Tempestira
Capítulo Once
HACIA TALLOUMBRÍO
Poca luz se filtraba desde fuera. La mayoría de la luz que se veía en la cueva aún se debía a Tyrande. Aun así, la débil luz del exterior parecía poner todavía más nervioso al dragón.
—Esto no es natural —murmuró—. El cielo debería brillar más.
Eranikus cerró los ojos un momento. Su expresión se endureció, los volvió a abrir y les dijo:
—¡No deberían haberse quedado! He visto el exterior. No hay tantas nubes bloqueando el sol sino una niebla que a estas alturas tendría que haberse disipado. No es natural… siento… siento la Pesadilla más cerca que nunca…
El dragón verde rara vez llamaba al reino por el nombre por el que se conocía desde tiempo inmemorial. Para él allí solo existía el horror en que se había convertido.
No hizo mención tampoco al destino de su señora Ysera, lo que a Broll no le dio buena espina. Pero, a pesar de estar tan obviamente preocupado por su reina y compañera, Eranikus se negó a acompañarlos a Vallefresno… un tema que se había convertido en una discusión que había durado toda la noche.
Eranikus permaneció en su forma de falso elfo, como si ser él mismo durante un breve periodo de tiempo fuese arriesgarse a volver a corromperse. El dragón les había dicho que se fueran más de una vez, pero ni el druida ni la Suma sacerdotisa se habían movido, ni siquiera cuando los había amenazado. A ambos les resultaba obvio que, siendo la situación tan grave en el reino del sueño, iban a necesitar la ayuda de alguien que lo conociese mejor aún que Broll. Afortunadamente, había quedado muy claro
que por sus propias razones Eranikus no tenía ninguna intención de hacerles daño.
—He sido muy paciente —gruño el dragón dándoles la espalda—.
Márchense antes de que los eche de este lugar.
—Podrías haberlo hecho más de una vez —señaló Broll—, y no lo has hecho.
—¡No confundas mi dolor por debilidad! —replicó Eranikus, volviéndose hacia el elfo de la noche—. ¡Ni mis remordimientos! He hecho grandes maldades y lo sé, pero mi paciencia tiene límite…
* * *
Lucan oía todo esto con una sensación de fatalidad inminente. Lo que se discutía lo superaba, pero sí entendía que la cosa estaba empeorando y que, a pesar de que deseara que no fuese así, de algún modo estaba vinculado a ellos.Un deseo de tener al menos un poco de silencio había ido creciendo gradualmente en él. El cartógrafo finalmente cedió. Con los elfos de la noche todavía discutiendo con el dragón, Lucan decidió separarse de ellos.
No muy lejos. Solo lo suficiente como para tener un poco de paz.
Eranikus bloqueaba el camino por el que habían entrado, así que Lucan se encaminó en dirección opuesta. Escogió un pasillo al azar, ya que le importaba solo que fuese lo bastante largo como para escapar de las voces. Cada vez deseaba más alejarse.
Aunque no era ni mucho menos tan sigiloso como el druida o la Suma sacerdotisa, el humano salió de la cámara sin que se dieran cuenta.
Respirando ya con mayor facilidad, Lucan tastabilló por el desigual y estrecho pasillo.
Las voces lo seguían. Insatisfecho, Lucan siguió adelante. La discusión se convirtió en meros sonidos, pero seguía sin ser suficiente.
Lucan había dejado de la zona iluminada, pero un débil rayo de luz delante de él le permitía al menos cierta visibilidad. Instintivamente se dirigió hacia él.
Al fin encontró una salida al exterior. Afuera apenas había más luz que allí donde estaba y unos tentáculos de niebla entraban por el pasillo, pero, a pesar de su cautela, Lucan sintió la necesidad de continuar. No había nada de malo en dar un solo paso fuera. Si le parecía mínimamente peligroso, lo único que tenía que hacer era volver a entrar.
Convencido por esa lógica, el humano salió del pasillo. Vio un desdibujado paisaje que al principio le hizo pensar en el prístino paisaje esmeralda con el que siempre había soñado y en el que aparentemente había entrado y ahora temía.
