Tempestira
Capítulo Tres
EL ÁRBOL
El dolor lo desgarraba una y otra vez… Sentía cómo su cuerpo seguía retorciéndose lenta, espantosamente. Hacía tiempo que los brazos se le habían contorsionado alrededor de la cabeza y los dedos se le habían separado y estirado en varias direcciones. De sus piernas no quedaba más que un grueso tronco porque los dos apéndices se habían fundido en uno y parecía que había sido hacía toda una vida.
¿Cuánto tiempo había estado allí, rígido y sin moverse? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había caído prisionero del Señor de la Pesadilla? ¿Qué estaba ocurriendo en el plano mortal?
¿Qué le había pasado a Tyrande?
Como había hecho muchas veces ya, Malfurion Stormrage luchó contra la agonía. Habría gritado debido al terrible esfuerzo que le suponía…
si todavía tuviese boca. Su monstruoso captor solo había dejado intactos sus ojos, pues el diablo deseaba que viese su propia transformación para que comprendiese lo desesperado de su destino.
Malfurion el elfo de la noche había desaparecido. En su lugar había un árbol macabro y esquelético, un fresno. En lo que habían sido los brazos y dedos, y que ahora eran ramas, ya crecían unas hojas con agudas espinas. El tronco se torcía en ángulos extraños allí donde antes el torso se encontraba con las caderas. Los pies se le habían abierto formando lo que ahora eran retorcidas raíces.
Intentando alejar su mente de esta tortura, Malfurion se imaginó el rostro de Tyrande recordando el momento en que los dos se habían manifestado silenciosamente su amor, cuando ella lo prefirió por delante de su ambicioso hermano Illidan. En secreto, él creía que ella prefería a su gemelo pues, aunque era temerario, Illidan había avanzado mucho en su
aprendizaje de la hechicería. Más aún, sus esfuerzos en la lucha contra la Legión Ardiente lo habían hecho aparecer como un salvador… al menos en los corazones de muchos elfos de la noche y a veces también en el del propio Malfurion. Pero Tyrande, por entonces aprendiz de Elune, aparentemente había visto algo mejor en el entonces bisoño druida, algo especial. Él todavía no sabía qué había sido.
El mismo Malfurion recuperó algo de fuerza gracias a su visión, pero los pensamientos sobre Tyrande también venían acompañados por un tremendo sentido de culpa. Había sido decisión de él que ella se quedase sola para proteger Azeroth durante muchos siglos mientras él y los druidas recorrían el Sueño Esmeralda. No importaba que la decisión la hubiese tomado por el bien de su mundo y hubiese demostrado ser la correcta. Así y todo, la había abandonado.
El Archidruida de repente quiso chillar. Los pensamientos y emociones eran los suyos propios, pero ¿estaban influidos por su captor?
No sería la primera vez. La insidiosa presencia se había infiltrado ya muchas veces en su mente, causando estragos entre los recuerdos y pensamientos del elfo de la noche. Esta, en contraste con la espantosa transformación, era la parte más sutil de su tortura.
No había habido dolor. Después de todo, se encontraba en el Sueño Esmeralda y había entrado con su cuerpo astral, no el físico. El dolor habría sido imposible bajo esas circunstancias.
Como para llevarle la contraria, su cuerpo se retorció aún más. Y, de nuevo, no pudo liberar su agonía gritando.
¿Malfurion?
La voz atravesó su dolor. Se aferró a su existencia como si fuese un salvavidas. Era distante… apenas un susurro… pero sonaba como… sonaba mucho como…
¿Malfurion? Soy… Tyrande… estás…
¡Tyrande! Si su llamada hubiese sido audible, estaba seguro de que podría haberse escuchado desde kilómetros de distancia. ¡Tyrande!
