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C a P Í T u L o
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Monique se miró al espejo luego de despedir a Harry ya tarde, se habían quedado juntos en la sala pero sin hablar, los dos se concentraron tanto entre sus propios pensamientos que se habían sobresaltado al darse cuenta de que el día les había pasado casi por alto.
Una lágrima salió de su ojo izquierdo empapándole por instantes el sweater gris que llevaba puesto, sentía frio pero no más que la sensación de vacío que le había distraído casi por completo. Tocó su cabello con su delgada y blanca mano, logró despeinarse un poco más, pero su apariencia restaba importancia cuando se trataba de quedarse todo el día en casa.
Enseguida salió del lavabo caminando descuidadamente, creía sentirse mareada pero imaginó que era consecuencia de la idea de quedarse más de lo necesario junto a la almohada.
La sala y el cuarto estaban bastante ordenados, al mirar sonrió irónicamente intentando recordar en qué momento se había convertido en aquella persona. Pero sabía que si seguía pensando en ello, descubriría realmente por qué lo había hecho; exactamente ese mismo día en que dejó su trabajo habitual y cambió otras cosas que solo ella podía notar.
Interrumpió su caminata frente a una pequeña mesa de madera justo al lado de su congelador. Sobre ella había una caja de cigarros que nunca había tocado, unas monedas y su teléfono móvil. Lo tomó lentamente llevándoselo al pecho.
Estaba asustada, tenía mucho miedo de pensarlo, pero sabía que esa pequeña parte siempre estaría allí recordándole; pero justamente salvándola de su pasado.
Arrimó un poco el teléfono dejándolo junto frente a su pecho, lo observaba distante, sentía que ya estaba desconectada de aquel mundo que
una vez arropó buscando respuesta, una que nunca llegó.
Sostuvo el teléfono en sus manos temblorosas, recordaba la primera vez que lo hizo, una oleada de asco le devolvió sensaciones que juró no volver a sentir; pero aun así continuó. Sin buscar en su lista de contactos marcó un teléfono que recordaba muy bien, solo esperaba que siguiera ahí, como siempre lo estuvo.
-¿Quién habla?
-Soy Monique
-¿Estoy soñando de nuevo?
-No lo estas Albert, soy yo, ¡Te necesito!
Al colgar, sintió su garganta seca, y además sus manos temblaban casi incontroladamente, tendría que arreglarse, tendría que estar bonita para él.
Caminó a su cuarto para encontrar el vestido adecuado, aquel vestido que a él siempre le gusto, pero no sentía deseos, no lograba pensar en algo más que en él… en Keine.
Un odio se apoderaba de ella, no podía contenerlo y lo que más le frustraba era que ese odio no tenía sentido. Lo sabía, ella era su mayor confidente, sus sentimientos hacia él eran cada vez mayores, pero no era capaz de aceptarlo. Abarcaba todo con un odio inventado; tan fuerte que lo demás pasaría desapercibido.
Solo peinó su cabello y se cubrió con un poco de maquillaje, ahora tendría que sonreír y hacer todo lo que le pidieran, además no era tan difícil.
Era lo mismo que te hacían tus padres, obedecer, hacer favores y reprimirse.
Al cabo de media hora la puerta sonó con tres golpes.
-¿Albert?
-Sí, soy yo.
Al abrir le recibió con una sonrisa forzada pero convincente. Él también le devolvió el gesto amablemente, se veía feliz por verla.
Albert, al pasar le perdió la mirada, esto le incomodo aún más a Monique.
Cerró la puerta tratando de no hacer ruido, intentó ser discreta pero el silencio era tan perturbador que pronto se volvió imposible. Frente a ella había un interruptor, estiró la mano para alcanzarlo y apagar la luz principal.
Después de eso, intento tambalearse al caminar, parecer sexy, se movía lentamente acercándose a Albert.
Algo le decía que lo hacía mal, pero continuaba, ella era “experta”.
Debió ponerse un vestido, parecer más sensual.
Se sentía por momentos una adolescente novata, intentando conquistar al chico que le gustaba en un momento de suertuda privacidad.
Al llegar al sofá tropezó y cayó sobre el regazo de Albert.
Estaba más corpulento de lo que recordaba, siempre le había agradado su piel clara pero ahora su cabello estaba opaco, lo miró a los ojos y lo besó.
Sus manos subieron hacia sus botones, ella temblaba pero aun así logro desabrochar casi todos, creía que ahora lo hacía bien.
