Tempestira
Capítulo Dieciocho
SUEÑOS PERDIDOS
En la Ciudad de Ventormenta, en Forjaz, Dalaran, Orgrimmar, en la Cima del Trueno y en todas las otras ciudades, pueblos y aldeas, la niebla empezó a moverse. Incluso en Entrañas, donde los no-muertos no deberían soñar, la niebla se hizo con las pesadillas ocultas de sus habitantes. Los Renegados se vieron malditos con sufrir sus vidas perdidas de nuevo, en sueños que les ofrecían alivio pero que no cumplían esa promesa.
Entrañas tenía el nombre adecuado por muchas razones, la menor de las cuales era que estaba enterrada bajo las ruinas de lo que había sido una de las mayores ciudades… la famosa Ciudad Capital de Lordaeron. Sin embargo, en la Tercera Guerra, el Príncipe Arthas, corrompido por el Rey Exánime, tomó la capital de su padre y mató al Rey Terenas en su propia sala del trono.
Pero el temible destino del Rey Exánime había atraído a Arthas al frío Rasganorte y durante ese tiempo los Renegados, los no-muertos que se habían liberado del yugo del Rey Exánime, tomaron las ruinas. Viendo sus ventajas defensivas, habían construido lo que se convertiría en su capital, excavando sus catacumbas a mayores profundidades y haciendo lo que para muchos de los vivos hubiera sido una terrible burla de las vidas perdidas de los no-muertos.
Por toda la ciudad se podía ver un siniestro emblema consistente en tres flechas cruzadas, una de ellas rota, cubiertas por una máscara blanca agrietada. Era la marca de los Renegados y, especialmente, de su reina.
Entrañas era un lugar de colores oscuros y sombríos, pasajes y escaleras de piedra. Sin embargo, los no-muertos no dormían y, por lo tanto, tampoco la ciudad. Entrañas tenía posadas, forjas y negocios que trataban no solo con los no-muertos, sino con visitantes de la Horda, con quienes los no-muertos
se habían aliado. Había cierta iluminación en forma de lámparas mortecinas y débiles antorchas. No estaban ahí solo para servir a los vivos, aunque los no-muertos no tenían una necesidad auténtica de luz, era que nadie quería admitir que quizá les diese a sus habitantes una fachada de otra vida diferente.
Pero ahora… algo nuevo e inquietante incluso para aquellos que habían construido. Entrañas había llegado a la capital de los Renegados.
Algo que parecía el sueño…
La líder de los Renegados, la temible Reina Alma en Pena Sylvanas Windrunner, había estudiado el extraño estado de aquellos de sus seguidores que ahora parecían muertos de verdad… pero no del todo. Era el más pequeño de los movimientos lo que demostraba que no lo estaban.
La Reina Alma en Pena era hermosa incluso en su estado de no-muerte. No solo había sido una elfa noble, sino también general de los Forestales de Lunargenta. E, incluso en su puesto actual, Sylvanas era única, pues no era fantasmal como solían serlo las almas en pena, sino que tenía forma sólida. Ágil, elegante y de piel marfileña, caminaba entre los cuerpos tumbados reunidos por sus sirvientes para ella. Todos estaban iguales. Ninguno le daba una respuesta, y eso solo servía para aumentar su frustración.
Vestida con una armadura de cuero ajustada diseñada para que pudiese moverse con facilidad y con una capa con capucha semejante a un sudario de color carmesí, Sylvanas parecía el heraldo de la muerte. Ni siquiera los cuatro guardias elfos nobles no-muertos que había presentes, con sus rostros putrefactos, las costillas marcadas y la mirada vacía, podían provocar tanto miedo como el alma en pena.
—¿Bien, Varimathras? —le preguntó a una presencia sombría que se hallaba en un rincón de la húmeda y fría sala bajo la ciudadela.
Su voz era seductora en el sentido en que para algunos lo es la oscuridad, pero también tenía algo que asemejaba un viento helado.
