Tempestira

Richard A. Knaak · Capítulo 7 de 32

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Tempestira

Capítulo Cinco

LA TRAICIÓN DEL DRUIDA

—Ha venido —le murmuro la guardiana a Tyrande desde la entrada de la tienda.

—Dile que entre y vigila por si se acerca alguien —le ordenó la Suma sacerdotisa.

Asintiendo, la guardiana se retiró. Un momento después, entró respetuosamente Broll Bearmantle. El druida hizo una profunda reverencia como la que haría un súbdito ante su gobernante. En voz baja dijo:

—Suma sacerdotisa, me has llamado…

—No seas tan formal conmigo aquí. Broll. Nos conocemos desde hace tiempo.

El druida asintió, pero no dijo nada.

—Por favor —empezó a decir la Suma sacerdotisa señalando una alfombrilla de hierba con intrincados dibujos de luna—, siéntate.

Broll sacudió la cabeza.

—Prefiero estar de pie, gracias… sin ánimo de faltarte al respeto.

Ella asintió.

—Muy bien. En cualquier caso, esto será breve… y desde este momento te digo que tienes todo el derecho a rechazar mi petición.

Broll alzó sus espesas cejas. Tyrande podría, si de verdad quisiera, complicarle la vida ordenándole que hiciera lo que se antojara.

Pero ella no solía hacer así las cosas.

—Broll… tú eres el único presente aquí al que podría pedir esto.

Malfurion confiaba mucho en ti y por eso pongo mi fe en tus manos.

Después de todo, llevas la marca de la grandeza, y tus actos durante la Tercera Guerra han demostrado tu capacidad. —miró sus astas.

—Me halaga, mi señora… —El druida bajó la mirada—. Y exagera.

El tiempo que he pasado lejos de mi puesto difícilmente me habrá mantenido en su alta estima… —Su mirada se giró hacia la guja, que ahora estaba sobre la mesa.

Tyrande lo observaba atentamente. La había colocado cerca del campo de visión, considerando la posibilidad de que la primitiva arma le recordara a Broll su pasado como gladiador. Contaba con él para esta tarea, confiando en que sus recientes aventuras en el exterior hubieran azuzado su lealtad personal por Malfurion lo suficiente como para que fuese más allá del curso de acción decidido por el Círculo Cenarion.

—No exagero. Antes de desaparecer, Malfurion lo dejó muy claro.

Entendía el dolor y la ira que sufrías y sabía que tenías que solucionarlo tú solo. —Entrecerró los ojos—. Permíteme ser directa, Broll. El cuerpo astral de Malfurion debe regresar a su cuerpo. La visión de Elune era clara; ¡se muere, y se muere rápidamente! ¡No sobrevivirá al plan de Fandral! De eso estoy segura. Sé que tiene buena intención, pero está claro que Fandral es inflexible, ni siquiera yo puedo hacerlo cambiar de idea. Tú y yo debemos rescatar a Malfurion de la prisión que lo retiene.

Él dudó.

—¿Estás totalmente segura? ¿Tu visión no puede ser equivocada?

—Era la Madre Luna —dijo con total confianza—. Elune no engaña a sus fieles.

Para su alivio el druida asintió por fin. La decisión de Broll le demostró que había escogido correctamente.

—Te conozco a ti. Conozco a Elune. —Como la mayoría de los elfos de la noche, Broll había crecido adorando a la Madre Luna. La llamada a seguir el camino de los druidas había llegado después, pero de ningún modo había borrado el respeto que sentía por la deidad—. Y, aunque la decisión de Fandral es sensata, han ocurrido cosas que me llevan a pensar más como tú. Si tienes un plan, mi señora, me inclino por él, debe hacerse algo y, con el debido respeto al Archidruida Fandral, temo que Teldrassil sea más una distracción que un camino. ¿Qué tienes en mente?

Su decisión de estar de acuerdo con la Suma sacerdotisa era abrupta, pero no le faltaba razonamiento. Sí, al principio Broll se había mostrado satisfecho, incluso esperanzado, con el plan de Fandral; pero oír el ruego de Tyrande había llevado al primer plano la incertidumbre que se daba cuenta de que había estado alimentando desde la última y más terrible de sus

visiones. Algo espantoso estaba ocurriendo… algo que sin duda era la Pesadilla. Que esas visiones se le presentasen de repente y que la última tuviese que ver con su fallecida hija había añadido importancia a las preocupaciones de la Suma sacerdotisa. Algo horrible era inminente, y lo más probable es que fuese la muerte de Malfurion.

