Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 9 de 32

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Tempestira

Capítulo Siete

AUBERDINE

Broll aterrizó justo más allá de Auberdine, ya impaciente por alejarse de sus inmediaciones. Aunque oficialmente era parte del reino de los elfos de la noche, la región en general, llamada Costa Oscura debido a la extraña niebla que tendía a cubrirlo todo, era evitada por casi toda su raza. Había habido intentos de colonizar esa tierra, algunos de ellos por parte de otras razas, pero todos habían fracasado. Había ruinas desperdigadas por los campos, y ahora muchas de ellas albergaban amenazas para los viajeros dispuestos u obligados a pasar por la zona.

Auberdine era la única fortaleza, si podía llamarse así. Era un lugar sombrío no solo para los estándares de los elfos de la noche, sino incluso para los humanos o enanos. La zona parecía estar perpetuamente cubierta por nubes de tormenta y un viento helado que atravesaba el alma.

Auberdine existía más por necesidad que por otra cosa, pues Darnassus necesitaba un lugar cercano en el continente donde tuviesen lugar sus tratos con el mundo exterior.

Los que habitaban la ciudad eran generalmente menospreciados por los habitantes de la capital, un defecto que incluso Broll había sufrido a veces. La población de Auberdine consistía en marginados e inadaptados.

Cierto, había una guarnición de Centinelas e incluso algunos druidas, pero permanecían tan apartados de la gente de la ciudad como les era posible.

Broll recuperó su verdadera forma y maldijo mientras sacudía el pie.

En su forma de cuervo de tormenta sus brazos se convertían en sus alas y sus pies en garras. Desgraciadamente, algunos de los brotes le habían alcanzado, dejando al druida con el ídolo pegado a ese pie.

Broll extrajo unas hierbas de la bolsa que llevaba a la cintura y las espolvoreó sobre la sustancia. Como la nieve tocada por el sol, la sustancia

se ablandó y luego se fundió. El ídolo de Remulos se cayó ignominiosamente al suelo.

Tras recuperarlo, Broll miró hacia adelante; el camino estaba oscuro y, aunque eso no molestaba mucho al elfo de la noche, se preguntó por qué no había ninguna luz en el horizonte a pesar incluso de la niebla. De hecho, no recordaba haber visto ninguna luz mientras descendía. Auberdine debería haber estado lo suficientemente iluminada como para poder verla desde donde se encontraba, aunque solo fuese por las otras razas que frecuentaban el asentamiento.

Con un gruñido, el druida siguió adelante. Podría haber aterrizado más cerca de la ciudad, pero no quería llamar la atención sobre su presencia más allá de lo necesario.

Tras ocultar el ídolo en un lugar recóndito de su capa, Broll comenzó a caminar. Esperaba que Fandral no se diese cuenta de su robo durante un tiempo. No había motivo para que el Archidruida quisiera la figurita… pero Broll nunca confiaba en su suerte.

Al alcanzar la cima de la colina, el druida se volvió más cauto. Seguía sin ver luces en Auberdine y, estando tan cerca, la niebla no debería haber sido impedimento alguno.

Un cierto temor creció dentro de él. Broll se replanteó su decisión anterior de no volar directamente hasta la ciudad. Volvió a sacar el ídolo y lo colocó bajo su pie.

Pero al levantar los brazos, se dio cuenta de que no estaba solo. El aleteo inmediatamente le inspiró imágenes de Fandral persiguiendo al druida errante, pero lo vio Broll en el cielo no era un cuervo de tormenta, sino la borrosa imagen de un hipogrifo.

Y el animal tenía un jinete, aunque no podía distinguirla, no dudó ni por un momento de que se trataba de Shandris Feathermoon.

La figura volaba bajo, justo por encima de los árboles. Y desapareció de su vista antes de que pudiese hacerle una señal. Broll dudaba de que Shandris fuese a aterrizar directamente en Auberdine; igual que él, encontraría un lugar más allá de la ciudad. Ambos estaban siendo extremadamente cuidadosos, pero era un rasgo que a Broll le había sido muy útil en el pasado y sin duda también a la general… y tenía más sentido ante la extraña falta de luz.