—¿Todavía no tienes nada que decirme?
La sombra se separó de la pared y mostró una figura gigantesca, un demonio. Llevaba una armadura de cuero y metal del color del ébano más oscuro. El tono de Sylvanas denotaba una tremenda desconfianza entre ellos. El demonio se colocó junto a ella apoyado en sus dos enormes pezuñas hendidas. Su piel era de un tono púrpura que recordaba a la sangre, y también el de las dos grandes alas membranosas que le surgían desde
cerca de los hombros. Tenía la cabeza larga y estrecha con una melena oscura que caía desde la base de un cráneo, por otra parte, completamente calvo. Dos cuernos negros retorcidos brotaban de sus sienes. Gemas verdes, de un color que imitaba al de sus inhumanos ojos, adornaban su armadura en los antebrazos y la cintura. Esos ojos se encontraron con otros relucientes de color plateado.
—He lanzado hechizo tras hechizo, me he metido dentro de cada uno de esos necios… y todos revelan lo mismo, Majestad… —replicó fríamente. El demonio ladeó la cabeza y, con interés analítico, observó cómo se retorcía la expresión de su reina.
—¡Nosotros… no… soñamos! —respondió Sylvanas con una voz tan aguda que el demonio tuvo que taparse las alargadas orejas puntiagudas.
Incluso así, su cuerpo se vio afectado por un agudo dolor. El chillido de un alma en pena era un poder aterrador, y Sylvanas era la más letal de las almas en pena.
—Esa… distracción… está más allá de nosotros —añadió la Reina de los no-muertos más calmadamente—. No están soñando, Varimathras…
—¿Ni siquiera… Sharlindra?
Sylvanas no pudo evitar mirar a un cuerpo inmóvil. Al contrario que el resto, lo habían colocado cuidadosamente sobre una tarima de piedra. El cuerpo parecía más espejismo que sólido, una ilusión que se desvanecía.
Radiaba un aura blanca con tintes azulados. En vida había sido una elfa muy querida, y su hermosura era todavía evidente incluso en la no-muerte.
Sylvanas consideraba que la otra alma en pena era sabia y, al contrario que el demonio, podía confiar en su consejo.
Pero Sharlindra había sido la primera en caer. Y lo que era más inquietante, cuando Sylvanas vio el cuerpo se inclinó hacia ella y se dio cuenta de que Sharlindra estaba murmurando algo.
Todavía lo hacía. Todos lo hacían. Todas las pruebas sugerían que estaban, como había dicho el demonio antes, soñando.
—¡Es un truco! —Pero Sylvanas sabia por su propia y amarga experiencia que tal cosa no era posible—. Esto es un truco, igual que la niebla que flota sobre Entrañas…
Le dio la espalda a Sharlindra y también a Varimathras. Los ojos le relampagueaban mientras pensaba quién usaría esas tácticas.
Solo un nombre se le vino a la mente y, cuando lo pronunció, apenas susurrando, la furia de Sylvanas alimentó su poder e hizo que la piedra
misma temblase.
—Arthas… yo diría que esto es cosa del Rey Exánime… pero eso ya no es pos…
Con un grito ahogado, Sharlindra abrió de repente los ojos. Se quedó mirando hacia arriba, viendo algo que Sylvanas no podía ver.
El alma en pena sonrió. Levantó una mano delgada, etérea.
—Vida… vivo otra vez…
Cerró los ojos. Su mano cayó. De nuevo volvió a murmurar, aunque las palabras eran ininteligibles.
Los ojos de Sylvanas ardieron con más furia aún. Se inclinó sobre el cuerpo inmóvil.
—¿Qué retorcida broma es esta? ¡Tiene sueños imposibles con cosas que son aún más imposibles! ¿Sueña con vivir? ¡Una locura!
—No tan loca —dijo Varimathras detrás de ella—. Un hechizo sencillo, en realidad.
Sylvanas se giró, sorprendida por las increíbles palabras del demonio.
