Tempestira
Capítulo Veinte
EL ENCLAVE
Hamuul Runetotem no estaba solo. Naralex, a quien Shandris conocía, estaba con el tauren.
Su presencia bastó para confirmar las sospechas de la general de que eran los responsables de su encarcelamiento. Se zafó de Hamuul y sacó un puñal.
Pero Hamuul se movió con rapidez y seguridad ante su ataque. Estiró una mano y desvió el puñal, pero no sin que su extremidad resultase herida.
Ignorando la sangre, el tauren se lanzó hacia ella. Y, al mismo tiempo, dijo en un susurro:
—¡Debes parar o sin duda él nos va a ver, Shandris Feathermoon!
—¿Quién? —preguntó ella quedamente.
—¡Un traidor entre nosotros! ¡Un traidor que amenaza a toda Darnassus y lo demás!
Se detuvo. Hamuul y Naralex se miraron con gran preocupación.
—Lo sabe… —murmuró el elfo de la noche.
—¡Deprisa! ¡Colócate entre nosotros! —le ordenó Hamuul a Shandris.
Hizo caso a su instinto, que la urgía a obedecer, mientras los druidas empezaban a transformarse en pájaros.
Del suelo brotaron largas lianas que querían atrapar al trío. Shandris cortó dos con su puñal y repelió a unas cuantas.
Hamuul habría querido salir volando, pero el tauren estaba atrapado por otras dos lianas. Mientras le agarraban las alas, de las puntas brotaron lo que en principio parecían capullos.
Los capullos se abrieron… mostrando unas púas retorcidas que actuaban como dientes.
Habrían mordido al tauren, pero Naralex usó el pico para cortar las lianas. Las puntas cayeron, pero el respiro fue solo momentáneo, pues igual que habían hecho las que había cortado Shandris, a estas les crecieron unas nuevas raíces.
Hamuul le graznó algo a Naralex. El elfo de la noche agarró inmediatamente a Shandris por los hombros y se la llevó volando. Pero cuando despegaron algo más cayó sobre ellos desde las ramas. Eran formas sombrías que parecían brotar de las mismas hojas. Naralex, decidido a llevar a su compañera a lugar seguro, se lanzó al centro.
Una de las criaturas lanzó una mano etérea hacia Shandris. Ella gritó como si su alma misma sufriera escalofríos. La comandante de los Centinelas soltó el puñal. Se estremeció.
Pero fuese cual fuese su sufrimiento, el de Naralex fue mucho peor.
Las criaturas de sombra cayeron sobre él, hiriendo al cuervo de tormenta con salvaje placer.
El vuelo de Naralex se alteró. Intentó sacudirse a sus atacantes, pero, cuando eso falló, el druida se dirigió hacia el suelo más cercano, al sendero que salía del Enclave.
Soltó a Shandris de sus garras en cuanto estuvo lo bastante cerca como para evitar que saliese herida en el aterrizaje. Aún aturdida por el espantoso escalofrío, cayó de rodillas.
Un rugido resonó en sus oídos. Hamuul, en su auténtica forma, había agarrado varias lianas y con su gran fuerza las arrancó. Sin embargo, en lugar de tirarlas a un lado, las lanzó al aire.
Un brillo esmeralda las rodeó. Todos los tentáculos se encogieron rápidamente.
Un momento después, las semillas en que se habían convertido cayeron inofensivamente alrededor del tauren.
Desgraciadamente mientras esto ocurría, las criaturas de sombra también se lanzaron sobre Hamuul. El tauren metió una mano en la bolsa y lanzó sus contenidos a la que estaba más cerca.
Aunque sus atacantes parecían insustanciales, el polvo marrón que había lanzado el Archidruida cayó sobre ellos como si los demonios fuesen sólidos. Más aún, tuvo un efecto devastador. Las criaturas se retorcieron y sufrieron convulsiones. Empezaron a encogerse y a cambiar de forma. Su muerte estuvo acompañada por un coro de monstruosos siseos.
