Tempestira
Capítulo Veintinueve
LOS DOS ÁRBOLES
Broll esperaba perecer en aquel ataque, pero de alguna manera había logrado repeler aquel insidioso asalto dirigido no solo contra su cuerpo sino también contra su mente. La Pesadilla lo buscaba, porque era consciente de que Malfurion lo tenía en alta estima. Su mente se vio asaltada por unos gritos y unas visiones en las que vio a su hija moribunda y en las que sintió cómo recaía la pesada culpa de su muerte sobre su conciencia. Había sido un ataque muy bien calculado, ya que Anessa siempre había sido su punto flaco.
No obstante, había logrado sobrevivir a aquel ataque. Pese a que Broll había sido testigo de los horrores de la Pesadilla y conocía su forma de actuar, pese a que había visto cómo utilizaba contra otra gente la honda tristeza que estos sentían por el vacío que habían dejado en sus vidas esos seres queridos que habían fallecido, había estado a punto de convertirse en una presa fácil de esa fuerza. Había utilizado la misma estrategia con él, se había valido de la muerte de su hija para intentar doblegarlo. Se maldijo a sí mismo. Así no iba a honrar su memoria. La Pesadilla era especialmente hábil a la hora de manipular la mente de sus víctimas y convertir el amor en un instrumento de tortura.
Entonces, el druida lanzó un polvo a sus enemigos que estaba compuesto de una mezcla de diversas plantas famosas por ser capaces desencadenar grandes incendios. En cuanto aquel polvo alcanzó a sus tenebrosos adversarios, crepitó. Al instante, esas sombras se consumieron entre un mar de llamas y desaparecieron, profiriendo unos atormentados siseos. Broll buscó a Thura, esperando lo peor, pero entonces comprobó que la orca se hallaba agachada junto a él, con los ojos cerrados, pero en perfecto estado.
—Tengo una promesa que cumplir —afirmó con rotundidad—. Y
pienso cumplirla...
A continuación, Broll disipó la niebla que los rodeaba y, de repente, comprobó que no solo el hacha se encontraba cerca de ellos, sino también otro objeto mucho más extraño. Se trataba de algo que en su día había estado vivo, de algo que había sido plantado ahí con sumo cuidado por alguien desconocido, pero no porque quisiera verlo florecer.
Era una rama. Un objeto nauseabundo que Broll reconoció al instante.
El druida también comprendió enseguida por qué la habían dejado. El plan que habían urdido aún tenía una oportunidad de llegar a buen puerto.
Mientras reflexionaba acerca de todo aquello, una tormenta asoló aquella zona. Sin embargo, Broll no sintió ningún temor ni preocupación, ya que conocía cuál era su origen y su fin: protegerlos tanto a él como a los demás.
Entonces, el druida tomó aquella rama. Para el ser del que había sido arrancada con el fin de ser injertada en Teldrassil, la rama no significaba nada. Estaba muerta.
No obstante, todavía albergaba en su interior la esencia del Señor de la Pesadilla.
—¡Thura! ¡Toma el hacha en el mismo momento que yo golpee!
La guerrera orca comprendió aquella orden de inmediato. Acto seguido, Broll se dispuso a realizar un conjuro muy desagradable. Cualquier druida poderoso era capaz de extraer un hálito de vida de plantas, e incluso árboles, aparentemente muertos; no obstante, Broll conocía perfectamente cuáles eran sus límites. Por otro lado, no habría tenido ningún reparo en intentar resucitar a cualquier otra planta, pero la rama que tenía ante sí era harina de otro costal.
Ahora, sin embargo, pretendía revivir algo tremendamente montuoso.
Su shan'do le había revelado todo cuanto había que saber sobre aquella rama, así como sobre el árbol del que había sido arrancada. Broll pudo percibir la tremenda maldad de la esencia demoníaca que anidaba incluso en un fragmento tan pequeño. Aquella ya no era una criatura de la naturaleza, sino una auténtica atrocidad.
Pero, en cuanto comenzó a realizar aquel hechizo, Broll también percibió la presencia otra maldad mucho más antigua sobre la cual también le había advertido Malfurion; ese horror ancestral que había contribuido con su poder infernal a forjar al Señor de la Pesadilla.
Pasado un tiempo, halló la chispa vital que buscaba en aquella rama.
Broll la avivó, a pesar de que eso provocó que su maldad se intensificara.
De improviso, aquella rama tembló en sus manos. Se resistía al druida.
—¡Ahora! —gritó el druida al mismo tiempo que alzaba la rama.
Thura se lanzó a por el hacha, que todavía relucía con un aura en la que se mezclaba su poder con las fuerzas malévolas de la Pesadilla.
