Tempestira
Capítulo Veinticuatro
REUNIENDO A LAS HUESTES
Tyrande, Lucan y Thura se vieron depositados en un valle oscuro. A su alrededor oían los incesantes chillidos y gritos de las víctimas de la Pesadilla que al mismo tiempo sufrían y servían a Xavius. El suelo se movía con las oscuras alimañas de la Pesadilla.
—Mira lo que te he traído… —le dijo Lethon a la niebla.
Un gran jirón de niebla se fundió para convertirse en la putrefacta figura de Emeriss. El otro dragón sonrió ante los prisioneros que le mostraba.
—Tan enteros… tan impolutos… —susurró Emeriss—. ¿No será divertido jugar con ellos?
—Ya sabes lo que desea el amo.
A Emeriss no le gustó que la regañasen.
—¡Por supuesto que sí!
Tyrande escuchaba esto con creciente consternación. Pero estaba más preocupada por los otros y por Malfurion, allá donde estuviese. Estaba segura de que estaba haciendo lo que podía para luchar contra la Pesadilla, aunque, ahora que Alexstrasza era también esclava de Xavius, las posibilidades de victoria eran inexistentes.
¿O la Vinculadora de Vida no era en realidad su esclava? Tyrande recordaba la imagen y también la malicia de la Pesadilla. La visión había sido demasiado fugaz. ¿Por qué ocultársela a ellos? ¿Por qué esconder rápidamente a Alexstrasza de su vista?
A menos que la imagen de la dragona roja prisionera hubiese sido una ilusión planeada para quitarles la esperanza.
La Suma sacerdotisa apretó los puños. No era la primera vez que había caído presa de la Pesadilla.
—El hacha primero —ordenó Lethon.
Las palabras del dragón corrompido le llamaron la atención a Tyrande, y se preguntó por qué el arma había estada hasta ahora en las manos de la orca. Y, más importante aún, sin duda Xavius debería habérsela quitado a Thura en cuanto el grupo estuvo ante su sombra. Después de todo, siendo lo que era ahora, el Señor de la Pesadilla sin duda no desearía que ninguno de sus enemigos la tuviese delante de él.
De nuevo Tyrande pensó en la visión de Alexstrasza. Todo estaba planeado para crear la desesperación en los defensores del Sueño… quizás en gran parte por esa misma arma.
Emeriss miró fijamente a la orca. Thura agarró con fuerza el hacha, obviamente nada dispuesta a soltarla. La esgrimió ante la dragona que, notó Tyrande con interés, se aseguró de no acercarse demasiado a ella.
¡Tiene que ser eso! , decidió la Suma sacerdotisa.
—¡Ese juguetito no te va a ayudar! —siseó Emeriss. La dragona siguió mirando a Thura, a quien empezaban a temblarle las manos.
—¡El hacha es mía! —gruñó la orca.
—Ya no… —interpuso Lethon, mirando a Thura.
A la orca se le cerraron los ojos. Temblando, cayó sobre una rodilla.
Las manos le temblaban violentamente, pero seguía sin soltar el hacha.
La Suma sacerdotisa sabía lo que le estaban haciendo a Thura. La atacaban con los poderes oníricos de su raza. Thura estaba sufriendo pesadillas personales una y otra vez, todo para que soltase el arma.
El arma.
—Lucan… el hacha… —le urgió quedamente Tyrande.
Él la miró, vio hacia dónde miraba ella y, a pesar de un dejo de inseguridad, se movió.
Tyrande miró en su corazón y le rezó a Elune, alcanzando lo que le había hecho desear convertirse en una de las acólitas de la Madre Luna.
Recordó la palidez, la belleza de la luz de la luna sobre ella y cómo sabía que con ella podría ayudar a otros.
El brillo plateado se materializó sobre ella.
—¡Pequeña necia! —escupió Emeriss. Lethon gruñó y también se volvió hacia la elfa de la noche.
Lucan agarró a Thura. La orca entendió inmediatamente lo que pretendía el humano.
Hombre y orca se desvanecieron cuando Lucan los sacó de la Pesadilla hacia Azeroth. Pero antes de hacerlo la sombra de una rama pasó sobre ellos. Nadie, ni siquiera la Suma sacerdotisa, se dio cuenta.
