Tempestira
Capítulo Doce
SIRVIENTES DE LA
PESADILLA
El dragón verde no era tan grande como Eranikus, pero sí era de gran tamaño y estaba decidido a acabar con los elfos de la noche. Broll lanzó el hechizo de calma que había funcionado al menos en parte con el consorte de Ysera con la esperanza de frenar a la bestia que los atacaba.
Pero sus esfuerzos solo se vieron recompensados con más risotadas malévolas. El dragón habría caído sobre ellos de no ser por Tyrande, que empujó al druida a un lado y lanzó su guja.
Brillando con la majestuosidad de Elene, el arma de tres filos giró certera hacia su objetivo. La punta hizo un corte en el hocico del dragón, justo sobre la zona de color rojo que casi parecía una barba y, aunque el monstruo parecía semiinsustancial, un relámpago de oscura energía esmeralda salió del corte. El dragón cornudo arqueó el cuello, más furioso que herido. Desplegó completamente las alas, mostrando una membrana roja que contrastaba llamativamente con su color verde. Los demoníacos ojos de Lethon estaban abiertos por la furia, y estaba claro que, al contrario que Eranikus u otros pertenecientes al vuelo verde, que generalmente mantenían los ojos cerrados y lo observaban todo a través de un estado semidormido, el corrupto gigante veía muy bien.
—Hay que enseñarles cuál es su sitio… —siseó la bestia cuando la guja regresó a Tyrande.
—¡Aléjate del portal! —ordenó Broll—. ¡Retírate de él!
La pareja se echó hacia atrás, intentando regresar a Vallefresno, pero las energías del portal se extendieron para seguirlos. No importaba cuánto empujaban, no podían alcanzar el plano mortal.
Entonces una poderosa figura intentó alcanzarlo. Gnarl, medio sumergido en las energías del portal, agarró a Tyrande con una enorme mano y a Broll con la otra mientras el siniestro dragón se lanzaba hacia delante.
—No pueden escapar… ¡la Pesadilla los rodea y está en su interior!
Al decir eso, del mismo aire que rodeaba a los elfos de la noche se formaron criaturas de sombra que hicieron que Tyrande dejase escapar un grito ahogado. Aunque solo eran siluetas, tenían el aspecto de sátiros. Sus musculadas patas eran semejantes a las de las cabras, acabando en unas pesadas pezuñas hendidas, y en sus cabezas había afilados cuernos que caían hacia atrás. Había rastros de otros rasgos de los sátiros, como las largas colas y las barbas, mientras que los torsos y las cabezas recordaban a los de los elfos de la noche. La silueta de sus salvajes garras estaba bastante definida. El hecho de que fuesen sombras añadía una nueva dimensión al horror de aquellos que se habían enfrentado a los auténticos demonios en el pasado.
Su número creció rápidamente, amenazando con aplastar al trío. Gnarl empujó a los elfos de la noche detrás de él y luego se enfrentó a las sombras de los sátiros. Estos saltaron contra el anciano con feroz despreocupación.
Arañaron, arrancaron y mordieron con sus colmillos y garras de ébano.
Atravesaron la dura corteza. Una savia de color marrón oscuro goteaba por los cortes del anciano, pero Gnarl no parecía impresionado por las heridas que había recibido.
El anciano agarró a una de las sombras y apretó. La silueta se hizo mil pedazos. Gnarl cogió a otra e hizo lo mismo.
Pero los pedazos de la primera se volvieron a unir en diferentes lugares. De la sombra que había destruido nació media docena más. Lo mismo ocurrió con los fragmentos de la segunda.
Pero el anciano les había conseguido tiempo a sus dos compañeros para planear sus propios contraataques. La Suma sacerdotisa lanzó su guja.
El arma se convirtió en una muerte voladora cortando sombra tras sombra.
La luz de la luna que rodeaba los filos quemaba luego las siluetas cortadas.
En cuanto a Broll, se transformó, tomando de nuevo forma de oso. El enorme oso oscuro cayó sobre las sombras de los sátiros. Las garras destrozaron y atravesaron a las siluetas mientras brillaban con llamas de color púrpura. Las sombras caían a docenas mientas Broll dejaba que su instinto animal se hiciese cargo de la situación.
