Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 23 de 32

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Tempestira

Capítulo Veintiuno

TORMENTA SOBRE

VENTORMENTA

Broll volvió en sí siendo consciente de que no podía recordar cuándo había caído presa de la Pesadilla. Se encontró junto a Tyrande, Lucan y la orca… delante de un muy enfadado Eranikus.

Peor aún, habían regresado al Sueño Esmeralda, o a lo que quedaba de él. El grupo se encontraba en un valle profundo que todavía conservaba la marchita gloria del antaño fabuloso reino. Unas altas colinas los rodeaban, pero, aunque parecían centinelas fuertes y severos, el druida era muy consciente de la poca protección que suponían en realidad.

El dragón verde miró a Lucan como si fuese una peste a quien convendría devorar. Es de rigor decir que el cartógrafo se enfrentó al gigante sin temblar.

—¡Por primera y última vez, vete y llévate a esos otros lejos de mí!

¡Estarías mejor cortando cualquier absurdo vínculo que nos ate, humano!

—Solo esperaba que nos fuéramos lejos de donde estábamos —

respondió Lucan con algo más que cierta exasperación—. ¡No sabía que volveríamos aquí!

El dragón siseó.

—¡Si hubiese sabido que serías un dolor de cabeza tan grande, te habría dejado siendo bebé en el Sueño Esmeralda! ¡Que un humano pueda poseer un poder tan peligroso y aleatorio simplemente por haber nacido aquí! Sí, habría sido mejor dejarte al albur de los caprichos del destino…

A pesar de sus protestas, el tono de Eranikus le indicaba a Broll que en realidad su ira no se concentraba en Lucan. La furia del gigante estaba dirigida hacia sí mismo.

Pero esa era una cuestión que el propio Eranikus tendría que solucionar. A Broll le preocupaba más otra situación, una que Tyrande expresó por él.

—¿Puedes llevarnos hasta Malfurion? —le preguntó al dragón—.

¡Tenemos que encontrarlo! ¡Tengo que encontrarlo!

—¿Para qué? —se burló Eranikus—. ¡Todo va a acabar tristemente!

¡La Pesadilla se ha llevado a mi reina, a mi compañera! ¡Ya no hay esperanza! Le he vuelto a fallar…

Esto le ganó una mirada de desprecio por parte de la Suma sacerdotisa.

—¡Y por eso te regodeas en el fracaso! ¡Pues nosotros no!

Eranikus extendió sus alas. Miró alrededor, casi como si tuviese miedo de que la Pesadilla lo hubiese notado. Entonces, con su furia venciendo momentáneamente a su miedo, siseó:

—¡Pueden ir donde les plazca y hacer las tonterías que quieran mientras que a mí no me recuerden de nuevo lo que ha pasado!

Un ala se movió hacia las diminutas figuras. Broll empujó a Tyrande hacia Lucan y vio que, inteligentemente, Thura también había reconocido sus intenciones.

En cuanto a Lucan, hizo lo que Eranikus obviamente pretendía.

Enfrentado a lo que parecía ser una amenaza… el humano salió involuntariamente del Sueño Esmeralda.

Con él se fueron los otros. En un momento, el gran dragón se encontraba ante ellos y, al siguiente, se encontraban ante los muros del gran castillo.

Y en medio de una frenética batalla.

A un lado, los espantosos cuerpos astrales de las víctimas de la Pesadilla pasaban por encima de las defensas y caían sobre el castillo. Sus retorcidas y agónicas formas, sus bocas aulladoras… todo en ellos provocaba los miedos más básicos, incluso entre los más duros del grupo.

Unos ojos vacíos buscaban a cualquiera con el que pudiesen compartir su tortura.

En el otro, una banda de cada vez menos defensores vestidos con una armadura familiar intentaba contener lo que no podía contenerse. Su valor era tremendo, pues ninguno huía, aunque eran considerablemente inferiores en número. Mientras los cadavéricos demonios se acercaban, los defensores se mantenían firmes.

Para sorpresa de Broll, conocía el lugar.

—Esto es Ciudad de Ventormenta… ¡y el castillo real!

Un soldado los vio. Se tomó un momento para asimilar su extraña llegada y luego llamó a un par de compañeros. El trío cargó ansiosamente hacia los recién llegados, esgrimiendo espadas y antorchas al acercarse.

La orca se movió para luchar contra ellos, pero Tyrande le bloqueó el paso.

—¡Creen que somos parte de la Pesadilla! —le gritó la Suma sacerdotisa a Broll—. ¡Debemos convencerlos de lo contrario!

