Ánima

John Darnton · Capítulo 8 de 63

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Ánima

Scott estaba en casa...

Scott estaba en casa cuando se produjo la llamada. Eran las cuatro de la tarde de un sábado y, habitualmente, a esa hora solía estar en algún lugar de la ciudad, haciendo algo en compañía de Tyler. Pero Tyler se encontraba en las Catskill y el día era sofocante. Se sentía apático, de modo que había decidido quedarse en casa holgazaneando y leyendo.

No tuvo una premonición. En ocasiones, cuando Tyler se marchaba fuera, incluso con los padres de Johnny, en quienes Scott confiaba plenamente, experimentaba una vaga sensación de ansiedad. Si persistía, caminaba por la casa e incluso echaba un vistazo en la habitación de Tyler, mirando la cama deshecha y todo lo demás. Sabía que era un comportamiento neurótico, pero se sentía mejor contemplando el cuarto y todos los objetos familiares: las estanterías llenas de libros, el ordenador, el escritorio con los cajones abiertos y los papeles en el suelo, los posters de Trainspotting y Reservoir Dogs en la pared, y el koala ocupando un lugar de honor en el sillón. Sin duda, si algo hubiese ocurrido, no estaría todo en su sitio.

Pero, esta vez, no hizo nada de eso. Esta vez apenas si había pensado en Tyler. Sabía que estaba en buenas manos y que se lo estaría pasando en grande. En cambio, pensó vagamente que, cuando su hijo regresara el domingo por la noche, lo llevaría a comer pizza y quizá al cine. Sabía que Tyler prefería ir al cine en compañía de sus amigos, pero su hijo era demasiado considerado como para negarse cuando su padre lo invitaba a hacer algo, y habitualmente acababan pasándolo bien los dos juntos.

De modo que Scott no estaba preparado cuando se produjo la llamada. Al principio ni siquiera supo quién lo llamaba. Era el padre de Johnny, pero su voz sonaba tan extraña, baja y temblorosa, que le llevó unos segundos reconocerla.

—Scott, escucha… escucha… Ha habido un accidente… No pudo escuchar nada más, aunque estaba oyendo cada una de sus palabras. Su mente se interpuso en el camino. Sintió que todo se oscurecía, como un telón que desciende, de modo que no pudo seguir oyendo nada más o ver nada más o pensar en nada más, en ese momento, no. Probablemente se trataba de su cuerpo, que se cerraba para protegerlo.

 

Hacía apenas dos semanas, Scott y Tyler habían ido de acampada a un lugar perfecto a la sombra de los Shawangunks, a una hora y media de viaje hacia el norte de la ciudad. Para Scott había sido una noche perfecta, una de las mejores en muchos años.

No había un alma en los alrededores. Los riscos se alzaban hasta una altura de ciento cincuenta metros detrás de ellos y hacían que el campamento fuese seguro, montado en la base de las paredes de piedra. Al mirar hacia arriba podían ver pequeños montones de ramas en los salientes rocosos, los nidos de los halcones que volaban lentamente en círculos aprovechando las corrientes de aire de la tarde. Un poco más adelante, al final de una pendiente, había un pequeño lago. Scott consultó el mapa y pensó que probablemente se trataba de Goose Pond, aunque no podía estar seguro de ello. Los caminos habían cambiado de dirección tantas veces, girando y volviendo hacia atrás, que no sabía dónde se encontraban exactamente. Pero eso no le preocupaba en absoluto; el hecho de estar un poco perdidos formaba parte de la diversión de acampar en medio de la naturaleza.

Tyler recogió leña para el fuego. Scott podía ver su camiseta roja en la distancia, apareciendo y desapareciendo entre los finos troncos de los cedros. Su corazón se emocionaba al verlo. Su hijo le parecía tan mayor…

Cometa, su perro —Tyler le había puesto ese nombre hacía muchos años, un nombre que sólo se le podría haber ocurrido a un niño—, corría a su lado, era un chucho feliz.