La mano de la orca y la rama tocaron aquel fulgor en el mismo instante, lo cual era justo lo que necesitaban, ya que acabó con la influencia que la Pesadilla tenía sobre aquella arma; una influencia que era lo bastante poderosa como para mantener el hacha en aquel lugar, pero no lo bastante como para poder llegar a corromper aquella reliquia encantada. Cenarius había forjado esa hacha inmaculada para Brox, quien con sus hazañas la había dotado de aún más pureza.
Thura, quien había sido elegida en parte por Malfurion, era una sucesora digna de ambos.
La orca alzó aquella arma y Broll tiró al suelo la rama, la cual ya no podía sobrevivir una vez concluido el conjuro. Entonces el druida cambió de forma y se transformó en felino.
Thura se montó en él y, acto seguido, el druida inició su marcha. Pese a que la sombra de aquel árbol se estiraba con la pérfida intención de atraparlos, la tormenta arreciaba con tanta fuerza que doblaba hacia atrás esas ramas humeantes y disipaba aquella nauseabunda niebla. Los relámpagos achicharraron a las criaturas sombra e incluso llegaron a prender fuego a algunas de esas ramas intangibles.
Lo que estaba presenciando maravilló a Broll. En otras ocasiones, había sido testigo de cómo habían aunado esfuerzos un gran número de druidas para provocar alguna tormenta cuando hacía mucho tiempo que escaseaba la lluvia, pero nunca había sido testigo de una tempestad tan poderosa provocada y guiada mediante la magia.
¡Seguro que Malfurion ha contado con la ayuda de todos los demás druidas para provocar y mantener esta tormenta! , pensó.
No obstante, daba igual cómo su shan'do había desatado aquella furiosa tormenta, ahora Broll y Thura debían cumplir con su parte del plan: tenían que llegar al árbol sombra, cuya espeluznante silueta se alzaba ante ellos...
De repente, una mano descomunal los golpeó a ambos, apartándolos a un lado. De inmediato, Gnarl agarró a una aturdida Thura, quien aún
aferraba con fuerza aquella hacha.
—Todo formará parte de la Pesadilla... —afirmó el corrupto anciano con un tono de voz chirriante.
Mientras rodaba por el suelo, Broll recuperó su forma de elfo de la noche. En cuanto logró detenerse, apretó los dientes con fuerza para aguantar el dolor y consiguió lanzar un sortilegio.
Aquel anciano seguía siendo una planta en su esencia. A pesar de haber sido corrompido, estaba cubierto por una tremenda vegetación que ahora estaba impregnada de maldad. Aun así, esa flora todavía podía ser manipulada para satisfacer sus propios fines por un astuto estudiante de las artes druídicas.
Súbitamente, esa atrofiada vegetación se transformó en unas gruesas enredaderas que, en solo unos segundos, inmovilizaron al anciano. Las que se encontraban más cerca de la mano con la que agarraba a Thura se la apretaron con tal fuerza que obligaron a Gnarl a soltar a la orca. Al instante, la orca cayó al suelo de pie. En un principio se tambaleó, pero enseguida recuperó el equilibrio.
Gnarl se resistía como podía. Al final, logró quebrar algunas de las enredaderas que le impedían mover las piernas y uno de sus brazos y se liberó. De inmediato, volvió a abalanzarse sobre Thura y...
Entonces, Broll soltó un gruñido y redobló sus esfuerzos. Al instante, las enredaderas se tornaron más fuertes y gruesas. Justo antes de que aquella mano colosal pudiera agarrar de nuevo a la orca, las enredaderas apretaron al corrupto anciano con tanta fuerza que ya no pudo moverse más.
Broll no aflojó en ningún momento. Se concentró, y las enredaderas siguieron creciendo, siguieron apretando cada vez más y más.
Al final, el anciano se cayó al suelo, sin poder mover ni un solo músculo. El elfo de la noche se maravilló ante la proeza que acababa de realizar, puesto que era consciente de que, muy poco tiempo atrás, no había creído poseer un poder suficiente como para capturar a una criatura como Gnarl sin matarla.
Thura, entretanto, no había perdido el tiempo y se encontraba ya junto al árbol sombra. Entonces, alzó el hacha y...
La tormenta flaqueó. El viento amainó. Y el árbol se movió. De improviso, una rama sombra atravesó el pecho de la orca. A pesar de que carecía de sustancia, la empaló. Thura permaneció inmóvil, con el hacha en alto.
Mientras, las demás ramas se dirigieron hacia Broll...
