Tempestira
Capítulo Veinticinco
UNA DECISIÓN
Estaban de nuevo en Azeroth, aunque no en una parte que Lucan reconociese. Lo único familiar era lo que ahora todo el mundo parecía tener en común… la pegajosa niebla de la Pesadilla.
Una poderosa mano le agarró el cuello. Thura se acercó a él, y el aliento de la enfurecida orca era cálido y oloroso.
—¡El hacha! ¿Qué has hecho con el hacha?
—¡No sé de qué me estás hablando!
Thura le mostró la otra mano, que ahora formaba un amenazador puño.
—¡El hacha de Broxigar! ¡No ha venido con nosotros! Estaba en mi mano… ¡y ya no está!
—¿Estás segura de que no la has soltado? —La expresión con que le miró la orca le hizo retractarse rápidamente de la pregunta—. ¡Entonces debería haber seguido contigo! ¡Ya lo había hecho antes!
Soltándolo, la guerrera miró con furia a su alrededor.
—¿Entonces dónde está, humano?
Lucan no sabía dónde se encontraban. El montañoso paisaje estaba lleno de peligrosos barrancos y terreno desolado. Había algunos arbustos y, sobre una colina, un enorme y feo árbol…
El cartógrafo tragó saliva. El árbol no encajaba con la falta de vida a su alrededor. De hecho, de toda la vegetación que había parecía ser el único que crecía, aunque apenas tenía hojas.
Pero eso no era lo que inquietaba del árbol a Lucan. Era la silueta que proyectaba incluso entre la niebla.
Era como una gigantesca mano esquelética.
Ahora parecía comprender cómo y por qué el hacha había quedado atrás. Algo había querido que se quedase, algo que tenía el poder de cumplirlo.
—¡Tenemos que irnos! —dijo.
—¡Tengo que recuperar el hacha! —insistió Thura, ignorante de lo que había descubierto Lucan.
El crujido que resonó a su alrededor hizo que ambos se detuviesen.
El suelo bajo sus pies empezó a moverse como si algo enorme estuviese excavando y abriéndose paso hacia arriba. Mientras ocurría eso, unas sombras que parecían medio elfo de la noche, medio cabra, se formaron en la niebla.
Una raíz salió disparada de una de las grietas, buscando el tobillo de Lucan. Sin embargo, Thura la agarró primero, rompiendo una gran parte del puntiagudo extremo. Lo que parecía sangre coagulada brotó de ambos extremos rotos.
La raíz se echó atrás, pero brotaron otras. La orca esgrimió la raíz contra los sátiros de sombra que se acercaban.
Uno se lanzó. Thura clavó la punta en la oscura forma.
La sombra siseó y se fundió.
Pero acudían más y más. Thura miró a Lucan.
—¡Son demasiados! Si tuviese el hacha…
Se detuvo al ver la expresión del humano. Lucan miraba una de las fisuras creadas por las raíces. Su rostro estaba, si era posible, más pálido que nunca.
La orca lo agarró del brazo, lo que pareció romper la fascinación que el cartógrafo tuviese por la fisura. Lucan la agarró a ella.
—¡No puedo prometer en qué parte de la Pesadilla acabaremos!
Thura apuñaló a otra sombra, observando sin satisfacción alguna cómo desaparecía.
—¡Tú llévanos!
Desaparecieron y reaparecieron en un muy familiar entorno de color esmeralda.
Pero no estaban solos.
—¿Otra vez? —rugió Eranikus. Su furia provocó que su entorno, una cueva, temblase. El dragón verde desplegó sus alas, destrozando varias estalactitas.
—¡No quiero saber nada de esta locura! ¡Ya les advertí!
—¡No he podido evitarlo! —respondió Lucan—. Teníamos que huir de ellos… ¡y yo quería ir a un lugar seguro! ¡No sabía que me traería contigo una y otra vez!
—¡Cerca de mí, a duras penas estás a salvo, bocadito! —La cabeza de Eranikus bajó hasta los dos—. Y tampoco tú, orca, ni siquiera con tu arma mágica…
—Ya no tengo el hacha —gruñó Thura, mostrando las manos abiertas a la enorme cabeza—. ¡Parece que la perdí cuando la Suma sacerdotisa se sacrificó valientemente para permitirnos escapar de los corrompidos!
—¿Corrompidos? ¿Hablas de Lethon y Emeriss? La elfa de la noche con esa odiosa pareja… ¿y también tienen el hacha?