Scott dejó caer un trozo grande de beicon en la sartén y luego añadió patatas irlandesas cortadas en rodajas. Las patatas sisearon en la grasa caliente. Abrió una lata de alubias y sacó los panecillos y las salchichas. A Tyler le gustaba cocinar su propia comida.

Tyler regresó, excitado, portando una buena cantidad de leña.

—Papá, he visto cuatro venados —dijo, dejando caer los delgados troncos, y señaló en dirección al lago.

—Qué bien.

—Uno de ellos estaba en la orilla, bebiendo. Otros dos eran cervatillos. Tenían pequeñas manchas blancas en el lomo.

—Los venados algún oso.

—Ojalá me lo hubieras dicho antes. Nos siguieron durante todo el camino. —Ja, ja.

—Parecían hambrientos.

—Bueno, entonces será mejor que te comas tus salchichas antes de que lleguen.

Al día siguiente era el decimotercero cumpleaños de Tyler. Scott había envuelto su regalo, una navaja del ejército suizo, el modelo jumbo con cuatro hojas diferentes y ocho utensilios que se abrían hasta convertirlo en un puerco espín, y lo había escondido dentro de la mochila. Había planeado levantarse temprano y preparar huevos revueltos con cebolla, el plato favorito de Tyler. Colocaría la navaja sobre el tronco junto al lugar donde se sentaría. Y también tenía una cinta grabada en la que tres de los mejores amigos de Tyler cantaban Cumpleaños feliz; la usaría para despertarlo.

Atrás habían quedado los días en los que Tyler saltaba de la cama apenas se despertaba. Ahora gruñía y se quejaba y se hacía un ovillo adoptando esa postura que decía «Por favor, sólo un poco más». Adolescentes, ¿por qué necesitaban dormir tanto? ¿Acaso era porque estaban creciendo? ¿O era debido a todas esas hormonas que se volcaban en sus sistemas? O, quizá, pensó con una leve sonrisa, es simple agotamiento por estar todo el día tramando estrategias para engatusar a sus padres.

Comieron con apetito y en silencio. Tyler engulló tres bocadillos pero aún tenía hambre y se preparó otros dos. Scott siempre subestimaba su apetito.

En la tienda de la calle Cuarenta y dos había dudado un momento antes de comprar la navaja. ¿Era Tyler lo bastante mayor para usarla sin peligro? Se contuvo. ¿Lo bastante mayor? «Es prácticamente cuatro años mayor de lo que lo era yo cuando tuve mi primera navaja». Aun así, tendría que enseñarle a Tyler cómo cogerla, cómo mantener los dedos en los bordes del mango y abrir las hojas hacia fuera.

—Papá, ¿qué era lo que me estabas diciendo acerca de los árboles?

—Estos árboles son cedros. ¿Ves cómo se elevan rectos y altos y sus ramas forman una especie de cúpula? A los pies de los troncos no crece nada más y está despejado, con el manto de agujas en el suelo. Por eso los indios pensaban que esta zona era tan especial; para ellos era suelo sagrado.

Tyler miró a su alrededor, comprobando lo que su padre decía.

—Genial.

Scott observó a su hijo. Las llamas hacían que su rostro brillase, de modo que sus facciones, que últimamente parecían crecer de un modo desproporcionado, se destacaban nítidamente. Pero, aun así, era un chico llamativo. Sería un adulto muy atractivo. Sus ojos marrones ardían de inteligencia y, cuando sonreía, podía encantar a una serpiente. Sus labios eran carnosos y sensuales, como los de su madre.

