Tempestira
Capítulo Treinta
UN CÓNCLAVE DE ESPERANZA
Broll Bearmantle se tomó la noticia del despertar de Malfurion con una exuberancia rara vez vista en la mayoría de los elfos de la noche, y mucho menos en un druida. Dejó escapar un sonoro grito que resonó por todo el Enclave y se dirigió a toda prisa al Templo de la Luna. Se adelantó a aquellos que se acercaban más solemnemente al hogar de la Hermandad, ya que solo le importaba que su shan'do parecía estar bien.
Dos Hermanas armadas le bloquearon brevemente el camino hasta que una lo reconoció.
—Tenemos órdenes de dejar pasar solo a unos pocos elegidos —le explicó—, de lo contrario el templo estaría lleno de los que están preocupados por la salud del Archidruida.
Broll asintió, agradecido de ser uno de aquellos a los que Tyrande permitía la entrada. Sabía dónde habían llevado a Malfurion, así que Broll no necesitaba guía. Atravesó el templo corriendo, rindiendo homenaje y dando las gracias a la imagen de la Madre Luna más de una vez por el camino.
Habían organizado un lugar para Malfurion bajo la gran estatua, donde la luz de la luna brillaba siempre. La Suma sacerdotisa había insistido en que lo llevasen al templo, aunque la primera idea de los druidas había sido llevar a su shan'do al Claro de la Luna. Sin embargo, Tyrande se había negado a que la hiciesen cambiar de idea y, dado que no solo era la gobernante de los elfos de la noche, sino también la amada de Malfurion, al final nadie pudo negarse a sus deseos.
Con los ojos cerrados, Malfurion yacía sobre una alfombrilla de hojas tejidas y hierbas... una ofrenda de los druidas. Tyrande estaba arrodillada a su lado con un paño suave y húmedo en la mano. Había estado cuidando de
él como si fuera una novicia, no la dirigente de una orden. Detrás de ella, vigilante, estaba también una silenciosa Shandris Feathermoon. La general tenía una mirada que Broll hubiese esperado más de una hija preocupada por sus padres que de una experimentada guerrera.
—Mi señora —le dijo Broll a Tyrande al acercarse.
Shandris lo miró someramente; había notado su presencia mucho antes y no estaba preocupada.
—Había oído que estaba... que estaba despierto...
—Y lo... y lo estoy... —respondió Malfurion abriendo lentamente los ojos. Los ojos del Archidruida todavía brillaban como el sol... y parecía que siempre lo harían. Le dedicó una breve sonrisa al otro elfo.
»Pero ella... insiste en que descanse más... —Con su mirada indicó a Tyrande—. Una orden con la que, después de un fallido... fallido intento de levantarme... debo estar de acuerdo.
La sonrisa de Malfurion se hizo más grande.
—Pero estoy siendo negligente. Veo que la lucha también te ha cambiado a ti, Broll...
A lo que se refería el Archidruida era a los ojos de Broll que, aunque no eran tan resplandecientes como los de su shan'do, ahora también tenían un brillo dorado. Al llegar hasta su interior y el de Azeroth, Broll había roto la última barrera, una barrera autoimpuesta, para convertirse en el gran druida que tantos creían que era. La falta de seguridad de Broll había desaparecido; al fin sabía que era lo que siempre tenía que haber sido, y cada uno de sus movimientos irradiaba una gran confianza en su oficio.
Pero eso no le interesaba por el momento. Solo importaba una cosa.
—Pero... ¿estás bien de verdad?
La Suma sacerdotisa detuvo sus cuidados para mirar a Broll como si este estuviese loco.
—Está en la casa de Elune, y yo soy su mano en este mundo... ¿crees que estaría de otra manera?
—Perdóname —respondió el druida con una risita—, obviamente no estaba pensando.
Malfurion puso una mano en la rodilla a la Suma sacerdotisa. La expresión de Tyrande se dulcificó. A Broll, el Archidruida le dijo:
—Es muy protectora. Le he hecho una promesa que tiene toda la intención de que cumpla.
—¿Promesa?
—Es una suerte que estés aquí, Broll, porque no se me ocurre nadie más a quien quisiera conmigo cuando Tyrande y yo tomemos nuestros votos.
Broll tardó un momento en asimilar lo que le decía. Shandris se rio ligeramente ante su lenta reacción.
—¿Ustedes dos... se van a casar?
—Por favor, no te sorprendas tanto —sonrió la Suma sacerdotisa—.
Creo que le he esperado lo suficiente para que demuestre sentido común.