Tyrande seguía allí. No se le había pasado por la cabeza huir con los otros. Los dragones se habían confiado demasiado con su poder y se habían concentrado en arrebatarle el hacha a Thura. Ambas cosas habían jugado a su favor a la hora de conseguir la libertad de la orca y de Lucan.
Pero una fuerza terrible la golpeó. Tyrande cayó entre los bichos, que rápidamente se echaron sobre ella. Se los quitó de encima y se encontró con la cabeza cubierta de pus de Emeriss delante de ella.
—Gracias por cumplir tu parte… —rio la monstruosa gigante.
Lethon se unió a ella en su siniestra risa. Mientras Tyrande se levantaba, vio que, aunque sus compañeros habían logrado huir, habían dejado algo atrás.
—¡Tu esfuerzo ha sido valiosísimo! —se burló Lethon—. La distracción quebró la concentración de la orca y le hizo abrir la mano el tiempo suficiente en el momento adecuado… cuando ella y el humano estaban entre los dos reinos…
A unos metros delante de Tyrande y medio abierta por las hambrientas alimañas, se encontraba el hacha que había pertenecido a Brox. Y sobre ella colgaba la sombra de una esquelética rama.
* * *
Nadie protestó la decisión de Malfurion. Todos confiaban en él. En lo que no confiaban tanto era en lo que se había construido delante de ellos sin que lo supieran.El portal se alzaba en lo que había sido la parte trasera de la guarida de Fandral. No era ni tan grande, ni tan adornado como los otros creados para llegar al Sueño Esmeralda, pero las fantásticas energías que giraban dentro de él decían que estaba abierto… un rayo de esperanza por lo que concernía a Malfurion.
—¿Cómo pudo construir esto sin que lo supiéramos? —preguntó un druida.
—Había muchas cosas que los distrajeron —dijo Malfurion, disculpándose, pensando en todo lo que había provocado su búsqueda en el Sueño Esmeralda—. Pero estemos agradecidos por una: el portal sigue abierto…
Broll lo miró con cautela.
—¿Pero seguirá abierto para lo que pretendes?
—Yo… me encargaré de que sí.
Incluso Malfurion se sorprendió de oír decir esto a la Vinculadora de Vida. Más sorprendente aún era el aspecto que tenía ahora Alexstrasza.
Caminó entre los druidas con su forma élfica, y pequeñas llamas brotaban de su larga melena carmesí. Caminaba como una reina y una madre, mirando con confianza y fe a los druidas mientras pasaba entre ellos.
Aunque Ysera era su patrona, Malfurion y los demás reconocieron sin titubeos su respeto por Alexstrasza.
—Gran Vinculadora de Vida, esto no es… —empezó a decir Malfurion.
—No lo cuestiones. —La ardiente figura se acercó hasta el portal—.
En este momento, la Pesadilla está notando que se ha descubierto el portal de su peón.
Alexstrasza no se detuvo hasta que llegó delante de las energías que giraban. La Vinculadora de Vida miró dentro del portal.
El llameante fulgor que rodeaba su cuerpo se intensificó. Se adentró en el portal. Hubo un destello de llamas dentro, y todos fueron conscientes de que, si había habido algo al otro lado, habría quedado completamente incinerado.
—Nada lo atravesará y nada podrá sellar este portal desde el otro lado
—declaró en un tono que no admitía dudas—. El portal permanecerá abierto, Malfurion Stormrage… Yo me encargare de ello.
El Archidruida asintió sombríamente.
—¡Entonces no hay más motivos para dudar! Hamuul, creo que necesitaré tu ayuda… y también la tuya, Broll. En cuanto a los demás; ya saben qué tienen que hacer…
Los druidas comenzaron a dividirse para llevar a cabo las tareas asignadas. Muchos se reunieron cerca del portal. Otros tomaron cuerpos más veloces y salieron rápidamente del Enclave.
Malfurion se sentó en medio de los druidas, con Hamuul y Broll arrodillados a cada lado de él. Malfurion cerró los ojos, pero, antes de empezar su meditación, les dijo:
—Necesitaré toda su fuerza y su cautela. Me disculpo por el peligro que pueda hacerlos pasar.
El tauren resopló, y Broll gruñó.
—¡He luchado como gladiador durante años, pero prefiero luchar a tu lado de este modo!
