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Alejandro Avila · Capítulo 1 de 55

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P R Ó L o G o

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Al llegar, sacudió sus zapatos para sentarse junto a la chimenea. Gruesas gotas resbalaban de su frente, pero aun no las tomaba en cuenta; tenía que respirar.

Temblaba al hacerlo, pero no por temor; su pulso le había hecho una mala jugada, ya su edad le pasaba factura.

Junto a sus pies había un viejo balde lleno de agua, aunque estaba oxidado lo utilizaría diera lugar. Remojó un trapo y se limpió el rostro. Al tirarlo de nuevo dentro del balde el agua se tiño de rojo, no se impresionó al verlo, creía que las zigzagueantes llamas de la chimenea acrecentaban la intensidad de la sangre.

Se levantó quitándose la sotana, estaba manchada, tanto que pesaba aún más de lo que recordaba. Al quedarse desnudo no pudo ver ninguna cicatriz en su cuerpo, aquella sangre no le pertenecía.

Levantó su mano hacia su pecho y hundió la cruz en su piel, solo una gota resbaló de su nueva herida, una que merecía sin dudarlo.

-Perdóname.

No quería recordarlo, aquello que había sido capaz de ver. Creía que se resistiría, pero no… Había sido testigo de tal atrocidad, había permanecido de pie en aquel lugar, quedando sin fuerzas para poder marcharse antes.

Aquella gota de sangre seguía bajando, recorría su cuerpo lentamente recordándole cada detalle. Solo al llegar a su tobillo y manchar el suelo se recostó.

Y con su cruz en la mano, dio gracias por haber perdonado su vida.

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C A P Í T U L O

- 1 -

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La madrugada fría combatía con el intenso calor que sentía al despertar a oscuras en su habitación; un dolor desesperante lo invadía al esperar la luz de la mañana entrar por la ventana. Era inevitable no sobresaltarse al verla de nuevo; una hoja rojiza caía ondulante desde fuera uniéndose al cumulo que no habría barrido por semanas, su credibilidad estaría tal vez menos afectada si reconociera algún árbol que fuera dueño de aquellas hojas, pero se ruborizaba al pensar que ni tan siquiera alguno existía en aquella ciudad.

Cada vez era más frecuente, la sensación nauseabunda que sentía le bastaba para pensar que no estaba realmente cuerdo; al menos una composición traducía la forma en que pensaba, la colocaba en el viejo reproductor precisamente a esa hora después de decidir levantarse.

Monique lo comprendería y seria su remedio para tal tortura espantosa que sufría cada mañana. Pero un ¡Hola! no bastaba para tal mujer, ella esperaba más que eso, tal vez un discurso consciente e hipócrita que encerrase sus buenas costumbres hacia ella misma y la llenara de dicha; una que solo ella comprendía. Inocente pensar que un abrazo sería lo más placentero, pero ni siquiera lograba acercarse, con esto; el tiempo se convertía en algo irrelevante, tanto que a veces tenía que anotar el número exacto para recordar aquellos cumpleaños “importantes”, y aunque no recordase la fecha exacta, se le hacía cada vez más intangible y lejano la última vez que estuvo junto a ella.

Pan duro, queso rancio y agua, tres opciones de las cuales eligió solo una, imaginarse en el mercado le obligaba a pensar que el hecho de tragar aire podría evitarse una corrida y malgastar la pobre herencia que le había dejado su padre. Sin comprender por qué, pues la última vez que le vio, fue cuando lo escucho confesar que se había ido a vivir con una puta.

-¿Cuánto cuesta el boleto?

-¿Cómo ha dicho?

-¿Cuánto cuesta el boleto para tomar el tren?

-Señor le ofrezco disculpas no le he escuchado muy bien, ya no usamos boletos hace meses; debe comprar una tarjeta y recargarla para poder viajar.

-¿Cuánto debo pagar?

-Le puedo decir todas las tarifas, pero las tiene impresas a su lado.

Nada le desinteresaba más que tratar con desconocidos y mucho menos escuchar una disculpa hipócrita por educación. Tomó la tarjeta después de pagarla con todo el efectivo que tenía en el bolsillo.

Pensaba que esperaba algo diferente, había estado varias semanas sin salir de su apartamento y para ser la primera vez; nada le estaba complaciendo.

La mañana estaba bastante iluminada y concurrida, incluso la calle que siempre previa solitaria y desabrida estaba tan llena de gente que tuvo que esquivar con esfuerzo los que se paseaban por delante sin notar que él iba en su camino.

Al llegar reconoció de inmediato aquella puerta que cruzó de niño, pero aun así le parecía incluso más grande de lo que recordaba. Seguramente lograría entrar con una escalera acuestas verticalmente sin mayor problema.

Estaban abiertas, eran de una madera gruesa y color caoba que no combinaba con el piso de mármol medio pulido. Era extrañamente elegante.