—Y yo creo que hace tiempo que deberías haber encontrado a alguien con más sentido común que yo —replicó Malfurion, más recuperado.
Sujetando la mano libre de Tyrande, le dijo a Broll—: Bueno, Broll Bearmantle, ¿estarás a mi lado?
—Sin duda hay otros que...
—Muy buenas personas, pero te escojo a ti.
El druida inclinó la cabeza.
—Entonces, me siento honrado. Solo rezo para no cometer ningún error.Su shan'do se rio.
—No puedes cometer un error más grande que el mío abandonándola tan a menudo todos estos milenios, amigo mío.
—¿Cuándo tendrá lugar la ceremonia?
Sin pretenderlo, Malfurion y Tyrande contestaron a la vez:
—Tan pronto como sea posible.
* * *
Aunque en ciertos aspectos Darnassus no era el lugar más práctico para celebrar una ceremonia así, ningún otro lugar hubiese sido más apropiado. Dado que Malfurion Stormrage era el líder de los druidas y Tyrande Whisperwind era no solo la Suma sacerdotisa de Elune sino también monarca de los elfos de la noche, solo podían escoger la capital.Mucho antes de la víspera de la ceremonia, los dos ya habían arreglado cualquier duda que se pudiese plantear sobre sus papeles... o, más bien, Tyrande lo había hecho. Malfurion sabía que Tyrande era la mejor líder que su pueblo podía tener y no alegó nada en ese sentido. Sin embargo, ella insistió en que la única elección era que los dos gobernasen juntos, iguales en todo lo que concernía a su raza. Ella seguiría siendo Suma sacerdotisa del Templo de Elune, y él, el principal Archidruida; pero ahora
esos dos puestos estarían más vinculados, lo que beneficiaría a los elfos de la noche en general.
La ceremonia tuvo lugar en el Templo de Elune, por supuesto. Cierto, eso significaba que para colocar a los asistentes hubo que hacer unas cuantas maniobras, pero la general Shandris demostró ser tan hábil organizando a los invitados como lo era en la batalla. Había quien decía, no cerca de ella, claro, que parecía disfrutarlo más que sus deberes habituales.
Pero, además de las Hermanas, los Centinelas también asistían, asegurándose de que nadie provocase problemas... una precaución necesaria dado que, además de a su propio pueblo, Malfurion y Tyrande habían invitado al rey Varian, al archimago Rhonin y a otros líderes. Naturalmente, cada uno vino con sus asistentes y guardias personales. Incluso con la gran recuperación que estaba teniendo lugar por todo Azeroth, Varian y los demás habían entendido que era una prioridad absoluta reconocer este suceso fundamental en la vida de uno de los seres que más participación había tenido en que siguieran todavía en Azeroth. Incluso los independientes enanos del clan Martillo Salvaje, los afamados jinetes de grifos de Pico Nidal, habían acudido, liderados por su señor feudal Falstad.
Thrall, representante de la Horda, les envió a Malfurion y Tyrande sus buenos deseos. La frágil amistad entre la Horda y la Alianza ya se estaba viniendo abajo debido a que los odios personales estaban reflotando ahora que el peligro principal había pasado. Era todo cuanto la pareja podía esperar, conscientes de lo deprisa que podía desvanecerse la paz. El único beneficio del mensaje fue que la portadora no era otra más que Thura, que le había pedido a su Jefe de Guerra ser quien la llevase. Para ella, el Archidruida, la Suma sacerdotisa y aquellos junto a los que había luchado eran camaradas de sangre.
Aunque el momento de la ceremonia se había fijado para cuando la Dama Blanca, la gran luna plateada que para los elfos de la noche era la propia Elune, estaba en su cénit, existía otra luz que a la vez añadía fastuosidad y calmaba los ánimos de los invitados que no eran de naturaleza nocturna. Miles de luciérnagas decoraban los árboles, y pequeños globos de color azul plateado de luz de luna flotaban sobre los asistentes. Guiados por Rhonin, que en un sentido peculiar conocía a la pareja desde hacía más tiempo que casi todos los presentes, los magos crearon una serie de magníficos arco iris que, en contraste con el cielo oscuro, marcaron la relación de diez milenios de Malfurion y Tyrande.
Cerca de Rhonin se encontraba su mujer, Vereesa Windrunner, líder de los elfos nobles del Pacto de Plata (creado para oponerse a la inclusión de elfos de sangre en los Kirin Tor) y sus dos gemelos. Los dos niños tenían un aspecto tranquilo. Tenían el pelo carmesí y el marcado mentón de su padre, pero de algún modo parecían más estilizados y tenían las orejas ligeramente más largas. La mezcla de elfo y humano podía ser desafortunada, pero ambos eran niños hermosos.