No… sanar a Teldrassil sin duda tomaría demasiado tiempo, pensó el druida. Pero Fandral no lo entendería…

Seguía sin haber respuesta a su pregunta, así que la repitió.

Ella apartó la mirada. Mucho de lo que pretendía Tyrande estaba basado en lo que había averiguado sobre los druidas a través de Malfurion.

Era muy posible que la Suma sacerdotisa hubiese hecho suposiciones falsas y, si era así, su plan había fallado incluso antes de empezar.

—Quiero que vayas a Talloumbrío…

El druida se envaró al oír el nombre. La intención de la sacerdotisa le quedó clara en el acto.

—Talloumbrío —murmuró el corpulento druida—. Entiendo lo que quieres. Es lo que más sentido tiene… especialmente si el tiempo es tan valioso como creo…

Sus esperanzas aumentaron.

—¿Crees que podría funcionar?

—Mi señora… puede que sea la única oportunidad que nos queda…

pero no será fácil… a menos que…

Ella esperó, pero como Broll parecía seguir reflexionando, tuvo que preguntar al fin:

—¿A menos que qué?

Sacudiendo la cabeza, el druida murmuró:

—Mejor será que no lo sepas. —Con expresión más decidida, Broll continuó—. Pero iré.

—Aún queda la pregunta sobre el cónclave y los planes de Fandral —

continuó la Suma sacerdotisa—. Tendrás que esperar a que todo se decida…

pero me temo que no tenemos tiempo que perder.

—Solo necesito solucionar una cosa, Suma sacerdotisa, y, si el Archidruida Fandral no me atrapa, me iré inmediatamente después. —

Frunció el ceño—. Pero requiere que antes regrese con el resto al Enclave Cenarion…

De nuevo Tyrande se quedó esperando más explicaciones y de nuevo Broll no le dio ninguna. Acabó por asentir, confiando en que, fuese cual

fuese el secreto que le ocultaba, fuese por su propio bien. Y el de Malfurion.

—Te lo agradezco —murmuró Tyrande. Su expresión se tensó—. Pero hay una cosa más. No irás solo. Mandaré a Shandris contigo… supongo que Auberdine te resulta familiar.

—He estado allí. No es un lugar que propicie el trabajo de los druidas… y, como mis hermanos, prefiero otra manera de viajar. ¿Es allí donde nos encontraremos?

—Sí, y luego los dos podrán seguir hacia Vallefresno.

La expresión de él no ocultó el desagrado por incluir a una acompañante en su viaje.

—Con el debido respeto a la general y su considerable talento, preferiría ir solo.

Ella se mantuvo firme.

—No viajarás solo. Si debo ordenarte…

Broll gruñó.

—No hace falta si de verdad crees que es lo mejor para Malfurion, entonces… confiaré en ti, Suma sacerdotisa.

A Tyrande le mejoró el humor. Estiró repentinamente el brazo para tocarle el hombro. Al hacerlo un leve fulgor de luz de luna se extendió y envolvió brevemente a Broll antes de desvanecerse dentro de él.

—Tienes la bendición de la Madre Luna… y también mi gratitud.

El elfo de la noche se inclinó.

—Ambas me honran profundamente, mi señora.

—Para ti soy Tyrande.

El druida se inclinó y comenzó a retirarse de su presencia.

—No… para Malfurion lo eres… para mí… eres mi Suma sacerdotisa, la encarnación de las esperanzas de nuestro pueblo…

Se deslizó fuera de la tienda. Tyrande apretó los labios, preguntándose si había hecho lo correcto.

Luego volvió la mirada a la guja… y su determinación se fortaleció.

* * *

Al regresar, Broll no le dijo nada a Hamuul, y el corpulento tauren no le preguntó. Ese día el elfo de la noche no durmió mucho y, cuando los druidas se prepararon para marcharse del Claro de la Luna, solo se dirigió a la Suma sacerdotisa con una respetuosa inclinación no más íntima que la que le habían dirigido sus hermanos.

Las Hermanas de Elune tenían su propio modo de viajar, a lomos de fuertes hipogrifos, para regresar a Darnassus. Tras intercambiar unas pocas palabras con Tyrande Whisperwind, Fandral Staghelm llevó a los druidas hasta un claro.

—He decidido que la situación requiere que retomemos inmediatamente nuestros esfuerzos por sanar al Árbol del Mundo —anunció el Archidruida mientras se preparaban para irse—. Retomaremos el trabajo esta misma noche…

—¿Esta misma noche? —preguntó un druida—. ¿Tras un viaje tan largo?