La insidiosa risa del dragón ahogó todos los demás sonidos. Se acercó a Broll.
—¡Tus llamitas no me harán daño!
El leviatán abrió la boca y exhaló. Una gran nube de oscuridad total emergió de ella y envolvió al druida. Broll no podía ni ver ni sentir nada.
Gruñendo, cortó y mordió, pero no encontró nada sólido.
¡Padre! ¡Padre!
El gigantesco oso enseñó los dientes, desconfiado y ansioso. Broll reconoció la voz de su hija.
¡No, padre, no!
Sabía que no era real, que era una pesadilla provocada por el dragón…
pero el grito parecía tan real.
Por un momento Broll vio a una elfa de la noche. Eso reforzó su melancolía por Anessa. El druida recuperó su forma normal…
Las sombras lo presionaban… pero de ellas también apareció la figura que había visto. Lo agarró con fuerza y tiró de él.
—¡Broll! ¡Despierta!
Pestañeó, sin saber cuándo había cerrado los ojos.
—¿A-Anessa?
—¡No! ¡Tyrande!
—Tyrande…
El druida recuperó el sentido. Estaba junto a la Suma sacerdotisa, que tenía un brazo alrededor de su cintura mientras en la otra mano esgrimía la enorme guja reluciente. La luz de Elune aún estaba en arma, dándole poder contra las sombras de los sátiros.
—¡Aquí viene otra vez! —le advirtió.
Broll no tenía que preguntar quién, pues el monstruoso dragón ya se encontraba sobre ellos. De Gnarl no había ni rastro, y el druida también se preguntaba qué le había pasado a Eranikus. ¿Los había traído hasta aquí para que este otro dragón acabase con ellos? No… ¡eso no tiene sentido! ¡Si fuese así, también él estaría aquí asegurándose de nuestras muertes!
Pero lo que importaba más en ese momento era sobrevivir. El dragón se lanzó hacia abajo con la boca abierta. Broll se temió otra niebla de oscuras pesadillas.
Entonces, con un rugido gutural, Gnarl volvió a la escena. Del cuerpo del anciano colgaban pedazos de su corteza, y savia caía por todas partes,
pero Gnarl no mostró debilidad alguna mientras agarraba al monstruoso reptil.
—¡No serán tuyos, Lethon! —gruñó.
—Todos serán nuestros… —se burló el dragón corrupto—. Azeroth y el Sueño han estado inexorablemente unidos desde la creación del mundo…
y por lo tanto están unidos al Sueño y todo lo que es… No pueden esconderse de lo que está en su interior…
Lethon… Broll conocía ese nombre.
—¡Fue asesinado! —le dijo el druida a Tyrande mientras luchaban por escapar de las energías del malévolo portal—. ¡Lethon debería estar muerto!
—¿Entonces cómo existe aquí?
El druida lo entendió de repente. Explicaba por qué las energías habían seguido a la pareja.
—¡Solo su cuerpo astral sigue vivo! ¡Es un dragón verde, uno de los más conectados al Sueño! ¡Lo que lo haya corrompido debe de ser capaz de mantener esa parte suya «viva», pero solo mientras esté lejos del plano mortal!
—¿Y qué ocurre si no lo hace?
—Deberíamos intentar averiguarlo —murmuró Broll—. ¡Maldito sea Eranikus! Si lo sabía… si por esto nos dejó para que nos enfrentásemos solos a la Pesadilla…
No había tiempo para decir más, pues las formas de color verde oscuro volvían a centrarse sobre ellos y, peor aún, Gnarl ya estaba perdiendo terreno ante Lethon. Aunque el guardián era gigantesco y encarnaba el poder y la resistencia del enorme árbol al que se asemejaba, Lethon también era poderoso. El dragón tiró al anciano herido y alzó una zarpa que acababa en unas enormes garras.
Los elfos de la noche no podían ayudarlo. De hecho, no solo el anciano los había lanzado hacia atrás, sino que ahora estaban separados el uno del otro por las demoníacas siluetas.