Scott se sentía orgulloso del chico en el que se había convertido Tyler. En esos días había tenido que hacer un esfuerzo para reprimir el impulso de sobreprotegerlo, de envolverlo en capas de algodón. Era tanto lo que estaba en juego. En ocasiones lo sentía de un modo completamente egoísta: en ese pequeño —bueno, no tan pequeño cuerpo residían tantas cosas de su propio mundo. Si algo le sucediera, sería devastador para él. De modo que muchas veces debía contenerse, por difícil que le resultara, porque quería que Tyler creciera hasta convertirse en un hombre fuerte y capaz, dispuesto a enfrentarse al mundo. Sabía que estaba en una edad en la que necesitaba construir su autoestima, su confianza en sí mismo, haciendo frente a los desafíos, y éstos implicaban indefectiblemente un riesgo. Pero eso era difícil para un padre. El mundo le parecía un lugar peligroso, y por una buena razón. Estaba lleno de tormentas, terremotos, animales venenosos, coches que se estrellaban y gérmenes que propagaban enfermedades… «Y aviones que caen del cielo».

Si sólo hubiese alguna manera de que un padre pudiese controlar el riesgo, pensó, de aceptar el riesgo en dosis razonables, como si fuesen cucharadas de un medicamento…

Buscó en su mochila la vieja y abollada cafetera de filtro, llenó la parte superior con café recién molido y la colocó encima de las brasas. Mientras esperaba a que se hiciera el café, abrió la segunda lata de cerveza. En un primer momento había pensado en incluir una botella de whisky, pero pronto desechó la idea; conocía los peligros de las bebidas alcohólicas fuertes, era una maldición que se remontaba a varias generaciones de su familia. Su padre había muerto en un accidente de tráfico cuando él era joven, y su madre, que nunca volvió a casarse y lo había criado sola en una calle arbolada de Washington, D. C., había sido una alcohólica durante la mayor parte de su infancia. Murió tras doce años sin probar una gota de alcohol, con la ayuda de Alcohólicos Anónimos, de modo que él sabía de qué hablaba. Era consciente de que uno de los primeros signos de que hay problemas es beber solo.

Se apoyaron en los troncos y observaron la fina columna de humo que ascendía hacia las copas de los cedros. Comenzaba a oscurecer y podían ver pequeños fragmentos de cielo y nubes teñidas con la luz rojiza del crepúsculo.

Le dieron las sobras de la comida a Cometa, que las devoró con avidez.

Tyler parecía contento, y eso hacía que Scott se sintiese feliz. Nada en el mundo, pensó, podía hacerlo más feliz que ver a su hijo en paz. Le alegraba haber salido de acampada cuando Tyler era pequeño. Durante años habían explorado juntos algunos bellos parajes próximos a Nueva York, habían esquiado en Vermont, navegado en el canal de Long Island, disfrutado de las cálidas noches de verano durmiendo entre las dunas en Cape Cod… Obviamente, nada de todo ello compensaba la ausencia de una madre, nada podía reemplazar eso, pero era un vínculo de parentesco masculino. Era algo a lo que podían aferrarse durante los años de conflictos que ahora debían atravesar. Ya se habían producido innumerables momentos de distanciamiento, momentos en los que Tyler llegaba del colegio de malhumor, distante, y se envolvía en una coraza de ira silenciosa, encerrándose en su cuarto con la música a todo volumen. Y había momentos, también, en los que se sentían incómodos en compañía del otro y no tenían mucho que decirse.

El café estaba listo. Vertió un poco en una pequeña jarra de metal y sintió cómo el calor, se distribuía hasta el asa.

—Papá —dijo Tyler, alzando la vista hacia la cima del risco—, no olvides tu promesa.

—¿A qué te refieres?

—Me dijiste que cuando cumpliese trece años podría practicar la escalada. Éste es el mejor lugar del país para hacerlo.

Scott sintió una punzada de pánico que le subía desde el estómago.

—No digas tonterías. No tenemos el equipo necesario para hacerlo. Ni siquiera sabemos cómo se hace.

—No me refiero a mañana. Quiero decir pronto. He estado hablando de ello con Johnny. Él también quiere hacerlo. Aquí hay un sitio donde te enseñan a escalar. Scott sintió que su pulso se tranquilizaba. No era un problema al que debiera enfrentarse en ese mismo instante.

—Bien, ya veremos —dijo.

