Tempestira
Capítulo Ocho
LUCAN
Algo distinto se movió cerca del amortajado lugar donde se encontraba Malfurion, algo que era a la vez familiar… y desconocido.
El Archidruida se preguntaba qué nueva tortura tenía en mente ahora el Señor de la Pesadilla. La agonía de su constante transformación aún lo asaltaba, pero Malfurion se las había arreglado para mantener esa parte de su mente escudada. Sabía que su captor era consciente de eso y quería romper ese escudo. Por eso creía que lo que ocurría ahora era su nuevo esfuerzo por acabar con su resistencia.
Malfurion no estaba seguro de su propia capacidad para aguantar mucho más. Hacer lo que había hecho y seguir sufriendo esa tortura le había pasado una factura muy, muy alta. El Señor de la Pesadilla sabía bien cómo atormentarlo, golpeando justo con quien el Archidruida amaba más o con aquello que más temía.
La forma era enorme, aunque no tanto como la sombra de un árbol gigantesco que era lo único que Malfurion conocía de su enemigo.
La nueva forma se movía con una confianza y ligereza que molestaba al elfo de la noche. Deseó que la espesa e inquietante niebla que rodeaba su diminuta prisión se dispersara solo por un momento para poder ver mejor y entender qué nuevo mal iba a aparecer.
Estoy aquí…, dijo una voz en su cabeza. Sin embargo, no era el Señor de la Pesadilla, sino la nueva forma. Tampoco le hablaba a Malfurion, este sencillamente la había oído cuando hablaba con otro.
Y ese otro apareció. La sombra del árbol se inclinó sobre el cuerpo retorcido de Malfurion, y las ramas del Señor de la Pesadilla se estiraban como tentáculos hacia el recién llegado.
Hubo silencio. Malfurion se dio cuenta de que su captor le hablaba a la forma, pero, al contrario que esta, el Señor de la Pesadilla mantenía sus deseos ocultos a su prisionero. El elfo de la noche se preguntó por qué era eso necesario.
La nueva sombra dejó escapar una risa burlona. Sí… así se hará… qué broma va a ser.
De haber podido, el Archidruida habría fruncido el ceño. Esto no era una nueva tortura para él… al menos no directamente. Más bien, su torturador tenía algunas tareas para aquella otra sombra.
Entenderlo le inyectó determinación a Malfurion. Dejó que su dolor concentrase sus poderes. Seguía en el Sueño Esmeralda… o Pesadilla ahora… y, aunque hasta el momento sus esfuerzos por atravesar la niebla y ver cómo el mal que lo barría había cambiado aquel reino habían fracasado, quizás… quizás Malfurion podía arreglárselas para algo más concreto.
El velo no se iba a apartar. La forma seguía siendo solo una forma.
Pero el Archidruida se concentró usando los mismos métodos que utilizaba para mirar dentro de sí durante la meditación que precedía al abandono del cuerpo por parte de la forma astral. Notar todo lo que provenía de esa inquietante visita se convirtió en la única misión de Malfurion. Lo había intentado con el Señor de la Pesadilla y había fracasado, pero, si no esperaban que lo volviese a intentar con el recién llegado…
¡Eres un bichejo demasiado curioso!
La mente de Malfurion se vio golpeada por una fuerza mental tan grande que lo aturdió momentáneamente. Eso tuvo el curioso efecto de aminorar su dolor, aunque solo por un segundo.
Me voy…, le dijo la sombra al silencioso torturador del elfo de la noche. El Archidruida se las arregló para volver a concentrarse lo suficiente como para ver cómo la forma se desvanecía entre la densa niebla.
La sombra del árbol que conformaba la presencia del Señor de la Pesadilla se retorció para flotar sobre Malfurion. Aún te queda demasiado espíritu, pero no por mucho tiempo… cuánto esfuerzo ¿verdad? ¿Cómo va tu corazón mortal, amigo mío?
El elfo de la noche lo entendió inmediatamente. Sintió cómo aumentaba la debilidad que tenía origen no en su forma astral, sino en su verdadero cuerpo. Su intento de averiguar algo más le había costado valiosas energías.