Varimathras sabía que no debía burlarse de ella. Había aprendido rápidamente que los demonios no eran los únicos torturadores expertos.
—Estas cruzando una línea peligrosa…
Pero el demonio alado solo se encogió de hombros.
—Solo digo la verdad. La resurrección es un hechizo bastante sencillo para cualquier Señor del Terror.
—¡Querrás decir imposible! Te lo he advertido… —La ira de Sylvanas creció. Fijó su mirada en Varimathras.
Aún imperturbable, este hizo un gesto.
—Déjame que te lo muestre.
Una fuerza invisible semejante a la de toda Entrañas derrumbándose sobre ella lanzó a Sylvanas al suelo. Instintivamente, cambió de forma sólida a inmaterial, pero no pareció ocurrir nada, pues de todos modos sintió el fuerte choque. Sylvanas perdió brevemente la concentración, pero la fría y húmeda piedra contra su mejilla le devolvió la consciencia.
Y entonces se dio cuenta de que no debería haber sentido eso tan agudamente. De hecho, no se había sentido así desde que…
El incesante hedor a podredumbre llenó su olfato como nunca lo había hecho desde la fundación de la ciudad. Era tan intenso que tosió, un acto que la obligó a inspirar profundamente para calmarse.
Pero… ella no necesitaba respirar tampoco. Estaba muerta.
¿No?
Sylvanas se miró la mano. La blancura había dado paso a un rosa muy pálido.
—No. —Se asombró ante el sonido de su propia voz… de su voz antes de haberse transformado en alma en pena.
Varimathras se encontraba sobre ella. El demonio le dio un espejo grande que tenía una escritura dorada en el marco y el mango.
—¿Lo ves? No te he mentido… esta vez.
Sylvanas se miró a sí misma, a su antiguo ser, vivo, que respiraba. Se tocó las mejillas, la barbilla, la nariz...
—Estoy viva…
—Sí, lo estás. —Varimathras chasqueó sus dedos con garras.
Los cuatro elfos nobles no-muertos se movieron hacia ella y la sujetaron. Su hedor era horrible. Unas criaturas negras y pequeñas entraban y salían de partes en las que la carne había dado paso al hueso. Sylvanas quiso vomitar, y ese simple hecho hizo que se asombrase todavía más.
Luchó por volver a ponerse en pie. Había comandado a los elfos nobles, y ahora era Reina de los Renegados. Mirando con furia a los guardias, Sylvanas ordenó:
—¡Suéltenme!
Pero la sujetaron con más fuerza aún. Sylvanas miró las monstruosas cuencas de los ojos de uno de ellos y vio tal odio hacia ella que quedó sin habla.
—Puede que estén un poco celosos —comentó Varimathras, volviéndose más inmaterial—. La verdad no deberían estarlo. No permanecerás así mucho tiempo.
La elfa se vio atrapada entre el miedo y el arrepentimiento.
—¿No dura?
—Duraría si te diésemos la oportunidad.
El que hablaba no era el demonio, sino alguien que había entrado sin que Sylvanas lo supiera. Pero, aunque no podía verlo desde donde estaba, Sylvanas conocía bien la voz… y se estremeció por ello.
Varimathras hizo que los guardias la girasen para que viese al recién llegado.
Para que viese a una figura con una armadura negra cubierta de hielo.
Para que viese al Rey Exánime.
Forcejeó para liberarse, pero los guardias la sujetaban con mano de hierro. Peor aún, la arrastraron hacia el Rey Exánime.
Pero esto es imposible, recordó Sylvanas. ¡Fue derrotado! Fue…
Arthas le sujetó la barbilla. Sus rasgos humanos se podían ver a través de las aberturas del casco. Un aliento helado salía de él cuando hablaba.
—Tan hermosa como elfa noble… y mucho más como alma en pena…
La colocaron sobre una plataforma de piedra y luego la encadenaron.
Varimathras se unió al Rey Exánime, que de nuevo agarró a su cautiva por la barbilla.