Hamuul abrió los ojos. Las sombras habían quedado reducidas a hojas.
Esa no había sido la intención de su hechizo. El tauren solo podía inferir que las hojas representaban la verdadera naturaleza de sus atacantes.
—No… —gimió—. No ha podido llegar tan lejos…
Pero esa distracción le costó cara al tauren. Otra de las sombras atravesó su mano en la espalda del druida. Mientras el espantoso frío encapsulaba su alma, otra sombra clavó su mano en el pecho.
El tauren cayó de rodillas. Su mirada se tomó vidriosa.
Shandris lo vio caer, pero no pudo hacer nada. Empezó a arrojar su guja…
Unas ramas descendieron y la agarraron. Una le quitó el arma. El resto la sujetó con fuerza.
Otra rama más pesada golpeó a la Centinela en la nuca, dejándola inconsciente.
Naralex dejó escapar un graznido de dolor al chocar con el suelo. A primera vista, parecía que lo estaban despedazando, pero cada pedazo que arrancaban las sombras desaparecía cuando lo lanzaban a un lado.
El elfo de la noche recuperó su forma normal. Jadeando, cayó y quedó inmóvil.
De entre los árboles apareció tranquilamente otro druida, se quedó mirando al inmóvil tauren y luego a la inconsciente Centinela.
—Lo siento —les dijo con sinceridad Fandral Staghelm, aunque no podían oírlo—. Deben creerme cuando lo digo.
El Archidruida caminó entre las sombras, que se apartaban respetuosamente. Fandral se acercó a Naralex, que yacía inmóvil.
Inclinándose, Fandral tocó el cuello del elfo de la noche.
—Sigue vivo…
Al levantarse, Fandral miró a los tres con decepción.
—Algo habrá que hacer con ustedes —declaró mientras una sonrisa le aparecía en la cara—. ¡Valstann sabrá qué hacer! Mi hijo tendrá la respuesta…
Empezó a caminar de regreso a su sagrario sin volver a mirar a Shandris, el tauren o Naralex. Las criaturas de sombra rodeaban al trío, pero no los tocaban. En lugar de eso las ramas que sujetaban a la Centinela la elevaron hacia las oscuras y frondosas copas. Otras recogieron a Hamuul y Naralex, y los llevaron también.
Cuando hubieron acabado, las criaturas de sombra desaparecieron al unísono. Su esencia también ascendía hacia los árboles, donde recuperaron su forma latente… la de las hojas de Teldrassil.
* * *
La niebla se extendía incluso hacia más allá del mar. Malfurion no podía creer lo espesa que era. Batió las alas con más ímpetu al tiempo que el viento empezaba a soplar con fuerza. Se avecinaba una tormenta la cual, el Archidruida estaba seguro, solo se estaba formando por su presencia.Malfurion no sabía qué planeaba, no del todo, pero cierto sentido común lo llevó a la isla donde su pueblo había decidido construir su nuevo hogar. Dentro de él estaba formándose una sensación creciente de urgencia que le decía que allí se encontraba al menos una de las claves de la catástrofe que estaba engullendo dos mundos.
Un huracán en toda regla lo azotó.
A pesar de saber que se estaba acercando, su intensidad asustó a Malfurion. Se vio arrojado hacia atrás como si fuese una hoja. Los relámpagos caían, algunos de ellos peligrosamente cerca. El Archidruida estaba siendo lanzado lejos de la isla aún cubierta por la niebla.
Más relámpagos cayeron cerca de él. Que no lo alcanzasen a él no fue cuestión de suerte. El poder que había forjado esa furia deseaba alcanzar a Malfurion, solo el instinto del elfo de la noche evitaba que eso ocurriera.
