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Alejandro Avila · Capítulo 10 de 55

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C a P Í T u L o

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-¿Puedo saber su nombre?

-¿Por qué razón quiere saberlo?

-No he visto a nadie que no le corresponda el nombre que lleva, si acierto en mis pretensiones, mis oídos serán recompensados en confirmar lo que estoy pensando.

La mujer rio burlona, se veía apresurada.

-Mi nombre es Elizabeth.

-Me llamo Flammel –respondió rápidamente.

-¡Creo que tu padre habría protestado bastante! –respondió ella.

Él se quedó mirándola con la boca abierta, ella al contrario se reía sin mantenerle la mirada por mucho tiempo.

-¡Debo irme!

Levantó el rostro y le sonrió. La mujer se había perdido entrando por una puerta. Detrás, a solo unos pasos apareció Keine, quien le dio una palmada en la cabeza y tumbo su casco.

-¿Qué es lo que haces?

Le dijo mientras le daba una mochila, él se la acomodó en el hombro en silencio.

Ambos estaban a mitad de una calle de tierra, las casas se acumulaban a los dos extremos, había frio y humedad, tanta que las botas se habían hundido unos cuantos centímetros en lo que era un fango bastante oscuro para verse casi negro.

No había nadie a parte de ellos, además ya había oscurecido. La tensión en aquel pueblo era tanta que no se veía movimiento a partir de las seis, las ventanas lucían selladas por un bambú amarillento.

Mientras caminaban, detrás se les unieron un grupo de diez soldados, lucían cansados. Su uniforme verde y su casco azul relucían con intensidad en el ambiente gris y monótono de toda la calle.

-¿No me digas que volviste a enamorarte?

-No lo creo, pero si he quedado marcado amigo, ¡Se llama Elizabeth!

-¿Elizabeth?, ¿Quién se llama así en medio de un pueblo tan racista y japonés como este?, ¿Acaso es española?, ¡Esperaba algún Ming, Chin, o Chang!

-¡Ha!, ¡Claro!, la verdad es que el nombre le quedaba muy bien. Pero creo que es tímida.

-¿Tímida? ¿Recuerdas acaso dónde estamos?, Si la vieron hablando contigo, ya no querrá salir más nunca de su casa en lo que le queda de vida.

Japón 9 de agosto de 1930

Continuaron después de quedarse rezagados por un momento. Aquella calle que habían dejado atrás; la bordeaban cientos de casas apilonadas tan desordenadamente una sobre otras, que parecía seguro que en cualquier momento se derrumbarían.

-¿Es aquí? –Preguntó el soldado que estaba detrás.

Habían pisado fuera del fango pegajoso, el lugar se había abierto y al menos podían refrescarse con un aire menos putrefacto.

-¿Eso quisieras?, ¿Eh?

Se habían detenido frente a una redoma, en el centro había una fuente…

o lo que quedaba de ella. Parecían haber existido hace mucho tiempo tres figuras bordeándola, ya solo quedaba concreto roto y cabillas retorcidas.

-¿Ves ese edificio allá? –continuó el sargento señalando hacia el norte. –

Seguramente quisieran haber venido a tirarse a una tía en ese lugar –sonrió con sarcasmo -¡Ahora es nuestro hotel de paso!; ¡Dormiremos esta noche!

Los soldados se miraron incrédulos. Habían llegado a un pueblo inestable, permanecer más de media hora en un lugar llevaba a

consecuencias y todos las conocían, eran el otro extremo de ser tan bien recibidos “como una prostituta en asilo de ancianos”.

No había escusa, nadie se atrevía a discutir. Siguieron caminando por la calle solitaria, el toque de queda ya había comenzado desde hace horas y solo ellos se atrevían a caminar por aquellas calles.

-¡Maldición!

-¡Calla! –Le dijo después de escucharlo.

Inmediatamente después de reprenderle lo miró con atención y se dio cuenta el porqué de su quejido.

-¡Mierda!

Una trampa casera había pasado tan desapercibida para todos excepto para Keine que iba de ultimo. Se activaba con el tacto, al sentir tu pie encima, una gran astilla de metal oxidada y sucia salía disparada hacia arriba atravesando todo lo que se encontraba en su camino.

-¡Debemos seguir! –Dijo el sargento.

Flammel lo sabía.

-¡Vamos Keine!, ¡No es gran cosa! –intentaba animarlo.

Keine lo miró de reojo aun con el pie inmovilizado.

-¡Vamos! –Le reprendió el sargento.

El cielo ya gris comenzó a cubrirse por una gran nube. Era más de lo necesario y menos de lo que esperaban. Inmediatamente comenzó a caer un aguacero.

-¡Vamos Keine!, no debemos estar aquí mucho tiempo.

Keine sujetó la mano de Flammel y con su fusil en la otra mano se apoyaba al suelo.

-¡Maldición! –gritó al sacar el pie.

Una orden mayor a la que conocían, les obligaba a hacer lo que parecía una locura. Al entrar una columna se desplomó cubriéndolos de polvo.

-Flammel, no me gusta este lugar –Dijo Keine en voz baja.

No respondió, mantenía la mirada al frente pero su rostro ligeramente inclinado, nunca lo había notado tan silencioso.

-Debemos subir a la segunda planta –Anunció el sargento.