—No lo pudimos evitar… —empezó a decir Lucan, pero el consorte de Ysera ya no le escuchaba.
—No terminará… hasta que… pero no puedo… —El leviatán verde siseó mientras murmuraba para sí—. No puedo dormir… no puedo olvidar… ella estaba perdida…
Un rugido de dolor escapó del angustiado dragón. Thura y Lucan buscaron refugio mientras Eranikus liberaba la frustración que sentía consigo mismo.
Cuando los últimos ecos de su grito dejaron de reverberar, el dragón volvió su atención a la diminuta pareja. Su expresión era ignota.
—Parece que solo hay una manera de deshacerme permanentemente de sus intrusiones…
Eranikus estiró un brazo hacia ellos.
* * *
—Tu brazo… —dijo Malfurion quedamente—. ¿Qué le ha pasado a tu brazo?Remulos lo miró. Se le nubló la vista.
—La menor de mis heridas, créeme.
—Apareció de repente justo antes de que despertaras —le explicó Broll—. Casi perdimos la concentración de la sorpresa que nos dio.
—El que no lo hicieras demuestra las buenas enseñanzas que recibiste.
—El hijo de Cenarius señaló a Malfurion con su lanza—. Pero no tenemos tiempo para hablar más de eso, thero'shan favorito de mi padre… ¡su mejor alumno! ¡Existe una posibilidad de darle la vuelta, pero necesitamos salir ahora mismo!
Malfurion miró a los otros.
—Ahora no puedo irme…
—Archidruida, sabes que la Pesadilla tiene a tu Tyrande…
—Lo sé muy bien…
—Y sabes el verdadero nombre del Señor de la Pesadilla —Remulos pronunció el título con todo el temor que Malfurion tenía oculto en su alma
—. ¡Una criatura diabólica que una vez se llamó Xavius! El mismo Xavius, como me contaste después, que sirvió a tu reina Azshara para ayudarla a que la Legión Ardiente viniese a Azeroth, tomando parte en lo que le provocó mucho dolor a mi familia…
Incluso milenios después, Malfurion recordaba demasiado bien lo cerca que estuvo Cenarius de morir en la batalla que también le había costado la vida a Malorne, el Ciervo Blanco, a manos del demonio Archimonde. Malorne era el padre de Cenarius y, por tanto, el abuelo de Remulos.
—Xavius tiene a Tyrande… —continuó Remulos—, y también el hacha que mi padre construyó para el valiente orco Broxigar…
La noticia sacudió a Malfurion con más fuerza de lo que Broll o Hamuul probablemente habían notado. Sabía lo que tenía que hacer, aunque lo ponía todo en peligro.
Volviéndose a Broll, el Archidruida ordenó:
—Broll, debo pedirte que ayudes a guiar a los druidas y a los demás mientras estoy ausente. Hamuul, te he dado mucho que hacer, pero tú también debes ayudarlo si puedes. ¿Puedo confiar en ustedes dos?
Cuando ambos inclinaron la cabeza asintiendo, Malfurion le dijo a Remulos:
—¿Tyrande y el hacha están en el mismo sitio? ¿Estás seguro?
—Lo estoy. En las profundidades de la Pesadilla.
—Entonces tenemos que entrar por el portal de Fandral El guardián del bosque sacudió su gran ornamenta.
—No, tengo otro método.
Malfurion levantó las cejas.
—¿Cuál?
—El mismo por el que he venido aquí.
Remulos describió un gran círculo con la punta de la lanza. Al completarlo, el círculo cobró vida, y el borde era de un agudo verde oscuro.
El Señor del Bosque murmuró algo que Malfurion no pudo entender.
El círculo creció, alcanzando el tamaño suficiente para que ambos entraran
en él.
—¡Ven! —insistió Remulos.
Un preocupado Broll se dirigió a Malfurion.
—Shan'do…
—Todo irá bien. —El Archidruida señaló el portal de Fandral—. Haz lo que hay que hacer.
Dicho eso, se unió a Remulos en el círculo del Señor del Bosque.
Un escalofrío lo recorrió cuando entraron en la Pesadilla. Malfurion sentía que estaban cerca de donde la siniestra sombra había apresado y torturado a su forma astral. El pensamiento de lo que Xavius podría hacerle a Tyrande le provocó una indignación al elfo de la noche que le ocultó a su compañero.
