Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 4 de 32

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Tempestira

Capítulo Dos

CÓNCLAVE

Hacía días que Lucan Foxblood no dormía. Tanto por elección como por necesidad. Incluso intentaba mantener al mínimo sus momentos de descanso, pues cada pausa en su interminable huida significaba correr el riesgo de dormirse. Sin embargo, siempre llegaba el momento en que el cartógrafo de pelo rojizo no podía seguir adelante, en el que las piernas le cedían y caía al suelo, a menudo ya inconsciente y soñando.

Y sufriendo pesadillas… las mismas pesadillas que habían acosado a tantos otros en lugares por los que había viajado como Villadorada, los Páramos de Poniente y su propia ciudad de Ventormenta…

Lucan tenía el aspecto de alguien que podría haber sido soldado en otro tiempo y, ciertamente, lo llegó a ser brevemente, aunque nunca llegó a luchar en ningún conflicto. Pero ahora, con poco más de tres décadas de edad, parecía como si estuviese en medio de una guerra. La túnica y los pantalones que una vez fueron de color marrón oscuro se habían vuelto del color del barro, y el delicado bordado de las hombreras y los costados de los pantalones había empezado a deshilacharse. Sus botas de cuero estaban manchadas y cuarteadas.

El cartógrafo no estaba en mucho mejor estado que sus ropas. Aunque aún quedaba evidencia de sus rasgos patricios, la palidez de su piel y el tiempo que hacía que no se afeitaba le hacían parecer casi como una de las criaturas en lento estado de descomposición de la plaga de los no-muertos.

Solo sus ojos, casi tan verdes como los de un gato, mostraban algún brillo.

Había perdido casi todas las herramientas de su profesión durante su febril éxodo, e incluso la mochila en la que había guardado sus magras reservas y una manta para dormir. Lucan no recordaba el nombre del último asentamiento en el que había encontrado alojamiento. Apenas podía

recordar su vida antes de que los sueños y pesadillas lo poseyeran, a veces ni siquiera estaba seguro de si esos recuerdos eran reales… o recordatorios de las propias pesadillas.

La región por la que viajaba estaba densamente arbolada, pero, para el caso que le hacía, tanto le hubiese dado que le rodeasen montañas de diamantes. Lucan Foxblood solo quería seguir moviéndose.

Parpadeó por primera vez en varios minutos.

El paisaje a su alrededor se tornó abruptamente verde esmeralda con tonos azul pálido, y el aire brumoso parecía envolver a la tambaleante figura como una gruesa manta. Muchos de los puntos de referencia se desvanecieron, haciendo que el entorno del cartógrafo pareciese un dibujo incompleto. Pero, a pesar de este llamativo cambio, Lucan siguió adelante sin mostrar interés.

Volvió a parpadear. A su alrededor, la tierra recuperó su color normal… pero los detalles habían cambiado. Ya no era la región por la que había estado viajando. Cierto, aún había árboles, pero en la distancia ahora se alzaba un asentamiento que no había estado ahí antes. Además, ahora le llegaba a la nariz el olor del mar, aunque pasó tan desapercibido como la adusta sombra que cubría todo el paisaje.

Lucan pasó por un hito que tenía un grabado que le hubiese resultado ilegible si se hubiese dado cuenta de que estaba allí. Pero el escrito le habría resultado perfectamente legible a un elfo de la noche que, al leerlo, hubiese sabido con toda certeza dónde estaba a punto de llegar.

Auberdine…

* * *

Un viento más frío y violento encaró a Broll y al tauren mientras ponían rumbo hacia donde Hamuul había dicho que tendría lugar el cónclave. Ambos druidas agacharon las cabezas, empujando contra el viento como si fuese un enemigo. Hamuul no dijo nada, pero el tauren dejó salir un gruñido que pareció reflejar la creciente inquietud del elfo de la noche.

Se escuchó un gran crujido de hojas. Broll levantó la mirada con curiosidad.

El druida se quedó pasmado. Los ojos se le abrieron como platos por el terror.