¿Malfurion? La voz tomó fuerza. Malfurion sintió crecer sus esperanzas. La conocía desde hacía más de diez mil años y durante más de diez mil años la había amado. Ella debería haberlo odiado por todas las ausencias que él se había tomado siguiendo su vocación, pero al final siempre había estado allí. Ahora… ahora, una vez más, Tyrande había demostrado que nada se interpondría entre ellos.
¿Malfurion? Su llamada era más enérgica, más inminente. Casi como si estuviese cerca…
Una forma sombría tomó cuerpo delante de él. Todo el dolor había abandonado ahora su cuerpo astral. El Archidruida se sintió como si fuese a llorar al ver acercarse la silueta de Tyrande.
El resplandor que la rodeaba la diferenciaba de él o de cualquier otro druida viajero, pues era de un sutil, aunque poderoso, color plateado que indicaba el poder de Elune. Malfurion habría sonreído de tener boca. Cómo había llegado hasta ahí, no tenía ni idea… pero allí estaba.
Tyrande habló, pero las palabras tardaron un momento en llegar a su mente. ¿Malfurion? ¿Eres… eres tú?
Empezó a responder, pero la siguiente reacción de Tyrande lo dejó aturdido. Ella se echó hacia atrás claramente asqueada.
Qué… ¡repugnante! , oyó el Archidruida.
Tyrande se retiró aún más. Sacudió la cabeza.
Tyrande… Tyrande… Pero sus llamadas quedaron sin atender, como si ella ya no pudiese oírlo. La Suma sacerdotisa alzó una mano como si quisiera mantenerlo apartado.
No…, dijo finalmente. Esperaba algo mejor de ti…
El Archidruida estaba confuso. Sin embargo, antes de que pudiese intentar decir algo, una segunda forma se materializó al lado de ella.
Te lo advertí, mi amor, dijo la segunda figura, más grande. Te advertí de que él no era lo que tú esperabas…
Malfurion se quedó sin habla. Conocía esa voz. Temía esa voz. Le recordaba a otro fracaso más, quizá el mayor de todos.
Vio a Illidan, pero no el Illidan gemelo de Malfurion, sino la monstruosidad en la que se había convertido.
Illidan Stormrage era un demonio. Sobre su cabeza había unos enormes cuernos retorcidos como los de un gigantesco carnero y grandes alas membranosas que le brotaban desde los omóplatos. El aspecto de Illidan era una distorsión de su antiguo yo, con la mandíbula más pronunciada y la boca llena de dientes afilados. Los pómulos eran más altos. Una melena de desordenado pelo azul medianoche le cubría la cara.
Una tela cubría lo que habían sido los ojos mortales de Illidan. Ojos que el Titán Oscuro Sargeras había quemado durante la Guerra de los Ancestros, la marca de la lealtad de Illidan hacia el Señor de la Legión Ardiente. En su lugar, un abrasador fulgor verde que distinguía al fuego
demoníaco permitía al hermano de Malfurion no solo ver el mundo que lo rodeaba, sino todas las energías místicas inherentes a él.
Illidan, murmuró Tyrande con afecto. Con la mirada fija en Malfurion y con no menos asco añadió: Illidan, solo míralo…
El demonio avanzó hacia delante con sus pesadas pezuñas. Era mucho mayor de lo que había sido cuando era elfo de la noche. Su pecho era ancho, ciertamente más ancho de lo normal. El torso de Illidan estaba desnudo, excepto por unos arcanos tatuajes que también brillaban con la luz verde del poder. Su única vestimenta eran unos pantalones rajados, recuerdo de su pasado mortal.
Cálmate, mi amor, respondió Illidan, y sus labios se movieron asincrónicamente. Para horror de Malfurion, su gemelo colocó un musculoso brazo sobre el hombro de Tyrande, cubriéndolo con unas manos que se estrechaban formando retorcidas garras.
Y, para mayor horror del Archidruida, Tyrande encontró consuelo en el abrazo de Illidan.
¡No puedo soportar verlo! ¡No es lo que creí que era!