Broll terminó rápidamente su transformación y luego, agarrando la figurilla, alzó el vuelo. Como la jinete del hipogrifo, voló justo por encima

de los árboles. El druida siguió su rastro lo mejor que pudo, pero Shandris no aparecía por ninguna parte, eso posiblemente significaba que ya había aterrizado.

Auberdine no estaba muy lejos. Los edificios bajos de madera se alzaban ahora como tumbas amortajadas. Como poco, los puentes y senderos debían haber estado iluminados, pero lo único que Broll podía distinguir eran las siluetas en forma de arco de lo que debían de haber sido un par de edificios.

¿Qué ha pasado en Auberdine? Ninguno de los druidas del cónclave había mencionado que pasara nada raro y, sin duda, al menos algunos habían atravesado la región. Si había ocurrido algo, había sido durante los dos últimos días.

El druida descendió. Volviendo a su verdadero cuerpo, ocultó el ídolo y se dirigió hacia las afueras de la ciudad. Un silencio mortal fue lo único que recibió a Broll. Hasta los bosques carecían de los gritos de las criaturas nocturnas, incluso los insectos.

Broll tocó un roble esperando averiguar alguna cosa, pero descubrió algo inquietante. El árbol estaba dormido y ni siquiera el roce del druida pudo despertarlo. Se dirigió a un segundo árbol, un fresno, y lo encontró del mismo modo.

Más inquieto, Broll decidió entrar a la ciudad envuelta por la niebla.

Curiosamente, la niebla se espesó cuando entró. Incluso la aguda vista del druida solo podía penetrar el velo unos pocos metros.

El druida olfateó el aire. Para su alivio, no había rastro de carne descompuesta. Se había temido que algún desastre, una peste o un ataque, hubiese eliminado a los habitantes, pero por el momento ese no parecía ser el caso. La humedad en el aire de Auberdine, debida en gran parte al mar cercano, debería haber bastado para causar la rápida descomposición de cualquier cuerpo muerto. Varios cientos de cuerpos provocarían un hedor considerable.

La arquitectura de Auberdine tenía las típicas curvas de la cultura de los elfos de la noche, y en general eso habría supuesto algún consuelo para Broll, pero en la niebla los edificios con arcos comenzaron a parecer macabras estructuras hechas no de madera, sino de hueso. Broll incluso fue tan lejos como para tocar uno y asegurarse de que no había tenido lugar una temida metamorfosis. La madera seguía siendo madera…

Algo se movió más adelante. El ruido fue breve y repetido, pero Broll lo había oído. Unos reflejos formados por su oficio y perfeccionados por sus años de luchador permitieron al corpulento elfo de la noche saltar inmediatamente y ocultarse tras un edificio. No creía que el otro le hubiese oído, lo que le daba ventaja al druida.

Un breve gruñido surgió de la niebla. No era un ruido hecho por un elfo de la noche ni ninguna raza similar. El sonido tenía origen animal. Algo muy grande acechaba las calles de piedra y tierra de Auberdine.

Metiendo la mano en una bolsa, Broll extrajo un polvo que le picaba ligeramente en los dedos. Ignorando la irritación, se asomó inclinándose.

Una forma gigantesca se acercó a donde estaba. Fuese el animal que fuese, lo había olido.

Broll le lanzó los polvos directamente.

La bestia dejó escapar un furioso graznido y saltó hacia delante. Broll se agachó confiando en que la criatura no aterrizaría sobre él. Sin embargo, no solo no cayó sobre el elfo de la noche, sino que la bestia ni siquiera cayó en el camino que tenía detrás.

En lugar de eso continuó hacia arriba, saltando por encima de uno de los edificios cercanos. Una vez allí se posó y empezó a estornudar y gruñir.

Al mismo tiempo una luz plateada despejó la niebla que rodeaba a Broll. Este se giró a la su derecha.

La luz emanada de arriba, y bañada en su gloria se veía claramente a una sacerdotisa de Elune. Broll empezó a decirle que apagase la luz, y entonces vio quién se le acercaba.