Teldrassil había cambiado. Sí, las grandes ramas superiores estaban llenas de hojas, pero muchas se habían secado y arrugado repentinamente

mientras que otras ahora eran de color negro y rizadas. Todas, incluso las que aún seguían verdes, estaban cubiertas de agudas espinas.

Broll oyó la voz de Hamuul, pero era como si el tauren estuviese a kilómetros de distancia. Las hojas seguían retorciéndose y ennegreciéndose, y ahora los frutos del gran gigante también estaban cambiando. Entre las nudosas ramas habían brotado bayas redondas de una palidez mortal del tamaño de su cabeza e incluso mayores, y emitían un hedor de descomposición. Ningún druida, ningún elfo de la noche, se habría atrevido a alimentarse de tales frutos, incluso aunque morir de hambre fuese la única alternativa. La espantosa metamorfosis no dejó nada incólume. La corteza de Teldrassil se había agrietado en muchos puntos, y a través de las grietas se podían ver venas palpitantes de savia negruzca. La savia brotó primero como un goteo y luego fluidamente. Bichos diminutos salieron del Árbol del Mundo, ciempiés y otras criaturas saliendo y entrando del tronco en un número que indicaba una corrupción interior aún mayor.

—No… —murmuró Broll—. No…

Una sombra surgió desde Teldrassil, extendiéndose rápidamente más allá de los dos druidas. Aunque el elfo de la noche no se volvió para observar su crecimiento, supo inmediatamente que ya se había extendido más allá del alcance de Teldrassil hasta el continente, infectando las tierras con la enfermedad del gigante.

Entonces estalló un ruido parecido al de una lluvia torrencial.

Apartando la mirada del tronco enfermo, Broll volvió a mirar hacia la copa.

Lo que había tomado por lluvia demostró ser en realidad un crujido de hojas aún más violento. Las ramas se movían atrás y adelante con una fuerza tal que parecían querer liberarse de las siniestras hojas.

Y lo estaban consiguiendo. Miles de macabras hojas empezaron a caer.

Ciertamente llovía, aunque las gotas no eran de agua.

Las hojas que caían también se habían transformado. Se volvieron pequeñas criaturas negras y esmeralda vagamente semejantes a elfos de la noche, pero con patas de animal y espaldas encogidas como los tauren. Solo eran siluetas espantosas, sin rasgos distintivos en sus estrechas cabezas, excepto unos cuernos retorcidos. Emitían inquietantes siseos y caían en interminables columnas hacia los dos druidas…

—Broll Bearmantle, ¿estás bien?

Sorprendido, el elfo de la noche trastabilló hacia atrás. Pero, cuando recuperó la compostura y abrió los ojos, vio que el Árbol del Mundo había

recobrado su estado normal. Las ramas estaban quietas, y las hojas de un verde lozano seguían en el árbol.

Hamuul se inclinó sobre él con expresión preocupada. Broll asintió con retraso y, cuando se oyó un cuerno, se sintió agradecido por no tener que entender o explicar lo que acababa de ocurrir.

—Tenemos que seguir adelante —urgió Broll—. El cónclave está a punto de empezar.

El tauren parpadeó y siguió al elfo de la noche. Unos momentos después, los dos alcanzaron el lugar donde Fandral había decidido convocar la reunión.

Había más druidas de los que Broll había visto en cualquier otro cónclave reciente, y aún venían más desde la dirección opuesta. Dos en particular le llamaron inmediatamente la atención. Una adusta joven estaba hablando con otro que, aunque parecía confiado y ciertamente irradiaba mucho poder, apretaba constantemente los puños como si estuviera ansioso por algo. Tanto Elerethe Renferal como Naralex se estaban lamentando, aunque los motivos de cada uno eran distintos. Elerethe se había dedicado a salvar la flora y la fauna del Valle de Alterac durante la última guerra entre la Alianza y la Horda, pero había sido incapaz de evitar la carnicería provocada no solo por los dos ejércitos en conflicto, sino por un chamán orco. Después de la guerra había jurado restaurar el valle. Varios años después, aún seguía intentándolo.

Naralex había sido víctima de unas ambiciones mayores al buscar devolverle la vida a un lugar en el que hacía tiempo que no la había.