Antes de que los otros pudiesen evitarlo, Lucan se colocó al frente.

Con los brazos estirados enseñando las palmas de las manos a los soldados, gritó:

—¡Esperen! ¡Somos amigos! ¡Soy Lucan Foxblood, tercer ayudante cartógrafo del rey! ¡Debemos verlo!

Los soldados dudaron, más de uno mirando a la orca con grandes sospechas. Broll adivinó lo que estaban pensando. ¿Qué clase de pesadilla tomaría una forma tan extraña?

Señalando a sus compañeros que se detuviesen, el primer soldado se acercó a distancia de espada de Lucan. Estiró la espada hacia el cartógrafo, que no se movió.

La punta tocó carne sólida. El soldado parecía más aliviado aun que Lucan. Sin embargo, volvió a mirar a Thura.

La Suma sacerdotisa se acercó a Lucan, tapando la vista de la orca.

—¡Soy Tyrande Whisperwind, líder de los elfos de la noche y conmigo viene Broll Bearmantle, camarada del rey Varian! La orca viene con nosotros. No les desea ningún mal…

—Broll Bearmantle… —Al menos ese nombre le resultó conocido al soldado. Asintió señalando a ambos elfos de la noche—. Mi señora, nos sentimos honrados…

—¡El Rey! —le recordó Lucan—. ¡Necesitamos ver al rey Varian inmediatamente!

—Entonces será mejor que vengan conmigo —replicó el soldado—.

¡Tenemos que retirarnos de aquí de todos modos!

No había terminado de hablar cuando se oyó un grito cercano. Se giraron y vieron a otro soldado a unos pocos metros detrás de ellos, luchando entre la niebla. Unas manos surgidas de la bruma lo agarraron, y las macabras caras de los esclavos de la Pesadilla cubrieron ansiosamente al indefenso soldado como si quisieran devorarlo.

Antes de que nadie pudiese ayudarlo, el hombre desapareció. Su propio grito seguía resonando, volviéndose más espantoso, más parte de la Pesadilla.

—¡Rápido! —ordenó el soldado que estaba con Broll y los demás.

Los guio a gran velocidad por una larga escalera de piedra y luego a través de un patio hacia otra parte de la muralla. Al llegar, Broll le dijo al guía:

—¡La ciudad! ¿Cómo está?

—¡En pedazos desperdigados por todas partes! El Distrito de los Mercaderes, el puerto, el Valle de los Héroes… ¡todo está oscuro! —le gritó el hombre—. Algo de ruido en el Casco Antiguo, la Plaza de la Catedral y el Distrito de los Enanos… ¡y el Barrio de los Magos sigue iluminado!

Hizo un gesto a su derecha, donde el druida vio un despliegue constante de colores que señalaban que se estaban lanzando hechizos. Había otras pocas zonas donde también aparecían otros despliegues de luz mucho más discretos.

—Era mucho más brillante hace una hora —continuó el soldado—.

No estamos aguantando. Nadie está aguantando…

—¡Ya es asombroso aguantar! —intervino Tyrande—. ¿Qué dices tú, Broll?

El druida asintió.

—Por valientes y poderosos que sean los defensores de Ventormenta, tanto guerreros como magos ya deberían haberse visto tragados… —Pensó un poco más en el asunto y se le ocurrió una esperanza mínima—. ¡Puede sea cosa de Malfurion, pero creo que hasta ahora ha sido la Señora del Sueño!

—¡Pero Ysera ha sido capturada!

Broll se enorgulleció un poco en lo que dijo después.

—¡Ella es un Aspecto, una de los grandes dragones! ¡Más aún, es la protectora del Sueño Esmeralda! Incluso cautiva de la Pesadilla, creo que lucha por evitar que la utilicen contra el Sueño y contra nosotros…

Thura miró el tétrico paisaje que inexorablemente se les acercaba cada vez más.

—Ella lucha, pero esta ciudad… y quizá también Orgrimmar caerán.

Empezaron a subir por otro tramo de escaleras de piedra. Más de una vez su trayecto se veía acentuado por gritos de terror y consternación.

—¡Ysera se sacrificó para que Malfurion escapase! —añadió el druida

—. ¡Debe de creer que mi shan'do puede hacer algo todavía!

—¿Y qué hay de nosotros? —preguntó Tyrande.

Broll no tenía respuesta para eso. No podía decirle lo que le reconcomía constantemente. La última pesadilla con su hija le había recordado su gran fracaso. Él no era Malfurion Stormrage. Ni siquiera era un Archidruida.