Agradecido por su lealtad y sacrificio, Malfurion se retiró a su interior.
Necesitaba alcanzar a algunos de los otros, los que pudieran estar a su lado… suponiendo que quedase alguno. Exigiría un tremendo sacrificio a cada uno de ellos y posiblemente solo serviría para que la victoria de la Pesadilla fuese mucho más completa.
Pero ya no quedaban otras opciones.
A Malfurion no le resultaba difícil alcanzar el estado que necesitaba a pesar de la presión que lo rodeaba. El Archidruida sintió que los vínculos entre su forma astral y su cuerpo físico se deshacían. No resultó un gran esfuerzo deshacerse de su forma mortal y elevarse sobre Broll y Hamuul.
Aunque no podían verlo, ambos miraron hacia arriba por instinto.
Malfurion se puso en contacto con ellos mediante el pensamiento, informándoles de sus intenciones y buscando la ayuda que pudieran ofrecerle al respecto de ciertas cosas.
Entonces Malfurion intentó algo que no había hecho antes. Era su mejor probabilidad de alcanzar de los que aún podían ayudar a Azeroth. El Archidruida llegó hasta Teldrassil y, a través de Teldrassil, hasta Azeroth, aprovechando el hecho que, sin importar dónde estuviera, sería parte del mundo.
Y Teldrassil y Azeroth le dieron lo que buscaba.
Malfurion dejó escapar un grito ahogado cuando de repente vio todo el mundo al mismo tiempo. Era casi demasiado. Malfurion entendió que, de haber sido cualquier otro mortal, se habría vuelto loco al fragmentarse su mente en un millón de pedazos y más. Había cosas que ni sabía que existían y cosas en la periferia que lo llenaron de temor, males antiguos encerrados en el mundo que tenían algo familiar, pero que ignoró mientras miles de otros asuntos pedían su atención. Con tantas cosas, desde las grandes a las diminutas, asaltándolo, hasta él tenía que esforzarse por mantener tanto la concentración como la cordura.
De nuevo, extrajo sus fuerzas del Árbol del Mundo y de Azeroth El peligro de perderse para siempre desapareció. Malfurion miró su mundo asediado y encontró a aquellos a los que buscaba.
No eran tantos como esperaba, pero entre ellos encontró a aquellos que eran esenciales para su plan.
* * *
Varian miró a sus sitiadas tropas. Sabía que aún había partes aquí y allá por la capital y quizá más allá que todavía resistían, pero cada vez eran menos. Eso no le sorprendió, pues las armas eran inútiles. Básicamente, él y sus hombres tenían que huir, un acto innoble, aunque necesario.El fuego parecía ralentizar a las horribles hordas, al menos en parte.
La nueva oleada de terror, los sonámbulos, suponían por una parte un impacto mucho mayor, pero también eran un enemigo contra el que se podía luchar físicamente. El único problema eran las dudas por hacerle daño a un inocente, incluso aunque ese inocente te estuviese atacando con saña.
Pero la desesperación había provocado que más de un soldado de las decrecientes tropas de Varian hubiese derramado sangre, y él mismo había tenido que repartir fuertes golpes.
Varian… Rey de Ventormenta…
Solo debido al tono calmado y reconfortante de la voz supo Varían que no estaba cayendo ante el poder de la Pesadilla. Esta no ofrecía calma; parecía arrastrar inmediatamente a sus víctimas a sus miedos.
Varian… camarada de Broll Bearmantle… Soy Malfurion Stormrage.
Inmediatamente se detuvo. Aunque Varian no conocía al famoso Archidruida, como muchos líderes de la Alianza y la Horda, conocía el papel de Malfurion como líder de los druidas; los esfuerzos de los druidas habían sido críticos para vencer la batalla del monte Hyjal y, por lo tanto, la Tercera Guerra. Varian no había estado entonces en Kalimdor, pero había oído la historia con muchos detalles.
Que el Archidruida ahora hablase en la cabeza del rey no era sorprendente. Sin embargo, por bienvenida que fuese en ciertos aspectos la presentía de Malfurion. Varian tenía poco tiempo que dedicarle. Todo se estaba volviendo aún más desesperado.
—Quieras lo que quieras, será mejor que hables deprisa… —murmuró en voz baja el Rey de Ventormenta para que sus soldados no se preocupasen de que les estuviese hablando a las sombras.