* * *
Eres demasiado débil... y nosotros demasiado fuertes... Has fracasado, mi estimado Malfurion...El elfo de la noche no quería escuchar esas palabras, a pesar de que encerraban un cierto grado de verdad. Era consciente de que, aunque contara con la ayuda de Tyrande, se hallaba muy cerca de alcanzar, rápida y peligrosamente, sus límites mentales y físicos.
Mira cómo todos caen, le conminó el Señor de la Pesadilla.
Entonces el Archidruida tuvo unas visiones en las que pudo contemplar a todos aquellos que dependían de él. Vio a Thura empalada.
Vio al rey Varian liderando unas tropas menguantes. A los demás druidas (a los que Hamuul todavía espoleaba) intentando hacer todo lo posible contra aquel imparable adversario que pretendía transformar y fusionar para siempre ambos reinos...
Aunque había visto todo aquello antes, aunque había sentido esas emociones con anterioridad, en esta ocasión la terrible decepción que suponía haber estado tan cerca del triunfo para acabar fracasando una vez más fue más de lo que pudo soportar. Quizá si hubiera contado con el poder de un centenar de Malfuriones, o de un millar, habría triunfado sobre la Pesadilla... pero solo había un Malfurion.
Déjate llevar por la desesperación... y sé consciente de que solo te he mostrado lo que realmente está sucediendo... esta vez, acepta tus flaquezas...
A continuación, Xavius estalló en carcajadas.
La tormenta amainó. Lo que acababa de decir su adversario era cierto.
Xavius no estaba haciendo nada en absoluto; simplemente le había mostrado a Malfurion lo que este ya sabía... que había decepcionado a todo el mundo, que los había dejado en la estacada.
Entonces, justo cuando parecía que las tinieblas se iban a adueñar totalmente de su corazón, una luz fría y reconfortante brilló intensamente en su interior. El Archidruida supo al instante cuál era el origen de aquella luz.
—¡Malfurion! —le espetó Tyrande al oído, con un tono de voz que indicaba que estaba exhausta pero que, al mismo tiempo, iba a resistir aquel sufrimiento todo cuanto fuera posible—. ¡Por favor! No... ¡No te rindas!
Está jugando con tu mente...
De repente, el Archidruida se estremeció y salió de su ensimismamiento... Al instante, se percató de que tanto su amada como él se encontraban atrapados entre aquellas malévolas ramas. Resultaba obvio que seguían juntos porque Tyrande se había aferrado con fuerza a él cuando aquellas ramas los capturaron.
¡Todo se convierte en la Pesadilla! , exclamó Xavius el árbol. Tú...
Ella... Todos... Cuánto he aguardado este momento... He permanecido atrapado tanto tiempo en la oscuridad bajo las olas, esperando y creciendo sano y fuerte gracias a su guía... ¡He aguardado hasta que ha llegado el momento adecuado, y entonces me he alzado desde las profundidades para echar raíces en los precipicios desde los que en su día se podía contemplar la ciudad de Zin-Azshari! Alcanzaré la victoria aquí, donde una vez mi reina gobernó el mundo, donde una vez encarné el poder absoluto. No puede haber un lugar más adecuado para que caigan derrotados y la Pesadilla lo engulla todo... ¡no, no la hay!
Todo... Esa palabra hizo reaccionar a Malfurion.
He cometido un terrible error, pensó.
Entonces, supo al fin qué tenía que hacer. La victoria o la derrota no dependían solo de él y Tyrande, a pesar de que juntos habían logrado detener el avance de la Pesadilla; sino que dependía de que todos, absolutamente todos, actuaran coordinados y al mismo tiempo como nunca lo habían hecho.
Gracias a esta revelación, Malfurion recuperó el ánimo y las fuerzas.
Acto seguido, el Archidruida guio un relámpago hasta la rama más cercana que los aferraba con gran fuerza. El rayo impacto contra ella y, al instante, ambos elfos nocturnos salieron volando por los aires. De inmediato, Malfurion se transformó en un cuervo de tormenta y cogió a Tyrande en el aire con sus garras. A continuación, la dejó en el suelo más allá de aquellas ramas y, acto seguido, volvió a ser él mismo.
—¡He cometido un error! —exclamó el Archidruida—. ¡Ahora, al fin, ya sé qué hay que hacer!
La Suma sacerdotisa asintió; sabía perfectamente qué era lo que su amado esperaba que hiciera. Sin más dilación, Tyrande rezó a Elune.
Malfurion intentó contactar con los demás druidas... con todos aquellos que aún quedaban vivos en cualquiera de ambos reinos, salvo Broll.
Dejen que les muestre lo que juntos podríamos conseguir...
Para lograr su objetivo, Malfurion tenía que pedir al resto de druidas que bajaran sus defensas. Se sintió sorprendido y sobrecogido al comprobar que todos ellos aceptaban sus instrucciones sin titubear.