—Esta vez… lo haré bien —le prometió Arthas. Su frío aliento corrió sobre el rostro de Sylvanas, pero no era su aliento lo que la dejó helada.
Arthas pensaba volver a convertirla en un alma en pena…
Sylvanas todavía recordaba las horribles agonías que la última fuerza vital que le quedaba había sufrido durante la temible transformación. Sabía que ahora pasaría por un terror mil veces peor.
—¡No! —gritó intentando usar sus poderes. Desafortunadamente, esos poderes no le pertenecían hasta que se hubiese completado el monstruoso hechizo.
Arthas alzó su larga y elegante espada, Agonía de Escarcha. La maldad de la espada era casi tan grande como la del Rey. Colocó la punta de la espada sobre ella de modo que él y su arma eran todo lo que Sylvanas podía ver.
—Sí, esta vez serás una sirviente obediente, mi querida Sylvanas…
incluso aunque tenga que repetirlo una y otra y otra vez hasta que salga bien…
Sylvanas chilló…
* * *
—No va a despertarse —murmuró Sharlindra, sintiendo un miedo que no había experimentado desde justo antes de su muerte.Miró a los otros Renegados a su alrededor y vio que también ellos pasaban por lo mismo.
—¡Menciona al traidor Varimathras, al que ella mató, y al Rey Exánime, que ya está derrotado! ¿Qué clase de sueño está teniendo… y por qué sueña?
Casi la mitad de los súbditos de Sylvanas estaban en un estado semejante al de su reina. Casi todos los representantes de las otras razas de
la Horda que se encontraban en Entrañas estaban igual, aunque en su caso aquello tenía más sentido.
Y lo que era peor, mucho peor… los Renegados estaban siendo atacados.
Atacados por sombras de sus seres queridos, que se habían convertido en algo incluso más espantoso de lo que los no-muertos habitantes de Entrañas eran ahora. Los Renegados sabían que no eran reales, pero tampoco eran imaginaciones. Lo que atacaba a los no-muertos, lo que les inquietaba como solo habían hecho sus muertes eran criaturas entre medias.
Asolaban Entrañas de un modo que servía para que los asombrados Renegados entendiesen cómo debía de haber sido cuando los no-muertos, siendo parte de la Plaga, habían tomado el antaño efervescente reino.
Un chillido volvió a estremecer a Sharlindra. Esta vez no había salido de Sylvanas. Esta vez había llegado directamente desde arriba. Lo reconoció como el grito de otra alma en pena, pero no era una advertencia ni estaba siendo usado como arma.
Era un grito de miedo… el miedo de los no-muertos.
Sharlindra miro a los que estaban con ella. Por aterradores que fuesen para los forasteros, los Renegados ahora mostraban un patetismo que no tenía nada que ver con su existencia. Más bien los no-muertos a los que observó parecían inseguros, despistados. Más chillidos brotaron de los huecos superiores de Entrañas. El alma en pena miró a su rema, pero no podía esperar consejo de Sylvanas.
—La niebla… —advirtió una voz rasposa.
Quien lo dijo apenas tenía restos de carne, y solo las propiedades mágicas de su estado de no-muerte le permitían hablar, pues su mandíbula colgaba hacia un lado.
—Esta niebla… —repitió.
Sharlindra miró hacia la escalera que bajaban hasta donde estaban. La niebla verde oscura caía sobre los escalones de piedra como una criatura viva que se acercase lentamente a su presa.
Los Renegados se apartaron de ella. Pero, al hacerlo, en la niebla empezaron a formarse figuras.
El alma en pena retrocedió. Conocía a algunos. Por sus reacciones, había otros que también habían reconocido a su familia y amigos, los vivos que estaban más torturados que ellos.
El alma en pena dejó escapar un chillido que comenzó como un ataque desesperado y acabó en angustia…
La Pesadilla envolvió Entrañas.