-Monique -gemía Albert
-¡Espera Monique!
-¡Calla! –respondió ella.
-Monique… Monique, ¡Espera!
Albert la empujó provocando que se levantara, ella estaba atónita, no sabía que pensar.
-Discúlpame… Albert. ¿Hago algo mal? ¿No me deseas?
-Sí… es decir ¡No!… -balbuceó.
Monique se había apartado sentándose en otro sofá, tenía las manos sobre la cara, Albert no se levantó pero si adelanto su cabeza.
-Escucha Monique…
Albert intento hacer un gesto con su mano para captar su atención, pero Monique al escuchar levantó el rostro lloroso.
-Tu…-Albert balbuceaba -Eres perfecta Monique, ¡Para mí lo eres!
Pagaría lo que sea…y daría lo que sea, quiero decir; todo este tiempo nunca saliste de mis pensamientos.
-Interrumpió a Monique –Sé que no me amas y nunca lo harás…
tampoco lo hago, pero tú fuiste la mujer más hermosa que he llegado a conocer.
El primer día que vine aquí, ese día era mi primera vez. Sé que para ti no fue así, pero no me importo. Lo que me pediste a cambio me pareció tan poco; fue como un regalo, hubiera pagado todo lo que tenía, si me lo hubieras pedido.
Pero –Albert se quedó en silencio por unos instantes –Esa noche al llegar a casa me sentí muy mal, sentí que había errado ¿Cómo fue posible que una mujer como tú, cobrara por sexo?, me sentí arrepentido de haberlo hecho, pero tampoco quería olvidar como se sentía y por eso vine más seguido.
Pase mucho tiempo para recuperarme Monique, esas tres semanas que no me viste, luché. Estaba intentando entender cómo podía seguir haciéndolo, como me había rebajado de ese modo, además sentía muchos celos al entender que no estarías solo conmigo –Monique intento hablar pero Albert la interrumpió.
Te compré por unas horas, fui tan vil al hacerlo y continuaría, ¡Pero no!
Estaba seguro que no era por eso. Juraría que si fuera sido distinto y tú no hubieses existido en mi vida; mi realidad seria otra. Yo estuviera ahora mismo en algún burdel disfrutando de alguna otra mujer; mientras mi esposa me espera en casa.
¡Pero me llamaste! ¡Dijiste que me extrañabas! Sabía que no era cierto, sabía que lo decías para que te visitara porque solía pagarte bien, no pude resistirme y por eso estuve aquí.
¡Me sentí tan bien Monique!, Tanto que no fue necesario pensarte por semanas, me sentí satisfecho, pero eso fue lo peor. Al poco tiempo también sentí deseos; en ese momento me di cuenta que era una mala persona.
Me sentía engañado, como siempre lo estuve. Tal vez; cuando estábamos juntos, tu no sentías lo mismo que yo. Pero fui débil, te pague incluso más y te compré por más tiempo.
Ese día estaba decidido, iba a acabar con mi vida, puse mi pistola en mi nuca, pero regué por mi alma, rogué porque no me llamaras nunca más.
Monique lo observaba con el corazón acelerado, sentía una gran pena por sí misma.
-Tú no eres así Monique, hace tiempo recibí noticias; escuche que habías dejado de hacerlo. ¡Quería llamarte!, pero ahora mi hijo no me daba tiempo para eso –Albert sonrió levemente -Pero ahora verte me desconcierta. Te creí más fuerte, te creía más valiente. ¿Por qué haces esto?
Monique volvió a cubrirse el rostro con sus dos manos y comenzó a llorar, su suéter que le tapaba más de lo necesario ayudó a secar sus lágrimas.
-Albert… -se ahogó al decirlo –No lo sabía, perdóname.
-No tienes que pedir perdón, ¡No lo hagas! ¿Dime porque me llamaste?
-No, Albert, no puedo hacerlo…
-Verte es más que una gran sorpresa, daría lo que fuese para que te sientas bien, me siento culpable por todo lo que te pague, por las veces que te compre. Debí ganarme tu amor, pero eso no hubiese sido bueno para ti, ni para mí, porque yo nunca te amé.
-Es que Albert, me hace sentir muy mal.
-La última vez que nos vimos… -Albert miró atrás -Dejé una carta en tu habitación. ¿La recuerdas?
-¿Una carta?, ¡No Albert!
Albert abrió los ojos sorprendido.
-¡Búscala!
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