Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 24 de 32

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Tempestira

Capítulo Veintidós

LOS INFECTADOS

Las víctimas de la Ciudad de Ventormenta iban a por ellos. Lucan, Thura y el mayor estaban rodeados por las desaliñadas y dormidas figuras.

Cada una de ellas gritaba algo terrible por lo que los culpaban a los tres. Y, peor aún, todos se movían directamente ellos con los ojos firmemente cerrados.

—¿Qué hacemos? —preguntó Lucan.

—¡Luchar contra ellos! —gruñó la orca, con el hacha preparada—. ¡O

luchamos contra ellos o nos harán pedazos, idiota!

—¡Son inocentes! —respondió en tono reprobatorio el mayor Mattingly—. ¿Lo harías si fuesen de tu propia raza?

—Sí… porque hay que hacerlo.

La mirada del oficial cuando dijo eso era prueba suficiente de que Mattingly comprendía su lógica. Pero de todos modos sacudió la cabeza al pensarlo.

—¡Foxblood! ¡Llévatela a ver qué ha pasado con los elfos!

—Pero te quedarás solo…

Los dos humanos se miraron el uno al otro. Lucan entendió al fin.

Mattingly estaba intentando salvar a los inocentes de Thura, que sin duda pagarían un alto precio incluso aunque acabase por ser vencida. Era obvio que el mayor también esperaba que surgiese algún milagro de los esfuerzos de Tyrande y Broll.

—¡Ven! —le ordenó el cartógrafo a la orca.

Por sorprendida que estuviera ante su tono, Thura le siguió con desgana, mientras el mayor movía su espada en el espacio cada vez más pequeño que lo separaba de los sonámbulos locales.

Pero en cuanto entraron en la posada una corpulenta figura blandiendo un hacha de trabajo se lanzó contra Lucan.

—¡Es mi granja! —gritó el hombre—. ¡No te dejaré que la quemes!

El hacha se habría hundido en el pecho de Lucan de no haber sido por Thura. Bloqueó el golpe con el mango de su arma. El sonámbulo se volvió para enfrentarse a ella, desconcertándola con sus ojos cerrados. La furia en su rostro era abrumadora.

Atacó a la orca. Ella bloqueó el ataque y luego atacó a su vez.

—¡No! —pero Lucan no pudo detenerla.

Su hacha encantada trazó una línea roja en el pecho del poseído. Este soltó su arma y luego cayó al suelo. El cartógrafo estaba furioso.

—¡No podía evitarlo!

Thura no parecía contenta con sus propios actos, pero le preguntó a Lucan:

—¿Qué habrías hecho tú?

Lucan no tenía respuesta. Desde arriba llegaban ruidos de pelea y más gritos. La pareja subió por las escaleras.

Arriba se encontraron con Tyrande, que luchaba contra una figura enloquecida que solo podía ser la embajadora de los elfos de la noche.

Lucan corrió para ayudar a la Suma sacerdotisa, pero se topó con una criatura de sombra.

—¡Ve con ella! —rugió Thura.

La orca pasó por delante de Lucan. Aunque su hacha no alcanzo la sombra, esta retrocedió.

Con el camino despejado, el cartógrafo llegó hasta Tyrande. Agarro uno de los brazos de la otra elfa, permitiendo a Tyrande concentrarse mejor.

La Suma sacerdotisa le tocó el pecho a la sonámbula. Un débil brillo plateado cubrió la carne.

La sonámbula dejó escapar un grito ahogado y cayó en sus brazos.

Lucan y Tyrande la dejaron en el suelo.

La orca avanzó. El hacha cortó la sombra, que siseó… y desapareció.

Pero, aunque hubo un momento de calma allí donde se encontraban ellos, no se podía decir lo mismo de fuera. Los gritos eran cada vez más altos, más aterradores. Uno se elevó brevemente por encima de los demás antes de cortarse bruscamente.

—¡Era el mayor! —dijo sobresaltado Lucan. Intentó acercarse a una ventana, pero Tyrande lo retuvo.

