Tempestira
Capítulo Diecinueve
DESPIERTO EN LA PESADILLA
No había esperanza. En toda su larga vida, Malfurion solo había sentido tal desesperación una vez. Había sido durante la Guerra de los Ancestros.
El dragón verde que había enviado Ysera todavía los alejaba a él, Tyrande, Broll, Lucan e incluso a Thura de la catástrofe. Los dragones verdes no solo se estaban batiendo en retirada, sino que entre ellos reinaba la confusión. Su moral estaba tan baja como la de Malfurion, o quizá más.
Sabían que habían estado perdiendo lentamente, pero ahora además sabían que todos sus esfuerzos no habían sido más que mentiras. La Pesadilla los había engañado y había esperado su oportunidad.
Con Ysera… ¡puede hacer cualquier cosa! ¿Por qué se ha puesto en peligro por mí? Cierto, la captura de Ysera se había debido al engaño de Lethon, pero no hubiera estado en peligro de no ser por su inexplicable interés en asegurarse la liberación de Malfurion.
—¡Nos gana terreno! —gritó Tyrande.
Y decía la temida verdad. En su mente Malfurion pudo ver la brillante figura del cuerpo astral de otro druida sujetado no solo por los tentáculos de la sombra del árbol, sino por las anteriores víctimas de la Pesadilla. Las garras destrozaban la forma astral como si el elfo de la noche estuviese hecho de tela finísima. Dio un grito cuando su mismo ser quedó hecho mil pedazos…
Apenas un momento después, Malfurion vio al mismo druida al frente de la monstruosa turba de la Pesadilla. Su cuerpo astral era ahora más oscuro y demacrado. Corrompido, estiraba sus retorcidos dedos hacia los defensores más cercanos con la intención de que se uniesen a él.
Pero, a pesar de lo terrible que fuese su fallo, a pesar de lo imposible que fuera, el Archidruida sabía que no podía rendirse a lo inevitable. No iba a permitir que otro más cayera ante la Pesadilla mientras él huía.
Pero mientras volvía a intentar zafarse, el dragón verde le gritó:
—¡Este no es el momento! ¡Ella no ha caído para que volvamos a perderte! ¡Mi reina insistió justo antes del ataque en que tú eres más valioso para Azeroth que ella misma y que, aunque nos costara creerlo, debíamos confiar en su palabra!
—¿Más valioso? —Malfurion dijo incrédulo—. ¡Sin duda haber contenido a la Pesadilla durante tanto tiempo le ha afectado a la mente!
Se removió con más fuerza y por fin sintió que la presa del dragón sobre su forma astral empezaba a aflojarse.
Tyrande notó lo que estaba haciendo. Se estiró hacia el druida.
—¡Malfurion! ¡No!
La mano de la Suma sacerdotisa resbaló por la forma astral de Malfurion. Este se esforzó por no prestarle atención. Una parte de él no deseaba más que quedarse con Tyrande, pero su deber estaba en otra parte.
Sin embargo, para su consternación, lo que lo rodeaba empezó a desvanecerse. Demasiado tarde, el Archidruida supo que, al buscar liberarse del hechizo del dragón verde, había empezado otra cosa.
—¡No! —Malfurion intentó detener lo inevitable…
* * *
—¡No!El Archidruida se incorporó de un salto. Inmediatamente, el dolor sacudió su cuerpo. Se agarró el pecho y cayó.
Estaba de nuevo en su sagrario, resultado accidental de su intento. No debería haberse sorprendido, dado que el vínculo entre su cuerpo y su forma astral era fuerte por naturaleza.
Pero algo iba mal. Apretando los dientes, Malfurion luchó contra el dolor. ¿Era este el resultado de haber estado fuera de su cuerpo tanto tiempo?
El Archidruida dejó escapar un ruido gutural. Se dio cuenta de que no podía haber sobrevivido tanto tiempo sin la ayuda de otros.
En general, su cuerpo estaba en buen estado. Eso también lo notaba.