Illidan sonrió a su transformado hermano desde detrás de Tyrande.
¡Tú no tienes la culpa, Tyrande! La culpa es de él… él te abandonó…
me abandonó a mí… les exigió a todos que siguieran sus dictados, incluso aunque eso supusiera una tragedia para ellos… Solo se está llevando lo que se merece…
¡Mentira! , insistió Malfurion, pero ninguno le prestó atención. En lugar de eso, Tyrande le dio la espalda a Malfurion, devolviéndole fervorosamente el abrazo a Illidan.
¡Tantos siglos malgastados en él! , dijo amargamente la Suma sacerdotisa. Siempre le pareció bien hacerme esperar… sus propios deseos siempre eran más importantes que yo…
El demonio la miró y le alzó la barbilla con una de sus garras. Yo nunca te haría eso, amor mío… haría que tú y yo fuésemos uno…
Tyrande se enfrentó a su terrible mirada. Sonrió. ¡Entonces, hazlo!
Amor mío… Puso sus dos garras sobre los hombros de ella.
De sus ojos brotó una llama que envolvió a Tyrande. Malfurion gritó, pero no sirvió de nada. La Suma sacerdotisa estaba rodeada de fuego.
Y entonces… Tyrande cambió.
De la frente le surgieron cuernos, cuernos que se elevaban y se curvaban. De su espalda germinaron dos pequeños bultos que rápidamente se hincharon y crecieron. Unas alas membranosas se extendieron. Las uñas de sus delgadas manos crecieron y se ennegrecieron mientras Illidan las sujetaba.
¡No! , intentó gritar de nuevo Malfurion. ¡No!
Tyrande volvió la mirada al Archidruida… pero ahora sus ojos eran unos orbes de abrasador color verde. Frunció el ceño ante el indefenso Malfurion.
Tú me has hecho esto…, dijo ella. Tú…
El Archidruida dejó escapar una silenciosa plegaria… y se despertó.
Seguía en su cuerpo astral, seguía atrapado y dolorosamente retorcido. Pero había descubierto que el desgarrador dolor que acababa de sufrir no era real… al menos, todavía no.
Pero Malfurion no sintió ningún consuelo en ello. No era la primera vez que sufría una pesadilla tal, y cada vez le resultaba más difícil distinguir cuándo dormía y cuándo estaba despierto. Su torturador jugaba malévolamente con él, un juego que el Archidruida sabía que iba perdiendo lentamente.
E incluso aunque solo hubiese sido una pesadilla, lo dejó más agotado, más susceptible.
Tyrande…, pensó Malfurion. Lo siento tanto…
Quizás ya ni siquiera piensa en ti, dijo una nueva voz dentro de su cabeza. Después de tanto tiempo, después de que la abandonases tan a menudo, después de que le dejases a ella el destino de tanta gente mientras tú te escondías del mundo y de tu responsabilidad…
Malfurion intentó sacudir la cabeza, pero ya no tenía cabeza que sacudir.
La voz volvió, muy parecida a una venenosa víbora que se arrastrara por el alma de Malfurion. Igual que abandonaste a otro tan importante para ti; lo abandonaste a la traición, al encarcelamiento, a la condenación…
Illidan. Malfurion había intentado salvar a su gemelo, pero al final la ambición de Illidan lo había convertido en aquello mismo contra lo que había luchado. Un demonio. Si Malfurion hubiese actuado de otro modo desde el principio, quizá buscando ayudar a su hermano en lugar de encarcelarlo… podría haber salvado a Illidan.
¡No! , consiguió pensar el capturado Archidruida. ¡Intenté ayudarlo!
Fui a su cárcel una y otra vez con la esperanza de apartarlo de su fatal camino…
Pero fallaste… siempre fallas… te fallaste a ti mismo y por eso le fallarás a tu Azeroth…
En el Sueño Esmeralda… la Pesadilla… lo que había sido Malfurion Stormrage se retorció una vez más. Ya no relucía con la brillante luz verde que toman los cuerpos astrales cuando entran en ese reino mágico. En vez de eso, un tono más oscuro y sombrío de verde lo envolvía ahora.
