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Alejandro Avila · Capítulo 22 de 55

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C a P Í T u L o

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-¡Mama! ¡Mama!

Una vez más se estiró en la puerta intentando mover la manija sin éxito, entonces se volvió atrás esperanzado. Daba pequeños saltos y se detenía esperando con impaciencia. Entonces el cerrojo sonó.

-¡Mama! ¿Dónde está mi padre?

El chico se levantaba e intentaba mirar a los lados buscando, poco a poco el rostro de felicidad se fue borrando, la madre le sonrió dulcemente y se puso a su altura.

-Hijo calma -dijo agachada y acariciando el rostro con una mano mientras que con la otra lo acariciaba -Tu padre no vendrá hoy, aún está de viaje, pronto podrás verle.

-¡Pero mama!, ¡Lo he visto!, en el mercado. ¡Se me ha perdido de vista!

¿Le has buscado?

La mujer seguía tranquilizándole, hasta el punto en que el pequeño se dio por vencido y tambaleándose se lanzó abrazando a su madre.

-Te quiero hijo, sube arriba mientras hago algo para comer.

-Si… si tengo mucha hambre…

Se volteó rápidamente para correr hacia su habitación pero se detuvo un momento.

-Mama, ¿Podría invitar a comer a mi amiga?

La mujer abrió los ojos de par en par sorprendida, metió su mano en un bolsillo de su bata disimuladamente y sonrió después asintiendo con una dulce sonrisa.

La mujer se había encargado de separar los granos dañados. El chico no subió a su habitación le señalo la puerta de la casa y después de obtener permiso para salir, en pocos segundos había cerrado la puerta tras él.

Al cabo de unos cinco minutos luego de sentarse en el escalón de madera, la pequeña niña aun con el vestido opaco y el cabello negro brillante estaba corriendo manchándose los zapatos con el suelo pastoso.

-¿Qué haces?

Le preguntó sentándose a su lado, los dos tenían la cara apoyada a los dos puños y miraban embelesados al frente.

-Nada, solo espero a que mi mama haga comida… -después de una larga pausa -¿Quisieras entrar a comer con nosotros?

A su lado la pequeña se había levantado de un brinco, se lanzó poniéndose al frente emocionada; asintió mirándole directo a los ojos.

-Gracias, ¡Tengo mucha hambre!

Se le acercó rápidamente y le besó en la mejilla.

-¡Oye estáis loca! ¿Por qué haces eso?

Simplemente lanzó una sonrisita, y se volvió a sentar a su lado.

-¿Es verdad que tu tío tiene auto?

-¡Si es verdad!

-¿Y te has montado alguna vez?

-Si ya lo creo. ¿Te gustan los autos?

-No, para nada… es que nunca he visto uno, mi padre me ha traído un dibujo. Parecen feos y sucios.

-Ni que lo pienses, mi tío lo mantiene bastante limpio.

En ese momento se quedó en silencio, miraba hacia los mercaderes y observó a un niño que conocía muy bien acercarse a ellos.

-¿Quién es? –preguntó la niña.

-¡No tiene importancia! –respondió el.

El chico que era más grande, ya estaba delante y le miraba con ceño.

-¿Cómo está el cabronazo y su madre la zorra?

La niña los miró a los dos impresionada.

-¿De qué habla Jonás? –preguntó ella.

El chico sentado no respondió, su rostro se volvió sombrío y molesto.

-¿Quién es tu amiga? –insistió el chico alto.

-Me llamo Monique. ¿No te han enseñado modales, cabronazo?, ¿O tu mama si es tan zorra que te enseño a comer del suelo?

Escupió. Dejó de mirar a la niña y de un golpe derribo en las escaleras a Jonás.

-¡Déjalo! –gritó cuando el chico había agarrado a Jonás de uno de los tirantes de la braga, lo había lanzado al suelo y lo molía a golpes.

-¡Déjalo! -la niña se lanzó sobre él, al notarlo el chico dio un codazo que le pego directo en la nariz, ella cayó al suelo de golpe.

-¡Te matare! –gritó Jonás.

Se había levantado aprovechando el descuido de ver a Monique caer, lo volteó y ahora comenzaba a darle interminables golpes en la cara.

-Maldito –gritaba.

No le importaba el dolor que sentía con cada puñetazo, no le importaba sangrar y mancharse de ella ¡Quería golpearlo!

-¡No! –Monique volvió a gritar.

Jonás dejó de golpearle. El chico en el suelo lo miraba aterrado, se levantó para correr.

Tenía los puños adoloridos, las rodillas estaban manchadas de barro.

-Perdóname.

Se le acercó a la niña.

-No me toques.

Monique abrió los ojos forzadamente y se echó para atrás, el veía a cada lado intentando encontrar alguna forma de abordarla.

Intento de nuevo, dio un paso adelante estirando poco a poco su mano.

-No lo hagas, eres un monstruo.

La pequeña comenzó a negar con la cabeza, se volteó y se marchó corriendo.

-¡Jonás!

Un coche se había estacionado frente a la casa y un hombre había bajado de él.

-¿Qué estás haciendo?, ¿Qué ha sido eso?

Jonás se limpió, vio a su tío acercándose nervioso. Debía tener la cara manchada de sangre, sentía su nariz rota y la sangre desbordándose.

-¡Jonás! –gritaba su tío al estar a punto de llegar.

-¡Suéltame!

Jonás se había caído cuando se soltó de su tío, se había llenado aún más de barro. Corrió perdiéndose por el mismo camino por donde había ido Monique.

Su tío; no lo perseguiría, entró a la casa por un peso mucho mayor.

Enseguida le recibió la mujer del vestido de flores.

-Gracias por venir –le dijo antes de derrumbarse a sus pies.

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