Ánima

John Darnton · Capítulo 12 de 63

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Ánima

Scott estuvo paseando arriba y abajo...

Scott estuvo paseando arriba y abajo de la sala de espera durante cinco horas. Tenía la sensación de que ya conocía esa habitación de memoria, como si hubiese estado yendo allí desde hacía años. La misma vieja mesa baja barnizada de marrón oscuro y cubierta con revistas ajadas, las mismas persianas llenas de polvo, y los mismos grabados ingleses falsos en las paredes, jinetes con chaquetas rojas persiguiendo a un zorro por la verde campiña.

No se le daba bien esperar. Ni tampoco tratar con grandes instituciones como los hospitales. Su tamaño lo desanimaba y sus sistemas burocráticos ofendían su sentido de la individualidad, provocando en él una rebeldía casi infantil. Tendía a pensar en todos los médicos, enfermeras y ayudantes en el genérico colectivo, representado en el pronombre «ellos», como en: «Ellos no te dicen lo que está pasando. No se morirán si dan alguna información». Y ahora, en ese hospital en particular, se sentía totalmente dependiente de ellos, impotente. No era culpa suya, eran bastante agradables, especialmente esa cirujana, Kate. Pero Scott se sabía un hombre en crisis que observaba cómo su vida se iba por el desagüe sin poder hacer nada. Los médicos, las enfermeras y los ayudantes eran su única esperanza, y no confiaba en ellos.

El tiempo se había detenido, ya no era consciente de él, y, sin embargo, todo, incluso una vuelta alrededor de la sala de espera, le parecía interminable. El mundo se movía a cámara lenta, excepto cuando se desprendía de su eje y comenzaba a sacudirse violentamente.

Ellos le habían dicho, cuando estuvieron reunidos el otro día —¿cuándo había sido?, ¿sólo había pasado un día y medio?— que la operación sería larga. Pero eso era interminable. El día antes por la mañana, cuando llamó por teléfono para dar su consentimiento, Kate le había respondido con simpatía y apoyo y había conseguido que se sintiera mejor, más fuerte en su certeza, al decirle: «Creo que ha tomado la decisión correcta. Quiere ofrecerle a su hijo todas las posibilidades». Y cuando había llegado al hospital esa mañana, incapaz de desayunar, buscando torpemente el dinero para pagar al taxista, ella se había sentado con él y le había explicado pacientemente todos los detalles de lo que pensaban hacer en la sala de operaciones. Kate había conseguido que todo pareciera factible utilizando un tono distendido, pero él pudo percibir el enorme vacío de incertidumbre. Luego había llegado Saramaggio, y se había detenido en la puerta de la pequeña oficina como lo hacen los hombres altos. Su porte era solemne, pero Scott no pudo evitar tener la impresión de que el cirujano apenas era capaz de contener su nerviosismo. Después de todo, estaba a punto de embarcarse en un «procedimiento» que los estudiantes de medicina_ aprenderían en los años futuros.

Saramaggio había llevado nuevamente a Scott a su despacho, y Kate los había seguido. Una vez allí, el médico les había indicado que se sentaran, uno junto al otro, como si fuesen una pareja, había colgado su chaqueta de lana en el armario, se había puesto una chaqueta blanca y se había sentado detrás de su escritorio para explicar algunos de los «principios básicos», según sus palabras.

—Tengo buenas noticias —comenzó—. La junta de revisión ha aprobado la operación. —Sus ojos se encontraron con los de Scott, al otro lado del escritorio—. Dependiendo, claro está, de su consentimiento. Kate… la doctora Willet, me ha dicho que usted está de acuerdo. Creo que es una decisión muy sensata. La única decisión posible, de hecho.

Saramaggio parecía sentir que Scott necesitaba que lo animasen, que no se mostrara lo bastante entusiasmado.

—Si esto hubiese ocurrido hace cinco años —dijo—, usted y yo no estaríamos sentados aquí. Nuestro campo se mueve muy deprisa. Dentro de otros diez años probablemente tampoco estaríamos aquí, porque usted ya lo sabría. Llegará un día en que esta operación sea pura rutina. Alguien tiene que ser el primero.

Saramaggio parecía sentir también que la ocasión requería un punto de vista filosófico. Scott no se sentía satisfecho. Aún tenía muchas preguntas.

—La última vez que hablamos, usted me dijo que habrá un ordenador implicado en la operación. Y la doctora Willet acaba de describirme su función. Pero no acabo de entenderlo… ¿Cómo puede un ordenador decirle a un cuerpo lo que debe hacer? ¿Cómo funciona esa máquina?