Les explicó lo que ya sabían, pero que todavía no llegaban a comprender del todo. Eran druidas. Eran los cuidadores y guardianes de Azeroth y también desempeñaban el mismo papel en el Sueño Esmeralda.
Aun así, pese a que entendían que estaban unidos a la esencia de ambos reinos por un vínculo muy poderoso, no se daban cuenta de que todos juntos poseían un poder mucho mayor del que habían imaginado.
No obstante, ambos reinos estaban interrelacionados de una manera tan compleja que ni siquiera los druidas habían llegado jamás a entender del todo cómo se relacionaban. Por tanto, el vínculo entre ambos reinos y el vínculo de los druidas con ellos era mucho más complejo de lo que imaginaban y, en consecuencia, con casi toda seguridad, mucho más poderoso de lo que creían. Los druidas se maravillaron ante lo que el shan'do les había revelado, pero Malfurion no podía permitirse el lujo de que se distrajeran con ese asombroso descubrimiento. Tenían que centrarse en que aquel conjuro alcanzara el objetivo pretendido por el Archidruida.
La tormenta. Su tormenta. Si bien los demás druidas habían jugado un papel clave en su creación y desarrollo, gracias a Malfurion (y a las plegarias de Tyrande a la Madre Luna que habían logrado que la Pesadilla no pudiera influenciar su voluntad ni controlar su mente) había crecido hasta alcanzar las proporciones épicas que eran realmente necesarias para llevar a buen puerto su plan.
Entonces, se escuchó un tremendo estruendo que hizo temblar tanto Azeroth como el Sueño Esmeralda. El rey Varian mantuvo el orden entre sus filas, puesto que era consciente de que no podían dar por sentado que aquello fuera una señal de que podían albergar nuevas esperanzas de triunfo. A veces, cuando el Rey de Ventormenta lideraba la lucha, la imagen de un lobo se superponía sobre su rostro; ese fenómeno insuflaba ánimos renovados a aquellos que conocían el poder de aquel espíritu.
Entretanto, la Vinculadora de Vida, que se hallaba ante el único portal que mantenía a raya a la Pesadilla, sonrió de manera sonta al percatarse de qué era lo que estaba haciendo Malfurion. Al instante, decidió emplear sus últimas fuerzas en cerciorarse de que iba a cumplir con la misión que tenía encomendada y no iba a fracasar.
Malfurion percibió cómo todas las piezas encajaban en su sitio. Se percató de que los druidas actuaban como si fueran un solo ser bajo su liderazgo. Asimismo, fue consciente de que, al fin, comprendía su mundo y el Sueño Esmeralda con mucha más claridad que jamás habría imaginado.
No obstante, pudo aprovechar ese nuevo entendimiento, ese nuevo conocimiento gracias en gran parte al fuerte vínculo amoroso que mantenía con Tyrande.
La tormenta se desató con fuerza inusitada.
Poseía una furia que ninguna tempestad había poseído jamás. Azeroth tembló. El Sueño Esmeralda titiló. Aquellos dos reinos eran uno solo, pero no del modo que Xavius había deseado. Él soñaba con pervertir uno de ellos para que fuera un espejo de su propia maldad y de la perfidia de la fuerza malévola que actuaba a través de él.
Sin embargo, Malfurion traía consigo la pureza y el vigor de la naturaleza.
El viento rugió e hizo jirones la niebla. Su terrible fuerza provocó que las figuras de pesadilla y sátiros sombra fluctuaran y se disiparan como polvo arrastrado por un ciclón. Ventormenta, Orgrimmar... todo aquel lugar de Azeroth donde estaba teniendo lugar aquel conflicto se vio liberada de la tenebrosa influencia de la Pesadilla.
Diluviaba, y los ríos se extendieron por toda la tierra donde la maldad se había extendido. Aquellas prístinas aguas no solo se llevaron por delante a las sombras de la Pesadilla y a sus horrendos siervos, sino que insuflaron nueva vida a la vegetación, allá donde la Pesadilla la había atrofiado y manipulado.
Los insectos carroñeros se desintegraron bajo la lluvia, su perfidia fue incapaz de soportar la tremenda fuerza de sus gotas. No obstante, aquellos a los que la Pesadilla había corrompido tanto que ya no podían ser salvados, huyeron de las aguas purificadoras y se batieron en retirada junto a la niebla que se disipaba, la cual representaba el poder menguante de la oscuridad.
Sin embargo, la Pesadilla todavía mantenía su férreo yugo sobre muchas de sus víctimas y el poder que extraía de sus miedos aún era tremendo. Los sonámbulos se alzaron en gran número, impulsados por sus aterradores sueños para atacar a los vivos.
