Ánima

John Darnton · Capítulo 20 de 63

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Ánima

A las tres de la tarde...

A las tres de la tarde llegaron los de la empresa de mudanzas. Cleaver, bajando de dos en dos los peldaños de la escalera trasera que comunicaba con la zona de carga, reprimió una punzada de fastidio al ver un enorme camión de mudanzas y un viejo y destartalado Chevrolet. Bajaron cuatro jóvenes hispanos, el conductor alzándose el cinturón de un tirón y uno de los pasajeros de piel aceitunada estirándose la camiseta en la cintura para realzar el volumen de su musculatura. Para Cleaver tenían todo el aspecto de inmigrantes ilegales. Un tercero encendió un cigarrillo y exhaló una fina columna de humo azulado.

No era lo que él había esperado, a duras penas los heraldos de la gran ocasión que él había estado anticipando.

Pero una sola mirada a Quincy, que saltó de la cabina del enorme camión con una caja de seis cervezas bajo el brazo, le bastó para saber que debía andarse con cuidado. Quincy estaba mosqueado. Y se desviaba ligeramente al andar. ¿Ya había comenzado a beber?

—Pensé que no querrías que nadie nos viese cuando descargásemos la máquina —dijo con visible irritación.

—Está bien. No tiene importancia. Todo es legal.

—Y una mierda. —Quincy se dirigió a la parte trasera del camión—. ¿Me estás diciendo que tú respondes por toda esta basura?

—Totalmente —mintió Cleaver.

Quincy subió al muelle de carga y se tendió en el suelo, dejando que Cleaver se encargase de dirigir a los trabajadores en su rudimentario español, que los hizo reír a carcajadas. Se movía por todas partes como una gallina clueca, señalando el camino, comprobando el acolchado debajo de los embalajes de madera, asegurándose de que la máquina no sufriese ningún rasguño en los montacargas que la bajaron a una habitación especial en el sótano del edificio. En un momento dado, al salir del montacargas, chocaron contra una pared, lo cual abrió un pequeño orificio y provocó una ligera avalancha de yeso. Pero la máquina no sufrió ningún daño.

Cleaver había estado acondicionando la habitación durante semanas y ahora estaba lista, insonorizada, bien iluminada y pintada, alimentada por un tableado eléctrico de alta capacidad y absolutamente limpia. Una vez en su interior, los cuatro hispanos atacaron los embalajes con martillos de orejas. Cleaver hizo que se llevaran las maderas y el relleno. Después los dirigió para que colocasen la máquina donde él quería, junto a una pared, dando un paso hacia atrás para conseguir el mejor efecto, indicando un par de centímetros hacia uno u otro lado con el índice extendido.

Esperó a que los trabajadores se marcharan, y cuando finalmente lo hicieron y se encontró solo, caminó por el amplio sótano estudiando la máquina desde todos los ángulos. Pasó los dedos a lo largo del cilindro exterior, suave y brillante. Movió la camilla deslizante atrás y adelante y sostuvo en el aire el ceñido casco con sus dos receptáculos oculares que semejaban hueveras. La idea de colocarlos debajo de los párpados para enviar mensajes directamente al cerebro le produjo un estremecimiento de ansiedad.

Quincy apareció en el vano de la puerta, se acercó a una silla, se instaló en ella y bebió casi con furia de la lata de cerveza que llevaba en la mano. Su acné brotaba en media docena de volcanes de puntas blancas.

—Esto te costará un montón de pasta —señaló, secándose la cerveza de la barbilla con el dorso de la mano—. Tendrás que subvencionar a toda mi jodida comuna durante mucho tiempo.

Cleaver estaba harto de él, le molestaba todo lo que Quincy representaba. Y hablar de dinero en un momento como ése, nada menos…

—No tienes por qué preocuparte. Te pagaré lo que acordamos. Y quizá más, si decido hacerte un contrato de servicio.

Quincy se burló de la idea y lanzó la lata vacía a una papelera. Falló el tiro.