* * *
En la Ciudad de Ventormenta, el Rey Varian observaba mientras la niebla y su espantoso ejército se acercaban al castillo. Oyó gritos que salían de varias partes del resto de la capital.Nos están atacando… y no podemos luchar contra ellos… Habían intentado con las flechas. Flechas con puntas llameantes empapadas en aceite. No habían sido más efectivas que las espadas, lanzas y las demás armas. Los magos y otros hechiceros que todavía estaban conscientes hacían cuanto podían, pero su efectividad era limitada.
Los valerosos defensores del castillo esperaban las órdenes de su monarca. Varian vio a su hijo y esposa muerta, ambos multiplicados cientos de veces, atravesar la puerta como si estuviese hecha de aire. Nada les impedía el paso a esas pesadillas vivientes.
Y sabiéndolo, Varían encontró que no tenía órdenes que dar…
mientras su ciudadela, su reino, comenzaba a caer ante él.
* * *
La Pesadilla apareció por casi todas las tierras conocidas de Azeroth.La niebla se desvanecía lo suficiente para que los que estaban despiertos viesen lo que había sido de sus víctimas… y cuál sería su propio destino.
Pero, a pesar de eso, fueran los orcos de Orgrimmar, los enanos de Forjaz o cualquier otra raza de cualquier otro reino, los que quedaban para defenderse de ese terror en su mayoría no se rindieron. Sabían que no tenían más elección que seguir luchando… no importaba la poca esperanza que tuviesen en ello.
Pero había un reino extrañamente libre de la niebla. Era Teldrassil y, por lo tanto, también Darnassus. Eso no significaba que Shandris Feathermoon no supiera lo que estaba pasando en el continente y más allá.
La general estaba bien informada mediante su red.
Una red que, sin embargo, se estaba viniendo abajo rápidamente.
Shandris dejó la última carta recibida de un agente cerca de Orgrimmar. Repetía lo que decían desde Ciudad de Ventormenta, la Cima del Trueno de los tauren y los otros lugares por donde Shandris había tejido su red.
La misteriosa niebla se movía. Peor aún para ella era que tampoco tenía información sobre dónde se encontraba su señora. Tyrande se había dirigido hacia Vallefresno… y entonces parecía haber desaparecido.
¡No está muerta! , insistía para sí la joven elfa de la noche.
Tirando el papiro, Shandris salió de sus aposentos. Podría haberse instalado en la residencia de la Suma sacerdotisa como insistía Tyrande cada vez que se ausentaba por cuestiones de estado, pero Shandris prefería su habitación espartana. No había decoraciones que honrasen a la naturaleza, solo armas y trofeos de guerra. Defender a su señora y a su pueblo se había convertido en toda la existencia de Shandris. De hecho, durante la ausencia de su señora había intentado más de una vez localizar alguna señal de Tyrande mediante las visiones de otras sacerdotisas.
Eso había fallado. En lugar de eso, Elune les había dado a todas las otras sacerdotisas otra visión, una visión que había confundido a la general.
Eran una visión de Teldrassil siendo devorado desde dentro. Una espantosa y putrefacta descomposición que se extendería no desde la raíz sino desde la copa. Rápidamente devoraría el Árbol del Mundo desde dentro. La visión siempre había sido corta, solo de tres o cuatro respiraciones. Shandris la había estudiado con cada sacerdotisa y seguía sin entenderla.
La visión la había inquietado tanto que Shandris no podía estarse quieta. Esperando despejar las ideas, había empezado a patrullar personalmente toda la capital, pasando por el bastión fortificado del Bancal de los Guerreros hacia las tiendas del Bancal de los Mercaderes y siguiendo por el místico Templo de la Luna, atravesando las isletas esculpidas y frondosas del jardín. También se había desviado hacia el Bancal de los Artesanos antes de regresar a sus aposentos en el Bancal de los Guerreros.
