Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 8 de 32

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Tempestira

Capítulo Seis

DRAGONES Y ENGAÑO

Malfurion sintió la sombra cerca de él y supo lo que significaba.

Estaba cerca una nueva tortura.

Las líneas de color esmeralda oscuro se extendieron más aún sobre él, y al principio parecían formar dedos irregulares y huesudos que después se convirtieron en la silueta de un gran árbol macabro que empequeñecía el árbol en que se había convertido el druida. Pero por limitado que fuese su campo de visión, el elfo de la noche sabía que había una sombra… no había otro árbol.

¿Puedes saborear sus sueños? , se burló el Señor de la Pesadilla.

¿Puedes saborear sus miedos? Ni siquiera tus seres más queridos son inmunes a ello.

Malfurion no contestó, sabía que su captor aún podía sentir sus emociones. En ese aspecto el Archidruida buscaba constantemente concentrarse en su interior. Cuanto más calmado pudiese estar, más esperanza habría para los demás.

Y era mejor que el Señor de la Pesadilla no supiese de sus auténticos esfuerzos. Su captor creía que los hechizos que rodeaban al elfo de la noche evitaban que Malfurion alcanzase a su amada Tyrande o a nadie más y, básicamente, era cierto. Pero el Archidruida no había estudiado por más de diez mil años para estar completamente derrotado. No podía y no se atrevía a llegar hasta Tyrande o a unos otros; pero había métodos de comunicación, aunque requerían delicadeza y complicados planes. Si el Señor de la Pesadilla sospechase, aunque sea solo una vez… entonces Malfurion estaría completamente perdido y, con él, quizá todo lo demás.

La sombra creció y se retorció, casi como si se deslizase para ver mejor a su presa. El propio Malfurion de repente se retorció y el doloroso

árbol en que el que se había convertido tomó un nuevo aspecto más vil. De las hojas de sus ramas brotaron flores negras. Cada flor que germinaba era una aguja clavada en los ojos del elfo de la noche. Había cientos que pronto cubrieron la mayor parte del torso.

En cada capullo apareció de repente un huevo esmeralda. Malfurion quiso gritar, pero, por supuesto, no podía.

De uno de los huevos surgió una cosa con tentáculos y alas. Y, al moverse, rezumaba puro terror.

Un segundo demonio se liberó, seguido por un tercero y luego más. Se arrastraron sobre Malfurion, arañando y mordiendo a su paso.

Por fin las espantosas criaturas dejaron al Archidruida. Se movieron por el pequeño espacio que él podía ver, como si esperasen órdenes.

La sombra se acercó como acariciándolos. Forjados por tus propios miedos, azuzados por mi deseo… son una preciosidad, ¿no?

Como respondiendo a una señal silenciosa, el enjambre se dispersó en diferentes direcciones. Se desvanecieron rápidamente en la espesa y fría niebla verde que lo rodeaba todo, excepto las cercanías de Malfurion.

Cada vez hay más y más durmientes, amigo mío, más y más susceptibles a estas mascotas y aquellos que las ven… Sus pesadillas me alimentan a través de ti y de los demás…

Malfurion hizo cuanto pudo por no admitir esa verdad, que sus propios poderes estaban ayudando a extender la Pesadilla más allá del Sueño Esmeralda, pero sí que se preocupó. Una preocupación que afortunadamente su captor pudo notar.

Sí, amigo mío, has traicionado a tu pueblo, a tu mundo y a tu amada… tú sabes la verdad…

El cuerpo del Archidruida se retorció más. Otro silencioso grito resonó en la mente del elfo de la noche, pero no bastó para acallar el dolor. A pesar de sus estudios, a pesar de sus conocimientos, Malfurion no podía resistirse completamente a la tortura.

Enloquece, Malfurion Stormrage… enloquece… pero tampoco habrá refugio en la locura… Lo sé… Yo estaré allí esperándote… No hay lugar donde puedas esconderte.

La sombra del monstruoso árbol se apartó de la vista de Malfurion, pero el Archidruida podía sentir su presencia cerca. Incluso cuando unas retorcidas ramas nuevas brotaron de lo que había sido sus brazos, Malfurion siguió siendo consciente de que el Señor de la Pesadilla solo había

empezado a utilizarlo. El elfo de la noche era clave en el plan de la criatura, pues Malfurion era un nexo poderoso entre ese reino y Azeroth.