Varian, necesito que dirijas a los que van a atacar a la Pesadilla allí donde es más vulnerable… dentro del Sueño Esmeralda…
—¡No dejaré Ventormenta!
Sin darse cuenta. Varian había elevado la voz. Algunos de sus soldados lo miraron y volvieron a su frenética lucha.
Todos deben abandonar lo que aman si esperan poder salvarlo…
Varian apretó los dientes.
—Maldito seas… pero ¿cómo salimos de aquí y dónde vamos, incluso aunque consigamos salir?
No hay necesidad de irse… lo único que tienes que hacer es seguir mis instrucciones…
Un sonámbulo aullante se lanzó contra el Rey. Era uno de sus sirvientes personales. Los ojos del hombre estaban cerrados, y su cara estaba contorsionada por un grito tan terrible que parecía que se le había desencajado la mandíbula. Varian no le prestó atención a lo que gritaba.
Todos los sonámbulos sufrían pesadillas en las que intentaban atacar a quienes los atormentaban… que siempre eran los defensores de la ciudad.
Varian intentó golpear al enloquecido hombre en la sien con la parte plana de la espada. A los sonámbulos se los podía noquear así. Aunque generalmente hacía falta mucho más que un golpe.
Pero el sirviente cambió de posición repentinamente. En lugar de con lo plano, Varian cortó profundamente con el filo.
De la herida brotó sangre. El sonámbulo herido cayó sobre el Rey.
Uno de los soldados le quitó inmediatamente de encima al moribundo, pero el Rey de Ventormenta no se percató. Lo único que sabía es que al fin había matado a uno de sus súbditos, otra pesadilla a añadir a las que ya sufría.
—¡Sea lo que sea lo que hagas, hazlo, entonces! —le gruñó al invisible Malfurion—. ¡Y hazlo deprisa!
El Archidruida le dijo qué hacer. Varían parecía incrédulo, pero luego se rindió a las indicaciones de Malfurion.
—¡Suelten las armas! —les gritó a los otros—. ¡Da la señal de no combatir!
Tendré que usar cierta fuerza…, añadió Malfurion. Necesitaré empezar contigo, será mejor para que alcances a los demás
—¡Espero que sepas lo que estás haciendo! Hemos estado tomando una poción para evitar…
Eso no importará. Mi hechizo lo anulará todo…
El Rey gruñó. Mientras sus aturdidos soldados miraban, Varian cerró los ojos con desgana…
E inmediatamente se quedó dormido.
* * *
Por encima del resto del norte de Mulgore, situada en los altos acantilados cerca de la Sierra Espolón, se encuentra la ciudad de los tauren.Hasta la construcción de Cima del Trueno, todos los tauren llevaban una
vida nómada. Solo recientemente, tras la expulsión de los centauros merodeadores de sus tierras, el pueblo de Hamuul había establecido por fin un asentamiento comparable a Orgrimmar, Ciudad de Ventormenta y las otras capitales de Azeroth.
Cuatro colinas componían Cima del Trueno, la mayor y más populosa en el centro. Los grandes tótems de los tauren se veían sobre estructuras que recordaban mucho el pasado de la raza como nómadas perpetuos. Incluso las grandes casas estaban construidas como las largas estructuras de madera que usaban las tribus para las estaciones invernales, mientras que los domicilios más pequeños tenían la forma de las puntiagudas tiendas de madera y pieles de animales que durante generaciones habían servido diariamente a los nómadas.
Los tauren habían escogido la localización por motivos estratégicos.
Las colinas les proporcionaban una gran defensa contra la mayoría de los enemigos. Sin embargo, ni siquiera los acantilados ofrecían protección alguna contra un enemigo que era parte de ellos mismos…
Baine Bloodhoof, hijo del gran cabecilla tauren Cairne, esto lo sabía muy bien… ahora. Con un hacha en una mano y una lanza corta en la otra, se encontraba en la vanguardia de una banda de guerreros que bloqueaban el puente que llevaba a Alto Mediano, donde hasta hacía poco los mercaderes habían prosperado. Alto Mediano era todo lo que quedaba defendido en las partes norte y este de Cima de Trueno. Los horrores se habían apoderado de lo demás, aunque quedaban diminutos puntos de resistencia.