Acompañado por un pequeño grupo de compañeros con la misma idea, había entrado en los Baldíos y, con astutos hechizos, se las había arreglado para hacer aparecer agua desde las profundidades del reseco paisaje y crear un puñado de pequeños oasis. Pero entonces algo malévolo se había hecho con el control no solo de su trabajo, sino del desprevenido Naralex y de muchos de sus compañeros. Los atrapados se habían vuelto corruptos…

versiones distorsionadas y malignas de ellos mismos sin más deseo que extender la oscuridad. El propio Naralex había caído en la locura, luego recuperó la cordura para de nuevo caer en la locura y así sucesivamente, recuperándose solo mediante la inesperada ayuda de una partida de aventureros.

Desafortunadamente, aunque su mente estaba más o menos recuperada, Naralex no podía recordar nada de lo que le había poseído a él

y a los demás. En cuanto a los Baldíos, aunque por el momento estaban tranquilos, Fandral había ordenado que ni él ni ningún otro druida volvieran allí. El Archidruida veía absurdo arriesgar vidas y energía en un lugar que el Gran Cataclismo al final de la Guerra de los Ancestros había convertido en un desierto. Tal como lo veía Fandral, incluso las tierras áridas tenían su lugar en Azeroth.

Sus miradas y las de varios más se fijaron en los recién llegados… y a Broll le recordaron aún más su vergüenza. Cuanto más sintonizaba un druida con la naturaleza y su vocación, más posibilidades había de que sus ojos tomasen el brillo dorado de la vida de Azeroth. Así estaban marcados los grandes druidas.

Pero los ojos de Broll Bearmantle seguían siendo plateados con un ligero brillo azulado que hasta ahora aparentemente había significado muy, muy poco.

Sacudiéndose la frustración, Broll se dirigió hacia la pareja, pero entonces sonó un segundo cuerno. Los druidas reunidos se giraron al unísono hacia la dirección del sonido. Un solo druida con una pulsera verde en su antebrazo bajó un cuerno de cabra y luego se volvió hacia Teldrassil.

La rugosa corteza en la que se concentraba aquel que acababa de tocar el cuerno se onduló. Broll tembló recordando su extraña visión. Entonces la corteza se rajó, abriendo un hueco lo suficientemente grande como para que entrase un elfo de la noche… o, como en este caso, para que saliese.

Los druidas inclinaron la cabeza en señal de respeto cuando Fandral Staghelm caminó entre ellos con el porte de alguien que controla cuanto le rodea. Sus ojos brillaban con un fulgor dorado mientras saludaba con la cabeza a muchos de los allí reunidos. Fandral iba vestido con más sencillez que la mayoría de los druidas elfos. De su torso solo estaban cubiertos los hombros con una armadura de madera modelada con cabezas de animales, incluyendo los deslumbrantes ojos. Sus manos estaban cubiertas por mitones protectores tejidos que llegaban hasta el codo, donde acababan los remates de madera.

Fandral caminaba descalzo por elección propia para mostrar su unión con la naturaleza. La única señal de extravagancia por su parte se encontraba en su cintura: un adornado cinturón que tenía un cierre color rubí y un anillo decorativo segmentado que colgaba debajo. A lo largo de cada lado llevaba una larga serie de fragmentos de corteza.

—El bosque es la sangrevida del mundo —entonó Fandral.

—El bosque es la sangrevida del mundo —repitieron Broll y los otros druidas.

—Teldrassil es la sangrevida del mundo…

Broll y los demás repitieron su oración.

—Me alegro de que tantos hayan respondido a la llamada tan rápidamente —dijo después el Archidruida—. Debo confirmarles lo peor.

Teldrassil está enfermo…

La noticia hizo que los druidas se mirasen los unos a los otros con cierta ansiedad. En realidad, lo que Fandral les había dicho no era una gran sorpresa, pero resultaba pasmoso que el Archidruida lo dijese sin rodeos.

Aunque casi todos los druidas habían tomado parte en su creación, plantar Teldrassil había sido sugerencia de Fandral, y él por encima de todos se encargaba de su cuidado.

