Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 6 de 32

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Tempestira

Capítulo Cuatro

LAS SOMBRAS SE MUEVEN

—Esos perros sarnosos deben de estar en los pozos más hondos—

gruñó el mariscal Dughan a sus hombres mirando por las rendijas de su casco hacia una profunda galería de la Cantera de Jaspe. Una nube de polvo se le atragantó, y se volvió para escupir en el suelo—. Creo que es prudente hacer una parada momentánea.

Los sonidos metálicos de las armaduras resonaron por todas las paredes de la galería mientras los quince hombres del mariscal relajaban sus posturas de alerta. Pero Zaldimar Wefhellt, un mago mediocre de Villadorada que había acompañado al grupo en su búsqueda, mantuvo su posición con la mirada fija en el oscuro túnel.

—Te he dicho que descanses —dijo bruscamente Dughan.

El canoso y barbudo mago caminó hacia los demás. Aunque en Villadorada se le respetaba, Zaldimar no se habría hecho famoso en una de las capitales. Aun así y aunque el grupo que Dughan había reunido era lo bastante fuerte como para derrotar solos a esos bastardos, estaba seguro de que los hechizos del mago ayudarían a llevar a cabo una ejecución rápida y despiadada.

Localizada en las estribaciones norte del Bosque Elwynn, la cantera de Jaspe había sido uno de los puntos clave de donde se extraía el metal que se necesitaba para construir armas y armaduras. Pero con tantas presiones sobre Ventormenta, el número de fuerzas militares que protegían las minas del bosque había quedado reducido a nada, y la Cantera de Jaspe y las demás estaban horriblemente infestadas.

Sin enemigos, los kobolds, humanoides de morros largos y peludos que normalmente eran más molestos que peligrosos, habían regresado a la zona. No eran luchadores hábiles, ni tampoco particularmente inteligentes,

pero se reproducían como conejos y existían en gran número… aunque no por mucho tiempo si el mariscal Dughan se salía con la suya. Había hecho grandes progresos las últimas semanas; entre la Cantera de Jaspe y la Mina Abisal que se encontraba más al suroeste, había pedido la cuenta de los kobolds que ya había matado, tan constante que se había vuelto la cacería.

Dughan se quitó el casco. Tenía la cara ancha, el pelo corto, un bigote espeso con perilla y había luchado bastante cuando era joven. Elegido mariscal tras la misteriosa muerte de su predecesor, Dughan, durante los últimos años, había traído el orden y la paz a Villadorada, eliminando no solo a los kobolds, sino a los lobos, los osos, los bandidos, a los múrlocs, que parecían peces, y a otros.

Pero ahora los kobolds habían regresado.

—Esas alimañas van a luchar con dientes, clavos, martillos y hachas cuando los ataquemos —dijo Dughan—, pero también estarán metidos en sitios estrechos… y ahí es donde entras tú, Zaldimar…

El mago, con su túnica púrpura y azul inmaculada a pesar del polvo que cubría a los demás, asintió gravemente.

—Una serie de hechizos arcanos sería el curso de acción más efec…

Dughan lo cortó con un gesto.

—Ahórrame las explicaciones. Mata, hiere y asusta a todos los que puedas antes de que tengamos que entrar. ¿Puedes hacerlo?

Zaldimar asintió. Dughan se volvió a poner el casco y luego le indicó al grupo que siguiera adelante. Cortó varias telarañas gruesas que estorbaban parte de su camino, restos de las enormes arañas de mina que solían alimentarse de cualquier cosa que fuese lo bastante estúpida para entrar y, sobre todo, de kobolds. De hecho, al cortar una tela, un viejo cráneo de kobold cayó al suelo. El traqueteo resonó por toda la mina.

Dughan maldijo. Puede que los kobolds sospechasen de la presencia de los hombres, pero ahora lo habían confirmado.

Varios hombres tosieron por el polvo, que parecía más espeso de lo normal. Y no tardaron en descubrir por qué. Una de las galerías laterales, un pasillo que habría llevado a una salida secundaria para los mineros, se había venido abajo. La mirada del mariscal se topó con varias toneladas de rocas, tierra y vigas de madera destrozadas.

—Un accidente —dijo Zaldimar—. Les advertí que estaban acumulando demasiada tensión en esa zona la última vez que vinimos a deshacernos de los kobolds.

