Tempestira
Capítulo Nueve
PERSIGUIENDO A UN DRAGÓN
Los druidas estaban agotados. Habían dado de sí mismos tanto como podría haber dado cualquier ser vivo y, aunque Fandral les dijo que sus esfuerzos no estaban siendo en vano, a muchos seguía resultándoles difícil creerlo. Teldrassil no parecía haber cambiado… y, ciertamente, para Hamuul Runetotem el Árbol del Mundo tenía algo que ahora lo inquietaba más.
Peor aún, su preocupación aumentaba por la repentina curiosidad de Fandral por la ausencia de Broll. Con tantos druidas reunidos y tanta urgencia, la desaparición había pasado desapercibida hasta después del hechizo. Pero ahora el Archidruida principal parecía estar dándole una importancia especial.
Hamuul había prometido buscar a Broll, pero solo lo había hecho para tranquilizar a Fandral. Desgraciadamente, no había mucho que Hamuul pudiese hacer al respecto de una promesa que sabía, con mucha sensación de culpa, que no tenía grandes esperanzas de cumplir.
Había intentado alejarse del cónclave, pero sabía que también acabarían por darse cuenta de su ausencia. Con la esperanza de evitar más preguntas, se mantuvo cerca del grupo, moviéndose aquí y allá como si siguiese buscando.
Hamuul se acercó a Naralex. Aunque tan agotado como el resto, el elfo de la noche estaba en pie, observando una semilla que tenía en mano.
Cuando el tauren se acercó, Naralex pasó la otra mano sobre la semilla al mismo tiempo que murmuraba como si hablase con un bebé.
La semilla se abrió. Un diminuto zarcillo brotó de él. Cuando alcanzó más de diez centímetros, Naralex movió la mano libre hacia la izquierda. El brote se arqueó en esa dirección.
El elfo de la noche hizo un movimiento en curva hacia la derecha.
Conservando el arco hacia la izquierda la nueva planta empezó a crecer ahora en la dirección contraria.
—Así es como debemos ser —le dijo Naralex solemnemente a Hamuul—. Cultivadores de vida. Jardineros del paraíso.
—Si Azeroth fuese perfecto, sí —se mostró de acuerdo el tauren—.
Pero no lo es.
—No… no lo es.
Inclinándose, Naralex colocó la semilla en el suelo. Dibujó un círculo alrededor de ella.
El suelo que abarcaba el círculo se revolvió. La semilla se hundió hasta que solo quedó en la superficie el brote.
Naralex limpió la zona que rodeaba la planta y volvió su atención hacia Hamuul.
—¿Y has encontrado a nuestro hermano Broll?
El tauren se esforzó porque no le aleteasen las aletas nasales.
—Aún sigo buscándolo.
El elfo de la noche entrecerró los ojos.
—Ambos sabemos que no volvió con nosotros, hermano Hamuul.
Hamuul ni lo confirmó ni lo desmintió.
—Le prometí al Archidruida Fandral Staghelm que buscaría a Broll.
Debo continuar.
En lo que bajo algunas constancias hubiese sido un acto peligroso, Naralex levantó un brazo para detener al tauren.
—El Archidruida Fandral ya está con otras cosas. Ni siquiera está aquí en este momento, hermano Hamuul.
—¿Que no está aquí? —De nuevo, el tauren intentó ocultar su cautela.
—Mientras estabas… en otra parte… sugirió que hiciéramos lo que pudiéramos para despejar nuestra mente para que, cuando vuelva, podamos comenzar otro hechizo para Teldrassil.
—¿Y dónde ha ido mientras tanto?
Naralex miró hacia arriba… y más arriba.
—Al Enclave, naturalmente. Dijo que estaría buscando orientación en el aislamiento de su sagrario.