Las ramas de sombra pasaron sobre sus ojos casi como si quisieran arrancárselos. Pero Malfurion era consciente de que sus ojos eran probablemente la parte que más a salvo estaba de su cuerpo astral. El mal que lo retenía quería que viese, incluso aunque no hubiese nada que ver… o quizá porque no había nada.
¿Quieres ver? Pero si solo tenías que pedirlo, amigo mío… es lo menos que puedo hacer por alguien que cede tanto ante nuestros deseos…
Las ramas se estiraron hacia delante, separándose en dos grupos que a su vez actuaban como manos monstruosas que apartaban la niebla…
revelando por primera vez en qué se había convertido el reino esmeralda.
De haber podido, Malfurion habría gritado, aunque no de dolor.
Las ramas se apartaron. La niebla se volvió a cerrar una vez más en tomo al atrapado Archidruida.
La voz burlona llenó su cabeza. La alegría que denotaba era como puñales que constantemente zaherían la mente del elfo de la noche. Y
estamos en deuda contigo por tanto de esto, Malfurion Stormrage… por tanto…
El árbol de sombra se desvaneció. La voz se detuvo. Por el momento, Malfurion se quedó solo, ponderando el horror que había visto. Era tan solo la última tortura planeada para aquella parte de él que aún no se había rendido.
Pero lo que su captor no sabía era que el elfo de la noche también había descubierto algo que deseaba saber. De hecho, dos cosas significativas. Una era la identidad del sirviente del Señor de la Pesadilla.
La respuesta debería haber sido obvia, pero el sufrimiento constante de Malfurion había hecho necesaria la repentina furia de la criatura para que se mostrase.
Ciertamente un dragón verde servía al mal… pero no cualquier dragón verde. Rezó para que Ysera lo supiera, no fuese a ser tomada por sorpresa.
Si la Señora del Sueño Esmeralda era capturada, entonces sí que todo estaría perdido.
Y lo segundo, que había llegado con la revelación de lo que de verdad rodeaba a Malfurion, sirvió para confirmar una decisión que el Archidruida había tomado hace tiempo.
Si había una posibilidad de que salvase a Ysera y al Sueño Esmeralda, entonces Malfurion tenía que morir.
* * *
A pesar de lo que habían visto, a pesar de lo que aquello podría suponer para ellos, Tyrande y Broll sabían que también tenían que dormir.La terrible lucha en Auberdine los había agotado más de lo que habían creído.
No tenían ni idea de dónde estaban con respecto a Auberdine o Vallefresno, pero el druida le había dicho a ella que creía que estaban cerca de su meta. Desgraciadamente, ella ahora no tenía a Jai, lo que significaba que no podrían volar. Por poderoso que fuese el cuerpo de cuervo de tormenta de Broll, no podía llevarla a ella y a su enigmático acompañante.
Tyrande siguió estudiando al humano dormido. Parecía inofensivo y no sintió ninguna abrumadora presencia mágica a su alrededor, aunque debería haber notado algo no solo como Suma sacerdotisa de Elune, sino como alguien que se había pasado siglos estudiando distintos casos de magia. Tenía algo que hablaba de alguna clase de magia, algo muy sutil, como una parte inherente de su ser más básico y no algo aumentado mediante el estudio de las artes místicas.
Miró al cielo, que pasaba de gris a negro. Había pasado un día, un valioso día mientras esperaban que el humano despertase. Aunque murmuraba entre sueños, no actuaba como los habitantes de la ciudad.
Puede que sus pesadillas fuesen vívidas, pero no habían cobrado vida.
Al volver a recordar Auberdine, la Suma sacerdotisa se estremeció.
Ella y Broll habían estado cerca de convertirse en víctimas como el pobre Jai. Tyrande revivió las pesadillas que había sufrido, unos infernales sátiros sonrientes que habían aparecido para llevarla ante su amo y dio gracias por que el humano hubiese aparecido cuando lo hizo. Broll le había hablado de sus propios monstruos, espantosos demonios de la Legión Ardiente. Para ambos elfos, las criaturas eran espantosos remedos de los habitantes dormidos de Auberdine.