Su ansiedad creció a la par que la fuerza de la tempestad. Cada momento que pasaba acercaba a Azeroth y a todos aquellos a los que amaba, especialmente Tyrande, a su fin. Pero, por mucho que lo intentase, Malfurion apenas podía salvarse a sí mismo. De nuevo el Archidruida se maravillaba ante el aparentemente absurdo sacrificio de Ysera. Ella creía que él era más valioso para ambos reinos que ella…
Aunque Malfurion no compartía la creencia de Ysera, en ese momento reconoció una cosa. Había vuelto a caer en el juego de la Pesadilla. Sus inseguridades habían vuelto a alimentar sus propios sueños oscuros.
No se trataba de que la tormenta no fuese real, ya que el Señor de la Pesadilla tenía ahora un poder terrible, sino que su intensidad se magnificaba en la mente del elfo.
La furia disminuyó. Animado, Malfurion se concentró en su destino.
Batió las alas más y más deprisa.
La tormenta no amainó; simplemente se detuvo. Malfurion volaba a través de la niebla, consciente de que había vencido una pequeña batalla. El
exceso de confianza era tan peligroso como el miedo.
Algo lo esperaba delante, algo tan grande que, incluso a la altura en que se encontraba, Malfurion no podía ver la parte de arriba. Sabía de qué se trataba, incluso aunque había estado prisionero desde antes de su creación. Fandral había hablado muy a menudo de la necesidad de crearlo, de devolverle la inmortalidad y la gloria a su raza.
El segundo Árbol del Mundo estaba ante su cautelosa mirada. Era impresionante. Era imponente.
Al fijarse más en él, Malfurion supo que también estaba mancillado por la Pesadilla, mucho más que cualquier otra cosa en todo Azeroth.
El Archidruida se inclinó a un lado, siempre con la mirada fija en el gigantesco árbol. Por fuera, lo que podía ver parecía normal, pero sus sentidos le decían que estaba infestado con el mal que se había extendido desde el otro reino.
¿Cómo han podido no verlo? , se preguntaba Malfurion refiriéndose a los otros druidas. ¿En qué estaban pensando? ¿Cómo ha podido Fandral dejar que pasara esto?
Al acercarse a la isla, detectó mucha actividad abajo. Había muchos druidas y estaban lanzando una especie de hechizo coordinado.
Al principio, su esperanza creció; los otros se habían dado cuenta de la infección del Árbol y estaban luchando contra ello.
Pero no… un segundo después, Malfurion se dio cuenta de que era justo lo contrario. El hechizo era poderoso, pero, en lugar de limpiar el árbol, estaba alimentando involuntariamente la infección. Podía sentirlo y le asombraba que los demás no pudieran.
Sin dudarlo, Malfurion descendió. Al mismo tiempo, buscaba comunicase con los otros druidas y advertirles del terrible error que estaban cometiendo.
Pero algo bloqueó su intento de comunicarse con los druidas. A Malfurion no le sorprendió, pero significaba que tenía que llegar hasta ellos en cuanto pudiera. La enfermedad del Árbol del Mundo, combinada con la captura de Ysera, auguraba el triunfo de la Pesadilla.
De repente, una mente alcanzó la suya. Al principio creyó que se trataba de uno de los druidas que veía abajo, pero entonces se dio cuenta de que en realidad venía de arriba. Más importante aún, esa manera de pensar era tan singular, a pesar del entrecortado intento de comunicación, que supo exactamente de quién se trataba.
¿Hamuul Runetotem? En respuesta a la pregunta de Malfurion hubo una respuesta entrecortada. Era como si el tauren no estuviese totalmente consciente. Sin embargo, Malfurion notaba que del tauren emanaba urgencia y una advertencia.
Era una advertencia tan intensa que el Archidruida se dirigió de nuevo hacia arriba. Se elevó viendo al fin la copa del árbol.
Todo parecía estar como debería, pero Malfurion notaba que la mancha estaba tan extendida ahí como en el tronco. El Archidruida se acercó a las primeras ramas con ansiedad, pero con la rapidez necesaria.
