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Alejandro Avila · Capítulo 27 de 55

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C a P Í T u L o

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Elizabeth terminaba de llegar a la orilla junto a Keine después de saltar desde aquel precipicio, huían de las balas, de unos enemigos que ni tan siquiera reconocieron.

-Es la primera vez que veo el mar –Dijo Keine incorporarse en la arena.

Ella, una mujer japonesa acomodaba a los dos bebes en la arena. Ignoró por completo el comentario, estaba asfixiada pero prestaba atención a los bebes.

-¿Estas bien? -preguntó Keine

Por largos minutos observó a la mujer, ella no respondió, la miraba y cuando levantaba su rostro ella se volteaba precipitadamente.

« No debe entenderme » -pensó

-¿Estas bien?

Se acercó e intentó posar su mano sobre el hombro de la mujer.

-¡Aléjate! –gritó, su cara molesta lo avergonzó.

Privado de las fuerzas para seguir intentándolo, se alejó unos pasos y sentándose en la arena se dedicó a observarla a la distancia.

-¡Vaya!, Flammel, ¿La mujer más hermosa de Japón?, has de ser el peor de los amigos, obligarme a darme por vencido y terminar con esta desquiciada.

Por lo bajo la mujer escuchó, agarró a los dos bebes y levantándose comenzó a caminar hacia el norte donde se podían ver unas enormes cavernas.

-Espera, ¿A dónde vas?

Ella volteó observándole por un momento, comenzó después a caminar aún más rápido. Él por supuesto, la siguió intentando no perderla.

-¡Te mataran!, ¡Vuelve aquí!

Keine había escuchado unas voces a la distancia, hablaban japonés, sabia lo cerca que estaban.

Corrió lo más rápido que pudo alcanzando a la mujer, la tomó de un brazo y la hizo entrar a una caverna.

-¡Suéltame! –gritaba ella.

La sujetó con más fuerza y sostuvo a uno de los bebes. Ella se batía, pero al escuchar se quedó tan quieta como él.

-¿Qué es lo que dicen?

-¡Nos han escuchado!, ¡Vienen hacia nosotros! –susurró.

Arrimó a Elizabeth detrás de las enormes rocas, claramente llevaban a un camino; pero el presentimiento y el desconocimiento le hacían dudar hacia donde se dirigían.

-Estas respirando muy fuerte -pensó Keine

Todo era oscuridad, ni siquiera era posible ver a pocos centímetros. Al tiempo solo lograron sentir una pared fría a sus espaldas.

-¡Para de respirar tan fuerte! –pensaba, si se atrevía a hablar estarían muertos.

Delante comenzaron a escucharse pasos, los hombres tanteaban el camino a pocos metros. Keine podía sentir a Elizabeth temblar. No podía cubrirle la boca, no podía decirle ni tan siquiera al oído, incluso era probable que el estuviera haciendo más ruido que ella.

-Por favor, haz silencio –seguían sus pensamientos.

La pared estaba tan fría que entumecía la piel de su espalda, además tenía que soportar gruesas gotas resbalando por su cuello.

-Elizabeth, ¿Qué estás haciendo?

-Yo… ¿Yo no hago nada? –Le regresó el susurro.

-Deja de moverte, ya has hecho suficiente.

-Pero… ¡Yo, no!

Keine se quedó en blanco, no podía ver nada, creyó por un momento que Elizabeth estaba siendo muy imprudente al tocarle el hombro de esa manera, pero al escucharla le notó tan asustada que le creyó incapaz de ni siquiera moverse.

Por su hombro se movía algo, claramente tenia patas; tantas que contarlas sería imposible sin matar al animal y arrancárselas una a una.

Escuchó entonces un pequeño chasquido, el animal lo había provocado.

Tenía que hacerlo, tenía que ver. De cualquier forma, si era lo que presentía en minutos estaría muerto.

Prefería morir víctima de una bala directo a su cabeza.

Elizabeth había gritado. Comenzó a hacerlo sin parar.

Los hombres que estaban delante, comenzaron a correr mientras cargaban las armas.

Elizabeth temblaba, Keine de su bolsillo sacó una caja de cerillos. Sabía que la mayoría estarían mojados, pero no tenía más opciones que intentarlo.

-¡Por favor! -Elizabeth gemía.

-¡Calla! –le susurró Keine.

Sus manos temblorosas se sumaban a lo empapado de los cerillos, al bebe en sus brazos y a los hombres tanteando el lugar para encontrarlos.

Sabía que un solo chispazo que vieran aquellos hombres encenderse y tendrían pocas posibilidades de lograr huir.

-¡Vamos!

Los primeros diez simplemente fallaron. Al usar uno de los pocos que quedaban, encendió.

Fue como una explosión silenciosa. El fuego subió por el techo incendiándose para después apagarse, por suerte el cerillo quedo encendido.

-Maldición, ¡No te muevas Elizabeth!

Lo que vio no sirvió para tranquilizarse, tenía que resolver rápido, los hombres ya los habían detectado, en menos de un minuto estarían disparando.

Elizabeth respiraba salvajemente mientras gemía desesperada. Nunca pudo ver aquella pared, desde el piso hasta arriba brillaba con el reflejo de los caparazones de miles de cien pies.

-Por favor, te lo pido.

Los animales estaban sobre Elizabeth, cualquier movimiento en falso y la picarían.

Dudaba cual sería la decisión correcta. De su mochila torpemente sacó su cantimplora, llena de vodka.

-Hagas lo que hagas no te muevas hasta que te diga.

Elizabeth asintió aterrada, sostenía a su bebe lo más alejado que podía.

-Keine mojó un pañuelo mientras sostenía el cerillo con su boca, espera que no se apagara tan rápidamente.

-No te muevas.

-¡Lo que sea que hagas, no te muevas hasta que te lo ordene! –le repitió.

Elizabeth se retorcía de las lágrimas, tenía los ojos tan abiertos que le brillaban. Veía directamente a los ojos de Keine.

-Por favor…. -imploraba ella.

-Por favor… -los hombres accionaron el arma desde lejos pero solo para asustarlos.

Keine seguía delante de Elizabeth.

-Contaré hasta tres, esto que llevo en mi mano es licor… con tus brazos… -No… no los mires, cubre lo más que puedas al bebe, cierra los ojos cuando te diga y salta hacia mí. Haga lo que haga, no abras los ojos, yo también los cerraré… el fuego podrá calentarnos y quemarnos todo el cabello pero no nos dañara si lo apagamos rápido… solo debemos proteger nuestros ojos.

Keine estaba frente a ella. No podía creer que Elizabeth pudiera soportar aquello.

La pared se alzaba treinta metros, vibraba, se retorcía y cambiaba de forma. Toda la superficie era negra, viscosa y brillante.

Miles de cien pies de al menos treinta centímetros se sometían unos a otros para alcanzar a la mujer. Ella estaba envuelta por miles de patas y tenazas que esperaban un mínimo movimiento para inyectar.

Keine amarró al bebe a su espalda. Agarró su fusil, con la otra mano lanzó al aire la cantimplora, había jalado el gatillo para después lanzar el cerrillo al aire.

-¡Salta!

El fuego envolvió a Elizabeth, ella no lo noto; pero si la coraza de insectos en su cuerpo.

Keine la levantó y junto a los bebes se adentraron aún más en la caverna.

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