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C a P Í T u L o
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Era una tarde, no lo suficiente para decir que el día ya estaba acabando, pero si lo necesario para entrever la fatiga en el rostro de cualquiera.
Ninguno de los dos hombres que caminaban en silencio a lo largo del pasillo miraba al rostro de los que les pasaban por delante. La capa larga blanca que llevaban se reflejaba en el suelo casi con la misma intensidad del brío con el que caminaban.
-¿Crees que sería realmente conveniente hacerlo?
El hombre se detuvo tomando al otro de un brazo escondiéndolo detrás de una columna alta y blancuzca que rodeaba el pasillo.
-¿Acaso podemos evitar que el sol salga?
-¡Escucha! -el hombre se le acercó y le tomó del cuello de la sotana empujándolo más hacia la columna -No estoy dispuesto a soportarlo, no sé si me sea posible. Además las consecuencias serían atroces, no creo que debamos confiar en solo una persona.
El hombre le miraba sonriente sin ejercer presión, solo tomaba la mano que le oprimía. Lanzó una risa sonora antes de hablar, y su poblada barba se movió furtivamente.
-¿Acaso te has vuelto un cobarde Flammel?
En ese momento se escucharon pasos por el pasillo, soltó su cuello rápidamente para evitar las miradas.
-¿Cómo me habéis llamado?
-Ahora eso no tiene importancia, haz ahora lo que te digo -le guiñó el ojo, mientras el otro hombre contenía con menos agilidad su cara de amargura.
El hombre se acomodó la sotana y se marchó aun con una sonrisa en el rostro, él se quedó apartado detrás de la columna con los puños prensados y las venas brotadas, sudaba; se le notaba en sus entradas.
Cada vez que hablaba con él se sentía aún más viejo, aunque no lo fuera. Tendían a dolerle los músculos, entonces bajaba la colina por la
escalinata de piedra hacia el pueblo. Esa tarde estaba realmente fatigado, pero tenía que ir a aquella casa donde le esperaban, tendría que haber pasado aquella larga semana para poder visitarles.
Las calles de piedras estaban intensamente sucias, habían cascaras de frutas combinadas con restos de animales en los bordes de la calle, el pueblo estaba abarrotado y la gente se veía obligada a acumular en pequeñas porciones sus desperdicios regándolos para que las ratas se encargaran del resto, pero no habían tomado en cuenta que pronto el problema sería otro. Caminó entre varias casas, se cubrió la nariz al cruzar por un hoyo que contenía varias cabezas de pollo ya podridas.
Se detuvo al frente de una puerta de madera muy áspera, los cerrojos se esparcían desde arriba oxidados. Tocar la puerta suponía un gran desafío, la madera era tan dura que con un simple golpe no sería suficiente. Empujó el brazo hacia atrás y dio tres fuertes golpes hasta que pretendió ser escuchado.
Una mujer salió con un velo en la cabeza, aparentaba tener más edad de la que tenía. La mujer estaba arqueada y se le notaba una joroba, asomó la cabeza y le miró encorvando las cejas mientras entrecerraba los ojos.
-¿Padre?
-¿Puedo pasar?
-No nos han dicho que venía usted, estamos esperando al doctor.
-El no vendrá, ¿Ya es hora?
-Si lo es, pero ¿Qué sucede? ¿Por qué lo han enviado a usted?
-¡Déjeme pasar mujer se lo ruego!
La mujer se apartó nerviosa, mientras temblaba al terminar de abrir la puerta, le costaba caminar y su expresión mostraba cierto recelo.
El interior solo estaba iluminado por unas cuantas velas, las sombras iban y venían al agitarse la luz con la brisa que entraba por la puerta abierta.
La mujer la cerró rápidamente.
Al hacerlo lamentablemente todas las luces se apagaron y quedaron totalmente a oscuras, la mujer palpaba los muebles y en un momento se dirigió al visitante.
-Padre, ¡Le advierto… no se atreva a hacerlo!
