Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 15 de 32

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Tempestira

Capítulo Trece

EN EL MARGEN DE LA

PESADILLA

Los druidas estaban agotados. Se habían vaciado tanto que muy probablemente varios de ellos no iban a ser de ninguna ayuda para lanzar más hechizos en días. Sus esfuerzos combinados habían alimentado a Teldrassil, pero sin un éxito visible… al menos, hasta donde podía ver Hamuul.

En cuanto al tauren, se había convertido en un paria para casi todos los demás, aunque oficialmente no había habido censura alguna ni condena por parte del Archidruida Fandral al respecto de lo que había hecho Broll.

Fandral ni siquiera había informado a Hamuul de lo que había hecho el druida desaparecido. Simplemente había mirado con desaprobación al tauren, y lo había hecho el tiempo suficiente como para que los demás entendiesen que Hamuul había perdido su favor.

Naralex y algunos otros desafiaban el desprecio, pero Hamuul hacia cuanto podía para apartarse de ellos, no fuesen a sufrir ellos también. El tauren estaba dispuesto a aguantar su parte de responsabilidad al permitir que Broll pasara desapercibido el tiempo suficiente. Confiaba en su amigo.

Pero Fandral tenía derecho a estar furioso.

El Archidruida principal había insistido en que quedaran junto a la base de Teldrassil, lejos de Darnassus. Hasta ahora, solo él había regresado a la ciudad. Cada vez que volvía, Fandral apremiaba a los druidas con algo nuevo. Les aseguraba que estaban haciendo progresos, que el Árbol del Mundo estaba sanando.

Hamuul tenía que asumir que no era un Archidruida suficientemente adepto como para sentir lo que sentía Fandral.

El tauren se sentó con las piernas cruzadas, algo distante de los demás.

Los druidas estaban meditando, intentando recuperar sus fuerzas para el siguiente hechizo de Fandral. Hamuul no se había sentido tan agotado en toda su vida, ni siquiera durante la caza de una semana que había formado parte de su rito de pasaje de niño a adulto. Aquello había requerido que ayunase durante toda la semana.

Me estoy haciendo viejo… fue su primer pensamiento. Pero ninguno de los elfos de la noche parecía mucho más fuerte que él. Hasta ahora parecía que los planes del Archidruida principal habían hecho poco más que llevar a casi todos los druidas al borde del agotamiento.

Pensando de nuevo en Fandral, Hamuul lo buscó. Sin embargo, no estaba por ninguna parte. El tauren solo podía suponer que Fandral quizá hubiese vuelto al Enclave de Cenarion para consultar algún texto antiguo.

Hamuul esperaba que eso les diese resultados más tangibles que los que habían conseguido hasta el momento.

Viendo que le resultaba imposible meditar, el tauren se levantó. Y, como ninguno de los otros le prestaba ninguna atención, se acercó al Árbol del Mundo.

Incluso aunque Hamuul no había estado a favor de un segundo árbol gigante, no solo apreciaba su majestuosidad, sino también el efecto de Teldrassil en el mundo. Siendo un tauren, Hamuul creía en el equilibrio entre la naturaleza y las vidas de las distintas razas de Azeroth. Por eso había buscado a Malfurion Stormrage y le había pedido que lo instruyese en las artes druídicas. Y, aunque Hamuul solo llevaba unos pocos años siendo druida, creía que había demostrado su valía. De no ser así, no habría llegado a convertirse en uno de los pocos Archidruidas y el único de su raza.

El tauren deseaba que hubiese algo más que pudiese hacer por Broll, además de lo que ya había hecho. Seguía sintiendo que la decisión de Broll era la correcta, a pesar de cómo había contrariado a los buenos propósitos de Fandral. De pie ante Teldrassil, miró hacia las nubes donde se encontraba Darnassus. Si el portal hubiese estado cerca, Hamuul podría haberse sentido tentado de atravesarlo. Tal como eran las cosas, su única elección era volar…

Con un gruñido, se inclinó apoyándose en Teldrassil con una mano.

Necesitaba hacer más. Si Broll…

Alguien estaba susurrando.

Hamuul se apartó del árbol y buscó a quien hablaba. Sin embargo, el susurro cesó inmediatamente.