Eso dejaba solo el Enclave de Cenarion. A Shandris no le daba miedo entrar en la fortaleza de los druidas. Y tampoco era que respetase tanto a Fandral como para no ir allí por él; su lealtad se debía a Tyrande. Incluso ahora, la general habría pasado normalmente por el Enclave, pero hacía tiempo que Shandris había aprendido que para encontrar respuestas a menudo era mejor no buscar en la fuente obvia. Con la temible visión en mente, de repente se dio cuenta de que entre los druidas había uno que podría resultarle útil. Alguien que podría ser capaz de explicarle la visión sin tener que recurrir a Fandral.
Nunca dispuesta a pedirle a los Centinelas algo que no fuese a hacer ella misma, Shandris salió discretamente del Bancal de los Guerreros. Al pasar por las sobrias estructuras de madera, el constante ruido del entrenamiento militar le cantó al oído. Para Shandris ese sonido era mucho más dulce que la música de su pueblo. Desde que había perdido a sus padres en la Guerra de los Ancestros, la general no había vuelto a disfrutar de la música nunca más… excepto por las canciones y cantos que usaban las sacerdotisas durante la batalla al invocar el poder de Elune. Después de todo, aquellas servían a un propósito.
Empezó a darse la vuelta… y vio a una figura furtiva cruzar desde los Jardines del Templo hacia el norte. La capa lo señalaba como druida, pero no pudo identificarlo.
Shandris retomó su camino… y luego se volvió. No podía decir por qué, pero decidió seguir al druida.
La figura desapareció rápidamente en la espesa arboleda que formaba parte del Enclave. Shandris lo siguió con facilidad. La comandante de los Centinelas se movió como una sombra entre los altos árboles. Muchos le recordaban a versiones en miniatura de Teldrassil, lo que a su vez le volvió a recordar las visiones de las sacerdotisas.
El druida volvió a aparecer. Había algo raro en su modo de andar y en el hecho de que se tapase con la capa. Era casi como si no le gustase estar en el Enclave.
Entonces el druida se detuvo. El encapuchado miró a izquierda y derecha, como pensando en qué dirección ir.
La figura se decidió. Shandris sonrió porque lo había adivinado.
Empezó a seguirlo…
O más bien intentó seguirlo. Su pie se tropezó en una raíz que la elfa de la noche estaba segura de haber esquivado. Cuando Shandris se movió hacia un lado, la raíz pareció estirarse desde el suelo, volviendo a atrapar su pie.
La Centinela se zafó ágilmente de la raíz… y una rama le alcanzó la cara. La fuerza del golpe hizo que Shandris cayese hacia atrás y chocase con el árbol más cercano.
Las raíces del árbol le sujetaron los pies. Shandris alargó el brazo para tomar el puñal que llevaba siempre, con la intención de cortar rápidamente las ramas y seguir adelante.
Otra rama la golpeó con fuerza en la cabeza. Aturdida, Shandris se quedó sin fuerzas momentáneamente.
Entonces, la irregular corteza se abrió. Incluso mareada, Shandris se sintió atraída dentro del tronco.
Se esforzó por recuperar la concentración, pero de nuevo la golpearon en la cabeza. El interior del gran roble la rodeaba. Con la visión borrosa, la General vio cómo la corteza volvía a cerrase.
Una oscuridad que ni siquiera su aguda vista podía penetrar la rodeaba. Peor aún, en su pecho crecía la presión. Shandris se dio cuenta vagamente de que el espacio en el que se encontraba era demasiado estrecho. No podía respirar…
La elfa de la noche se desmayó, consciente en el último instante de que la muerte se le acercaba.
Entonces la corteza volvió a abrirse. La presión se aflojó. El aire fresco despertó a Shandris, aunque no lo suficiente para evitar que se desplomase hacia delante.
Aterrizó en los brazos de una corpulenta figura. Shandris se esforzó por recuperarse, convencida de que su captor había ido a por ella.
Un olor almizcleño asaltó a la elfa de la noche, haciendo que recuperase la consciencia. Miró a quien la sostenía.
Era un tauren.
Hamuul Runetotem la miró con los ojos entrecerrados.
—Así que… eres tú…