—Mi señora… ¡Tyrande! ¿Qué haces aquí?

—Reunirme contigo, aunque no como había planeado en principio.

Sus ojos se movieron de un oscuro rincón a otro, como si esperase que se uniesen a ellos otros acompañantes menos deseados.

El druida abrió la boca.

—¡Me dijiste que era Shandris la que se reuniría contigo! Esperaba que viniese ella…

—También Shandris. Pero esta tenía que ser mi misión… y cuanto más veo de esta ciudad más entiendo que mi decisión ha sido la correcta. Si te hubiese dicho entonces que vendría yo, podrías haberte negado y no podía permitirlo. Mis disculpas por el engaño.

—¡Suma sacerdotisa, no deberías estar aquí! Algo terrible está teniendo lugar en Auberdine…

Asintió con gravedad.

—Ven conmigo y verás lo terrible que es.

Sobre ellos, el animal, el hipogrifo, como Broll había sospechado incluso antes de atacarlo, dejó escapar un graznido grave y enfadado.

Tyrande le susurró algo a su montura. El hipogrifo descendió a desgana, aterrizando cerca de su jinete. Le echó una mirada torva al druida.

—¿Qué le has hecho a Jai? —preguntó la sacerdotisa en voz baja pasando una mano por el pico de la criatura.

—Unas hierbas que provocan picores…

La Suma sacerdotisa sonrió brevemente.

—Has tenido suerte. Me atrevería a decir que si lo hubieses intentado en otra parte Jai no habría volado por encima de ti sino a través de ti. Pero él sabía que yo quería un prisionero si era posible. Vivo.

Tyrande continuaba pasando la mano por la cara del animal y Broll comentó:

—Los efectos de las hierbas se pasarán en unos momentos.

—No tenemos tiempo para eso.

Un débil brillo cayó desde el cielo sobre los ojos del hipogrifo. Jai sacudió la cabeza y luego pareció mucho más contento. Asintiendo satisfecha, la Suma sacerdotisa volvió a mirar al druida. Su expresión permanecía seria.

—Ven conmigo. Tengo que enseñarte algo.

Con el hipogrifo siguiéndola, Tyrande llevó a Broll hasta la casa más cercana. Sorprendió al druida entrando en el domicilio sin dudarlo, señal de que las cosas estaban aún peor de lo que había imaginado. Temía lo que podrían encontrar dentro.

El interior tenía algunas de las características del hogar de un elfo de la noche, pero las plantas parecían enfermas, débiles. La niebla que cubría Auberdine había penetrado dentro de la casa, lo que añadía una nota a la sensación de desastre inminente.

Jai, demasiado grande para entrar por la puerta, miraba inquieto. Broll observó a Tyrande asomarse a los dormitorios. Apartándose, le indicó a Broll que mirase también.

Con mucha cautela, el druida lo hizo. Los ojos se le abrieron como platos.

Dos elfos de la noche, un hombre y una mujer, yacían sobre alfombras tejidas. El brazo de ella estaba sobre el pecho de él. Estaban completamente

inmóviles, lo que le indicó a Broll lo peor.

—Es igual en todas las otras casas donde he mirado —dijo solemnemente su compañera.

El druida quería acercarse a la pareja, pero se contuvo por respeto.

—¿Sabes cómo han muerto?

—No están muertos.

Él la miró. Cuando Tyrande no añadió nada más, el druida se arrodillo ante la pareja. Se le abrieron los ojos.

Ambos respiraban de manera silenciosa pero regularmente.

—¿Están… dormidos?

—Sí… y no he podido despertar a los otros que vi antes.

A pesar de lo que ella había dicho, Broll no pudo resistirse a mover ligeramente al elfo. Cuando no lo despertó con eso, hizo lo mismo con la elfa. Como último intento, Broll los cogió a cada uno por el brazo y los sacudió. Apartándose el druida gruñó:

—¡Debemos encontrar el origen de este hechizo! ¡Debe de haber un mago loco suelto!

—Haría falta uno ciertamente muy poderoso para hacer todo esto —

dijo la Suma sacerdotisa. Señaló la puerta—. Ven conmigo. Quiero enseñarte otra cosa.