Aun así, salir después de una noche en la cueva le resultó de cierto alivio a Lucan. Solo me quedaré aquí un momento, prometió. Quizás…
quizás para entonces ellos ya sabrán qué hacer.
Lo único de lo que estaba seguro era de que no tenía ningún deseo de ir a Vallefresno. Ya se había dado cuenta de que en cierto sentido aquel lugar estaba relacionado con el reino del sueño. Lucan no les había dicho a los elfos de la noche que, cuanto más cerca estaba de cosas que estaban vinculadas con lo que el dragón llamaba con razón la Pesadilla, más crecía la sensación de estar constantemente deslizándose entre Azeroth y aquello.
Todo lo que estaba relacionado con el reino del sueño lo llamaba.
Por eso, entendió al fin Lucan, era por lo que había acabado ahí. Se había visto atraído hacia el dragón desde el principio, pues Eranikus no era solo parte de su increíble y terrible pasado, un pasado que Lucan todavía estaba intentando comprender, sino que el dragón había sido, al menos en el pasado, parte integral de la Pesadilla. Lo que fuese que hubiese espoleado esta parte de Lucan parecía decidido a colocado en el camino hacia el otro reino… algo que él quería evitar desesperadamente.
El cartógrafo caminó hacia delante y hacia atrás. Durante toda la noche, mientras los otros discutían por llegar a algún acuerdo, había estado intentando entender por qué se lo tenía que forzar a hacerlo. Era un huérfano criado por buenas gentes de Ventormenta y había esperado que su vida empezase y acabase como le ocurría a la mayoría. La magia y los monstruos no eran para él. Su sed viajera se concentraba solo en cómo podría mejorar los mapas que su señor firmaría con su propio nombre.
Lucan no tenía más deseos por encima de esos.
No era un cobarde, ni mucho menos, pero tampoco era un aventurero soñador.
Este último pensamiento le provocó una mueca. ¡Son mis sueños los que me dan problemas!
Un ruido de piedras le hizo mirar a su alrededor. Solo entonces Lucan se dio cuenta de que se había alejado más de lo que pretendía. El pasillo era ahora una forma dibujada a cierta distancia detrás de él.
Girándose se dirigió a toda prisa haca allá.
Una fornida figura lo agarró desde atrás. Olió un cuerpo menos limpio que el suyo. Lucan vio las manos que sujetaban el mango del hacha que le arrebataba el aire de los pulmones, lo que también evitaba que pudiese pedir ayuda, y notó sobre todo que eran grandes y verdes.
—Orco… —dijo entrecortadamente, apenas un susurro. Lucan lo volvió a intentar, pero esta vez no tenía aire. Comenzó a marearse, y la vista se le nubló.
También se le volvió… verde.
Cuando eso ocurrió, la presión de su pecho desapareció. Sin embargo, una fuerza poderosa lo empujó al suelo. Lucan cayó de cara y notó el suelo mucho más blando y agradable de lo que sabía que tenía que haber sido
—Sí… —rugió una voz que, aunque profunda, era de una hembra—.
Estoy cerca… el lugar de las sombras esmeralda…
—¿Es-esmeralda? —consiguió decir Lucan.
Miró hacia arriba y, para su horror, vio que la voz había dicho la verdad. Estaba en el otro reino… pero esta vez no solo lo había atravesado.
Antes de que el cartógrafo pudiese ver algo más, se vio arrastrado hasta ponerse en pie, y luego lo dieron la vuelta.
Sí que era un orco y era una hembra, aunque con una cara que Lucan esperaba por el bien de ella que fuese atractiva para los de su raza. La boca era ancha y la nariz corta y aplastada. Los ojos tan odiosamente fijos en él eran los únicos rasgos que podría llamar atractivos. De hecho, habrían resultado hermosos en una humana.
El filo de un hacha se colocó bajo su barbilla. La orca gruñó:
—¡Llévame hasta él!
—¿Hasta… hasta quién?
—¡Aquel que no tiene honor! ¡El vil asesino! ¡El mal que lo amenaza todo! ¡El elfo de la noche que se hace llamar Malfurion Stormrage!