—¡Lejos de mí! —rugió Tyrande intentando recuperar terreno.
Esgrimiendo la guja y con la luz de Elene, se abrió paso entre las filas infernales. Las sombras de los sátiros que tenía delante se fundieron como rocío tocado por el sol de la mañana.
Broll recuperó su forma de oso usando el fuego púrpura mágico para fortalecer sus poderosos golpes. Pero las pesadillas parecían no tener fin.
Lethon, mientras tanto, había vuelto su atención hacia Gnarl. El anciano se las había arreglado para levantarse sobre una rodilla, pero seguía sin poder defenderse de su gigantesco adversario.
—¡Ya te tengo! —gritó Lethon con una salvaje sonrisa que mostraba muchos, muchos dientes.
—He vivido mucho… no le temo a la muerte…
Esto hizo que el dragón riese aún más duramente.
—Muerto no nos sirves de nada…
Con una poderosa garra, lanzó a Gnarl hacia la niebla.
El anciano se las arregló para detenerse en el mismo borde.
Obviamente aturdido, se levantó desafiante para continuar su batalla.
De la niebla surgió una mano oscura. Era pequeña, pero agarró la pierna de Gnarl con una ferocidad que hizo que el anciano mirase hacia abajo. En ese momento, una segunda mano idéntica a la primera lo agarró de un brazo.
Otras manos surgieron de la niebla. Estaban juntas, como si fuesen parte de un mismo dueño. Gnarl gruñó e intentó quitárselas de encima, Pero ya eran demasiadas las que lo sujetaban.
Broll le rugió una advertencia a Tyrande. Los dos elfos de la noche intentaron abrirse camino hacia su rescatador.
A pesar de sus titánicos esfuerzos, el anciano no podía liberarse ni de una sola mano. Cada vez lo agarraban más. Lo sujetaban como un animal hambriento se aferraría a su comida. Lentamente empezaron a arrastrar a Gnarl hacia la niebla.
Lethon se interpuso entre el gigante y el druida. Giró ante Broll y las risas del dragón le provocaron un escalofrío involuntario al gran oso. Broll le rugió al dragón mientras intentaba encontrar un modo de sobrepasarlo.
Más atrás, Tyrande luchaba con las sombras que habían redoblado el ataque contra su posición.
—Malgastas el aliento… Nadie puede escapar… Nadie puede huir…
Nos perteneces…
Gnarl estaba medio sumido en la niebla. Todavía más y más manos le agarraban los brazos, luchaban contra sus piernas y se aferraban a su torso.
Otras tiraban de la cabeza del valiente guardián e incluso buscaban ahogar su voz.
Pero Gnarl consiguió lanzar un grito.
—¡Huyan a través del portal! ¡Huyan a través del…!
Las manos, parecidas a las de elfos de la noche, humanos, orcos, tauren y otras criaturas de Azeroth, ahora cubrían prácticamente al anciano.
Había tantas que el propio Gnarl apenas podía moverse. Arrastraron un pie hacia la niebla. A eso se le unió un hombro, luego el brazo entero. La cabeza de Gnarl desapareció en la impenetrable niebla.
El anciano tembló. Luego pareció quedar sin fuerzas.
Las manos arrastraron el resto de su cuerpo dentro de la niebla.
Tyrande había estado buscando un camino al otro lado de Lethon, pero no se abrió hasta que no desapareció Gnarl. Tan desesperada estaba por alcanzar a su aliado que la Suma sacerdotisa dio unos pasos hacia delante antes de darse cuenta de que no solo era demasiado tarde para Gnarl, sino que Lethon había dejado que se pusiera ella sola en un compromiso para hacer de ella su siguiente víctima.
Aparecieron las primeras manos, tan hambrientas como antes.
Obligada a salvarse del destino de Gnarl, la Suma sacerdotisa desvió su atención de Lethon para combatir con las manos, con la luz de Elune y con su guja.
Un aullido titánico sacudió a los tres combatientes. Una forma brillante apareció entre ellos. Eranikus.