La mujer había prendido un cerillo y la luz reflejaba la cara de los dos que estaban muy cerca, ella le miraba y el hombre abrió los ojos sin decir ni tan siquiera una palabra.
Tomó una vela que tenía al frente y la encendió tomando el cerrillo de la mano de la mujer que se consumía rápidamente. Caminó alrededor de la habitación, aunque no veía prácticamente nada, no tropezaba por lo cuidadoso que era. Se dirigió hacia las cortinas para abrirlas pero todas las ventanas estaban selladas con madera.
-¿Qué está pasando aquí?
La mujer que le seguía se paró en seco, le miró impresionaba y con los ojos muy abiertos, negó con la cabeza y se volvió aún más nerviosa.
De pronto el hombre escucho un grito, provenía desde uno de los cuartos contiguos, eran de una mujer.
El padre volteó desconcertado, la mano que se había llevado al rostro en ese momento quedo suspendida frente a su boca mientras miraba ahora hacia el suelo sin parpadear.
-¿Qué significa esto?
El hombre estaba molesto, se le notaba en su voz, la mujer negaba con la cabeza, estaba aterrada.
Entonces, al escuchar el segundo grito fue a pasos amplios al cuarto, la vela estuvo a punto de apagarse en varios momentos. Se encontró entonces una puerta más sencilla y la abrió rápidamente.
Aquella mujer estaba sudorosa, estaba acostada sobre una cama con todas las ventanas cubiertas, una vela reposaba en cada lado de la cama iluminándole el rostro. Lloraba agarrándose una barriga de meses.
Al ver al hombre sus ojos brillaron, se le veía demacrada, la ropa estaba sucia, pero relucía en juventud. Bien la conocía el padre, era aquella mujer, aquella hija que la señora dio por muerta hace unos cuantos años atrás. La niña que todo el pueblo extrañaba intensamente.
-¡Padre!
Dijo con voz de sorpresa y alivio, el hombre corrió hacia ella abrazándole y tomándole la mano fuertemente. La mujer le miró y sonrió con cara de dolor, le tomaba fuertemente de la mano y gritaba mientras el vientre se le movía.
-Está a punto.
-Trae unas sábanas y más velas.
-La mujer seguía negando con la cabeza, estaba aún más aterrada y le veía con los ojos abiertos.
El hombre revisó su sotana, sin encontrar nada por la escasa luz que había, comenzó a palpar la mesa de lado de la cama. Desesperado encontró una piedra que tomó fuerte entre sus manos, y comenzó a golpear la madera abriéndola de inmediato, la luz entró iluminando la habitación; en ese momento una sombra oscura y pesada fue desapareciendo tras el orificio que había abierto. La mujer miró la luz tan intensa y parpadeaba furtivamente mientras se recuperaba.
Otro gritó llegó después de romper fuente.
El hombre se recogió las mangas y se colocó debajo de ella, quien le miraba asustada.
-No hay vuelta atrás, debes tenerlo ahora.
La mujer gritaba aun con más intensidad, y después de extensas horas…
un llanto inundo el lugar, ¡Ya había nacido!
La mujer con el velo suspiró poniéndose una mano en el pecho, pero aún no se acercaba a ninguno de los dos. Él sonreía con el niño entre los brazos, le miraba garantizando que todo estuviera bien, aún estaba pegado de su madre, el volteó y ella estaba ahí, simplemente, con los ojos cerrados y en paz. Se levantó cerrando los ojos para después abrirlos lentamente, su mirada cambio al igual que su gesto. Con el niño en brazos se desató una cruz que llevaba atada en su muñeca y se la encerró entre la palma lánguida de aquella mujer.
-¿Por qué habéis hecho tal atrocidad?, ¡Mujer te mereces el infierno, haber encerrado a tu propia hija!
-Padre… padre yo no… quería.
-Mujer, he de maldecirte, haz hecho pasarla por muerta y ahora lo está, esta es la consecuencia de tu vil maldad.
-Padre… yo no.
La mujer negaba con la cabeza agarrándose las manos que le temblaban.