Pasó entre las primeras ramas sin rastro de ninguna amenaza.
Ciertamente, más adentro, incluso podía ver signos de fauna en forma de pájaros y ardillas. ¿Se equivocaba sobre la infección?
El cuervo de tormenta se elevó más y más. En cierto sentido Malfurion sabía lo que se iba a encontrar. Incluso antes de su desaparición, habían estado teniendo lugar conversaciones sobre la construcción de la nueva capital. Aún no habían decidido su localización, pero Malfurion no tenía ninguna duda de que encontraría a Darnassus en la copa del Árbol del Mundo.
Lo que significaba que había miles de vidas que ignoraban que su hogar se había convertido en algo siniestro.
Malfurion decidió que no tenía más elección que lanzarse sobre la copa del árbol y entrar en Darnassus desde abajo. Era el camino más directo a donde sentía que se encontraría al tauren… y posiblemente al secreto de la enfermedad del Árbol del Mundo.
A pesar del tamaño de su forma de cuervo de tormenta, Malfurion atravesó con facilidad la enorme copa. Miró al Árbol del Mundo con cierta tristeza, no solo debido a la enfermedad, sino también por los recuerdos de Nordrassil y lo que había sido. ¡Ojalá hubiesen esperado! Se podría haber reconstruido a Nordrassil… con tiempo…
El follaje se espesaba cada vez más, lo que obligó al fin a frenar a Malfurion. Podía sentir que estaba cerca de su destino…
Su camino se volvió de repente un espeso revoltijo de ramas y hojas.
Malfurion viró.
Las ramas se movieron, impidiéndole de nuevo el paso.
El Archidruida trató de evitarlas, pero era demasiado tarde. Chocó.
El follaje lo envolvió. Pretendía inmovilizarle las alas, sujetarle el pico y retorcerle el cuerpo hasta romperle los huesos.
Malfurion notó la familiar y temible presencia del Señor de la Pesadilla. No era directa, era como si la fuerza maligna hubiese dejado parte de ella en ese lugar.
Unas risotadas enloquecidas llenaron la mente de Malfurion. Las hojas parecían adoptar rostros, caras ensombrecidas que casi, aunque no del todo, se convertían en espantosas criaturas.
Que recuperase su propia forma pilló por sorpresa solo por un momento al follaje que lo asfixiaba. Las hojas comenzaron a cambiar inmediatamente, convirtiéndose en sombras con pezuñas deseosas de atrapar al elfo de la noche.
Recuperando el aliento, Malfurion se concentró. Un fuerte viento sopló cerca de él. Las enormes ramas se vieron barridas hacia atrás como si fuesen briznas de hierba, y las cambiantes criaturas de sombras salieron volando como las hojas de las que habían surgido.
El elfo de la noche se levantó y volvió a transformarse. Mientras la tormenta arreciaba, voló con todas sus fuerzas. Más hojas lo siguieron con la intención de atraparlo, pero eran demasiado lentas.
Malfurion entró en Darnassus.
Había dos cosas que notó al instante. Una era la propia ciudad. Se extendía orgullosa por las enormes ramas Sus hermanos y aquellos otros que habían ayudado a construir la nueva capital de los elfos de la noche habían creado una auténtica obra maestra.
Pero lo segundo que notó Malfurion fue que la ciudad parecía completamente ignorante, no solo de todo lo que afectaba a Teldrassil, sino también al resto de Azeroth. Vio movimiento en los edificios e incluso podía oír música que venía desde una dirección.
¿Cómo podían no saberlo? ¿Cómo podían seguir ignorándolo?
La respuesta era sencilla. Alguien quería que fuese así.
Aun así, era extraño que los Centinelas no estuviesen al menos informados hasta cierto punto. Malfurion conocía muy bien a Shandris Feathermoon; en un sentido lejano era casi como un segundo padre para ella. No habría dejado que la ciudad estuviese tan confiada.