Unos cuernos triunfantes anunciaron la entrada de los novios. Una guardia de honor de Centinelas con lanzas rematadas alternativamente por la bandera lunar de la Hermandad y por la divisa del Círculo de Cenarion (una gran hoja de la que brotaban majestuosas astas) abría el camino. A la guardia de honor la seguía una majestuosa procesión de druidas y miembros de la Hermandad. Detrás de ellos marchaban solemnemente los oficiales de los Centinelas escogidos personalmente por la general Shandris.
Y entonces... llegaron Malfurion y Tyrande.
Malfurion, con la barbilla alta y las astas apuntando al cielo, llevaba una larga capa de hojas del bosque y una coraza hecha de madera caída. En ella aparecía el Árbol del Mundo con la divisa del Círculo de Cenarion sobre él. Además, el Archidruida llevaba una falda verde hasta la rodilla y sandalias.
Tyrande fulgía del amor de Elune. Era obvio que la Madre Luna bendecía esa unión. Al pasar, muchos elfos de la noche se arrodillaron instintivamente. Tyrande iba vestida con las prendas de la Suma sacerdotisa.
También la adornaba una gran capa de luz azul plateada que ondeaba más allá de donde acababa su montura. Llevaba el pelo azul medianoche suelto y largo y, aunque parecía tan sabia como todos creían que era su gobernante, también tenía una cierta juventud añadida a su tremenda belleza que muchos atribuyeron a la felicidad del momento.
Shandris y Broll caminaban detrás de la pareja, los dos también con largas capas semejantes a las del Archidruida y la Suma sacerdotisa, pero no tan espectaculares. Su tarea era ser testigos y dar fuerza a sus respectivos compañeros, una tarea de la que obviamente estaban orgullosos.
El grupo se detuvo en el centro de la gran sala. Malfurion y Tyrande se tomaron de la mano y continuaron caminando solemnemente. Broll y Shandris se colocaron a un lado y detrás de la pareja, con el druida cerca de su mentor y la general cerca de su gobernante.
La guardia de honor, los druidas y las Hermanas se dividieron en dos columnas que marcharon en direcciones opuestas.
Se había conjeturado mucho sobre quién celebraría la ceremonia. Si las cosas hubiesen sido distintas, muchos creían que lo habría hecho Remulos. Sin embargo, el guardián del bosque, ahora recuperado pero débil, se encontraba entre los asistentes igual que otros como Elerethe Renferal, que ayudaba a Naralex, que se encontraba a su lado. Incluso en ese momento solo la Suma sacerdotisa y el Archidruida sabían quién sería.
Ni siquiera Broll y Shandris conocían la verdad.
Malfurion y Tyrande estaban preparados. Juntos, miraron hacia arriba.
La luz de Elune brilló más de repente sobre la pareja. Pero eso no era lo que parecía llamar su atención.
Un gran batir de alas resonó en el cielo. Los asistentes, que entre sus miembros contaban con Lucan, Hamuul y Thura, siguieron la complacida mirada de Malfurion y Tyrande. El tauren miró hacia arriba con unos ojos que no solo brillaban con un fuerte color dorado, sino que también tenían un especial tinte de color verde esmeralda en los bordes; él también había dado tanto de sí para ayudar a guiar los esfuerzos de Malfurion que había quedado marcado. Lucan, que ahora no era solo el alumno de Hamuul sino que había sido nombrado recientemente cartógrafo jefe del Rey Varian de Ventormenta (a quien Malfurion y Broll le habían contado muchas cosas sobre el papel de su súbdito en la batalla), irradiaba placer ante la fantástica visión. Aunque provocó algunas miradas horrorizadas, saludó con la mano como si viese a un amigo entre los gigantes que volaban en círculos.
Dragones verdes y rojos llenaban el cielo sobre Darnassus.
—Tranquilos —dijo Malfurion con calma antes de que se provocase el caos—. Han venido como amigos e invitados...
La mayoría de los dragones se quedaron sobrevolando, pero los cuatro más grandes descendieron. Los dos más pequeños y obviamente machos aterrizaron sobre algunas de las ramas más grandes.
Una risita se le escapó al archimago Rhonin, que, junto con la pareja, reconoció al dragón rojo. Su nombre era Korialstrasz y era el consorte jefe de Alexstrasza. Despertado con el resto de los durmientes, había estado activo al restablecer la calma en Azeroth.
Pero para el trío y la compañera de Rhonin, Vereesa, también era el misterioso mago Krasus. En cuanto a Rhonin, estaba muy claro por la
expresión de Korialstrasz que el dragón no hubiese querido perderse este importante momento por nada.