Solo era un antiguo gladiador y esclavo rebelde. Pero eso era también lo que hacía que Broll siguiese adelante. El soldado los llevó por fin hasta una figura conocida. Incluso con la armadura tapándolo, la postura solo podía ser de una persona.

—¡Lo'Gosh! —rugió Broll.

La figura blindada se giró. A través del visor del casco, Varian observó lo que tenía delante.

Desgraciadamente, en lo primero que se fijó en Thura.

—¡Una orca en Ventormenta!

El rey atacó inmediatamente con su legendaria espada, Shalamayne, preparada para matar. La gran hoja de Shalamayne, con su filo estrecho especial en la punta y el filo más ancho y en ángulo más abajo parecía capaz de partir en dos a la orca. La gema de la parte baja de la hoja brillaba como un sol enfurecido.

Thura maniobró para defenderse. Varian lo interpretó como una confirmación de sus sospechas. Sujetó con fuerza la larga y delgada empuñadura mientras el arco invertido de la parte baja de la hoja protegía sus dedos tirantes.

—¡Que tu sangre sea la primera de mil orcos que morirán esta noche por lo que está ocurriendo! Te…

Broll se puso delante.

—¡Estás perdiendo la vista, Lo'Gosh! ¡No es bueno para un rey, y no digamos para un triste remedo de gladiador!

—Broll Bearmantles. —A pesar de reconocer la presencia de su amigo, el Rey no bajó su espada—. ¡Apártate de ese maldito monstruo verde! Lo mataré….

—¡Está con nosotros! ¡Lo que está ocurriendo no es culpa suya, y tampoco de Thrall!

La desconfianza de Varian era patente, pero también lo era que para llegar hasta Thura, que estaba más que dispuesta a presentar batalla, el Rey

de Ventormenta tendría que pasar por encima de su viejo camarada.

—Ni siquiera sé si esto es real —gruñó Varian—. Dime que eres real, Broll.

El druida estiró un brazo. Tras una cuidadosa pausa, el Rey de Ventormenta le dio la mano. Su mirada se dulcificó ligeramente al responder al apretón.

—¡Eres tú! ¡De verdad…!, eso creo…

—¡Si puedes sentir esos huesos que estás haciendo polvo, sabrás que soy real!

—Broll y el Rey se soltaron. La alegría de su reunión se veía empañada por el temible momento—. ¡Valeera! Por casualidad no estará por aquí, ¿verdad?

—No he visto a esa picara elfa de sangre tuya desde hace semanas.

¡Ya sabes lo independiente que puede ser! —Varian hizo una mueca—.

Créeme, Broll, ahora nos vendría bien su talento guerrero. Espero que no la vuelvan a pillar robando. No querría tener que verla luchar por alguien como Rehgar Earthfury o alguien peor.

Se refería al chamán orco para quién habían peleado siendo gladiadores y esclavos del Anillo Carmesí. Todas las peleas en el Anillo Carmesí eran a muerte e incluso Valeera había matado a unos cuantos.

El druida no ocultó su decepción, solo podía confiar en que, estuviese donde estuviese, la elfa de sangre estuviese en lugar seguro.

¿Pero cuál sería un lugar seguro dentro de poco?

—Te conozco —dijo Varian mirando hacia Lucan—. Foxblood, te creíamos perdido.

El cartógrafo asintió.

—Lo he estado.

Tyrande recibió un breve, pero muy educado gesto con la cabeza.

Varian la había conocido justo antes de recuperar su trono.

—Majestad… —Y volvió su atención a Thura. Volvió a levantar la espada y se fijó con una mirada letal en la orca—. Pero ¿por qué traer esta basura a la Ciudad de Ventormenta, Broll? ¿En qué estabas pensando? ¡Su Jefe de Guerra ya usó antes una niebla para acercarse a nuestra muralla como un asesino sin honor cualquiera! Antes que enfrentarse a nosotros directamente, usó la peste para reducirnos; un arma repugnante que ningún guerrero auténtico usaría…

—¡Thrall no es un asesino que se oculte en la niebla ni un guerrero sin honor! —replicó la orca—. No puedes hablar de él…

Antes de que empeorase, Broll dijo:

—¡Lo'Gosh! ¡No hay tiempo para esta discusión eterna! ¡Ella está con nosotros! ¡Respondo por ella con mi vida! ¡Con mi vida!

—Entonces le das poco valor a tu existencia, Broll…

—¡Basta! ¡Hay asuntos más importantes! Dime la verdad, ¿cuánto tiempo crees que le queda a la ciudad?