—No importa —señaló Dughan—. Lo que importa ahora es que hace que nuestra tarea sea más sencilla.

Zaldimar asintió. Los kobolds tenían un número limitado de direcciones por las que moverse. Ahora las únicas salidas estaban cortadas.

La confrontación estaba cerca…

Toparon con un cuerpo, pero no el que esperaban. Era una araña de mina del tamaño de un perro grande. Con su veneno y otras armas, era más que capaz de atrapar a un kobold… y posiblemente a un humano. Esta había sido hecha pedazos. A la débil luz el mariscal pudo ver varias huellas.

—Parece que los kobolds se están haciendo más listos. Atacan en grupo a las arañas para matarlas.

—Eso da que pensar —comentó Zaldimar.

Asintiendo ásperamente, Dughan apretó la mano con la que sostenía la maza con pinchos. Con su mano libre el mariscal se limpió instintivamente el tabardo. La feroz cabeza de león dorada y azul de su pecho brilló llamativamente una vez más. Volvió a dar la orden de seguir adelante…

A lo lejos, en la oscuridad, una voz áspera susurró y otra, airada, respondió.

Una pequeña llama, como la de una vela, se materializó algo más allá… y luego la apagaron repentinamente.

—Zaldimar… —susurró Dughan.

El mago se colocó en vanguardia. Levantó las manos e hizo gestos.

Una luz púrpura relampagueó acompañada por un sonido vibrante. El rayo arcano recorrió el túnel hacia abajo, donde había estado la pequeña llama.

Un momento más tarde explotó… y volvió a explotar… y una vez más. La mina tembló. Sobre los soldados cayeron pequeños fragmentos de roca y polvo, y el mariscal maldijo la negligencia del mago.

La galería quedó brevemente iluminada por un aura púrpura tan brillante que Dughan tuvo que taparse los ojos. Del otro extremo llegó un coro de gruñidos.

El mariscal parpadeó mientras su mirada se ajustaba a la luz.

—¡Por el Rey! —gritó Dughan.

La galería estaba repleta de kobolds, había más demonios de cara de rata de lo que se indicaba en los informes, muchísimos más. De repente los adiestrados soldados de Dughan parecían muy poca cosa.

Los kobolds en vanguardia de la manada soltaron unos gritos bestiales y blandieron sus armas. Movían las colas adelante y atrás, indicando su

creciente agitación. Ninguno de ellos parecía herido por el ataque de Zaldimar.

—Prepárense para una retirada ordenada —los conminó Dughan. Los soldados estaban poco preparados para eso. En lugar de limpiar la mina, él y sus hombres estaban ahora en peligro de que los matasen.

Delante de él, Zaldimar permanecía en silencio mirando a las criaturas mientras los efectos luminosos de su rayo arcano comenzaban a disiparse.

—¡Haz algo, mago! ¡Dispara otro!

El hechicero se volvió. La expresión de Zaldimar era de total asombro.

—D-debo descansar un minuto… estos hechizos me agotan…

Aunque no era mago, el mariscal sabía que Zaldimar necesitaba recobrar todas las fuerzas… y deprisa. Agarró a Zaldimar por el brazo y lo apartó del resto de la partida.

—¡Debes intentarlo, Zaldimar! ¡Es muy probable… que nuestras vidas dependan de ello!

Antes de que el mago pudiese responder, los kobolds se lanzaron hacia delante. Lo que había parecido algo cómico y una amenaza solo para los niños pequeños (los kobolds no medían más de un metro veinte como mucho) era ahora una aterradora y peligrosa amenaza para todos.

—¡Atrás! ¡Atrás! ¡Ustedes tres! ¡Mantengas las espadas delante, junto a mi maza!

Dughan empujo a Zaldimar detrás de él. Aunque el mago resultase ahora inútil, el mariscal no iba a dejarlo para que lo matasen.

El primero de los kobolds llegó hasta los defensores. Dughan golpeó a uno y luego se enfrentó a otro mucho más grande.

—¡Tú no quitar vela! —rugió.

La vela en cuestión estaba sobre una pequeña palmatoria. Los kobolds veían bien en la oscuridad, pero en la mina todavía necesitaban iluminación en las zonas más profundas.