Sintió la caricia de Elune, una fuerza que el elfo de la noche conocía bien a través de Tyrande. Malfurion no tenía ninguna duda de que su amor había sido la que había organizado todo para salvarlo.
Pero, a pesar del gruñido, ninguna sacerdotisa acudió a ayudarlo.
Lentamente, ganó la pelea. Justo entonces Malfurion notó algo que solo sus expertos y afinados talentos druídicos podrían haber descubierto.
La fuente de su sufrimiento, y lo que todavía buscaba matarlo, era una pequeña, muy pequeña pizca de polvo. Pronto identificó la hierba potenciada mágicamente que habían usado para fabricarlo. Mañagrana. Se rumoreaba que la mañagrana se usaba en ciertas maldiciones primitivas.
Pero, aunque la hierba en sí misma era potente, alguien no se había contentado solo con eso. El sutil hechizo potenciador debería haber bastado para garantizar la lenta pero segura muerte de Malfurion.
Pero quien lo hubiese hecho había subestimado la luz sanadora de la Madre Luna. El trabajo de las sacerdotisas había bastado para mantener vivo el cuerpo vacío de Malfurion, aunque el veneno habría acabado por hacer su trabajo.
Malfurion se concentró en el polvo, juntándolo desde donde se había extendido por su cuerpo. Creó con él una bola purulenta…
En ese momento el druida vomitó.
No vio salir la diminuta esfera, pero sintió cómo se desvanecía su temible influencia. Malfurion buscó aire mientras lentamente volvía a intentar ponerse en pie.
Solo entonces vio a las dos sacerdotisas. Ambas estaban tendidas en el suelo de su túmulo. Estaban vivas, pero no conscientes. Peor aún se movían y, de vez en cuando, murmuraban en tono temeroso.
El túmulo estaba también lleno de tentáculos de una siniestra y muy conocida niebla.
Malfurion había tenido la intención de volver a meditar para regresar a su forma astral, pero, ahora sí, entró con cautela en la niebla en dirección a la entrada. No podía hacer nada por las sacerdotisas, al menos no por el momento. El Archidruida necesitaba saber la extensión de los daños provocados en el Claro de la Luna.
Pero el paisaje que lo recibió al salir le demostró cuan equivocado podía estar. El Claro de la Luna estaba cubierto por completo por la niebla, lo que le daba el aspecto de un cementerio. Lo más inquietante era que no se oía nada, ni siquiera un grillo.
Caminando cautelosamente entre la vegetación, el elfo de la noche llegó hasta otro túmulo. Se metió dentro.
Vio un cuerpo inmóvil con la conocida túnica de druida. La capucha oscurecía el rostro del durmiente. Arrodillándose junto al cuerpo, Malfurion le tocó la muñeca.
Estaba fría al tacto.
Rápidamente, Malfurion le apartó la capucha.
La boca abierta del cadáver estremeció al Archidruida. El ocupante del túmulo obviamente se había desprendido de su forma astral, pero no había sido capaz de regresar a tiempo. Malfurion se preguntó si el desafortunado druida había sido uno de los que estaban combatiendo a la Pesadilla o si había muerto antes de eso.
Incapaz por el momento de hacer nada por los restos del druida muerto, Malfurion salió del túmulo. Se preguntaba cuántos de los otros túmulos tenían también cadáveres dentro.
Sabiendo que le sería más sencillo ayudar a los vivos que a los muertos, Malfurion consideró sus opciones. Ya no pensaba en meditar; el Claro de la Luna estaba mancillado. Regresar a su forma astral sería demasiado peligroso. Tenía que ir a otra parte, encontrar a los otros defensores.
Sobre todo, tenía que averiguar lo que le había pasado a Tyrande y a los que estaban con ella. Habían entrado físicamente en el Sueño Esmeralda. Para Malfurion, eso significaba un portal, y el más cercano al Sueño y a la Pesadilla estaba en Vallefresno.