Pero no era la única clave. Malfurion lo sabía demasiado bien. El mal de la Pesadilla había atraído a otros más poderosos, a su manera, que él… y, aunque el elfo de la noche había sido condenado a un destino particularmente espantoso, aquellos otros lo habían servido de un modo más miserable. Ahora eran seguidores voluntarios de la oscuridad y ayudaban a extenderla, deseosos de ver cómo engullía el plano mortal.

El Señor de la Pesadilla tenía dragones que seguían sus órdenes.

Dragones verdes…

* * *

Hay algo innombrable que busca dominar el mundo, pensó la figura encapuchada mientras ojeaba una serie de esferas flotantes que tenía delante. Sentado en una silla excavada de una estalagmita, la delgada, alta y casi élfica figura estudiaba la imagen que se veía dentro de cada esfera. A su voluntad reflejaban imágenes de todos los lugares de Azeroth.

Llevaba la túnica violeta del Kirin Tor, aunque su actual curso de acción era decisión propia. Ciertamente, muchas de sus actividades les resultaban desconocidas, incluso a su líder, que había sido pupilo suyo y que entendía la verdad sobre él. La figura, que a menudo observaba a las razas más jóvenes, tenía que concentrarse ahora en los vuelos, pues tras muchos siglos de consistencia, las grandes criaturas aladas se encontraban en estado de cambio. Esa era una preocupación que a muchos les habría resultado importante, pero especialmente a Krasus.

Después de todo, él era uno de ellos.

Era de aspecto desgarbado, de rasgos aquilinos y tenía tres largas cicatrices irregulares que le bajaban por la mejilla derecha. El pelo era casi todo plateado con mechones negros y carmesíes. Pero las canas no indicaban su verdadera edad. Para saber más sobre eso había que mirar sus refulgentes ojos negros, ojos que no eran de una criatura mortal. Los ojos y las cicatrices eran las únicas muestras de su verdadera identidad, la del gran dragón Korialstrasz.

También era el principal consorte de la reina del vuelo rojo y el Aspecto de Vida, la gloriosa Alexstrasza, y como tal era su principal agente cuando se trataba de proteger Azeroth.

Y ese era su papel ahora, pues había surgido un problema que afectaba a sus dos grandes preocupaciones: Azeroth y su raza. Un mal se estaba

extendiendo no solo por el mundo mortal, sino que también había alcanzado en gran medida al Sueño Esmeralda. Había intentado ponerse en contacto con Ysera, pero no había podido encontrarla. Y no pudo localizar a ninguno de los dragones verdes, excepto a uno… y Krasus no querría tener nada que ver con ese en concreto.

No tenía que preguntarse quién era el auténtico responsable. Para los demás, la pregunta no tenía una respuesta definitiva, pero Krasus lo sabía.

Conocía con toda su alma la maldad que llevaba detrás.

—Te conozco, Destructor —susurró mientras veía otra esfera—. Tu nombre es Deathwing…

Solo podía ser el dragón negro, el Aspecto enloquecido que una vez se llamó Neltharion el Guardián de la Tierra. Krasus se levantó. Tendría que actuar inmediatamente…

Una risa familiar resonó por su sagrario de la montaña, un lugar oculto situado no muy lejos de donde había estado la fantástica Dalaran, ciudad de los magos. Sin embargo, ahora un enorme cráter marcaba lo que incluso Krasus se había visto obligado a admitir que era uno de los hechizos más asombrosos, aunque potencialmente catastrófico, que se habían formulado.

La ausencia de Dalaran significaba que había pocos motivos para ir a ese desolado lugar… a menos que buscasen al propio dragón mago.

Krasus se puso en pie. Instintivamente, movió la mano para despejar las imágenes de las esferas y luego vio con temor que todos tenían una visión. Era un ojo, el ojo ardiente del Destructor…

—Deathwing…

Al decir el nombre del dragón negro, las esferas explotaron. Los restos volaron en todas direcciones por la cámara, golpeando las paredes de piedra, los salientes calizos y, sobre todo, a Krasus. El hechizo que formuló para escudarlo demostró ser inútil y la fuerza de los cristales mandó volando a Krasus contra la silla de piedra.

