Ánima
Cleaver recorrió el sendero...
Cleaver recorrió el sendero que unía el puente con Pinegrove. El sol se ocultaba en el horizonte, un anochecer de verano, el aire salobre agitándose en el intenso calor. Detrás de él podía oír el ruido de los coches que cruzaban el puente; a ambos lados, barcazas y pequeñas embarcaciones navegaban arriba y abajo del río; en el cielo, un avión volaba hacia la luz del crepúsculo.
Sus pensamientos se agolpaban con nerviosismo. La operación, hasta el momento, había sido un éxito. Saramaggio había estado magnífico en el quirófano; Cleaver debía admitirlo. Era un procedimiento revolucionario, la clase de operación que podía convertirlo en una leyenda. Pero la verdadera revolución se había producido con los ordenadores, que funcionaban perfectamente y estaban comenzando a hacerse cargo del sistema autónomo del chico. Cleaver había contenido la respiración durante la maniobra de cambio de sistema, pero todo había funcionado con normalidad, como una locomotora en un cambio de vías. Ahora bien, si sólo continuaba funcionando.
Nadie parecía reconocer realmente la importancia de los ordenadores. En la excitación propia del momento, conscientemente contenida —después de todo, era un hospital—, el mérito fue para Saramaggio. Eso escocía. Pero, pensándolo mejor, todo estaba bien. Permitía que Cleaver continuase su investigación fuera del foco principal. Y, algún día, todo se aclararía. Algún día todos ellos se darían cuenta de la importancia de lo sucedido. Resultaba casi divertido: Saramaggio estaba henchido de orgullo; pensaba que él era el importante porque ocupaba el asiento del conductor. No comprendía que la importancia residía en el nuevo vehículo que estaba conduciendo.
Cleaver rememoró los días en los que había comenzado, veinticinco años atrás. Ya entonces había oído hablar de Saramaggio, el cirujano prodigio que realizaba operaciones a cerebro abierto como si estuviese en una cadena de montaje. Lo hacía por la razón tradicional: quería mejorar los síntomas de la epilepsia y aliviar el sufrimiento de los pacientes. Cleaver también estaba interesado en esa clase de operaciones, aunque por una razón bien distinta: quería separar los hemisferios cerebrales porque deseaba ver lo que ocurriría al hacerlo. Quería verlos en lucha. Estaba fascinado por el concepto de conciencia dual. Imaginen: dos personalidades enfrentadas en el mismo cuerpo. ¿Cuál de ellas ganaría esa lucha por la supremacía? El cerebro izquierdo, que actuaba a través de la mano derecha, realizaría una acción determinada, y el cerebro derecho, actuando a través de la mano izquierda, haría exactamente lo contrario. ET acto más simple convertía a la persona en un campo de batalla de voluntades en conflicto. Recordaba haber leído algo acerca de la joven paciente de Dakota del Norte a quien le preguntaron si tenía alguna sensación en su mano izquierda, y ella contestó: «¡Sí! ¡Esperad! ¡No! ¡Sí! ¡No, no! Esperad, sí». Le mostraban un papel con las palabras «sí» y «no» escritas en él y le pedían que señalara la respuesta correcta. Ella miró la hoja de papel con expresión de impotencia; luego su índice izquierdo señaló «sí», y su índice derecho, «no».
Cleaver, que no era cirujano, no había trabajado con seres humanos, pero sí lo había hecho con animales. Hacía ya tanto tiempo de aquellos primeros experimentos; sentía nostalgia al recordarlo. ¿Con cuántos cientos de monos y gatos había experimentado? ¿Cuántos había «sacrificado»?, un término médico cuya brutal simplicidad siempre le había atraído.
Pensó en miembros fantasmas y en cómo habían señalado el camino del trabajo de su vida. Los médicos solían rascarse la cabeza en un gesto de perplejidad, enfrentados a pacientes que habían sufrido una amputación que insistían en que, aunque les faltara un brazo o una pierna, aún podían sentirlos. A veces, el miembro fantasma solamente escocía, a veces quedaba agarrotado en una parálisis insoportablemente dolorosa. La ciencia estaba atónita. ¿Cómo era posible que ocurriera eso? Y entonces elaboraron la teoría de que las sensaciones debían de estar provocadas por las terminaciones nerviosas dañadas en el muñón.