Apenas acababa de decidirse a ir allí, apenas había empezado a transformarse en cuervo de tormenta, cuando Malfurion se dio cuenta de que sus esfuerzos tenían que concentrarse en una dirección casi opuesta a la que en principio había pensado dirigirse. Aunque había estado mucho tempo apresado, Malfurion sabía que su pueblo había estado planeando un nuevo asentamiento en el oeste, en una isla en la costa. Incluso durante la Pesadilla, Malfurion había notado los poderosos esfuerzos de los otros druidas por hacer… algo. Desgraciadamente, al intentar mantener ocultos a su captor sus propios esfuerzos, no había podido descubrir los resultados de los de los otros. Tenía sus sospechas…
El elfo de la noche echó un vistazo por el claro apenas distinguible.
No había siquiera rastro de Remulos. Sin duda el guardián del Claro de la Luna habría aparecido al notar el despertar de Malfurion. Malfurion intentó proyectar sus pensamientos, pero no pudo encontrar al hijo de Cenarius.
¿Acaso Remulos se había unido a los otros druidas?
La ironía de que estaba tan solo en Azeroth como lo había estado siendo prisionero del Señor de la Pesadilla no se le escapó al Archidruida.
Empezó a pensar en ello y entonces se preguntó por qué estaba perdiendo más tiempo en lugar de actuar inmediatamente, como debería estar haciendo.
Malfurion se concentró. Inmediatamente, su entorno tembló… y solo entonces descubrió el auténtico peligro.
Había estado soñando despierto. No había sido cosa suya. La Pesadilla era tan poderosa que había saturado el Claro de la Luna.
Atrapado en su preocupación por los demás, el Archidruida no se había dado cuenta de cuándo había empezado a caer en ese estado de semivigilia. Probablemente había sido lo que había atacado a las sacerdotisas que protegían su cuerpo.
Pero la Pesadilla no estaba satisfecha con eso. Malfurion se agitó y se vio atacado por el propio claro.
La hierba se retorcía alrededor de sus piernas, su torso y sus brazos.
Los árboles se doblaban para asfixiarlo. A todos los había alcanzado la conocida corrupción que había visto en el Sueño Esmeralda… pero ahora estaba en el mundo real. El Señor de la Pesadilla se había hecho con el gran poder de Ysera para romper la última barrera entre el sueño y la realidad.
Por un breve instante, Malfurion se planteó rendirse a su destino. Él era responsable de la caída del Aspecto y del peligro que Azeroth enfrentaba. Pero esa idea se disipó rápidamente cuando el rostro de Tyrande apareció en sus pensamientos.
El Archidruida se concentró. Esta no es su naturaleza, les recordó a la hierba y a los árboles. Esto es una perversión de aquello de lo que forman parte…
Sintió que la hierba empezaba a aflojar. Los árboles, sin embargo, todavía no respondían. Sus raíces empezaron a temblar, como si quisieran liberarse mientras todavía se esforzaban por alcanzar a Malfurion. Al mismo tiempo la corteza se movía, convirtiéndose en una burla del rostro barbudo del elfo de la noche.
—Esta no es su naturaleza —dijo Malfurion en voz alta ahora, concentrándose al mismo tiempo en sus milenios de experiencia con la flora
—. Este es un lugar de paz, de tranquilidad… este lugar alcanza el corazón de Azeroth y a su vez es alcanzado por él…
La hierba lo soltó. Los árboles se envararon repentinamente. Las imágenes de su rostro desaparecieron de la corteza.
El Claro de la Luna estaba otra vez en calma, aunque seguía cubierto por la niebla.
Malfurion respiró hondo. Lo que había hecho no era poca cosa, no contra el poder que había notado que obraba en su contra. El Señor de la Pesadilla se había concentrado especialmente en él. Afortunadamente, el mal había subestimado al Archidruida precisamente en ese lugar.