Frunciendo sus espesas cejas, el Archidruida se volvió a acercar al tronco.

El susurro volvió a empezar. Hamuul miró fijamente a Teldrassil…

luego miró a sus pies. Allí, una parte de su pie derecho tocaba una de las raíces del Árbol del Mundo.

Puso la mano en el tronco.

El susurro llenó su cabeza. Hamuul no podía entenderlo. No era ninguna de las lenguas que hablaban las razas inteligentes de Azeroth. Más bien le recordaba a otra cosa, algo que el tauren debería conocer bien…

—Shakuun, guía mi lanza… —murmuró, soltando un juramento tauren. Shakuun había sido el padre de su padre, y los tauren recurrían a sus venerados ancestros, que los protegían. El juramento no era para ser tomado literalmente, Hamuul le estaba pidiendo a su abuelo que le ayudase a entender lo que había descubierto.

El Archidruida estaba escuchando la voz de Teldrassil.

Todos los druidas conocían el lenguaje de los árboles, aunque algunos lo entendían mejor que otros. Esta no era la primera vez que Hamuul había tocado y escuchado al Árbol del Mundo, pero sí la primera que había oído aquellos susurros. La voz del Árbol del Mundo se oía habitualmente más en el frufrú de sus ramas y hojas y a través del curso de la savia que fluía como sangre por todo el vasto tronco. Se podía oír como un susurro, pero un susurro que se entendía.

Pero Hamuul no entendía lo que estaba oyendo ahora. Los susurros carecían del ritmo adecuado, de forma. Mientras el Archidruida seguía escuchando, continuaban y continuaban como si…

—¿Qué estás haciendo, Hamuul Runetotem? —dijo repentinamente la voz de Fandral.

Ahogando su sorpresa, el tauren se volvió hacia el Archidruida.

No había notado aproximarse al elfo de la noche, lo que hablaba del estado mental de Hamuul. Como tauren, se enorgullecía en creer que los de su raza eran los únicos que podían sorprender a alguien como Fandral.

Hamuul decidió ser sincero. Esto era algo que Fandral debía saber.

¿Pero cómo explicarlo mejor?

—Me temo… Archidruida Fandral, ¿podrías escuchar a Teldrassil por un momento? ¡Me temo que las cosas están peor de lo que creíamos!

Cuando toqué el tronco hace nada…

El elfo de la noche no esperó a que terminase. Fandral colocó la palma de la mano sobre Teldrassil. Cerró los ojos y se concentró.

Unos segundos después, el Archidruida principal miró al tauren.

—No noto nada distinto a antes. Teldrassil no está bien aún, pero hay mejoría.

—¿Mejoría? —Hamuul no pudo evitar soltar un grito ahogado—.

Archidruida, he sentido…

Fandral, con expresión comprensiva, interpuso:

—Estás agotado, Hamuul, y yo he sido injusto contigo. Le guardas lealtad a un amigo que debe responder por su imprudencia, me temo. Pero ha sido indigno de mí mostrar tal decepción hacia ti cuando la culpa es de él.

Fandral alzó una mano.

—Escúchame, buen Hamuul. He regresado con ciertos conocimientos interesantes. Será un intento nuevo y más poderoso para curar a Teldrassil de lo que todavía lo aqueja. Tú, con tu espíritu fuerte, serías de grandísima ayuda en ese esfuerzo, pero tienes que recuperar más tuerza. Si temes que haya algo más serio con el Árbol del Mundo, entonces esto es sin duda una buena noticia para ti.

Inclinando la cabeza, el tauren contestó:

—Como tú digas, Archidruida Fandral.

—¡Excelente! Ahora ven conmigo. Te contaré más sobre nuestro próximo encantamiento. Será agotador. Puede que haga falta más de un día de meditación para recuperarse de él…

Fandral empezó a caminar. Hamuul no pudo hacer más que seguirlo.

Pero, mientras escuchaba al elfo de la noche comenzar su explicación, miró atrás a la zona que había tocado. Había oído los incoherentes susurros y sabía que era la voz del Árbol del Mundo. De no haber investigado también el Archidruida principal, el tauren habría estado aún más ansioso de lo que estaba. Pero seguía lo suficientemente preocupado como para preguntarse…

y preocuparse.