—Yo diría que ya la hemos perdido, pero, aunque su avance es innegable, se mueven lentamente. Aun así, nuestras armas son básicamente inútiles contra ellos, y todas, excepto unas pocas barriadas, están en silencio. Para mañana, suponiendo que vaya a haber un mañana, puede que no quede nada que resista, excepto parte del castillo. Si tienes algo en mente que nos pueda salvar, aceptaré lo que sea. Ya lo sabes.

—Me alegra oírlo. Espero que sigas pensando lo mismo después de que te diga qué esperamos hacer.

El druida rápidamente le explicó sus ideas. Varian frunció profundamente el ceño mientras intentaba comprenderlo todo.

—Aceptaré tu palabra, Broll —dijo finalmente el monarca—. Pero la pregunta sigue en pie, ¿qué hacer al respecto?

—Mi shan'do es la clave… de algún modo. Creo que él es la clave. —

Broll señaló a Lucan—. Tu hombre tiene un talento llamativo… pero tiene la tendencia de enviarnos por caminos erróneos. Tenemos que llegar deprisa a Darnassus… más deprisa de lo que yo pudiera viajar por mi cuenta….

—Aún nos quedan algunas monturas voladoras aquí, en el castillo —

sugirió Varian—. Un par que podrían ser útiles…

Tyrande dio de repente un paso adelante.

—Rey Varian, si pudieras responderme a una pregunta, se me ocurre que podría haber otro modo en el que uno de nosotros pueda llegar a Damassus mucho más deprisa. Incluso más deprisa que con la montura más veloz que tengas.

—Si puedo responderte de un modo que ayude nuestra situación, por favor pregunta…

—¿Sabes dónde está ahora nuestra embajadora?

Varian frunció el ceño.

—Atrapada en su sueño como tantos otros… en sus aposentos, si recuerdo bien el informe.

—Necesitamos que alguien nos lleve con ella —insistió la Suma sacerdotisa.

—Yo no puedo dejar el mando.

El Rey miró a Tyrande y luego a Broll. Por fin dijo:

—¡Mayor Mattingly!

Era un veterano soldado de pelo cano ataviado con una brillante armadura dorada y roja con una sobrevesta azul marino y la orgullosa cabeza de león de Ventormenta. Tenía en la cara las marcas de la experiencia y llevaba una barba recortada. En la mano derecha llevaba una tizona.

—¡El druida! —dijo ásperamente cuando vio a Broll—. Yo te conozco…

—¡Y yo a ti! —replicó Broll—. Sirves con el general Marcus Jonathan…

El elfo de la noche se calló, recordando lo que había dicho el soldado que los había llevado hasta ahí. El Valle de los Héroes, donde el general y Mattingly deberían estar apostados, ya había caído.

Los ojos del mayor confirmaron la preocupación de Broll.

—El general pidió refuerzos cuando la niebla empezó a llevarse a nuestros hombres. Me envió para que los llevase. Antes de pudiese volver, la niebla cubría el valle…

—El maldito estúpido casi se mete de cabeza contra la niebla incluso entonces —añadió Varian sin ninguna ira—. Pero Mattingly sabía que necesitábamos a todos los hombres y ordenó a los soldados que había reunido que volviesen aquí…

Al mayor, el Rey de Ventormenta le dijo:

—Sabes dónde vivía… vive la embajadora de los elfos de la noche.

Necesito a alguien de fiar, pero lo bastante cauteloso como para que los lleve allí… aunque no me han dicho exactamente por qué.

Tyrande no lo dudó.

—Tiene una piedra de hogar.

Los ojos de Varian no fueron los únicos que se abrieron como platos.

Broll también sabía a qué se refería la Suma sacerdotisa, aunque él solo había visto un objeto como ese dos veces. Una piedra de hogar era un cristal del tamaño de una mano, de forma ovalada, que estaba vinculado mediante magia arcana no solo a su portador sino a un lugar concreto. Generalmente

estaban vinculados a grandes lugares como, aparentemente en este caso, Darnassus. La distancia no importaba.

—Creía que solo eran leyenda —dijo cauteloso Varían—. Cosas que solo se oían en historias de magos… o elfos.

—O elfos —repitió la Suma sacerdotisa con una breve sonrisa amarga.

—Es curioso que tu embajadora tenga una.

—Pero ahora quizá sea bueno para nosotros —respondió Tyrande con calma.

Asintiendo, el rey no dijo nada más. Miró al mayor, que lo saludó.

Mattingly hizo gestos a los demás para que lo siguieran.

Varian no intentó evitar que la orca siguiese a los elfos de la noche, y ni Broll ni Tyrande se atrevían a dejarla con los humanos. La propia Thura parecía no tener muchas ganas de quedarse.