—Es demasiado tarde para él. —La Suma sacerdotisa miró a Lucan a los ojos—. Demasiado tarde para muchos. Pero aún hay esperanza para Azeroth y para nosotros… si nos sacas de aquí.

Lucan asintió.

—No puedo prometerte que no vayamos a acabar otra vez junto a ese dragón verde…

—Eranikus es el último de nuestros problemas… De hecho, Eranikus es su propio problema.

Lucan se concentró. Tyrande extendió una mano a Thura, que la tomó.

El mundo adquirió una tonalidad esmeralda.

Y luego una más oscura. Chillidos enloquecidos asaltaron sus oídos, y el paisaje estaba cubierto por la familiar y densa niebla en la que se movían grotescas figuras apenas adivinadas. El vértigo los sacudió a los tres, aumentando una sensación creciente de ansiedad y desorientación que sabían que estaba lejos de ser natural.

Estaban otra vez en la Pesadilla.

—No… —murmuró Lucan—. Déjenme…

La sombra de un gigantesco y esquelético árbol se alzaba sobre ellos.

Su silueta era obvia a pesar de la oscuridad.

Bienvenidos…, en sus cabezas oyeron una temible voy. Y

especialmente tú, Tyrande Whisperwind…

La Suma sacerdotisa se quedó pálida. Incluso la orca se estremeció ante el temible tono de la negación de la elfa.

—No… —Tyrande sacudió la cabeza—. No…

Sí… oh sí, respondió la voz.

* * *

—¡Piensa, Fandral, Piensa! —gritó Malfurion—. ¿De verdad quieres que sea así? ¿Creaste a Teldrassil para destruir a los tuyos?

—No nos estoy destruyendo, ¡nos estoy salvando de ti y de otros que han traicionado a nuestro mundo!

Mientras hablaba, Fandral inclinaba la cabeza hacia la sombra a la que creía su hijo. El enloquecido Archidruida asintió y luego le dijo a Malfurion:

—¡Tú hablaste contra el nacimiento de Teldrassil! ¡Sabías que le devolvería la gloria a nuestro pueblo y la inmortalidad que nos arrebataron!

Malfurion esquivó cuando una flor brotó delante de él. Era una lila negra y de ella surgió un polen blanco. No tenía ni idea de qué podría hacer

ese polen, pero cualquier planta manchada por la Pesadilla era sin duda una amenaza.

El polen cayó cerca. La zona sobre la que había estado Malfurion se quemó y marchitó.

Notó un intenso dolor en su mano izquierda. Un solo grano había caído cerca del pulgar. Ese único grano era suficiente para hacer que Malfurion apretase los dientes. Si le hubiesen alcanzado mil…

Notó una sensación de presión en el pecho. Malfurion cayó de rodillas. La presión aumentó. Se le hizo imposible respirar.

El Archidruida se tanteó el cuerpo rápidamente buscando qué lo había atacado. Resultó ser muy sencillo.

El polen había sido una trampa, aunque peligrosa. Malfurion se dio cuenta demasiado tarde de que Fandral había usado un ataque druídico más sutil. Mientras Malfurion esquivaba la flor, había inhalado las diminutas esporas de la planta infectada. Ahora llenaban sus pulmones.

Pero como había hecho con el veneno de la mañagrana, Malfurion expulsó las esporas de su cuerpo. No fue una acción tan sencilla y gradual como la que había usado en su túmulo. Después de todo, el tiempo no estaba de su parte. Malfurion expulsó las esporas con una feroz exhalación, enviándolas a quien se las había mandado.

El esfuerzo lo mareó brevemente, y en ese momento Fandral podría haberlo atacado de no ser porque el otro elfo de la noche tuvo que desviar todas las esporas prácticamente invisibles. Fandral hizo un gesto, y el viento desactivó el contraataque antes de que las esporas pudiesen llegar hasta él.