Para Hamuul Runetotem, el susurro solo podía significar una cosa.

Teldrassil se estaba volviendo loco.

* * *

No entraron en el portal inmediatamente, aunque esa había sido su intención. Eranikus y Alexstrasza avanzaron cautelosamente y sondearon

con sus poderes dentro del portal para ver si todavía quedaba alguna trampa tendida por los corrompidos Lethon y Emeriss. Solo cuando estuvieron satisfechos de que no era así, los dragones estuvieron de acuerdo en que era seguro que Eranikus y los elfos de la noche pasaran.

—Ya era hora, caray —murmuró Broll.

Tyrande asintió, reflejando la misma opinión. Ambos estaban deseando encontrar a Malfurion. Algo en particular que los inquietaba a ambos era el desaparecido Lucan Foxblood y el misterioso orco. El orco era probablemente un intruso accidental, pero aun así…

—Todavía no comprenden la amenaza que supone la Pesadilla —dijo el dragón verde con cierta amargura—. No estén tan deseosos de entrar sin haber hecho todos los preparativos.

—El tiempo es esencial.

Alexstrasza agachó la cabeza mostrando estar de acuerdo.

—Así es, Broll Bearmantle, pero, si tengo razón y Malfurion Stormrage ha estado de algún modo ayudando a guiarlos, querrá que todo esté bien pensado antes. —La dragona sonrió sombríamente—. Y eso es lo que hemos hecho ahora.

—Estoy preparado —declaró Eranikus.

—¿Estás seguro? —preguntó el Aspecto.

La amargura se hizo más evidente.

—Lo estoy. Se lo debo a mi Ysera.

La Vinculadora de Vida inclinó la cabeza. Un cálido y reconfortante brillo irradiaba de Alexstrasza. Tocó a los otros. Los elfos de la noche sonrieron e incluso Eranikus pareció agradecido.

—Que mi bendición los guarde y los guíe hacia el éxito —declaró el Aspecto.

—Nos sentimos honrados y agradecidos —replicó Tyrande.

Eranikus tomó aliento y luego desplegó las alas.

—Iré delante… para vigilar el camino.

Las energías de dentro del portal se hincharon según se aproximaban.

Para su crédito, el dragón verde no dudó. Entró en el portal. Y desapareció.

Broll y Tyrande caminaron hacia el portal.

—Deberías quedarte aquí —le dijo Broll a la Suma sacerdotisa.

—Ya llevo demasiado tiempo separada de Malfurion —replicó esta.

Antes de que él pudiese decir nada más, ella había entrado al portal.

Broll dejó escapar un ruido de exasperación y la siguió.

La sensación de entrar físicamente al otro reino era semejante a la que se tiene justo antes de quedarse dormido. Broll no había tenido tiempo de pensar en ello cuando Lethon los había atacado, pero ahora la reconocía.

Era muy distinto a enviar su forma astral. Cuando lo hacía era como si se hubiese quitado un peso de encima y por fin estuviese libre de todos sus problemas mundanos.

Ahora no era así. Era más consciente que nunca de lo que la Pesadilla podía abarcar, incluso aunque en ese momento solo podía ver la espesa niebla que tenía delante.

—No podemos viajar así —dijo Eranikus.

El dragón sobrevoló por encima de los elfos de la noche batiendo las alas a cámara lenta. Parecía se lo veía a través de las ondas de un río, otra cosa que Broll no había tenido tiempo de ver durante su desesperada lucha.

Lo mismo podría decirse de Tyrande e incluso del propio druida.

El dragón arqueó la espalda y luego echó su aliento sobre la niebla. Un suave rociado de lo que parecían ser motas de luz esmeralda tocó todo lo que había por delante.

—¡Elune, protégenos! —exclamó la Suma sacerdotisa cuando se despejó el camino.

En ese momento, Broll hubiese aceptado de buena gana la ayuda de cualquier deidad o semidiós. En aquel momento, ni siquiera la compañía de un dragón parecía suficiente.

Antes, el Sueño Esmeralda había sido cómo se vería el mundo de Azeroth si nunca hubiesen existido razas como los elfos de la noche. Sus colinas y montañas tenían formas perfectas, pues la erosión no existía allí.