Pero no tenía tiempo de descubrir qué sabían o qué ignoraban los Centinelas; el desesperado contacto de Hamuul había llegado de otra dirección.
Malfurion se abrió paso en esa dirección, evitando el contacto con otros elfos de la noche, incluso con los druidas. Por su propia seguridad, no
quería que ninguno supiese de su presencia. Por el motivo que fuese, el Señor de la Pesadilla no quería atacar todavía Darnassus. Era una situación precaria y a Malfurion no le gustaban las opciones que tenía, pero tendría que conformarse.
Supo incluso antes de llegar que estaba en el nuevo enclave Cenarion.
Mucho se había hablado sobre ese lugar de meditación y reunión en las conversaciones sobre la ciudad propuesta. El propio Malfurion había sugerido muchos de los detalles que ahora veía florecer delante de él. Pero se le caía el alma a los pies al sentir que la mancha también era fuerte aquí.
Malfurion aterrizó cambiando de forma en el proceso. La zona estaba en silencio, demasiado para un lugar donde los pájaros y otra fauna deberían verse de día y de noche.
La única elección que tenía era evitar los árboles que rodeaban el Enclave. El Archidruida sabía que eran como las ramas que había luchado.
Una sospecha que llevaba tiempo creciendo en él se avivó. El ataque lo había confirmado, aunque Malfurion todavía quería negar esa posibilidad…
El pensamiento se vio interrumpido por un breve contacto de Hamuul.
Era crudo en su necesidad de apremio. Malfurion intentó llegar al otro Archidruida, pero resultó inútil.
Sin embargo, sabía desde dónde le había llamado Hamuul. Malfurion se dirigió hacia el edificio que se encontraba en el centro del Enclave.
Era también donde aquel que ahora dirigía a los druidas desde la ausencia de Malfurion había escogido colocar su nuevo sagrario.
Malfurion se acercó al edificio… y se detuvo horrorizado.
Había tres figuras atadas por las lianas que cubrían el sagrario. Sus extremidades estaban estiradas y abiertas lo más posible. Uno era Hamuul Runetotem. El segundo era Naralex. La tercera no era otra que Shandris Feathermoon. Todos parecían inconscientes… o algo peor.
Lo que significaba que habían engañado a Malfurion para que fuese ahí.
—Así que el legendario shan'do vuelve para agraciamos con su inmerecida gloria —resonó la voz de Fandral Staghelm alrededor de Malfurion—. Siempre el único que puede salvar al mundo, porque se considera a sí mismo único. Te sentí venir hace tiempo y he preparado una bienvenida adecuada…
Malfurion no se giró para buscar a Fandral, consciente de que eso lo que el otro deseaba. En lugar de eso, habló en dirección al edificio.
—¿Qué está pasando aquí, Fandral? ¿Por qué estás haciendo esto?
—¿No es obvio? —replicó la voz—. ¡Esos tres son un peligro para nuestro pueblo! ¡Para todo Azeroth!
—¿Estos tres? —Malfurion buscaba sutilmente la auténtica localización de Fandral. Para él, obviamente el Señor de la Pesadilla había engañado al otro Archidruida. Si Malfurion podía enfrentarse a Fandral, sería capaz de sacar a su hermano druida del hechizo—. Shandris es una defensora a ultranza de nuestra raza, y Hamuul es un miembro sincero y digno de nuestro oficio, igual que Naralex…
—¡Mentiras, mentiras, mentiras! —Las palabras reverberaban en la cabeza de Malfurion—. ¡Quieren acabar con todo! ¡Quieres dividirnos! ¡Él me lo ha dicho!
—¿Quién, Fandral? ¿Quién?
Una parte de las lianas que no estaban agarrando al trío se curvaron de repente. Formaron una masa cada vez más gruesa y tan alta como Malfurion.
Las lianas se apartaron de repente.
Fandral Staghelm se quedó mirando a su antiguo shan'do.