—Papá —la palabra incluía ahora un tono de queja—, lo prometiste.

—He dicho que ya veremos. Y ya es suficiente.

Sabía que su amonestación tenía mucho menos peso que hacía apenas un tiempo. Hubo una época en la que, cuando él decía «ya es suficiente», era realmente suficiente.

—Y también dijiste que podría sacarme el permiso de conducir y que, a los dieciocho años, podría saltar en paracaídas.

—Tal vez.

—No dijiste tal vez; dijiste que podría hacerlo. —Ya veremos. Y ya es suficiente.

Tyler frunció el ceño.

Scott se tomaba muy en serio las responsabilidades del padre único. Trataba de llevar un hogar normal, aunque no era una tarea fácil estando ellos dos solos. Se había mudado a Nueva York para evitar los viajes en tren. Esas horas adicionales eran realmente preciosas. Tenían un loft espacioso con bicicletas, bates de béisbol, zapatillas y objetos masculinos de toda clase. Al tener que cumplir doble turno como padre, Scott había dejado su carrera en segundo término. Para convertirte en un fotógrafo importante, como había sido su intención hacía muchos años, tenías que ser un trotamundos, debías tener siempre la maleta preparada junto a la puerta. Había aprendido a rebajar su ambición. No aceptaba trabajos fuera de la ciudad, participaba ocasionalmente en sesiones fotográficas con modelos, e incluso, que Dios lo ampare, preparaba carpetas de actores; lo que hiciese falta, para pagar el alquiler. Era lo bastante bueno como para que los editores de las revistas más importantes recurrieran a él cuando estaban entre la espada y la pared.

Tyler y él. Dos contra el mundo. Casi le halagaba la forma en que luchaba por construir un mundo de confort burgués para su hijo; pero sin una madre no estaba completo. Cada vez que veía a Tyler mirando algún programa en la tele en que aparecía una familia de cinco miembros, sentía que le daba un vuelco el corazón. Acudía solo a las reuniones con los profesores, a las obras de teatro en el colegio, a los partidos de béisbol en Central Park, sintiéndose fuera de lugar, como un «solterón». Todos los demás parecían estar emparejados, al igual que los animales que subían la rampa del arca de Noé, solía pensar. Cómo se henchía de orgullo su corazón cuando los amigos de Tyler iban a su casa a pasar el rato; hacía que todo pareciera, durante unas horas, felizmente normal.

Cuando lo llamaron para decirle que el avión en el que Lydia viajaba se había estrellado, sintió que su vida se partía en dos. Había llevado su pena a todas partes, como si fuese un saco de piedras, y sólo había podido superar el trance por su hijo. Al principio se negó siquiera a considerar la posibilidad de volver a casarse; le parecía una deslealtad. Habían estado casados poco tiempo y, sin embargo, habían llegado a formar un equipo perfecto, una unidad sólida. A ella le encantaba planear el futuro juntos, hablando de todo, desde la pintura para la casa de sus sueños (amarillo pálido, de madera, estilo colonial) hasta el número de hijos que tendrían (cuatro, quizá cinco). Ella lo había diseñado con tanta intensidad que no resultaba fácil volverle la espalda. Y entonces, cuando estuvo preparado para salir con otras mujeres, las cosas nunca funcionaron. Había tenido varias parejas, relaciones serias en algunos casos, pero ninguna parecía ajustarse a lo que él necesitaba. Se cuidaba de que durmiesen en la pequeña habitación que había en la parte trasera del loft, de modo que, cuando Tyler venía a remolonear como hacía todas las mañanas, siempre lo encontraba solo en la enorme cama. Era curiosa esa insistencia en mantener un código moral estricto; estaba seguro de que si Lydia estuviese viva, los dos se habrían mostrado mucho más liberales en cuanto a la educación de su hijo. Tarde o temprano, las mujeres se cansaban de competir.

Acabó el café y dejó la jarra de metal apoyada en el tronco.