Los ojos cerrados del dragón esmeralda estaban fijos en Lethon. El corrompido leviatán rugió de repente. Se giró y gritó:
—Los arboles… ¡se me acercan!
Al decir esto, Broll y los otros vieron lo que parecían ser unos inofensivos árboles reunirse alrededor del dragón corrompido. Para el druida parecían ser inocuos, sanadores… pero para Lethon era como si su mero roce fuese venenoso.
Pero entonces Lethon sacudió la cabeza. Los árboles de niebla desaparecieron.
Lethon miró a Eranikus con expresión asesina.
—¡Estoy más allá de esos nimios ataques del sueño! Ciertamente, tú sueñas demasiado, querido Eranikus… Sueñas demasiado y entiendes muy poco de en qué me he convertido mediante el poder creciente de la Pesadilla…
Las zonas quemadas se curaron. Lethon se inclinó hacia delante y, aunque no era tan grande como Eranikus, era temible.
—Pero volverás a entenderlo cuando vuelvas a ser uno de nosotros…
Lethon abrió los ojos de par en par… y cambiaron, revelando que lo que habían visto antes había sido una ilusión. Ahora llegaba la temible realidad.
Eran pozos, pozos tan oscuros que parecían querer tragarse a aquellos a los que miraban. En ellos había la misma hambre y el mismo horror que los que habían exhibido las manos. Pero en el dragón se habían convertido en una maldad distinta, una maldad personal.
—¡Ahora solo soy corrupción, Eranikus! Me ha consumido, y saboreo ese consumo…
—Entonces… entonces no hay motivo para que sigas viviendo…
El compañero de Ysera miró enfurecido a Lethon.
Broll se dio cuenta de que el dragón corrompido no se había atemorizado ni había luchado. En lugar de eso, Lethon aguardaba…
expectante.
—¡Eranikus! —gritó el druida—. ¡Cuidado! ¡Hay otro!
Lethon giró la cabeza, y sus ojos vacíos quisieron atravesar el alma de Broll. El druida dejó escapar un grito ahogado, pero luchó contra la terrible sensación.
La niebla que rodeaba a Eranikus se fundió en una espantosa forma que era la Pesadilla encarnada. Era uno de los de la raza de Eranikus, pero apenas. La gran majestuosidad de un dragón verde había sido remplazada por algo tan enfermizo que su carne estaba podrida. Era hembra, pero ahora apenas reconocible. Las membranas violetas de las alas estaban hechas jirones, y un hedor a putrefacción envolvió a los elfos de la noche.
Tyrande tembló, reviviendo la primera guerra contra la Legión Ardiente, cuando la tierra quedó cubierta de muertos inocentes. Broll dejó escapar un gemido de dolor al ver a Anessa morir de nuevo junto a tantos otros en la batalla, mucho más reciente, contra los demonios en Monte Hyjal.
El nuevo terror tenía unos siniestros ojos negros cuyo centro era de un escalofriante blanco hueso. Se acercó a un sorprendido Eranikus, hundiendo unas garras esqueléticas en sus patas delanteras.
—¿Te has olvidado de la querida Emeriss? —pregunto el macabro dragón con una voz que literalmente provocaba escalofríos—. Estamos deseando tenerte otra vez con nosotros, Eranikus…
—¡No! ¡No permitiré que la Pesadilla me vuelva a arrastrar! —dijo, volviendo la mirada hacia ella.
Esta escupió. Una pútrida sustancia verduzca cubrió los ojos de Eranikus.
Eranikus rugió e intentó quitarse la repugnante baba, pero ella lo sujetaba con fuerza. Peor aún, Lethon se había unido a su ataque.
—Te hemos echado tanto de menos… —susurró Emeriss—. No te resistas a nuestro abrazo… Acepta lo inevitable…
—¡No! ¡Nunca! ¡No puedo! ¡No lo haré!
Pero, a pesar de sus protestas, Eranikus no podía evitar que la pareja empezase a arrastrarlo hacia la niebla. Allí, las manos volvieron a aparecer, agarrando el aire y esperando con anticipación al leviatán.