Hierba alta y hermosos árboles se extendían por un paisaje ondulado. La fauna era pacífica, sin miedo. Para los druidas había sido como el paraíso.

Pero ahora ningún otro nombre era más adecuado, al menos para la zona que tenían delante, que aquel por el que Eranikus la había llamado…

Pesadilla.

La tierra estaba envuelta por una sustancia húmeda y supurante que burbujeaba. El hermoso color esmeralda se había convertido en el putrefacto color de la podredumbre. Los árboles que quedaban se habían convertido en deformes parodias de sí mismos. Sus hojas eran negras y afiladas, y estaban llenas de púas venenosas. Unas alimañas pequeñas y oscuras se arrastraban por la costrosa corteza, deteniéndose a menudo para

alimentarse de la espesa y olorosa savia que brotaba de las grietas en los troncos.

—Cenarius, protégenos… —susurró el druida.

Todavía incrédulo, Broll dio un paso adelante. Un crujido bajo sus pies hizo que el druida mirase hacia abajo.

El suelo estaba cubierto de pequeños escorpiones de un verde negruzco, nervudos ciempiés, cucarachas del tamaño de un dedo, arañas con cuerpos como puños y otros. Un espeso y pegajoso alquitrán cubría ahora la suela de la sandalia de Broll, resultado de haber aplastado varias de las criaturas con su pisada.

—Están por todas partes —suspiró Tyrande—. Cubren el suelo hasta donde alcanza la vista…

—No por mucho tiempo —respondió decidido el dragón.

Echó el aliento por el suelo. Fue como si Eranikus hubiese exhalado fuego. El crepitar de miles de diminutos cuerpos abrasándose llenó sus oídos e incluso el dragón se estremeció ante el ruido.

La tierra que Eranikus había arrasado estaba ahora negra. Asintió al ver su obra.

Pero de las formas achicharradas surgió movimiento. Del caparazón de una cucaracha quemada brotaron varias patas segmentadas. Una nueva cucaracha tan espantosa como la anterior emergió de su predecesora.

Y, para consternación de los tres, aquello se repitió en cada bicho muerto. Todo lo que Eranikus había destrozado estaba siendo reemplazado…

Unos tentáculos de niebla pasaron por el macabro escenario, como buscando recuperar el espacio que el consorte de Ysera había despejado. El dragón verde soltó otro soplido, que apartó la niebla… por el momento.

—Es monstruoso… —dijo la Suma sacerdotisa, intentando sin éxito escoger con cuidado dónde pisaba.

Cada pisada se veía seguida de más crujidos y el ruido del espeso alquitrán supurando de los cuerpos destrozados. Y peor aún, en el momento en que apartaba el pie, tenía lugar el repugnante renacimiento de sus víctimas.

—Esto solo es parte de ello… —murmuró Eranikus. El brillo de sus ojos se había apagado en ese lugar—. Siento que la Pesadilla se ha fortalecido, ha empeorado más de lo que yo podría creer…

Y, mientras hablaba, se percataron de un movimiento en el margen de la niebla. Casi se podían ver las formas… pero no del todo.

—Las sombras de los sátiros han vuelto —decidió Tyrande.

Eranikus no dijo nada. En lugar de eso, volvió a soplar, bañando a las más cercanas de aquellas formas apenas visibles. Como con las demoníacas criaturas bajo sus pies, inmediatamente se oyó el ruido del fuego.

Pero entonces unos gritos frenéticos y suplicantes ensordecieron al trio. Aturdido, el dragón verde detuvo rápidamente su ataque. Broll y Tyrande se taparon los oídos ante el terrible sonido. No eran los gritos de unos monstruos vencidos.

—¡Que Ysera me perdone! —consiguió decir Eranikus cuando la niebla se apartó y se revelaron sus víctimas.

Eran… o habían sido elfos de la noche, humanos, orcos, enanos, miembros de todas las razas mortales. Lo que quedaba después del implacable ataque de Eranikus eran cuerpos calcinados que seguían estremeciéndose, que buscaban pedir ayuda o al menos un fin a su sufrimiento.