Siete años, pensó, desde aquella llamada telefónica. Siete largos años. De alguna manera, había conseguido superarlo. Lo había hecho lo mejor que había podido. Y, a veces, como en ese momento, cuando miraba a Tyler, pensaba que lo había hecho jodidamente bien.

—¿Preparado para dormir? —preguntó.

Tyler asintió.

Se alejaron del fuego y encontraron un pequeño claro para extender sus sacos de dormir. Podían sentir el heno debajo. Los pies, con los calcetines de lana, estaban calientes dentro de los sacos. Cometa se tumbó a un par de metros con un leve gruñido.

En el cielo brillaba una media luna, suficiente luz para divisar el paso de una nube solitaria y extraviada. Luego el cielo se aclaró y se encontraron contemplando las estrellas.

—Papá, ¿podrías volver a señalarlas?

Ése era uno de los rituales que practicaban cuando se encontraban al aire libre. A Tyler le gustaba reconocer las constelaciones, pero en realidad quería algo más, algo que llegaba al final.

Scott comenzó a nombrarlas, guiando a su hijo de una a otra. La Estrella Polar, la Osa Mayor, la Osa Menor, Casiopea. Cubrió toda la bóveda celeste que se extendía sobre sus cabezas. Y entonces llegó a la que ambos estaban esperando: Orión.

—Y allí, mira el cinturón. Y colgando del cinturón, están las tres estrellas pequeñas que forman su cuchillo. Ahora fíjate hacia dónde apunta.

Tyler lo hizo. Vio una pequeña estrella, solitaria, que brillaba intensamente.

—¿La ves?

—Sí —contestó Tyler.

—Ésa es.

Scott recordó la primera vez que había encontrado esa estrella para Tyler y le dijo que era de su madre, y recordó también haberle explicado los versos sencillos que Lydia y él habían compuesto hacía muchos años, durante su luna de miel: «Por las estrellas de Orión, juro que eres mío/mía».

Recordó el momento en que se registraron en el hotel, firmando por primera vez como señor y señora.

Le emocionaba ver cómo le gustaba a Tyler escuchar historias de ambos.

—Papá, ¿recuerdas cuando me explicabas todas aquellas historias de Jingo?

—Por supuesto.

—Todas las noches una diferente. Jingo acababa peleando con gatos callejeros o cayendo por un viejo pozo o comiendo una hoja extraña y encogiéndose hasta hacerse tan pequeño como un saltamontes.

—Pero siempre llegaba a casa, a su cama, sano y salvo. —Una vez que pasaba a través de la pequeña puerta blanca.

De pronto, Scott tuvo la imagen de Tyler, muchos años atrás, acostado en su cama, debajo de la cabecera de madera tallada, la manta metida debajo de la barbilla, escuchando el relato con sus ojos marrones muy abiertos. Cómo le había gustado a Tyler aquel ritual. Y cuando fue un poco mayor le encantaba escuchar el comienzo de la historia, el resto lo recitaba solo, sin olvidarse jamás una sola palabra. Jingo frotaba la piedra mágica:

Y entonces sucedió algo muy extraño. Al principio sintió calor y luego frío. Y después el calor disminuyó y el frío también. Y, finalmente, se sintió bien.

Y cuando abría los ojos estaba delante de una enorme mansión blanca, «la casa de las mil habitaciones». Cuando Tyler se dio la vuelta para dormir, Scott deseó que la vida real pudiese ser así, siempre con un final feliz, incluso uno que se pudiese añadir por conveniencia, una pequeña puerta de salida para asegurarse de que todo estuviese bien.

Scott conducía por la autopista de Nueva York a velocidad de vértigo. Intentó reducir la marcha en dos o tres ocasiones para que no lo detuvieran por exceso de velocidad; no por temor a la multa, sino porque no creía que pudiese soportar la espera mientras el guardia la rellenaba. Pero su mente se disparaba hacia tantas direcciones diferentes que apenas podía concentrarse en la conducción. Cada vez que echaba un vistazo al cuentakilómetros, la aguja marcaba ciento treinta por hora.