Ni Broll ni Tyrande podían hacer nada, apenas podían defenderse contra las sombras de los sátiros que habían reemprendido su ataque.
Un fuego carmesí desde detrás del consorte de Ysera bañó a Emeriss y a Lethon. Sorprendidos y enfurecidos, lo soltaron y se retiraron hacia la niebla. Inmediatamente, Eranikus se dirigió hacia el portal, olvidando por completo a sus dos compañeros en su ansiedad.
Pero otra ayuda llegó hasta ellos. Dos grandes manos hechas de suave energía roja barrieron las sombras y luego levantaron con dulzura al druida y a la Suma sacerdotisa como si fuesen juguetes. Las manos se retiraron, poniéndolos a salvo más allá del portal.
Las fuerzas de color esmeralda oscuro volvieron inmediatamente después a su estado normal.
Eranikus yacía resoplando a un lado. Su mirada estaba apartada de donde se encontraban los elfos de la noche y su salvador. Su salvador…
otro dragón. Un dragón rojo.
Un dragón rojo muy, muy grande, que empequeñecía incluso a Eranikus.
Dos enormes cuernos surgían de una orgullosa cabeza reptilesca. Casi todo el cuerpo del gigante era de un carmesí esplendoroso, pero el pecho tenía una gran mancha plateada, al igual que las garras. Unos pequeños parches membranosos se extendían a cada lado de la cabeza.
Pero lo que diferenciaba al dragón de todos los demás, aparte de su inmenso tamaño, eran los ojos. No eran los ojos brillantes del vuelo de Eranikus, sino una ardiente luz dorada que les trajo calma y esperanza a los elfos de la noche.
Cuando el dragón habló, su voz era imperiosa pero tranquilizadora.
—Han huido. No me esperaban. Es triste decir que yo tampoco los esperaba a ellos o sino habría estado lista para ayudarlos desde el principio.
—Eres… un Aspecto… —declaró solemnemente Tyrande—. Eres…
La gigantesca dragona inclinó la cabeza.
—Soy… Alexstrasza. Y yo te conozco, Tyrande Whisperwind, tanto de aquella lejana lucha ahora llamada la Guerra de los Ancianos como de la posterior bendición de Nordrassil.
—Alexstrasza… —La Suma sacerdotisa se agitó al pensar en otro nombre relacionado con el Aspecto, el de un segundo valioso aliado—.
¡Krasus! ¿Está también aquí? ¿Sigue vivo? Él tendría respuestas para nosotros…
La dragona sacudió la cabeza. Su mirada parecía preocupada.
—Hay muchos durmientes, Tyrande Whisperwind… y él está entre ellos.
La elfa de la noche frunció el ceño.
—Lo lamento por ti.
El Aspecto inclinó la cabeza, asombrada.
—¿Lo lamentas por mí?
Alexstrasza miró a Broll, que ocultaba su curiosidad lo mejor que podía. Como la mayoría de los druidas, había oído hablar de los dos magos Krasus y Rhonin, muy activos en aquellos tiempos, de los que se decía que habían tenido su papel en la maduración de Malfurion como druida hacía diez mil años. Cómo podía ser eso posible, su shan'do nunca se lo había dejado claro.
—¿Y él también lo lamenta?
—Él no lo sabe. Yo lo sé por Malfurion.
—Y es lo justo, considerando tu papel en tantas cosas, Tyrande Whisperwind.
A Broll le dijo:
—Y es justo que tú también lo sepas. Mi consorte Korialstrasz y el mago Krasus son el mismo.
—¿El mismo? —Explicaba muchas cosas, pero Broll sabía que él nunca habría hecho la conexión por sí mismo.
El gran dragón se alzó sobre sus patas traseras y plegó las alas. Al hacerlo, comenzó a encogerse. Las alas se empequeñecieron, convirtiéndose rápidamente en brotes y desapareciendo luego. Las patas delanteras de
Alexstrasza se convirtieron en brazos y las piernas se arquearon hacia fuera, pareciéndose más a las de un elfo de la noche.
Ahora que era apenas el doble de grande que Broll y solo una fracción de su tamaño anterior, el Aspecto continuó su maravillosa transformación.