Aquello hizo que Malfurion tomase una decisión. Tenía que volver al Sueño Esmeralda, a lo que quedaba de él, antes de que fuese demasiado tarde. El dragón verde que tenía que sacarlo de allí había dicho que Ysera lo creía más importante, lo bastante como para ponerse ella misma en peligro.
Malfurion dejó escapar un gruñido de frustración. ¡Él no podía ser más importante que la Señora del Sueño Esmeralda! Pero estaba en deuda con ella por su sacrificio y con Azeroth, por lo que su captura le había permitido hacer al Señor de la Pesadilla.
Se preguntaba por qué la Pesadilla no se había hecho con el mundo.
Su dueño tenía a Ysera, ¿por qué esperar? ¿Había algo que evitaba que captor alcanzase la victoria definitiva?
¡Si la hay, no lo descubriré quedándome aquí! , se recordó a sí mismo.
Las respuestas están en otra parte…
Sin más dudas, el Archidruida se transformó en un cuervo de tormenta. Despegando, Malfurion se alejó del Claro de la Luna. Batió con fuerza las alas mientras se elevaba más y más…
Pero entonces, en un lugar entre las nubes, se quedó quieto repentinamente. Su vista se quedó fija en una visión que hizo que el cuervo de tormenta lanzase un grito. Quizá su esperanza de que pudiera haber alguna posibilidad de conseguir la victoria solo había sido una última pesadilla que le había provocado un enemigo burlón.
La niebla no solo cubría el Claro de la Luna. Cubría la tierra que se encontraba más allá y aún más allá.
De hecho… cubría hasta donde alcanzaba la vista de Malfurion.
* * *
—¡Malfurion! —gritó Tyrande. Miró a Broll—. ¿Qué le ha pasado?—¡Ha debido de regresar a su cuerpo! Debería estar bi…
El dragón verde que los llevaba tuvo que ladearse repentinamente pues, sin previo aviso, la niebla de la Pesadilla empezó a moverse a su
alrededor.
Una espantosa forma alada se materializó.
—El Señor de la Pesadilla desea a estos mortales… especialmente a la elfa de la noche… —susurró la corrompida dragona Emeriss. Su enfermo y descompuesto cuerpo llenaba el espacio que había ante ellos—. Acepten lo inevitable… Azeroth y la Pesadilla son ahora uno…
—¡No los tendrás! —respondió la otra dragona. Exhaló.
Parecía fuego, pero un fuego más fantasmagórico que real. Cuando alcanzó a Emeriss, la corrompida dragona aulló agónicamente y su cuerpo centelleó como si de repente estuviese cubierta por un millón de luciérnagas.
La sirviente de Ysera no esperó. Se lanzó hacia su enemiga herida.
Pero un furioso rugido indicó que Emeriss ya se había sacudido el dolor. Un momento después, la corrompida leviatán se alzó hacia ellos.
—¡Vuela demasiado deprisa, y yo lucho contra fuerzas que no puedo ver y que me frenan! —les dijo la dragona a sus viajeros—. ¡Solo puedo hacer una cosa!
La magia que rodeaba a los mortales brilló con tanta fuerza que los elfos de la noche tuvieron que cubrirse los ojos.
—¡Encuentren a su Malfurion Stormrage! —les gritó su rescatadora
—. ¡Mi señora no mentiría!
Y con eso los lanzó hacia delante.
Rodeados por su hechizo, estaban protegidos de todo daño. Broll vio sus intenciones antes que los demás.
—¡El portal! Nos ha enviado hacia…
Antes de que pudiese acabar, lo atravesaron.
La magia se disipó en el momento en que estuvieron de vuelta en Azeroth.
Pero la dragona no había querido que sufrieran daño al aterrizar.
Surgieron del portal a apenas centímetros del suelo y, cuando el hechizo desapareció, los cuatro simplemente se detuvieron. Todos, excepto Lucan, se pusieron inmediatamente en pie. Sin embargo, cuando Broll se aproximaba hacia el portal, las energías interiores… se detuvieron.
