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C a P Í T u L o
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Decidieron parar, agotados se sentían agobiados por no poder ver nada, el silencio era tanto que se tenían que tocar el uno al otro para comprobar que aún seguían juntos.
¿Cómo sabes si cerrar los ojos en esta oscuridad?, ¿Es realmente necesario? ¿Antes de morir es necesario cerrarlos? ¿Acaso es que hay tanta luz después de eso, que te dejaría ciego si no lo haces?
La respiración de ambos se calmó, se sentían inexistentes, ambos encerrados en un lugar donde no eran más que nada.
-No debemos caminar más -pensó él.
-No debemos hacerlo.
Otra respiración se escuchó a su lado.
Se acercó a ella y utilizando su mano le cubrió su boca.
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Elizabeth se había agachado, miraba al suelo desconsolada mientras rompía en llanto.
-Elizabeth –susurró Keine.
Frente a ellos, un hombre había encendido un farol de aceite sobre una roca. El hombre estaba tan delgado que podían ver sus huesos, tras él se extendía una multitud de personas en cuclillas mirándoles aterrados.
El hombre que encendió el farol estaba atónito, los miraba sin parpadear. No era coherente verlo de pie en su estado, se veía tan enfermo que parecía una locura tan siquiera sostener un cerillo.
-¿Quién sois? –preguntó en su idioma.
Elizabeth levantó la mirada pero no respondió. Su mirada se perdía en la distancia, hasta las profundidades de la caverna, donde las personas aún seguían apareciendo.
-Elizabeth, debes contestar.
El hombre volteó hacia atrás lentamente, se notaba la dificultad para hacerlo. Observó a las personas detrás, la luz se reflejaba en sus ojos.
-Déjenos en paz –el hombre hizo una pausa, sentía dolor -Se lo suplicó
–dijo con un hilo de voz.
Keine intentó entender su idioma, pero sus gestos eran más que suficientes.
-Keine –susurró Elizabeth.
-Keine –repitió.
La mujer había colocado a los bebes en el suelo, ambos tenían los ojos muy abiertos mientras movían sus brazos.
-Keine…
Elizabeth se puso de pie con dificultad, el hombre frente a ellos se impresionó y se arrimó bruscamente hacia atrás.
-Keine… ¡Es mi hermana!
Keine se apresuró en hacerlo, no sabía ni tan siquiera que Elizabeth tuviera una hermana. Ella se había levantado por completo y mantenía su mano en el pecho mientras hipaba dudosa, comenzó a caminar hacia adelante.
-¡Elizabeth! –le gritó Keine cuando la mujer salió corriendo.
Las personas agachadas se habían lanzado atrás evitándola, muchos que estaban delante se lanzaban sobre los otros para huir.
-Elizabeth –susurró.
La vio perdiéndose entre la penumbra, al cabo de unos minutos apareció con una niña apoyándola en sus hombros.
Keine observó a los bebes para asegurarse de que no los pisaría al caminar.
Ayudó a la niña para recostarla y posar su cabeza sobre la mochila.
-Es mi hermana Keine, es mi hermana.
Elizabeth se batía entre Keine y la niña. La pequeña respiraba pero sus ojos estaban cerrados, tenía rasguños por todo el cuerpo.
Elizabeth lloró desconsolada en el hombro de la niña, había visto lo mismo que Keine, su ropa estaba rasgada y entre sus piernas se podía ver unas pocas manchas de sangre.
Keine se acercó a su mochila para sacar agua, la cantimplora era pequeña pero solía cargar lo necesario.
Lentamente la acercó a la niña, la volteó y salieron las primeras gotas que mojaron sus labios resecos.
-¡Keine!, ¡No!
La multitud lo había notado. Se había convertido en una marcha violenta, los de atrás aparecían empujando y golpeando a los demás para estar delante.
-Keine, ¡Nos mataran! ¡Los bebes!
Keine se levantó después de dejar la cantimplora en el suelo y tomó su fusil cargándolo rápidamente.
-Alto –los amenazó.