Oyó una voz, la suya, murmurando las mismas frases una y otra vez: «Oh, Dios, por favor, no permitas que muera. No permitas que muera. Haré cualquier cosa. Pero no permitas que muera». Habitualmente no pensaba en Dios, pero no le resultaba extraño que ahora le estuviese rezando. Rezó por varias cosas, y las ordenó según la prioridad: primero, que Tyler viviera. Luego, que no hubiese resultado herido de gravedad y pudiese recuperarse completamente. «Y el dolor, por favor, no permitas que sienta dolor. Pon eso primero en la lista. Y, por favor, asegúrate de que el hospital es bueno y de que haya un médico competente presente que sepa lo que hace, y si tienen que operarlo, por favor, no permitas que eso suceda, pero si es así, entonces asegúrate de que el cirujano es realmente bueno y no comete errores».

No tenía muchos más datos de lo que había sucedido, sólo sabía que había habido un accidente. Había sentido que su corazón se detenía en ese instante; todo su cuerpo se puso rígido al oír la temida palabra, y de inmediato supo que se trataba de Tyler. Quien llamaba era el padre de Johnny y, por un segundo, Scott esperó que hubiese sido Johnny quien había sufrido el accidente. Pero, naturalmente, sabía que no era así, porque, en ese caso, ¿por qué razón lo habría llamado a él el padre de Johnny, y por qué iba a tener ese tono tembloroso y culpable en la voz? Todo esto pasó por su cabeza antes incluso de haber escuchado la siguiente frase. Y luego el padre de Johnny le explicó lo que había sucedido y le dijo que había ocurrido mientras estaban escalando… Escalando. Le dijo a Scott que podía ser grave, pero aún era pronto para hacer un diagnóstico. Probablemente estuviera mintiendo, protegiéndose; probablemente ya sabía que se trataba de algo serio y pensaba que estaba haciendo lo correcto al comunicárselo sin dramatismo.

Scott le había dicho mil veces a Tyler que no podía ir de escalada hasta que no estuviese totalmente preparado, hubiese realizado algunos cursos y supiera lo que estaba haciendo. Pero Tyler no le había escuchado. Había querido hacerlo de todos modos; no podía esperar. Estaba tan ansioso por la aventura, por la vida… era tan impaciente. ¿Por qué ese pensamiento debía hacer que Scott lo amase más? Porque era así, no exactamente amarlo más, porque eso sería imposible, sino conectarlo con el amor de un modo tan intenso que todo resultaba doblemente insoportable. Se imaginó a Tyler tratando de tomar una decisión, en el límite de la desobediencia, preguntándose si debía escalar aquella montaña o no, y finalmente decidiendo seguir adelante. Pensar en ello no hizo más que confirmarle cómo era Tyler, lo precioso que era para él. Y, sin quererlo, Scott comenzó a pensar en toda clase de cosas relacionadas con Tyler: cuán inteligente, generoso y divertido era, su sonrisa contagiosa, que brotaba espontáneamente cuando terminaba de contar un chiste, cómo era de abierto en su amor, sus numerosos dones y, aunque pareciera un pensamiento superficial, lo guapo que era. Tenía las mismas pestañas largas de su madre.

«Últimamente incluso parecía estar pendiente de lo que yo hacía —pensó Scott —. Era algo tan conmovedor, tan típico de su generosidad. Como lo bueno que llegó a ser jugando al ping-pong; antes, cuando era pequeño, yo solía perder deliberadamente un par de puntos para salvar su orgullo, pero con mucho cuidado para que no me descubriera, y la última vez que jugamos… ¿cuándo fue? Oh, sí, en el sótano de la casa de aquel chico, y de pronto comenzó a adelantarse en el marcador y yo me propuse descontar la ventaja que me llevaba y miré al otro lado de la red, y cuando vi su cara lo supe: ahora era él quien estaba perdiendo deliberadamente los puntos y trataba de hacerlo de forma furtiva, como yo».