El hijo de Cairne atacó con la lanza a una figura tambaleante que se encontraba unos pocos metros delante de él, intentando contenerlo sin matarlo. Baine conocía al otro tauren, un antiguo camarada llamado Gam.
Habían luchado juntos contra los centauros. Ahora Gam, con los ojos cerrados y farfullando algo sobre los merodeadores cuadrúpedos, intentaba matar al hijo de Cairne como si él fuese un centauro.
Gam seguía atacando. Al final, Baine no tuvo elección y le clavó la lanza a Gam en el pecho. Su abrigo marrón oscuro y su melena negra ya estaban salpicados de sangre a pesar de la guarda de piel que llevaba sobre los hombros, giba y brazos.
Con un gruñido, el tauren sonámbulo soltó el arma y cayó del puente de cuerda. Su cuerpo se desplomó hacia las llanuras de abajo.
Afortunadamente, desapareció en la maldita niebla y le ahorró a Baine ver cómo se destrozaba el cadáver de su amigo.
Los elevadores no estaban lejos, pero descender no tenía sentido, Los exploradores que había enviado Baine antes no habían vuelto, aunque deberían haberlo hecho hacía tiempo. Eso probablemente significaba que los habían derrotado y ahora eran parte de la amenaza.
El puente se movió al paso de más sonámbulos.
—¿Qué hacemos? —preguntó uno de sus guerreros.
Los tauren eran de naturaleza estoica, pero esta batalla los tenía preocupados y con los ojos de par en par… lo que hacía que se viese mejor el rojo en sus ojos por la falta de sueño.
Ojalá me guiases en esto, padre, pensó Baine. Pero el anciano Cairne se encontraba entre los primeros durmientes, y Baine no podía evitar pensar que eso había ocurrido por algún motivo. La mayoría de los tauren no se podían imaginar la vida sin su venerable cabecilla, especialmente Baine.
Resoplando, el hijo de Cairne tomó una decisión. Solo le conseguiría un poco de tiempo, pero no había otra elección. Rezó por los inocentes a los que estaba a punto de enviar a la muerte.
—¡Corten las cuerdas! —ordenó Baine.
—¿Las cuerdas? —El otro tauren parecía consternado.
—¡Córtenlas! —repitió Baine, levantando su hacha por encima de la cuerda que tenía más cerca.
En ese momento, oyó una voz en su cabeza.
Baine Bloodhoof… soy el Archidruida Malfurion Stormrage, amigo de Hamuul Runetotem… Te ofrezco una esperanza… para nosotros…
Baine les dio las gracias a sus ancestros y, sin importarle lo que pensaran los otros, dijo:
—Cuéntamela… y deprisa…
* * *
Una pregunta que hacía tiempo que inquietaba a Malfurion fue respondida durante sus visitas a los sitios más lejanos de Azeroth. Qué estaba pasando en Dalaran. Su primer vistazo al reino de los magos lo sobresaltó, pues todo el reino de Dalaran no estaba donde debería haber estado. Ahora flotaba en el aire.En general, los elfos de la noche no tienen una gran consideración por los magos y otros hechiceros arcanos, pero Malfurion, que conocía a los magos mejor que muchos de su raza, había actuado junto a ellos en el
pasado con cautelosa confianza. Animado por el despliegue de sus increíbles habilidades, buscó llegar a ellos, especialmente a Rhonin, a quien había conocido hacía diez mil años, pero descubrió que incluso Dalaran había caído presa de la Pesadilla.
De hecho, Dalaran había caído especialmente. Los primeros vistazos de Malfurion no revelaron más que el vacío envuelto en la niebla. Al entrar en algunos de los edificios de extrañas formas, se topó con los primeros durmientes. Yacían allí por docenas, algunos en sus camas, otros donde los había llevado el agotamiento.
Y en una de esas camas encontró no solo a Rhonin, sino a la compañera del Archidruida, la elfa noble Vereesa. Aunque Malfurion no la conocía, sabia de ella por las palabras de Rhonin. Estaban atrapados durmiendo. Sus caras mostraban que su sueño estaba, como el de todas las demás víctimas, atrapado en los horrores de la Pesadilla.
No había sonámbulos, aunque Malfurion sentía que muchas de las víctimas estaban a punto de convertirse en uno. Pero un hechizo las contenía allí donde se encontraban… y finalmente descubrió su fuente en la Ciudadela Violeta.