Lucan intentó levantar la barbilla, pero el hacha la siguió. Con los dientes apretados respondió:
—¡No sé… no sé dónde encontrarlo!
Esto no le sentó bien a su captora. Lucan se preguntaba por qué no volvía a Azeroth como siempre había hecho otras veces. Se concentró…
pero no ocurrió nada, excepto que la orca le apretó el hacha contra el cuello con más fuerza.
—¡Lo sabes! ¡La visión me lo dijo anoche! Te vi allí cuando él mató al gran y leal Brox…
—No… no tengo ni idea de qué… —se detuvo cuando una dolorosa sensación bajo su barbilla le informó de que el filo del hacha había provocado sangre.
—¡Era distinto otra vez! ¡Siempre me dice qué hacer! ¡Estoy cerca, humano! Vengaré a mi pariente… ¡y tú me ayudarás o compartirás el destino del elfo de la noche!
Lucan sabía que hablaba en serio. Murmuró cautelosamente:
—Sí… te llevaré allí.
El hacha bajó. La orca se inclinó hacia él; su aliento era casi tan fuerte como el olor de su cuerpo. Miró más allá de él con su mente en otra parte.
—Mi venganza está escrita… ¡Soñé que saldrías y por dónde, y ha ocurrido! Malfurion morirá…
Lo volvió a girar de nuevo para que la guiase. Solo entonces vio Lucan por primera vez el lugar a través del que, en otras ocasiones, solo había pasado medio muerto o a toda velocidad.
El paisaje que tenían más cerca era idílico, un lugar inmaculado de belleza natural. Una hierba larga y suelta se extendía por campos moteados por colinas y frondosos árboles. Había señales de vida animal, sobre todo pájaros, en la distancia. Pensó que ciertamente era algo como salido de un sueño.
Entonces el cartógrafo se dio cuenta de que no había pájaros cerca de ellos. Todos estaban lejos. Al no ver nada en la dirección en que estaba, miró por encima de su hombro.
Lucan se quedó boquiabierto. Aunque la visión estaba a gran distancia de donde se encontraban, afectó de tal modo al humano que instantáneamente intentó regresar al plano mortal para huir de lo que veía…
pero no sirvió de nada.
Como si ella no viese lo que cualquier criatura viva podía ver… y lo que ninguna criatura viva quería enfrentar… la orca usó el mango del hacha para empujar a Lucan bruscamente hacia delante… hacia la Pesadilla.
* * *
Eranikus se estremeció.—¡El portal fue abierto! —Miró a su alrededor—¿Dónde está el humano?
Toda discusión quedó olvidada mientras el trío empezó a buscar a Lucan. Broll captó su rastro primero.
—¡Ha ido por aquí!
Tyrande siguió al druida, pero Eranikus se giró en dirección contraria.
Ninguno de los elfos de la noche tenía tiempo para preocuparse del dragón, que parecía decidido a no ayudarlos.
Broll salió a cielo abierto momentos después. La niebla era más espesa y le recordaba demasiado a Auberdine.
—¿Lo ves? —preguntó la Suma sacerdotisa.
—No, pero con esta niebla puede que solo esté a unos metros de aquí.
Tyrande colocó una palma delante de ella y comenzó a rezar para sí.
La niebla empezó a disiparse, como si la empujase una mano invisible.
Pero en la zona que se mostraba no había rastro del cartógrafo. El druida volvió a estudiar el terreno, encontrando rápidamente las huellas apenas visibles de Lucan.
—Se fue por aquí, pero parece que caminaba de un sitio a otro. Él…
—Broll se detuvo, luego presionó su cara contra el duro suelo mientras captaba otros detalles—. Hay otras huellas… y por su forma yo diría que de un orco.
—¿Un orco? ¿Aquí?
Un ruidoso batir de alas hizo que los dos elfos de la noche mirasen hacia arriba y detrás. Por encima, la inmensa forma del dragón verde aparecía en toda su majestuosidad. Era enorme en comparación con la mayoría de los dragones que había visto, aparte de los Grandes Aspectos.