Al entrar todo le pareció un poco más pequeño, pero aun así era lo suficientemente grande para tener la posibilidad de perderse, pero inmediatamente a su derecha había un mostrador.

-¿En qué le puedo ayudar?

Una señora pequeña estaba detrás, le miraba los pies moviendo su robusta y pequeña nariz aguileña para intentar acomodar sus gafas sin sus manos, al cabo de unos segundos renegó de la idea y se las acomodó con su rechoncha mano.

-Vengo a buscar una carta.

-Está en una oficina de correos, no hay más que cartas. Dígame el nombre del que le envía -dijo con un tono cortante y alargado.

-No lo conozco, mi nombre es Keine Herzeleid.

La mujer abrió los ojos instantáneamente.

-Debo ofrecerle mis sinceras disculpas, le hemos esperado desde la semana pasada, pase por aquí.

La señora bajó de un salto, luego apareció tras él. Le llegaba un poco más abajo de los hombros. Dándole señas para que le siguiera desapareció por unas escaleras. Él se apresuró luego de ojear por última vez el salón, al bajar ya la señora había desaparecido.

Era un vestíbulo pequeño, en el centro había un escritorio intrigantemente vacío, por una puerta que se encontraba a un par de metros una mujer apareció indicándole que se sentara.

Vestida muy formalmente, llevaba un chaleco gris un poco más claro que el de su falda, esta le llegaba delicadamente a las rodillas. Su peinado parecía anticuado, pero su rostro era tan luminoso y atractivo que le hacía olvidar el detalle.

-¡Le rogamos nos disculpe señor Keine!, esta carta se la han enviado hace ya mucho tiempo, es un gran descuido de nuestra empresa haber hecho algo así. Espero que nuestra cortesía sea aceptada.

Le dijo mirándole mientras tomaba una jarra de café y un par de tazas a su derecha.

-¿Cuánto tiempo ha estado aquí?

-Para ser exacta no lo sé, estoy segura que es una de las primeras cartas que recibió nuestra oficina de correo. Y tenemos al menos treinta años de haber comenzado.

Keine se palideció, al tomar la carta lucía amarilla, pero estaba muy bien conservada, habían escrito su nombre con letras muy delicadas y delineadas.

-Gracias por el café, pero estoy bien. Debo irme.

-¿No la leerá? -Dijo alzando el tono, como si deseara saber lo que contenía.

-Ya es suficiente con su descuido, la leeré cuando guste. Además si era urgente ya no tiene sentido apurarse.

-Discúlpeme, pero… -le cortó la mujer –Insisto, debe leerla.

Keine se quedó rezagado antes de ponerse de pie por completo, mientras miraba a la mujer, intrigado y molesto.

-Nadie tiene que decirme que hacer o no, procurare enviarle a mis allegados comentarios sobre la calidad de sus servicios.

Dejó a la mujer tras él, quien se había sacudido al ver por última vez la mirada inexpresiva de Keine. Notó que dejaba una enorme cortina de molestia e impaciencia, todos menos él estarían más interesados en conocer que había escrito dentro del sobre. Acercó su mochila y abrió la mitad de un libro que siempre llevaba consigo pero nunca había terminado de leer, después de hacerlo cruzó la puerta sin miramientos.

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..

Un par de escaleras más altas de lo normal estaban delante de él, el final de ellas era solamente la unión entre el edificio y una acera aún más abarrotada de transeúntes indeseables. Esto era algo que le hacía contemplar la idea de convertirse mentalmente en un asesino en serie, pero hubo algo que verdaderamente acabaría con su paciencia.

-¡Keine!

Harry había bajado de su destartalada camioneta y se dirigía a él sonriente.

-Te he dicho… solo iba a buscar algo, ¿Por qué tenías que presentarte?

-He tenido que venir para comprobar que no te hubieses convertido en un zombi. Dime algo.

-Eres un desgraciado.

-¡Vaya!, ¡Eres tú!, ¿Buscar qué? Creí que Monique te había invitado hoy al Radisson…

-Te dije que solo buscaría algo en el correo.

Dijo molesto mientras caminaba la camioneta.

-Está bastante lejos, yo me aseguraría de enviártelo a tu casa, aunque fue buena idea ¡Mejor estar lejos de casa!

-¿Si? ¿Acaso vas a la plaza que queda frente a tu choza?

Harry sonrió.

-¿Choza?… Si viviera en alguna, tal vez tendría unos cuantos monos con que entretenerme, ¡En ese caso no iría tan lejos!

-Y bien, ¿A dónde vamos? –Preguntó Keine.

…. A mi choza…

A jugar con los monos.