—Naturalmente, primero tendrá lugar un periodo de meditación, y yo me replantearé cómo usar mejor nuestro poder, dado que después de todo no contaremos con el ídolo de Remulos. —Fandral hizo un gesto para evitar discusiones—. ¡Está decidido! Ahora, por el bien de Malfurion, partamos rápidamente…

Fandral levantó los brazos.

Unánimemente, los druidas se agacharon. Se inclinaron hacia delante, y de su piel violeta brotaron plumas. Sus narices y bocas se distendieron, convirtiéndose en picos.

La pequeña bandada de cuervos de tormenta salió volando, casi invisible en el cielo nocturno.

Fandral, un ave más grande con líneas plateadas en cada ala, impuso a los druidas un ritmo rápido, deseoso de llegar a Teldrassil. La visión era poco común, dado que solo los druidas más hábiles y poderosos podían aprender los misterios del vuelo. Ciertamente, con la excepción de Broll, los demás eran Archidruidas reputados. Era otra pista de poder que Broll tenía, aunque le faltaba la concentración para ocupar su verdadero lugar entre sus hermanos. Que estuviese allí era cosa de Fandral, y eso hacía que Broll se sintiese aún más culpable por lo que tenía intención de hacer.

Broll volaba más retrasado de lo habitual en la bandada. Hamuul volaba a cierta distancia más adelante. El tauren era la otra preocupación que inquietaba a Broll aparte de Fandral, pero Hamuul estaba concentrado en conservar su lugar. El tauren era poderoso, pero también era bastante mayor para su raza y, por tanto, tenía que esforzarse más que la mayoría de los elfos de la noche.

Tras largas horas, el Árbol del Mundo apareció delante de ellos.

Fandral se inclinó, y la bandada descendió… y Broll, sigilosamente, se

quedó atrás, dirigiéndose hacia arriba. Batiendo sus alas tan fuerte como podía, el transformado elfo de la noche se alzó cada vez más alto. El gran tronco de Teldrassil se erguía como una imposible bañera ante él, pero el druida persistió.

Y entonces… la enorme corona apareció ante él. Broll el ave penetró entre sus amplias ramas.

Parte de lo que parecía ser follaje se movió. Aunque solo lo avistó un segundo, los largos y afilados colmillos, el gigantesco cuerpo semejante a la madera y el manto de hojas le bastaron al druida para reconocerlo como uno de los antiguos y primitivos seres que no solo protegían al Árbol del Mundo y el reino de los elfos de la noche, sino que también les enseñaba a los guerreros de Darnassus el rostro más oscuro de la naturaleza y cómo usarla en combate.

El ser no pareció percatarse de la presencia de Broll, que era lo que prefería el druida. Aunque no era un peligro físico para él, se temía que el ser alertase involuntariamente a Fandral de su presencia. Aunque el Archidruida acabaría por enterarse del motivo, Broll deseaba que fuese más adelante. Para entonces, él ya se habría ido.

Y si las cosas no salían como quería Broll, muy probablemente estaría muerto.

El druida ajustó su camino para evitar a otros centinelas más avezados ocultos entre las ramas. Los centinelas, la fuerza armada de Darnassus, protegían la corona de Teldrassil. Los dirigía la ferviente Shandris Feathermoon, que era totalmente devota de su gobernante.

Había pocos más capaces o experimentados que Shandris, a quien Tyrande había rescatado en el campo de batalla durante el primer conflicto contra la Legión Ardiente hacía tanto tiempo. Shandris era huérfana, una de tantas. Bajo la tutela de la Suma sacerdotisa, había llegado a convertirse en una de las guerreras más habilidosas de su raza.

Era perfectamente lógico que Shandris hubiese sido la sirviente escogida por Tyrande para esta misión crucial. La Suma sacerdotisa no le confiaría a nadie más una misión tan desesperada. Ciertamente, Broll se sentía honrado de encontrarse entre sus sirvientes elegidos.

Notando que estaba cerca de su destino, Broll apartó cualquier otro pensamiento. Apenas un aleteo después, el cuervo de tormenta atravesó el follaje… hacia la zona de la capital conocida como el Enclave de Cenarion.

Como ocurría con gran parte de Darnassus, era imposible ver que este lugar sagrado era parte de una ciudad construida sobre el propio árbol.