Una oscuridad aún mayor rodeaba al Archidruida preso, la única evidencia visible de lo que se hacía llamar el Señor de la Pesadilla. De esa penumbra infecta surgían docenas de tentáculos que entraban en Malfurion no solo alimentando la alteración de su cuerpo, sino buscando penetrar más allá en la mente del elfo de la noche mientras este se transformaba lenta pero inexorablemente en un árbol.
Un árbol que sufría un inconcebible y agónico dolor…
* * *
El túmulo de Malfurion estaba como Tyrande Whisperwind lo había visto en su visión y en visitas anteriores. Había pocas cosas que hablasen de la persona que había tras la leyenda. Consistía en una serie de pasajes subterráneos que nunca habían visto la luz del sol, pero los elfos de la noche eran criaturas de la oscuridad y, además, tenían poderes místicos. En lugar de lámparas de aceite, la fría y suave luz de la luna mantenía iluminada la cámara principal por la interpelación de las devotas oradoras de la Hermandad.El Archidruida yacía como si durmiese, lo que, en cierto sentido, estaba haciendo. Solo sus ojos abiertos daban la primera señal de que había más de lo que parecía.
La sacerdotisa de turno se había apartado. Uno a uno llegaron todos al cuerpo inmóvil, los druidas se arrodillaron como señal de respeto hacia su fundador mientras que las recién llegadas Hermanas de Elune simplemente se inclinaron. A Broll la escena le recordó más a un funeral o al menos a una familia reunida alrededor del lecho de muerte de un ser querido, pero se guardó para sí esos sentimientos, especialmente teniendo tan cerca a la amada de Malfurion.
Cuando le tocó el turno a la Suma sacerdotisa, se inclinó tanto que al principio parecía que iba a besar a Malfurion. Sin embargo, en el último
momento, Tyrande se echó atrás y le acarició brevemente la frente.
—Fría… —murmuró—. Más de lo que debería estarlo…
—Hemos sido constantes con las oraciones —respondió inmediatamente Merende con un rastro de sorpresa en su tono—. No debería haber cambiado nada…
Cuando replicó, no había ira en la voz de Tyrande.
—Lo sé… pero está más frío… la visión de Elune es cierta. —Se quedó mirando fijamente—. Y sus ojos están perdiendo el dorado… como si estuviese perdiendo su vínculo con Azeroth…
Se echó atrás, dejando sitio al Archidruida. Fandral pasó aún más tiempo con Malfurion del que había pasado la Suma sacerdotisa. Murmuró para sí y pasó ambas manos sobre el cuerpo. Broll le vio lanzar una pizca de polvos sobre el pecho y se preguntó por las intenciones de Fandral. Las sacerdotisas y los druidas habían llevado a cabo docenas de hechizos para ayudar a Malfurion no solo en la conservación de su cuerpo, sino en su posible regreso.
Quitándose una solitaria lágrima, el Archidruida dio un paso atrás.
Broll rezó a los espíritus del bosque para que lo que fuese que estaba intentando hacer Fandral funcionase. Necesitaban a Malfurion más que nunca, especialmente si la enfermedad de Teldrassil demostraba ser algo que estaba fuera del alcance de sus poderes curativos.
—Mis Hermanas intensificarán sus esfuerzos —dijo Tyrande tras una breve conversación con Merende y la pareja de sacerdotisas que atendían a Malfurion—. Sin duda, Elune las ayudará a mantener el cuerpo vivo… al menos un tiempo… pero esto hay que resolverlo pronto.