No por primera vez, Tyrande quería despertar a su nuevo acompañante. Malfurion caía cada vez más en el olvido o algo peor con cada día que pasaba. Sin embargo, ella y el druida habían acordado que era inútil volver a intentar algo tan fútil. El humano había permanecido inconsciente a pesar de sus primeros y enérgicos intentos. Parecía que no se despertaría hasta que él lo decidiese así.
¡Pero volveré a perderlo! , insistió Tyrande, endureciendo su expresión. No lo perderé, ni siquiera aunque haya sido culpa suya acabar en este…
Una sensación de vergüenza la apabulló. Malfurion había partido en busca de una posible amenaza. Lo había hecho por el bien no solo de los druidas, sino de todo Azeroth… igual que tantas otras veces antes…
Tyrande sacudió la cabeza intentando eliminar su remordimiento. Dio las gracias cuando oyó moverse a Broll.
Este no se dio cuenta del cambio de su expresión, pues fijó su atención en el humano.
—Veo que sigue durmiendo.
—Tengo mis dudas de que vaya a despertar.
—También yo. No actúa como los otros, pero dormir el día entero y la mitad de la noche anterior…
La Suma sacerdotisa jugó con su guja. Se alegró de haberla sacado de la montura de Jai. De no haberlo hecho, el arma se habría quedado en Auberdine. Que Tyrande llevase en su interior los dones de la Madre Luna no la hacía invencible. La guja era un arma sólida y necesaria.
—¿Lo dejamos aquí? No querría hacerlo, considerando cómo nos ha ayudado.
—Pienso lo mismo. Pero tenemos que llegar a Vallefresno y, aunque podría llevarlo durante un tiempo, nos retrasaría aún más.
Ella acabó por decir lo que había estado pensando casi todo el tiempo que había estado despierta.
—Deberías ir solo. Es lo que habías planeado cuando te sugerí lo de Vallefresno.
Broll pareció horrorizarse.
—¡No te abandonaré aquí! ¡Especialmente después de lo de Auberdine! Iremos a Vallefresno juntos. —Señaló con un grueso pulgar al humano—. Y con suerte con él…
—¿Entonces qué hacemos?
El druida parecía sentirse culpable.
—Algo que había planeado hacer más allá de Auberdine de todos modos. —De su capa extrajo lo que había tomado de la vivienda de Fandral
—. Es hora de que intente que mi robo sirva de algo, si es posible.
Ella no podía creerse lo que estaba viendo.
—¿Es… es el ídolo de Remulos?
—Sí.
—Había oído que lo habías dejado al cuidado del Archidruida Fan…
—Y ahora lo he tomado prestado.
Su expresión le pedía a la elfa que no insistiese en el tema. Cuando Tyrande asintió, Broll pareció aliviado y añadió:
—Puede que sea nuestra mejor esperanza si conseguimos usar bien el portal.
—¿Cómo?
—Remulos dijo que estaba conectado con un dragón verde de un gran poder. El Aspecto Ysera no le quiso decir quién cuando añadió su influencia en su fabricación. Remulos sospecha quién es, igual que yo, pues lo vi brevemente cuando quise limpiar la corrupción el ídolo. Aunque no sabía el nombre, sentí su gran poder. Debe de ser uno de sus consortes.
Lo que para la Suma sacerdotisa significaba un dragón con un conocimiento y poder que muy pocos tenían. Tyrande entendió el razonamiento de Broll.
—¿Crees que puedas entrar en contacto con él a través de la figurilla?
—Merece la pena haber mancillado mi honor por esa esperanza, sí.
A ella no le gustó como había sonado eso.
—¿Qué hará Fandral cuando descubra que te lo has llevado de su casa?
Broll se encogió de hombros.
—No tengo ni idea, pero, si sobrevivo a esto, lo sabré.
Tyrande estudió la figurita rezando para que al druida le mereciera la pena el precio que iba a pagar… y también a los demás.
—¿Qué esperas hacer… y cómo puedo ayudarte?
—No puedes ayudarme en nada. Esto tengo que hacer yo.
Broll colocó la figurita en el suelo delante de él y se sentó con las piernas cruzadas. Los ojos del dragón miraban directamente a los ojos del druida.