Salieron de la casa y, con Jai siguiéndolos, Tyrande guió a Broll por un puente que conectaba con las zonas más comerciales de Auberdine. La niebla ocultaba gran parte de los detalles de la ciudad, pero Broll vio un cartel escrito en darnassiano y en lengua común que decía «Taberna Último Refugio».

Broll sabía que la taberna, sobre todo, debería haber estado iluminada y animada. Junto a la posada local, la taberna era uno de los pocos lugares públicos de reunión en la ciudad.

Jai se colocó fuera de la entrada, mirando entre la niebla en busca de cualquier enemigo en potencia. La Suma sacerdotisa entró sin decir palabra, y su silencio volvió a advertir a Broll de lo que se avecinaba.

La taberna no era como la casa, que estaba en orden a pesar de la extraña escena que se encontraron dentro. Había sillas desperdigadas por todo el suelo de madera y algunas de las mesas estaban volcadas. La barra del fondo estaba manchada no solo por años de clientes ebrios, sino por varias botellas y barriles destrozados.

Y por toda la taberna se encontraban los cuerpos de los elfos de la noche, un puñado de gnomos y humanos y un enano.

—Aterricé no lejos de esta zona y me inquieté al no ver vida o luces

—explicó la Suma sacerdotisa—. Este era el lugar público más cercano, y entré.

—¿Están también… dormidos?

Tyrande se inclinó junto a un humano. Estaba caído sobre una mesa y parecía que se había desplomado allí de puro agotamiento. Tenía desarreglados el pelo y la barba, pero su ropa, a pesar de tener algo de suciedad, era claramente la de una persona pudiente. Cerca de él yacía un elfo de la noche, alguien de la ciudad. Aunque el elfo estaba de costado sobre el suelo, sus manos seguían señalando al humano. Como el humano, el elfo de la noche parecía extrañamente desmañado. Eran los que tenían peor apariencia, pero todos los que dormían en la taberna tenían el aspecto de haber peleado.

—Aquí hubo una pelea —decidió Broll.

Tyrande se puso en pie.

—Una pelea muy educada, si es que fue así. Los únicos cardenales que he visto los provocaron las caídas. Creo que estos dos se vinieron abajo.

—Hizo un gesto señalando al enano y a algunos de los otros parroquianos

—. ¿Ves cómo están colocados los demás?

Tras estudiarlos un momento, Broll frunció el ceño.

—Parece que están descansando. ¡Todos!

—Ahora están dormidos, incluso esta desesperada pareja. Mira a tu alrededor. Parece que la taberna estaba preparada para la defensa.

—Debería haberme dado cuenta. —Y sí, el druida ahora veía que las mesas y las sillas creaban una especie de barrera que miraba a la entrada y las ventanas—. ¿Pero para defenderse de qué?

Tyrande no tenía respuesta.

Broll entrecerró los ojos. De hecho, se había visto obligado a hacerlo más a menudo estos últimos minutos a pesar de que tras la puesta de sol su vista debía haber sido más aguda.

—La niebla se espesa… y es más oscura.

Fuera, Jai dejó escapar un graznido de aviso.

Tyrande y Broll se apresuraron hacia la puerta. Fuera, el hipogrifo se movía con ansiedad. Sin embargo, no había rastro de nada cercano, y la niebla limitaba cada vez más la distancia a la que se podía ver.

Se oyó un gemido que venía desde dentro, y Broll pasó junto a la Suma sacerdotisa para investigar de cuál de los cuerpos tumbados en la parte de atrás de la taberna había procedido. Luego se oyó otro gemido que venía de otra dirección. Broll lo identificó como proveniente del elfo de la noche que estaba junto al humano. Se agachó junto a él.

Tyrande llegó hasta él.

—¿Qué ocurre? ¿Está despierto?

—No… —Broll le giró la cabeza ligeramente al elfo dormido—. Creo que está soñando…

Un tercer gemido acompañó a los otros dos. De repente, a su alrededor, las figuras dormidas aullaron. A Broll se le erizó el pelo de la nuca al identificar lo que todas las voces tenían en común: el miedo.