—¡No… quiero… tu… maldita vela! —le gritó Dughan.

Golpeaba una y otra vez. Aparecía una cara de rata tras otra solo para ser derribadas por la experta mano del mariscal. A su alrededor sus hombres demostraban su habilidad aplastando, cortando y apuñalando a los kobolds sin piedad.

Las tornas habían cambiado. Las numerosas docenas de enemigos kobold se convirtieron en montones de cadáveres. Una sonrisa cruzó el rostro de Dughan.

Al final, los soldados de Villadorada se encontraron hundidos hasta las rodillas en sangre y cadáveres. El hedor de los kobolds muertos demostró ser cien veces peor que cuando estaban vivos, pero los hombres estaban dispuestos a sufrirlo, tan completa había sido su victoria. Incluso hasta la última de las velas de los kobolds se había apagado.

El mariscal Dughan contó a sus hombres. Estaban todos presentes.

Algunos tenían heridas leves, sobre todo arañazos, pero seguían presentes y sanos.

No… había uno que no estaba presente.

—¿Dónde está el mago?

Los otros sacudieron la cabeza. Dughan buscó entre los cuerpos allí donde había visto a Zaldimar por última vez. No había rastro había rastro de la presencia ni de la del hechicero.

Dughan supuso que el indefenso Zaldimar probablemente habría huido antes de la batalla. Sin duda volverían a encontrar al cobarde en Villadorada.

—Vámonos de aquí —decidió el oficial—. Asegúrense de que las otras galerías estén despejadas.

Dudaba en que fuesen a encontrar más de un par de kobolds después de la pelea, pero incluso aquellos tenían que ser erradicados.

Empezaron a regresar, con Dughan tomando la delantera. El mariscal se cubrió la nariz; el olor a kobold muerto era cada vez peor, aunque los hombres dejaban los cadáveres cada vez más atrás. La próxima vez, los sacaremos fuera, donde el viento ayudará…

De repente, la Cantera de Jaspe tembló como en sus profundidades hubiese tenido lugar una explosión.

Las vigas que había delante de la partida crujieron alarmantemente.

Dughan señaló hacia delante con su espada.

—¡Muévanse!

Pero, según se adelantaba el grupo, una de las vigas más distantes se partió. Las dos mitades quedaron colgando.

—¡Cuidado! —rugió el oficial.

El techo de la mina se vino abajo en el punto más débil. Peor aún, provocó una reacción en cadena. Otras vigas se partieron.

Masas de tierra y piedras cayeron al suelo.

Los hombres se echaron hacia atrás, pero entonces el techo se desplomó. El polvo y la oscuridad cegaron a Dughan y a sus hombres, que

se empujaban unos a otros buscando escapar.

Entonces el mariscal oyó un grito que le heló la sangre.

Topó con una zona despejada justo cuando el derrumbamiento remitía.

Tosiendo, el mariscal Dughan intentó forzar la vista y pudo ver las formas de al menos tres hombres.

Cuando se hizo el silencio suficiente como para que le oyesen, gritó:

—¡Recuento!

Once voces respondieron, algunas de ellas doloridas. Once, no quince.

La devastación hacía que fuese inútil comprobar si los otros cuatro seguían vivos. Dughan tenía que llevar a lugar seguro al resto de sus hombres. Solo había una elección, volver a donde habían luchado contra los kobolds. A veces los kobolds excavaban madrigueras secretas en las minas; salidas. Al menos había esperanza.

—¡Síganme!

El sendero resultó ser más oscuro y largo de lo que recordaba. Solo el fuerte hedor le indicaba a Dughan que se estaba acercando al área. Pero, al llevar al grupo rápidamente por el pasillo, chocó con un muro de roca.

—¿Qué es esto?

El muro indicaba que debían de haber pasado de largo el sitio donde se habían encontrado con los kobolds… pero ¿dónde estaban los cuerpos?

Dughan buscó a tientas en sus bolsillos algo con lo que iluminar la zona, pero no encontró nada.

Repentinamente un fulgor púrpura apareció a su lado. El mariscal se giró con la masa preparada.

Zaldimar lo miró desde detrás de la luz. Dughan no pudo ver más que su cara. El mago tenía una expresión demacrada e intensa.

—¿Te ayuda esto? —dijo ásperamente.