Y, naturalmente, Korialstrasz había llegado en compañía de su reina.
Alexstrasza estaba suspendida en el aire justo por encima de las columnas y, a su lado, no estaba otra más que Ysera.
La dragona verde parecía cansada y más delgada. Su titánica tarea le había exigido mucho. Pero también ella exhibía una tremenda expresión de orgullo, un orgullo dirigido a Malfurion Stormrage.
Las dragonas se quedaron suspendidas en el aire un momento más y luego, ante los asombrados ojos de los presentes, las dos leviatanes aterrizaron y se transformaron. Las alas se encogieron, y sus cuerpos cambiaron. Las dragonas encogieron hasta tomar el tamaño de elfos de la noche y formas semejantes a las suyas.
Alexstrasza se convirtió en una figura gloriosa llameante, tal como la habían conocido Broll y los otros. Ysera no era menos asombrosa, aunque de un modo etéreo. Con un delicado vestido de esmeralda, el rostro de la dragona era prácticamente el gemelo del de la anterior, excepto que su piel era de un verde pálido y, como de costumbre tenía los ojos cerrados.
Los dos Aspectos sonrieron a la Suma sacerdotisa y al Archidruida.
Ysera tomó un puesto cerca de Malfurion mientras que Alexstrasza se colocó junto a Tyrande.
—Nos sentimos honradas de que nos hayan pedido ser las que celebren la unión de dos espíritus —entonaron al unísono—. Pero en realidad estos espíritus han sido uno desde el principio...
Las dos hembras unieron las manos de la pareja y luego colocaron las suyas por encima y debajo.
—Aunque esta ceremonia será breve, marcará para siempre la culminación de diez mil años de amor, de destino —continuaron Alexstrasza e Ysera—. Que haya paz para esta pareja que la ha traído para todos, que se han sacrificado por todos...
La luz de la luna que caía sobre los novios brilló con más fuerza. Al mismo tiempo, una hermosa aura carmesí brotó alrededor de Alexstrasza mientras que una de color esmeralda lo hizo alrededor de Ysera.
Las auras se fundieron con la luz de la luna, bañando a la Suma sacerdotisa y al Archidruida.
—Que nuestra bendición caiga sobre ti, Tyrande Whisperwind, Suma sacerdotisa de Elune y gobernante de los elfos de la noche, y sobre ti,
Malfurion Stormrage, Archidruida y líder del Círculo Cenarion...
Ahora Malfurion y Tyrande brillaban espectacularmente. Su resplandor hubiese sido cegador de no haber sido relajante para los presentes.
—¡Este es un día que quedará marcado en Azeroth! —Los Aspectos retiraron las manos. La fantástica mezcla de auras y luz de luna siguió rodeando a los recién casados—. ¡Pero, sobre todo, es un día que esta pareja se ha ganado merecidamente! Tyrande Whisperwind... Malfurion Stormrage… bendecimos esta unión y, como presente, también haremos algo más en este glorioso día...
Las expresiones de los dos elfos de la noche indicaban que desconocían el significado de esas palabras igual que el resto de los invitados. En respuesta, Ysera y Alexstrasza hicieron un gesto en dirección a la vasta copa de Teldrassil.
—Este árbol nació sin nuestra bendición... Ha sido purificado por los druidas y bendecido por una de nosotras, pero ahora celebraremos una bendición más especial... Que ahora reciba a través de nosotras dos nuestras esperanzas para un mundo y un futuro del que todos podamos enorgullecemos...
Siguiendo sus instrucciones, la pareja miró al centro de Teldrassil.
Cada uno de los Aspectos estiró un brazo en esa dirección. Malfurion y Tyrande sonrieron al entenderlo.
Desde las dos dragonas transformadas brotó una maravillosa luz que fluyó hacia el Archidruida y la Suma sacerdotisa, y luego hacia el árbol.
Bañó toda la copa en un instante, se extendió a través de las ramas hacia el tronco y rápidamente se perdió de vista. Lo que los asistentes podían ver se había fortalecido y crecido. Nadie podía negar que Teldrassil era más fuerte y más vivo.
El momento emocionó a Malfurion. Su pueblo, su mundo, estaban a salvo. Teldrassil estaba purificado.
Sobre todo, al fin estaba con su amada.
Dentro de él creció una sensación de deber cumplido, el Archidruida sonrió.
Muchos de los presentes lanzaron gritos ahogados.
—¡Mal! —dijo Tyrande—. ¿Qué estás haciendo?