Y, súbitamente, una imagen cruzó por la mente de Scott: Tyler corriendo por la playa en Cape Cod, Cometa ladrando tras él, Tyler lanzándose hacia las olas con el perro cogido en brazos, y ambos revolcándose en el agua, riendo. Tanta vida, tanto amor por la vida, en esos huesos tan pequeños.

Scott comenzó a llorar. Las lágrimas corrían por sus mejillas y le resultaba difícil ver la carretera; no se molestó en enjugarlas, sino que dejó que fluyeran y las secara el viento. «Por favor, Dios, por favor, por favor, por favor, no permitas que muera».

Recordó que el padre de Johnny había mencionado algo acerca de una herida en la cabeza y que Tyler había caído un poco. La cabeza, eso era preocupante; podía significar algo realmente grave. No podía pensar en ello. ¿Y caer un poco? ¿Qué significa exactamente caer un poco? ¿Qué clase de eufemismo era ése?

Scott llegó al hospital Kingston poco después de que lo hiciera la ambulancia. Fue directamente a la sala de urgencias y, en cuanto vio a Johnny y a sus padres en la sala de espera, la expresión en sus rostros, supo que las noticias no eran nada buenas. Se reunió con ellos, pero no pudo mirarlos a los ojos. Johnny se mantuvo apartado, como si se sintiera culpable.

Los padres de Johnny le dijeron que Tyler estaba dentro y que los médicos parecían realmente competentes y que estaban esperando a que uno de ellos saliera para informarles.

Scott giró sobre sus talones y atravesó las puertas giratorias para entrar en el área de urgencias. Había cuatro o cinco habitaciones separadas, pero supo al instante cuál era la que estaba buscando gracias a una especie de conmoción interna, y se dirigió hacia allí, dispuesto a apartar de su camino a cualquiera que intentase detenerlo. Se detuvo un instante en el umbral y vio a un grupo de personas vestidas de blanco, de espaldas a él, inclinadas sobre una camilla. Y entonces una de ellas se movió ligeramente y pudo ver el cuerpo cubierto con una sábana —su hijo, por el amor de Dios—, y luego vio la cabeza, que estaba vuelta de lado, con un poco de sangre. Se acercó y los médicos se apartaron y le permitieron estar allí. Cogió la mano de su hijo.

Permaneció unos momentos mirándolo, examinándolo, absorbiéndolo todo intensamente, cada pequeña mancha de sangre.

¿Qué era eso que sobresalía de su cabeza?

Intentó hablar con Tyler, suavemente al principio, pronunciando su nombre, luego alzando un poco la voz. Pero no hubo respuesta.

Llegó otro médico y se presentó —Scott no alcanzó a oír el nombre—, y trató de rodearle el hombro con el brazo, pero luego lo pensó mejor.

—¿Podemos salir un momento?

Scott estuvo a punto de decirle que no, que no quería dejar a su hijo, pero luego pensó que quizá, de algún modo, Tyler podía oírlos y, por tanto, tal vez fuese razonable salir de la habitación. Se alejaron unos pasos de la puerta.

—Me gustaría poder decirle algo más, pero aún no hay nada seguro. Ignoramos la extensión del daño sufrido por su hijo. Tiene algunos huesos fracturados, el hombro izquierdo y el brazo derecho. Fue una caída muy dura. Creo que intentó girar en el aire para enderezar el rumbo. El médico intentó esbozar una media sonrisa. Era joven. Scott se fijó en su labio superior, donde tenía una película de sudor, y trató de concentrarse en lo que estaba diciendo. Sabía que el hombre estaba evitando la cuestión principal.

—Sus constantes vitales son buenas, sorprendentemente buenas. Su corazón es fuerte. El pulso es normal. Ha perdido mucha sangre pero le estamos haciendo transfusiones y no ha habido problemas. En ese sentido, todo va bien.