Pero, aunque Malfurion se había salvado esta vez, sabía que cada segundo que se viese obligado a combatir a Fandral solo beneficiaba a la Pesadilla. Fandral estaba perdido, su locura lo había consumido.

A menos que…

Con las palmas levantadas hacia el cielo, Malfurion se concentró.

Una calma cayó sobre el Enclave. Los árboles se detuvieron, y las otras plantas se calmaron. Malfurion sonrió sombríamente. Puede que la enfermedad infestase Teldrassil, pero no todo Teldrassil estaba consumido por ella. Había llamado a lo que todavía era puro para que lo escuchase, que recordase quién era.

Pero, un instante después, el terror regresó. Fandral estiró los brazos con la sombra a su lado.

—¡No te permitiré que me vuelvas a quitar a mi hijo! —gritó.

Malfurion ya no escuchaba las incoherencias de Fandral. Se volvió a concentrar en atraer lo que quedaba de bueno en Teldrassil. No era tanto como lo que ya estaba infectado, pero con su ayuda resistiría, al menos por el momento.

Y eso era cuanto Malfurion podía pedir.

Pero ya no afectaba solo al Enclave. Malfurion luchó por extender su hechizo para que comprendiese a toda Darnassus. Aún había gritos y chillidos de pelea, pero eran menos y notaba que era porque su plan estaba funcionando.

El cuerpo, el alma incluso, le dolían. Malfurion no luchaba contra un solo enemigo, sino contra dos. En alguna parte, en lo profundo del Árbol del Mundo, había un pedazo del Señor de la Pesadilla, una presencia física.

Quería buscarlo para combatirlo, pero eso lo dejaría indefenso contra Fandral.

El esfuerzo crecía. Malfurion sintió su poder debilitarse. No era que Fandral fuese más fuerte; era que Malfurion estaba intentando proteger a los habitantes al mismo tiempo.

¡Debe ocurrir pronto! ¡Deben entenderlo! , pensó.

Entonces sintió la presencia de otros en el Enclave, y sus esperanzas crecieron a la vez que sus preocupaciones. Cómo reaccionaran marcaría la diferencia entre la victoria y la derrota.

Fandral redujo su ataque, manteniéndolo solo lo suficiente para mantener a raya a Malfurion. Este lo había supuesto. Él, a su vez, bajó las manos y cortó el hechizo.

Por un momento quedo en desventaja, pero luego Fandral hizo lo mismo. Ese no era el momento para que ninguno de ellos pareciese el agresor. Estaban a punto de ser juzgados.

Los otros Archidruidas y druidas se reunieron a su alrededor, la mayoría cautelosos e inseguros. Malfurion los miró a los ojos a todos, dejando que viesen su alma. No tenía nada que ocultar, mientras que Fandral sí.

Y una cosa que ocultaba Fandral era la criatura de sombra que creía que era Valstann que había vuelto con él. El otro Archidruida se presentó ante sus hermanos con una sonrisa beatífica, como si hubiese sido él quien los hubiese convocado. Sin embargo, esa responsabilidad estaba en dos figuras improbables, quizá tres, vio Malfurion, que ahora aparecieron en el centro del enclave.

Fandral no pudo evitar mirar detrás de él. Hamuul Runetotem y Shandris Feathermoon ya no eran sus prisioneros.

El ataque de Malfurion tenía muchas sutilezas. Además de luchar contra los esfuerzos del otro Archidruida, Malfurion había usado la distracción para manipular también las siniestras lianas que sujetaban al trío.

Malfurion intentó revivir a Naralex, pero el elfo de la noche permaneció inconsciente. Tuvo más éxito con Hamuul y Shandris. Poniendo a Naralex al cuidado de Hamuul, los envió hacia el portal, esperando mientras tanto que la locura de Fandral evitase que el Archidruida se diese cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Malfurion lo había conseguido, pero seguía siendo cuestión de si esos dos habían venido a ayudarlo o a apoyar a Fandral. El tercer de miembro del grupo dio señas de esto último, pues les gruñó a varios druidas.