No obstante, Malfurion sabía que eso tenía que suceder. Entonces invocó al trueno, al que hizo bramar.
Jamás se había escuchado un rugido similar en toda Azeroth. Ni siquiera la erupción de un centenar de volcanes habría sido capaz de rivalizar con aquel estruendo. Todas las tormentas de la historia juntas palidecían ante la inconcebible furia de esta.
Y ninguna criatura, por muy profundamente dormida que estuviera, por muy escondida que se hallara en las profundidades más recónditas de cualquier cueva o en las cimas más altas de cualquier montaña o tras el muro de piedra más voluminoso, pudo evitar escuchar aquel trueno.
El trueno bramó iracundo.
Los durmientes se despertaron.
El yugo de la Pesadilla se resquebrajó.
Un momento después, Xavius gritó furioso en la mente de Malfurion, pero su rabia resultaba patética si se la comparaba con la majestuosidad de aquella tormenta. Sin embargo, el Archidruida no dio por sentada la victoria, ni creyó que esta fuera a producirse de manera inminente.
Entonces, Malfurion extendió los brazos, apretó los puños y arremetió con el conjuro confeccionado por él mismo y el resto de los druidas contra el Señor de la Pesadilla.
La tempestad expresó su ira.
Allá donde la maldad se resistía a ser eliminada, los relámpagos centelleaban con gran intensidad, quemando así la oscuridad. Aquellos rayos no eran ni blancos ni amarillentos, como solía ser normal, sino del brillante color verde de la naturaleza en su versión más exuberante. La tierra sobre la que impactaban no quedaba abrasada, sino que florecía.
Malfurion no aminoró la intensidad de sus ataques en ambos reinos, puesto que era consciente de que, si lo hacía, podría dar la oportunidad a la Pesadilla a recuperar el terreno perdido. De hecho, cuanto más obligaba a retroceder a aquella maldad, cuanto más la presionaba, su resistencia era mayor. Malfurion percibió que algunos druidas flaqueaban y tuvo que asumir parte de sus funciones. Tyrande se hallaba continuamente revigorizándolo y su determinación estaba a la par de la del Archidruida. El conflicto iba a terminar aquí y ahora...
Pero entonces Malfurion pudo sentir cómo la maldad que se ocultaba tras Xavius tenía que emplearse a fondo por primera vez... y conseguía contraatacar con éxito.
Al Archidruida le costó un momento darse cuenta de por qué había sucedido eso. La respuesta se hallaba en los durmientes. Si bien ahora se
encontraban despiertos, sus espantosas y horrorosas pesadillas seguían vivas en ellos. Su miedo seguía alimentando a la Pesadilla.
Malfurion y Tyrande intuyeron al mismo tiempo qué era lo que había que hacer. El Archidruida arqueó la mano izquierda y, de inmediato, la lluvia que diluviaba sobre Azeroth cambió, se tornó más tenue y cálida.
Incluso adquirió un tono rojizo, como el de una rosa. Mientras esto ocurría, Tyrande imploró ayuda a Elune. Al instante, la luz plateada de la Madre Luna descendió del cielo y se sumó en perfecta armonía a la lluvia.
En cuanto aquella asombrosa lluvia cayó sobre las víctimas de la Pesadilla, una sensación de calma las invadió al instante. Se olvidaron de lo mucho que habían sufrido o habían hecho a otros sufrir al actuar como esclavos de Xavius.
La resistencia que aquella maldad plantaba al conjuro de Malfurion menguó. Envalentonado, el Archidruida siguió presionando... más y más hasta que llegó al árbol y su sombra.
Hasta que llegó a Xavius y ya no pudo avanzar más.
Siempre estaré contigo, afirmó burlonamente el Señor de la Pesadilla.
Porque soy tú, Malfurion Stormrage...
El Archidruida no respondió a aquella bravata, sino que invocó a las energías de Azeroth y el Sueño Esmeralda, y arremetió con ellas contra aquel enorme y terrible árbol.
Pero no sirvió de nada.
Malfurion centró su mente en el Sueño Esmeralda y en la sombra de Xavius. Y vio a Thura empalada y a Broll luchando para que aquellas ramas humeantes no lo atraparan.
Las energías que había reunido golpearon a la sombra... con el mismo resultado decepcionante que habían obtenido al impactar contra el verdadero árbol.
Así que esto es lo quieren de mí... , pensó Malfurion para que lo oyeran sus enemigos. Muy bien...