Aunque tenía aspecto mortal, su cuerpo era más resistente que el de cualquier elfo o humano. La piedra se agrietó, y tanto Krasus como la silla cayeron rodando. Sin embargo, Krasus le prestó poca atención al choque porque el dolor provocado por los muchos cristales que tenía clavados era mucho peor.

Aun así, se esforzó por ponerse en pie y preparar un contraataque.

Aunque no era tan poderoso como un Aspecto, Krasus se encontraba entre los más versátiles y astutos de su clase. Además, Deathwing se había

atrevido a atacarlo en su sagrario, donde había varios elementos que le servirían al consorte de Alexstrasza.

Pero, en el momento en que reunió las energías que necesitaba para su hechizo, los cristales brillaron. Una sacudida recorrió su cuerpo.

Los fragmentos que habían golpeado en otras partes por todo el sagrario se desclavaron. Viéndolo, un dolorido Krasus se agachó. Su cuerpo comenzó a hincharse, y sus brazos y piernas se retorcieron, volviéndose más reptilescos. De su espalda brotaron los vestigios de dos alas membranosas que comenzaron inmediatamente a crecer.

Las risotadas de Deathwing llenaron el sagrario. De nuevo los cristales comenzaron a brillar. Krasus, a medio transformarse en Korialstrasz, el dragón rojo, titubeó.

Los otros cristales lo alcanzaron. Sin embargo, en lugar de enclavarse en Krasus como antes, comenzaron a pegarse en su cuerpo. Krasus intentó quemarlos, incluso sacudírselos, pero no sirvió de nada.

Entonces los cristales empezaron a empujar contra su carne. El dragón mago no podía moverse. Para su horror descubrió que los cristales lo estaban comprimiendo. Lo aplastaron haciéndolo cada vez más pequeño, como si no tuviese huesos ni sustancia.

Y, cuando los cristales lo encapsularon por completo, Krasus se vio atrapado no en una esfera, sino en un disco dorado.

Se le abrieron los ojos.

—No…

Una cara monstruosa lo miraba desde fuera. El rostro marcado y quemado de Deathwing.

—Korialstrasz…

En respuesta, el dragón mago atacó su prisión con todo su poder mágico. Pero en lugar de debilitar el disco, sus esfuerzos solo provocaron que brillase con más fuerza.

—Sí —se burló Deathwing—. Alimenta a mi creación… es justo…

Tú destruiste la anterior…

Krasus movió la cabeza.

—Esto no es posible…

—Oh, sí —replicó el gigante negro, mostrando cada vez más dientes en su sonrisa—. Alimentarás eternamente a mi creación… serás el corazón de mi nueva Alma de Demonio…

El temible disco despidió destellos. Krasus se encogió de dolor…

Y entonces, por un breve momento, se vio a sí mismo, o más bien a su verdadero ser, Korialstrasz, dormido en el sagrario de la montaña.

Abrumado por el dolor, la visión desapareció en un instante, pero Krasus tuvo una revelación. Se había preguntado cómo podía haber esperado tan poco este enfrentamiento. Más concretamente, dudaba de que Deathwing pudiese recrear el espantoso objeto de ese modo.

Krasus supo la verdad.

Estaba soñando.

Su auténtico yo era el dragón que dormía. Estaba atrapado en una pesadilla como nunca había experimentado.

Sabiéndolo, Krasus luchó contra lo que estaba ocurriendo. Su prisión no era real. Deathwing no era real, todo era una ilusión.

Pero no ocurrió nada.

Deathwing rio, su cara contorsionada por la superficie del disco.

—¡Conquistaré a tu reina y la haré mi pareja! ¡Mis hijos gobernarán los cielos y Azeroth arderá hasta las cenizas, erradicando esas alimañas de cortas vidas que tanto aprecias!

¡Esto es solo un sueño, una pesadilla! , insistía Krasus. ¡Una pesadilla!

Pero, aunque lo sabía, aunque empezaba a entender el motivo, Krasus no se despertaba…

* * *

Los hipogrifos esperaban intranquilos cerca de la orilla. A las bestias aladas el terreno les resultaba desconocido. Estaban acostumbrados a volar a Auberdine, pero la gravedad de la situación había hecho que las sacerdotisas tuviesen que aterrizar cerca del Claro de la Luna.