El poderoso edificio se elevaba sobre todo lo demás. Su forma básica era la de una enorme torre con añadidos en forma de cono flanqueando la base. Mucho más arriba del resto de la ciudad, el puntiagudo extremo estaba rodeado por una formación circular que mantenían en su lugar unos poderosos hechizos.
Ignorando esto y las incontables agujas de punta púrpura de debajo, Malfurion tocó a los que se encontraban dentro. Un nombre se le vino inmediatamente a la mente, una maga anciana llamada Modera. La imagen de una mujer de fuerte carácter con pelo cano corto y un ligero y perpetuo ceño se le apareció a Malfurion. Llevaba no los elaborados ropajes azul y violeta que señalaban al comité de gobierno, los Kirin Tor, sino una armadura gris y azul.
El Archidruida…, respondió ella con gran agotamiento. Bueno, no todo Azeroth ha caído…
Su sorpresa porque lo hubiera reconocido al instante quedó apagada por su segunda frase. Los magos de la cámara estaban completamente aislados del mundo exterior.
Es todo lo que podemos hacer para evitar que nuestros hermanos vuelvan a alzarse… apenas nos dimos cuenta a tiempo… perdimos a los
que quedaban en nuestro bando cuando aparecieron los primeros sonámbulos…
Ella había respondido su pregunta antes de que él pudiese formularla.
Los magos que quedaban en Dalaran no se unirían a su plan. Hacían cuanto podían por evitar que los mejores de ellos se uniesen al ejército de las tinieblas de la Pesadilla.
Malfurion le contó a Modera lo que le había contado a Varian. Modera asintió, aunque no parecía confiar demasiado en él. ¿Has hablado con otros magos más allá de Dalaran?
Sí.
Ella asintió. Modera estaba obviamente agotada, como la docena de hechiceros que estaban con ella en otras partes de la ciudadela. Que ellos puedan ayudarte… Y que la buena suerte guíe tus esfuerzos… Me temo que lo que planeas es nuestra última oportunidad…
Malfurion rompió el contacto con ella. Esperaba no haberse traicionado. Puede que Modera hubiese puesto en duda su orgullo si hubiese sabido lo que de verdad intentaba hacer con los otros magos y los de más a los que estaba reuniendo…
Y mientras Malfurion hablaba con Varian, Baine y Modera también habló con docenas más. Habló con el chamán orco Zor Lonetree en Orgrimmar, con el consejero del rey Magni en Forjaz, con el explorador trol Rokhan, ahora obligado a llevar a lugar seguro a una banda de su pueblo atrapada fuera de la capital orca… y a muchos, muchos más. Como los trols, varios eran de razas enemigas de la raza de Malfurion, pero intentó convencerlos de todos modos. Con algunos tuvo éxito, con otros no.
No podía culpar a aquellos que rechazaban su oferta de ayuda. Les pedía que se quedaran indefensos ante la Pesadilla.
Y, entre los que aceptaron, Malfurion sentía cautela y preocupación…
hasta que descubrieron que lo que muchos creían sus espíritus pero que en realidad eran sus formas astrales se materializaron en un lugar que la mayoría no podía ni imaginar.
El Sueño Esmeralda.
¿Qué es este lugar? , preguntó Varian por todos.
También en forma astral, Malfurion les explicó. Es el lugar donde se encuentran el sueño y la vigilia… Fue un lugar de gentil comunión, pero ahora ha sido poseído por la Pesadilla…
Entonces… ¿de qué sirve habernos traído aquí? ¿No deberíamos al menos caer en nuestras propias tierras? Muchos estuvieron de acuerdo.
Porque solo aquí podrán marcar la diferencia… solo aquí podrán usar sus armas…
Aquello era todo el ánimo que necesitaban. Pero incluso entonces empezaron a dividirse por raza y facción. Eso no funcionaría. Malfurion los necesitaba como si fuesen uno, no muchos.
Varian los liderará, declaró rotundamente.
Pero el Rey parecía escandalizado ante la presencia de los orcos.
¡No lideraré a esta basura! ¡Que la Pesadilla se los lleve y los condene!
¿Como se llevó a tu hijo y a tantos otros en Ciudad de Ventormenta?
