Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 3 de 32

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Tempestira

Capítulo Uno

TELDRASSIL

Una sensación premonitoria que la elegante sacerdotisa elfa no había sentido desde la caída de Zin-Azshari la sacudió hasta la médula.

Tyrande Whisperwind intentó concentrarse en sus meditaciones.

Darnassus, la nueva capital de los elfos de la noche, había sido construida para honrar la supervivencia de la raza, como era lo apropiado, y no para honrar a una reina loca. Aunque era mucho más pequeña que su predecesora, Darnassus era a su propia manera no menos espectacular, en parte debido a su localización en las ramas occidentales más altas de Teldrassil… el Árbol del Mundo. Tan gigantesco y poderoso era que los elfos de la noche habían podido construir sobre él edificios tan imponentes como el Templo de la Luna, hecho de piedra traída del continente y alzado debido a la increíble altura del tronco mediante la magia. Ciertamente, más asombroso incluso que el hecho de que la capital se encontrase instalada entre las ramas de Teldrassil era que se trataba del mayor de los varios asentamientos que existían entre el follaje.

Y mucho de todo aquello se les podía atribuir a los druidas, que habían hecho crecer el árbol.

Tyrande intentó no permitir que ni siquiera el más nimio de los pensamientos sobre los druidas interfiriese con su necesidad de paz.

Respetaba su trabajo, pues la naturaleza había sido y siempre sería parte integral de la existencia de los elfos de la noche, pero pensar en ellos, aunque fuese de pasada, siempre le traía pensamientos y preocupaciones acerca de su amigo de la infancia, de su amante Malfurion Stormrage.

La pálida luz de la diosa luna brillaba a través de la vidriera redonda e iluminaba la vasta cámara central, transformándose temporalmente de plateada a púrpura claro. Pero se volvía plateada al cubrir el brillante

estanque que rodeaba a la estatua de Haidene, la primera Suma sacerdotisa que de niña había oído la sagrada voz de Elune. Como era su costumbre, Tyrande se sentó con las piernas cruzadas al borde del estanque, sobre los gigantescos escalones de piedra, ante los brazos levantados de Haidene, buscando desesperadamente, tanto de su predecesora como de su diosa, la bendición del consuelo, guía… y ayuda para sacudirse su creciente sensación de ansiedad. Aunque las sacerdotisas y las novicias acudían a menudo a la cámara en busca de meditación y paz, en ese momento Tyrande se encontraba sola.

Con los ojos cerrados, buscó infructuosamente eliminar de su mente cualquier pensamiento sobre Malfurion. Su tumultuosa relación se remontaba al comienzo de la Guerra de los Ancestros, cuando ella, Malfurion y su hermano gemelo Illidan perdieron la inocencia de la juventud y se convirtieron en luchadores experimentados. Aún recordaba vívidamente las traiciones de Illidan y su propio encarcelamiento en el palacio de Azshara. Y, aunque el relato del traslado de su cuerpo inconsciente fue algo que supo después, de vez en cuando Tyrande revivía lo que se imaginaba que pudo haber ocurrido después de que la capturasen los sirvientes del repugnante consejero de la reina, Xavius, que acabó siendo transformado por el amo de la Legión en un monstruoso sátiro.

También había quedado grabado en su memoria el momento en que casi perdió a su querido Malfurion al final, justo cuando había conseguido expulsar a la mayoría de los demonios de su mundo. Le dolía el corazón recordarlo invocando sus últimas fuerzas para salvarla a ella.

Pero, por encima de todo, lo más insistente era el recuerdo de las esperanzas y sueños que habían compartido tras el conflicto. Habían hablado de empezar una auténtica vida juntos, de que Azeroth ya no les exigiría grandes sacrificios.

Pero, para la completa decepción de Tyrande, el trabajo de Malfurion volvió a alejarlo. Comenzó a adiestrar a otros druidas, pues el propio Azeroth necesitaba curarse, y ellos se encontraban entre sus más ardientes cuidadores. Y cuando Malfurion decidió dejar atrás a Tyrande durante años para recorrer el Sueño Esmeralda, ella se preguntó si alguna vez él la había amado de verdad. Mientras, Tyrande se había visto empujada al puesto de Suma sacerdotisa de Elune contra sus deseos y, más tarde, debido a las circunstancias y la necesidad, al de gobernante de su pueblo. Solo en este último papel había podido llevar a cabo grandes cambios en la sociedad de

los elfos de la noche, tales como la disolución del tradicional y a menudo fallido sistema de mando militar basado en el linaje y la creación de los Centinelas, cuyos oficiales lo eran por sus méritos. Convertirse en líder no era un destino que ella hubiese escogido, pero tampoco lo dejaría, de tanto que deseaba ayudar a proteger a la raza de los elfos de la noche.