De repente se dio cuenta de que estaba brillando y de que este resplandor ahora tocaba a Teldrassil de un modo semejante al de la
bendición de las dragonas.
Los invitados miraban con asombro al ver cómo incluso el suelo bajo sus pies se transformaba.
El fulgor que rodeaba a Malfurion se desvaneció, pero Teldrassil continuó iluminado. En esa luz, sus hojas eran aún más frondosas que cuando Malfurion lo había limpiado de la mancha de la Pesadilla. Unas enormes frutas multicolores crecían en las ramas y, tras alcanzar un grosor semejante al de una manzana grande, empezaron a caer suavemente. Los reunidos rieron con alegría al recoger la fruta y atreverse a probarla.
—¡Es como el néctar más dulce! —dijo Elerethe Renferal.
—Debo admitir que no hay nada como esto en Pico Nidal —rugió Falstad mientras prácticamente se tragaba una de las dos que había recogido.
Tyrande probó una y también sonrió.
—Mal… esto es increíble...
Él la miró a los ojos.
—Esto se debe a ti...
Ella se sonrojó.
—Que su vida esté tan llena de vida como lo está Teldrassil ahora —
les murmuró Alexstrasza a los novios mientras ella e Ysera se apartaban.
—Nuestra presencia en esta celebración ha terminado. Felicidades, hijo mío —dijo la señora del Sueño Esmeralda a Malfurion—. Sé digno de ella...
—Intentaré serlo siempre.
Ysera se puso más seria.
—Esto es solo el principio para ustedes... pero tú sobre todo, mi Malfurion, has alcanzado una nueva etapa. Cuando haya tiempo... y digo cuando... tendrás que empezar un complejo adiestramiento, uno con el que nadie más ha tenido que enfrentarse nunca.
—Estoy deseando empezar tus enseñanzas, oh magna...
El Aspecto ladeó la cabeza.
—Esto no es algo que yo pueda enseñarte... es algo que tienes que aprender tú mismo. Has hecho lo que nadie, ni siquiera yo, puede hacer. —
Tras una pausa, la dragona añadió—: Pero estaré dispuesta a aconsejarte, aunque, si yo fuese Malfurion Stormrage, le haría más caso a quien tengo a lado...
Malfurion le apretó la mano a Tyrande.
—Oh, lo haré.
Alexstrasza Ysera asintieron y sin más palabras se transformaron. Se elevaron en el aire, de nuevo convertidas en grandes gigantes.
Los dos elfos de la noche se miraron el uno al otro. Tyrande asintió rápidamente.
A Ysera, el Archidruida le grito:
—Ysera... Oh, magna... ¡Te damos nuestras condolencias por el valiente Eranikus!
—Y se agradecen... —La Señora del Sueño inclinó la cabeza. La tristeza y la gratitud se adivinaban en su tono—. ¡Desde este lugar feliz parto hacia mi duelo! Honraré eternamente su sacrificio...
—Como haremos todos —añadió Alexstrasza.
Con eso, ambas se elevaron en el cielo. Korialstrasz y el macho verde se unieron a ellas, y el dragón rojo inclinó la cabeza ante los elfos de la noche.
—Gracias, mis buenos amigos... —rugió antes de marchar.
El grupo de dragones trazó un círculo sobre Darnassus. La mayoría esperaban que simplemente se marchasen, pero entonces, al unísono, las enormes bestias lanzaron un rugido triunfal... su último homenaje a Malfurion y su esposa.
Y mientras Ysera y Alexstrasza partían, el Archidruida y la Suma sacerdotisa se giraron hacia aquellos que habían ido a honrarlos. Malfurion miró a los presentes y se preguntó si Azeroth tenía alguna posibilidad no solo de recuperarse completamente de la Pesadilla, sino incluso de ir más allá, hacia un futuro esperanzador.
Entonces Malfurion recordó lo que todavía dominaba sobre la Falla de Aln y se preocupó. No era una amenaza que podía quedar sin controlar durante mucho tiempo. El Archidruida empezó a preguntarse qué tendrían que hacer...
Sintió que Tyrande le apretaba la mano, ella se inclinó y lo besó.
—Disfruta del día de hoy, Mal... Es cuanto podemos pedir... Hoy juntos... —Lo volvió a besar y añadió con más fuerza—: Y entonces empezaremos a enfrentarnos seriamente con el mal que guiaba la vileza de Xavius...
El Archidruida asintió, aceptando su sabiduría. Disfrutaría del día de hoy... y de todo su tiempo con Tyrande... y supo que no podía pedir más que
Terminaste Tempestira
Richard A. Knaak
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