Ignorando a las alimañas, Broll acudió corriendo a los más cercanos con Tyrande a su lado. Eranikus permaneció donde estaba. El dragón verde estaba claramente asombrado por el daño que había provocado.

—Los durmientes… —se dio cuenta Broll—. Son los durmientes…

—¡Podría haber matado a todo Azeroth como si hubiese ido a la cama de cada uno de ellos y los hubiese prendido fuego! —gruñó el consorte de Ysera—. ¡Incapaces de escapar de sus sueños, habrían sufrido como han sufrido aquí!

—Eso no lo sabes —le discutió el druida—. No…

Los quebradizos huesos del elfo de la noche ante el que se había arrodillado se movieron.

Una mano ennegrecida y sin carne lo agarró de la muñeca y un cráneo con dos ojos destrozados se dirigió a él.

El cuerpo destrozado volvió a chillar su agonía. Lo agarró con más dedos abrasados.

Broll tiró lo más fuerte que pudo.

—¡No puedo liberarme!

Tyrande preparó la guja, pero luego dudó. En lugar de usarla, rezó.

El chillido se detuvo. El esqueleto se desvaneció.

Pero las otras víctimas retomaron sus lastimeros gritos. Tyrande continuó rezando, usando una mano para extender el poder de su diosa por todo el paisaje visible.

Los cuerpos destrozados desaparecieron. Solo cuando lo había hecho hasta el último de ellos, la Suma sacerdotisa dejó de rezar. Para entonces estaba temblando.

Broll y Eranikus no estaban mucho mejor.

—¡Estaban sufriendo! —escupió el druida—. ¡Estaban sufriendo de verdad!

—¡No lo sabía! —replicó el dragón a la defensiva—. ¡Nunca haría daño a un inocente! Es la Pesadilla —les recordó Eranikus—. Sabe lo que más te duele, lo que más temes… y se alimenta de ello…

Tyrande obtuvo cierto consuelo de eso.

—¿Entonces todo a lo que nos enfrentamos es una ilusión?

—No… la mayor pesadilla que nos ofrece la Pesadilla es su realidad creciente.

Eso lo decidió todo para Broll.

—Debemos encontrar a Malfurion y deprisa… —Miró hacia la niebla, dándose cuenta por primera vez de la dificultad de lo que había sugerido—.

Pero… ¿en qué dirección?

—Yo descubriré dónde está —declaró con toda convicción la Suma sacerdotisa. Parecía obsesionada—. Nadie, ni siquiera tú, Broll, un compañero druida, lo conoce como yo.

Este no lo negó.

—Pero también tengo una idea de cómo empezar a buscar. Yo…

El paisaje cambió bruscamente. Los elfos de la noche cayeron arrojados al suelo infestado. Eranikus decidió elevarse. Sin embargo, él también se estremeció.

Al fin las cosas se calmaron. Tyrande se puso en pie, quitándose de encima rápidamente los ciempiés y otras criaturas carroñeras que se le habían quedado pegadas. Broll murmuró un hechizo, pero las alimañas no le hacían caso. No eran como la fauna de Azeroth. Se resignó, igual que la Suma sacerdotisa, a quitárselos con la mano.

Eranikus descendió y la Suma sacerdotisa lo miró con tono reprobatorio. Sorprendentemente, el dragón verde apartó la mirada sintiéndose culpable.

—¿Qué ha pasado ahora? —le peguntó Broll a Eranikus.

Se encontraban en una región más montañosa con senderos ominosos y sombríos que desaparecían en la infernal niebla.

—Esto es la Pesadilla, ¡no me preguntes el motivo de lo que ocurre aquí, excepto que no es algo que querríamos que ocurriera!

Tyrande miró hacia delante.

—Ahí delante hay un castillo o un edificio en aquella tercera colina.

Tanto el dragón verde como Broll sacudieron la cabeza.

—No hay edificios en ninguna parte, excepto en el Ojo —dijo el druida.

—Entonces lo que veo debe de ser parte de la Pesadilla.

Antes de que pudiese añadir más, volvió a haber movimiento en la niebla. La Suma sacerdotisa no perdió el tiempo, iluminando los alrededores con la luz de la Madre Luna.