Fandral Staghelm había sido el primero en sugerir el segundo Árbol del Mundo, pero Malfurion siempre había bloqueado que la sugerencia pasara a más. Pero, a pesar de la oposición de Malfurion, la lealtad de Fandral permaneció intacta. Tras el descubrimiento del terrible destino del gran Archidruida, Fandral dio un paso adelante y, con pocas protestas de los demás, asumió el puesto de líder.

Su primera misión, proclamó solemnemente, era salvar a su amado shan'do.

Bajo su guía, los druidas del Círculo Cenarion habían determinado que el cuerpo de Malfurion debería permanecer en su túmulo, localizado en el reverenciado Claro de la Luna. Allí, rodeado por las energías naturales del mundo y los cuidados mágicos de las hermanas de Elune, el cuerpo, considerado perfectamente sano en cualquier otro aspecto por las hermanas, no pasaría hambre ni sufriría por la falta de agua. Con esta decisión llegó la esperanza de que, con lo poderoso que era, quizá Malfurion aún pudiera recuperarse.

Pero Fandral no había confiado solo en la esperanza. El Círculo había hecho intentos no solo por restaurar el cuerpo, sino también para atraer al espíritu de Malfurion de regreso. Todos los intentos fallaron. Incluso habían recurrido a la Señora del Sueño Esmeralda, la gran dragona verde Ysera, pero hasta aquello había sido inútil. La Soñadora, como también la llamaban los druidas, no había conseguido tampoco contactar con él.

Hasta hacía poco todo esto se les había ocultado a los elfos de la noche e incluso a la mayoría de las sacerdotisas y de los druidas. Sin embargo, las

crecientes preguntas habían acabado por forzar a un reacio Fandral a alertar a los demás druidas, aunque no al resto de su raza, de la gravedad de la situación, lo que era el motivo principal de que hubiesen respondido tantos a esta repentina convocatoria. Broll creía que todos los druidas habían adivinado, como había hecho él, que la reunión tendría que ver con el rescate de Malfurion.

Pero Teldrassil era un motivo al menos tan importante, si no aún más, para los elfos de la noche como raza. El propósito original para plantar el nuevo Árbol del Mundo era recuperar su inmortalidad y aumentar sus poderes. Pero Fandral había señalado que el árbol mágico podría ser también su única oportunidad para encontrar el cuerpo astral de su fundador e iniciar su rescate.

Pero si Teldrassil está tan enfermo… Broll frunció el ceño y vio su aprensión reflejada en los rostros de Hamuul y los demás.

Fandral caminó entre ellos. Su aguda mirada se posó brevemente sobre Broll. Aunque obviamente no era la intención del Archidruida, la mirada volvió a recordarle a Broll su terrible fracaso. Pero, por otra parte, ese recuerdo no estaba nunca lejos de su mente.

El Archidruida sonrió, como un padre a sus hijos.

—Pero no desesperemos, amigos míos —dijo—. No los he llamado solo para hablarles de desastres…

—¿Hay alguna esperanza? —exclamó otro de los druidas.

—¡Hay más que esperanza! —proclamó Fandral—. ¡Los he llamado a este lugar, aquí, junto a las raíces de Teldrassil, para que podamos ayudar a sanar al Árbol del Mundo! —sonrió animadamente—. Y, cuando Teldrassil vuelva a estar sano, podremos volver a concentrarnos en nuestra búsqueda de Malfurion Stormrage…

—Pero ¿cómo podemos ayudar a Teldrassil? —preguntó alguien más.

—Con esto —el Archidruida extendió la mano. En ella se encontraba un objeto que todos reconocieron… y que hizo que de los labios de Broll saliera un grito ahogado de consternación y sorpresa.

Fandral sostenía el ídolo de Remulos.