Madre Luna, dame calma, rezó silenciosamente la Suma sacerdotisa.

Aunque había vivido miles de años, la elfa de la noche parecía haber envejecido físicamente poco desde aquel lejano día en que le confiaron el manto del gobierno. Aún le caía sobre los hombros la exuberante melena de pelo azul medianoche y las mechas plateadas que conservaba desde la juventud. Su cara era la de una joven doncella y, aunque habían empezado a dibujarse algunas delgadas líneas en las esquinas de sus ojos plateados, eran más el resultado de los últimos seis o siete años de auténtico envejecimiento que la marca de los diez duros milenios que había vivido.

Pero intentar gobernar sabiamente durante más de cien siglos le había pasado factura interiormente, motivo por el cual la Suma sacerdotisa buscaba alguna que otra vez un descanso mediante la meditación. Tyrande solo quería una hora de vez en cuando, lo que sin duda no era una petición exagerada a Elune. Aquí, bañada en la siempre presente luz de la Madre Luna, solía encontrar fácilmente la concentración. Sin embargo, esta vez la sensación de paz parecía esquivarla. Tyrande entendía los motivos, pero se negaba a ceder. Se concentró más profundamente…

Tyrande dejó salir un grito ahogado. La pálida luz de la luna brilló, volviéndose cegadora… y, por primera vez, dolorosa.

Su entorno se transformó. Ya no estaba sentada en el refugio del templo, La elfa de la noche se encontraba en un lugar oscuro cuyos muros de tierra lo identificaron inmediatamente como un túmulo. Los detalles de la cámara subterránea pasaban ante ella como si fuesen las páginas de un libro. Tyrande vio las bolsas de hierbas, plumas, dientes y otros objetos pertenecientes a la fauna de Azeroth. También había marcas, algunas de las cuales le resultaban conocidas mientras que otras le eran incomprensibles.

Un escalofrío le recorrió la columna. Sabía dónde estaba, pero aún pretendía en vano negarlo.

Entonces apareció otra sacerdotisa de Elune. Tyrande la conocía por su nombre y por su rostro delgado y terso. Merende. Aunque era mucho más joven que la Suma sacerdotisa, era una respetada acolita de la Madre Luna.

Una segunda sacerdotisa, a quien también conocía, seguía a Merende.

A esa la siguió una tercera. Todas tenían expresión sombría y mantenían la cabeza gacha. Llevaban sencillas túnicas plateadas con capucha. Llevaban los sencillos ropajes por respeto al lugar en el que estaban, pues esas sacerdotisas no se encontraban en su entorno, sino en un dominio bajo el cuidado de los druidas. Ciertamente, este era el túmulo, el hogar, por así decir, de uno de ellos.

Y, mientras Tyrande pensaba en esto, su visión cambió, aunque no por elección propia. Siguió las miradas de las atribuladas sacerdotisas. Había un cuerpo tumbado sobre una alfombra de hierba tejida, y una débil luz argéntea, la luz de Elune, cubría el inmóvil cuerpo. Se le aceleró el pulso ante esta visión solemne, aunque debería estar acostumbrada desde hacía tiempo.

Incluso en reposo, el orgulloso rostro mostraba las marcas del tiempo y un trabajo incluso mayor que el de ella. Las sacerdotisas habían colocado su larga melena verde sobre su pecho, donde parcela fundirse con su frondosa y larga barba. Tenía unas espesas cejas angulosas que le hacían aparecer serio y contemplativo.

Llevaba ropa más elaborada que la de la mayoría de los druidas, no porque lo hubiese decidido así, sino porque lo pedía su alta posición. Una poderosa armadura de la que sobresalían espinas protegía sus hombros, mientras que unas guardias a juego hacían lo propio con los antebrazos y las espinillas. Aunque hecha de madera respetuosamente conseguida de árboles muertos, la armadura encantada era más duradera y resistente que el metal.