Pero lo que vio no era nada de lo que los otros esperaban.

Era Lucan Foxblood.

—¡Tú! —gritó Broll.

Agarró al humano antes de que nada pudiese separarlos. Lucan se lo quedó mirando con los ojos como platos y tan vacíos como la muerte, pero obviamente no era un fantasma.

—Son reales… —susurró. Una sonrisa débil y algo loca cruzó su rostro demacrado—. Eres tú… —Miró a Tyrande, y su sonrisa se calmó un poco—. Y tú…

Entonces vio lo que volaba tras los elfos de la noche, y su creciente alivio se desvaneció.

—Todos somos tus amigos —lo tranquilizó Tyrande.

Lucan se calmó.

—Reales… todos… —Sus ojos miraron hacia un lado—. Intente irme, pero algo me contuvo aquí… Intenté irme, pero algo quería que ella siguiese adelante…

El druida oyó esto último.

—¿Ella? ¿Te refieres al orco? ¿Era una hembra?

—Sí… sí…

—Sabes tan bien como yo que hay pocas diferencias entre un orco y una orca cuando se trata de luchar —le señaló Tyrande a Broll—. Nunca hay que subestimar a ninguno.

—No estaba pensando en eso. Solo me preguntaba quién podría ser y por qué estaba aquí.

—Se llama Thura —dijo Lucan casi sin entonación—. Ha venido a matarlo. Ha venido a matar a su Malfurion Stormrage.

Esas palabras dejaron asombrado incluso al dragón. Tyrande agarró a Lucan por el cuello, pero Broll consiguió tranquilizarla.

—¡Escúchalo, mi Señora! ¡La culpa no es suya!

—¡Ha dicho que la orca quiere matar a Malfurion! Él la ha traído para que lo haga… —Pero Tyrande por fin recuperó la calma—. Aunque contra su voluntad… lo sé… Lucan… lo siento…

Lucan le dedicó una sonrisa nerviosa. Estaba claro que la Suma sacerdotisa le caía bien.

Broll lo devolvió al asunto.

—¡La orca! Ha venido a matar a Malfurion… ¿por qué? ¿Cómo puede saber dónde encontrarlo? ¿Lo ha dicho?

—Las visiones… balbució algo sobre visiones… dijo que… que la llevaron a mí… que le habían mostrado el camino hacia él paso a paso…

Las visiones la ayudaban a vengar a su pariente y salvar Azeroth también, dijo…—Un juramento de sangre orco —murmuró Tyrande—. Los conozco bien. No se detendrá hasta que muera o lo cumpla.

La Suma sacerdotisa sacudió la cabeza…

—La segunda parte… debe de ser locura…

—Sea cual sea el caso, algo quiere que tenga éxito —añadió el druida

—. Pero lo primero… ¿cree que Malfurion mató a uno de los suyos? ¿Y

qué? Los orcos entienden la muerte en la batalla —le preguntó a Lucan.

El humano se concentró.

—Dijo… dijo que era un «vil asesino». Que había traicionado a su amigo y lo había matado cuando este le estaba dando la espalda, confiado…

creo.

Era más de lo que Tyrande podía soportar. Esgrimió la guja, lo que hizo que Lucan diese un respingo, preocupado.

—¡Mentiras! ¡Todo es mentira! ¿Una amenaza para Azeroth? ¡Ja!

¡Una auténtica locura, como he dicho! E incluso esa supuesta traición…

¡Malfurion nunca haría algo así! ¡Como prueba de eso, rara vez ha tenido la oportunidad, pues el número de orcos que podía llamar amigos se podían contar con los dedos de una mano!

—¡Solo lo mencionó una vez! ¡Dijo un nombre! Bruxigan…

Broxigan…

—¿Broxigar? —La Suma sacerdotisa se tambaleó hacia atrás. Soltó la guja. Las lágrimas llenaron sus ojos—. ¡Brox! —les gritó Tyrande a los demás—. ¡Un orco que vino antes de su tiempo! ¡Siendo novicia, me hice amiga suya cuando mi pueblo lo capturó! Luchó contra la Legión Ardiente y los servidores de Azshara a nuestro lado… —tragó—, ¡y murió defendiendo el camino, según afirmó Krasus, contra el propio Señor de los Demonios, Sargeras!