—Cuidado… —susurró Remulos—. Uno de los dragones está cerca…
Creo que es Emeriss…
Malfurion notó algo cerca y confiaba en que el hijo de Cenarius hubiese identificado correctamente el peligro. Pero entonces el elfo de la noche sintió algo más. Había alguien cerca además del dragón. El corazón se le desbocó al darse cuenta de quién era esa presencia.
Tyrande…
Sin embargo, Remulos no se dirigía en aquella dirección.
—El hacha de Broxigar está por aquí. ¡Debemos darnos prisa! Si la Pesadilla consigue el poder del hacha, se convertirá en una amenaza más, pero, si la recuperamos nosotros, quizá podamos usarla para liberar a Ysera antes de que ella ya no sea capaz de evitar que la Pesadilla utilice su poder de dragón…
Malfurion frunció el ceño.
—¿No has sido capaz de tomarla tú mismo?
—Esta mano es el resultado de mi último intento. Haremos falta los dos para enfrentarnos al dragón y tomar el hacha… y para rescatar a tu Tyrande, amigo mío…
Asintiendo solemnemente, el Archidruida dejó que el guardián del bosque lo guiase. Malfurion observó su entorno, o la falta de él, mientras avanzaban.
—Hay mucho silencio… ¿por qué?
—Es probable que el Señor de la Pesadilla esté más preocupado ahora por tu valiente ejército —replicó Remulos sin mirar atrás—. Y, con Emeriss para vigilar el arma y a la Suma Sacerdotisa… ¿qué puede preocuparle?
—Si el hacha es tan importante para la Pesadilla, debería haber más de un dragón para vigilarla a ella y a Tyrande —comentó Malfurion—. Yo no las dejaría tan poco vigiladas, especialmente a ella…
—¡Tu fe en tu amor es loable, pero no subestimes el poder que tiene la dragona corrompida! Además, la Pesadilla tiene muchos planes en marcha, y sus sirvientes también tienen que estar pendientes de ellos…
El Archidruida no respondió, pues en ese momento oyó una respiración pesada. Los latidos de Malfurion empezaron a acompañar la siniestra respiración, que sabía que debía de ser la de Emeriss.
—¡Estate preparado! —murmuró Remulos—. Entre los dos deberíamos poder, al menos, contenerla…
La oscura silueta de un enorme cuerpo alado empezó a formarse delante de ellos. Emeriss parecía tener la mirada fija en algo que había en el suelo, cerca de sus patas anteriores… muy probablemente el hacha mágica.
Malfurion escogió ese momento para mirar detrás de él, pero casi inmediatamente Remulos le pidió su atención.
—¡Mira a su lado! ¡No lejos de la dragona! ¡La Suma sacerdotisa!
Y, ciertamente, la sombría silueta que se veía más allá era la de una elfa de la noche vestida de un modo muy parecido a como estaba vestida Tyrande. Malfurion apretó los dientes ante la aparición; Tyrande colgaba a algunos metros del suelo, como si estuviese atada a un poste invisible. O
quizá un árbol. Sus brazos y piernas estaban fuertemente atados por detrás.
Y, peor aún había más de una docena de sátiros de sombra arañando el aire delante de ella. Sus garras no la alcanzaban por muy poco.
—Ahuyenta a Emeriss y los perros huirán —le aseguró el hijo de Cenarius—. Prepárate.
Remulos alzó la lanza. La punta brilló con un color verde.
Un fulgor parecido rodeó a la dragona. En su luz, el cuerpo devastado por la enfermedad de Emeriss tenía un aspecto aún más repugnante.
Mientras su compañero atacaba, Malfurion hizo un gesto hacia el suelo. El Sueño Esmeralda estaba muy corrompido, pero, al contrario que el repulsivo gigante, todavía le quedaba algo inherente a su verdadera naturaleza.
Unos nuevos tentáculos, lianas, crecieron inmediatamente bajo Emeriss. En el momento en que hicieron contacto, la dragona reaccionó como si la hubiesen quemado. Algunos intentaron atraparle las patas y la cola. Ella siseó y aulló, golpeando con sus patas la vegetación y el brillo.
En lo que era una aparente desesperación, Emeriss exhaló sobre los tentáculos. Las lianas amarillearon y luego se marchitaron.
Malfurion pensó en la destrozada extremidad de Remulos y sintió un pinchazo de remordimiento. Luego fortaleció su hechizo.