—No hará absolutamente nada, si se refiere a eso. Aún estamos muy lejos de conseguir algo semejante. Lo único que hace esa máquina (y no pretendo subestimar su importancia, porque es realmente extraordinaria) es asegurar que no se detengan las funciones involuntarias del cerebro, que el sistema nervioso autónomo permanezca operativo. Y lo hace asumiendo esas funciones o, mejor dicho, el sistema de dirección de esas funciones. Piense en ello como en un piloto que es reemplazado por el piloto automático. O como un marcapasos, pero para el cerebro, no para el corazón.

»Lo que haremos, básicamente, será trazar un mapa completo del cerebro de su hijo. Lo hacemos de arriba abajo realizando mediciones de resonancia magnética de alta resolución. Estas mediciones se envían al ordenador una por una, capa por capa, de modo que, al finalizar el proceso, todo el cerebro ha sido escaneado. El ordenador conserva toda esa información; de hecho, reproduce la arquitectura completa del cerebro. Luego implantamos electrodos en el cerebro real. Esos electrodos se encargan de registrar la actividad cerebral y de enviarla al ordenador, que la lee y procede a almacenarla. Luego el ordenador puede imitar las transmisiones nerviosas mediante la activación de impulsos eléctricos similares. Nosotros enviamos esos impulsos eléctricos a través de los conductos nerviosos de la columna vertebral. Los pulmones, el corazón, las glándulas… a estos órganos no les importa de dónde proceden las señales siempre que continúen llegando. Y, entretanto, podemos, en efecto, desconectar el cerebro y trabajar con él.

—Pero pensé que había dicho que quizá no tuviese necesidad de utilizar el ordenador. Pensé que era como… una red de seguridad. Un soporte, así lo llamó.

—No lo creo. Realmente no quise dar esa impresión. No, necesitaremos ese ordenador. Verá, para poder extraer las células madre tendremos que cerrar el encéfalo. Y el ordenador tendrá que hacerse cargo de sus funciones.

Saramaggio hizo una pausa y miró a Scott para ver si entendía lo que le estaba diciendo. Así era, y parecía horrorizado… y furioso.

—¿Qué ocurre después? Quiero decir, al acabar la operación, ¿puede volver a conectarlo?

—Bueno, sí. Si no pudiéramos hacerlo, todo el procedimiento sería inútil.

—Pero ¿lo han llevado a cabo alguna vez? Saramaggio dudó una milésima de segundo antes de responder.

—Se ha hecho, sí. Pero, como ya le he dicho, sólo con animales.

—Pero nunca con seres humanos.

—No, nunca lo hemos probado con seres humanos. Con ratas, sobre todo. En una ocasión, con monos. Realizamos la operación completa. Y los monos son excelentes para prever lo que ocurre en los seres humanos. Es la misma disposición, básicamente.

—¿Y cuáles fueron los resultados?

—Bueno, parecen ser buenos. Los animales se recuperan; funcionan. El deterioro es mínimo. Naturalmente, resulta difícil de decir, tratándose de monos.

Saramaggio fijó la vista en el secante que tenía en el escritorio.

—Mire —dijo finalmente—, su hijo ha sufrido un extenso daño cerebral. No sé si puedo recuperarlo. No sé si alguna vez volverá a ser el mismo. Pero sí sé que esta operación, a pesar de lo radical, excepcional y arriesgada que parece, es su única oportunidad.

Scott trató nuevamente de que su ira no fuese demasiado evidente. Chantaje. La elección forzosa, sin alternativa. Pero no quería hacer nada que pudiera poner en peligro las posibilidades de su hijo. Dejó que Saramaggio continuara.

—Ahora bien, usted ha dado su autorización. Puede retirarla si así lo desea. Pero una vez que hayamos comenzado el procedimiento, una vez que yo haya atravesado las puertas del quirófano, no quiero que…

—Creo que lo entiende perfectamente —intervino Kate con cierta brusquedad, en un tono que hizo que Saramaggio se callara.

A continuación se levantó y Saramaggio, con una exagerada cortesía, hizo lo propio. Luego Scott se levantó de su silla, lenta y cautelosamente.

—No voy a cambiar de idea —dijo—. Sólo quiero conocer todos los detalles.

Saramaggio le explicó que, efectivamente, se trataba de dos operaciones: una para sacar el objeto metálico, instalar el ordenador y extraer las células madre y luego, alunas semanas más tarde, una vez que las células se hubiesen multiplicado por millones en el laboratorio, realizarían otra operación para implantarlas.

Cuando abandonaban el despacho, y casi como una idea tardía, Saramaggio tocó a Scott levemente en el codo y le dijo:

—Por cierto, esta primera parte, el escáner cerebral, lleva mucho tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Bueno, con un mono, casi dos, tres horas. Con un ser humano es difícil decirlo, pero llevará más tiempo. No podemos decirlo con seguridad.

Ese último comentario no había contribuido a aumentar la confianza de Scott.