Las fauces se retiraron hacia su cara, convirtiéndose en una nariz y una boca. Los cuernos encogieron, y le brotó una espesa mata de pelo. En otro parpadeo el cambio estaba casi terminado, y una figura que era y no era alguna clase de elfo estaba en pie ante el druida y su acompañante.
Espesos mechones de pelo llameante caían sobre sus delgados hombros; de hecho, pequeñas llamas surgían constantemente de la melena.
Alexstrasza iba ataviada como una doncella guerrera, con largas botas protectoras que le llegaban hasta los muslos y un peto que acentuaba las curvas de su cuerpo femenino. Las manos estaban protegidas por ornados guanteletes que llegaban casi hasta los codos, y una capa carmesí que parecía un ala membranosa se agitaba tras ella. Lo que habían sido cuernos eran, ante la asombrada mirada de Broll, o bien un intrincado casco bien colocado sobre su cabeza… o unos pequeños cuernos.
El carmesí, el violeta y toques de negro azulado, todo bordeado por una tira dorada, eran los colores de sus ropas, y su piel era de un ligero rojo castaño. Su cara era más redonda que la de Tyrande o cualquier otro elfo de la noche, casi como si estuviese mezclada con rasgos humanos. Su nariz era más pequeña y su boca estaba perfectamente curvada. Su pelo acababa en punta sobre la frente y enmarcaba ambos lados de la cara.
Solo los ojos del Aspecto no habían cambiado, excepto para ajustarse a su nuevo tamaño. Broll y Tyrande se arrodillaron instintivamente y agacharon la cabeza como saludo. Aunque servían a otros, todos honraban a la Vinculadora de Vida.
—Levántense —ordenó—. No busco súbditos, sino aliados…
Alzándose, Tyrande declaró solemnemente:
—¡Si Elune lo concede, te ofrezco el poder que tengo tanto en mi guja como en mis oraciones! ¡Estuve con los tuyos contra los demonios hace diez mil años y si, como creo, nuestras preocupaciones coinciden, lo volveré a hacer!
—Así es. —La gloriosa figura miró a Broll—. ¿Y tú, druida? ¿Qué dices tú?
—Ya te debemos nuestras vidas, señora, y eres la hermana de la Soñadora. No se me ocurre otro motivo para que estés aquí aparte de los
nuestros, y no se puede discutir a quién prestaré mi apoyo…
Ella asintió agradecida.
—Mi Korialstrasz, mi adorado compañero, yace en un sueño inquieto del que no puede despertar, aunque noto que lo intenta. No es ni mucho menos el único, hijos míos, como ya saben. No solo están afectados otros de los de mi clase, aunque menos, dado que los dragones no necesitan dormir tanto como la mayoría de las razas, sino que este sueño terrible ha alcanzado a todas las razas. Peor aún, encuentra un interés particular en aquellos prominentes y poderosos: magos, reyes, generales, filósofos y otros.
—¡Shandris! —exclamó Tyrande.
—Si ella es una de los tuyos, hija mía, entonces tiene más posibilidades. Los elfos de la noche no lo han sufrido en el mismo grado que otras muchas razas. Lo encuentro curioso. Creo que tenemos otro aliado, aunque me sorprende si es quien creo que es…
Antes de que pudiese decir más, oyeron un gemido. Broll miró furioso a Eranikus, que yacía donde había caído tras escapar de sus corruptos congéneres.
—¡Espero que un mejor aliado que ese! Huir por su vida después de dejar que otros entrasen primero a un lugar que él sabe que…
El dragón verde levantó la cabeza. Sus rasgos reptilescos estaban retorcidos en una mueca patética.
—¡Ni siquiera ahora lo entiendes, pequeño druida! ¿No los has visto?
¿No comprendes en lo que se han convertido Lethon y Emeriss? ¿No has querido huir tú también?
—No sin mis amigos.
Con otro gemido, el dragón se volvió.
—No lo entiendes…
Alexstrasza se volvió hacia la gigantesca bestia. Aunque su expresión no denotaba ira, su tono no era de perdón.