Pero un miembro de su grupo les dio una sorpresa. En lugar de quedarse con su Rey y compatriotas, Lucan Foxblood también los siguió.

—Estás en casa —murmuró Broll—. ¡Quédate aquí!

—Puede que me necesiten —repuso Lucan con los ojos llenos de una determinación imposible de frenar—. Puede que mi poder sea impredecible y peligroso, pero puede resultar útil… en caso de necesitar huir…

El druida no dijo nada más. Ya estaban en las puertas del castillo. El mayor gritó una orden y se abrieron, aunque los centinelas las cerraron rápidamente detrás de ellos. Cuando salieron, Tyrande dijo algo que todos los demás notaron inmediatamente.

—Aquí la niebla es espesa, pero no se ve por ninguna parte a esos pobres diablos…

—¿Por qué iban a estar aquí? —replicó sombrío Broll—. ¡Esta parte de Ventormenta ya está bajo el poder de su amo!

Ciertamente no se oía ningún ruido cercano, aunque en la distancia podían oír los gritos, chillidos y explosiones que señalaban a los menguantes defensores. El sobrenatural silencio era un cruel recordatorio de cuántas partes de Azeroth ya estaban así.

—Ella debe resistir —dijo el druida, refiriéndose a Ysera—. Debe…

—Y nosotros debemos rezar para que Malfurion esté bien y pueda ayudarnos —añadió Tyrande.

No dijo lo que quedaba claro por su tono, que temía por él por el amor que sentía hacia el Archidruida.

—Tu Embajadora tiene una casa en el Distrito de los Mercaderes —les informó el mayor—, aunque nunca he entendido por qué lo prefería al Parque, donde tu gente suele congregarse. —Cuando la Suma sacerdotisa no ofreció explicación alguna, Mattingly se tiró de la barba y cambió de tema—. Será mejor que evitemos la Plaza de la Catedral. Siguen defendiéndola, y podríamos caer atrapados en un hechizo. Además, tenemos que evitar los canales… allí la niebla es particularmente densa… allí sorprendió a muchos cuando apareció por primera vez en la ciudad.

Lucan hizo una mueca.

—Pero eso significa que tendremos que atravesar el Casco Antiguo.

Eso provocó una risa en Mattingly.

—¡En este momento no es muy distinta al resto de la capital, Foxblood!

Corrieron por una calle empedrada cuyo extremo norte estaba marcado como la entrada al Distrito de los Enanos. Desde allí salían más ruidos de lucha desesperada. Los enanos al menos seguían luchando.

Vigilando constantemente, el mayor los guio por una pasarela hacia el Casco Antiguo. Allí, a pesar del comentario de su guía, los demás entendieron por qué a Lucan le había preocupado tener que pasar por allí. El Casco Antiguo era una parte de Ciudad de Ventormenta que no había sido tan duramente castigada por los orcos y, por lo tanto, nunca había necesitado ser reconstruida. Sin embargo, eso también significaba que se le había prestado menos atención a su mantenimiento desde entonces y que, aunque se conservaba bien, no estaba ni mucho menos tan limpia como el resto de la capital. Cierto, el Salón de los Campeones estaba allí, y también las barracas del ejército, pero también se encontraban allí los pedigüeños, los ladrones y los pobres. Las calles estaban mucho más sucias que aquellas por las que habían pasado hasta entonces, y había presente un olor a podredumbre que no tenía nada que ver con la Pesadilla, excepto que esta lo acentuaba aún más.

—Cuerpos… —advirtió Mattingly.

Tres humanos desarrapados yacían tirados de cualquier manera. El primero tenía la mano en forma de garra y la boca abierta. Los otros dos parecía que habían estado apoyándose el uno en el otro para andar, pues cada uno tenía el brazo alrededor del otro. El mayor se separó de los otros el tiempo suficiente para tocarlos.

—El primero está muerto. De miedo, me parece a mí. Pero los otros dos duermen como los demás —les informó—. Sigamos.

Pronto les quedó claro que, sin su guía, era bastante probable que Broll y los otros se hubiesen perdido. Incluso Lucan, un cartógrafo, no parecía conocer bien esa parte de Ciudad de Ventormenta. Además de por la niebla, porque las calles tenían vueltas y revueltas que alimentaban la ya gran ansiedad del grupo.

Se encontraron con más cuerpos, pero el mayor Mattingly no se detuvo a examinarlos. Estaba claro que todos eran víctimas, que siguieran vivos o estuviesen muertos era indiferente.