—Estoy intentando algo distinto. No quiero usar el propio ídolo. —De repente se interrumpió—. De hecho, nunca pensé que volvería a ver este maldito objeto…
La Suma sacerdotisa no dijo nada, consciente del dolor que le había causado a Broll su anterior encuentro con la figurilla. Conocía la angustia que había sufrido cuando, debilitado, no pudo salvar a su hija de las retorcidas fuerzas del ídolo. Él hablaba más para sí mismo que para ella.
Colocando las palmas de las manos frente al ídolo, Broll comenzó a murmurar. El ídolo seguía conectado con el dragón, allá donde estuviese. El druida esperaba entrar en ese enlace y tocar la mente del dragón. Tyrande
sabía exactamente por qué. El dragón verde podría darle una pista de qué era lo que estaba ocurriendo, pero, aún más importante, era posible que pudiese ayudarlo a pasar hacia el Sueño Esmeralda. Antes, el ídolo podía hacerlo. Broll lo había utilizado de ese modo cuando luchó contra su propia furia al manifestarse su forma de oso. Pero eso había sido antes de que la Pesadilla hiciese que hasta los lugares intactos fuesen difíciles de alcanzar.
Sin duda tener a uno de los guardianes de ese reino de su lado aumentaría las posibilidades no solo de supervivencia, sino de éxito.
Un débil fulgor de luz esmeralda bañó al ídolo, y una marchita corriente de energías surgió de la figurita.
La magia que unía al ídolo con el misterioso dragón.
De repente, Broll llamó la atención de la Suma sacerdotisa. A su alrededor se alzaba ahora un débil fulgor de un verde más oscuro.
Curiosamente, no emanaba de él, sino del suelo cubierto de hierba en el que se sentaba. Como druida, Broll recibía gran parte de su poder de la flora y la fauna de Azeroth, y por primera vez Tyrande lo estaba viendo. También había poder dentro de él, ella era muy consciente de eso a través de Malfurion, pero ese era un aspecto del oficio de su amado que no había tenido muy en cuenta. En cierto sentido, era semejante a su conexión con la Madre Luna.
Quizás Malfurion y yo no somos tan distintos ni siquiera en eso, pensó la Suma sacerdotisa. Y quizá por eso nos hemos alejado tanto…
Era un recordatorio de lo que ella debería haber sabido bien, pues había experimentado las enseñanzas de Cenarius y había luchado junto a su amado y otros druidas. Azeroth formaba gran parte de un druida, los afectaba constantemente. Malfurion, tan compenetrado, sin duda lo sentía todo mucho, mucho más que Broll.
No puede apartarse de su vocación como yo no puedo apartarme de la mía… pero estas vocaciones se entrecruzan igual que nuestras vidas… Si sobrevivimos a esto… descubriremos cómo hacer que ambas se crucen… y al fin estar juntos…
Si sobrevivimos…
El verde oscuro empezó a crecer hasta la corriente mágica que surgía a través del plano de Azeroth, hasta allá donde ahora se encontrase el dragón.
Pero apenas había empezado a hacerlo cuando pareció fallar. Había resistencia.
Broll murmuró algo.
La resistencia se debilitó.
—¡No! ¡No debes!
El humano estaba entre ellos, con la mirada tan enloquecida como antes. Estaba medio de rodillas, intentando alcanzar desesperadamente el ídolo.
Mientras se acercaba a la figurilla, Tyrande vio a su alrededor un paisaje que era y no era allí donde se encontraba el trío. Una parte parecía tan simple.
La otra parte…
La Suma sacerdotisa lanzó una patada. Sin embargo, su objetivo no fue el humano, sino el ídolo de Remulos.
La figurita del dragón salió por los aires. Rebotó contra una elevación y luego cayó sobre una piedra pequeña.
Broll, con su hechizo destrozado, miró a la pareja con una mezcla de frustración y confusión.
—Por el Árbol del Mundo, ¿qué estás haciendo? —le preguntó a Tyrande. El druida se puso en pie y agarró al humano por el cuello—. ¿Qué maldad tramas? ¿Qué le has hecho a ella?
La boca del hombre se movió, pero de ella no salió ningún sonido. Las imágenes que Tyrande había visto a su alrededor desaparecieron y, aunque se esforzó por grabarlas en su memoria, se desvanecieron en el olvido…
igual que los sueños, tanto alegres como oscuros, suelen hacer.