Cleaver recogió la lata y la colocó delicadamente en la papelera, de pie. Se levantó y volvió a mirar el estimulador receptor transcraneal. Quincy había construido dos, lo cual era perfecto. Un científico siempre necesita un respaldo. Las cosas importantes siempre vienen a pares. El Gordo y el Flaco.

—Permíteme que te pregunte algo —dijo súbitamente—. ¿Por qué dejaste la otra máquina en el laboratorio? ¿Qué planeas hacer con ella?

Quincy sonrió desagradablemente.

—Un recambio. La necesito para introducir mejoras. Especialmente si voy a tener un contrato de servicio. Cleaver no sabía si estaba siendo sarcástico o no.

—Pongámonos manos a la obra. Enséñame cómo funciona este chisme.

—Necesitarás un ayudante.

—Ya tengo uno. Un tío joven, Félix. No es una lumbrera, pero servirá.

Llamó a Félix por el intercomunicador.

—Necesitarás algo más —observó Quincy, indiferente ahora, casi filosófico.

—¿Qué?

—Alguien a quien meter dentro. Y… ¿cómo podría decirlo? Alguien a quien nadie echara de menos si las cosas no sale bien. Alguien desechable.

Cleaver se permitió una falsa carcajada.

—En ese sentido no hay ningún problema —dijo—. Tengo todo un pabellón lleno de candidatos.

—¿Y están dispuestos a sacrificarse por la ciencia? ¿Se lo has preguntado?

—Han firmado las renuncias, si te refieres a eso.

—Hum. Consentimiento consciente, ¿es eso? De una panda de chiflados.

En ese momento, Félix apareció en la puerta del sótano. De pie junto a él, debajo de su brazo extendido, había otro hombre, un paciente, a juzgar por la bata de algodón de rayas que colgaba de sus hombros. Quincy lo miró, era un hombre de aspecto ratonil, de unos cincuenta años, con unos ojos que parecían brincar alrededor de la habitación, observándolo todo. Tenía marcas rojas en torno a los ojos, como si hubiese estado llevando gafas protectoras.

—Ah, y aquí tenemos a uno de ellos. Qué oportuno.

—Adelante —dijo Cleaver, como si fuera el genial anfitrión de una cena de gala.

Félix empujó levemente al paciente y el hombre avanzó con pasos vacilantes.

—Te presento a Quincy. Quincy, éste es Herbert Mann. Ya lleva algún tiempo con nosotros… ¿cuántos años? Quince, aproximadamente. Herbert está un tanto desorientado. Piensa que la gente quiere cogerlo. Pero nosotros no, ¿verdad?

Quincy se levantó pero no le estrechó la mano. En lugar de eso, abandonó el sótano.

—No tienes nada que temer —dijo Cleaver—. No pasará nada. Sólo quiero que te familiarices con esta habitación. Hoy es simple orientación. Como el primer día de escuela. Llevó a Herbert hasta una de las máquinas.

—¿Por qué no pruebas ésta? Sólo tienes que acostarte. Aquí. Quiero que te acostumbres a esta máquina. Te servirá de gran ayuda. ¿Ves cómo se desliza esta camilla adelante y atrás? Y entra en esa cosa grande de metal. ¿Lo ves? No hay nada que temer. Esta máquina hará que te sientas mucho mejor.

Estuvo tentado de probar la máquina en ese momento, pero se contuvo. Las cosas aún no estaban listas y los protocolos experimentales no estaban en su lugar. Le dijo a Félix que llevase a Herbert de regreso al pabellón.

Quincy regresó con otra lata de cerveza y le dio unas instrucciones rudimentarias para manejar el ERT, aunque sin demasiado entusiasmo. Además, la máquina era tan sencilla y revolucionaria que resultaba muy fácil manejarla.

—Sólo hay una cosa que debes recordar —dijo Quincy—. Se trata del límite de tiempo. Siete minutos y ni un segundo más. Luego, todo el sistema estalla.

—¿Y después?

—No tengo ni puñetera idea.

Cuando se marchaba, miró a Cleaver por encima del hombro.

—No lo olvides, Deep Blue empieza a pedir caviar —añadió.