Solo derrotando a la Pesadilla puedes esperar recuperar a Anduin… Y eso solo ocurrirá si trabajamos juntos…
Yo… Varian estaba visiblemente desgarrado entre su odio y su amor.
El amor venció. Muy bien… Adelante…
Pero ahora muchos de los miembros de la Horda parecían no tener muchas ganas de unirse a ningún ejército liderado por Varian. Pero entonces el líder tauren Baine se puso al lado del humano. Confío en que el elegido por un amigo de mi pueblo actúe con honor hacia todos…
La declaración del tauren acabó con la resistencia. Malfurion le dio las gracias y luego se concentró. Encontró a los que desde el principio estaban intentando contener a la Pesadilla. Su número era todavía más escaso, lo que le preocupó. Se comunicó con el espíritu de Zaetar.
¿Malfurion Stormrage? , preguntó el hermano de Remulos con sorpresa y esperanza.
El elfo de la noche le permitió ver sus recuerdos, dándole instantáneamente al espíritu todo lo que necesitaba saber. La esperanza de Zaetar aumentó y luego se desinfló. ¿Mi hermano?
No tengo noticias de él.
Zaetar lo dejó pasar, aunque obviamente la falta de noticias lo inquietaba. Aceptó el plan de Malfurion tal como el Archidruida se lo revelaba, pero hizo una última pregunta. ¿Y todos estos que has traído… no sospechan nada de tus verdaderas intenciones?
No… y, si ellos no lo sospechan, puede que el Señor de la Pesadilla tampoco…
El espíritu no dijo más sobre el tema. Zaetar se comunicó con Varian.
El rey hizo bien en ocultar su sorpresa cuando sintió la distante presencia de Zaetar.
Ya vamos, le prometió al hermano de Remulos.
El rey de Ventormenta levantó su espada, que en realidad era parte de su forma astral, y guió a su hueste hacia delante.
El Archidruida miró fijamente a Varian mientras el Rey avanzaba.
Solo por un momento, el rostro de Varian parecía haberse transformado en otra cosa. El de un lobo. Un nombre se le apareció en mente, un espíritu antiguo reverenciado por muchas razas, incluyendo a los elfos de la noche.
Goldrinn…, pensó Malfurion, recordando al legendario Ancestro. El lobo blanco había matado a cientos de demonios durante la Guerra de los Ancestros antes de caer ante su gigantesco número. Pero se decía que su espíritu seguía vivo, cuidando de aquellos a los que apreciaba.
Ojalá tú seas uno de ellos, concluyó el Archidruida, consciente de que probablemente lo que había visto era imaginación suya. Que Goldrinn te proteja a ti y a quienes marchan contigo para enfrentarse a nuestro enemigo…
Y, mientras el ejército de formas astrales se dirigía hacia la Pesadilla, otros llamados por Malfurion y ayudados en su viaje por los otros druidas comenzaron a unirse a ellos. Desde su múltiple punto de vista, Malfurion vio la llegada no solo de aquellos ancianos cuyo oficio era la guerra, sino la de otros. Sus formas eran tan numerosas como las de las especies de árboles de Azeroth y, aunque muchos tendían a seguir el camino del estudio, todos eran feroces defensores del mundo natural. Algunos eran alados, otros tenían garras y, aunque su número no era muy grande, cada uno representaba una fuerza poderosa.
Pero no estaban ni mucho menos solos. Con ellos llegaron los antárboles. Se parecían cada vez más a los bosques que guardaban Eran más pequeños y menos poderosos que los ancianos, pero no eran ni mucho menos una presencia inútil. Más numerosos que los ancianos, eran una fuerza a la que Malfurion daba la bienvenida, igual que las dríades, también protectoras de bosques y poderosas hijas del desaparecido Remulos.
Hipogrifos voladores llegaron por docenas, uniéndose en el aire a otros habitantes del cielo, como grifos, polillas gigantescas, aves carroñeras, dracohalcones y, sobre todo, los dragones de los vuelos rojo, verde e incluso azul. Aunque liderados por otros que no eran sus respectivos Aspectos, los
dragones estaban bien versados en combate. Los tres vuelos volaban separados unos de otros, pues cada uno tenía su propio método de batalla además de sus poderosas mandíbulas y garras. El azul usaba hechizos de increíble poder, el rojo respiraba un fuego abrasador y el verde, por supuesto, usaba sus poderes oníricos.