—No es posible… —murmuró. El druida se lanzó y apoyó la mano contra el portal mágico.
Era como golpear una puerta de hierro. Broll hizo una mueca por el dolor que le había provocado su irreflexión.
La Suma sacerdotisa se le acercó.
—¿No podemos entrar?
—No… o lo ha sellado detrás de nosotros… o algo lo ha sellado para que ella no pueda seguirnos.
Tyrande sacudió la cabeza.
—Nos ha salvado, poniéndose ella en peligro… ¡y todo por Malfurion!
El druida miró por encima del hombro.
—No está tan claro que nos haya salvado del todo…
Se giraron para enfrentarse a Thura. La orca tenía el hacha de Brox en sus manos. Miraba a los tres con cautela…
—¿Dónde está? ¿Dónde está Malfurion Stormrage? —preguntó.
Su pregunta hizo que Tyrande se dirigiera hacia la corpulenta guerrera verde. Al acercarse, la Suma sacerdotisa brillaba con la luz de Elune.
—¡Está lejos de tu alcance, asesina!
Thura la miró a los ojos… y entonces ante la sorpresa de todos, la orca bajó el arma. Parecía extremadamente agotada
—Fue él quien me hizo perseguirlo… me engañó. ¿Por qué quería morir?
Los elfos de la noche se miraron.
—No buscaba la muerte, al menos no la auténtica muerte. —le dijo Tyrande—. Creo que necesitaba tu hacha para romper el hechizo…
La orca se desplomó.
—Entonces… mi propósito es falso… no soy nada.
—Disculpen —interrumpió Lucan, haciendo que todos se volviesen a mirarle—. ¿Se suponía que él tenía que venir con nosotros?
Los otros miraron hacia donde señalaba. Fue Broll quien primero reconoció a la gigantesca figura.
—¡Gnarl! —rugió de alegría—. Tú…
—¡Aléjate de él! —gritó Tyrande, apartando a Broll.
El anciano de guerra dejó escapar una risotada escandalosa. Al acercarse, los hongos que cubrían su cuerpo se hicieron evidentes. Sus hojas estaban llenas de podredumbre, y los ojos le relucían con un fulgor negro.
—Él quiere que vuelvas… —bufó el gigante.
Tenía la mirada fija sobre Tyrande.
—¡Atrás! —La Suma sacerdotisa empezó a rezar.
El gran brazo de Gnarl avanzó hacia ellos. Broll empujó a los demás hacia atrás, llevándose un golpe inclinado que tenía la suficiente tuerza como para hacer que cayera de rodillas.
El anciano se lanzó por el elfo de la noche. Tyrande se puso delante de Broll con expresión seria.
—Lo siento, Gnarl…
La luz de Elune alcanzó de lleno al corrompido anciano. Gnarl cayó hacia atrás… y luego se levantó.
—Esta vez es demasiado fuerte para ti —se burló Gnarl—. Azeroth es suyo… al fin…
Mientras hablaba, la niebla se espesaba. En ella se formaban figuras que rápidamente adquirían su forma. Ahora las manos, las bocas de gritos perennes y los ojos desesperados y hambrientos eran demasiado familiares.
Los esclavos de la Pesadilla los rodearon. Los cuatro se apretaron.
Gnarl dejó escapar una risotada cruel.
Broll pestañeó. Estaba en medio de una batalla distinta, y en su mano había un objeto familiar. El ídolo de Remulos. El druida sacudió la cabeza.
¡Esto es otro sueño! ¡Esto es otro truco!
Pero sus alrededores permanecían constantes. Peor aún, cerca oyó una voz que le pedía ayuda. Ignorando su buen juicio, el antiguo gladiador miró…
* * *
Tyrande estaba arrodillada junto a un hito de piedra. Estaba llorando, pero tardó un instante en darse cuenta de por qué.Malfurion estaba enterrado ahí.