Miraba al suelo muy a menudo, no se atrevía a mantener la mirada con el hombre.
-Ahora este niño tendrá que vivir sin una madre, he de evitar que le veas más nunca en tu vida, me lo llevaré, y vendré lo más rápido que me sea posible para arreglar lo que queda de esta inhumanidad.
En ese momento sonó la puerta de la entrada, la habían abierto de par en par con un fuerte golpe. La mujer saltó aterrada, volteaba para todos lados desesperada.
-¿Quién? -Preguntó el padre desconcertado, el corazón le latía rápidamente. Pero fue inservible, la mujer no se dignaba a decir absolutamente nada.
Fuera alguien comenzó a arremeter contra los muebles, se escuchaban golpes y vidrios partiéndose contra el suelo. El hombre tenía entre sus brazos al bebe, se había manchado de sangre, la criatura estaba empapada en ella, respiraba apacible y silenciosamente mientras dormía en su regazo.
No sabía qué hacer. Miraba a la mujer. Perfectamente sabía la situación de ese pueblo, no saldría vivo de ahí… si era lo que él se imaginaba.
Además aquella casa estaba llena de problemas desde hace casi un siglo.
De pronto la mujer lo miró entornando los ojos, quería pronunciar algo, se tomaba el pecho y los labios le temblaban.
-Váyase padre. Corra con el niño fuera de aquí.
No lo dudaría, sacó un cuchillo de su bolsillo y cortó la última unión que había entre él bebe y su madre. Después de ello, lo arropó rápidamente con un trapo aferrándose fuertemente a él. Caminó lentamente, detrás estaba toda la habitación iluminada, en cada esquina habían valijas y cajas acumuladas con aparatos muy viejos, a su lado estaba aquella mujer que le miraba todavía aterrada y sin moverse.
Tomó la perilla de la puerta, estaba tan helada que sus manos tuvieron que acostumbrarse. Miró a la mujer diciéndole que viniera con él, pero ella solo seguía negando con la cabeza. Al girar la manilla para abrir, el cerrojo sonó fuerte, trataba de mantener el silencio. Al abrirse poco más de diez centímetros, se escuchó como un mueble era destrozado cerca de lo que parecía ser la cocina.
Con la punta de los dedos empujaba poco a poco la madera, centímetro a centímetro se abría y pudo ver fuera.
La sala que no había visto con detalle, ahora le veía con total claridad.
Las maderas que cubrían las ventanas habían desaparecido al igual que varios muros, la habitación estaba destrozada. Los muebles se reducían a un montón de madera desecha. Poco a poco fue dejando la habitación atrás, a
medida que abría lentamente la puerta, el niño se movía incomodo entre sus brazos.
Dio un paso más y a solo unos metros se escuchó otro ruido aun peor, tuvo que agachar su cabeza mientras presionaba fuertemente con una mano su oído. Al voltear la mujer que antes estaba a su lado no estaba, no revisó la habitación, solo continuó su camino.
La puerta había retrocedido unos cuantos centímetros, tenía la sensación de que debía salir ahora mismo, o se quedaría en ese lugar para siempre. En ese preciso instante él bebe se movió y comenzó a llorar, el hombre estaba desesperado, levantó el trapo que le cubría e intentaba callarle colocándole los dedos en la boca.
No tuvo éxito, solo espero unos segundos para que se calmara, y para su alivio así fue, al tomar la perilla de la puerta nuevamente se congeló las manos, la retiró rápidamente para después agarrarla con la tela de su sotana.
Acercó su rostro al espacio que había entre la madera y el marco, lo que escuchó en ese momento le hizo perder la compostura.
Al mismo tiempo que el pecho le dolía, y su mirada quedo fija hacia la nada. Pudo sentir la respiración de algo contra su oído, era áspera y cálida.
Se escuchaba como si en su garganta algo estuviera atascado cortando el aire al entrar.
Se alejó de la puerta de un paso, creía haberlo hecho bien pero pisó su sotana y cayó al suelo golpeando su cabeza con la madera de la cama. Se mareó por un instante pero logro levantarse.