Malfurion quería saber desesperadamente cómo había llegado hasta ahí Broll Bearmantle, pero la respuesta tendría que esperar.

—¡Muy bien! —exclamó Fandral hacia los recién llegados—. ¡Los traidores están reunidos! ¡Un trabajo excelente!

—Ellos dicen que el traidor eres tú, Maestro Fandral —dijo cautelosamente un druida.

Broll se dirigió a quien había hablado.

—¡Y lo es, aunque tardé en entender que los estaba obligando a alimentar aquello que corrompe Teldrassil en lugar de curar al Árbol del Mundo! —explicó a Malfurion—. ¡Cuando vine a advertirles, un grupo me capturó! Afortunadamente, antes de que pudiesen hacer mucho más, aparecieron Hamuul y Shandris y se las apañaron para hacerles entrar en razón…

—¡Hicimos lo que creíamos que era lo correcto! —contestó el druida aludido.

Algunos de los druidas parecían dispuestos a luchar contra Broll.

Hamuul Runetotem se puso junto al elfo de la noche. Shandris se movió hacia ellos, pero luego miró a Malfurion.

Asintiendo, les dijo a los reunidos:

—Ya me conocen. A la mayoría los adiestré. Hagan examen de conciencia y vean si todavía tienen fe en mi palabra.

—¡La Pesadilla lo ha seducido! —interpuso Fandral—. ¡Ya saben cuánto tiempo ha estado perdido! ¡Por grande que fuese una vez nuestro

shan'do, ahora es un emisario de la oscuridad! ¡No escuchen sus palabras!

—¿Y por qué deberían escuchar las tuyas, Fandral? —respondió Broll

—. ¡Prometiste que Teldrassil ayudaría a nuestro pueblo, pero ahora lo único que tienen que hacer es buscar con sus sentidos para ver en qué se ha convertido!

Malfurion miró a Broll con aprobación.

—Siempre te has subestimado. Sabes lo que acecha en el interior del Árbol del Mundo, ¿verdad, Broll? —Se giró hacia el tauren—. Y también tú, Hamuul…

—Lo sentí, pero no podía creerlo, Malfurion Stormrage. Vine aquí con Naralex, que sentía lo mismo, y encontramos a la general, que también buscaba la verdad…

—¿Naralex? —Malfurion miró a su alrededor, pero no había rastro del elfo de la noche.

—Sigue inconsciente —le aclaró amargamente el tauren—. Era el que estaba más gravemente herido. He hecho cuanto puedo por él… pero hace falta más…

Muchos de los druidas se movieron incómodos, obviamente disgustados por las revelaciones. Naralex era un poderoso druida querido por muchos. Miraron a Fandral con una nueva perspectiva… y con consternación.

Fandral miró desafiante a los reunidos que ahora estaban claramente contra él.

—¡Naralex es otro traidor! ¡No me dejó elección! ¡Son todos traidores!

Sus arrogantes palabras solo consiguieron ponerle más en contra a los druidas. Varios de los que quedaban se unieron a Broll y a los que ya habían tomado partido por Malfurion. Este avanzó, decidido a aceptar la responsabilidad por todos y cada uno de los actos de Fandral.

—¿Cuántos más deben sufrir o morir? —preguntó Malfurion—. ¡Todo Azeroth está cayendo, Fandral!

A los druidas reunidos, les explicó:

—Mientras los tenía aquí diciendo que curaban a Teldrassil, el resto del mundo estaba siendo atacado. Miren en su interior y sientan el dolor de Azeroth…

Hicieron lo que decía. Casi inmediatamente, varios druidas lanzaron gritos ahogados de horror.

—¡El Claro de la Luna! —dijo uno—. ¡Incluso el Claro de la Luna!

¿Pero dónde está el Guardián Remulos? ¿Sin duda no lo ha abandonado?

Era una pregunta excelente cuya respuesta inquietaba a Malfurion. Él sabía que el otro Archidruida no era ni lo bastante poderoso ni lo bastante astuto para haber apresado al guardián. Sin embargo, la malévola fuerza detrás del enloquecido elfo de la noche sin duda lo había sido.

