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Alejandro Avila · Capítulo 40 de 55

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C a P Í T u L o

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Addenbrooke tan siquiera abría sus puertas de emergencias esa tarde, no habían tenido ningún acontecimiento que rompiera con la paz repentina de unas cuantas horas. Pero eso estaba por acabarse.

-¿Marie Meléndez? -Respondió la enfermera atónita -¿Ha despertado?.... Pero...

El hombre frente a ella se marchó hacia el pasillo contrario, la enfermera consiente salió corriendo en dirección a la habitación. A pesar de que no haber hablado con ella, había creado cierta afinidad.

Sentía compasión, tenía que presenciar a aquella mujer tan hermosa recuperarse en soledad.

-Doctor perdóneme pero he escuchado que la paciente…

-Adelante Raquel, ¡Entra! –respondió el doctor.

Nerviosa entró en la habitación, no esperaba encontrarse con aquella escena; Marie Meléndez lucia hermosa sentada sobre la cama, parecía lista para marcharse.

Marie se sorprendió –El doctor me ha comentado Raquel, que has estado atenta conmigo, ¡Te lo agradezco mucho!

Sobre la cama sonrió abriendo los brazos cariñosamente, Raquel también sonriendo la abrazó con timidez.

-Felicidades Marie, los exámenes están perfectos puedes irte a casa.

Raquel observó al doctor, lo había visto un par de veces pero nunca tan cerca como en ese momento.

-¿Qué es eso? –preguntó Marie.

-Es la alarma de emergencias, suena cuando necesitan a todo el personal. Le explicó Raquel, el doctor ya había salido de la habitación.

-Debo retirarme Marie, ¡Quédate aquí!, alguien volverá pronto para darte de alta –se marchó sonriéndole.

Raquel salió de la habitación, intento cerrar la puerta pero esta quedo abierta.

-¡Qué más da!, veré que está pasando –pensó Marie.

Vestía la bata del hospital, seguro llamaría la atención de esa forma; pero no le importaba.

Al bajar las escaleras notó enseguida que el primero piso estaba abarrotado, había una multitud de personas en la entrada.

-¿Qué estará pasando?

Estaban en la puerta, era oportuno decir que esperaban algo; pero para tratarse de un hospital no debía ser nada bueno.

-¿Qué ocurre? –insistió, el hombre levantó las cejas con un gesto de indiferencia.

Incluso doctores y enfermeras esperaban en la puerta.

-¿Qué sucede? –volvió a insistir –la persona ni tan siquiera la había mirado.

Marie tragó seco al ver el rostro a las enfermeras que esperaban en la puerta, si lloraban nada podía estar bien.

Marie estaba cerca cuando escucho aquellas sirenas, venían rápido; tanto que no le dio tiempo para ver lo que vendría.

-Oh mi dios –susurró una enfermera al pasar por su lado, inmediatamente después salió por la puerta.

Un auto se había estacionado antes que la ambulancia. En segundos un par de hombres habían bajado

-¿Qué sucede? –una mujer vistiendo la bata del hospital había preguntado, sin querer había cortado el paso que aún quedaba libre.

-¡Apártense! –gritaron tres enfermeras al pasar corriendo con las camillas.

En un instante Marie sintió una gélida mirada, era Raquel. La enfermera mantenía una mirada de terror mientras recorría el pasillo.

-Oh mi Dios, es Keine –se lamentó.

Los hombres al salir del auto corrieron al hospital tras las camillas.

Habían montado rápidamente a dos heridos.

Marie en la entrada pudo ver a aquella mujer, lucia inconsciente, en ese momento sintió un arrebato de compasión.

-Apártense les he dicho –Un doctor sentenció al ver a la mujer de antes cortar el paso, la había reprendido con decisión.

Pero aquella mujer no era cualquiera. Ella se apartó para sentarse en la hilera de asientos que se mantenían vacíos.

..

-¿Quién anda ahí? –preguntó Keine mientras cubría su rostro con tela para evitar ahogarse.

¡Nadie respondió!, mientras tanto siguió caminando a pasos agigantados para evitar los escombros que se encontraba cada vez con mayor regularidad.

-¿Quién anda ahí? –insistió.

-Silenció –le susurró al oído.

Volteó asustado, no pudo ver nada. Desde aquel momento decidió no decir otra palabra, la piel de sus brazos se le había erizado, ahora el polvo en el aire no era solo eso; la espesa neblina ahora lo envolvió cortando toda visión posible.

« Maldición » -pensaba a cada paso. Lo repetía a cada segundo.

Su respiración comenzó a formarse frente a él, no importaba la neblina, él podía ver su aliento.

Escuchaba cada pisada, cada piedra bajo sus pies. Intentaba evitar las astillas secas que encontraba, pero era imposible. No disimulaba en el deseo de soportarlo hasta volverse inaguantable.

..

-¿Quién eres? –Le preguntó Marie acercándosele sigilosamente.

La mujer estaba sentada en la sala principal que ahora lucia más tranquila.

Desconcertada alzó la mirada, enseguida vio a Marie postrada ante ella con gesto de intriga.

-Soy Marie –dijo sin esperar respuesta de la mujer.

-¿Marie? ¿Marie Meléndez?…

-¿Te conozco? –le cortó ella.

-¡No! –lamento decir, por Keine se quién eres.

Marie dio un paso atrás, sus ojos se nublaron por instantes.

-¡Keine!... no sé a qué te refieres –balbuceaba -No conozco a…

Marie se detuvo, tenía la mirada perdida hacia el suelo, intentaba recordar.

-Aquel hombre que acabas de ver… Es mi hermano.

-¿Adele?

Se alejó del asiento con gesto renuente, la veía sorprendida.

-Yo… Adele, lo siento tanto. Yo no quise… te ruego que me perdones.

Marie levantaba sus brazos con gran pena hacia Adele, ella solo la miraba perpleja.

Adele se acercó de nuevo a la hilera de bancos y se sentó cubriéndose el rostro.

..

-¿Quién anda ahí? –gritó desesperado.

Keine no podía ver nada, sentía a alguien observándolo intensamente desde la espesura de la neblina

-¡Muéstrate!

Levantó sus brazos, estaba tenso y dispuesto a defenderse. Hartó de tener que ocultarse y esperar; dio un paso mayor.

-¡Mierda!

Cayó de golpe, habían golpeado su pecho con tanta fuerza que se quedó sin aire. Le costó levantarse, al hacerlo tosió sangre.

-¡Maldito!

Había limpiado su barbilla. Respirar le costaba tanto como mantener los ojos abiertos.

Frente, la neblina perdió su tranquilidad, había algo más. Alguien había pasado tan cerca que estirar la mano sería suficiente para tocarlo.

Desde ese momento Keine Herzeleid no soportaba más, solo se aferraba débilmente a sus propios brazos, lo hacía con tanta fuerza para poder mantener el conocimiento.

Dio un paso tras otro, dejando en aquel suelo oscuro y pastoso un rastro de su sangre.

…y cuando pudo verlo cayó de rodillas frente a él.

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