Estaba muerto, aunque la Suma sacerdotisa no recordaba la causa de su muerte. Solo sabía que lo echaba de menos, que echaba de menos la vida que nunca habían podido tener.
—¡No! —gritó furiosa Tyrande, levantándose al mismo tiempo—. ¡No me lo quitarán! ¡No nos lo quitarán!
Miró al cielo, donde la luna llena brillaba con fuerza. La Suma sacerdotisa levantó las manos hacia la luna, hacia Elune.
—¡Concédeme este deseo! Lléname con tu luz como nunca lo has hecho antes…
Tyrande sabía que lo que esperaba hacer estaba mal. De hecho, todo lo que rodeaba a esa situación estaba mal, pero una temible determinación la poseía. ¡Recuperaría a Malfurion! ¡Lo haría!
La luz de la Madre Luna brotó de ella. Hizo un gesto hacia el hito. El resplandor lunar lo bañó.
Las piedras se movieron. Unas pocas cayeron.
Una mano esquelética salió.
Tyrande intentó detener su hechizo, pero la luz de Elune siguió iluminando el hito. La mano apartó más piedras. A pesar de la naturaleza plateada del don de la Madre Luna, los dedos del cadáver brillaban con un siniestro color verde.
Entonces, con un gran ruido, el hito se vino abajo. Las piedras llovieron sobre Tyrande.
Del destruido hito funerario surgió un monstruoso Malfurion…
* * *
Thura se encontraba rodeada por los ancianos de Orgrimmar. Ya se sentía lo bastante avergonzada ante ellos, pero al frente se encontraba el gran Thrall en persona. Parecía terriblemente decepcionado y furioso.—Has avergonzado a tu familia —declaró Thrall—. ¡Se te dio una gran arma, e hiciste un juramento de sangre para vengar a Broxigar!
Se arrodilló.
—He fracasado. Lo sé. Pero el elfo de la noche…
—¡Vive para reírse de ti, mientras que los fluidos vitales de Broxigar siguen goteando de sus viles manos!
Thura no tenía respuesta.
El líder orco estiró un brazo.
—No eres digna de llevar la gloriosa hacha. Entrégala.
Con la cabeza gacha, Thura le ofreció el arma a Thrall. Un sentimiento de culpa la recorría cuando el hacha abandonó sus manos.
Thrall recogió el hacha, admirando su equilibrio y manufactura.
Aferrándola, miró con furia a la orca.
—Y ahora pagarás por tu fracaso…
Levantó el hacha, preparándose para dar el golpe mortal…
* * *
Lucan se quedó mirando a sus compañeros. Estaban inmóviles como estatuas y con los ojos medio cerrados. Sus miradas parecían perdidas.Estaban atrapados por la Pesadilla.
Por qué no lo estaba él era una pregunta para la que no tenía respuesta.
Probablemente porque él era el menos amenazador para la Pesadilla.
Incluso ahora, lo que el cartógrafo más deseaba era esconderse.
Y, en su desesperación, aquello le pareció a Lucan la decisión más acertada.
El humano agarró a sus tres compañeros lo mejor que pudo, esperando que tocarlos fuese suficiente. Ni siquiera entonces se movieron, pero Lucan no tenía tiempo para preocuparse en su estado.
Intentó hacer lo que antes parecía funcionar solo cuando no lo intentaba. Pero había habido un par de momentos recientes en los que su deseo consciente había hecho que su poder funcionase.
Los esclavos de la Pesadilla cayeron sobre el indefenso grupo…
Lucan y los demás se desvanecieron.
Se materializaron en el Sueño Esmeralda, el último lugar al que Lucan quería regresar. Estaba seguro de que la Pesadilla también los acosaría allí.
Los otros empezaron a despertar de sus pesadillas personales. Parecían cansados y momentáneamente desorientados.
Lucan fue el único que notó la sombra que los tapó de repente. Miró hacia arriba.
—¿Y qué quieres de mí ahora? —gruño Eranikus.