—¿Bien, Fandral? ¿Dónde está Remulos?

—¡Él también es un traidor! ¡Seguirá preso hasta que vea la verdad!

—El Archidruida loco les hizo gestos a todos los que estaban ante él—.

¡Los obligaré a todos a ver la verdad!

Abandonando toda pretensión de inocencia, Fandral hizo un gesto.

Muchos de los druidas se agarraron el pecho repentinamente.

De uno de ellos brotó una larga liana que se movía hacia adelante y hacia atrás como una serpiente. A pesar de su terrible herida, el druida la agarró… y así los otros vieron que otras lianas malignas surgían de varias partes de sus manos, sus brazos, por todas partes.

—Me he preparado por si me traicionaran cualquiera de ustedes —

explicó Fandral sin pestañear—. De un modo u otro… ¡todos servirán a Teldrassil y su propósito!

A la primera víctima se le unieron más y más. Malfurion reaccionó inmediatamente, buscando detener el crecimiento de las malévolas semillas de Fandral. Solo podía imaginar que las habían inhalado igual que las esporas que lo habían atacado recientemente. Fandral estaba dispuesto a matar a todos los druidas para sus propósitos.

Pero no todos estaban afectados. De hecho, eran aquellos que se habían unido a Fandral, druidas que se habían convertido en sus seguidores.

Que su oficio se hubiese corrompido tanto entristecía a Malfurion, pero no tenía tiempo para preguntarse por qué alguien podría escoger ese camino.

Lo que importaba era salvar a los heridos.

Sin embargo, ni Fandral ni el Señor de la Pesadilla estaban dispuestos a darle ese tiempo. La corrupción en Teldrassil volvió a surgir. Darnassus estaba de nuevo siendo atacada; más criaturas de sombra brotaron de las ennegrecidas hojas del Árbol del Mundo.

Malfurion tenía que vérselas con Fandral y su amo, pero hacerlo significaba sacrificar a sus hermanos. El primer druida ya estaba perdido.

Lo que quedaba de su cuerpo había sido devorado por el explosivo crecimiento de las lianas parásitas.

Había una esperanza, otro con la fuerza… si creía.

—¡Broll! ¡Mírame! ¡Mira lo que hay que hacer!

—¡Estas no significan nada! —gritó Broll amargamente, indicando sus grandes astas—. ¡No soy como tú, shan'do!

—¡Lo eres! —insistió Malfurion, mostrando el esfuerzo en su voz—.

¡Siente tu vínculo con Azeroth! ¡Tú puedes detener esto! ¿O vas a dejar que todos mueran horriblemente?

Era una pregunta fría, y Malfurion se despreció por tener que preguntarla, pero no podía aguantar más. El resto de los elfos de la noche, el resto de Azeroth, tenían poco tiempo más que los druidas.

Malfurion se concentró en Fandral. Al mirar a su rival, vio a la criatura de sombra detrás de él que, sin embargo, a la vez formaba parte del Archidruida loco. Dirigía los pensamientos de Fandral para su auténtico amo.

Malfurion entendió lo que tenía que hacer, aunque arriesgaba mucho.

Se lanzó hacia Fandral, transformándose en felino. Fandral reaccionó como esperaba, sacando de una bolsa un puñado de diminutas espinas y lanzándoselas al gigantesco felino.

Malfurion volvió a cambiar, lanzando al mismo tiempo otro hechizo.

Para la mayoría de los druidas, incluso para los que tenían el talento de Malfurion, las posibilidades de éxito habrían sido mínimas. Sin embargo, Malfurion había sido el primero en ser adiestrado por el semidiós Cenarius.

También había aprendido su oficio con la primera invasión de la Legión Ardiente y había afinado bien su talento los últimos diez mil años.