Uno de los machos, un plumacalma de rico plumaje azul y verde turquesa, se levantó sobre sus equinos cuartos traseros. Bautizados por las tierras altas de las que provenían, los plumacalma eran excelentes voladores. Una sacerdotisa que se encontraba cerca del hipogrifo murmuró rápidamente sonidos tranquilizadores. El macho recuperó la postura, y las garras de sus patas delanteras, como las de un ave, se posaron en el suelo.

Inclinó los mechones de plumas de la cabeza, semejantes a los de una enorme ave rapaz, para que lo acariciara.

Las Hermanas de Elune estaban solas, los druidas se habían adelantado usando su milagroso talento metamorfo. Tyrande no había

insistido en que esperasen, ya que sabía que Fandral estaba deseando marcharse. Eso le convenía.

Estudió el Claro de la Luna por un momento y les dijo a sus siempre fieles guardianas:

—Querría caminar sola un momento. Por favor, espérenme aquí.

Obviamente la sugerencia no les hizo gracia, pero obedecieron.

Tyrande les dio la espalda y regresó hacia la zona arbolada de la que había salido hacía poco. Se metió entre los árboles, saboreando la luz de la luna y la calma del bosque.

A pesar de la serenidad de su entorno, la Suma sacerdotisa seguía añorando la paz del templo. Nunca se había sentido cómoda en el papel de gobernante de su pueblo, especialmente cuando se trataba de tomar decisiones que podían poner en peligro la vida de los demás. Para ella toda vida era preciosa. Sin embargo, recordaba cómo la anterior gobernante de los elfos de la noche había permitido por voluntad propia que su pueblo muriese para su propia gloria. Para Azshara, el pueblo solo existía para vivir o morir a su capricho.

—Pero yo no soy Azshara… Nunca seré Azshara… —gruñó la Suma sacerdotisa para sí no por primera vez.

—Nunca podrías ser ella, señora… eres una gobernante mucho más digna.

Tyrande se volvió con el ceño fruncido

—¿Más digna? Sus más devotos seguidores probablemente le dedicaron alabanzas similares, Shandris.

La recién llegada llevaba una armadura hasta el cuello incluyendo una placa pectoral que marcaba sus formas, hombreras y guardas de metal acolchado y cuero en las piernas que iban desde las caderas hasta las botas a juego. Casi toda la armadura era de un tono verdoso, aunque ribeteado de un color violeta semejante al color de la piel de la mayoría de los elfos de la noche.

—Al menos tú te ganas las alabanzas.

Shandris Feathermoon se quitó los guanteletes. Se acercó desarmada hasta la Suma sacerdotisa, como era costumbre en Darnassus… una costumbre que la propia general de los elfos de la noche hacía cumplir vigorosamente. Sus rasgos eran incluso más afilados que los de la mayoría de los de su raza y en sus ojos, siempre entrecerrados, se veía una determinación casi fanática. Tyrande sabía que esa determinación fanática

se debía a ella, que en muchos sentidos Shandris Feathermoon creía que solo existía para servir a la Suma sacerdotisa.

Tyrande se acordó de la huérfana a quien había salvado durante uno de los terribles avances de la Legión Ardiente durante aquella espantosa guerra hacía unos diez mil años. Aquellos temerosos e inocentes ojos eran ahora muy distintos. Shandris se había convertido en la hija que Tyrande nunca tuvo… y no se parecía a la que hubiese esperado.

Shandris estiró el cuello, que estaba protegido por un collarín de cuero y metal. Bajo los ojos, los irregulares tatuajes que marcaban un antiguo rito de pasaje parecían ahora burlarse de Tyrande, pues incidían en el temible aspecto de la joven elfa. La Suma sacerdotisa nunca había querido convertir a la joven huérfana en una máquina de guerra, pero lo había hecho.

—No discutiremos el tema, Shandris —dijo amargamente la Suma sacerdotisa refiriéndose a la alta opinión que tenía sobre ella.

—Bien, porque tengo razón. —Aunque respetaba en todos los sentidos a su salvadora, Shandris era la única persona que le hablaba sin rodeos a Tyrande.