El nombre quizás pudiera confundir, pues el ídolo no se parecía en nada a aquel cuyo nombre llevaba. Remulos, el inmortal hijo de Cenarius, que en sí mismo ya componía una llamativa figura, había tallado la efigie con la forma de un dragón verde erguido sobre dos patas. El tren inferior del cuerpo de Remulos era el de un orgulloso corzo, pero allí donde la paletilla

de las patas anteriores debería alcanzar el cuello, se alzaba un poderoso pecho humanoide. Sus pezuñas estaban hendidas y eran fuertes. Como su padre, Remulos era medio animal del bosque, mientras que la parte superior recordaba sobre todo a un druida de los elfos de la noche. Pero ahí terminaban los parecidos. Sus manos acababan en garras de madera y hojas, y su pelo y barba estaba compuesto de hojas, matas y musgo.

Remulos también era el guardián del Claro de la Luna. Broll se había preguntado si el druida inmortal aparecería aquí, aunque hacía tiempo que Remulos no había aparecido por los cónclaves. Se rumoreaba que había llevado a cabo su propia búsqueda de Malfurion…

Pero Fandral no había enseñado el ídolo por sus méritos artísticos. Era un poderoso objeto mágico capaz de ayudar a los hechizos de los druidas…

si no provocaba más daños antes.

De hecho, Broll no pudo contenerse. Se atrevió a decir:

—Archidruida, con el mayor de los respetos… ¿eso debería formar parte de nuestros esfuerzos?

Fandral se giró y miró severamente a Broll.

—Tu preocupación es comprensible, buen Broll. La pérdida de Anessa no fue culpa tuya. Hiciste lo que pudiste para salvar muchas vidas y derrotar a los demonios.

Broll luchó por no horrorizarse al oír las palabras de Fandral, incluso aunque estas habían sido dichas con la intención de tranquilizarlo. Un rostro humano apareció en los recuerdos de Broll, el de un hombre decidido de pelo oscuro cuya mirada hablaba de más pérdidas de las que había sufrido el elfo de la noche que se había hecho su amigo. Varían Wrynn había permanecido al lado de Broll cuando el druida había ido a recuperar la maldita figura de las manos de un fúrbolg enloquecido. Ambos habían forjado una profunda amistad anteriormente, siendo esclavos y gladiadores.

Varian lo había hecho, incluso aunque no tenía ninguna noción de su propio pasado, ningún recuerdo de que a todo un reino le faltaba el hombre que había sido su monarca…

Fandral volvió a apartarse de Broll. Sostuvo la figurilla y luego señaló al Árbol del Mundo.

—¡En su momento lo alimentamos para que de una semilla creciese hasta convertirse en el leviatán que es ahora! El esfuerzo nos costó caro, pero las recompensas han sido múltiples… un nuevo hogar, comida y agua en abundancia, y protección ante nuestros enemigos…

Los druidas asintieron. Broll se dio cuenta de que Fandral no había mencionado la inmortalidad que su pueblo seguía sin recuperar, pero dado que Teldrassil aún no la había devuelto, pensó que quizá fuera un asunto delicado para el Archidruida.

El Archidruida empujó el ídolo hacia uno de los otros druidas reunidos. El elfo de la noche dio instintivamente un paso atrás.

—¡Pero, al darnos tanto, el propio Teldrassil ha quedado abierto a la enfermedad! ¡Ahora nos necesita otra vez! A cambio… ¡sin duda nos mostrará el camino para encontrar a nuestro shan'do!

El entusiasmo de Fandral era contagioso. Los otros murmuraron su aprobación.

—El Sueño está siendo devorado rápidamente por la Pesadilla… —

continuó solemnemente, verbalizando el temido conocimiento que todos compartían—. Dado que no hemos sabido nada recientemente de su señora, he prohibido la entrada a nadie más después de los últimos insensatos intentos… —Fandral miró a su audiencia, como si los desafiase a que alguno le desobedeciese—. Pues sin duda Malfurion no quiere que se pierdan más vidas por su causa…

Se llevó la mano al pecho y dibujó la silueta de un círculo en el que añadió dos rayas verticales curvadas. Las rayas representaban las astas de Cenarius. El símbolo completo representaba el Círculo Cenarion.

Los druidas unieron sus manos, preparándose para comenzar su trabajo. Broll despejó su mente de preocupaciones y mezquinos pensamientos mortales, y empezó a entrar en trance meditativo. A su lado, Hamuul hizo lo mismo.