La puerta se movía lentamente, se abría poco a poco. Volteó a ver al bebe y este le miraba con los ojos extremadamente abiertos. Su sangre corría a borbotones, ¡No tenía escapatoria!, las ventanas estaban selladas por barrotes de hierro y debajo de la cama no había espacio suficiente para él bebe y él. La única salida era esa puerta.
Su respiración comenzó a formarse frente a su rostro, él bebe se movía en su regazo incómodo y la presión en su pecho era tanta que le dificultaba intensamente respirar.
La puerta no se movió más, pero toda la luz que había ahora en la casa se extinguió por completo. Una sombra comenzaba a inundar toda la habitación. Tomó al bebe con más fuerza acercándolo aún más a su pecho, levantó su mano para después colocarle su dedo índice en la frente mientras murmuraba en latín.
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Su corazón se sentía en su frente, él bebe lloraba, él se sentía cada vez más pesado, desdichado. El frio era tan intenso que su capa junto a su sotana no era ni siquiera suficiente, los huesos se le entumecieron y comenzó a marearse hasta estar consciente de que pronto se desmayaría.
..
Keine despertó acelerado, respiraba forzadamente. Aunque hiciera un tremendo frio, no paraba de sudar a borbotones.
La luz que entró por el orificio en la pared le cegó, al abrir de nuevo los ojos, una hoja caía ondulante posándose en el suelo.
El teléfono sonó, Keine se llevó los dedos a su nariz y limpió la sangre que había salido de ella. Tardó en contestar mientras se recuperaba del repentino dolor de cabeza.
-Keine, debo hablar contigo, ¿Estas en casa?
-Sí, pero… ¿No es muy temprano para llamar?, ¿A qué hora estas aquí?
-Ábreme ¡Voy subiendo!
Tuvo que sacudirse la cabeza y levantarse para vestirse, pero solo uso su pantalón, con Flammel no importaba demasiado.
Enseguida abrió, Flammel se veía nervioso y de mal humor. En su mano llevaba una bolsa con varias cervezas.
-¿Qué pasa Flammel?, ¿Qué ocurre?
-¡Espera no cierres!
Harry agarró la puerta, la abrió de nuevo para entrar. Saludo a Keine sin mucho interés y se dirigió hacia Flammel para colocarle la mano en hombro.
-¿Qué ocurre Flammel?
-Siéntense los dos, ¡Les contare!
Se sentó después de abrir tres cervezas, luego de ofrecerlas se tomó la suya de un trago y agarró otra para abrirla después de sentarse.
Flammel miró a Harry y a Keine por unos segundos, al intentar hablar, comenzó a hipar y rompió en llanto.
Harry intentó consolarlo dándole palmadas en el hombro.
-¿Recuerdan a Elizabeth?
-Claro Flammel, ¿Terminaron?
-¡No! –respondió mirando fijamente al suelo.
Flammel presionaba sus parpados con dos dedos, como si estuviese agotado.
-¿Saben desde cuando quiero tener un bebe?
-¡Más que nosotros lo sabemos! –respondió Keine.
-Ayer por la mañana fuimos al doctor. Elizabeth se ha sentido bastante mal por unos días, estuvimos mucho tiempo en el hospital.
No lograron encontrar más que un simple virus, ¿Saben? Esas cosas que te dicen los médicos para justificarse.
No lograban entender, veían a Flammel con intriga,
-Le comentamos al doctor sobre nuestro deseo de tener un hijo, dijimos que habíamos intentado sin tener éxito. El doctor se ofreció a hacerle unos estudios, no recuerdo cuanto tiempo estuvimos en aquel lugar.
Esperamos varios días, hasta que esta mañana recibimos los resultados.
La voz comenzó a quebrácele, negaba con la cabeza y no le dirigía la mirada a ninguno de los dos. Aunque fuera grave, Flammel nunca tomaba esa aptitud.
-¿Qué paso? –preguntó Harry.
-Nunca podría tener un hijo con Elizabeth.
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