—¿Dónde demonios te habías metido? ¿Has visto alguna salida? ¡La zona por la que hemos entrado es impenetrable!

Zaldimar asintió.

—Lo sé. Yo me he asegurado de ello.

—¿Que tú… qué?

El brillo creció. A Dughan se le abrieron los ojos como platos.

El ropaje del mago. Ahora llevaba una armadura negra con cráneos en las rodillas y el pecho. Llevaba una capucha alta tras la cabeza. Los ojos le brillaban con un monstruoso fulgor de color púrpura oscuro.

—En cuanto a una salida, un hechizo sencillo me permitirá salir de aquí.

El mariscal Dughan puso la afilada punta de su maza bajo la barbilla de Zaldimar.

—¡Pues entonces nos llevarás contigo!

Algo se movió al borde de la luz. Golpeó el arma del mariscal. Al luchar por retener la maza, vio un hocico que le resultó conocido.

—Kobold…. —pero la palabra murió en sus labios cuando Zaldimar aumentó la insidiosa luz.

No era solo un kobold… sino un kobold muerto. El vientre de la criatura estaba abierto, y los órganos putrefactos medio colgaban de la herida. El kobold agarró su arma y se quedó mirando al oficial con ojos ciegos.

Y, según iba iluminando más, el mariscal Dughan vio que había muchos, muchos más… todos los que él y sus hombres habían matado y aparentemente muchos más.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

—Ahora me sirven a mí… igual que yo sirvo a nuestro auténtico amo… —dijo ásperamente Zaldimar con una expresión sonriente que daba a su cara el aspecto de un cráneo—. Y como harás tú, buen mariscal …

Los kobolds se adelantaron. El mariscal Dughan y sus hombres estrecharon las filas.

—No les dolerá mucho tiempo…

Totalmente silenciosos, los kobolds avanzaron. Dughan le machacó el cuello a uno, lo que no tuvo ningún efecto. Desesperado, golpeó más fuerte y le arrancó la cabeza.

Pero el cuerpo siguió atacando.

—Debo dejarlos por un tiempo —murmuró Zaldimar—. Ahora tengo que prepararme para Villadorada… una labor a la que tú y tus soldados ayudarán una vez hayan sido… convertidos.

—Maldito seas…

Pero el mariscal Dughan calló cuando el nigromante desapareció… y, con él, la luz.

El aire se volvió espeso, desagradable. El fétido olor a kobold muerto estaba por todas partes. Sin la iluminación mágica no podía ver a quienes se le acercaban.

Un hombre chilló. Un momento después el monstruoso sonido de algo húmedo siendo hecho pedazos resonó por la galería.

—¿Mariscal? —rogó el hombre que estaba junto a él.

—¡Sigan luchando!

Pero entonces Dughan casi cayó de lado cuando algo arrastró al soldado. El desventurado soldado volvió a llamarlo… y luego lanzó un grito escalofriante mientras el familiar sonido de las armas clavándose en la carne resonó por las paredes.

El choque de armas se volvió más débil… y más débil…

El mariscal Dughan sabía que era su última carga. Sintió a los no-muertos kobolds lanzarse sobre él. Por primera vez les brillaron los ojos con un aura de un blanco mortal que le provocó escalofríos.

Y entre ellos vio la luz en los ojos de figuras más altas… figuras desgarradas y golpeadas, por lo que podía ver.

Sus propios hombres, ahora parte de la impía masa.

Se lanzaron hacia delante. El mariscal Dughan movió alocadamente su arma. La maza golpeaba carne una y otra vez, pero los kobolds y los mutilados soldados empujaban sin cesar. Ahora estaban por todas partes, aferrándolo con sus garras, mordiéndolo o golpeándolo con sus armas. Gritó mientras lo no-muertos lo sepultaban…

El mariscal Dughan yacía en su cama, aunque ya había salido el pueblo de Villadorada. Se movió intranquilo. Tenía el ceño fruncido, y el sudor le bañaba el cuerpo. Movió ligeramente los labios, como si quisiera hablar o gritar, y tenía las manos tan apretadas que los nudillos estaban blancos.

De repente Dughan se incorporó y chilló. Pero el mariscal no despertó, sino que volvió a caer sobre la cama, donde de nuevo se movió y sudó como si estuviese luchando contra algo en sueños.