—Tampoco yo, Eranikus… y eso en sí mismo dice mucho de tus actos. —Cuando el dragón verde empezó a protestar, el Aspecto lo interrumpió—. Y sí, sé lo que es ser esclava de la oscura voluntad de otros, una esclava responsable de actos abominables.
Eranikus la miró y finalmente asintió.
—Lo sabes.
—Y también sé más sobre lo está pasando que tú. —Se puso delante de sus inmensas mandíbulas y, aunque en su forma actual era mucho más pequeña que él, destacaba—. Sé que Ysera conocía tu redención y supervivencia… y era consciente de que en el último momento decidiste no volver a su lado por temor a que la Pesadilla pudiera hacer que un día volvieses a traicionarla.
La poderosa mirada de Eranikus no era nada para ella. Al principio Broll se había preguntado por qué no había cerrado los párpados y la había mirado como lo hacían los de su raza. Solo ahora se le ocurrió al druida que volver a hacerlo significaba para Eranikus abrirse a la Pesadilla, lo último que deseaba.
—Ella… ¿lo sabía? —preguntó al fin el gigante a Alexstrasza—.
¿Sabía que mientras volaba hacia ella en el Sueño noté a la Pesadilla llamándome a pesar de haber sido limpiado de mi corrupción, llamándome con tal fuerza que entendí que mi renovada confianza no era más que una falsa esperanza?
—Lo supo inmediatamente. Pero te ama tanto que aceptó tu decisión con la esperanza de que aun así acabarías volviendo a ella.
—Y ahora… y ahora es demasiado tarde… también se la han llevado…
Los asombrosos ojos del Aspecto se entrecerraron.
—No… aún no.
Eranikus la miró con desesperada esperanza.
—¿Está a salvo?
—No precisamente. —Alexstrasza extendió una mano para incluir a los dos elfos de la noche—. Conozco más sobre la Pesadilla de lo que ustedes tres han averiguado hasta ahora. Es un peligro contra el que Ysera lleva un tiempo luchando…
Ysera, según la dragona roja les informó, había notado que sus sueños eran oscuros, incluso a pesar del control absoluto que ejercía sobre ellos. Al principio les había echado la culpa a sus propias preocupaciones, pero descubrió la verdad demasiado tarde. Las pesadillas que ella experimentaba afectaban a Azeroth, tomaban vida y alcanzaban las mentes de los mortales.
Fue entonces cuando Ysera cometió un terrible error. La Señora del Sueño Esmeralda había mirado en las mentes dormidas, buscando la fuente de lo que se había infiltrado incluso en su propio subconsciente. Lo hizo sin saber que eso era justo lo que la fuente de la amenaza deseaba de ella.
—Lethon llegó a ella mientras su mente estaba ocupada en su búsqueda —les contó Alexstrasza—. Lo acompañaban sombras, los sátiros contra los que estos elfos de la noche acaban de luchar. Cayeron sobre su forma astral mientras él tomaba lo que más deseaba… el Ojo.
Eranikus se puso en pie. Su mirada se volvió algo que ni Broll ni Tyrande pudieron resistir.
—¿Se han llevado el Ojo de Ysera? ¡Eso temía! ¿Cómo puedes decir que mi amada reina no es prisionera?
—El Ojo está donde Ysera y su vuelo se congregan más a menudo en el Sueño —informó quedamente Broll a Tyrande—. Se dice que es un lugar idílico. Malfurion lo ha visto y sé que también Fandral, pero pocos más, incluso entre los druidas. Me han dicho que es un valle entre grandes montañas. La tierra es fértil y está cubierta de hierba y flores, pero el nombre viene de la magnífica cúpula dorada en su centro, donde la propia Ysera vive… vivía…
El gran dragón resopló.
—¡Una pálida, aunque aceptable descripción, pequeño druida! ¡No hay un lugar más perfecto en toda la creación! —gimió de repente—. ¡El Ojo robado! ¿Dónde, entonces, está mi reina si no está capturada?
Ahora Alexstrasza movió tristemente la cabeza ante la continuada furia del dragón verde.
