Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 2 de 32

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Tempestira

Prólogo

BÚSQUEDA DE SANGRE

Thura estaba en pie al borde del gran abismo escarpado. La joven orca apretó instintivamente su recia mano sobre el hacha mientras buscaba en vano un lugar por donde cruzar. De miembros y torso gruesos y musculados, la orca era una diestra luchadora, a pesar de haber llegado apenas a la edad adulta. Pero ahora sus anchos y toscos rasgos expresaban algo más infantil, más temeroso, mientras corría arriba y abajo sin tener éxito en su búsqueda. Frunció su amplia boca llena de colmillos. Thura sacudió la cabeza y farfulló una protesta silenciosa. Su fosca melena castaña, que normalmente llevaba recogida en una coleta pero que ahora llevaba suelta, caía sobre el lado izquierdo de su cara.

Al otro lado estaba teniendo lugar una imponente batalla, que tenía en el centro un solitario y fornido macho de su raza; alguien a quien conocía básicamente de recuerdos infantiles e historias contadas por el gran gobernante orco Thrall. Delante de ella estaba un guerrero canoso de rostro severo y brazos poderosos. Igual que ella, llevaba la falda y el arnés de cuero de un luchador. Su cuerpo estaba cubierto de antiguas cicatrices de otras batallas, otras guerras. Incluso rodeado, el macho gritaba su desprecio hacia sus monstruosos enemigos.

Y ciertamente eran monstruosos, pues eran demonios de la Legión Ardiente… criaturas malignas mucho más altas que el valeroso guerrero solitario. Llevaban armadura y ardían de la cabeza a los pies con un virulento fuego amarillo verdoso cuya intensidad rivalizaba con la feroz determinación que se veía en los ojos marrones del orco. Con espadas malignas y otras armas infames, cortaban el aire una y otra vez buscando atravesar su guardia. Pero siempre los mantenía alejados con su hacha, un

arma asombrosa que resultaba aún más fantástica por el hecho de estar tallada en madera.

No… tallada, no. Thura recordaba que un chamán la había inspeccionado y había declarado que una gran magia habla «dado forma» al hacha de doble filo, una magia que se rumoreaba que pertenecía al semidiós Cenarius. Cenarius había sido guardián de la naturaleza, protector de los bosques.

Pero, fuese cual fuese el origen del hacha, claramente tenía su propia magia, pues cortaba fuertes espadas y gruesas armaduras con la misma facilidad que atravesaba el aire. Grandes destellos de siniestro fuego amarillo verdoso surgían de las heridas mortales provocadas mientras caían uno tras otro ante la firme mano del orco.

Un aura esmeralda profunda, casi nebulosa, que no tenía nada que ver con las llamas de la Legión Ardiente lo cubría todo, incluso al solitario campeón. El aura tenía un ligero tinte azulado que se sumaba a la sensación de irrealidad del momento. Pero Thura le prestó poca atención al aura. Su ansiedad crecía al tiempo que seguía sin encontrar un paso.

Entonces una deslumbrante figura se materializó justo detrás y a la izquierda del orco. Era un ser fascinante cuya raza alta y de piel violeta le resultaba conocida a Thura. Un elfo de la noche. Pero este no era un representante corriente de ese pueblo, pues de su cabeza surgían un par de poderosas y elaboradas astas. Más aún, llevaba una ropa llamativa que lo revelaba no solo como druida, uno de los reverenciados guardianes de la naturaleza, sino obviamente como un druida de gran prestigio, quizás incluso un Archidruida.

El elfo de la noche tenía un rostro ancho y maduro que le daba más personalidad. También tenía una frondosa barba verde. Sus brillantes ojos dorados, casi tan llamativos como sus astas, se veían incluso desde la distancia.

La llegada del elfo de la noche le cortó el aliento a Thura. Desarmado, se inclinó hacia el orco para susurrarle algo, y su mera presencia pareció reconfortar al campeón guerrero. Habiendo vencido ya a muchos demonios en solitario, el orco maduro parecía confiar en que el elfo de la noche sin duda podría aguantar contra la multitud sedienta de sangre que seguía acercándose.