Acto segundo, el Archidruida se concentró en su fuero interno y, haciendo uso de las tremendas fuerzas que había absorbido de ambos reinos, separó su forma astral de su cuerpo de un modo que ni siquiera él habría creído posible. Malfurion era ahora dos seres distintos, aunque seguía siendo la misma persona. Además, su cuerpo en el plano físico no yacía dormido. Se encontraba y actuaba tanto en el Sueño Esmeralda como
en Azeroth; era una proeza que ningún druida había logrado realizar jamás y que debería haber sido imposible de lograr.
De hecho, Malfurion había logrado realizar tal hazaña por culpa, en parte, de todo lo que la Pesadilla había hecho para intentar fusionar ambos reinos.
Era la única manera de conseguir que su ataque se centrara justo en el mismo instante preciso tanto en el árbol como en la sombra. Tenía que atacarlos con idéntica fuerza y con la potencia suficiente como para que sufrieran daño.
Sin embargo, siguiendo el mismo razonamiento, eso era justo lo que Xavius también deseaba, ya que Malfurion ahora se hallaba expuesto por partida doble a las amenazas de ambos reinos. Las ramas sombras atacaban a su forma astral mientras que aquel malévolo árbol atacaba con renovado brío su cuerpo en el plano físico.
Entonces, mientras el Señor de la Pesadilla lo atacaba, Malfurion entró en contacto con la mente de un druida que hasta entonces había mantenido al margen de la batalla principal.
Broll... debemos lanzar el ataque ya...
El druida asintió sutilmente. Como el enemigo lo consideraba a esas alturas del conflicto como un incordio insignificante, aprovechó esa ventaja en su beneficio.
Al instante, Broll se transformó en felino y agarró con la boca a Thura, a quien liberó de la sombra. Si bien tenía la piel fría, en cuanto la sombra dejó de hallarse en contacto con ella, su cuerpo volvió a entrar en calor.
La orca se estremeció.
En ese momento, un millar de ramas sombrías arremetieron contra la forma astral de Malfurion. Entretanto, en Azeroth, Tyrande se aferraba con fuerza al Archidruida, quien estaba sufriendo una agonía como nunca había experimentado. La Suma sacerdotisa gritó al asumir el dolor de su amado como suyo propio para que Malfurion pudiera concentrarse mejor en lanzar su ataque.
El elfo de la noche apretó los dientes con fuerza y, acto seguido, concentró la descomunal furia de aquella tormenta en solo dos lugares muy concretos: uno situado en Azeroth, y el otro, en el Sueño Esmeralda.
Entonces, el árbol del Señor de la Pesadilla y su sombra se doblaron ante el renovado ataque. Las ramas que la forma astral de Malfurion tenía clavadas en el pecho fueron arrancadas por el viento. Mientras, las hojas del
verdadero árbol quedaron reducidas a cenizas por los relámpagos. Aunque brotaron unas nuevas para ocupar su lugar, ya que el Señor de la Pesadilla quería capturar a su enemigo, el hechizo de Malfurion resistió.
Al mismo tiempo, en el Sueño Esmeralda, Thura alcanzó el tronco sombrío de aquel árbol. Alzó el hacha, que brilló con toda la gloria de las energías que el semidiós Cenarius había imbuido en ella diez mil años antes para Broxigar.
¡Dale justo ahí! , le ordenó Malfurion a la orca, mientras le mostraba mentalmente una imagen del punto crucial donde debía golpear con aquella hacha.
Thura esbozó una sonrisa torva y, a continuación, golpeó a la sombra con su hacha en ese lugar.
Al instante, un chillido retumbó por todo el Sueño Esmeralda, al mismo tiempo que otro grito reverberó por toda Azeroth. El hacha quedó enterrada profundamente en aquella sombra como si hubiera impactado contra algo sólido.
La sombra flaqueó y fluctuó.
Mientras Thura atacaba en el plano onírico, Malfurion redobló su ataque sobre el árbol en el plano físico. Su ofensiva fue mil veces más potente que la anterior. De repente, unos relámpagos esmeraldas alcanzaron una y otra vez aquel árbol, prendiendo fuego a una rama tras otra.
¡Mi señor! , exclamó Xavius abruptamente. ¡Escúchame!
Entonces Malfurion pudo percibir cómo aquella oscuridad tan antigua abandonaba a su suerte a su vil sirviente. Aunque le sorprendió que su enemigo actuara de esa forma, el Archidruida no aflojó su ataque contra Xavius. Era perfectamente consciente de que, si todavía quedaba alguna chispa de esa oscuridad, el fuego de la maldad de Xavius volvería a avivarse... tal vez se encarnara en una forma aún más terrible. Y entonces tendrían que volver a sufrir un tormento como el que ahora estaban sufriendo.