La túnica sin mangas llegaba hasta sus pies calzados con sandalias y llevaba a los lados de las piernas el color y el dibujo de hojas. Cerca del borde, una capa de azul marcada por lo que parecían ser lunas en cuarto creciente quizás honraba en cierta medida a Elune.

Malfurion Stormrage miraba fijamente al cielo con ausentes ojos dorados.

Tyrande tragó saliva al verlo a él, a su amante. Se le debilitaban las piernas mientras lo observaba. ¿Cómo un ser tan brillante y rebosante de espíritu podía quedar totalmente sin vida y desesperadamente perdido?

Sonrió débilmente al mirar a Malfurion, que parecía tan regio, tan distinguido. Por noble que pareciera el elfo de la noche, un aspecto de él llamaba poderosamente la atención. Surgiendo de su frente, hacia delante, aparecían dos orgullosas astas. De más de cincuenta centímetros de largo,

no eran un defecto de nacimiento, sino el don y la marca de Cenarius. Pocos de entre los druidas llevaban la bendición del cuadrúpedo semidiós de patas hendidas, y de ellos el primero y principal era aquel que allí yacía.

A Tyrande no le había pillado por sorpresa cuando vio por primera vez que las astas empezaban a crecerle. Solo las había considerado como el reconocimiento a la grandeza que siempre había sabido que existía en Malfurion.

—Malfurion… —le susurró al cuerpo, aunque nadie, especialmente él, podía oírla—. Oh, mi Malfurion… ¿por qué has tenido que abandonarme otra vez?

Observó mientras sus seguidoras se arrodillaban ante el cuerpo inmóvil y colocaban las manos sobre su cabeza y su pecho. Tyrande sabía lo que estaban haciendo, dado que ella misma había dado la orden.

Solo gracias a las bendiciones de la Madre Luna Malfurion Stormrage seguía vivo. Sus fieles mantenían con vida y saludable el cuerpo del Archidruida, esperando contra viento y marea que llegase el día en que Malfurion volviese en sí. Esperando contra viento y marea que su forma astral regresara de allá donde se había perdido en el Sueño Esmeralda…

La Suma sacerdotisa deseaba desesperadamente marcharse. ¿A qué propósito servía que Elune le mostrase esta escena? Lo único que hacía era generar más ansiedad, más terribles recordatorios. No podía soportar verlo así, perdido para ella… quizá para siempre.

Las cuidadoras de Malfurion dieron un paso atrás. Parecían sombrías.

Llevaban así día tras día y conocían bien su deber.

La piel del Archidruida se oscureció de repente.

Las tres sacerdotisas no reaccionaron ante esta transformación, casi como si no pudiesen verla. Tyrande, a su vez, saltó al lado de Malfurion sin prestar atención al hecho de que su cuerpo había atravesado el de sus seguidoras como si fuesen niebla. Lo único que importaba era la espantosa transformación de su amado.

Mientras observaba, indefensa e incapaz siquiera de tocarlo, el cuerpo del Archidruida continuaba su macabro cambio. Al tiempo que se oscurecía, su piel también se resecaba, como la corteza de un árbol. Sus piernas y brazos se volvieron nudosos. Hojas dentadas negras le brotaron por todo el pelo y la barba, cubriéndolos rápidamente. Al mismo tiempo, las hojas comenzaron a moverse lentamente atrás y adelante como si sobre ellas soplase un viento de más allá de este lugar subterráneo.

Los ojos dorados palidecieron y volvieron al color plata de la infancia y luego, de un modo aún más horrible, se le hundieron, convirtiéndose en negros abismos.

El aleteo rítmico de las hojas desvió la atención de la Suma sacerdotisa de aquellos espantosos ojos, aunque al principio no podía saber por qué. En el aleteo había un movimiento familiar. Y entonces un débil sonido empezó a acompañar al movimiento; un ritmo regular, palpitante, que crecía en intensidad al llegar a sus oídos.

Un latido.