Con mucho alivio, Broll vio que se acercaban a la entrada del Distrito de los Mercaderes. La niebla era allí tan densa como en el Casco Antiguo, pero no había rastro del ataque que estaba teniendo lugar en el castillo o en la catedral. Aun así, ninguno asumió que no los atacaría la Pesadilla.

—Giraremos a la izquierda cuando salgamos del pasaje —les informó el oficial.

Inclinándose hacia Tyrande, Broll murmuró:

—¿Por qué vive la embajadora en esta parte de la ciudad en lugar de en el parque?

En un susurro apenas audible, la Suma sacerdotisa le dijo:

—Porque hay algunos con quienes necesito que se reúna y que en el Parque serían demasiados llamativos.

Broll entrecerró los ojos y Tyrande añadió:

—No es ninguna amenaza para Varian o Ventormenta; los deberes de la embajadora consisten justo de lo contrario, Broll. Ahora, no me hagas más preguntas.

Él hizo lo que le pidió consciente de que, como líder de su pueblo, Tyrande se veía obligada a llevar cabo actos políticos que quizás hasta su leal Shandris ignoraba. No sería simplemente por el bien de la raza de los elfos de la noche, aunque eso sería lo más importante, sino por el beneficio de toda la Alianza.

El Distrito de los Mercaderes tenía el aspecto de estar mucho mejor cuidado, de ser un barrio más ecléctico. Broll habría estado contento de caminar por sus calles empedradas si hubiese estado en las condiciones habituales. La actividad incesante, las distintas razas y oficios… le recordaban la riqueza que había tenido Azeroth.

Pero ahora el Distrito de los Mercaderes se parecía demasiado al Casco Antiguo. La niebla flotaba por las tiendas, las posadas y otros edificios como si el barrio fuese una vasta e intrincada necrópolis. Peor aún, había un gran número de cuerpos caídos de cualquier manera como si muchos de sus habitantes simplemente se hubiesen caído mientras caminaban

—¿Están muertos o dormidos? —preguntó Thura de repente.

La orca había estado callada todo el trayecto. Su tono indicaba una inseguridad que probablemente había estado intentando ocultar. Esos no eran peligros a los que estuviera acostumbrada una guerrera.

—No hay tiempo para comprobarlo o para que nos importe —replicó Mattingly. Señalo un edificio ensombrecido a la derecha—. Es ahí.

Llegaron hasta el edificio, una posada, sin que surgiera ninguna amenaza. Broll y Tyrande intercambiaron miradas de preocupación; hasta ahora, habían tenido suerte.

—Será mejor que alguien vigile la puerta aquí abajo. —sugirió el mayor mirando la silenciosa calle. Los ruidos de pelea se iban amortiguando, como si las últimas defensas de Ciudad de Ventormenta estuviesen cayendo.

—Yo encontraré la habitación —decidió Tyrande.

—Y yo iré contigo —insistió Broll—. Mi shan'do nunca me perdonaría que te dejara ir sola… y tampoco yo.

Thura gruñó.

—Yo me quedo aquí, donde un hacha tiene espacio para abrir cabezas.

—Yo también me quedaré —dijo Lucan mirando a la orca y al mayor y colocándose entre ambos. Mattingly le dio una espada corta.

—Nos daremos prisa —prometió la Suma sacerdotisa. En realidad, había poco que esos tres pudiesen hacer para defender el edificio; eran más bien vigilantes.

El interior de la posada estaba marcado por el cuerpo de un corpulento humano que probablemente era un cliente del establecimiento. Estaba sentado en una silla con los brazos colgándole a los lados. Su expresión tenía tal rictus de horror que los elfos de la noche no pudieron evitar frenar en seco.

Broll se inclinó sobre el cuerpo. El humano murmuraba algo. La expresión del druida se endureció.

—Debemos seguir adelante.

Tyrande subió de dos en dos los escalones de madera.

Broll miró un instante más al hombre, puesto que encontraba a esta víctima especialmente interesante por algún motivo. Entonces, todavía descontento, el druida siguió a Tyrande.

Llegó al piso de arriba y vio varias puertas abiertas de par en par. Más adelante, Tyrande abrió otra más.

—Es aquí… —dijo la Suma sacerdotisa.

Pero cuando Broll se acercó a ella no vio más que una habitación vacía con varias plantas con flores, todavía frescas y bien cuidadas, y una cama cubierta con una manta de tejido verde.

—Se ha ido… —murmuró el druida—. Dijeron que estaba dormida como los demás.

Tyrande entró silenciosamente en el cuarto, dirigiéndose al armario de madera del fondo. Abrió de par en par una de las dos puertas, y el crujido resonó ominoso.