Árboles altos, robles y fresnos particularmente, rodeaban el Enclave. Cada árbol tenía runas místicas grabadas en la corteza. Dentro del claro circular creado, un puñado de estructuras únicas moldeadas de los mismos árboles y piedras cuidadosamente esculpidas daban forma al lugar habitual donde se celebraban los cónclaves. La mayor de las estructuras le servía de nueva residencia a Fandral Staghelm.

El cuervo de tormenta no se dirigió directamente al sagrario del Archidruida, sino que se posó sobre una rama que le permitía ver toda la zona. Aunque el Enclave de Cenarion irradiaba una sensación de calma, y ciertamente era un lugar de descanso, no le faltaban sus guardianes, especialmente los que había colocado el propio Fandral.

Broll aleteó hasta otra rama lo bastante oculta para evitar que lo viesen desde dentro del Enclave, pero lo suficientemente cerca del sagrario del Archidruida. Su incursión tenía que ser rápida pero cauta.

Todo parecía en calma, pero, mientras Broll estudiaba el edificio verde y carmesí, notó las finas cuerdas de liana que lo cruzaban. Inclinando la cabeza, vio los diminutos brotes en las lianas. Eran una sutil indicación de qué clase de plana decoraba el edificio… y la única pista de la astucia de Fandral. A la mayoría de los otros druidas les habría costado identificarla.

Girando la cabeza, el cuervo de tormenta arrancó una pluma de su cuerpo. Ignorando la ligera punzada de dolor, Broll emprendió el vuelo sobrevolando las lianas. Dejó caer la pluma.

La pluma cayó flotando sobre un brote que se abrió inmediatamente.

De este fluyó una sustancia pegajosa que encapsuló la pluma, lo que hizo que cayese al suelo como una piedra. La sustancia se había endurecido rápidamente.

Había cientos, quizá miles de esos brotes. En tal número podrían cubrir a Broll en una prisión semejante, dejándolo atrapado hasta el regreso de Fandral.

Broll inspeccionó las lianas. Unas pocas abejas pasaron cerca de los brotes sin peligro.

El cuervo de tormenta dejó escapar un breve pero triunfante sonido y luego descendió hasta el suelo. Se aseguró de hacerlo lejos del sagrario del Archidruida.

Una vez en el suelo, Broll recuperó su forma auténtica. No perdió el tiempo y murmuró para sí. Pero el druida no pronunciaba palabras, sino sonidos de un tono agudo y zumbador.

Un momento después, Broll oyó más zumbidos. Siguió emitiendo sus propios sonidos y observó a las abejas reuniéndose delante de él. Volaron a su alrededor más con curiosidad que otra cosa.

El druida cambio el ritmo de su tono, y el enjambre reaccionó inmediatamente. Las abejas volaron en masa hacia el edificio cubierto de lianas.

Broll se volvió a transformar en un cuervo de tormenta y siguió a las abejas, cuyo número seguía creciendo hasta ese momento. Todas habían acudido como respuesta a su llamada, que él había entonado como una invitación. Las abejas se congregaban allí donde indicaba ahora el elfo de la noche; una zona cubierta de lianas que rodeaba una ventana.

A Broll le habría resultado imposible atravesar la ventana, incluso aunque hubiese volado a toda velocidad que le permitiesen las alas.

Sin embargo, ahora las abejas se amontonaban sobre los brotes buscando en vano los capullos que les habían comunicado que se encontraban allí. Broll lamentó el subterfugio, pero no tenía otra elección.

En el momento en que todos los brotes parecían ocupados, el druida se lanzó hacia la ventana. Entonces vio moverse a algunos de los brotes. Sin embargo, la presencia de las abejas impidió que le lanzasen su sustancia pegajosa.

Su tamaño apenas le permitió pasar, pero acabó pasando. Broll se posó sobre el suelo y luego volvió a su forma normal. Sabía dónde guardaba Fandral lo que buscaba y sabía que el Archidruida no consideraría a nadie lo bastante audaz como para cometer el delito que ahora planeaba Broll.

Sin prestar atención al resto de lo que lo rodeaba, Broll se dirigió directamente a un baúl tejido de bambú. Aunque por fuera parecía blando, cuando se tejía de esa manera el bambú era resistente como el metal. Un elfo de la noche corriente habría sido incapaz de cortarlo o de abrir la tapa, pero Broll estaba familiarizado con los métodos de Fandral porque ambos habían aprendido a manos de Malfurion. Ciertamente, Broll había aprendido algunas cosas que creía que incluso Fandral ignoraba.