Hamuul resopló antes de poder evitarlo. Tenía sus sospechas sobre dónde había volado Broll Bearmantle, aunque cuáles eran las intenciones
del elfo de la noche era cuestión de conjeturas. El tauren podía imaginarse algo concreto, pero Broll no habría sido tan audaz… ¿verdad?
Naralex bajó el brazo.
—Pensé que te gustaría saberlo. ¿Crees que quizás nuestro hermano Broll haya podido tener una idea parecida…? Me refiero a buscar orientación en el Enclave.
Completamente recuperado, Hamuul replicó:
—Dudo que encuentren a Broll Bearmantle ahí arriba.
El elfo de la noche asintió levemente.
—Yo también lo pensé. Me alegro de que estemos de acuerdo.
Dejando a Naralex, Hamuul pensó. Naralex había intentado advertirle, por si hubiese algún motivo por el que Broll estuviese en el Enclave. El elfo de la noche probablemente se preguntaba por qué Broll no había vuelto al cónclave y llegó a lo que creía que era la respuesta más plausible.
Y eso significaba que probablemente Fandral habría hecho lo propio.
Frunciendo el ceño, el tauren se echó hacia atrás para mirar en la dirección de Darnassus. Esperaba tener razón en una cosa, en que Broll Bearmantle no estuviese en el Enclave. En realidad, el único motivo por el que habría ido allí sería para buscar algo en el sagrario del Archidruida Fandral. Hamuul se temía que fuese el ídolo de Remulos. El tauren no sabía qué otra cosa se le podría haber ocurrido a Broll que le resultase útil.
Después de todo, estaba unido al Sueño Esmeralda, donde había desaparecido el cuerpo astral del Archidruida Malfurion Stormrage.
Y también estaba unido al único método que alguien tan impetuoso como Broll podría usar para encontrar a su perdido shan'do.
Él no… Broll no se arriesgaría a…
Hamuul pestañeó. Sí, Broll lo haría.
Una sombra pasó por encima de él. Al girarse vio un enorme cuervo de tormenta que descendía. Solo podía ser Fandral de regreso. Esta vez el Archidruida había escogido la rapidez de su cuerpo de ave antes que la entrada más ingeniosa que había utilizado al principio de la invocación.
Cuando el cuervo de tormenta se posó, se transformó. Sus alas se convirtieron en brazos, las patas crecieron. Las garras se convirtieron en pies. Las plumas salieron volando o se convirtieron en pelo y ropa. El pico se retiró, convirtiéndose en una boca y una nariz…
Una vez recuperada su forma, Fandral se estiró. De entre todos los druidas reunidos, sus ojos se fijaron en el lejano Hamuul. Una seria
decepción llenaba la mirada del elfo de la noche. Era todo lo que Hamuul necesitaba ver para entender que Fandral sabía todo lo que Broll había hecho.
El tauren rezó para que su amigo supiera lo que estaba haciendo.
* * *
Habían vuelto a moverse. Broll lo sabía, incluso aunque de nuevo había sido incapaz de concentrarse el tiempo suficiente en el lugar por el que habían atravesado. Estaba seguro de que había sido el Sueño Esmeralda… pero entonces, ¿por qué sus recuerdos de aquellos momentos eran tan borrosos como la niebla que cubría Auberdine?Y, más importante aún, ¿cómo un humano (¡Un humano!) era capaz de cruzar físicamente el reino místico sin apenas darse cuenta?
Sin embargo, no había tiempo para pedirle respuestas a Lucan Foxblood. Los tres seguían moviéndose, pues el repentino acto de Lucan no los había alejado del dragón… sino que más bien casi los había colocado por debajo de él.
—¡Al suelo! —susurró Tyrande.
La sombra los sobrevoló como si le estuviera echando una carrera al viento. La corriente creada por el dragón casi consiguió que la sugerencia de la Suma sacerdotisa se hiciese realidad. El trío quedó sacudido y cayó de rodillas.
Pero… el dragón no se volvió. No giro y se lanzó sobre ellos. En lugar de eso, se adentró hacia las montañas más allá de donde se encontraban ellos… y no volvió a aparecer.