—Ya te gustaría saberlo, ¿verdad? ¡A mí me resulta muy claro que tú también eres un traidor! —Su expresión era de dolor sincero, mezclado con locura—. ¡Pero también eres demasiado peligroso! La hembra, Naralex y la bestia… están confundidos. Pero ahora duermen y sueñan. ¡Despertarán renovados, como todos los demás!
Malfurion dio un paso hacia Fandral.
—¡Nadie despertará! ¡La Pesadilla ya se extiende más allá del Sueño Esmeralda! ¡Todo, excepto esto, está siendo asediado por su maldad, y esa maldad llena este Árbol del Mundo!
—¡Sigues rechazando que necesitemos a mi Teldrassil! —escupió el otro Archidruida, superado por una repentina ferocidad—. ¡Pero he hecho grandes cosas con él! ¡Ha ayudado a reformar no solo a nuestra raza, sino también a todo Azeroth!
—¡Teldrassil está corrompido, Fandral! ¡El Señor de la Pesadilla lo ha infectado! ¿No lo sientes? ¡Mira en tu interior y toca el corazón de Teldrassil!
Fandral lo miró con desprecio.
—¡Conozco el corazón de Teldrassil mejor que tú o que nadie! Yo le he dado mi corazón a cambio, y por ese sacrificio él me lo ha devuelto…
Solo entonces Malfurion notó una sombra flotando tras el hombro del otro elfo de la noche. Era una de las repugnantes criaturas que lo habían atacado cuando se dirigía hacia allí.
Pero, incluso aunque Fandral miraba a la sombra, no parecía inquieto por su obviamente siniestra presencia. En lugar de eso, Fandral sonrió al demonio con amor paternal.
—Teldrassil me ha devuelto a mi hijo, Malfurion. ¡Mi hijo! ¿No es Valstann tan orgulloso y hermoso como siempre?
Está consumido por su locura, notó Malfurion con tristeza. Está más allá del alcance de nadie…
Y eso significaba que a Malfurion solo le quedaba un recurso. Se concentró…
Fandral frunció el ceño, y la expresión que le dirigió a su shan'do era tan triste como la que este le había dirigido a él.
—Esperaba que fuese de otro modo. Esa era tu última oportunidad, maestro mío…
La sombra que fingía ser Valstann se rio siniestramente, aunque Malfurion parecía ser el único que lo oía.
Se oyó un terrible estruendo. Malfurion cayó al suelo. Solo el lugar donde se encontraba Fandral parecía estable.
El suelo se abrió, y los árboles se inclinaron como si quisieran desarraigarse. Un oscuro temor llenó a Malfurion al sentir cómo se expandía la corrupción dentro de Teldrassil.
—¡Le aconsejé que debíamos esperar! —gritó Fandral—. ¡Pero parece que Valstann decía la verdad! A ti, a Darnassus… todo… ¡hay que limpiarlo todo! ¡Valstann y yo le mostraremos el camino a nuestro pueblo, y serán mejores gracias a ello! ¡Teldrassil será el instrumento de un nuevo y glorioso Azeroth!
Continuó parloteando, ignorante de la espantosa verdad que rodeaba.
Malfurion luchó por recuperar el equilibrio, pero el suelo quemaba como si fuese fuego. Se ennegreció ante sus ojos. Por todas partes brotaron unas hojas monstruosas oscuras como la noche y con enormes espinas.
Los árboles se movieron con mayor violencia, y algunos de ellos se libraron finalmente del suelo. Tenían una podredumbre que antes no había
sido evidente. De sus copas temblorosas caían cientos de pequeñas hojas con espinas.
Las hojas empezaron a transformarse en criaturas de sombra.
Por primera vez, Malfurion también oyó gritos y chillidos desde fuera del Enclave. Darnassus se había unido al fin al resto de Azeroth. El terror de la Pesadilla se había alzado, aunque fuese de un modo distinto y en cierto sentido más aterrador
El hogar de los elfos de la noche, Teldrassil, era su enemigo.