—No. Ysera evitó ser capturada. Está luchando. Ella, los consortes que le quedan y un puñado más que luchan no solo para salvarse ellos, sino para encontrar la verdad en el oscuro corazón de la Pesadilla. ¡No tiene ninguna intención de permitir que ni su dominio ni Azeroth caigan ante esta monstruosidad!
—¡Está loca! ¡Si cae presa, todo habrá terminado! ¡La Pesadilla es tan poderosa que creía que ya la habían capturado, pero, si busca su verdad y su poder, hará de ella algo peor que lo que ha hecho con Lethon o Emeriss, y a través de ella alterará ambos planos y los convertirá en un horror mucho peor que cualquier cosa que hayamos experimentado!
—Ella hace lo que debe hacer —replicó tranquilamente Alexstrasza—.
Y yo busco ayudarla como puedo. Sumo mi fuerza a la suya desde lejos, observo todos los avances de la Pesadilla en este mundo, busco a aquellos que pueden ayudar… y observo a los corrompidos, a los que no despiertan.
El dragón verde miró hacia abajo. Con tono de autodesprecio, murmuró:
—Tú haces todo eso por ella mientras ella se arriesga, y yo… ¡me meto en una cueva, escondiéndome del fin del mundo! ¡Ocultándome de la defensa de mi amor y mi reina! ¡Conozco a tu Korialstrasz desde hace tiempo igual que te conozco a ti, Vinculadora de Vida! No soy digno de estar en tu presencia ni en la de mi Ysera…
Alexstrasza casi habló, pero Eranikus sacudió la cabeza.
—¡Pero si hay esperanza de volver a ser digno de ella, solo me queda un camino!
El gran dragón verde giró para encarar el portal. Sus energías latían suave, inocentemente.
Eranikus se dirigió hacia allá.
—Ya no siento la Pesadilla cerca. La maldita corrupción ha vuelto a cambiar. Por el momento es seguro entrar… pero más allá… —Miró a los elfos de la noche—. Su papel termina aquí.
—No, iremos contigo —replicó Tyrande—. No creo que nuestra reunión fuese debida al azar. Alguien busca reunir a aquellos que mejor pueden servir a Azeroth y a su supervivencia. Nada ocurre sin un motivo…
—¡Por supuesto que sí! —respondió bruscamente el consorte de Ysera, cambiando su expresión a la de desesperada esperanza—. ¡Debe de ser mi reina! ¡Incluso con tantas preocupaciones, trabaja y planea para nuestra salvación! Debería haberlo visto…
—Ysera no. No mi hermana —interpuso sabiamente Alexstrasza.
Miró a Tyrande y a Broll—. Creo que otro busca guiarlos… y creo que es el propio Malfurion Stormrage.
* * *
Está pasando, se atrevió a confiar Malfurion, intentando hacer cuanto podía por ocultarle esos pensamientos a su captor. Puede que ellos sospechen… pero está bien mientras él no…Las temibles sombras de repente se estiraron sobre el árbol de dolor en que se había convertido el elfo de la noche. La insidiosa presencia del Señor de la Pesadilla rodeaba a Malfurion y llenaba su mente y su alma.
¿Has llegado a amar la agonía? ¿Forma ya tanta parte de ti que no puedes distinguirla de ti mismo?
Malfurion no contestó. Era absurdo contestar. Hacerlo solo le servía a su captor.
¿Sigues buscando consejo en tus propios pensamientos, Malfurion Stormrage? Los esqueléticos tentáculos del árbol de sombra rodearon al
Archidruida. ¿Hablamos de esos pensamientos… esos sueños… esas esperanzas?
Muy a su pesar, el elfo de la noche no pudo evitar crisparse por la última frase. ¿Ese ser despreciable lo sabía?
Compartamos algunas consideraciones… compartamos algunas ambiciones…
El Archidruida enterró sus pensamientos lo más profundamente que pudo. Su plan estaba a punto de dar frutos. Había una posibilidad…
El Señor de la Pesadilla se rio en su cabeza. Y, sobre todo, Malfurion Stormrage, hablemos de insensatos sueños de fuga…