Miró a su alrededor, enloquecida… parecía que las otras sacerdotisas no lo oían. Se volvió aún más sonoro y fuerte. El sonido se tornó ensordecedor, las hojas aleteaban al ritmo y, entonces…

El latido comenzó a ralentizarse. Al principio apenas perceptible, pero se volvía más lento, como si el viento hubiese dejado de soplar.

Y como si un corazón estuviera empezando a detenerse gradualmente…

Aterrada, Tyrande alargo su mano hacia Malfurion…

El túmulo desapareció; la oscuridad y un completo silencio acompañaron a la Suma sacerdotisa. Descubrió que tenía los ojos cerrados.

Con un grito ahogado abrió los ojos y acomodó la vista al brillo de Elune. Se encontró de nuevo sentada en el templo. La estatua de Haidene se alzaba elegante sobre ella. Todo era como lo recordaba, y Tyrande supo que lo que había experimentado había tenido lugar quizás en el espacio de un breve aliento.

Pero su propia situación no le preocupaba en absoluto. Solo importaba la visión. En miles de años solo había recibido de su señora un puñado escaso de tales dones, y todos ellos habían sido mensajes de gran importancia, Pero este… este era el más inquietante de todos.

A pesar de todos los esfuerzos y vigilancia de sus cuidadores, estaba claro que Malfurion se moría.

* * *

Las amplias y poderosas alas del cuervo de tormenta batían con fuerza mientras el ave se acercaba a la isla. De color marrón madera con salpicaduras plateadas en los bordes de las plumas, era grande, incluso para un ejemplar de su especie. Una mecha plateada inclinada coronaba su cabeza, y dos copetes iguales de plumas del mismo color colgaban de ambos lados de su cráneo, dándole un aspecto mayor, casi sabio. Unos

profundos ojos plateados se asomaban por debajo del ceño, observándolo todo.

Aunque una densa niebla amortajaba el cielo nocturno, el cuervo de tormenta se alzaba por el aire con una rapidez que sugería que conocía el entorno. Acierta distancia en el mar centelleó un relámpago, y el pájaro se aprovechó de la momentánea iluminación para buscar la isla.

De repente, el solitario viajero se vio obligado a resistir una curiosa ráfaga de viento frío que parecía decidida a echarlo atrás, como si le avisara de que solo un necio seguiría adelante. Pero eso fue justo lo que hizo el cuervo de tormenta, luchando contra la helada borrasca. Notaba que estaba muy cerca de su meta.

Y, de hecho, como si se abriesen unas cortinas, la niebla finalmente cedió. Por fin apareció la isla, empequeñecida bajo aquello por lo que se le conocía y cuyo nombre llevaba. Desde la distancia, aquellos que tuvieran delante por primera vez la esplendorosa visión habrían creído que estaban viendo una enorme montaña con lados marcadamente perpendiculares.

Pero, si pudieran observarlo a la luz del día y con un clima más benigno que aquél que sobrevolaba el cuervo de tormenta, descubrirían que aquello no era una montaña, ni siquiera, quizás, un gran edificio construido por alguien, sino que era algo mucho más asombroso.

Era un árbol.

Ocupaba casi toda la isla, que no era pequeña. En las propias raíces del árbol estaba el puerto, llamado Rut'theran por los elfos de la noche que lo habitaban. Estaba claro que la isla existía simplemente para albergar al leviatán cuyo nombre llevaba y por el que todos la conocían.

Era el hogar de Teldrassil… el segundo Árbol del Mundo.

Diez mil años antes habían plantado sobre el Monte Hyjal el primer Árbol del Mundo, Nordrassil, tras la destrucción de la fuente original de poder de los elfos de la noche, el Pozo de Eternidad. Montado sobre el segundo Pozo creado por la traición de Illidan, Nordrassil había servido a dos propósitos. No solo evitaba que otros abusaran de la magia del nuevo Pozo, sino que también impedía que la segunda fuente de poder creciese demasiado con el tiempo. Bendecido por tres de los grandes Dragones Aspectos, Alexstrasza la Protectora, Nozdormu el Atemporal e Ysera la Soñadora, el vasto árbol no solo protegía Azeroth, sino que estaba conectado a la inmortalidad y al poder de los elfos de la noche.