Broll fue el primero en decir en voz alta lo que los otros sin duda estaban pensando.
—A esa velocidad, debería haber ascendido o haberse estrellado…
—¿Qué hace aquí un dragón negro? —preguntó Tyrande—. Sea donde sea este lugar…
—No era negro.
Los elfos de la noche miraron a Lucan. Aún con los ojos como platos, repetió:
—No… no era negro… era verde…
—Un humano que no distingue los colores —gruñó Broll.
—Si no los distinguiese, no vería verde en lugar de negro —señaló la Suma sacerdotisa.
Con un tono tranquilizador, le dijo a Lucan:
—Dinos por qué dices que el dragón era verde.
Él se encogió de hombros.
—Estaba lo suficientemente cerca para verlo.
El druida sacudió la cabeza.
—Bueno, esa es una respuesta. No la correcta, dado que nosotros estábamos igual de cerca, y era negro.
Tyrande estudió al humano. Finalmente, dijo:
—Pero es una respuesta que siento que tiene cierta verdad potencial, Broll… al menos como Lucan la entiende. —Miró su guja—. Creo que deberíamos investigar a este dragón que podría ser negro o podría ser verde.
Podría haber una razón para que acabásemos tan cerca de él.
—¿Y si resulta ser un dragón negro?
Ella miró en la dirección hacia la que habían visto volar a la bestia.
Tyrande preparó la guja para lanzarla.
—Entonces, lo matamos.
Lucan miró a Broll como esperando que le dijese que la Suma sacerdotisa no hablaba en serio. Pero, en lugar de eso, el druida sujetó al cartógrafo por el brazo y se lo llevó, diciendo:
—Estás mejor con nosotros que solo…
Lucan no parecía tan convencido.
Retomaron su camino sobre las montañas, moviéndose tan deprisa como les permitía la presencia de Lucan. No era lento, pero tampoco estaba en perfecto estado de salud ni era un elfo de la noche. Pero mantenía el ritmo mejor de lo que Broll había esperado, considerando por todo lo que había pasado el humano.
Se detuvieron solo una vez, cuando Broll sintió un picor en el cuello.
Miró detrás de él.
—¿Qué pasa? —preguntó Tyrande con voz queda.
—Me parecía que alguien nos estaba siguiendo… pero me equivocaba.
Poco después, la Suma sacerdotisa se detuvo. Lucan aprovechó el momento para recuperar el aliento mientras los elfos de la noche hablaban.
—Si el dragón ha aterrizado… ha debido de ser muy cerca de aquí —
dijo Tyrande.
—Cierto. Hemos visto unas cuantas cuevas, pero ninguna lo bastante grande para una criatura de ese tamaño… y este es mayor que muchos, sea cual sea su color.
—Pero no lo vimos en el aire, y el paisaje, aunque sea montañoso, también obligaría al dragón a salir a campo abierto si intentase andar.
Broll pensó.
—Quizás haya algo de razón en lo que dijo Lucan. Si el dragón es…
Tyrande le miró fijamente.
—¿Dónde está Lucan?
El druida se giró. El humano ya no estaba donde lo había dejado.
Por un momento los elfos de la noche se miraron el uno al otro como si estuviesen pensando lo mismo… que Lucan había vuelto a desaparecer en lo que Broll sospechaba que era parte del Sueño Esmeralda. Luego, un ruido de piedras le contó a la pareja una verdad más sencilla. Lucan simplemente se había apartado.
O más bien… estaba trepando por la ladera de una colina a un ritmo impresionante, considerando su agotamiento.
—¡Lucan! —llamó el druida tan prudentemente como pudo—.
¡Lucan!
Pero el cartógrafo lo ignoró. Broll se dirigió a seguirlo con Tyrande solo un paso por detrás. Tan cerca de una posible guarida de dragón, no podían permitirse quedar al descubierto.