 

El quirófano 7, el favorito de Saramaggio, estaba descartado; no era lo bastante grande para alojar la mesa d operaciones con todo el nuevo equipo informático, y se encontraba demasiado lejos de la sala donde se hallaba el aparato de resonancia magnética. De modo que tuvieron que utilizar el quirófano 9. Era espacioso y totalmente nuevo, pero Saramaggio no estaba satisfecho. Como la mayoría de los neurocirujanos, cuya necesidad de exactitud rayaba en la superstición, sólo se sentía cómodo cuando trabajaba en un entorno familiar. Si, de pronto, tu paciente comienza a sangrar de manera incontrolable, no quieres empezar a buscar por todas partes el electrocauterizador bipolar.

Tampoco estaba contento con el aparato de resonancia magnética. Hubiese preferido disponer de la versión ligeramente más antigua, ajustado como el tubo metálico de un puro, porque la resolución era fraccionalmente mayor, y Cleaver también había insistido en ello. Pero las paredes más estrechas del modelo antiguo aumentaban el peligro de infección, y finalmente había decidido que no merecía la pena correr el riesgo. Por esa razón, dos ayudantes habían estado limpiando la máquina a fondo, cada superficie, cada curva, durante dos horas.

Para la operación se había reunido a un equipo compuesto por catorce personas. El anestesista contaba con la ayuda de dos asistentes; la enfermera instrumentista tenía a su lado a otras dos enfermeras; Saramaggio tenía a Gully Singh, Kate y Thomas Greer, un neurocirujano de cincuenta y nueve años conocido por ser un hombre sensato y prudente, quien resultaría de inestimable ayuda si se necesitaba una opinión rápida sobre el terreno. Luego estaban los tres técnicos en imagen de resonancia magnética y un experto informático para asistir a Cleaver. Además, toda clase de neurólogos y cirujanos se dejarían caer por el quirófano en algún momento, probablemente incluso el propio administrador del hospital, Calvin Brewster, el viejo bufón. Permanecerían en un rincón, observando y estirando el cuello para poder ver mejor lo que sucedía en la mesa de operaciones, todo con tal de ser capaces más tarde de decir que habían estado presentes cuando se produjo el gran acontecimiento. Siempre, claro está, que todo saliese bien. Si no era así, todos ellos se evaporarían al instante.

Saramaggio no era totalmente optimista. Pero se esforzó en transmitir un aire de absoluta confianza y seguridad durante toda la mañana; es asombroso cómo los efectos teatrales intervienen en nuestra profesión, solía decirse a sí mismo. Estaba convencido de que había manejado con éxito la reunión con el padre del chico, sin importarle lo que pensara Kate. Él se daba cuenta de que lo culpaba de carecer de lo que ella podría llamar sensibilidad, y eso le preocupaba; si había algo de lo que se sentía realmente orgulloso, además de la propia cirugía, era su habilidad para explicarles las cosas de una manera sencilla a los afligidos familiares del paciente. Incluso disfrutaba al hacerlo. Pero Kate parecía tener ese aire de recriminación. Y quizá lo había imaginado, pero ella parecía haber puesto fin a la reunión de un modo casi abrupto. Tenía que admitirlo: aquella mujer estaba empezando a exasperarle. Parecía creer que tenía todas las respuestas. Esperaba no haber cometido un error cuando decidió contratarla. Era inteligente y capaz, tenía que reconocerlo, y siempre era gratificante tener a una mujer hermosa alrededor; sólo el aroma de su perfume era suficiente para despertar en él esa jactancia que siempre lo ayudaba a hacer mejor su trabajo. Pero si ella pensaba convertirse en una arpía que juzgara todos sus actos, entonces las cosas no funcionarían. Por no mencionar el hecho de que no sería capaz de llevársela a la cama. Ah, bueno. Suspiró. Tal vez se estaba volviendo viejo para ese tipo de cosas.

Reunió al equipo quirúrgico y les explicó que la operación se realizaría en cuatro fases. Primero quitarían el objeto metálico. Ésa sería, por muchas razones, la parte más peligrosa de la operación: extraer esa pieza metálica sin destruir tejido cerebral vital. Luego, siempre que el daño no hubiese sido importante y el paciente sobreviviera, se aplicaría el escaneado total con resonancia magnética. Eso sólo llevaría entre cuatro y cinco horas. A continuación se implantarían los electrodos y se pondría en marcha el ordenador. La cuarta fase consistiría en la extracción de las; células madre de la zona subventricular situada debajo de los ventrículos laterales llenos de líquido. Esas células se dejarían aparte para su cultivo exocraneal.