El viento huracanado atrapó las espinas y las lanzó hacia Fandral, que lanzó su propio hechizo. Las lianas que habían retenido a Hamuul y Shandris escupieron cientos de gotas de savia pegajosa hacia las espinas, encapsulando los letales proyectiles y haciendo que cayesen al suelo sin llegar al enemigo de Malfurion.

—Apenas digno de… —empezó a decir Fandral.

Un fuego que brillaba como las estrellas, el auténtico ataque de Malfurion, golpeó a la criatura de sombra que estaba detrás de Fandral.

La turbia figura se retorció sobre sí misma cuando el fuego la engulló.

Siseó y aulló. Pedazos de la sombra en llamas se desperdigaron en el viento.

—¡Valstann!

Fandral intentó desesperadamente agarrarse a la sombra. Intentó en vano apagar el fuego, pero solo consiguió verse envuelto en él. Ni siquiera

entonces le prestó atención el Archidruida al dolor mientras se aferraba al demonio que creía que era su hijo perdido.

Una mano hizo volverse a Fandral. Antes de que pudiese reaccionar, Malfurion lo golpeó en la mandíbula. Era el último ataque que se podía esperar que usara contra el Archidruida, y el que había escogido Malfurion por muchas razones.

Fandral cayó hacia atrás.

Quedaba poco de la criatura de sombra. Como antes había hecho Fandral, Malfurion se dirigió hacia los restos. El fuego también lo quemó a él, pero sabía cómo disminuir la sensación de dolor. Era vital que hiciese contacto con la sombra.

Solo quedaban fragmentos. Malfurion había intentado templar su ataque para conseguir ese momento necesario, pero casi había llegado demasiado tarde.

Una mano entró en la sombra. Al instante, un espantoso frío cubrió su alma. Malfurion se preparó y empujó su mente hacia la sombra.

Y lo que sintió confirmó el temor que había estado creciendo en él desde que lo capturó el Señor de la Pesadilla.

El último fragmento desapareció y, con él, el fuego. Malfurion tomó aliento mientras recuperaba el equilibrio. Se volvió hacia Fandral, pero el elfo de la noche yacía caído como lo había dejado. Los ojos de Fandral estaban abiertos, pero sin ver. La segunda pérdida de su «hijo» había sido demasiado.

Malfurion se volvió a Broll… y abrió los ojos como platos. Broll Bearmantle se encontraba entre los druidas heridos, levantando las manos sobre la cabeza con las energías de Azeroth girando a su alrededor. Sus ojos, antes plateados, brillaban ahora con un color casi tan dorado como el de Malfurion. De sus manos surgían tentáculos de energía que llegaban a los otros druidas.

Dos cuerpos agujereados yacían en el suelo, las primeras víctimas de Fandral, pero parecía haber esperanza para los otros druidas. Hamuul Runetotem estaba junto a Broll, ayudando en lo que podía, pero el esfuerzo era del elfo de la noche.

Eres lo que estás destinado a ser, pensó Malfurion con alivio y orgullo.

Tarde, se dio cuenta de que no había ni rastro de Shandris.

Conociéndola como la conocía, Malfurion estaba seguro de que había ido a

dirigir a los defensores de Darnassus.

Malfurion se transformó. Tomando otra vez la forma del gran felino, corrió desde el Enclave hacia el centro de Darnassus. A su alrededor vio que la lucha continuaba. Incluso sin Fandral, Darnassus estaba en un grave peligro, pero Malfurion solo podía ayudar siguiendo delante.

Adelante.

Corrió hacia el bosque más allá de la capital. Inmediatamente las ramas y las hojas de los árboles cercanos intentaron entorpecer su paso.

Malfurion las esquivaba ágilmente cuando podía o las rompía con sus garras y sus dientes cuando no. Su espeso pelaje evitaba que su cuerpo sufriese muchas heridas, pero aun así más de una docena de cortes ensangrentados lo marcaban antes de llegar al interior de la copa de Teldrassil.

Una salvaje y gigantesca figura surgió del árbol, tan parte de él que el Archidruida apenas lo distinguió a tiempo. El anciano se movió para adelantarse a la maniobra evasiva de Malfurion, así que este se lanzó directamente hacia él.