Su chillido había sido agudo, lo bastante como para que se oyese en gran parte del pueblo. Pero nadie, ni familia ni sirvientes, acudieron para saber qué le ocurría al mariscal. No podían. En toda Villadorada no había nadie que pudiese… pues todos estaban en sus camas. Todos estaban durmiendo.

Y todos estaban sufriendo pesadillas.

* * *

Aunque era Suma sacerdotisa de la diosa luna, a Tyrande el amanecer siempre le pareció una visión hermosa, si acaso algo molesta para un ser

nocturno como ella. Cuando era joven, muy joven, no le había parecido tan doloroso. De hecho, ella, Malfurion e Illidan a menudo cabalgaban durante el día, cuando la mayoría de los demás dormían, explorando el mundo de la luz. Malfurion incluso había comenzado sus lecciones con Cenarius durante el día.

Quizá me esté volviendo vieja al fin, pensó. Entre los elfos de la noche, Tyrande era una de las que más había vivido. Había sobrevivido a muchos amigos y a todos sus seres queridos, excepto a dos.

La distancia para llegar al Claro de la Luna significaba que la Suma sacerdotisa, su guardia personal, el Archidruida Fandral y los demás druidas que lo acompañaban tenían que dormir allí durante un día antes de regresar a Darnassus. Aunque muchos de los druidas se encontraban cómodos usando los túmulos, las cámaras subterráneas le recordaban demasiado a Tyrande otros lugares su pasado que deseaba olvidar, como las mazmorras del palacio de Azshara.

Como reina, Azshara había decidido sacrificar a su pueblo por pura vanidad y obsesión, y le había abierto voluntariamente las puertas a la Legión Ardiente. Su principal consejero Xavius la había aguijoneado, y los dos contribuyeron en gran medida a las incontables muertes causadas por los demonios. Tyrande deseó no volver a pensar nunca más en Azshara, pero quedaban muchos recordatorios que la obligaban a evocarla.

Y, saliendo de los túmulos, ella, sus seguidoras y unos cuantos druidas usaron tiendas creadas con lianas y hojas criadas por sus anfitriones.

En su tienda, montada a una respetuosa distancia de donde Fandral y sus compañeros druidas descansaban, la gobernante de los elfos de la noche practicaba sus habilidades en la lucha. La tienda tenía tres por tres metros y estaba tejida con tiras de hojas tomadas del propio Teldrassil. Expertos tejedores habían creado en la tienda diseños específicos para las Hermanas de Elune, especialmente el símbolo de la luna, que se repetía una y otra vez.

Bendecida por la Madre Luna, la tienda también emitía un ligero brillo plateado.

Dentro había poca decoración, a Tyrande le importaban solo las cosas básicas. Una pequeña mesa de madera y un taburete suponían el único mobiliario y habían sido provistos por los druidas. Había dejado su guja de luna junto a las mantas que le servían de cama, que también estaban tejidas con hojas de Teldrassil. La antigua arma de tres filos era una de las favoritas de su raza, y especialmente de los Centinelas de élite. Consciente de las

muchas amenazas que se cernían sobre mundo, Tyrande practicaba a menudo con la guja.

Ahora, sin embargo, solo quería practicar su habilidad en el combate cuerpo a cuerpo, en gran parte por la necesidad de estirar los músculos.

Tratar con Fandral le había provocado suficiente tensión, pero tener que viajar con él para ver el cuerpo de Malfurion le había hecho mucho más daño de lo que se hubiese imaginado.

Fandral… aunque los respetaba a él y a su puesto, sus planes no la contentaban. Por el momento había cedido, pero la larga espera que el trabajo de él sugería iba cada vez más en contra la tendencia natural de ella de actuar rápida y decididamente, actuar como una guerrera…

Enfrentándose a sus propios deseos. Tyrande se dedicó con más ánimo al entrenamiento. La Suma sacerdotisa arqueó los brazos y lanzó una patada. Había llegado lejos desde sus tiempos de novicia; en cierto sentido, más lejos que Malfurion, quien durante los últimos diez milenios había abandonado Azeroth demasiado a menudo por la aparente perfección del Sueño Esmeralda. Había habido veces durante sus desapariciones en que había llegado a estar enfadada con él por abandonarla… pero su amor siempre había vencido esas emociones más oscuras.