Detrás del orco, en las manos del elfo de la noche apareció de repente una larga vara de madera. Alzó la vara y, al hacerlo, el extremo más cercano

adquirió repentinamente filo. Delante de él, el orco mató a otro impetuoso demonio más, cortándole la larga y estrecha cabeza, con sus cuernos retorcidos y todo.

El elfo de la noche tocó con la punta de la vara la parte de atrás del cuello del orco.

Thura vio la traición demasiado tarde. Gritó en vano, pues sus palabras quedaron ahogadas por la distancia y el ruido de las armas chocando.

En la parte de atrás del cuello del orco creció un pequeño brote.

Parecía una hierba, como las que Thura podría haber pisado mil veces al día. Pero esa hierba brotó rápidamente, creciendo y creciendo en un solo latido.

El otro orco finalmente lo notó. Echó la mano atrás, pero varias hojas color verde oscuro se aferraron a su muñeca. La hierba siguió extendiéndose, cubriendo el cuerpo del indefenso guerrero. Al hacerlo, de las hojas empezaron a brotar terribles espinas, todas apuntando hacia dentro. Pincharon al orco y, allá donde lo hacían, hacían salir la sangre.

El orco tembló. Se le abrió la boca y cayó sobre una rodilla. Los tentáculos de hierba cubrieron su cuerpo hasta que lo ataron por completo.

De las monstruosas heridas continuaba manando sangre mientras el elfo de la noche observaba divertido.

Thura gritó el nombre del orco, incluso aunque ya era demasiado tarde para salvarlo:

—¡Broxigar!

De repente, los demonios se convirtieron en niebla. Solo quedaban el elfo de la noche, su víctima y Thura. El elfo de la noche dio otro paso hacia atrás, y su mirada burlona se volvió hacia ella.

Los ojos dorados se volvieron completamente negros. Se convirtieron en profundos pozos que tiraban fríamente del alma de la orca.

Entonces, de esos oscuros pozos surgieron monstruosos bichos carroñeros. Escarabajos, ciempiés, cucarachas y otros salían de los ojos del elfo de la noche en terribles corrientes que caían al cielo. Las criaturas se dispersaron por todas direcciones y árboles, y otra flora se materializaba a su paso. Pero las frondosas plantas apenas habían aparecido cuando los insectos las cubrían. Arbustos, matas, incluso los árboles más altos estaban envueltos en bichos.

Y luego se marchitaban. Todo se marchitaba, El mundo de Thura se convirtió en una visión retorcida y horrible.

El elfo de la noche rio. De su boca saltan más repugnantes insectos…

Desapareció.

Thura volvió a gritar el nombre de Broxigar. Con esfuerzo, el moribundo guerrero consiguió mirar hacia ella. Una mano se liberó de la hierba que lo maniataba y estiró el brazo, empuñando el hacha mágica.

Su boca susurró un nombre…

Thura se despertó sobresaltada.

Se quedó tumbada un rato, tiritando a pesar de que en el bosque por el que estaba viajando había una temperatura agradable. El sueño se repetía en su cabeza, tal como ocurría cuando la orca no lo estaba reviviendo en sueños.

Con cierto esfuerzo, Thura acabó por levantarse. La pequeña fogata que había hecho hacía tiempo que se había apagado, y ahora solo quedaban unos débiles hilillos de humo. Soltando por un instante su arma, Thura echó tierra para sofocar lo que quedaba del fuego y luego buscó su bolsa.

Agarrando el pequeño saco de cuero, recogió el hacha y se puso en camino.

Siempre era así. Andaba hasta que se agotaba, cenaba y luego dormía hasta que el sueño la despertaba y la dejaba en tal estado que sabía que era mejor seguir adelante. En cierto macabro sentido, eso le parecía bien a la orca. Últimamente era arriesgado dormir, y además cada paso la acercaba más a su meta, la acercaba más a vengar a los suyos.

