Vectorial
C a P Í T u L o
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El polvo y la neblina poco a poco se iban desvaneciendo pero aun así se le dificultaba mantener los ojos abiertos, la respiración era interrumpida y limitada; por ahora solo se resignaba con poder hacerlo a través de la tela de su camiseta.
« Deben estar cerca »
Esperaba encontrar a la niña y al hombre, a pesar de lo que había pasado, guardaba esperanzas de lograrlo, no quería parecer ingenuo; pero él no podía ser tan “afortunado” para ser el único.
Sus intentos por permanecer despierto cada vez eran menos convincentes, a menudo se tentaba en permanecer en el mismo lugar y abandonar la idea de seguir.
Caminaba intentando llegar hasta donde la vista le alcanzaba, buscaba una manera de convencerse que llegaría. Paso a paso se sumaba con la desesperación de ver nada más que niebla.
-¡Basta! –susurró antes de pisar.
Había llegado, no podía creer que después de tantas horas bajo sus pies había algo distinto, era menos de lo que esperaba; pero tan solo eso sirvió para devolver un sorbo de esperanza que ya había perdido.
El suelo árido que había conocido, llegaba hasta ahí. Solo un paso más y su pie conocería algo distinto; una tierra más húmeda, menos dolorosa, pero más putrefacta. Aquella tierra era muy distinta al suelo que ahora estaba tras de él.
Al darse cuenta sintió pena por sí mismo; había perdido la valentía de mirar al frente, ver lo que estaba en su camino.
Sus ojos se humedecieron.
Estaba solo, incluso más que antes; cuando creía erróneamente estar vivo.
Su pie le dolía, con cada pisada sentía el corazón latiendo en su pantorrilla; como si esa parte de su cuerpo necesitara más sangre. Aun así continuó, no quería mirar al frente, mantenía su cabeza gacha observando el oscuro suelo.
-¿Por qué me merezco esto?
Estaba cayendo, no sabía por cuantos días había permanecido viviendo con sus mínimas fuerzas, sentía que con cada esfuerzo estaba más cerca de la muerte.
Tropezó, una roca oscura se había topado en su camino. El dolor al caer no pudo compararlo con el que sintió en su pie, su herida antes cerrada se había abierto.
-No puedo más.
Keine se había sentado como aquel día, justo debajo de aquella bombilla.
No había notado que justo detrás se alzaba una pared.
-¡No puedo seguir!, ¡No puedo hacerlo!
Un estruendo vino desde atrás. Había sonado tan fuerte que Keine tuvo que cubrirse los oídos para no ensordecerse.
-¡Mierda!
Le cayeron cientos de piedras diminutas en la espalda, el estruendo había alcanzado a la pared que estaba detrás de él. Pero no fue todo, una hilera de metrallas había destrozado los ladrillos.
-¡No! ¡No! –repetía desesperado.
Detrás explotó una granada que hizo temblar el suelo.
Justo en ese momento, el tiempo parecía detenerse ¡Pero no! Se trataba solo de él, nadie más podría percibirlo. Aquel largo y agudo pitido que se apodera sin quererlo, su vista era clara, tanto que se lamentaría de ello.
Fue injusto percibirlo; al enfocar, la vista se le había llenado de miles de soldados.
Justo allí, cuando la neblina se desvanecía, poco a poco iban emergiendo, su camino estaba cruzado. Su única posibilidad se le iría de las manos si no la usaba en escasos segundos.
-¡Vamos puedes hacerlo!
Se levantó soportando su gritó. Sus lágrimas emergieron al hacerlo.
Otra explosión le obligó a cerrar los ojos.
-¡Caminen! –una voz había llegado desde la distancia.
Keine supo que se trataba de los soldados, era una orden.
Pronto las pisadas lo atormentarían.
-¡A prisa! ¡Vamos!
De una de las esquinas había aparecido al soldado que antepuso a los demás, era muy ingenuo al pretender que su posición le ayudaría a pasar desapercibido.
Mordía su brazo, intentaba soportar el dolor. No podía hacer otra cosa, la pared se caería sobre él. Entonces se levantó de golpe, con su brazo se había impulsado. Gritó al quedar de pie.
Ahí lo supo, los pasos se habían detenido, escuchó sin atreverse a mirar al suelo; cuando cientos de soldados cargaba su arma para apuntarle.
-¡NO!
Keine levantó la mirada, al observarlos por última vez, una punzada en su cabeza le hizo derrumbarse.
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