La Suma sacerdotisa rezó. La Luz de Elune apareció y se extendió por el interior… pero entonces se concentró más en un rincón vacío, Tyrande extendió un brazo en esa dirección.

Agarró algo invisible. Cuando la Suma sacerdotisa lo levantó, la luz devolvió la visibilidad al objeto.

Era la piedra de hogar.

—Parece antigua —comentó Broll.

—Traída de un superviviente de Zin-Azshari —dijo Tyrande con disgusto—. Yo la hubiese destruido solo por su vínculo original con aquel lugar maldito, pero crear una nueva piedra de hogar es una tarea incluso más monumental que cambiar los patrones de hechizo de una que ya existe…

Larga, ovalada y cristalina, estaba cubierta de runas de color azul claro que brillaban. Esas runas eran propias del lugar con el que estaba atada y de aquel a quien se le había dado la piedra de hogar. Con ella podrían viajar instantáneamente desde cualquier distancia al punto de origen de la piedra de hogar… en este caso, Darnassus.

—¿Por qué tiene esto la embajadora? —preguntó el druida.

—Para escapar de aquí, si fuese necesario.

—Mmmf. Pues sí que le ha funcionado bien, ¿no?

La Suma sacerdotisa no dijo nada, mirando fijamente el objeto.

Originalmente había sido creada por medios arcanos, pero la Madre Luna le

había dado el poder de alterarla ya una vez. Agarró la piedra con las dos manos y empezó a rezar, esperando que la deidad le concediese la capacidad de hacerlo una segunda vez.

—Aquí hay algo que está mal —susurró Broll, mirando a su alrededor

—. Algo que está muy mal…

Pero Tyrande no le prestó atención.

—La piedra de hogar se está resistiendo. La embajadora sigue viva, esté donde esté…

Del armario salió un terrible aullido.

Tyrande giró, pero no a tiempo de evitar que la agarrase una forma demacrada que de algún modo se había ocultado en un lugar donde ni siquiera la luz de Elune pudo penetrar. Tiró a la Suma sacerdotisa al suelo.

La piedra de hogar cayó rodando.

La maníaca criatura se lanzó hacia Broll. Estaba vestida con los despojos de una túnica de elfo de la noche de alto rango, pero fue un colgante que llevaba enganchado a la ropa lo que definitivamente la marcó como la embajadora perdida.

—¡No se llevarán a mis hijos, monstruos! —gritó—. ¡No se los llevaran!

Sus ojos le llamaron la atención a Broll, pues no podía verlos. Los párpados de la Embajadora estaban firmemente cerrados.

—¡Está soñando! —advirtió.

Y, cuando el druida gritó, de fuera llegó una advertencia del mayor.

También se oyeron otros gritos que a los elfos de la noche les recordaron demasiado a su atacante.

Tyrande rezó. Una luz plateada proveniente del cielo bañó a la elfa enloquecida. La embajadora pareció calmarse…

Pero entonces una sombra le recorrió el rostro. Torció la boca y comenzó a gritar de nuevo.

De cada uno de sus lados surgieron criaturas de sombra como las que habían atacado a la Suma sacerdotisa en su tienda. Se lanzaron hacia Tyrande, y la habrían agarrado de no ser por la luz de luna que seguía rodeándola. La luz se movió como si tuviese vida propia, interponiéndose entre la sirvienta de Elune y sus nuevos atacantes. Las dos sombras se retiraron.

Alejándose de la embajadora, Tyrande gritó:

—¡Broll! ¡La piedra de hogar! ¡Tómala!

Él lo hizo, pero, cuando se preparaba para lanzársela a Tyrande, esta sacudió la cabeza.

—¡Puedes usarla ahora! ¡Debería poder enviarte a Darnassus!

—¿Quieres que te abandone?

—¡No! ¡Quiero que nos ayudes a todos encontrando a Malfurion! ¡Ve!

¡Te lo ordeno!

Ella nunca le había ordenado nada al druida y este sabía que no le gustaba gobernar tiránicamente. Broll entendió la necesidad de lo que le pedía, aunque le dolía dejarla a ella y a los otros en tal apuro.

—¡Lo encontraré! ¡Detendremos esto!

Sujetó la piedra de hogar y se concentró. La piedra comenzó a brillar.

Las criaturas de sombra se concentraron en él. El límite entre la Pesadilla y la realidad se desvanecía cada vez más y el druida no dudaba de que esos demonios podrían ahora resultar más letales. Broll sabía que tenía que mantener su concentración en la piedra de hogar y en el lugar al que estaba vinculada.