Volviéndose hacia Teldrassil, Fandral tocó el gran tronco con su mano libre. Sus dedos recorrieron la rugosa corteza.

Algo se movió dentro del Árbol del Mundo, algo que todo druida podía sentir como si fuese algo propio. Incluso en su estado de meditación, Broll sintió una tremenda presencia uniéndose al cónclave… la esencia de Teldrassil tocando a todos los que habían ayudado a hacerlo crecer.

El Árbol del Mundo era más que el hogar de los elfos de la noche.

Estaba unido a la salud de Azeroth. Enfermo, afectaba no solo a su entorno inmediato, sino a las tierras más allá de la isla. Ni siquiera el aire ni los mares enfurecidos eran inmunes. Como poco, un Teldrassil enfermo no podría mantener el equilibrio entre la naturaleza y la corrupción.

El suelo tembló, pero ni Broll ni ninguno de los otros sintieron miedo alguno, ni siquiera cuando lo que parecían ser tentáculos surgieron de debajo de ellos.

Pero no eran tentáculos. Eran las mismas raíces de Teldrassil. Una raíz se movió hacia cada uno de los druidas, arrastrándose hacia ellos como si estuviesen a punto de atacarlos. Pero ninguno se movió. Sabían que Teldrassil no pretendía hacerles daño, sino que les pedía ayuda…

Una gigantesca raíz ya se había enroscado en Fandral. De la raíz brotaron diminutas extensiones. Estas, a su vez, se enroscaron alrededor del Archidruida como viñas hasta que estuvo medio cubierto por ellas.

Era una variación, formidable, por supuesto, de una de las maneras en que los druidas entraban en comunión con la flora de Azeroth. Lo que no se podía ver era que las raíces impregnaban sus mismos cuerpos, casi fundiendo en uno a los elfos de la noche y la planta. Fandral sostuvo el ídolo de Remulos. Ahora brillaba con una débil luz verde; no solo el color del dragón al que representaba, sino el del auténtico animal conectado con la figura. Ni siquiera Remulos sabía con cuál de los dragones verdes estaba conectada su creación, pues esa elección la había hecho Ysera en secreto.

Fuese cual fuese el dragón elegido, había sido sin duda uno muy poderoso.

Broll sintió cierta inquietud cuando la magia de la figura los tocó a él y a la raíz de Teldrassil, pero su confianza en el Archidruida venció a sus recuerdos de lo malvado del objeto. La magia se filtraba en la mente y el alma del druida…

Se convirtió en Teldrassil, y Teldrassil se convirtió en él.

Broll no podía contener la euforia que lo llenaba. Se sintió como si todo Azeroth se abriese a él, de tan profunda y lejanamente que se habían extendido las raíces del Árbol del Mundo. Vio más allá de la isla, más allá de las aguas que la rodeaban…

Pero, antes de que su consciencia pudiese extenderse más allá, Broll sintió un tirón. Una ligera debilidad lo alcanzó. Pero los pensamientos de Fandral llenaban su mente, garantizándole a él y al resto que su plan era seguro.

El poder de los druidas fluía hacia Teldrassil, alimentándolo. Dándole fuerzas. Con tanta voluntad y deseo tras su ofrenda, Broll estaba seguro de que, fuese lo que fuese lo que afectaba al Gran Árbol, sería derrotado y que entonces, como el Archidruida había indicado, podría ayudarlos a rescatar a Malfurion…

En cuanto pensó en su shan’do, Broll sintió algo discordante en su conciencia. Una sombra se extendió por sus pensamientos, y sintió la misma intranquilidad que le había asaltado cuando se había imaginado a Teldrassil monstruosamente corrompido. Broll intentó ignorar esa intranquilidad, pero ésta crecía…

Broll Bearmantle…

Oír su nombre hizo pedazos hasta el último rastro de calma del druida.

¿Conocía esa voz? ¿Era…?

El enlace entre Teldrassil y él se rompió. Broll dejó escapar un grito ahogado y cayó sobre una rodilla. Sentía vagamente a los otros a su alrededor, incluido Hamuul. ¿Era Hamuul quién lo había llamado, como había hecho antes? No, casi no parecía real; el sonido se había desvanecido de sus pensamientos sin dejar rastro.