Los tentáculos crecieron, con sus hojas más afiladas. Emeriss volvió a aullar. El brillo también se intensificó.
Con un rugido de furia, la dragona se elevó en el cielo y voló. El hechizo de Remulos todavía la rodeaba.
Cuando la dragona se desvaneció en el aire, los sátiros de sombra se volvieron hacia Malfurion y Remulos. Sin embargo, este les apuntó con su lanza, y un fulgor parecido rodeó a los demonios. Pero, al contrario que Emeriss, estos simplemente se disolvieron hasta que no quedó nada de ellos.
Malfurion empezó a dirigirse hacia Tyrande, pero Remulos se colocó delante de él.
—¡El hacha! ¡Tómala deprisa!
El arma yacía como si la hubiesen abandonado, aunque Malfurion sabía que Thura nunca la cedería voluntariamente. Lo que había ocurrido y si estaba muerta o viva eran preguntas para las que al Archidruida le hubiese gustado tener una respuesta inmediata.
El enfermizo color verde de la Pesadilla rodeaba el arma de Brox, pero también había otra aura de un verde más claro entre medias que parecía irradiar del hacha.
—Hemos llegado a tiempo. —dijo Remulos muy aliviado—. No han corrompido el hacha.
—No… —Malfurion se arrodilló delante del arma. Colocando las palmas sobre el hacha intentó sentir qué estaba ocurriendo. El Archidruida pudo sentir la magia usada hacía tanto tiempo por Cenarius, una magia que venía de las energías más primarias de Azeroth.
—¿Qué deberíamos hacer?
—Debes extraer las energías del hacha. Reformarlas para que tomen su estado original.
Mirando hacia arriba, el elfo de la noche comentó:
—Eso podría debilitar el hacha, o incluso provocar que se desintegrase.
—Yo estaré preparado para reconducir las energías y encargarme de que tomen la forma necesaria.
Frunciendo el ceño, Malfurion se levantó.
—Quizás sería mejor si tú hicieras lo primero, y yo lo segundo. Me temo que podría fallarte.
La pezuña de Remulos arañó con impaciencia el suelo.
—¡No fallarás, Malfurion! ¡Ahora date prisa! Tyrande sigue ahí,
¿recuerdas?
—Nunca lo he olvidado. —El Archidruida empezó a girarse hacia donde colgaba la figura envuelta en sombras—. Primero me encargaré de ella.
—¡Harás lo que te ordeno!
Puesto que ya se esperaba lo que estaba a punto de ocurrir, Malfurion saltó. El fulgor verde que había usado Remulos con la dragona y los sátiros cayó donde había estado. Sin embargo, ahora tenía un tinte verde oscuro muy parecido al del aura maligna que rodeaba al hacha.
Malfurion se enfrentó a Remulos… pero no al Remulos que conocía.
Sí, el brazo seguía marchito, sin duda como había dicho el guardián del bosque, como resultado de haberse enfrentado antes con Emeriss… pero el hijo de Cenarius era ahora una versión vil y deformada de sí mismo. El follaje de su barba y pelo consistía en cardos y hierbas negras. Su rostro y cuerpo tenían un aspecto esquelético. Su piel ahora era del blanco de la muerte, sus ojos de los macabros y cambiantes colores de la Pesadilla.
Había sido corrompido. Su nuevo amo se había esforzado mucho en ocultar la transformación del guardián y, por unos breves segundos, tras hablar con Remulos en el Enclave, Malfurion había creído que su viejo amigo había regresado herido, pero con la mente intacta.
Pero Remulos se había mostrado demasiado deseoso de separarlo de sus compañeros, demasiado deseoso de concentrarse solo en el hacha y no tanto en Tyrande.
El Remulos que Malfurion conocía habría estado preocupado por ella, incluso más que por recuperar el hacha.
Corrompido, parecía que Remulos, igual que su amo, tampoco podía tocar el hacha. La Pesadilla era todo lo que era antinatural, lo contrario a la creación de Cenarius. Por eso había necesitado a Malfurion y por eso Emeriss y los sátiros eran los únicos que guardaban el arma junto a Tyrande.
En cuanto a esta, había sido el cebo para asegurarse de que el Archidruida llegara hasta ahí, por si el hacha demostraba no ser suficiente.
Malfurion había comprendido la verdad poco después de llegar. Había demasiadas cosas que parecían demasiado convenientes. Xavius y la Pesadilla lo habían subestimado esta vez.