La mirada del druida se agudizó.

—Debe de ser él de quien hablaba.

—¡Pero era amigo de Malfurion! —continuó diciendo la disgustada Suma sacerdotisa—. ¡Nunca lucharon entre ellos, y Malfurion lo honró a mi lado cuando todo había acabado! ¡Debes acordarte, Broll! ¡Nuestro pueblo hizo una estatua de él, es el único orco al que hemos homenajeado!

—Lo recuerdo… ahora. —Broll frunció el ceño—. Entonces, si está hablando de él, la han engañado… y la Pesadilla parece la causa…

—¿Pero por qué razón?

—¿No es obvio, mi Señora? Porque es una amenaza al poder que hay tras ella. Al menos nos da cierta esperanza. Significa que debe de tener cierta capacidad para luchar.

Tyrande se aferró a esa esperanza. Secándose los ojos, dijo:

—¡Entonces debemos darnos prisa en llegar a él! Lucan, cuando escapaste, ¿prestaste atención a qué dirección tomaba? Sé que la niebla está por todas partes, pero está ese… castillo… —la Suma sacerdotisa señaló al edificio distante—. ¿Sabrías guiarnos en relación aquello?

Lucan se estiró, parecía un poco más confiado.

—¡Sí, sí, mi señora! Es… ¡es mi oficio conocer los lugares y las direcciones. —El cartógrafo apuntó hacia la izquierda—. Por ahí…

—Volaríamos —ofreció Eranikus—, pero temo que no pudiera dirigirnos desde arriba. La niebla podría ser demasiada espesa para ver…

Tyrande ya había agarrado a Lucan del brazo.

—Entonces nos movemos ya. ¡Guíanos! —le ordenó al humano.

Asintiendo, Lucan caminaba un paso por delante. Tyrande mantuvo su guja preparada. Broll se colocó al otro lado del hombre, y el dragón se alzaba por encima del trío.

—Esta orca todavía me inquieta —dijo el druida—. No entiendo qué peligro puede suponer para mi shan'do.

El dragón verde sonrió burlón.

—¡Y tienes razón! ¡Un orco no es una amenaza en un lugar así!

¡Incluso aunque la Pesadilla la guíe, su Malfurion Stormrage es el primero entre los druidas! ¡Sus actos son admirados incluso entre mi raza! Ningún arma terrenal sería un peligro para él…

Lucan tragó saliva.

—Tiene un hacha.

Tyrande lo miró con expresión cautelosa.

—¿La orca lleva un hacha? —Se giró para ponerse delante de él—.

¡Descríbemela!

—Era un hacha con dos filos. Un hacha de batalla.

—¿Y de qué está hecha? ¿Es la cabeza de hierro o de acero? ¡Deprisa!

¡Dímelo!

Broll se movió para calmar a la Suma sacerdotisa, pero ella lo rechazó.

Tyrande esperaba la respuesta de Lucan conteniendo el aliento.

—Ni de hierro ni de acero —respondió finalmente, concentrándose—.

Creo… parecía que estuviese hecha de madera… —El humano asintió—.

¡Sí, madera! ¡Nunca había visto una cabeza de hacha hecha de madera! No parece muy práctica a menos que esté muy afilada, e incluso así es probable que se rompa…

—Hecha de madera —susurró con obvia consternación la elfa de la noche. Miró al otro elfo—. ¡No lo sabes! ¡No estabas allí cuando el mismo Cenarius se la hizo a Brox!

—Me acuerdo de haber oído algo al respecto —replicó Broll. Su expresión reflejaba ahora la de ella—. Forjada de madera bendecida por el semidiós… y tan poderosa que se dice que hasta cortó a Sargeras…

—Y persigue a Malfurion con ella —añadió Tyrande.

La Suma sacerdotisa se quedó mirando fijamente la niebla, especialmente a la estructura que apenas se distinguía… la única estructura.

—Lucan, ¿de verdad escapaste de ella?

—No… dijo que ya no me necesitaba. Estaba cerca…

—Cerca… —Con los ojos como platos, Tyrande agarró su guja… y de repente se abalanzó hacia la niebla.