Kóbolds y otras criaturas que sentían gran enemistad hacia todas las demás razas también habían accedido, al menos, a unirse a la poderosa hueste Temibles fúrbolgs osunos, más cómodos entre los animales salvajes que como parte del ejército de Varian, lanzaban aullidos de ansiedad ante el combate final. Panteras gigantes, jabalíes con colmillos, temibles basiliscos, crocoliscos, hienas y otros animales, muchos de ellos pastoreados por los más inteligentes raptores, eran solo una parte de las legiones animales que los seguían. Los druidas y otros también guiaban a las bestias que, aunque no supieran la razón de esta batalla, sabían que sus vidas y las de su progenie estaban en peligro. Malfurion les dio las gracias a todos, dándose cuenta cada vez más de que todos tenían un papel crucial, que los necesitaba tanto como ellos a él.
Aunque en menor número que nunca y entre los últimos en sumarse a la hueste, los Renegados estaban dispuestos a ayudar con su monstruoso poder. Permanecieron con sus aliados de la Horda, esperando su oportunidad de atacar.
Malfurion observaba cómo ocurría todo esto con gratitud y remordimiento. Solo Zaetar entendía la verdad. Solo Zaetar entendía toda esa fuerza no serviría de nada si lo que intentaba el Archidruida fracasaba.
Pensar en el espíritu hizo que el elfo de la noche pensara también en Remulos. El hijo de Cenarius no estaba por ninguna parte. Malfurion esperaba haber encontrado a Remulos durante su hechizo, y que no lo hubiese encontrado no era buen presagio. Las cosas solo se le ocultaban al Archidruida allí donde la Pesadilla se encontraba victoriosa, en el Sueño…
y, si Remulos estaba allí…
Malfurion no podía preocuparse del guardián perdido, por mucho que su poder hubiese aumentado sus posibilidades. Ciertamente, el hijo de Cenarius no era la mayor de sus preocupaciones. Esa era y siempre sería Tyrande, a quien había vuelto a decepcionar.
Tyrande…
En cuanto hubo pensado en ella, una breve, muy breve presencia alcanzó su mente. Sabía sin dudarlo que era ella, que solo podía ser ella.
Igual que hacía unos diez mil años, Tyrande siempre se había puesto de su parte. Lo había hecho incluso cuando él la había abandonado una y otra vez.
Si ella moría ahora… los años que habían perdido se le quedarían clavados en el alma. Él era la principal, y en su mente la única, causa de sus separaciones.
Malfurion no pudo evitar estremecerse ante tales ideas, pues también sabía que ella se encontraba a la sombra del árbol que era su némesis… y que los dones de la Madre Luna no eran el motivo de que ella hubiese podido comunicarse momentáneamente con él.
El Señor de la Pesadilla lo estaba invitando.
El Archidruida regresó a su cuerpo. Sintió el inmenso alivio de Broll y Hamuul ante su regreso.
También sintió a otro cerca de ellos… alguien que no debería estar ahí.
Malfurion se puso en pie de un salto en el momento en que recuperó el control. Broll y el tauren se echaron hacia atrás sorprendidos.
—¿Estás bien, shan'do? ¿Ha ocurrido algo?
Pero Malfurion no les contestó, preparándose para enfrentarse a un peligro inesperado para todos ellos.
La figura eclipsó al trío. No sonrió, sino que asintió sombríamente en dirección a Malfurion. En una mano llevaba una larga lanza hecha de una sola rama. En la otra…
La otra mano… y el brazo al que estaba unida… eran una masa retorcida y marchita que ahora se parecía más a una rama de árbol putrefacta.
Ante ellos estaba Remulos, el guardián de bosque, el hijo de Cenarius, avanzando sobre sus cuatro pezuñas. Allí donde la sensación de la primavera era una constante de su ser, ahora era como si el guardián del bosque llevase un manto de invierno helado. Su piel era más gris, y las hojas de su pelo estaban marrones y secas.
—Me alegro de encontrarte aquí, Malfurion. —Remulos mostró la extremidad mutilada y luego gruñó—. He estado en el corazón de la Pesadilla… y, si tienes la fuerza y el ánimo, tú y yo debemos regresar inmediatamente… o todo estará perdido…