Pero se acordaba de una cosa. Saltando al lado de Broll, lo contuvo para que no asustase más al harapiento humano.
—¡Suéltalo! ¡Quería ayudarnos!
—¿Ayudarnos? ¡Te engañó para que rompieses el hechizo justo cuando empezaba a funcionar! —Pero respetando claramente su opinión, Broll aflojó su presa.
—No funcionaba, no funcionaba —balbuceaba el hombre, su vista fija más allá de ellos—. Solo funcionaba para ellos, atrayéndolos…
—¿Quién? —preguntó Tyrande, colocando una mano en su hombro para calmarlo.
Por fin concentró la mirada. Posó su vista en ella.
—Yo… no lo sé… ellas… las pesadillas… —El hombre miró al suelo
—. He dormido… no puedo dormir… no dormir…
—¿Quién eres? —preguntó Broll con un tono mucho más amable—.
¿Cuál es tu nombre?
—¿Nombre? —Por un momento su concentración se desvaneció.
Pestañeando, su acompañante pareció recuperar un poco la compostura—.
Lucan… Lucan Foxblood… —Cierto resto de orgullo le hizo estirarse—.
¡Tercer ayudante cartógrafo de Su Majestad el Rey Varian! En misión cartográfica a… a… —Su expresión se volvió la de un niño perdido—. Eso ya no lo recuerdo…
—No te preocupes por eso —le urgió calmadamente Tyrande—.
Dinos, ¿cómo sabías que corríamos peligro?
—Yo… solo lo sabía. Tiene… tiene que ver con ese lugar en mis sueños… Los sentí entonces… sentí algo cerca…
Broll recuperó la figurilla.
—Podría ser aquel a quien intentábamos llegar.
Aunque aquello tenía sentido, Tyrande todavía se acordaba de como se había sentido tras ver lo que había visto detrás de Lucan Foxblood.
—No… tiene razón, Broll. Había algo siniestro acercándose a nosotros, por eso hice lo que tenía que hacer. En esto, confío en sus palabras.
Lucan la miró como si acabara de salvarlo del verdugo.
—¡Gracias, gloriosa dama! ¡Gracias!
—Cálmate, Lucan. Estás entre amigos… y no me des las gracias.
Puede que tu reacción instintiva nos haya salvado.
—¿De verdad lo crees? —preguntó el druida, mirando todavía la estatuilla—. Quizás… quizás… —Dejó la figurita—. En ese caso, queda una cosa por hacer.
Broll miró a Lucan:
—¿Sabes dónde estamos?
—No… no… solo sigo adelante… solo sigo adelante…
—Lo que pensaba. —Broll dio un paso atrás. A Tyrande le dijo—: No te lo había dicho antes, pero, mientras dormías, he hecho un breve vuelo.
No he reconocido dónde estamos, pero pensé que, si lo volvía a intentar, podríamos tener una idea mejor de qué hacer ahora.
A Tyrande no le molestó la revelación, consciente de que Broll no los habría puesto en peligro ni a ella ni a Lucan. Asintió ante su nuevo plan.
—¿Y el ídolo?
Broll se encogió de hombros.
—¿Qué pasa con él? Si no usamos la maldita figura, no será peligrosa.
Puede quedarse aquí hasta que vuelva.
Estirando los brazos se transformó en cuervo de tormenta. Lucan soltó un grito ahogado y se tambaleó en dirección a Tyrande, que sentía cierta culpa. Ella y Broll estaban mucho más acostumbrados a la magia que la mayoría de los humanos.
—No es nada —le dijo a Lucan—. Nada de lo que preocuparse.
—Mi… mi primo siguió la vocación… o sea, la hechicería —
murmuró Lucan, casi sonando complacido al recordarlo. Luego volvió a fruncir el ceño—. Ahora está muerto.
Como tantos otros, pensó la Suma sacerdotisa recordando las vidas perdidas en la última batalla. Y ahora… ¿qué viene a provocar el caos en Azeroth esta vez?