Por último, se volvería a colocar el cráneo, aunque no se sujetaría, y el paciente permanecería en un ambiente absolutamente estéril durante varias semanas. En ese tiempo, mientras el ordenador ayudaba a que funcionasen los pulmones y el corazón, las células madre se multiplicarían en cápsulas de Petri, utilizando como medio suero fetal bovino. Si las células madre conseguían desarrollarse hasta formar una colonia de neuronas sanas y diferenciadas y había un número suficiente de ellas, entonces, en algún momento del proceso —nadie sabía cuánto tiempo podía tardar—, se realizaría la operación final. Volverían a abrir el cráneo del paciente y se reinsertarían las neuronas en la región dañada por medio de una micropipeta unida a una jeringa. Se esperaba que las nuevas células se integrasen a través del mismo programa genético que hizo que el cerebro se desarrollara. En algún momento, si existía alguna evidencia de que todo estaba bien, apagarían el ordenador. No tenía necesidad de decir que una operación de esas características no se había realizado nunca antes; el equipo ya lo sabía.

—¿Alguna pregunta? —dijo con pretendida modestia, como un comandante de escuadrilla que impartiera órdenes a un grupo de jóvenes, asustados pero indómitos pilotos de la RAF a punto de despegar para dejar caer sus bombas sobre Alemania.

Los miró uno por uno; podía ver claramente la tensión en sus rasgos, e imaginó que sentía una súbita oleada de afecto por sus colegas.

La ocasión requería algo más, algunas palabras para la historia. Pero ¿qué?

—Sé lo que todos estáis pensando en este momento —dijo, aunque, de hecho, no tenía la más remota idea.

Hizo una pausa, vacilando y luego prosiguió:

—Y yo estoy pensando exactamente lo mismo. Pero no podemos dejar que eso interfiera en nuestro trabajo. Los primeros rayos X, el primer trasplante de corazón, la primera vez que se utilizó instrumental esterilizados. La medicina avanza de esta manera, con altibajos, a través de nosotros, sus profesionales. Pero hoy no debemos sentir eso… el peso de la historia. Debemos hacer simplemente lo que se espera de nosotros, debemos hacer nuestro trabajo.

Volvió a mirarlos a todos. Su discurso, de alguna manera, no había surtido el efecto que él esperaba. Aun así, sus palabras habían sido elocuentes.

—Muy bien —añadió—. Vamos allá.

Todos ocuparon sus puestos en el quirófano, con movimientos bien coordinados.

Gully rompió el hielo con otro de sus chistes de médicos, pero la respuesta fue muy tibia. Habitualmente, los quirófanos eran lugares ideales para contar anécdotas exageradas, chistes absurdos, historias interminables. Es como un campamento sin la hoguera; en su lugar, nos reunimos alrededor de un «cuerpo tendido», solía decir un viejo profesor de Kate, pero en ese quirófano en particular, advirtió ella, no había ninguna frivolidad.

Saramaggio miró a su izquierda, cerca de la mesa de Gerhardt. Había una rejilla de acero inoxidable, aún caliente debido a la esterilización, sosteniendo una bandeja metálica con diminutos electrodos y una serie de pequeñas cápsulas de Petri. Se dio cuenta de que no los había visto antes, y ese dato le impactó con renovada fuerza, ya que comprendió que pronto estaría llenando esas cápsulas con células extraídas de las propias cavidades centrales del cerebro; supo lo que estaba a punto de hacer jamás lo había hecho nadie.

Entraron al paciente en la camilla rodante, la cabeza cubierta con vendas estériles y esa obscena obstrucción aún allí, sobresaliendo como el cuerno de un unicornio. El pobre muchacho cuyo rostro parecía inerte y demacrado. Saramaggio sabía, de sus primeros años en la Facultad de Medicina, que mirar al paciente de esa manera no era bueno. Era mejor pensar en él no como en una persona, sino como en una máquina que necesita que le arreglen las conexiones, eso es todo.

El anestesista puso manos a la obra, y muy pronto el paciente estuvo profundamente dormido, con un tubo saliendo de la boca, sujeto con cinta adhesiva. La enfermera instrumentista lo tenía todo perfectamente ordenado. Kate estaba junto a Saramaggio, y también Greer, unos pocos mechones de pelo plateado asomando por debajo del gorro quirúrgico. Las máquinas zumbaban y emitían sonidos regulares.

Y antes de que Saramaggio se diera cuenta, oyó el zumbido del taladro y el chirrido que produjo cuando el residente se inclinó sobre el paciente y tocó el hueso con la mecha.

Después Cleaver entró en la sala, haciendo oscilar la puerta al abrirla con un dejo de arrogancia. Había traído consigo sus máquinas y, rápidamente, empezó a juguetear con ellas. Saramaggio odiaba admitirlo, pero sintió una oleada de alivio en cuanto lo vio vestido de verde, como un arbusto, y listo para actuar. Era un hombre excéntrico e impredecible, pero tenía que reconocerlo: la operación no se podía llevar a cabo sin él.