Pero Eranikus también era más delgado, más largo que muchos. Se quedó flotando con sus enormes alas membranosas extendidas a cada lado. De su coronilla surgían hacia atrás dos largos cuernos. Sus estrechas mandíbulas se abrieron mostrando unos inquietantes dientes afilados tan largos como un brazo de Broll. Bajo la barbilla, un menudo mechón de pelo le daba al consorte de Ysera un aspecto más intelectual.
Lo más increíble era que Eranikus titilaba ligeramente, como si no estuviese totalmente en sintonía con el plano mortal. Añadía cierta cualidad etérea al leviatán y demostraba los lazos que todavía tenía con el Sueño Esmeralda a pesar de sus problemas anteriores.
Eranikus observó la zona.
—¡No hay rastro del pequeño humano en ninguna parte, aunque sinceramente soy casi ciego cuando uso mis ojos como una criatura mortal!
—siseó por fin el dragón.
Lo que no dijo fue que, dadas las circunstancias, no se atrevía a mirar el mundo con la Visión del Sueño. Eso suponía arriesgarse a contactar con
el Sueño Esmeralda… y con la Pesadilla.
—¡Y el portal se ha vuelto a cerrar!
—Se lo han llevado —explicó Broll—, un orco, por lo visto.
El gigante mostró sus afilados dientes.
—Ha debido de intentar escapar usando su talento único.
—Si lo ha hecho… se ha llevado al orco con él —señaló Tyrande.
Aún flotando, Eranikus inclinó la cabeza a un lado.
—He olido a orco aquí, pero era un olor débil, lo que quizás significa uno solo, y ningún orco sería lo bastante necio como para buscarme… —
Volvió a sisear—. ¡Al contrario que los elfos de la noche!
A Broll no le gustó cómo había sonado lo primero.
—¿Por qué el orco se quedaría aquí por días? ¿Qué podrían querer de este lugar?
—Podría ser coincidencia —sugirió la Suma sacerdotisa—, pero más bien creo que alguien quería al orco aquí. La presencia del orco, junto con la de Lucan y su pasada relación con Eranikus hacen que sea demasiado difícil creer que nada de esto se deba al azar…
Un siniestro rugido escapó del dragón verde. Miró fijamente a los elfos de la noche.
—¡Estaré con ustedes el tiempo suficiente como para llevarlos a Vallefresno y asegurarme de que tengan el camino despejado! ¡Nada más!
Aunque ambos estaban agradecidos, Broll tenía que preguntar:
—¿Pero por qué cambias de idea? ¿Por qué acercarte tanto cuando lo temes de esa manera?
Eranikus se quedó mirando al aire como si estuviese pensando, al fin dijo:
—Porque no me gusta la idea de que quizás algo haya estado maquinando todo este tiempo… ¡solo para que este orco pueda llegar hasta la Pesadilla!
El druida se mostraba incrédulo.
—¿Pero con qué motivo?
El gran dragón parecía preocupado, tanto que la inquietud de los elfos de la noche aumentó grandemente.
—Bien podríamos preguntarlo, pequeño druida… bien podríamos preguntarlo.
Descendió al suelo y, con una inclinación de cabeza, les indicó que subiesen sobre su cuello. Tyrande ya había montado en dragones, así que
obedeció sin dudarlo. Broll frunció el ceño, pero la siguió inmediatamente.
Su forma de pájaro no podría seguirle el ritmo a un dragón.
En cuanto estuvieron preparados, Eranikus se elevó. Trazó un círculo y luego se dirigió hacia donde el druida había supuesto que se encontraba Vallefresno.
—¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar? —gritó Tyrande—. ¿Cuánto tiempo tardaremos hasta Vallefresno?
—¡No mucho, pero quizás demasiado! —le gritó a su vez el dragón—.
¡Apriétense contra mi cuello y sujétense bien!
Surcaron el cielo a una velocidad que casi les quitó la respiración a los elfos de la noche. Las ráfagas de viento podrían haber sido más difíciles de resistir, pero Eranikus arqueó el cuello para ofrecerles cierta protección.
Broll se atrevió a inclinarse a su derecha lo suficiente como para ver algo del suelo. Lo que vio lo dejó más preocupado. Había niebla por todas partes. No era una extensión continua y espesa, pero había separaciones.