El corrompido guardián del bosque intentó recuperarse, pero Malfurion cayó sobre las piernas de la criatura. Más rápido y ágil, el felino esquivó al gigantesco anciano.

La copa del Árbol del Mundo se espesó y se oscureció. Por todas partes crecían espinas. Ningún felino del tamaño de Malfurion podría haber girado como lo hacía él; el elfo de la noche hacía uso de unos reflejos afinados siglo tras siglo.

Pero, justo cuando llegaba donde sentía que se encontraba su meta, un pequeño cuerpo peludo cayó sobre su hocico y le arañó los ojos. Era solo una ardilla, uno de los muchos habitantes del árbol, pero incluso ella había sido corrompida por el mal.

La ardilla era un enemigo que fácilmente podía eliminar moviendo la cabeza, pero ese no era el auténtico peligro. Malfurion intentó compensar por lo que fuera a llegar después. Cuando una rama más pequeña se le enganchó en una pata y casi le hizo caer, el Archidruida cambió inmediatamente a su forma normal y se detuvo antes de que lo atrapasen unas ramas de otros árboles cercanos que lo esperaban.

Unas criaturas de sombra cuyos perfiles reconoció cayeron de las ramas superiores. Los demonios se apilaron en el punto donde Malfurion había estado. Rasgaron el cuerpo y el alma de Malfurion…

Un rugido salvaje que le salió del interior hizo caer a las sombras.

Unas enormes garras brillantes barrieron a las criaturas, dejando varias hechas pedazos. De nuevo en su forma felina, Malfurion usaba sus habilidades inherentes para diezmar a sus turbios atacantes.

Caían ante sus garras como la hierba ante el segador. En segundos solo quedaba Malfurion el felino, un vencedor que lanzó un último y poderoso rugido, y luego se lanzó los últimos metros hacia lo que buscaba.

Surgía del tronco del Árbol del Mundo y, aunque por una parte tenía la forma de una de las muchas ramas gigantescas que crecían por todo Teldrassil, el color lo marcaba claramente. Era un color que Malfurion asociaba con algo que no era un árbol, infectado o no. Y desde luego, cuando cambió a su forma de elfo nocturno, solo tenía que mirarse la mano para ver piel de un color semejante.

Incluso sin tocarlo, el Archidruida podía sentir lo expertamente que había sido injertado en lo que en su momento había sido seguramente un Teldrassil mucho menos maduro. Malfurion distinguía el trabajo de Fandral y supo que el otro Archidruida debía haber regresado varias veces para que su añadido completase su espantoso crecimiento. Ahora tenía más de dos metros de altura, sus ramas tenían al menos un metro o metro y medio y estaban cubiertas de docenas de esas hojas oscuras con pinchos. También había unas frutas pálidas que tenían una forma que recordaba vagamente a un cráneo.

Malfurion se acercó al injerto. Las frutas brillaban y una de ellas cayó cerca del elfo de la noche. Se abrió con el golpe que se dio contra la rama que sostenía al Archidruida. Una espesa sustancia blanca brotó de ella, y el hedor que acompañaba a la sustancia recordaba al de cadáveres en descomposición.

Malfurion se apartó, aunque eso lo alejó un paso del injerto. Sabía lo que el Señor de la Pesadilla tenía en mente, pero no podía hacer nada más.

Cayó otra fruta. Al abrirse, la sustancia blanquecina se convirtió en cientos de ciempiés de color hueso con cabezas semejantes a las de cráneos sin carne de elfos de la noche.

Malfurion Stormrage…, lo llamaban según se acercaban a él.

Malfurion Stormrage… es hora de que te unas a nosotros…

Reconoció esas voces. Cada una era distinta, pero las conocía todas y cada una de ellas. Estaba Lord Ravencrest, que había dirigido a las fuerzas de los elfos de la noche hasta que fue asesinado por un agente de los

Altonato de la Reina Azshara; la Suma sacerdotisa Dejahna, la predecesora de Tyrande, el malvado Capitán Varo'then, el devoto sirviente de Azshara y muchos, muchos otros que habían habitado sus sueños y seguramente los de Tyrande durante milenios.