—Sueños no —se corrigió, levantándose y mirando hacia la entrada

—. Están teniendo pesadillas. Todos.

Jai volvió a lanzar un sonido de advertencia. Volviendo hacia el hipogrifo, la pareja no vio nada… pero oyó mucho.

Por toda Auberdine se oían gemidos.

—Esto está relacionado con Malfurion —dijo Tyrande con total confianza.

—Pero ¿cómo?

Jai dio un paso adelante, ladeando la cabeza para escuchar.

Una turbia figura pasó brevemente por delante y desapareció de su vista. Era más bajo que un elfo de la noche, más de la altura de un humano.

El hipogrifo empezó a perseguirlo, pero Tyrande lo llamó quedamente por su nombre. El animal se detuvo.

La Suma sacerdotisa volvió a tomar la delantera. Broll se colocó rápidamente a su lado, preparado para usar sus artes en su auxilio. Jai mantenía el ritmo detrás de ellos.

—¡Ahí! —siseó la elfa, señalando hacia la derecha.

Broll apenas había tenido tiempo de ver la figura antes de que volviese a desaparecer entre la niebla.

—Parece que está tropezando. Puede que sea un superviviente.

—La niebla parece espesarse más alrededor de nuestra presa. —

Tyrande unió las manos—. Quizá la Madre Luna pueda remediarlo.

Desde el cielo encapotado que estaba directamente sobre la Suma sacerdotisa, un fulgor plateado descendió en la dirección de la misteriosa figura. Atravesó la niebla mostrándolo todo a su paso. Broll arqueó las cejas

al ver cómo la luz se movía como si estuviese viva en su intento de encontrar al extraño.

Y allí estaba: un humano. Su ropa hablaba de tiempos mejores, pero obviamente había sufrido un largo declive en su situación. Los miró con una mirada vacía que parecía provocada por la falta de sueño. El humano tenía un aspecto más zarrapastroso de cualquiera que habían visto en la taberna.

Pero de algún modo seguía moviéndose.

—¡Por Nordrassil! —exclamó Broll.

El humano no solo seguía moviéndose, sino que, ante los ojos de ambos elfos de la noche, acababa de desaparecer.

—Un mago —gruñó Tyrande—. Entonces él es la causa, no la víctima…

—No lo sé, mi señora.

Broll no podía explicarse más, pero había habido algo en el modo en que el hombre había desaparecido que le había parecido… familiar.

El druida se concentró en lo que había visto. El humano los había mirado, luego había empezado a dar un paso…

—Atravesó algo… se metió en algo —murmuró Broll para sí mismo.

Y cuando había ocurrido, el druida había sentido… ¿qué?

—Si se ha desvanecido, ha entrado o ha atravesado algún portal…

¿qué importa? —discutió Tyrande, y su aspecto era aún más adusto.

Rápidamente se volvió hacia el hipogrifo y de un lateral de la silla sacó su guja—. Puede que sea la clave para Malfurion…

Antes de que Broll pudiese detenerla, la Suma sacerdotisa se lanzó hacia el punto en el que había estado el humano. Broll no podía negar que quizás el extraño fuese el culpable como había dicho Tyrande, pero hasta él sabía que se necesitaba más cautela, especialmente si su presa era un auténtico hechicero.

Al llegar al punto donde había estado el humano, Tyrande sostuvo la guja, preparada para atacar mientras murmuraba una oración. La luz de Elune la rodeaba y se extendía varios metros en todas las direcciones.

Pero del humano no había ni rastro.

Broll se unió a ella.

—Gran señora, yo…

Ella le hizo un gesto.

—No soy la Reina Azshara. Por favor, no me llames con títulos como

«Gran» y demás…

Más gemidos atravesaron la espesa niebla tan claramente como había hecho la luz de Elune, el miedo que se oía en ellos era palpable….