Tyrande giró y golpeó con la mano izquierda con los dedos formando una curva capaz de aplastar una tráquea. Se elevó sobre los dedos del pie derecho y lanzó hacia arriba la mano derecha… y de repente notó algo detrás de ella.

La Suma sacerdotisa se giró ferozmente sobre los dedos de los pies y lanzó una patada a su atacante. Nadie debería haber entrado sin avisar.

¿Dónde estaban sus centinelas? Aun así, Tyrande atacó solo para incapacitar, no para matar. A cualquier intruso lo necesitaría vivo para que respondiese a preguntas.

Sin embargo, en lugar de golpear algo sólido, Tyrande observó cómo su pie atravesaba una opaca figura negra y esmeralda. El sombrío asesino se disolvió en mil fragmentos de niebla y luego recuperó la forma.

Pero la elfa de la noche ya se había movido para coger la guja lunar.

Al hacerlo vio a dos figuras pesadillescas más. Sus formas borrosas hacían que fuese imposible identificar cualquier rasgo, pero a Tyrande le pareció que eran medio animales. Por algún motivo, eso despertó un miedo irracional en ella.

En ese breve lapso, las otras dos sombras demoníacas se lanzaron.

Tyrande blandió la guja justo a tiempo, y los curvados filos los atravesaron a ambos.

Pero la guja hizo que las mitades inferior y superior se separasen momentáneamente. Recuperándose inmediatamente, los demonios se lanzaron a cortarla con unas largas zarpas que les brotaron repentinamente de las manos.

—¡Unngh!

Tyrande se retiró como mejor pudo, intentando recuperarse del ataque.

No había cortes ensangrentados donde las zarpas habían cortado, pero la elfa de la noche se sentía como si tuviese aún clavados unos cuchillos de hielo. Una parte de ella quería soltar el arma y lanzarse al suelo.

Pero hacerlo significaría sin duda la muerte. La Suma sacerdotisa blandió furiosamente la guja, más para obligar a sus atacantes a continuar recuperando sus formas que porque confiase en herirlos.

Un segundo grito, más terrible, salió de su boca cuando sintió unos puñales helados clavarse en su espalda. Distraída por los demás, no había notado a otro atacante detrás de ella.

La guja se le escapó de la temblorosa mano. Tyrande se preguntó por qué, con sus dos gritos, nadie había aparecido para investigar. Quizá los demonios habían hecho que desde fuera todo pareciese silencioso dentro.

Los asesinos la matarían, y nadie lo sabría hasta que alguien entrase en la tienda por otro motivo.

No… eso no va a pasar…, insistió para sí Tyrande. Soy sacerdotisa de la Madre Luna… la luz de Elune es parte de mí…

Y, como si esta idea la recorriese, fundió el hielo en su interior y acabó con el miedo que buscaba dominar su voluntad.

—Soy la Suma sacerdotisa de la Madre Luna… —declaró a sus sombríos adversarios—. Sientan su luz…

El brillo plateado llenó su tienda. Las figuras negras y esmeralda se encogieron ante su gloria.

A pesar de esta prometedora reacción, la elfa de la noche no se relajó.

Se abrió a Elune. El suave consuelo de la Madre Luna la envolvía. Elune protegería a su hija.

La luz plateada se intensificó mil veces más. Con un siseo, los monstruosos asesinos se disolvieron como si en realidad no estuviesen hechos de nada más que de sombras.

De repente, todo se volvió negro como la boca del lobo. Tyrande dejó escapar un grito ahogado. La luz de Elune había desaparecido, y de algún modo ella se encontraba sentada en el suelo en postura de meditación. La Suma sacerdotisa miró hacia la guja, que seguía sobre las mantas, donde había estado antes de que entrasen los intrusos. ¿O no lo habían hecho? El dolor helado de su espalda regresó, o quizás era un escalofrío que le recorría la columna. Tragó. Tenía la boca seca y el corazón desbocado.

Mientras Tyrande se levantaba, una guardiana entró de repente en la tienda. Enmascarando sus emociones, Tyrande se enfrentó a la confusa mirada de la centinela. Por la expresión de la otra sacerdotisa se dio cuenta de que no sabía nada del intento de asesinato de su señora.

