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C a P Í T u L o
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-¿Flammel puedo hablar contigo?
Se veía cansado, no volteó de inmediato pero Keine se dio cuenta que no lo había pasado por alto.
-Flammel, debo hablarte.
Él se había levantado entrecerrando los ojos.
-Flammel… -insistió.
-Calla –le respondió el.
Keine abrió los ojos, después de un mes sin intentarlo se había llevado tal sorpresa, prefería ser ignorado entonces.
-¡No! –respondió renegándose a hacerlo.
-¡Te he dicho que te calles!
Keine sintió que todos sus compañeros se movían detrás pero le restó importancia.
-Flammel, han pasado nueve meses. Necesito respuestas.
-Cállate te he dicho -le decía en susurros.
Sus compañeros estaban detrás y al parecer se habían asomado hacia la misma dirección que veía Flammel.
-Flammel, es que llevamos tanto tiempo aquí, estoy harto de esta mierda. De que no pase nada, perdemos el tiempo.
Keine fue lanzado hacia abajo por uno de sus compañeros, Flammel había empuñado su fusil y debajo le pasaban el suyo a Keine.
-Eres un idiota –le dijo mientras se lo pasaba.
-¿Qué pasa?
-Observen –dijo el sargento.
La trinchera, solo una porción de la gran planicie donde estaban, su visión solo era cortada por un espeso bosque.
-¿Qué es? –preguntó al asomarse.
Después de aquel enjambre de púas, algo se movía. Estaban preparados para atacar, pero no sabían a qué.
Detrás de ellos, el sargento se había levantado corriendo hacia Flammel.
-¿Qué? –exclamó uno.
Flammel había saltado fuera de la trinchera.
-Maldición –gritó un compañero, e intento salir fuera; pero el sargento le apuntó con un arma deteniendo de inmediato su acción.
El sargento había alcanzado a Flammel y lo había tirado al suelo.
-¿Qué sucede?
El cachorro chillaba escondido tras los pies de los soldados.
Desde la distancia habían salido cientos de hombres, se dirigían a su dirección.
-Carguen sus armas.
Todos se habían lanzado a la trinchera para que no los vieran, el aliento se les formaba frente a sus ojos.
-¿Son enemigos?
-No lo sabemos –respondió, pero no nos arriesgaremos.
-¿El sargento y Flammel?, ¿Qué es lo que hacen?
Todos se habían asomado, los hombres seguían caminando, observaban a cada lado con intensión de disparar.
-¡No!
El cachorro había saltado fuera de la trinchera hacia la cabaña. Justo entonces vieron que un hombre se dirigía a esta.
Flammel luchaba contra el sargento para que lo soltara.
-¿Escuchan eso?
Los hombres temblaban, sostenían sus fusiles con debilidad.
-Viene desde el sur, es una melodía.
Keine al escuchar se le erizó la piel, era la canción favorita de su madre adoptiva, aquella canción que escuchaba cada mañana en el desayuno.
Uno de sus compañeros se lanzó dentro de la trinchera cubriendo su rostro con las manos.
-No quiero morir –susurraba.
-Keine cúbrete.
Todos se habían lanzado a la trinchera cuando escucharon el primer disparo, y junto a él un chillido que conocieron de inmediato.
-¡No! -Gritó un soldado desconsolado.
Vienen por el sur.
Además de los cientos de hombres que se habían atrincherado, desde el sur vieron llegar un avión que desato las ametralladoras contra el terreno.
Aquel avión que traía la melodía.
-No quiero morir –el soldado que susurraba se levantó saliendo de la trinchera después de sus compañeros. Keine iba a hacer lo mismo, pero una fuerza lo derrumbo.
-¿Qué rayos?
El cachorro había vuelto a la trinchera y mordiéndole la bota lo había detenido.
-¡Suelta ya Balto!
El perro le gruñía, mostraba sus dientes para intentar dominarlo. Keine tenía que ir, debía ayudar a sus compañeros, el sargento y Flammel habían pasado a su lado regresando a la trinchera y saliendo del otro lado.
-¡Maldición Balto, suéltame ya!
Le dio una patada en el hocico, Keine se levantó e intento salir una vez más.
Cuando lo hizo alguien inesperado le apuntaba a la distancia.
-¿Flammel?
Le apuntaba a matar, y sabía que su amigo tenía la mejor puntería del grupo, si quería hacerlo no fallaría. Debajo el perro lo había jalado otra vez, al caer se había golpeado el pie, recordó la herida que nunca había curado.
-Maldito… le gritó al perro apuntándole con el arma.
El cachorro agacho sus orejas y comenzó a chillar moviendo su cola.
-¡Disparare! –le amenazó.
El corazón le latía, veía al cachorro borroso, justo cuando algo cayó a su lado, reconoció las iniciales de aquella granada sabia quien se la había lanzado.
-¿Cómo puedes hacerme esto Flammel?
Keine se levantó tomando a Balto lanzándolo fuera de la trinchera, el salió después justo antes que la granada explotara.
-¡Balto vuelve aquí!, ¡Perro bastardo! –gritó.
Volteó después de recuperar el aliento. Flammel lo miraba inexpresivo, había perdido a su mejor amigo.
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El perro se detuvo, tras él una neblina blancuzca cubría lo demás, movía la cola mientras le ladraba.
Keine volteó, ya solo podía escuchar las metrallas apagándose. No había otro camino, tenía que seguir adelante.
Las piernas le temblaban cuando se detuvo, frente a él una calavera se mezclaba entre los alambres “el hombre crucificado”. El perro ya había atravesado ese camino, lo esperaba del otro lado.
-¿Quién eres? –Dijo con un hilo de voz.
Una mujer le miró pero no respondió; tenía una mano sobre su pecho mientras que con la otra sostenía una lata de alimento llena de sangre.
-¿Quién eres? –insistió.
Balto había aparecido de nuevo y había saltado contra un hombre que se había lanzado contra Keine.
El hombre estaba en el suelo, el cachorro le había rasgado el cuello.
-Balto –susurró Keine.
Él se disponía a agarrarle, pero Balto se alejó, movía su cola pero le ladraba sin parar.
La mujer al verlo de nuevo corrió adentrándose en la cabaña.
-Balto ven aquí.
El perro seguía ladrándole.
Keine corrió para alcanzar a la mujer, al entrar en aquella cabaña oscura la tomó por el brazo montándosela de inmediato en los hombros.
-¡Suéltame! –gritaba la mujer dándole golpes en la espalda.
Keine la ignoró, salió de la cabaña donde el cachorro estaba mirándole.
-¡Vamos Balto! Larguémonos de aquí.
El perro no se movió.
-Por favor Balto, ¡Vamos!
No quería dejarlo. Al agacharse para intentar tomarlo el perro se alejó.
Keine lloraba, no podía desprenderse de él, pero tenía que hacerlo.
Ya había comenzado a caminar cuando el perro lo mordió por la bota.
-¡Suéltame!
-Estáis locos los dos, ¡Vuelve aquí!
Keine había caído con la mujer acuestas. Ella al levantarse corrió de vuelta a la cabaña.
Esta vez se le hizo más difícil encontrarla.
-¿Estáis loca? –Le dijo mientras la agarraba otra vez por el brazo para montarla en sus hombros –¡Debemos salir de aquí!
-¡No! –respondió ella.
Keine levantó su mano y golpeo a la mujer en el rostro.
-Por favor… -decía la mujer con un hilo de voz –Mis hijos...
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