Thura golpeó la sombra con el hacha por segunda vez y, de pronto, parte de su contorno se desvaneció. Malfurion prosiguió su asalto sobre el árbol en el plano físico lanzando innumerables relámpagos con los que desató un auténtico infierno.
Sin embargo, Xavius consiguió desviar esas llamas hacia sus adversarios. A pesar de que Tyrande hizo todo cuanto pudo para proteger a Malfurion, el Archidruida se quemó.
Thura clavó su legendaria hacha en el árbol por tercera vez. Esta vez, la hoja se hundió tanto en la sombra que se desvaneció fugazmente.
Y, entonces... arrancó aquella arma mágica del tronco... y el árbol sombra simplemente se esfumó en el aire.
Al instante, el Señor de la Pesadilla chilló.
Al mismo tiempo, en Azeroth, el verdadero árbol se estremeció y se fue marchitando con suma celeridad. Sus ramas se desplomaron. Sus grandes raíces se marchitaron.
Súbitamente, la voz teñida de amargura de Xavius, del Señor de la Pesadilla, retumbó atronadoramente en la mente del Archidruida.
¡Malfurion Stormrage! ¡Nunca te librarás de mí! ¡Seré siempre tu Pesadilla! ¡Te...!
De repente, la copa de aquel espantoso árbol se vino abajo.
Unas cenizas negras presagiaron su caída. Las ramas más bajas se astillaron, pulverizándose al impactar contra el duro suelo. Incluso el tronco se derrumbaba, de tal modo que unos enormes fragmentos salieron volando en todas direcciones. Malfurion desvió los trozos que se dirigían tanto hacia él como hacia Tyrande. La corteza ennegrecida se pudrió rápidamente.
Al final, solo quedó un tronco podrido (que daba la sensación de llevar siglos muerto) cuando el polvo se asentó.
Xavius, quien en su día fue consejero de la reina Azshara, quien en su día fue el líder de los sátiros, quien llegó a ser el Señor de la Pesadilla...
había pasado a mejor vida.
Malfurion no se regodeó en su victoria, sino que, más bien, siguió con su ofensiva para aplastar los pocos restos que quedaban ya de la Pesadilla, procurando así erradicarla completamente. La rama del árbol de Xavius que Fandral había injertado en Teldrassil había permitido a Xavius establecer un vínculo con ambos reinos, lo cual había permitido al mal que se hallaba tras el Señor de la Pesadilla acceder tanto a Azeroth como al Sueño Esmeralda simultáneamente con la intención de corromperlos. Sin embargo, la forma física de Xavius había sido la predominante en Azeroth y, como ya no contaba con el árbol para mantener aquel vínculo, los restos de la Pesadilla ya no podían aferrarse a ese plano.
Y cuando Azeroth se vio libre de su maldad, Malfurion (asistido por Tyrande a lo largo de todo el proceso) se centró totalmente en el Sueño Esmeralda, dispuesto a purificarlo completamente. La Pesadilla menguó, retrocedió...
Aunque en un pequeño rincón recóndito del Sueño Esmeralda, en una vasta y profunda grieta a la que los druidas llamaban la Falla de Aln, de donde se creía que había surgido aquel reino mágico, ni siquiera los esfuerzos combinados del Archidruida y la Suma sacerdotisa iban a poder poner punto final al conflicto.
La Pesadilla resistía con firmeza en aquel lugar, que aquellos que eran druidas como Malfurion creían que iba a dar al Vacío Abisal y a la Gran Oscuridad del Más Allá. Malfurion observó detenidamente aquel abismo insondable que irradiaba energías primordiales que ni siquiera él se habría atrevido a investigar. De hecho, la misma falla parecía estar hecha de sueño en parte, ya que había algo de onírico en ella, e incluso, de vez en cuando, le dio la sensación al Archidruida de que fluctuaba como si estuviera a punto de desvanecerse o de cambiar de forma.
Lo más curioso es que fue entonces cuando Malfurion percibió de verdad y con claridad a aquella maldad tan antigua que había utilizado a Xavius como instrumento. Aunque se resistía a abandonar aquel lugar, realmente se encontraba en las profundidades de los mares de Azeroth. Pese a que el vínculo que había mantenido con el reino de los sueños gracias a Xavius ya se encontraba roto, era lo bastante poderosa como para mantener aquel lugar bajo su espantoso dominio.
Al final, el elfo de la noche tuvo claro que por mucho que siguiera presionando a aquel aterrador enemigo no iba a conseguir nada, así que cesó su ataque. Como sabía que debía atender a aquellos que aún lo necesitaban, Malfurion selló la zona que circundaba la fisura. Tyrande y él acordaron, sin necesidad siquiera de hablarlo, que la batalla había concluido y habían salvado ambos reinos... Esa otra guerra tendría que esperar, sería librada en otro momento más propicio.