—¡Debemos despertarlos de algún modo! —gruñó Broll—. Debe de haber algún modo de…

Jai soltó un graznido de aviso. Sospechando que el humano había reaparecido, ambos elfos de la noche se giraron hacia el sonido…

Y allí, oscurecidos por la misteriosa niebla, varias figuras se tambaleaban hacia ellos mientras la niebla transportaba un espeluznante gemido colectivo.

Broll experimentó una ansiedad creciente. De repente sintió la necesidad de huir o esconderse. Quería encogerse, formar una bola y rezar para que las sombrías figuras no le hiciesen daño. Un sudor nervioso cubrió al druida.

¿Qué me está pasando? , consiguió preguntarse. Broll no era dado al miedo, pero la necesidad de rendirse era fuerte. Miró a Tyrande y vio que la mano en la que sostenía la guja le temblaba y no debido al peso del arma.

La boca de la sacerdotisa estaba tirante. Hasta Jai mostraba señales de nerviosismo, y la respiración del poderoso hipogrifo se agitaba más y más.

Tyrande miró hacia la izquierda.

—¡También están allí!

—Y a nuestra derecha —añadió Broll—. Y si miramos detrás de nosotros, estoy seguro de que también estarán ahí.

—¡No caeré de rodillas llorando como una niña asustada! —declaró Tyrande bruscamente a las figuras que medio podía ver. Las manos le temblaban más a pesar de sus palabras, lo que sirvió para alimentar la ansiedad creciente de Broll.

Por encima de la Suma sacerdotisa, emanaba una luz plateada que envolvía a ambos elfos de la noche y al hipogrifo. Se extendía hacia las sombras, iluminando la primera figura tambaleante.

Y a la luz de la luna vieron algo que estaba podrido y descompuesto.

Miraba con ojos vacíos y ciegos, y el rostro estaba desencajado por el dolor incluso en la muerte. Era un rostro que Broll de repente identificó como idéntico al del elfo de la noche que yacía sobre el suelo de la taberna.

Pero si bien la cara era la del durmiente, el cuerpo no lo era. Más bien era la sombría silueta de algo que Broll había esperado no volver a ver. El elfo de la noche tenía el cuerpo de un demonio de la Legión Ardiente.

Mientras la masa se acercaba, se mostró un segundo ser que llevaba la atormentada cara del humano, pero su cuerpo también era la de un demonio.

—Han… —murmuró Broll para sí—. Han vuelto…

—No… ¡no pueden ser ellos! —murmuró Tyrande—. Sátiros no…

por favor… sátiros no…

Los dos elfos de la noche se quedaron helados. Querían defenderse, pero las monstruosas figuras que se acercaban los habían dejado a ambos tan abrumados que sus cuerpos estaban paralizados.

En ese momento una nueva figura apareció justo delante del druida y sus acompañantes: el andrajoso humano que habían estado persiguiendo. Se tambaleó, dirigiéndose hacia ellos con la mirada perdida.

Broll parpadeó intentando ajustar su vista, pero parecía que la niebla se había espesado… ¿o es que había desenfocado la vista? Las diabólicas formas con las caras de los desafortunados habitantes de Auberdine eran de nuevo solamente formas borrosas. De repente, el druida tuvo la sensación de estar cerca del suelo… y al palpar con las manos descubrió que estaba de rodillas. Entonces se dio cuenta de que había estado soñando, que los demonios solo habían existido en su subconsciente.

—¡Por la Madre Luna! —le oyó gruñir a Tyrande, pero solo en un débil eco—. ¿Qué…?

El humano de mirada vacía que había aparecido de la nada habló por fin entre la oscuridad antinatural.

—No vuelvas a dormirte… No duermas… —susurró.

Broll notó un brazo alrededor de su hombro, y él y Tyrande, arrodillados uno junto al otro, se vieron sostenidos débilmente por el desaliñado humano que se había agachado junto a ellos.

El mundo se desvaneció. No desapareció. Se desvaneció, como si fuese más recuerdo que sustancia.

Y, además, se volvió de un color verde intenso.

Auberdine no estaba. Solo era un paisaje apenas visto. Broll intentó concentrar sus pensamientos el tiempo suficiente para comprender dónde estaban, pero entonces el paisaje cambió como si estuviesen corriendo junto a él a un ritmo imposible para cualquier criatura mortal.