—Aquí no podemos hacer nada más —observó Fandral con una respetuosa mirada al cuerpo de Malfurion Stormrage—. Regresemos fuera…
Mientras los druidas y las sacerdotisas obedecían, Broll se dio cuenta de que Tyrande había regresado para tocarle la mejilla a Malfurion. Luego su expresión se endureció y caminó detrás de Fandral como si estuviese a punto de marchar a la guerra.
La penumbra de la cámara de Malfurion dejó paso a la exuberante belleza de la tierra, una accidentada región forestal puntuada por incontables montes bajo los que se encontraban los santuarios de otros druidas. Entre los túmulos, había arcos de piedra y madera cubiertos de
vegetación viva y exuberante que le daban un aspecto exótico al Claro de la Luna.
Pero era más que el aspecto físico lo que hacía al Claro de la Luna ser lo que era. Como druida, Broll en particular podía notar la paz inherente a este lugar. No era nada extraño que hubiese sido escogido como lugar sagrado para aquellos que compartían su oficio.
—Qué lugar tan apacible —comentó la Suma sacerdotisa.
—El espíritu de Cenarius es gran parte de ello —replicó Fandral, aparentemente complacido por el halago de Tyrande—, y también está presente en su guardián, su hijo…
—Ojalá yo fuese mi padre —se oyó una voz que trajo con ella una sensación primaveral—. Ojalá lo fuese…
Los druidas no habían oído aproximarse a la figura, puesto que sus pasos no provocaban sonido alguno. Inmediatamente se arrodillaron en señal de respeto, e incluso las sacerdotisas saludaron la aparición de Remulos con una inclinación formal. Sin embargo, no parecía demasiado complacido con los saludos.
—¡Levántense! —conminó a los druidas mientras el aire que lo rodeaba se llenaba del olor de las flores, y la hierba crecía más frondosa bajo sus pezuñas—. No necesito que me honre ninguno de ustedes —añadió agriamente sacudiendo su melena de hojas—. ¡Soy un fracaso abyecto!
Fandral extendió la mano en protesta.
—¿Tú, oh grande? ¡Sin duda tales palabras no podrían utilizarse para describir al Señor del Claro de la Luna!
El rostro, semejante al de un elfo de la noche, miró hacia los reunidos, mientras las ventanas de su nariz se dilataban como le ocurriría a un corzo furioso. Se concentró brevemente en Broll, que inmediatamente bajó la mirada y luego se volvió hacia Fandral.
—Son palabras adecuadas, Fandral, puesto que mis esfuerzos por buscar ayuda para Malfurion no han servido de nada. Sigue dormido… y ahora ha empeorado, supongo. ¿Por qué otro motivo iba a venir al Claro de la Luna un grupo como este?
—Se está… muriendo —admitió Tyrande.
El rostro de Remulos reflejó conmoción. Sus cuatro veloces patas dieron un paso atrás sin hacer ruido, y unas coloridas flores silvestres brotaron de sus huellas.
—Muriéndose… —la conmoción se desvaneció dejando paso a algo más sombrío—. Tiene sentido… ¡porque la Pesadilla está creciendo más deprisa que nunca, y su locura farfulladora es ahora más audible por la mayor parte del Sueño Esmeralda! Peor aún, también se mueve más deprisa, atrapando desprevenidamente a más defensores del Sueño… y corrompiéndolos en cuerpo y en espíritu…
Oír a Remulos hablar también de este modo añadía más credibilidad a los temores que sentían Broll, Tyrande y los demás. Broll apretó los puños deseando por un momento volver a la simplicidad de sus años como gladiador.
A pesar de lo breve que fue su movimiento, eso u otra señal notoria de emoción hizo que Remulos volviese a mirarlo. Pero las palabras de Remulos fueron para Fandral, no para Broll.
—¿Sigues teniendo el ídolo, Archidruida?
—Sí, oh grande.
Remulos miró a Fandral.
—No lo utilices. Escóndelo. Que su poder no toque a Azeroth… al menos por ahora…
Varios de los druidas, Broll incluido, miraron a su líder. Fandral no mencionó su reciente decisión, limitándose a asentirle a Remulos y responder:
—Está a salvo en mi morada. Y así permanecerá.