Al llegar a la otra acera, Keine cerró los ojos para no lagrimear por el humo que salía desde el tubo de escape de la camioneta. Se quedó rezagado esperando que Harry desatascara su puerta para que lo dejase entrar, a pesar de su mal humor había agradecido la intención y apreciaba enormemente no tener que subirse nuevamente al metro.

-¡Grandioso! –dijo estando dentro.

Al encender y arrancar, no basto más de media hora para llegar. Eran solo unas cuadras entre la oficina de correos y la casa de Harry.

A diferencia de la acera que estaba abarrotada de personas, el tráfico era nulo. Harry solo se detenía unos cuantos segundos para evitar comerse la luz de cada semáforo que se encontraba.

-Aún no he podido mudarme –dijo Harry

Keine sabía claramente porque lo decía. Harry vivía en un segundo piso, pero esto solo servía para huir del mal olor que desprendía el suelo bajo el edificio. Las paredes estaban desechas, en varias partes se veía como el cemento se había caído. Los únicos adornos realistas eran un par de cubos repletos de basura y llenos de moscas.

-¡Adorable!

La puerta principal rechinó ruidosamente al abrirla, ya dentro se abría un pasillo, este distribuía las puertas de varios apartamentos. En el techo había solo un bombillo funcionando de la hilera de siete, y sin embargo de vez en cuando titilaba queriendo apagarse.

-¡No entiendo por qué no te has mudado!, ¡Con lo que ganas podrías mantenerme a mí también!

-Ni que lo digas…

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Subieron al segundo piso y ya dentro del apartamento todo se veía mejor, ojeó todo lo que pudo tratando de recordar pero no lo logro. Se sentó a mitad de la sala donde había dos sofás pequeños uno frente al otro.

-¿Qué ha pasado todos estos meses?, Creí al menos que una vez me contestarías, he de aceptar que me impresionó que me llamarás el lunes pasado, pensé que te había pasado algo grave. Flammel también está dolido por tu actitud.

-No me ha pasado nada –dijo Keine sin perder la mirada al suelo. Es….

Solo –dejó de hablar y volvió a mirarle directamente a los ojos –No me he sentido bien… solo quería estar solo.

…¿Cómo esta Flammel? ¿Elizabeth? –siguió Keine.

-Flammel… casi igual que tu –dijo mientras intentaba abrir una lata de refresco; después le miró como si perdiera el sentido de la conversación –

No ha salido mucho de casa, todavía se toma la idea de tener un hijo muy enserio.

-¿La puerta? –interrumpió Keine.

-Debe ser el.

Con un ademan se levantó dándole la lata de refresco a Keine, luego caminó rápidamente a la puerta para abrirla. Tras ella Flammel apareció flamante, tenía una botella de cerveza en su mano, y bajo el brazo tenía una caja.

-¡Harry! –Flammel le alargó la caja de cerveza. Acercándose a Keine que le sonreía, Keine se levantó dejando la lata de refresco sobre el mueble que milagrosamente no se derramó.

-¿Has salido de casa?

Keine miró a Harry con gesto de desaprobación, dio un suspiro y continuó.

-No he sido el único, me han dicho que tú no eres un caso diferente.

-¿Acaso crees que estuve encerrado por una depresión? ¡Vamos!, no creí eso de ti, sabía que eras un poco delicado, pero no sabía que te encerrarías de esa manera.

Keine le perdió la mirada.

-Solo quería un tiempo para pensar. ¡Solo eso!

-¡Bien!, Keine lo comprendemos -intervino Harry -¿Qué hay de ti Flammel? ¿Cuantas veces has tenido que cambiar de cama? –comentó sonriéndole.

-Espera, espera, si Elizabeth estuviera aquí, tendrías que irte corriendo… Bueno en realidad me ha tocado apretarle las tuercas unas cuantas veces.

-¿Y cómo estuvo? -preguntó Harry -Keine les veía a los dos con las cejas encorvadas.

-¡Eso no te lo diré!

-¡No me refiero a eso!

-¡Ah… vaya!, ¡Voy a ser padre!, Y tu Keine; serás el padrino, tendrás que cuidarlos por mí de vez en cuando.

-Pero… -cortó Harry -¿Y Elizabeth?

Flammel bajó la mirada hacia sus pies, pensativo fruncía la frente como si intentara leer algo extremadamente pequeño escrito en el suelo. Luego los miró con esfuerzo, después de esto mostró una sonrisa tensa pero sincera.

-Decidimos intentarlo.

-¿Y no será peligroso?

-Casi no tenemos probabilidades.

Había quedado ahora con la mirada pérdida, bastó que Keine le tocara el hombro para reaccionar.

-¡Felicidades amigo te lo mereces!, ¡Confió en que todo saldrá bien!

Flammel de pronto había saltado…

-¡Pues ya vamos! Dejemos las tonterías para otro día, he comprado una casa en el campo, debemos ir a abrir estas botellas.

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