Y más aún. Se había dado cuenta de que la movía otra misión: evitar una catástrofe que no solo acabaría con su propio pueblo… sino con todo lo demás.

El orco, Broxigar, era el hermano de su padre, aunque los padres de estos eran distintos. Ella sabía de su legendaria defensa junto a sus camaradas contra la Legión Ardiente, una defensa que había terminado con Broxigar, o Brox, como único superviviente. Incluso de niña, Thura podía notar la culpa que él habla sentido por seguir vivo mientras sus amigos habían muerto.

Y entonces Thrall, el gran líder orco, había enviado al veterano guerrero a una misteriosa misión con otro compañero. Ninguno de los dos regresó nunca, pero entonces corrió el rumor de que un viejo chamán había devuelto la maravillosa hacha de madera de su sueño y se la había entregado a Thrall. Aquel chamán también había contado que Brox se había convertido en un héroe que había ayudado a salvar no solo a los orcos, sino también a todos los demás. Hubo quienes dijeron que al chamán le brotaron

alas y se perdió volando en la noche, transformándose en un ave gigante o un dragón.

Thura no sabía si eso último era cierto, solo que, cuando alcanzó la edad guerrera y demostró su destreza, el propio Thrall le entregó la legendaria hacha. Era, después de todo, la única pariente de Brox que quedaba, excepto por su único tío, Saurfang el Viejo, que había perdido recientemente a su hijo en batalla. El hacha podría haber ido a cualquiera de ellos, pero el chamán de mayor confianza de Thrall había visto en un sueño que debía pasar a Thura. El porqué nadie lo sabía, pero Thrall había seguido el consejo.

Thura se sintió honrada de llevar esa arma; una ironía, como sabía bien. Hacía años, bajo la influencia de la maldición de sangre del señor demoníaco Mannoroth, algunos orcos bajo el mando del legendario Grom Hellscream habían invadido los bosques de Vallefresno y habían matado a Cenarius cuando les presentó resistencia. Aquello había ocurrido antes de que Thrall le hubiese devuelto a su pueblo el respeto por la naturaleza. La muerte habla sido lamentable… pero Thura no había tomado parte en aquello, así que, con el sentido práctico de los orcos, asumió que el espíritu de Cenarius también lo habría entendido.

En el momento en que Thura le puso las manos encima, sintió que era como debía ser. Pero el hacha también trata algo más. Al principio no, ni siquiera durante los primeros entrenamientos después de que se la dieran.

No, su secreto no se había revelado hasta después, y al principio ella lo había ignorado. Un sueño era solo un sueño…

O no.

A Thura no le hizo falta el chamán para acabar dándose cuenta de la verdad. El espíritu de su fallecido pariente había estado intentando llegar a ella para pedir venganza. El sueño era una insinuación de la verdad, de eso estaba segura. Le había enseñado cómo había muerto Brox en realidad…

traicionado por alguien a quien creía un amigo.

El elfo de la noche.

Y, aunque no podía decir cómo lo sabía, Thura también entendía que el elfo de la noche seguía vivo y que podía encontrarlo. Lo único que tenía que hacer era prestar atención al sueño. Cada vez que el sueño la despertaba, sentía la dirección que tenía que tomar.

La dirección en que encontraría al traicionero asesino del valeroso Brox.

Brox había dicho su nombre, que resonaba en su cabeza desde la primera vez que tuvo el sueño a pesar de que nunca se lo había oído decir al orco en voz alta.

Malfurion Stormrage… Malfurion Stormrage…

Thura levantó su hacha… el hacha que había sido de Brox. La orca le había hecho un juramento a su tío muerto. Encontraría a Malfurion Stormrage sin importar lo lejos que tuviese que viajar y sin importar a quién le obligara a enfrentarse su búsqueda de sangre.

Encontraría a Malfurion Stormrage… y entonces el hacha no solo haría una justicia que se había demorado mucho tiempo, sino que quizás Thura podría salvar a Azeroth antes de que fuese demasiado tarde…