—Ten en cuenta lo que he dicho. Por ahora no puedo dar más motivos… pues yo tampoco estoy seguro…
—Te lo juro —dijo Fandral.
La deidad asintió y se retiró aún más. Al hacerlo, su cuerpo se fundió de algún modo con su entorno, el cercano y el lejano.
—Esta noticia, aunque temible, me mueve a hacer otra cosa. Suma sacerdotisa, tienes mis simpatías…
La respuesta de Tyrande fue cerrar brevemente los párpados. Pero para entonces Remulos ya se había convertido en su entorno, desvaneciéndose como si se tratara de una ilusión creada por las hojas y la flora del claro místico.
Pero su voz permaneció:
—Una última advertencia, amigos míos… ha habido rumores… de que han aparecido durmientes en distintos reinos, durmientes de todas las razas… Se dice que son aquellos que no pueden despertarse a pesar de
todos los intentos de sus seres queridos… Presten atención a las historias que oigan, tal como yo haré… pueden ser importantes…
Y entonces desapareció.
—Durmientes… que no pueden despertar… —murmuró Tyrande—.
¿Qué puede querer decir?
—Puede que no quiera decir nada —señaló Fandral—. Como ha dicho Remulos, solo son rumores. Es probable que no sean más que eso.
Hamuul gruñó.
—He oído… de un orco de cuya palabra me fío… que hay una aldea en la que cinco fuertes guerreros no pueden despertarse.
El Archidruida no parecía nada convencido.
—La palabra de un orco…
El tauren se encogió de hombros.
—No tenía motivos para mentir.
—Malfurion está atrapado en el Sueño Esmeralda —indicó pensativamente Tyrande—. ¿No suena esto como si tuviese algo que ver con aquello?
Inclinándose, Fandral sacudió la cabeza.
—Suma sacerdotisa, cometes un error razonable. Aunque lo llamamos Sueño Esmeralda… o Pesadilla, lo que ahora es… la proyección druídica y el sueño mortal corriente son dos cosas totalmente distintas.
—Sí… supongo que tienes razón. —Una sombra amarga regresó a su rostro—. Nunca debería haber ido solo. No después de haber advertido a otros de tu oficio que tuviesen cuidado de los cambios en el Sueño Esmeralda.
Broll observó que Tyrande cerraba los ojos por un momento y su furia se transformaba en tristeza.
—Sabía que ya habían encontrado a druidas en el estado en el que él se encuentra ahora —continuó Tyrande—, pobres desgraciados que no tenían fuerza ni voluntad para mantener sus cuerpos vivos después de que sus cuerpos astrales hubiesen estado ausentes demasiado tiempo…
Que la Suma sacerdotisa supiese tanto sobre el oficio de los druidas no le sorprendió a nadie. Había estado presente desde el principio, desde que su shan'do había empezado su adiestramiento. Siendo su amante, sin duda habría compartido sus experiencias con ella.
—Hizo lo que debía hacer, Tyrande Whisperwind, tal como nosotros haremos lo que debemos hacer —respondió el Archidruida. Fandral parecía
más tranquilo—. Y el Árbol del Mundo Teldrassil sigue siendo nuestra mejor esperanza para salvarlo.
La Suma sacerdotisa no parecía confiar tanto en las palabras del Archidruida, aunque asintió. Miró a Broll, a quien conocía mejor que a la mayoría de los demás druidas. Él le ofreció lo que esperaba que fuese una expresión de seguridad.
Fandral comenzó a decirle algo más a la Suma sacerdotisa, pero un ruido llamó la atención de Broll, alejándolo de la conversación.
Al antiguo esclavo se le erizó el pelo de la nuca cuando reconoció el ruido. Su mirada voló hacia los árboles y el resto de la vegetación, donde las hojas se movían como si las sacudiese un aire violento.