—Perdóname —murmuró la guardiana—. Oí un grito ahogado y temí que hubiese pasado algo…

—Simplemente me he pasado con el entrenamiento y me he quedado sin aliento.

La otra elfa de la noche frunció el ceño y luego asintió. Se inclinó mientras al mismo tiempo comenzaba a retirarse.

Algo se le ocurrió a Tyrande. Esta extraña y siniestra visión había decidido el asunto para ella, pero, si pensaba hacer algo independientemente de las intenciones del Archidruida Fandral, entonces Tyrande necesitaba asegurarse de una cosa.

—Espera.

—¿Señora?

—Tengo una misión para ti… concerniente a uno de los druidas…

* * *

Habiendo sido esclavo, Broll Bearmantle encontraba los túmulos demasiado pequeños, por eso dormía como hacían otros, al raso, en un lugar escogido del Claro de la Luna. Hamuul dormía a poca distancia, a su derecha. Existía una amistad especial entre ellos, como si ambos fueran únicos en un sentido u otro entre todos los de su oficio.

Ciertamente, aparte de Varían Wrynn y la joven Valeera Sanguinar, una elfa de sangre pícara, ni más ni menos, Hamuul era quizás el amigo más íntimo del elfo de la noche. Era una extraña y, para muchos, inquietante colección de personajes, pero a Broll ya no le importaba lo que pensaran los demás.

Varias reflexiones turbadoras asaltaban al elfo de la noche mientras estaba tumbado. Demasiadas como para permitirle dormir. Mientras el

tauren roncaba a su lado, Broll pensó durante un tiempo en Valeera, que se había convertido casi en una hija para él. Como elfa de sangre la joven era adicta a la absorción de energía mágica arcana, un camino al que su raza se había abocado tras la destrucción de la fuente de poder de los elfos nobles, la Fuente del Sol. Broll casi se las había arreglado para ayudarla a vencerla… pero entonces las circunstancias habían obligado a Valeera a volver a las costumbres de su raza. Se habían separado, al menos por un tiempo, poco antes de la convocatoria al cónclave. Esperaba que estuviese mejor, pero se temía que su adicción hubiese vuelto a empeorar.

Gruñendo, Broll intentó calmar su mente. En ese momento no podía hacer nada por Valeera, a menos que tuviese ayuda… y eso lo llevó a pensar de nuevo en su shan'do. Por primera vez se le ocurrió algo o, más bien, intentó que se le ocurriese. La parte principal de la idea permanecía fuera del alcance de su agotada mente. El druida intentaba una y otra vez concentrarse lo suficiente, pero la verdad parecía escapársele cada vez más lejos. Casi…

Oyó un ruido entre los árboles que había detrás de él, un rastro como de un grito ahogado.

Padre…

El elfo de la noche se envaró. ¿La había oído… a ella?

Broll se incorporó silenciosamente.

Padre…

Ahí estaba otra vez. Conocía esa voz mejor de lo que conocía la suya propia. Broll tembló. No podía ser ella.

Miró a Hamuul, cuyos ronquidos seguían siendo regulares. El agudo oído del tauren no había captado nada. Para Broll, eso confirmaba que solo había imaginado que oía…

Padre… te necesito…

¡Anessa! Broll dio un grito ahogado. ¡Sí que la había oído!

El druida reaccionó instintivamente, levantándose y mirando hacia los árboles buscando a su hija. No la llamó, temeroso no solo de alertar a los demás, sino de que su amada hija se fuese corriendo.

Pero…, una parte de su mente le recordaba, Anessa está muerta… y yo soy el responsable…

A pesar de ser consciente de ello, Broll sintió cómo se le aceleraba el corazón. Dio un paso inseguro hacia la dirección de la que creía que había salido la llamada.

Padre… ayúdame…

Las lágrimas llenaban los ojos del habitualmente imperturbable druida. Recordaba su papel en la muerte de ella. La vieja agonía volvió a azuzarlo. Regresaron los recuerdos de la batalla.

Sí, Anessa estaba muerta.

¡Pero ella me llama! , insistía la parte más básica de él. ¡Esta vez puedo salvarla!

Una sombra se movía entre los árboles delante de él, a lo lejos. Broll se dirigió hacia la forma. De repente, el mundo del druida formó ondas. Los árboles se retorcían como si estuviesen hechos de humo. La indistinta figura era cada vez más distante. El cielo se volvió el suelo, y el suelo el cielo.