También habían subestimado su profundo vínculo con su amada. Todo esto pasó por su cabeza en un instante. Al mismo tiempo, el Archidruida se preparó para luchar contra su antiguo amigo. El semidiós cargó contra Malfurion, que se convirtió en un oso. Zarpas chocaron con garras. Las energías naturales fluían alrededor del Archidruida, pero la repugnancia de la Pesadilla alimentaba a Remulos. Su batalla se convirtió en unas tablas que Malfurion no podía permitirse.
Entonces la expresión de Remulos cambió. Su voz cambió. Y, peor aún, sus ojos se convirtieron en los hundidos ojos negros con un relámpago de color rubí que, después de diez milenios, todavía le resultaban familiares a Malfurion.
—Esta vez no hay esperanza para tu lucha…
La voz hizo que Malfurion sintiese un escalofrío. La conocía muy, muy bien. Casi sin pensar, el Archidruida recuperó su auténtica forma.
—Fui demasiado bueno contigo, Xavius…
—¿Bueno? ¡He vivido atrapado, torturado, más de diez milenios! —
Xavius/Remulos rugió, escupiéndole a su enemigo—. ¡Observando, esperando para que me liberasen! ¡Me quemaba cuando se quemaba la tierra, mi corteza se curaba y mis ramas volvían a crecer! ¡Lo que tú has sufrido, no es nada más que la mínima expresión de lo que yo he vivido una y otra vez!
—Entonces lo lamento… —replicó Malfurion con sinceridad.
Había hecho su trabajo demasiado bien. Xavius el Señor de la Pesadilla era su creación tanto como la del consejero.
—Iría atrás en el tiempo y lo cambiaría si pudiera…
Xavius/Remulos rio cruelmente.
—¡Pero ya no quiero que lo cambies! Todo ese sufrimiento, toda esa espera… ¡ahora han merecido la pena! ¡Reconstruiré Azeroth, y todos sufrirán agonías que solo podría concebir alguien que hubiese sufrido mi largo e interminable tormento! ¡Será glorioso!
Las garras arañaron el pecho de Malfurion. El elfo de la noche gritó de dolor, pero no cejó en su empeño. Buscó a Remulos en su enemigo.
Pero no quedaba nada del guardián dentro de la amenazante figura que tenía Malfurion delante. El hijo de Cenarius o bien había sido consumido
totalmente por la Pesadilla o estaba tan profundamente enterrado dentro de su alma que no había esperanza de liberarlo.
—Lo siento —murmuró Malfurion.
—¡Sigues siendo un idiota sentimental! —se burló Xavius a través del cuerpo que ocupaba.
Pero el Archidruida no se estaba disculpando ante él. Metiendo la mano en una bolsa, Malfurion sacó lo que buscaba. Inmediatamente frotó lo que llevaba en la mano contra el cuerpo de Remulos.
El hijo de Cenarius rugió, su piel empezó a endurecerse, a tomar el aspecto de una gruesa corteza.
Era una variación única de un hechizo usado para fortalecer la piel de un druida contra los ataques. Malfurion la había inventado para usarla contra la Legión Ardiente hace mucho, se había dado cuenta de que el hechizo podía tener una reacción inversa y, en este caso, adversa, a la que provocaba originalmente. El polvo había sido molido de la corteza más dura que existía.
Remulos se tensó. Ahora era más estatua que ser vivo. La ira que todavía le quedaba en los ojos era claramente la del Señor de la Pesadilla.
La ironía del hechizo no se le escapó a Malfurion; había transformado a Xavius en un árbol, y ahora estaba haciendo lo mismo con el pobre Remulos. Parte del Archidruida quería lo que estaba haciendo, pero un entristecido Malfurion sabía que no tenía más elección que elección que completar el terrible hechizo.
Un grito sin palabras escapó de Remulos antes de que su boca dejara de funcionar. Una mano buscó arrojar la lanza, pero falló.
Tambaleándose, Malfurion ignoró su obra. Echó un vistazo rápido al hacha, supo que sus enemigos no podían tocarla y se dirigió a toda velocidad hacia la figura de su amor, pero al lugar donde la había sentido al principio.
Eso, más que nada, era lo que había confirmado sus sospechas sobre la
«búsqueda» de Remulos. Se había dado cuenta de que lo alejaba de ella, que la falsa imagen existía solamente para dirigirlo hacia el hacha.