Igual de repentinamente, su nuevo entorno perdió su tono verdoso. A su alrededor surgieron formas muy distintivas. De nuevo era de noche y, aunque había niebla, no era tan espesa como en Auberdine.

Broll descubrió que se estaba moviendo. Esa revelación lo hizo reaccionar e intentó controlar su movimiento cuando aparentemente no debería haberlo hecho. El druida cayó hacia adelante.

El suelo era duro, pero afortunadamente estaba cubierto por cierta vegetación. Broll se las arregló para caer sobre una rodilla. Junto a él, Tyrande había tenido mejor fortuna y había seguido dando varios pasos hasta poder controlar sus movimientos.

Fue la Suma sacerdotisa la que se las arregló para hablar primero.

Sobre unas piernas obviamente inestables, pero capaces de sostenerla, observó su entorno.

—¿Dónde… dónde estamos? ¡Esto no es Auberdine!

No era Auberdine y, a primera vista, no era ningún lugar que le resultase conocido al druida. Sacudió la cabeza, intentando concentrarse mejor. Algunas cosas que acababan de pasar empezaban a tener sentido…

aunque no el que deseaba.

—No es Auberdine… —graznó la causa de su confusión. El harapiento humano chocó con Broll. Miró al druida y a la Suma sacerdotisa con expresión suplicante—. Me han despertado lo suficiente para eso… Me las he apañado para andar…

Levantándose, Broll sostuvo al hombre por el brazo. Aunque el extraño no le recordaba físicamente nada a Varían Wrynn, su angustia despertó los recuerdos del elfo sobre su amigo. Sufriese lo que sufriese este humano, era al menos tan terrible como la larga pérdida de memoria de Varían.

—¿Qué has hecho? —preguntó Broll—. ¿De verdad nos has llevado a través de…?

El extraño se apoyó sobre él, mirando febrilmente a Broll.

—¡Estoy tan cansado! ¡No puedo permanecer despierto! Por favor, no me dejes dormir… —Dejó escapar un ruido gutural y luego se desplomó sobre el elfo de la noche.

Tomado por sorpresa, Broll tuvo que sujetarlo rápidamente. Posó gentilmente al humano sobre el suelo.

—¡Tenemos que despertarlo! —declaró Tyrande—¡Ya has oído lo que ha dicho! ¡Ya has visto Auberdine!

Broll miró atentamente a su nuevo acompañante.

—Ahora no podríamos despertarlo ni reuniendo todos nuestros poderes. Está profundamente dormido.

—¡Es nuestra única pista para encontrar a Malfurion! —La Suma sacerdotisa se agachó como si fuese a sacudir al humano y luego dudó. Su expresión se calmó repentinamente—. Perdóname…

—No hay nada que perdonar. —Broll miró al hombre—. Lleva unas ropas que indica que alguna vez estuvo en la corte, pero aparte de eso, no puedo identificar nada.

—A mí me parece muy poco probable que sea un mago.

El druida asintió.

—En eso estoy de acuerdo… y ningún mago podría haber hecho lo que ha hecho él. —El antiguo gladiador resopló—. Ni tampoco ningún humano, enano o, ya que estamos, tampoco muchos elfos de la noche… a menos que esté equivocado sobre lo que nos ha ocurrido.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué otra cosa ha podido ser si no magia? ¡Vieja magia, pero sin duda magia! Nos llevó a todos… —Tyrande se detuvo—. A Jai no…

Broll ya había pensado en el hipogrifo.

—Duerme, mi señora. Jai es ahora parte de Auberdine.

La Suma sacerdotisa se entristeció.

—Pobre criatura… tantas pobres criaturas…

Recuperando las fuerzas, preguntó:

—¿Y qué ocurre con este? Si no ha sido un hechizo, ¿cómo nos ha traído desde Auberdine hasta aquí?

—Solo hay un camino. —El tono de Broll no podía ocultar su propia incredulidad acerca de lo que estaba diciendo—. Creo… creo que quizá, por un instante… nos hizo atravesar el Sueño Esmeralda.