Lucan se lanzó hacia la cima. Broll se las arregló para agarrarlo por el tobillo justo antes de que el humano hubiese empezado a bajar por el otro lado. El druida se puso a su altura.
—¿Te has vuelto loco…? —Broll pensó por un momento que ya tenía su respuesta, porque Lucan lo miraba fijamente, como si lo que le quedaba de su sentido común lo hubiese vuelto a abandonar.
—Está ahí abajo —murmuró finalmente Lucan. Señaló hacia una de varias cuevas que se veían abajo—. La que tiene la entrada puntiaguda. Ahí es donde está el dragón.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Por toda respuesta, Lucan solo pudo encogerse de hombros.
Tyrande llegó hasta ellos.
—¿Lo he oído bien? ¿El dragón está ahí abajo?
—De eso está seguro, aunque de nada más. —Un ruido llamo la atención de Broll. Miró hacia el camino por el que habían llegado—. Hay algo o alguien detrás de nosotros…
—¡No importa! ¡Lucan se va!
Broll se giró para ver que, ahora que el druida ya no lo sujetaba y ambos elfos de la noche estaban distraídos, el hombre estaba bajando por el otro lado de la colina. Consciente de que dejaban a algún perseguidor detrás, Broll saltó a por Lucan de todos modos. Se las arregló para alcanzar al cartógrafo casi en la base de la colina. Girando a Lucan para que lo mirase, Broll vio la misma mirada casi ausente.
—¿Quieres morir? —le preguntó al humano.
—No… —Lucan pareció darse cuenta al fin de dónde estaba. Se quedó aún más pálido—. Es que… es que fui donde tenía que ir.
Rindiéndose a la imposibilidad de entender a su acompañante, Broll empezó a tirar de Lucan hacia Tyrande, que estaba justo detrás de ellos.
Un siseo reptilesco, débil y lastimero, salió de la cueva.
Los tres se quedaron helados. La Suma sacerdotisa dio un paso hacia la cueva.
—¡Debe de haber otra entrada! —murmuró—. Eso es demasiado pequeño para un dragón.
Broll hizo un gesto ante lo que se le había ocurrido.
—Entonces… ¡es una buena entrada para nosotros!
Tyrande asintió. Lucan tragó saliva y no dijo nada.
Preocupado por el humano, que ciertamente no era un luchador experimentado como Varian Wrynn, Broll dijo.
—Hay unas rocas grandes allá. Puedes ocultarte entre ellas. Si no volvemos en más o menos una hora sigue por el camino que estábamos llevando. Creo saber vagamente dónde estamos, y es más cerca de Vallefresno de lo que pensaba.
Para sorpresa de ambos elfos, Lucan se envaró y replicó:
—No. Iré con ustedes. Me han ayudado… y yo los he traído aquí.
No había tiempo para discutir. Broll asintió, Tyrande sacó un puñal de su cinturón y se lo dio a Lucan. Este lo tomó, aunque claramente entendía lo inútil que era contra un dragón. Aun así, el arma le daba cierto consuelo… y era probable que el humano supiera que también podría usarlo en sí mismo si era necesario.
Broll intentó ir primero, pero Tyrande ya se había adelantado Parecía casi deseosa de enfrentarse al dragón, como si eso le devolviese de alguna manera a Malfurion.
¿O llevarla a ella con él si mueren ambos? , se preguntó el druida repentinamente preocupado.
Tyrande sostenía la guja preparada para arrojarla al entrar en la boca de la cueva. Estaba oscura, pero, aunque eso podría inquietar a Lucan, no le preocupaba a ninguno de los elfos de la noche. Aun así, la Suma sacerdotisa emitía un débil fulgor, quizá para el humano o quizá para atraer la atención del dragón.
—Quédate cerca —le recordó Broll al cartógrafo. No dudaba de que esa fuese la intención de Lucan, pero, con el hábito que tenía el humano de desaparecer, era buena idea recordárselo.