Broll salió volando, interrumpiendo sus pensamientos. Ella y Lucan miraron con admiración al enorme pájaro alzarse en el cielo. Tyrande envidiaba este poder en concreto del oficio de Malfurion. Poder volar así…
Pero apenas había alcanzado el cuervo de tormenta una altura respetable cuando bajó inmediatamente de regreso hacia sus compañeros.
Lucan simplemente miró, quizá sin entender, pero Tyrande sabía que Broll no habría regresado tan pronto si no fuese por algo importante.
Agarró el ídolo antes de que Broll llegase hasta ellos, segura por algún motivo de que tendrían que irse. El rostro del druida cuando retomó su forma era la confirmación de que su idea estaba, al menos, muy cerca de la verdad.
—¿Has descubierto dónde estamos? —preguntó inocentemente Lucan.
—¿Qué has visto? —terció Tyrande—. ¿Estamos cerca del territorio de la Horda?
—La Horda es el menor de nuestros problemas —gruño Broll—.
Tenemos que ponernos a cubierto y deprisa…
Agarró a Lucan por el brazo y empezó a tirar de él hacia una de las zonas más accidentadas. Tyrande se puso a la altura del druida con el ídolo bajo el brazo.
—¿Qué ocurre? ¿Más de esas criaturas de pesadilla, como en Auberdine?
Broll resopló.
—No… posiblemente una pesadilla aún mayor. —Señaló con un dedo hacia arriba y al este—. Tenemos un dragón ahí… y es negro.
* * *
Thura observó a los desconocidos desde una colina al oeste de donde estos se encontraban. Dos elfos de la noche y un humano.Dos varones y una hembra. Inmediatamente descontó al humano, porque a pesar de estar en la flor de la vida, no parecía un guerrero. Los dos elfos, por otra parte, parecían ser oponentes más dignos. El varón era probablemente un druida. Thura respetaba el poder de aquellos que estaban conectados a la naturaleza.
La hembra intrigó más a la orca, porque siempre había deseado comparar su habilidad con aquellas de su género de otras razas. La elfa de la noche se movía con impresionante gracilidad, y la guja que llevaba requería fuerza y mucho entrenamiento. Thura confiaba, por supuesto, en su hacha, pero se preguntaba cómo sería la pelea de no ser así.
Pero la realidad de su situación anuló rápidamente su curiosidad. Lo que importaba era que esos tres estuviesen allí donde ella estaba. Tenían que ver de algún modo con su búsqueda, y el motivo más obvio era la presencia de los dos elfos de la noche. Su presa era un elfo. Estos probablemente eran camaradas de guerra. La hembra bien podía ser su compañera.
La ancha boca de la orca se abrió en una amplia sonrisa entristecida.
Estoy aquí por ellos, decidió. Me llevarán a él… me llevarán hasta el tal Malfurion… ese traidor de camaradas y destructor de vidas…
Había visto al druida usar la magia, convertirse en un ave que podía volar alto. Todavía más que la hembra, tendría que morir deprisa cuando llegase el momento de combatir contra ellos. Podía ser poderoso, aunque obviamente no tanto como el druida asesino de sus sueños. Aun así, supondría un buen entrenamiento para el duelo con su auténtico enemigo.
Entonces Thura vio por qué el druida había volado tan poco tiempo, la gran forma oscura que se alzaba en el cielo era el que antes solo había visto como sombra. Ahora volaba hacia la zona donde había estado el trío y, aunque caminaban deprisa, hasta el humano, sin duda estaban condenados.
La orca maldijo, dándose cuenta de que la mejor pista que tenía sobre el paradero de su presa iba a ser comida.
Luego ocurrió algo asombroso.
Las presas del dragón simplemente se convirtieron en nada. Iban corriendo y de repente habían desaparecido. Solo una momentánea luz verdosa le dio una indicación de lo que había pasado. Supuso que uno de los elfos de la noche había lanzado un hechizo que llevó lejos de ahí al trío.
Pero lo que la sorprendió más aún ocurrió al volver a mirar al dragón.
El gigantesco leviatán se giró inmediatamente y se marchó aleteando con fuerza. No había habido duda alguna, el dragón se había marchado a toda prisa.
Y lo que le pareció aún más curioso a Thura fue que, aunque la oscuridad no le permitía ver perfectamente al titán… habría jurado que el dragón había huido repentinamente asustado.