Pero, hacia menos de una década, el venerable Nordrassil había sufrido terribles daños durante la titánica batalla contra los mismos demonios, la Legión Ardiente, cuya invasión inicial había causado que lo plantasen. Su estado debilitado había privado a los elfos de la noche de su muy pregonado poder y, peor aún, de su propia inmortalidad. Y, aunque las raíces de Nordrassil estaban volviendo a crecer lentamente, la inmortalidad no había vuelto aún.

Y así, los druidas, cuyas aprensiones había calmado su nuevo líder Fandral, habían plantado a Teldrassil, su sucesor.

El cuervo de tormenta se ladeó mientras el árbol continuaba mostrándose ante su vista. Si bien Teldrassil no era tan majestuoso como lo había sido su antepasado en su máximo esplendor, nadie podía negar que el nuevo Árbol del Mundo era una maravilla, un extraordinario ejemplo del cultivo de la naturaleza mediante la misma magia de Azeroth tal como la manejaban los druidas. La anchura del tronco de Teldrassil superaba en tamaño a algunos países. Pero, por increíble pareciera, era poca cosa computada con su gigantesca corona verde, que parecía extenderse hasta el infinito.

Algo llamó por un instante la atención del pájaro, que giró levemente la cabeza para observarlo. Entre las enormes ramas, el cuervo de tormenta vio movimiento entre lo que parecían ser no una sola estructura de piedra, sino varias. De hecho, alzándose sobre las ramas, se veía la parte de arriba de varios edificios.

Mientras volaba, otros asentamientos más pequeños pasaron ante su vista. De tan grandes y accidentadas que eran las gigantescas ramas, incluso se veía un lago brillar con luz trémula entre las hojas. Y, más adelante, sobresalía la cima de una montaña.

El cuervo de tormenta se acercó a las ramas más altas. Allí vio otra maravilla sobre la más alta de las grandes ramas. Desde aquel prodigio llegaba luz no solo de las antorchas, sino de lo que parecían ser fragmentos de luz de luna viva.

La magnífica ciudad de Darnassus, capital de la raza que habitaba en el árbol, lo atraía. Incluso desde la distancia estaba claro que Darnassus rivalizaba con lugares legendarios como la Ciudad de Ventormenta de los humanos o la Orgrimmar de los orcos.

El Árbol del Mundo recogía suficiente rocío como para crear y alimentar muchos ríos, corrientes y lagos entre sus ramas, uno de los cuales

era tan grande que parte de Darnassus había sido construida sobre él. Los elfos de la noche habían usado el agua para conservar el esplendor de los jardines del templo y el impresionante canal que cruzaba la ciudad. Más al norte, al otro lado del canal, los druidas habían construido su propio santuario, el Enclave Cenarion, envuelto en el bosque.

Pero el pájaro se desvió, no solo de Darnassus, sino del resto de las increíbles ciudades anidadas sobre la copa del árbol. Por tentadora que resultase, el destino del cuervo de tormenta estaba mucho más abajo.

El enorme pájaro bajó hasta unos doce metros del suelo y luego, con habilidad innata, arqueó las alas para frenar su descenso. Extendió sus garras al prepararse para aterrizar.

Justo antes de que el cuervo de tormenta tocase el suelo, aumentó de tamaño, creciendo en apenas un segundo hasta alcanzar una altura mayor que la de cualquier humano. Sus patas y garras cambiaron de forma; las primeras volviéndose más gruesas y largas, y las otras convirtiéndose en pies calzados con sandalias. Al mismo tiempo, ambas alas se alargaron, y de ellas surgieron dedos. Las plumas desaparecieron, reemplazadas por espeso pelo de color verde boscoso recogido por detrás y que caía por delante en forma de espesa barba que llegaba hasta lo que ahora era un pecho envuelto en una capa.

El pico había desaparecido, convirtiéndose en una nariz prominente y una amplia boca torcida en lo que era un ceño perpetuamente fruncido. Las plumas negras habían dejado paso a carne de color violeta oscuro que marcaban al metamorfo como miembro de la raza que vivía en esa tierra y sobre ella.

Broll Bearmantle, siendo elfo de la noche, se parecía mucho a la mayoría de los otros druidas. Sí, era más musculoso y tenía más aspecto de guerrero que los demás. Su atribulada existencia, nada pacífica, le había dado rasgos más llenos, más castigados, pero el resto de los druidas todavía lo consideraban uno de ellos.