Unos sátiros de sombra surgieron de entre la niebla, lanzándose hacia él. Malfurion cambió a forma felina y los desgarró.
Por fin llegó hasta Tyrande. Una gran emoción y una agitación provocada por el tremendo miedo lo llenaron al mirarla. Colgaba en una postura idéntica a la que le había mostrado la falsa imagen. Tenía los ojos
cerrados. Sabía que estaba viva; pero, si estaba corrompida, eso no podía saberlo aún el Archidruida.
Todavía en forma felina, Malfurion saltó. Aunque Tyrande colgaba a cierta distancia, solo era un pequeño salto para su poderoso cuerpo. Al acercarse a ella, el Archidruida tomó su verdadera forma. Al mismo tiempo, vio que su cuerpo brillaba con un ligero, pero consistente fulgor plateado.
No había duda de la pureza del poder de Elune que la cubría. Sí, la habían capturado, pero todavía no habían tenido la ocasión de corromperla.
Quedó libre en cuanto él la tocó. Malfurion cambió brevemente a su forma de oso, cogiendo a la Suma sacerdotisa en sus poderosos brazos al aterrizar.
Recuperando su forma, Malfurion lloró abiertamente mientras le acariciaba la mejilla y la mano de tan agradecido como estaba por saber que seguía viva y pura…
Pero acabó por notar también que seguía inmóvil, casi tan paralizada como había dejado a Remulos.
El ruido de pezuñas hizo que se tensara. Peor aún, Malfurion también había oído un batir de alas.
No había conseguido detener al corrompido guardián… y ahora Malfurion sospechaba que Emeriss, consciente de que la trampa no había funcionado, también estaba volviendo.
Remulos se puso ante él. Partes de su cuerpo seguían encapsuladas por la corteza, pero se movía de todos modos con gran rapidez. Miró al elfo de la noche y tiró la lanza.
Malfurion lanzó rápidamente un hechizo, pero dirigido a sí mismo. No solo sintió cómo sus defensas crecían, sino que también aumentaron su fuerza y su agilidad. Los druidas lo llamaban la marca de la naturaleza, y Malfurion lo había aprendido de Cenarius. Ahora se veía obligado a usarlo contra el hijo de su shan'do.
Aunque también hizo lo que pudo para esquivar la lanza, solo tuvo éxito en parte. El arma física solo lo rozó, pero eso bastó para que su potente energía abrasase al Archidruida hasta el hueso a pesar de su hechizo. Pero de todos modos se las arregló para usar su propio poder y lanzar la lanza al suelo a su lado.
Luchando con el dolor, Malfurion cayó de rodillas. Eso fue lo que lo salvó de las veloces pezuñas de Remulos. El filo de una golpeó la punta de una de las astas de Malfurion. Esta se rompió y salió volando.
El elfo de la noche miró el rostro enfurecido. Ya no sentía dentro a Xavius, pero tampoco pudo encontrar al auténtico Remulos.
De nuevo las pezuñas se abalanzaron sobre él. Igual que la lanza, despedían una tremenda energía oscura. Malfurion se giró para esquivarlas y vio que la punta rota de su asta era ahora una masa retorcida. Se podía imaginar lo que ocurriría si esas pezuñas lo golpeaban directamente.
Metiendo la mano en otro bolso, Malfurion buscó un polvo en concreto. Rezó al espíritu de Cenarius para que lo perdonase por lo que iba hacer.
Con gran puntería lanzó el polvo a la cara del guardián.
La mano de Remulos se dirigió hacia el polvo que se acercaba a él. La mayor parte ardió y luego desapareció. Unos pocos granos consiguieron atravesar sus defensas.
El guardián estornudó.
—Un último y desesperado intento…
Pero la arrogante frase de Remulos se trasformó en un aullido de dolor. Miró hacia su pecho, donde ahora Malfurion empujaba la lanza mágica que había sido del guardián. El elfo de la noche solo quería distraerlo para coger la lanza de donde la había tirado.
El arma le quemó las palmas de las manos incluso pesar de sus protecciones, pero Malfurion no la soltó. Clavó la lanza más profundamente.
Remulos movió las manos hacia él y hacia la lanza. El pecho le ardía con crepitantes venas de energía.
Luego, el corrompido guardián dejó escapar un grito ahogado… y cayó.
Malfurion desclavó la lanza. Remulos todavía respiraba, pero que se fuese a recuperar era otra historia.
