971 y 2013 es de un 474,7%. [130] Si el ejercicio se realiza desde la creación de la Fed en 1913, el precio que pagar por un producto que en 1913 costaba 100 dólares, en 2013 es de 2.351,24 dólares, lo que refleja una inflación acumulada de un 2251,2%. Cabe destacar que con anterioridad a la creación de la Fed el dólar, salvo durante ciertos períodos de convulsión como la Guerra Civil Norteamericana, mantuvo su poder adquisitivo

prácticamente intacto desde 1800. [131]

Pero, si bien la creación de la Fed marcó el inicio de la decadencia del dólar, lo que realmente propulsó a los norteamericanos a convertirse definitivamente en Despilfarrolandia fue el fin del patrón oro en 1971. De ahí en adelante Estados Unidos abusaría como nunca del estatus internacional de su moneda, dedicándose a imprimir sin freno para enviar sus dólares al extranjero a cambio de auténtica producción. El déficit comercial crónico y sus efectos ya analizados —devaluación del dólar, caída de los ahorros personales, gasto fiscal deficitario, etc.— tiene así una directa relación con el fin del patrón oro, que no fue más que el sometimiento final de todo el sistema monetario mundial a la voluntad de los gobiernos, quienes por fin contaron con dinero ilimitado para todo tipo de aventuras militaristas y estatistas.