Era difícil concentrarse; era como cuando en un sueño su mente se deslizaba hacia la inconsciencia…

Hamuul le puso la mano en el hombro. Broll miró hacia arriba. Un puñado de druidas lo habían rodeado, básicamente amigos suyos.

—Estoy bien —les dijo sin aliento—. Perdónenme por romper el hechizo…

—Tú no has tenido nada que ver con eso —comentó con perplejidad Naralex, agachándose junto a Broll—. Hamuul llamó la atención sobre ti, y los que estábamos más cerca acudimos rápidamente, pero tú no interrumpiste nuestros esfuerzos…

Naralex y Hamuul ayudaron al druida a ponerse en pie. Broll estaba ruborizado por la vergüenza.

—Si no han sido mis carencias, ¿entonces qué ha sido?

Pero, mientras hablaba, sintió a través de la tierra que lo rodeaba que los druidas ya no estaban solos. Una presencia se acercaba rápidamente.

Broll miró hacia Fandral, que estaba en pie, dándole la espalda a Teldrassil, mirando hacia el camino de su izquierda. Ahora le resultaba evidente que el Archidruida había detenido el hechizo porque se acercaban forasteros.

Un grupo se dirigía hacia el cónclave con seguridad. Quienes venían por detrás se abrieron para proteger a su líder. Aunque eran elfos de la noche, no se los podría tomar nunca por druidas.

Eran todas hembras y obviamente de una orden religiosa. Llevaban fundas vacías en los costados y carcajes en la espalda. Broll pensó que

debían de haber dejado sus armas atrás por respeto a los druidas. Por sus cuerpos delgados y su gracilidad se podía ver que estas hembras no solo eran expertas en el uso de varias armas, sino también en el combate cuerpo a cuerpo.

En esta partida eran once, aunque el número de miembros de su orden era mucho mayor. Llevaban túnicas plateadas brillantes que les llegaban a los tobillos. El cuerpo del vestido estaba adornado hacia la mitad por elegantes gotas de plata encapsuladas en unas esferas azules. También llevaban cinturones arqueados de eslabones con cierres decorativos. Las túnicas eran muy sueltas, lo que permitía libertad de movimientos a las que tenían conocimiento de artes marciales. Incluso sin las espadas o los arcos, las once suponían una fuerza bélica preparada.

Su líder rápida, casi impacientemente, observó a los druidas. Extendió las manos… y por todo el cielo cubierto brilló repentinamente la mayor de las dos lunas de Azeroth iluminando la zona.

—Nuestra presencia no causa problemas, ¿verdad? —preguntó educadamente Tyrande Whisperwind—. Después de todo, no es aquí donde se suele reunir el Círculo…

—La Hermandad de Elune es siempre bienvenida —respondió Fandral

—. Aunque seguramente un cónclave de druidas no tiene mucha importancia para la Suma sacerdotisa de la diosa luna y gobernante de todos los elfos de la noche…

—No sería importante, incluso aunque su localización sea desacostumbrada —replicó mientras su expresión se endurecía de un modo que hizo que Fandral frunciese el ceño y los demás druidas se inquietasen

—, si Elune no me hubiese revelado la terrible verdad.

Hubo murmullos entre los druidas. Fandral hizo gesto de que guardasen silencio. Frunciendo el ceño, preguntó:

—¿Qué «terrible verdad», Suma sacerdotisa?

Tyrande tragó saliva, la única señal de que la noticia la afectaba personalmente.

—Malfurion se muere…

—¡Imposible! Hemos conservado su túmulo seguro, y tus propias sacerdotisas cuidan a diario de su cuerpo. No hay motivo para tan horrible circunstancia…

—Sin embargo, existe —respondió—. Su situación ha cambiado.

Malfurion se muere, y debemos actuar con toda la rapidez posible.

Antes de que Fandral pudiese responder, Broll se sorprendió a sí mismo diciendo:

—¿Y qué haremos, Suma sacerdotisa?

La voz de Tyrande sonó cortante como el acero.

—Primero, debemos viajar hasta el Claro de la Luna.