Como había ocurrido antes con Teldrassil, las hojas de los árboles y los arbustos de todo el Claro de la Luna salieron volando, dejando mortalmente desnudos los tallos y las ramas. Las hojas se alzaron al cielo…
y luego cayeron con mortal puntería hacia los reunidos. Según caían, volvieron a cambiar de forma para convertirse en las crecientes siluetas de criaturas con rastros de pezuñas hendidas y extremidades más de animal que de elfo de la noche.
Pero entonces tuvo lugar un cambio con respecto a la visión anterior.
Entre los elfos de la noche y los monstruosos atacantes se formó una figura que fulgía con la luz del Sueño Esmeralda. Broll pensó instintivamente en Malfurion, pero su cuerpo era más pequeño y no estaba en absoluto formado como el de uno de los suyos. Más bien se parecía cada vez más a…
—Broll! —una voz áspera susurró en su oído—. ¡Broll Bearmantle!
El elfo de la noche se sacudió. Los demonios volvieron a tornarse hojas, y las hojas, repitiendo la visión que había tenido de Teldrassil, volvieron a sus lugares entre la vegetación.
Broll miró al preocupado Hamuul. Se dio cuenta de que el tauren y él estaban solos. Los demás ya estaban distantes, alejándose de la zona.
—Broll Bearmantle, algo te aflige —Hamuul dio unos pasos para colocarse delante de su amigo—. Los demás no se han dado cuenta, pues cuando te vi envararte me coloqué de tal modo que pareciese que estábamos hablando. Incluso entonces, la falsa conversación que mantenía contigo parecía no afectarte. Estabas… estabas como está nuestro shan'do.
Sintiendo cómo se le debilitaban las piernas, Broll tomó a Hamuul del brazo para apoyarse. Cuando respondió, fue con una voz ronca que lo
asustó.
—No…. no estaba como Malfurion. He tenido… he tenido una visión…
—¿Una visión? ¿Cómo puede ser?
El elfo de la noche pensó.
—No. Una visión no. Era como si… como si Azeroth… u otra cosa…
intentase advertirme…
Dándose cuenta de que ahora tenía que confiar en alguien, Broll rápida y calladamente le contó al tauren lo que había experimentado. Las ventanas de la nariz de Hamuul se dilataban a menudo según escuchaba el relato.
Como era habitual entre los de su raza cuando se encontraban inquietos o excitados, el tauren resopló más de una vez.
—Deberíamos contarles esto a los demás —sugirió Hamuul cuando Broll hubo terminado.
Broll sacudió la cabeza.
—Fandral no verá nada más que ansiedad… o quizá locura. Para él, Teldrassil es la clave… y probablemente tenga razón.
—Pero tus visiones… que, como dices, ya son dos… deben de tener algún significado, Broll Bearmantle.
—No estoy tan seguro… si hay algo de verdad en lo que he visto…
fuese lo que fuese… ¿por qué soy el único que lo ve?
El tauren reflexionó sobre esto por un momento y luego replicó:
—Quizá tú eras el más indicado…
—¿El más indicado para qué?
—Aunque he tenido el honor de llegar a ser Archidruida, Azeroth todavía contiene muchos misterios cuyas respuestas no conozco. La respuesta a tus visiones es algo que sospecho que descubrirás tú solo cuando Azeroth lo desee…
El elfo de la noche frunció el ceño y luego asintió. Sin nada más que añadir a la secreta conversación, se apresuraron para alcanzar a los demás.
Sin embargo, mientras caminaban, Broll miró furtivamente al tauren mientras lo cubría un gran sentimiento de culpabilidad.
Había omitido una cosa de sus visiones… o de la última, para ser precisos. Justo antes de que Hamuul lo despertase del siniestro panorama, Broll había reconocido por fin la figura que aparecía casi como un guardián contra el mal que caía sobre él…
Era el ídolo de Remulos.