La cueva giraba de un lado a otro y se estrechaba según iban avanzando. Ahora era apenas lo bastante grande para que dos caminasen juntos. Que un dragón acechase en alguna parte cerca de allí significaba que tenía que haber otra entrada. Eso era algo a recordar si esta quedaba bloqueada.
Por supuesto, esa otra entrada también le permitiría al dragón perseguirlos.
La temperatura de la cueva bajó. Los dragones negros tienden a preferir moradas más cálidas, lo que añadía verosimilitud a la sugerencia de Lucan de que Broll se había equivocado. Pero el druida y la Suma sacerdotisa habían visto a una criatura de ébano. Si no era un dragón negro,
¿por qué se disfrazaría así un dragón de otro color?
Broll recordó de repente algo que sus problemas presentes habían hecho que olvidase. Una vez en el pasado, se había enfrentado a la terrible hija del dragón negro Deathwing. Onyxia era un monstruo, pero lo que ahora recordaba Broll era que había sido capaz de adoptar otras formas…
incluso algunas más pequeñas.
Tocó a Tyrande en el hombro. La Suma sacerdotisa se giró en silencio.
—Cuidado —susurró Broll—. Puede que estos túneles sean lo bastante grandes para el dragón después de todo.
Ella entrecerró los ojos. Tyrande Whisperwind también conocía esa capacidad de los dragones, aún más que Broll, que no conocía sus lazos con el dragón rojo Korialstrasz.
—Sí —murmuró—. Debemos tener mucho cuidado.
Oyeron un ruido, un ligero movimiento, procedente de un lugar más profundo. Los tres se envararon inmediatamente. Broll mantuvo a Lucan detrás de Tyrande y de él. La Suma sacerdotisa siguió adelante antes de que Broll pudiese retenerla.
Unos pocos metros más adelante llegaron a una cámara más amplia llena de huecos lo bastante grandes como para parecer pasillos. La cámara era quizá diez veces más alta que el druida, y las rugosas paredes mostraban caminos, algunos de ellos precarios, que podían servir para llegar a muchos de los posibles pasillos.
Pero lo más importante era que, entre las estalagmitas que salpicaban el suelo de la cámara, Broll vio huellas. Se arrodilló para investigarlas.
—Parecen de uno de los nuestros —le comentó el druida a Tyrande—, o son quizá de un humano. Y están una encima de otra. Sean de quien sean, son de alguien que ha caminado por aquí a menudo.
—Noto una corriente —dijo ella. Bajó la guja—. Hay al menos otra entrada cerca.
—¿La buscamos?
—¿Hacia dónde se dirigen la mayoría de las pisadas?
Broll las estudió más de cerca y señaló hacia su derecha.
—Hacia allá…
Cuando Broll se levantó, Lucan pestañeó y comenzó a hablarle a Tyrande. Al notarlo, la Suma sacerdotisa colocó su mano libre en la muñeca del humano y le apretó suavemente.
—La dirección de la corriente encaja con lo que dices —señaló la Suma sacerdotisa soltando la muñeca de Lucan—. Podemos seguirlas o…
Tyrande se calló, su mirada repentinamente concentrada.
La luz de Elune bañó la cámara.
Y en su luz apareció una figura invisible para ellos hasta entonces, pero a quien Lucan obviamente había notado con su peculiar talento.
Tyrande se había dado cuenta de lo que estaba a punto de decir y lo acalló para sorprender al espectador.
Llevaba una túnica larga con capucha que recordaba una combinación de la ropa de un mago y la de algunos sacerdotes humanos. La figura era unos pocos centímetros más alta que Broll, que no era precisamente bajo con sus más de 2 metros, pero era más ligero de forma. Sus manos eran parecidas a las de los elfos de la noche, pero, aunque su rostro también tenía ciertas similitudes a los suyos, era de un color mucho más pálido que no se parecía en nada a ninguna raza de elfo que ninguno conociera.