Varios lo hicieron, pero otros solo redujeron su marcha.
-Alto o disparo, ¡No te muevas!
Keine intentó amenazarlos lanzándose hacia adelante con el fusil, pero sabía que no estaba dando resultado, aquellas personas harían lo que fuera para tener un poco del agua que estaba dentro de la cantimplora.
-¿Hermana?
La niña había despertado, tosiendo pidió más agua. Elizabeth tomó la cantimplora y se la acercó a los labios vertiendo más. Keine no quería pensar cuantos días había pasado sin ver algún líquido.
-¡Alto he dicho! –Keine disparó al aire cuando las personas se habían lanzado unos pasos más adelante. El farol iluminaba pobremente, tan solo ver se convertía en un reto.
-Elizabeth debemos irnos…
-¡Alto!
-¡Maldición! –un hombre acercó sus dedos a la llama encendida del farol, desde lejos observó como la piel se enrojecía al estar tan cerca de la llama, mientras adelantaba sus dedos amenazantes miraba a Keine con una sonrisa demacrada en su rostro.
-¡Elizabeth levántate! ¡Debemos irnos! ¡Toma a los bebes!
-¡No! ¡No dejare a mi hermana!
-¡Elizabeth! –gritó desesperado.
Keine se había lanzado hacía el suelo para cubrirse, los hombres habían entrado a la caverna y disparaban a ciegas.
-¡Vamos!
Elizabeth estaba atada al piso, Keine tanteaba el suelo para encontrarla.
Delante de ellos se escuchaban gritos y golpes; las personas se empujaban unas a otras para internarse aún más en la caverna.
-¡Mierda!
El farol se había caído, era imposible poder ver algo ahora.
-¡Vamos!
Keine se levantó tomando la mano de Elizabeth y obligándola a tomar a los bebes, el agarró a la pequeña y apoyándola en sus hombros la ayudó a caminar.
-Delante de mi Elizabeth, y no sueltes mi mano.
Los gritos desesperados de las personas se sumaban al llanto de los bebes y el sonido penetrante de las balas. Todos luchaban por escapar de ellas.
-¡Corre Elizabeth!
Un hombre tras de ellos había accionado su fusil, las balas pasaron rosándoles.
-Estas llorando.
La niña en los brazos de Keine le había hablado, en ese instante lo supo; era importante, un propósito mayor que el de salvar su vida.
Elizabeth sostenía con fuerza la mano de Keine, no había forma de tranquilizarla.
-Por favor.
Keine escuchó un susurro, la niña seguía hablándole.
-Por favor –era difícil entender.
La niña estaba mal herida era difícil siquiera poder escuchar.
-Por favor –repitió -Por favor, deténganse.
Fue una voz muy débil, pero Keine había entendido claramente. Pero…
¿Detenerse? -¡No podía hacerlo!, ¡Tenia que correr!, esa era la salvación.
-Por favor, te lo pido, ¡Detente!
Elizabeth seguía llorando, pero algo había cambiado. La multitud se había silenciado, se escuchaba más lejana, como si hubieran avanzado más rápido.
-¿Qué está pasando? –pensó Keine.
Podía escuchar los llantos de Elizabeth con claridad.
-Por favor –la niña seguía repitiendo en plena oscuridad mientras corrían -Por favor detente -dijo aún más débil.
-¡Elizabeth! –gritó Keine, ¡Para!
Las balas los matarían, no podía detenerse.
-¡Suéltame! –gritó Elizabeth.
Se batía con los dos bebes en sus brazos, Keine la sostuvo por el cuello, intentaba abrazarla.
-Elizabeth detente –le dijo su hermana.
Ella había clavado sus dientes en el brazo de Keine intentando zafarse.
-¡Elizabeth!
Solo eso, sin más. Tras sus oídos, más lejanos de lo que imaginaron se escucharon las últimas balas y el último desesperado gritó que se perdió a la distancia hasta volverse nada.
Estaban solos, nada más excepto el llanto de Elizabeth que resonaba y se perdía entre los fríos brazos de la caverna.
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