Ciertamente, el dibujo le recordaba a algo.
Como druida, por fin se le ocurrió. Ramas… los tentáculos de niebla parecen ramas de un árbol maléfico.
El parecido se veía acentuado por zonas que recordaban a hojas con bordes aserrados. Eso le recordó las visiones había tenido antes y se preguntó por su relación con todo eso.
Volaron y volaron. Las colinas se convirtieron en bosques. El aire se enfrió un poco. Los árboles pasaron a ser un frondoso bosque verde que Broll conocía de viajes anteriores.
—Lo veo… —les informó Eranikus—. Talloumbrío se encuentra justo delante…
«Justo delante» para el dragón seguía significando para sus pasajeros que no lo verían hasta pasados unos minutos. Entonces…
—¡Lo veo! —gritó Tyrande.
Broll le tocó en la espalda en señal de reconocimiento. Él también podía ver al fin el Gran Árbol.
Quedaba empequeñecido por sus más poderosos parientes, pero aún se alzaba sobre la región como un monarca por derecho propio. Desde la distancia el árbol parecía estar bien, incluso aunque su base estuviese cubierta de niebla. Sus vastas ramas se extendían más de un kilómetro y entre ellas se podía encontrar a una multitud de criaturas, incluyendo a muchas de aquellas que servían a los guardianes. Era uno entre un puñado
de árboles como él mismo. Los otros se encontraban en el asombroso bosque Canto de Cristal, un lugar místico en el helado Rasganorte donde además de los fascinantes árboles normales crecían formaciones de cristal; en las Tierras del Interior al este de Pico Nidal, el hogar de los enanos Martillo Salvaje, que montaban grifos; en el tenebroso y peligroso Bosque del Ocaso, y en la profundidad de la fría y húmeda jungla de Feralas.
Había portales en todos esos lugares, pero para los druidas y para Broll en particular Vallefresno era el más seguro. Hasta ahora.
Sin embargo, al acercarse, el dragón dijo:
—La zona está vacía. No veo a nadie, ni elfos de la noche ni nadie…
—Eso no puede ser —replicó Broll—. ¡Los druidas fueron convocados en otra parte, pero debería haber otros aquí!
—Ya veremos.
Eranikus trazo un círculo y luego descendió.
Cuando el dragón se posó, los elfos de la noche vieron por primera vez la enorme base del árbol… y el portal que representaba su mejor esperanza.
Columnas onduladas cubiertas de lianas con amplios capiteles marcaban su lugar de destino. Entre ellas se encontraba un camino compuesto por piedras que llevaba al árbol.
El portal era redondo. Las raíces vivas del árbol le daban forma a su exterior. Se enroscaban una alrededor de otra formando un arco. En el arco había un segundo borde de color violeta que irradiaba energía.
Pero era el centro lo que llamaba más la atención. Dentro del portal, un torbellino de energía esmeralda cambiaba constantemente. A veces destacaban líneas que parecían relámpagos verdes en miniatura.
La clave a sus esperanzas de llegar hasta Malfurion, el motivo para buscar este lugar, era el portal. El camino físico al Sueño Esmeralda y a la Pesadilla, el único camino que podía ser todavía de fiar, estaba ante ellos. Y
eso presentaba otra preocupación.
—Es como decías —se dirigió Tyrande al dragón—. No hay nadie, aunque debería haber muchos guardianes.
—¿Podrían estar en el este? —sugirió Broll—. La Horda ha estado muy arrogante en su intención de trabajar en aquella parte del bosque. Era algo que a Malfurion le preocupaba ya hace años.
—Podría ser —concedió el dragón—, pero aquellos que sirven aquí sirven sobre todo a mi reina… no se irían sin su consen…
Eranikus dejó escapar un temible rugido de dolor cuando una enorme roca cayó contra su espalda. Desprevenido y cansado por haber transportado a los elfos de la noche, no había levantado sus defensas contra un ataque tan primitivo como enérgico.
Mientras el dragón trataba de recuperarse, un segundo proyectil le cayó encima. Eranikus trastabilló hacia el portal, derribando varias columnas.