El médico hizo una pausa, eligiendo con cuidado las palabras.

—Lo que no sabemos, lo que no podemos determinar, es la gravedad de la herida que ha sufrido en la cabeza. La estamos enfriando para detener la inflamación. Le hemos hecho unas radiografías; muestran daños en la corteza cerebral y tal vez más profunda. Es difícil de precisar. No podemos… Es difícil determinar la extensión del trauma con esa herramienta aún clavada en el cráneo.

—¿Qué es?

Las palabras de Scott sonaban huecas.

—Un Camalot del número dos. Los escaladores lo utilizan para sujetar sus cuerdas. Lo insertan en una grieta y se abre. Ese chisme cayó al vacío y alcanzó a su hijo, aparentemente desde una gran altura. —El médico frunció el ceño—. ¿Nadie le ha explicado lo que ocurrió?

—No con detalles —respondió Scott, negando con la cabeza.

—Esa familia… la que está en la sala de espera. Amigos suyos, según tengo entendido. Ellos pueden explicarle todo lo que pasó. Su hijo estaba allí; él lo vio todo.

Scott no quería dejar solo a Tyler.

—Pero, en cualquier caso, he visto lo suficiente como para saber que aquí no disponemos del equipo necesario para tratar esa clase de herida —prosiguió el médico—. Su hijo requiere un nivel de práctica y experiencia que aquí no tenemos. Él necesita el mejor… el mejor neurocirujano, el mejor equipo, los mejores cuidados. Estoy seguro de que estará de acuerdo conmigo.

Scott asintió. De eso no había ninguna duda.

—De modo que estoy haciendo todos los arreglos necesarios para que su hijo sea trasladado de forma inmediata al hospital St. Catherine en Nueva York. Es el hospital que cuenta con el centro neurológico más importante y avanzado del país, quizá del mundo. El doctor Leopoldo Saramaggio, no hay nadie mejor que él. Si alguien tuviese que operar a mi hijo, él sería el elegido.

—Pero ¿cómo…?

—¿Cómo irá hasta allí? Evacuación de emergencia. Helicóptero. Ya está en camino.

Scott ni siquiera preguntó si podía ir en el helicóptero. Nadie podría habérselo impedido.

Se reunió brevemente con los padres de Johnny, quienes le explicaron todo lo que sabían acerca del accidente sufrido por Tyler. Johnny guardaba silencio, de modo que, al final, Scott lo rodeó con su brazo.

—Scott —empezó a decir el padre de Johnny—. No sé cómo decirte esto… me siento fatal. Lamento que… Scott hizo un gesto con la mano indicándole que no tenía sentido hablar de eso ahora. No quería oírlo, ahora no. Había muchas cosas que hacer.

Les dio instrucciones para que llevasen su coche de regreso a Nueva York. Ellos se ofrecieron a esperar junto a él, pero les dijo que no, que no era necesario. Los tres se marcharon, apesadumbrados, sin volver la vista atrás.

Scott regresó a la sala de urgencias. Minutos más tarde escuchó el sonido de un helicóptero que se acercaba, el traqueteo característico de las hélices. Fuera, los arbustos se agitaron con violencia en medio de una nube de polvo.

Se sorprendió al no ver el aparato. Aterrizó en el techo del hospital.

Tyler fue colocado en una camilla que empujaron hasta el ascensor y llevaron en andas hasta el helicóptero, porque la azotea estaba cubierta de guijarros incrustados en el alquitrán. El aparato había aterrizado en un cuadrado de asfalto, justo en el interior de un círculo blanco. La camilla fue cargada por la parte trasera, y Scott entró tras ella.

Se las arregló para hacer todo el viaje, desde la sala de urgencias hasta el interior del monstruo ruidoso, sin soltar la mano de Tyler. La cabeza de su hijo estaba envuelta en unos tubos de plástico llenos de hielo. Aun así, Scott podía ver el mango de aquella odiosa herramienta metálica. Tuvo que hacer un esfuerzo para mirarla.