Malfurion… hemos esperado tanto… ven, únete a nosotros en nuestro largo descanso…

Se tambaleó sin hacer nada mientras los monstruosos ciempiés llegaban a sus pies. El primero trepó sobre su pie con las esqueléticas mandíbulas abiertas…

El Archidruida se agachó y lo agarró. Apretó con fuerza.

El ciempiés aulló como un elfo de la noche moribundo. Su fantasmagórica cáscara exterior se peló y reveló una hermosa rosa que brotaba hacia arriba.

Los otros ciempiés también empezaron a aullar. Todos sufrían como había sufrido el que sujetaba Malfurion.

—Que este sea su legado —le dijo al injerto mientras las rosas brotaban por todas partes—. Que honren a todos los que defendieron a Azeroth… a los que no cambiaron su mundo por poder…

La copa de Teldrassil se estremeció como sí un enorme viento soplase a través de ella. Las hojas de los cientos de árboles más pequeños sobre él crearon lo que a oídos de Malfurion era un rugido furioso y amargo.

Usó el momento de la furia del Señor de la Pesadilla para volver a cambiar de forma, pero esta vez se convirtió en un enorme oso, un oso temible. Con su tremenda fuerza Malfurion agarró el injerto y lo arrancó de Teldrassil. Hurgó en el tronco, arrancando incluso las «raíces».

El Árbol del Mundo tembló. Enormes árboles que estaban sobre él se soltaron. Malfurion el oso se agarró al tronco, y el movimiento arreció. Solo podía esperar que aquellos que se encontraban en Darnassus estuviesen protegiéndose.

El temblor pasó. El druida buscó inmediatamente con su mente hasta dónde había llegado el daño y se quedó asombrado. A pesar de la brevedad del temblor, la intensidad había sido suficiente para dejar en ruinas los bosques de Teldrassil. Poderosos robles enteros se habían partido por la mitad. Gran parte de la copa era una maraña de restos peligrosos.

Hay que abandonar Darnassus, decidió el Archidruida. Hasta que se supiese la extensión del daño provocado al Árbol del Mundo, todos estaban en peligro.

Mientras Malfurion pensaba en esto, una gran masa de árboles destrozados demostró de repente ser demasiado para las ramas que soportaban su peso. Con un ruido como el de un trueno repetido, las ramas crujieron, y toneladas de madera y polvo cayeron con un rotundo estrépito.

Más abajo, la inercia provocó el destrozo de otros árboles gigantescos, y la asombrosa visión se repitió.

Entonces, a pesar de lo que ocurría en el Árbol del Mundo, el Archidruida miró la rama solitaria que había arrancado. Había palidecido mucho, y ahora algo goteaba de ella. Era una sustancia espesa que tenía la consistencia de la savia de un árbol, pero no era de ese color. De hecho, los sentidos de oso de Malfurion captaron un olor que agitó una increíble ira en su interior.

Era el origen del mal que se había extendido por Teldrassil. Malfurion lanzó un gruñido bestial. Sabía lo que era… y, por lo tanto, cómo había llegado a ser así.

Era sangre. Aunque espesa, era fresca y era exactamente igual a lo que fluía a través de su cuerpo o el de cualquier otro elfo de la noche.

Sangre… de un árbol.

El druida recuperó su verdadera forma cuando se dio cuenta de eso.

Solo existía un árbol así. Malfurion, había provocado que ese árbol existiera, hacía milenios. Lo había hecho para poner fin a una maldad y había hecho algún bien… pero, evidentemente había puesto en movimiento una oscuridad más terrible.

La rama era del árbol que proyectaba la sombra del Señor de la Pesadilla. Un árbol que una vez había sido el temible consejero de la horrible Reina Azshara.

El nombre era como veneno en los labios de Malfurion.

Xavius…