-Pero… -uno de los soldados intento reclamarle, el hombre lo silenció enseguida.

-Las ratas están hambrientas, deberían temerles más a ellas. Sugiero no dormir esta noche.

Las paredes comenzaron a sonar desde adentro, los hombres subirían por unas “escaleras”, tendrían que arreglárselas con un par de escalones inferiores y un montón de madera podrida para alcanzar el segundo piso.

-¿Cómo está tu herida?

Keine se sorprendió, Flammel se había acercado sentándose a su lado sin que lo notara.

-No lo sé, no puedo sacar mi bota aquí.

-¿Te duele?

La costumbre era reprimir. Mostrar sinónimo a debilidad era contar con un rechazo inmediato, desde que entro en servicio la fortaleza era una necesidad para seguir con el empleo.

Habían dos opciones innecesarias después de mostrar tu “debilidad”, que tus compañeros no te cubrieran la espalda; porque sabían que valías menos.

O darte la vuelta para intentar regresarte a casa, y tener la seguridad de perderte en el intento.

-¡No, no duele! –respondió.

Flammel se volteó y apoyó su cabeza en la pared para cerrar los ojos.

-¿Cómo puede dormir aquí? –pensó.

Las horas fueron escasas comparadas al tiempo que duró en vivirlas.

Había abierto los ojos con un enorme dolor de cabeza después de recibir la luz de la madrugada, estaba tan fría que todo su uniforme; no era ni siquiera suficiente.

-Señor, creo que debemos salir de aquí –Le dijo levantándose rápidamente, el sargento estaba de pie. Junto a la puerta miraba el exterior de la habitación.

No lo miró.

El hombre hizo un gesto indulgente y salió de la habitación.

Comprendía su mensaje, le había faltado el “respeto” debía mantenerse en silencio y hacer lo que él decía.

Todos dormían en la habitación, excepto él y Flammel. Su amigo miraba al suelo perdidamente.

-Flammel, debemos salir de aquí.

Afuera seguía cayendo el aguacero, además el frio era tanto que sin poder evitarlo tiritaban de vez en cuando.

-Estáis loco Keine, este lugar es seguro, debemos quedarnos. Mira a todos… están, descansando –esta última palabra le costó mencionarla.

Keine se levantó desesperanzado, no tenía nada que perder, nadie quien lo extrañara, ni tan siquiera había conocido a sus padres. Lo más importante que tenía ahora era su amigo.

-Nos quedaremos hasta la tarde, dará tiempo a que deje de llover –

anuncio el sargento cuando regreso.

Aunque no lo aceptara Keine estaba muy cansado, no había dormido nada. Además el dolor de cabeza se volvía más intenso a medida que el pie le palpitaba de dolor.

Trató de tranquilizarse intentando cerrar los ojos.

-¡Siempre has sido una decepción Keine!

-¿Qué dijiste? –le preguntó a su compañero más cercano.

-¡Nada! Le respondió el.

Había escuchado hablar justo cerca de su oreja.

« Maldición » -pensó al sentir de nuevo su pie. Estaba incomodo, a su lado tenía una ventana a la cual no podía asomarse, ni siquiera podía ser consciente de lo que pasaba afuera, sería un blanco fácil.

-¿Qué coñ…

Gritó cuando sintió un golpe en su pecho.

Las paredes chirreaban.

Keine se levantó rápidamente.

-Debemos salir todos de aquí.

Los hombres se levantaron nerviosamente al ver a Keine gritar, el sargento se había adelantado unos pasos hacia él.

-¡Debemos salir ahora! –repitió.

Sus compañeros comenzaron a recoger sus cosas, a Keine le palpitaba el pie, y el dolor de cabeza era brutal.

-¡No! –Gritó el sargento al ver que había acaparado la atención de los soldados

–¡Se quedaran aquí!, ¡Hasta que yo diga!

Keine sintió otro golpe en el pecho. Miró hacia la ventana ahora posible por la distancia. Seguía el aguacero, y claramente dentro se veía mejor que afuera.

-Debemos salir –insistió Keine.

Los hombres que habían parado de recoger sus cosas comenzaron a tomarlas de nuevo. El sargento se le adelanto colocando su arma en la frente de Keine.

-¡Dispara! –le gritó.

Flammel se abalanzó contra el sargento cuando apretaba el gatillo. El hombre cayó hacia atrás y golpeó su cabeza.

-¡Vamos! ¡Salgamos! –dijo Flammel mientras miraba a Keine.

Entre dos cargaron al sargento que había quedado inconsciente, el mayor trabajo fue bajar, pero pronto ya habían llegado a la puerta.

-¡Vamos! -Gritó Keine.

Una luz los deslumbro, provenía del cielo. Fue como si alguien hubiera lanzado un trio de bengalas. Estaban tan altas que era imposible que iluminaran tanto.

-¡Vamos! –Keine y Flammel le gritaban a los hombres que se habían quedado embelesados mirando hacia arriba.

Detrás de ellos había caído un misil destruyendo todo el piso superior.

El sargento había despertado de su inconciencia.

-¡Corran!

-Keine, ¡Ve con ellos! –Flammel lo había alcanzado mientras corrían y le gritaba bajo la lluvia –Te alcanzare después.

-¡A dónde vas! –le reclamó.

No respondió, solo le tocó la espalda luego de sonreírle.

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