Los elfos de la noche se giraron para enfrentarse al enemigo, Broll transformado en un feroz oso y Tyrande esgrimiendo la guja.
Del bosque salió una gigantesca figura que parecía surgida de los mismos árboles. Su cuerpo estaba cubierto por una gruesa corteza y tenía una gran barba de hojas. Dos colmillos surgían de su boca, y tenía los ojos llenos de una furia dorada concentrada no en los elfos de la noche, sino en el dragón.
—Corrupto —gruñó, y su voz era como el raspado de madera contra madera—. No pasarás…
—¡Un anciano de la guerra! —gritó la Suma sacerdotisa.
Tan rápidamente como se había transformado, Broll recuperó su auténtica forma. Corrió hacia la enorme figura, sin miedo a las tremendas zarpas que parecían enormes y afiladas astillas capaces de hacer pedazos a un simple druida.
—¡Gnarl! —gritó con todas sus fuerzas Broll—. ¡Gnarl, anciano de la guerra, protector de Vallefresno y de Canción del Bosque! ¡Me conoces!
¡Me conoces!
El anciano dudó. La poderosa criatura llevaba solo unos fragmentos de armadura que parecían más ornamentales que protectoras. Rostros temibles y patrones místicos los decoraban. En verdad, el anciano necesitaba poca protección. No había muchas cosas que pudiesen herir a un anciano de la guerra. Se encontraban entre las primeras criaturas de Azeroth, los primeros guardianes de su vida.
Gnarl inclinó la cabeza a un lado mientras estudiaba al druida. Se veía un cierto parecido a un sabueso en la aserrada cara, pero los ojos hablaban de una inteligencia mucho mayor. Ciertamente, los ancianos de la guerra enseñaban a los elfos de la noche guerreros muchas de sus habilidades.
—¡Te conozco, sí, elfo de la noche! Eres el errante y amigo llamado Broll Bearmantle… —Gnarl inclinó brevemente la cabeza—. Mis condolencias por la muerte de tu joven hija…
El comentario hizo que Broll apretase los puños, aunque se los ocultó al anciano. Con vidas que hacían que las de los elfos de la noche pareciesen cortas, los ancianos a menudo veían los años como segundos. Para Gnarl la muerte de Anessa había sido un incidente que acababa de ocurrir y que recordaba bien. Gnarl no pretendía recordárselo a Broll… aunque el druida no lo iba a olvidar nunca.
Pero Gnarl volvió su atención a Eranikus, que finalmente se había recuperado. El dragón extendió sus alas y siseó al anciano, pero, aunque Gnarl era más pequeño, el guardián no pareció temer enfrentarse directamente a Eranikus.
—¡Corrupto! Se te advirtió…
—Solo he venido para traer a estos dos a ayudar a mi Reina y a su amigo… ¡también amigo tuyo!, ¡Malfurion Stormrage!
—Stormrage… —Gnarl parecía inseguro—. Hemos sentido mucho su ausencia… también su presencia…
Sus ojos miraron fijamente a Eranikus.
—Como hemos sentido tu presencia acercarse… y la corrupción que traes contigo…
El dragón empezó a encogerse. Por su reacción estaba claro que lo que había dicho el anciano había tocado una fibra sensible.
—¡Está libre de su corrupción! —lo corrigió Broll, defendiendo a Eranikus—. ¡Es de nuevo un aliado y amigo! ¡Deberías saberlo!
—¡No! —Gnarl levantó una poderosa mano—. ¡Lo vi regresar a su maldad! Él… —La enorme figura parpadeó—. No… eso fue una pesadilla… una de muchas últimamente. No parece corrompido… pero…
Aprovechando las dudas del gigante, Broll le hizo una pregunta que había estado inquietándolo.
—Gnarl… ¿dónde están los otros guardianes?
La expresión del habitante del bosque se volvió más adusta.
—Algunos en el este, otros en el norte, otros en el sur. Los demás…
aquellos que se quedaron conmigo… los otros duermen y no se despiertan… —Sacudió la cabeza—. Los he puesto a salvo… pero me he cansado mucho… puede que pronto me una a ellos.
—¿Qué ha pasado?