Hasta ahí es lo que les permitió ver, pues la figura encapuchada inmediatamente dirigió la mano hacia la amenaza más obvia, la Suma sacerdotisa.
Fue un error que Broll aprovechó con gusto.
El druida se lanzó hacia el misterioso mago, pero no como un elfo de la noche. Broll había desaparecido, reemplazado por una figura enorme y peluda de más del doble de su envergadura. La boca y la nariz del druida se alargaron creciendo al mismo tiempo para crear unas salvajes fauces. Unas garras enormes agarraron al hechicero. Broll era ahora un feroz oso.
Su enemigo se tambaleó hacia atrás bajo el peso y el impulso. Por un momento pareció que iba a caerse. De repente, un aura verde rodeó al adversario de Broll. El druida salió volando hacia un lado y acabó chocando con dos duras estalagmitas, destrozando una de ellas. El oso se desplomó, momentáneamente aturdido.
Tyrande mantuvo la guja preparada, pero no atacó. La Suma sacerdotisa se enfrentó a la mirada del hechicero.
Y solo entonces, al ver aquellos ojos, la Suma sacerdotisa pensó que debería reconocer a quién se estaba enfrentando. Su aspecto había cambiado, pero Tyrande estaba segura, de otro modo su identidad le hubiese resultado conocida inmediatamente. Intentó recordar su nombre…
Entonces para sorpresa de los tres, dejó escapar un grito de angustia.
Colocó un brazo por encima de su cara… y comenzó a transformarse.
—¡Espera! —gritó Tyrande—. ¡Espera! ¡A menos que seas uno de los dragones del Vuelo Negro, buscamos tu ayuda, no luchar contra ti!
La transformación, que apenas había comenzado como para que su verdadera forma pudiese ser perceptible en lo más mínimo, se detuvo.
Dejando caer el brazo, el hechicero la miró con lo que parecía ser compasión.
—¡Más te valdría estar enfrentándote a uno del linaje de Deathwing, pequeña elfa de la noche! ¡Uno de ellos sería menos monstruoso para ti que tener que enfrentarte a mí!
—¿Eres un monstruo? —rugió Broll volviendo a su forma auténtica.
Miró a su alrededor buscando lo que en su cuerpo de oso no podía llevar con él.
Se encontraba a los pies de su enemigo, que ahora lo recogió del suelo de la cámara.
—¡Ah! ¡Este maldito objeto! ¡Sentí su presencia! ¡Ojalá ella nunca me hubiese pedido que le diese mi poder!
El druida se alzó.
—¡Entonces tú eres el dragón verde ligado al ídolo de Remulos!
—¡Ligado es la palabra adecuada!
La figurita voló en dirección a Broll. Cuando el elfo de la noche la tomó con una mano, el dragón siseó:
—Atado a ella con toda mi esencia… aunque hay que reconocer que ni siquiera mi Ysera podría haber previsto las cosas terribles que ocurrirían por ello. Cuando lo hizo, nos permitía acudir inmediatamente en ayuda de Remulos o de aquellos que él considerase dignos de portarla. —Miró al druida—. Y, hablando de portarla… ¡te conozco por la firma de tu magia, si no por tu nombre! Usaste la figura hace tiempo con resultados terribles…
Broll hizo un gesto.
—Sí, terribles y entonces, cuando lo creí perdido, resultó que se había corrompido.
La forma encapuchada soltó una risotada áspera.
—Esa corrupción no era nada comparada con el auténtico peligro, druida… Tienes suerte de que yo sea una ruina en lugar de la maldad que podría haber alcanzado a tu corazón hace poco…
El druida se preparó para volver a atacar, aunque era lo bastante inteligente como para contenerse por el momento. Había más cosas que averiguar… y quizá la oportunidad de evitar un derramamiento de sangre.