Miró a su alrededor. No vio a ningún otro druida, aunque los sentía cerca. Le pareció bien. Quería un momento de soledad antes de unirse a los demás.

En su cabeza se amontonaban muchos pensamientos, la mayoría concernientes a su shan’do, su maestro. Cada vez que Broll regresaba a Teldrassil, el corpulento elfo de la noche pensaba en su shan’do, sabiendo que sin él no sería quien era, incluso aunque Broll se consideraba a sí

mismo un druida lamentable. De hecho… ninguno de aquellos reunidos para aquel repentino cónclave, ni siquiera Fandral, estarían aquí de no ser por el legendario Malfurion Stormrage.

Malfurion no solo había sido su líder, sino que había sido el primer druida mortal de Azeroth y había sido adiestrado por el semidiós Cenarius personalmente. La deidad del bosque había visto en el joven elfo de la noche una cualidad única, un nexo único con mundo y lo había alimentado.

Y, antes de que Malfurion hubiese terminado su adiestramiento místico, se vio arrojado a su primera batalla titánica contra los demonios y los miembros traidores de su propia raza… incluyendo a la mismísima reina de los elfos de la noche, Azshara, y su desleal consejero Xavius. Muchos creían que, de no haber sido por los esfuerzos de Malfurion, el propio Azeroth habría dejado de existir.

Los relatos de sus extraordinarias hazañas se extendían en el tiempo.

Malfurion se había sacrificado durante muchos siglos de su vida por el bien del mundo y de su pueblo una y otra vez. Cuando otros cayeron, él continuó con sus batallas y las hizo suyas. A pesar de ser un maestro en los misterios de la naturaleza, Malfurion también se había convertido en un campeón guerrero.

Pero recientemente, ahora que una paz duradera parecía posible, Malfurion había reorganizado a los druidas y había intentado devolverlos a su camino original, a su vocación primera. El pasado quedaba atrás, el futuro era un fascinante enigma que explorar reposadamente. Ciertamente, Malfurion había dicho que estaban mejor ahora, sin su inmortalidad, pues eso los obligaba a convertirse en parte de la vibrante vida de Azeroth en lugar de ser un elemento formal e inalterable que simplemente observaba el paso del tiempo…

—Malfurion… —murmuró. Exceptuando a otras dos personas en su vida, nadie había afectado a Broll como su shan’do. Le debía mucho a Malfurion… y aun así, al igual que los demás, se sentía incapaz de hacer nada por salvar al Archidruida de su temible destino.

Broll parpadeó, regresando al presente. Había notado que alguien más aparecía tras él. Incluso antes de darse la vuelta, el elfo de la noche supo quién era. Ya solo el olor marcaba a ese druida en particular.

—Recibe la bendición del bosque, Broll Bearmantle —rugió el recién llegado—. Te sentí cerca. Esperaba verte.

Broll asintió. Aunque no había esperado ver al recién llegado, se alegraba.

—Archidruida Hamuul Runetotem… has tardado poco desde la Cima del Trueno.

Mientras que Broll se parecía a los otros druidas, su nuevo compañero no se asemejaba en nada. El torso del recién llegado recordaba en cierto sentido al de un elfo de la noche o un humano, aunque era aún más ancho de hombros que el fornido Broll. Al contrario que otros druidas, llevaba los ropajes sueltos y de color terroso de su tribu. Dos tirantes largos de color rojo unían la armadura de piel de sus hombros a su falda de cuero rojiza.

Unas pulseras de color rojo, dorado y azul adornaban cada antebrazo hasta la muñeca.

Pero lo que marcaba como distinto a Hamuul, no solo de Broll sino de los demás elfos de la noche, es que era un tauren. Unas pezuñas hendidas soportaban su enorme cuerpo, y su cabeza era semejante a la de un toro, algo característico de la raza tauren, aunque ninguno se lo podría decir a la cara sin arriesgarse a perder algún miembro. Tenía un gran hocico en el que llevaba un anillo ceremonial y unos largos cuernos que se curvaban hacia los lados y hacia delante.