Uniendo las manos, el druida probó el tejido del baúl. Notó los hechizos de cierre que había usado Fandral y el modo en que el Archidruida le había dado forma al bambú.

Las tiras que sellaban la tapa se desataron. Broll dudó y luego abrió el baúl.

El ídolo de Remulos estaba allí. La figurita del dragón parecía impaciente por su llegada.

La batalla estalló de nuevo en su cabeza. Vio de nuevo a los demonios de la Legión Ardiente y a su comandante, el señor del foso Azgalor. Broll volvió a ver indefenso cómo el ídolo se escapaba de sus manos, y la espada del demonio lo cortaba.

Y de nuevo vio aquellas fuerzas desatadas y corruptas rodear la única persona que quedaba a su lado. A su hija. La muerte de Anessa no había sido rápida. Se había quemado horriblemente, y su carne se había agostado ante su mirada…

Broll apretó los dientes al forzar al dolor a desaparecer. No se atrevía a permitir que sus emociones lo controlasen. Tenía la estatuilla, eso era lo que importaba ahora… eso y el destino de Malfurion.

Existía la posibilidad de que Fandral hubiese desobedecido a Remulos y hubiese vuelto a usar la estatuilla. Pero Fandral había hecho caso al guardián del Claro de la Luna y había permitido así que Broll consiguiese su propósito. El elfo la noche tomó cuidadosamente la figura, admirando no por primera vez su irreal majestuosidad. Por un momento se maravilló de que una obra tan exquisita hubiese sido también la fuente de un mal tan grande. Por supuesto, el ídolo había sido «limpiado» desde aquello, quizás eso marcaba la diferencia.

El elfo de la noche pensó en la advertencia de Remulos, pero no veía otra elección, considerando el plan que había ideado. Broll necesitaba el ídolo. Tendría que tener un cuidado especial.

Acabando con sus dudas, el druida volvió a sellar rápidamente el baúl.

Y ahora he añadido el robo a la lista de mis logros, pensó amargamente Broll. Cómo se reirían Varian y Valeera…

Ocultó la estatuilla dentro de su capa. Igual que el resto de sus ropas y efectos personales, pasaría a ese lugar mágico al que iban cuando se transformaba.

Pero cuando el druida volvió a recuperar el aspecto de un cuervo de tormenta, oyó un fuerte golpe. Girando la cabeza, Broll encontró el ídolo junto a sus patas.

Dejando salir un graznido de frustración, Broll aleteó y cogió la estatuilla con las garras. Cuando por fin sostuvo el ídolo, se vio obligado a

ir con mayor velocidad. Puede que los demás no le prestasen mucha atención a un cuervo de tormenta volando, pero un cuervo de tormenta llevando una estatuilla sin duda provocaría peguntas que preferiría evitar.

Aleteando, Broll se dirigió hacia la ventana. Al hacerlo, su mirada recayó sobre una figura colocada sobre una rama que hacía las veces de mesa o balda. La estatuilla tenía runas grabadas, pero lo que le llamó la atención al druida por un momento fue a quién representaba el ídolo. La figura era un elfo de la noche joven que se parecía mucho a Fandral. Sin embargo, no era Fandral.

Valstann… Broll inclinó la cabeza, saludando al elfo de la noche que representaba la figura. Igual que Broll, Fandral había perdido a su único descendiente, en este caso un hijo. Aunque las circunstancias habían sido muy distintas, dado que el Archidruida no había sido responsable de la muerte de Valstann, ambas pérdidas siempre habían sido un motivo de unión para ambos elfos de la noche.

Una unión que el acto de Broll cortaría para siempre.

Podía notar que las abejas empezaban a perder el interés. Con gran esfuerzo, Broll se dirigió hacia la ventana. Fuera, el druida sentía a las primeras abejas marchándose. Aleteó con más fuerza y plegó sus alas al atravesar la ventana.

Las abejas se apartaron a su paso. Demasiadas. Eso significaba que algunos de los brotes estaban ahora libres.

Algo lo golpeó en el ala cerca de la punta. Broll se vio empujado hacia un lado. Esa acción involuntaria fue lo único que evitó que su cabeza acabase encapsulada en la pegajosa sustancia.

Volvió a sentir un golpe en la pata derecha antes de ponerse al fin fuera del alcance de los brotes. Ni siquiera entonces se frenó. Había hecho lo impensable, y su única esperanza era que su loco plan marcase la diferencia.