—¿Qué quieres decir con eso?
Su adversario le miró incrédulo.
—¿Estás ciego ante la Pesadilla? ¿No la has notado?
—¡Sí, la he notado, como la mayoría de los míos! Puede que no seamos dragones, pero también hemos luchado por el Sueño Esmeralda…
—¡Tonterías! —El delgado «elfo» creció de tamaño al gritar, y sus palabras acabaron en un rugido—. ¡No sabes nada! ¡No entiendes nada!
¡Yo, yo que estaba a su lado, no lo entendía! La traicioné, traicioné al Sueño y ayudé al Señor de la Pesadilla a empezar su invasión no solo de ese reino… ¡sino también de este plano mortal!
Ahora Broll al menos entendía a qué se enfrentaban. Mientras el dragón se hacía menos «elfo» en forma y más fiel a su naturaleza, el druida se movió hacia Tyrande. Iban a necesitar todo su poder para tener la esperanza de escapar de este dragón.
—Ahora te conozco —dijo tranquilamente al leviatán en proceso de transformación—. ¡Eres uno de los corrompidos! Eres uno de aquellos que la Pesadilla volvió contra Ysera…
Unas grandes alas membranosas se extendieron por toda la cámara.
Cuernos largos y afilados brotaron de su cabeza. La cintura del dragón llenaba más de dos tercios del espacio. Los verdes eran más delgados que la mayoría, más etéreos, pero este era un gigante que tenía que arquear su largo cuello para poder estar en pie. Los ojos… Broll se dio cuenta de que había estado mirándolos en todo momento cuando en general los ojos de un dragón verde estaban cerrados, pues las bestias vivían a todas horas en parte en el Sueño. Los miraba con una fiereza que superaba incluso a la de Lucan en sus peores momentos.
—«Uno de los corrompidos»… Qué manera más simplista de expresarlo, pequeño elfo de la noche… ¡apenas entiendes lo que eso significa! Apenas entiendes lo que es tener tu mente, tu corazón, tu alma…
«alma» como la entendemos los dragones… ¡arrancada de ti, devorada por la oscuridad y vuelta a colocar en tu vacía cáscara aullante!
De nuevo surgió la áspera risa, sacudiendo tanto la cueva que algunas de las estalactitas se soltaron. El trío pudo evitar aquellas que cayeron más cerca, y el dragón no se distrajo en absoluto por las toneladas de piedra caliza y rocas que chocaron con su piel escamosa.
—«Uno de los corrompidos» —repitió el leviatán en tono de burla—.
¡Ojalá hubiese sido simplemente «uno»!
El gran reptil inclinó la cabeza hasta colocarla a unos pocos metros de los elfos y el humano. Broll y Tyrande mantuvieron su posición, e incluso Lucan blandió su diminuto puñal.
—¡Yo era más que eso, pequeñas criaturas! Era uno de los que ella más se fiaba, uno de los más queridos… ¡y por eso mi traición fue mucho peor y mucho más terrible en sus consecuencias! ¿Han visto a los durmientes? ¿Han visto sus sombras? Todo eso empezó con mi ayuda…
Tyrande se atrevió a hablar, y su voz era tranquila y consoladora.
—Ahora te reconozco, aunque lleves otra forma desconocida. Pero obviamente, ya estás libre de la corrupción… obviamente, la venciste…
—Mediante otros… y lo que no sabía entonces era que me volvería a llamar… ¡A cada momento me llama! Quiere de mí más que de los demás, pues soy… fui… al que ella más favorecía… su consorte…
—¿«Consorte»? —Broll apretó los dientes—. Eres…
El dragón rugió silenciándolo. Los fríos ojos esmeralda se fijaron en el druida y en Tyrande.
—Sí… soy Eranikus, primer consorte de Ysera… —Sus fauces se abrieron de par en par—. Y, sabiéndolo, sabiendo que existo aquí… deberán morir todos…