Una vez pasado el peligro, el elfo de la noche pudo sentir cómo lo abandonaban aquellas increíbles energías que había absorbido, pero no le importó. No obstante, todavía tenía que resolver ciertos asuntos con esos poderes antes de que se desvanecieran totalmente. Escrutó ambos reinos en busca de alguna criatura corrupta que hubiera sido capaz de sobrevivir. Dio con unas pocas, y de esas pocas solo pudo salvar a un puñado. Gnarl fue uno de esos pocos privilegiados, ya que había sido corrompido hacía muy poco. Remulos, por su parte, ya había sido purificado. Sin embargo, muchos otros, lamentablemente, como sucedía con Lethon y Emeriss, eran incapaces de sobrevivir sin la presencia de la Pesadilla; se desintegraron tal
y como les había sucedido a los sátiros sombra. Malfurion lamentó su muerte y honró la memoria de quienes habían sido y homenajeó todo cuanto habían hecho antes de ser corrompidos.
A continuación, devolvió a sus cuerpos a los supervivientes del ejército astral de Varian, sin importar de dónde hubieran sido invocados. En verdad, tanto los elfos de la noche, por supuesto, como los orcos, trols, draeneis, elfos de sangre, taurens, enanos, gnomos, goblins y humanos...
todos habían aportado su granito de arena, incluso algunos no-muertos también. Disfrutó especialmente al ser testigo fugaz de cómo el rey corría hacia su hijo y de cómo ambos se unían en un fuerte abrazo. Con los defensores que no contaban con un cuerpo al que volver en el plano físico, el Archidruida intentó armonizar sus esencias lo mejor posible con el Sueño Esmeralda, con el fin de que pudieran llevar unas vidas lo más plenas posibles.
No obstante, dedicó más tiempo y atención a aquellos que habían sido sus aliados más cercanos en aquella lucha. Devolvió a Thura con su pueblo, e informó a su líder, Thrall, del papel clave que había desempeñado aquella orca en el conflicto. Lucan Foxblood, el humano que poseía esas habilidades únicas, pasó a estar bajo la tutela de Hamuul Runetotem. El tauren había aceptado quedarse en el Claro de la Luna por un tiempo para enseñar al cartógrafo a controlar sus peculiares poderes. Ambos conformaban una extraña pareja bien avenida, y Malfurion tenía depositadas grandes esperanzas en que ese adiestramiento diera frutos.
Mientras Malfurion hacía todo esto, percibió que Tyrande había invocado a las Hermanas de Elune para que se adentraran en las tierras de la Alianza e hicieran todo lo posible para imponer el orden y llevar la calma y la paz a las víctimas del conflicto. Los chamanes y druidas también colaboraron con toda su sabiduría y capacidad en favor de los otrora esclavos de la Pesadilla, atendiendo a aquellos con quien su raza en particular tenía afinidad para evitar posibles conflictos. Ni siquiera aquellas tremendas fuerzas que el Archidruida guiaba eran capaces de sanar todas aquellas heridas. Por otro lado, habían muerto demasiados seres como para que nadie fuera capaz de borrar los recuerdos de aquel conflicto. Aunque aquella maldad había quedado arrinconada en la Fisura de Aln (donde Malfurion esperaba que se quedase), el legado de la Pesadilla atormentaría al mundo durante muchos años.
Malfurion también vio muchas otras cosas que le hubiera gustado arreglar haciendo uso de los poderes que le habían concedido Azeroth y el Sueño Esmeralda, pero era consciente de que había llegado el momento de despedirse de esos poderes. Con suma gratitud, dejó que los demás druidas se desvincularan de aquel gran conjuro en primer lugar. Habían dado todo, mucho más de lo que debería haberles exigido. Se sentía muy orgullosos de todos ellos.
Por último, Malfurion se desvinculó a regañadientes de aquel hechizo y devolvió a ambos reinos el poder que le habían otorgado. Entonces, el Archidruida se volvió a concentrar en el mundo real, y su mirada se posó en su amada, quien había estado junto a él desde el principio de aquella lucha hasta el final, a pesar de los tremendos errores que él había cometido y que habían llevado a su captura y tortura, y a pesar de las tribulaciones y penalidades que ella había tenido que sufrir por culpa de su amado.
Malfurion pudo ver el amor que anidaba en el corazón de su amada y, aunque sabía que no era digno de él, estaba más que dispuesto a no separarse nunca más de ella.
Acto seguido, acarició la mejilla de Tyrande con suma ternura.
Y el agotamiento al fin pudo con él.
Malfurion perdió el conocimiento en los brazos de su amada.