Hamuul medía casi dos metros y medio, incluso con la característica joroba de su raza. Su fino pelaje marrón grisáceo últimamente tendía más al gris que cuando Broll lo había conocido. Hamuul llevaba dos gruesas trenzas, también encanecidas, que colgaban sobre su pecho. La vocación druida le había llegado tarde y, en gran medida, naturalmente, animada por Malfurion Stormrage. El tauren había sido el primero de su raza en unirse a las filas de los druidas en casi veinte generaciones y, aunque ahora había más, ninguno era tan hábil como él.

—El viaje ha sido extrañamente tranquilo —declaró el tauren.

Entrecerró los ojos de color verde claro bajo su poblado ceño como si quisiera añadir algo, pero decidió no hacerlo. El elfo de la noche asintió, y sus pensamientos volvieron brevemente a cómo lo recibirían los demás. Se había esperado tanto de Broll desde su nacimiento… y todo debido a un rasgo singular que compartía con Malfurion, un rasgo singular que para Broll era un recordatorio siempre presente de sus carencias.

Las astas que sobresalían de sus sienes tenían casi cincuenta centímetros y, aunque no eran tan impresionantes como las que adornaban al famoso Archidruida, ciertamente eran dignas de verse. Desde la infancia

habían marcado a Broll y eran consideradas una señal de distinciones futuras. Incluso de niño le habían dicho que un día, algún día, sería legendario.

Pero, mientras los demás habían visto en las astas un don de los dioses, Broll rápidamente había acabado por considerarlas una maldición.

Y, a sus ojos, su vida hasta el momento le había demostrado que tenía razón de sobra.

Después de todo, ¿de qué le habían servido cuando había necesitado ayuda en el momento más importante de su vida? Cuando Broll se había enfrentado a un ataque de demonios y no-muertos dirigidos por el vil señor del foso Azgalor, parecía que al fin todas las predicciones se harían realidad. Llevando el ídolo de Remulos, sus poderes druídicos habían aumentado. El enemigo se vio obligado a replegarse mientras los camaradas de Broll habían aprovechado su sacrificio para retirarse hacia el ejército principal.

Pero, una vez más, demostró no estar a la altura de la tarea. El agotamiento lo asaltó. La malévola espada de Azgalor, Maldad, manejada expertamente, acabó venciendo a las debilitadas defensas de los elfos de la noche. Broll dejó caer el ídolo cuando el filo de Maldad lo alcanzó.

El poder de la espada del demonio corrompió al instante las energías de la figura, y de ella brotó una fuerza mágica distorsionada que envolvió al último defensor que quedaba junto a Broll.

Había habido muchas veces, especialmente desde entonces, en que el elfo de la noche se había planteado cortarse las astas y cauterizar las protuberancias para evitar que creciesen de nuevo en el futuro… pero nunca había acabado por dar el paso final.

Broll se dio cuenta de que Hamuul había estado observándolo silenciosa y pacientemente.

—Ella estará siempre contigo. Los espíritus de nuestros seres queridos siempre velan por nosotros —dijo el tauren.

—No estaba pensando en Anessa —murmuró, mintiendo, el elfo de la noche.

Las orejas de Hamuul se doblaron.

—Mis más humildes disculpas por recordártela.

Broll minimizó las disculpas del tauren.

—No has hecho nada malo —masculló—. Vamos a movernos. Los demás ya se estarán reuniendo en el portal como es costumbre…

Hamuul frunció el ceño.

—Pero no vamos a subir a Darnassus ni al Enclave Cenarion. Fandral quiere que la reunión tenga lugar aquí abajo… ¡De hecho, al lado contrario de donde ahora nos encontramos! ¿No lo sabías?

—No… —Broll no cuestionaba la decisión del Archidruida. Después de todo, como líder de los druidas, Fandral Staghelm lo hacía con la mejor intención. Si creía que era mejor reunirse ahí abajo que en Darnassus, pues muy bien. Sin duda habría un buen motivo para…

Y entonces se dio cuenta. Quizás Fandral había encontrado un modo de salvar a su shan'do.

—Vámonos —le dijo a Hamuul, repentinamente impaciente por llegar.

Alentado por la profunda y férrea esperanza que lo consumía cada vez que regresaba a Teldrassil, Broll estaba seguro de que Fandral tenía alguna respuesta a la grave situación de Malfurion.

Y, si no… el elfo de la noche temblaba al pensar qué otro curso de acción, si es que había alguno, les quedaría a los druidas…