Cambiando de tema, la general preguntó:

—He venido a solas y en secreto a este lugar, como me ordenaste antes de salir de la isla. Ahora quizá puedas contarme por qué. Por nuestra proximidad al Claro de la Luna, supongo que tiene algo que ver con los druidas.

La elfa de la noche más joven caminaba adelante y atrás mientras hablaba. En muchos sentidos sus movimientos recordaban a los de un sable de la noche, uno de los grandes gatos que las Centinelas usaban como medio de transporte de tierra y como arma pesada.

—Sí, tiene que ver con los druidas… y con Malfurion en particular.

Shandris asintió con una expresión indistinguible.

—Debemos encontrar un modo de traerlo de vuelta con nosotros, Shandris. Por muchos motivos. Sea lo que sea lo que está pasando en el Sueño Esmeralda, no solo involucra a los druidas, sino que creo que está alcanzando a Teldrassil… y quizás también a otras partes de Azeroth…

Los ojos de la general se convinieron en diminutas hendiduras.

—Ha habido informes imprecisos… al principio pocos y vacilantes…

que venían de las tierras de humanos y enanos. Mencionan en parte algo sobre unos que no pueden despertar. Algo parecido a la situación de Malfurion, ahora que lo pienso…

Tyrande miró la luna buscando consuelo. Luego, poniendo una mano el hombro de la general, murmuró:

—Elune me ha indicado que Malfurion se muere. Espero que ya lo sepas.

La general la miró a los ojos.

—Lo sé. Lo siento. Lo siento mucho.

Tyrande sonrió tristemente.

—Gracias. Pero Elune también me ha dicho que esto va más alto mis inquietudes personales y que debo hacer todo lo que sea necesario por el bien de Azeroth… y por eso te he llamado.

Shandris Feathermoon cayó inmediatamente sobre una rodilla.

—¡Ordéname lo que necesites, señora! Haré lo que tú me digas, iré donde tú digas. Mi vida es tuya… ¡siempre!

La vieja culpa regresó.

—Tengo que pedirte un favor grandísimo. Un favor, no una orden…

—¡Pídemelo!

—Conoces a Broll Bearmantle.

—Ese es más guerrero que druida, señora —ofreció Shandris a modo de respuesta.

—Broll se dirige a Vallefresno con la esperanza de rescatar a Malfurion. ¿Lo entiendes ahora?

En su deseo por ser la mejor general posible, Shandris había creado una red de recopilación de información que alcanzaba más allá de Darnassus y las tierras de los elfos de la noche. Así, Vallefresno parte de esas tierras, caía fácilmente en su zona de influencia. La expresión de Shandris se envaró, pero también tenía un tinte de aprobación.

—Es osado. Peligroso. Y yo diría que a estas alturas es la única esperanza.

—No tengo la intención de que vaya solo.

—¡Sospechaba que tenías algo en mente, así que me he preparado con antelación para un viaje largo! —Los ojos de la soldado brillaban con ilusión. Shandris se puso en pie con el puño sobre el pecho—. ¡Puedo salir inmediatamente de aquí! ¡Soy consciente del peligro y de lo necesaria que es esta misión! No se le puede confiar a cualquiera…

—Exacto —Tyrande se envaró, decidida a hablar ahora como gobernante—. Y por eso seré yo la que viaje con él.

Sus palabras cayeron como un rayo. Shandris se trastabilló hacia atrás.

Miró a la Suma sacerdotisa con la boca abierta.

—¿Tú? ¡Pero Darnassus te necesita! Soy yo la que debe ir…

—Elune me ha mostrado que, como su Suma sacerdotisa soy la que mejor preparada está. Esta tarea requerirá todas las enseñanzas de la Hermandad y, como su dirigente, no puedo pedirle a nadie esto. Además, nadie conoce a Malfurion como yo… nadie está tan conectado a él como yo. Si se puede encontrar su cuerpo astral, soy yo la que debe ser capaz de hacerlo. —Su mirada era dura—. Y, aunque salvar a Malfurion es mi mayor deseo personal, puede que él también sea la única esperanza de Azeroth.