—Lo siento… —susurró el Archidruida—. Lo…
Una tremenda fuerza lo interrumpió. Un monstruoso rugido llenó sus oídos.
Emeriss lo agarró con su zarpa como si fuese un diminuto juguete. La corrompida gigante echó a volar.
—De un modo u otro… ¡nos servirás! —siseó—. Quitarás el hechizo del hacha y nos la darás…
Una cegadora luz plateada que se materializó desde el cielo los envolvió a ambos. Malfurion experimentó una maravillosa sensación de
rejuvenecimiento. Todas sus heridas y dolores, excepto el daño emocional de haber tenido que luchar contra Remulos, desaparecieron.
Pero para Emeriss parecía hacer justo lo contrario. Rugió. Su cuerpo se contorsionó violentamente.
Obviamente entre grandes sufrimientos, la dragona soltó a Malfurion.
Inmediatamente el Archidruida se transformó en cuervo de tormenta. Con las alas extendidas por completo, descendió.
Y allí vio a Tyrande. Las muecas de su cara mostraban su gran concentración. A la Suma sacerdotisa le temblaban las piernas, pero resistía con toda determinación mientras la luz de Elune rodeaba a la enorme bestia.
Emeriss giró. La corrompida dragona verde exhaló en dirección a Tyrande, pero la luz hizo que su aliento letal se disipase. Una mirada de incomprensión se dibujó en el fantasmagórico rostro de la dragona.
—¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás haciendo? —le chilló a Tyrande
—. Siento… Siento…
Su cuerpo se volvió traslúcido e indefinido. Emeriss se convirtió en algo apenas visible, casi como si se hubiese convertido en parte de la niebla.
Malfurion aterrizó cerca de Tyrande. Cambiando de forma, corrió hacia ella. Cuando las rodillas de la elfa cedieron al fin, el Archidruida se abalanzó para sostenerla. Se quedó sin habla, aliviado por no haberla perdido otra vez.
Sobre ellos, Emeriss dejó escapar un grito ahogado. Apenas se la podía identificar como dragón. Ante la vista de Malfurion, los últimos restos de la gigante desaparecieron.
Dejando escapar un suspiro, la Suma sacerdotisa dejó caer las manos.
—No sabía si funciona… funcionaría… y, desde luego no… no así…
—¿Si funcionaría qué, Tyrande?
Ella se recompuso.
—Pensé en lo corrompida que estaba y quise intentar algo distinto; forcé el poder sanador de Elune hasta el máximo con la intención de quitarle la maldad.
Malfurion miró hacia donde estado volando Emeriss.
—Entiendo.
—Sí… lo único que quedaba de ella era corrupción… y, cuando quise curar eso… solo quedó el vacío…
El Archidruida habría contestado, pero sintió un nuevo peligro.
—Las sombras de Xavius se acercan. Demasiadas, sospecho. Tengo que sacarte de aquí.
—¡Pero el hacha! —Tyrande le agarró del brazo—. Thura perdió el hacha aquí…
—No podemos preocupamos por eso —respondió él de modo cortante.
Corrió hacia donde estaba la lanza y la recogió a pesar del dolor que sabía que le causaría. Entonces, con Tyrande cerca y el inmóvil Remulos entre ellos, Malfurion hizo lo que había hecho el corrompido guardián del bosque.
Un portal se abrió ante ellos. Transformándose en oso, el Archidruida siguió sujetando la lanza mientras agarraba al pesado Remulos.
—¡Mal, piensa lo que estás haciendo! ¡Tenemos que recuperar el hacha! ¡Ahora lo sé! Sé qué…
Malfurion le rugió para que atravesase el portal. A regañadientes, ella lo obedeció.
Arrastrando a Remulos con él, Malfurion la siguió. El hueco desapareció.
Los sátiros de sombra desaparecieron en el momento en que lo hizo el portal. Por un momento, no se oyó nada. Luego la sombra del árbol se estiró hasta la zona donde se encontraba el hacha.
Las siluetas de las esqueléticas ramas cubrían el arma, pero no podían sujetarla. Sin embargo, no había ni rastro de frustración por parte del Señor de la Pesadilla. Xavius no podía tocarla, pero allí donde estaba tampoco podía hacerle daño.
La ronca risa del Señor de la Pesadilla resonó por la neblinosa región.
La sombra del árbol se retiró… y la niebla cubrió el hacha.