Una luz plateada se tragó al atacante más cercano. La sombra dejó escapar un siseo de dolor y se retorció sobre sí misma antes de desaparecer.

La secunda sombra se volvió hacia Tyrande, que luchaba contra la desgraciada embajadora. Broll casi se lanzó hacia la criatura, pero Tyrande miró con furia al druida.

La piedra de hogar relampagueó.

Broll desapareció de la habitación…

…y se materializó en Darnassus.

Una Darnassus que se encontraba en medio de su propio horror. Broll se vio lanzado de un sitio a otro. Perdió la piedra de hogar, que cayó rodando hasta que se perdió de vista.

Al principio el druida creyó que Darnassus estaba sufriendo un terremoto, pero eso era muy poco probable sobre Teldrassil. Entonces sus agudos sentidos le revelaron la temible verdad; era el propio Teldrassil el que atacaba a los elfos de la noche. Las ramas golpeaban todos los edificios.

Las más grandes sobre las que la ciudad se había construido estaban temblando, que era lo que provocaba las sacudidas. Por todas partes unas hojas negras con púas caían sobre los habitantes, atravesando su carne o dejando largos y atroces cortes. Varios cuerpos yacían caídos de cualquier manera por todas partes del antaño hermoso paisaje.

Pero a los habitantes de la capital no les faltaban sus propios defensores, con las Hermanas de Elune en la vanguardia, protegiendo como mejor podían a los que estaban a su alrededor. Su luz entorpecía, aunque no contenía, al mal.

Pero la hierba bajo sus pies era un enemigo tan odioso como las hojas oscuras o las criaturas de sombras que se formaban a partir de las hojas.

Cualquier cosa que fuese parte de Teldrassil ahora atacaba al pueblo de Broll.

Y solo ahora podía sentir Broll lo horriblemente infectado que estaba el Árbol del Mundo. Pero igual de desconcertante era una fuerza poderosa que no solo alimentaba a Teldrassil, sino que daba fuerza a la infección.

Los druidas estaban ayudando al horror. Sus hechizos se sumaban al Árbol del Mundo de un modo que Broll no podía creer que entendieran.

Broll se dirigió a toda prisa hacia el portal que lo llevaría hacia donde sentía que sus hermanos estaban trabajando. Tenía que advertirles y hacerlo deprisa.

Pero mientras corría las hojas se tomaron un interés especial en él.

Broll lanzó un brillante fuego púrpura delante de él que hacía arder las hojas antes de que pudiesen caer al suelo. Con el paso momentáneamente despejado, cambió a forma felina para ser más rápido.

Vio el portal. Broll no dudó en lanzarse hacia él. Una vez que hubiese llegado hasta los demás, podrían ayudarlo a poner fin a ese horrible ataque.

El mundo giró a su alrededor. Era una sensación distinta a la que había sentido al usar la piedra de hogar. El druida se sintió como si lo empujasen.

Ciertamente, apenas un instante después, Broll salió del portal justo en la base de Teldrassil. El gran felino observó sus alrededores, y no le sorprendió no encontrar a nadie allí. Los druidas seguían reunidos algo más allá.

Con cuatro fuertes patas, Broll corrió por la base de Teldrassil buscando al cónclave. ¿Cómo han podido ser tan inconscientes? , se preguntaba. Como poco, Fandral y los otros archidruidas deberían haber notado lo que estaba ocurriendo…

Fandral.

La aprensión cayó sobre Broll. Recordaba lo unido que Fandral estaba a Teldrassil. El Árbol del Mundo era como el propio hijo del Archidruida.

Sin duda Fandral habría notado lo que estaba ocurriendo. A menos que…

Una lluvia de púas alcanzo al gran felino. Broll rugió de dolor, perdió pie y cayó hacia adelante. Se sintió mareado, un mareo inquietante que no podía ser normal.

Las espinas estaban drogadas. Su experta mente calculó rápidamente las hierbas con las que habían sido empapadas. Para su alivio, ninguna era venenosa. Estaban preparadas para incapacitar.

Broll podía sentir cómo los músculos se le paralizaban. Estaba semiconsciente pero incapaz de moverse. Broll notó que regresaba a su auténtica forma, pero eso no lo alivió.

Una mano lo agarró con fuerza del brazo. Lo giraron nada ceremoniosamente. Con la vista borrosa, vio al menos a cuatro druidas inclinándose sobre él, pero no distinguió los rasgos de sus caras.

—Alguien debería decírselo a Fandral —dijo uno de ellos—. Alguien debería decirle que tenemos al traidor…