Gnarl les contó que los guardianes, incluyendo ancianos, elfos de la noche, dracos verdes, dríadas y especialmente aquellos del Vuelo Verde, llevaban mucho tiempo sin órdenes de Ysera. Se habían preocupado. Esa
preocupación había aumentado cuando una dríade llamada Shael'dryn había llegado a ellos tras huir de su poza de luna. Las pozas, conectadas a la magia de la naturaleza y a la luz de Elune, eran lugares de sanación tanto para la tierra que la rodeaba como para aquellos que bebían de sus aguas.
Magos y otros hechiceros podían incluso renovar el maná, un don de la Madre Luna a los otros defensores de Azeroth. Shael'dryn era la que vigilaba la poza que se encontraba más al norte.
—La conozco —dijo Broll con una débil sonrisa irónica—. Es una bromista, una enamorada de los juegos de palabras…
Gnarl sacudió su irregular cabeza.
—No había nada de humor en ella cuando vino. Nos avisó de atacantes en la oscuridad que buscaban las pozas. La dríade solo los llamaba sombras, aunque dijo que le recordaban a otra cosa.
Nadie oyó a Tyrande tomar aire. Esta preguntó:
—¿Dónde está? Sería buena idea hablar con ella.
—Eso es imposible —respondió el anciano—. Lleva dos días dormida.
Siguió contándoles cómo, tras oír las palabras de la dríade, los ancianos y otros guardianes se habían separado para dirigirse a las pozas de la luna y otros lugares estratégicos. Habían dejado a Gnarl y a los demás a cargo de proteger el portal.
—Éramos más de una docena… todos fuertes, especialmente los dragones y los dracos… y en ese momento no sabíamos nada de los durmientes que no despertaban. Eso solo ocurrió después de que nos separásemos y nos despidiésemos…
—Jugaron con nosotros como con piezas de ajedrez —señaló Eranikus, a quien no le faltaba cierta satisfacción ante los errores de los demás—. ¡Hmpfff!
Aunque a Gnarl obviamente no le hizo gracia el comentario del dragón, no se defendió. En lugar de eso, el anciano señaló al portal.
—No me interpondré en su camino… Ve, si crees que servirá de algo.
—¡No soy lo bastante tonto como para entrar ahí! ¡Eso es para estos dos!
Ahora Gnarl sí mostró su desprecio, aunque Eranikus lo ignoró.
Olvidando al dragón, el guardián del bosque le dijo a Broll:
—Hermano del bosque, iría contigo… pero debe haber alguien aquí además de él.
—Lo comprendo. Iré solo…
—Iremos juntos —interrumpió cortante Tyrande.
Como siempre, era inútil discutir con la Suma sacerdotisa. Broll se encogió de hombros.
—Entonces vamos allá.
Eranikus se hizo a un lado. Los elfos de la noche se dirigieron hacia las brillantes energías.
Tyrande exhaló.
—Parece tan… hermoso.
—Una vez lo fue.
—¿Cómo entramos?
—Simplemente pasa —replicó el druida—, y estate preparada para cualquier cosa.
—Siempre lo estoy.
—Que les vaya bien —dijo Gnarl, levantando una pesada mano—.
Aún hay cerca una sensación de corrupción.
—La Pesadilla cubre gran parte del Sueño —señaló impacientemente Eranikus. Ahora que aquellos dos estaban a punto de entrar se mostraba más ansioso—. Siento su malevolencia más que nunca. ¡Una vez hayas pasado, me iré!
Broll, que iba primero, miró por última vez al dragón.
—Pero te agradecemos tu ayuda.
—¡No me agradezcas que te haya traído a un posible desastre, pequeño elfo de la noche!
Tyrande, mirando el portal, los interrumpió.
—Broll, hay algo…
El portal llameó. Las energías esmeralda se oscurecieron, luego se hincharon, extendiéndose para abarcar a la pareja.
Cuando los elfos de la noche intentaron entender lo que estaba ocurriendo, una risa burlona resonó en sus oídos y una terrible cabeza que parecía tanto niebla como realidad se lanzó hacia ellos. Como las energías del portal, la criatura era de un espantoso color verde.
—Los estábamos esperando… —dijo el dragón.