Como Suma sacerdotisa, debo ser la que acompañe a Broll…

Shandris asintió al fin. Pero, aunque estaba de acuerdo, la general todavía tenía preguntas.

—¿Qué piensa Fandral sobre esto?

—Yo no respondo ante Fandral.

—A veces parece no entenderlo.

Hubo un breve momento de humor en la mirada de Shandris. Era una de los pocos que sabía que el druida y su señora no siempre estaban de acuerdo en cuanto al modo de gobernar de Tyrande, especialmente cuando sus decisiones afectaban a los druidas y su esfera de influencia. Luego, poniéndose seria de nuevo, continuó:

—¿Y Darnassus?

—A Darnassus debes protegerla tú, Shandris, como has hecho cuando he tenido que irme por otros asuntos de estado.

—Esto no es lo mismo… —Una vez más la guerrera se arrodilló—.

Pero protegeré la ciudad y nuestro reino como siempre hasta tu regreso.

Su énfasis en la última palabra era casi una exigencia para que Tyrande se asegurase de volver. La gobernante de los elfos de la noche estiró el brazo y tocó la mejilla de Shandris.

—Hija mía…

Al oír esas palabras, la endurecida guerrera saltó hacia delante y envolvió con sus brazos a la Suma sacerdotisa. Shandris enterró la cara en el cuello de Tyrande.

—Madre… —susurró con una voz que sonaba exactamente como la de la asustada huérfana de hacía años.

Luego, igual de rápidamente, Shandris se apartó. Aparte del rastro de una lágrima que le corría por la mejilla derecha, volvía a parecer la

experimentada general de las Centinelas. Saludó a Tyrande.

—Tengo la montura justo para ti —dijo Shandris—. Como he dicho está preparada para un largo viaje. Y no la hay mejor. No está lejos, sígueme.

Shandris se giró bruscamente y se internó más profundamente en el bosque. Ninguna de las dos habló, pero ambas estaban enfrascadas en sus pensamientos.

Después de casi cinco minutos, Tyrande oyó el arrastrar de patas de una gran criatura. Como Shandris no mostró preocupación alguna, la Suma sacerdotisa hizo lo propio.

Un momento después estaban delante de un gran hipogrifo macho atado a un gigantesco roble. Su plumaje era más llamativo que el de los animales que llevaban las demás, sus plumas eran más oscuras y espectaculares, con líneas carmesí que cruzaban las alas de ébano y ligeras marcas turquesa en los bordes superiores. Unas plumas carmesíes también delineaban la cabeza de color azulado. El hipogrifo llevaba un casco protector y algo de armadura. Aunque todos los hipogrifos eran poderosos, este era de una especie particularmente buena en la guerra.

—Él y yo hemos volado juntos en batalla a menudo. Puedes confiar en él como confías en mí —dijo tranquilamente la general—. Se llama Jai'alator.

—Noble Espada de Elune —tradujo Tyrande—. Un nombre orgulloso.

El hipogrifo agachó su gran cabeza. Las criaturas aladas no eran simples animales. Tenían inteligencia y eran consideradas aliadas, no sirvientes. Permitían que las montasen.

—Me siento hornada de volar contigo —le dijo Tyrande al hipogrifo.

Shandris tomó las riendas y se las dio a su señora.

—Responde a «Jai». Si vuelas justo por encima de los árboles, las demás no te verán marcharte. Me uniré a la partida en unos minutos, y luego las retrasaré un poco más.

Asintiendo, la Suma sacerdotisa tomó las riendas.

—Gracias, Shandris.

Tyrande recordó algo más.

—Shandris… estate alerta.

La general entrecerró los ojos.

—¿A qué?

¿Cómo explicarle aquellas criaturas contra las que había luchado?

—De aquello que la luz de Elune debe hacer desaparecer.

Shandris frunció el ceño ante la explicación, pero no dijo nada. Saludó una vez más, se giró y se encaminó hacia las otras sacerdotisas.

La Suma sacerdotisa se quitó una lágrima de los ojos y luego volvió sus pensamientos hacia el viaje inminente… y el menor de sus problemas no iba a ser precisamente convencer a Broll Bearmantle de que la llevase a Vallefresno.

Al Gran Árbol.

Y al portal por el que se entraba al Sueño Esmeralda.