Malfurion estaba perdido en el Sueño Esmeralda. No había contacto con el Gran Aspecto Ysera ni con ninguno de los otros dragones verdes que vigilaban el plano mágico. La sugerencia de Tyrande de acudir a Vallefresno era lo que más sentido tenía, pero, para tener una auténtica posibilidad de éxito, necesitaría una ayuda mayor que la le podían prestar un druida solitario de dudoso talento y unas cuantas sacerdotisas de la diosa Luna.

Y, mediante el ídolo de Remulos, Broll esperaba poder contactar con esa ayuda… si el intento no lo mataba antes.

* * *

Thura se abrió camino a través de la espesa vegetación sin que su mente práctica de orca viese motivo alguno para no poder usar el hacha mágica para una tarea tan mundana. Después de todo, ¿para qué servía un arma si una no podía llegar hasta su enemigo?

Sentía que se acercaba a su meta. Puede que el viaje durase días aún o que acabase al día siguiente, pero la clave para encontrar al traicionero elfo de la noche estaba ya cerca.

El bosque dejó paso al fin a un campo más abierto y al comienzo de una cordillera de colinas altas. La orca vio varias cuevas de distintos tamaños entre ellas. Thura agarró de nuevo el hacha como un arma. Las cuevas podrían suponer peligros, especialmente en forma de animales hambrientos o trolls.

Al entrar en la zona de colinas, Thura notó que un extraño silencio cubría la región. ¿Dónde estaban los pájaros? Unos pocos insectos anunciaban su presencia, pero no había ningún animal grande que graznase o que volase. Eso sugería que la caza no sería buena por allí… y que quizás ella se convertiría en la presa.

Sin embargo, apenas adentrada unos minutos en el nuevo terreno, el descanso acabó por exigirle toda su atención a Thura. No tenía más elección que arriesgarse a dormir. Miró las oscuras bocas de las cuevas que la rodeaban, escogiendo al fin una que parecía demasiado pequeña como para albergar a un gran depredador, pero lo bastante grande como para acomodarse a sus necesidades.

La cueva se extendía solo unos pocos metros antes de acabar en una pared curvada. Tras asegurarse de que no había aberturas ocultas que pudiesen albergar alguna amenaza, la guerrera se colocó en un rincón que le proporcionaba visión de la cueva y de su entrada.

Le quedaba poco alimento y lo dividió valiosamente. Tres pedazos de carne seca de cabra, unos tubérculos que se estaban pudriendo lentamente y media cantimplora de agua. Thura se comió uno de los pedazos de carne y un tubérculo, y luego se permitió dos pequeños tragos de agua salobre.

Ignoró las protestas de su estómago, que llevaba días sin ser saciado. La carne y el agua dulce eran muy escasas desde que había entrado en esa región. En alguna parte encontraría lo suficiente como seguir adelante hasta

que hubiese cumplido su juramento de sangre. Solo entonces, si sobrevivía a eso, se preocuparía de sus necesidades mundanas…

Un siseo reverberó por toda la cueva.

A la orca le llevó un momento darse cuenta de que el sonido había llegado desde fuera. Luchando contra su agotamiento, Thura se levantó y se dirigió hacia la boca. Agarraba con fuerza el hacha. El siseo no venía de una serpiente o un lagarto normales sino de algo mucho, mucho mayor.

La falta de pájaros y animales en la zona ahora tenía mucho más sentido.

Thura esperó, pero no volvió a oír el sonido. Por fin dio un paso adelante, preparada para enfrentarse a cualquier enemigo.

De repente empezó a soplar un fuerte viento, tan fuerte que casi empujó a la corpulenta orca dentro de la cueva. La zona oscurecida se volvió aún más oscura, como si algo quisiera bloquear las estrellas y la luna.

Y, por un breve momento, algo lo consiguió. Una gran sombra atravesó el lugar donde se encontraba Thura. Pasó más allá de ella, penetrando aún más en la zona.

La orca salió aún más de la cueva, intentando ver mejor. En la distancia, el enorme cuerpo bajaba más allá del horizonte.

Tras esperar a ver si volvía a salir volando, Thura regresó a la cueva.

Se sentó, pero mantuvo el hacha aferrada. Un débil brillo se veía ahora en sus ojos.

Esto era una señal. La última vez que había dormido, había habido diferencias en el repetitivo sueño. Al final había aparecido una señal de algo, una forma vaga, apenas avistada, que solo había podido identificar después.

Una forma muy parecida a la que acababa de ver Thura.

Había aparecido un dragón.