Broll se sintió como si sus huesos se hubiesen licuado.

Intentó llamar a su hija.

Algo se movió hacia él viniendo desde el bosque. Al acercarse crecía hasta alcanzar proporciones espantosas. Incluso entonces, el druida no fue capaz de distinguir rasgos concretos. Casi parecía…

Broll intentó gritar… y se despertó.

Comenzó a recuperar la concentración. Lentamente, el elfo de la noche se dio cuenta de que había varias cosas que no encajaban con lo que recordaba de lo que le rodeaba. No se encontraba al borde del bosque, sino que estaba tumbado en el suelo como si siguiera durmiendo. Entrecerrando los ojos, Broll miró hacia arriba. Por la posición del sol, debían de haber pasado varias horas.

El canto de los pájaros y el susurro del viento le llegaron a los oídos, pero faltaba otro sonido. Miró sobre su hombro derecho y vio a Hamuul devolviéndole una mirada solemne. El Archidruida estaba apoyado sobre una rodilla sobre su tembloroso amigo.

—Estas despierto, sí —dijo el tauren interpretando la pregunta que se le ocurría a Broll—. ¿Ocurre algo? Pareces…

El elfo de la noche no le dejó terminar…

—Era un sueño. O más bien una pesadilla…

—Un sueño… como dices…

Hamuul se quedó en silencio un momento y luego añadió:

—Me he despertado antes que tú, porque siendo de día y no siendo yo un elfo de la noche, apenas he dormido una pequeña siesta. Te oí decir algo.

Murmuraste un nombre —continuó el tauren con ciertas dudas—. Un nombre que te resulta cercano.

—Anessa…

Fragmentos de la pesadilla regresaron. Broll tembló. Ya había soñado otras veces con su hija, pero nunca de esta manera. El tauren inclinó brevemente la cabeza de nuevo a la mención de la hija fallecida de Broll.

—Anessa, sí —levantó la mirada hacia el elfo de la noche—. ¿Pero estás bien ahora, Broll Bearmantle?

—Ya estoy bien. Gracias.

—Eso no ha sido natural, Broll Bearmantle… tan poco natural como tus visiones anteriores… aunque distintas en todos los demás sentidos, creo.

—Solo ha sido una pesadilla, Hamuul. —El tono de Broll le indicó al otro druida que no discutiese—. Ni eso ni lo otro significa algo.

El tauren parpadeó y acabó por encogerse de hombros.

—No te insistiré, amigo mío, pues solo agravaría tu dolor… pero ambos sabemos que no es así…

Antes de que se pudiese decir algo más, llegó del bosque un débil crujido de hojas. Broll se tensó inmediatamente, y Hamuul abrió los ojos.

De detrás de los árboles apareció una figura. Sin embargo, no era una sombra de Anessa que hubiese regresado al plano mortal. Era una de las sacerdotisas que habían acompañado a Tyrande hasta el Claro de la Luna.

—Mi señora desea hablar contigo, druida —le murmuró a Broll la delgada figura. Su mirada pasó al tauren—. Querría que acudieses solo…

con el debido respeto, Archidruida…

La sacerdotisa no se quedó esperando respuesta de ninguno de los dos, desapareciendo en el bosque de los túmulos. Como druida, Broll podría haberla seguido fácilmente, pero su precavida postura y su breve y en cierto sentido misterioso mensaje habían dejado claro que una reacción así hubiese sido imprudente. Tenía que acudir solo, como si la decisión la hubiese tomado él.

—¿Irás? —le preguntó Hamuul.

—Sí —respondió inmediatamente el elfo de la noche—. Iré.

—No se lo contaré a nadie

La promesa del tauren significaba mucho para Broll. Asintiendo agradecido, el elfo de la noche siguió el rastro de la sacerdotisa. Ya estaba pensando en los posibles motivos por los que la Suma sacerdotisa de Elune y gobernante de los elfos de la noche buscaba un encuentro secreto con él.

Tyrande Whisperwind tenía algo en mente que deseaba que supieran pocos… incluso el Archidruida Fandral Cordelada.

Y por, inquietante que fuese, Broll tenía la terrible sensación de que sabía lo que ella quería.