Hacía muy poco tiempo que ese misterioso fenómeno había sido explicado: una confusión en el cerebro. Áreas sensibles que se superponen: la parte que registra una caricia en el rostro, por ejemplo, se encuentra junto a la que la registra en el brazo. En el caso de los miembros fantasma, las vías nerviosas invaden las adyacentes, de modo que un roce en la mejilla se registra como un toque en la mano, se siente de esa manera aun cuando la mano ya no esté allí. Y luego se produjo el brillante paso a cargo de un investigador del cerebro, V. S. Ramachandran, quien creó un método para tratar a un paciente con un miembro fantasma paralizado. Construyó una caja con espejos dispuestos de tal manera que el paciente parecía estar mirando su brazo fantasma, aunque de hecho estaba mirando su brazo sano. Entonces se le pidió al paciente que relajase la mano y la abriera y, milagrosamente, la sensación de parálisis desapareció al instante. En efecto, el cerebro se engañó a sí mismo para creerlo. O, como Cleaver prefería pensar: el cerebro hacía una cosa y la mente pensaba otra. Para él constituía la prueba definitiva, en caso de que fuese necesaria alguna, de que ambos no eran sinónimos. Su propio trabajo había resultado fundamental, proporcionándole la inspiración para el uso de ordenadores en el trabajo con el cerebro, en la búsqueda del ánima. Y eso había llevado a Cleaver a una verdad irrefutable: la conciencia es real y palpable y no una criatura ilusoria creada por la imaginación del hombre. Está enraizada en la fisiología, aunque se eleva por encima de la mecánica cerebral y, por tanto, puede ser localizada y explorada, como un continente que espera ser descubierto.
«Saramaggio es muy bueno en lo que hace, pero sólo es un técnico. Yo soy más que eso —pensó Cleaver—, mucho más».
Recordaba haber estado sentado en una clase, escuchando que había dos tipos de científicos: los integradores y los inventores. Los integradores diseñaban sistemas; acumulaban datos, sintetizaban cosas, seleccionaban y analizaban cálculos para elaborar una teoría. Era como construir un edificio, un trabajo valioso, a su manera. Pero los inventores, ah, los inventores eran auténticos revolucionarios. Lo atravesaban todo de golpe, realizaban un salto de pensamiento deductivo. Dinamitaban todo el edificio, nivelaban el paisaje y abrían el camino para algo nuevo.
«Saramaggio es un integrador por excelencia —pensó—, pero yo pertenezco a la elitista franja de los revolucionarios. Soy un inventor».
De pronto, un verso apareció en su cabeza, un fragmento de un poema de Wordsworth: «Mutilamos para analizar».
Cleaver vio que Pinegrove se alzaba delante de él, las luces ya encendidas en las plantas inferiores; las más altas, a oscuras. Divisó una figura que se movía detrás de la ventana del pabellón experimental donde se encontraba la anciana.
Probablemente se trataba de Felicity, se dijo, que caminaba por la habitación, tratando de que ella se sintiera cómoda. No podía reprochárselo, eso no afectaría al experimento y, de alguna manera, incluso lo aceleraría. Aun así, estaba preocupado. Felicity sé mostraba ansiosa por ayudar y quería aprender, pero su actitud hacia el impulso que él estaba dándole a la investigación estaba cambiando hacia una dirección negativa. Podía detectar corrientes ocultas de inquietud. Ella se guardaba los pensamientos, y era entrometida, y eso podía llegar a ser peligroso.
Apresuró el paso, casi echó a correr. Un momento después subía la escalera de la entrada, atravesaba la puerta y se dirigía a la habitación de la anciana por el amplio corredor iluminado. Felicity estaba de espaldas, saliendo de la habitación, y no lo vio.
—Hola —dijo él, con voz neutra.
Ella se sobresaltó, llevándose una mano al pecho.
—Me ha asustado.
—Lo siento. No era mi intención. ¿Cómo va todo?
—¿Se refiere a Myra?
—Sí.
—Muy bien —dijo ella—. Está a punto de dormirse.
—Echemos un vistazo —dijo él, abriendo la puerta.
—¿Quiere que entre yo también?
—Claro, ¿por qué no?
La anciana estaba acostada, inmóvil, y la sábana formaba una especie de mortaja de momia alrededor de su frágil cuerpo. El receptor magnético transcraneal estaba colocado alrededor de la cabeza, y el casco y las gafas tenían alambres que se cruzaban como si fuesen un tocado estilo Medusa. Eso hacía difícil interpretar su expresión. Tenía los ojos cerrados.
Comprobó el monitor. La pantalla mostraba que la paciente estaba acercándose al abismo del sopor, el primero de los cuatro niveles del sueño.
—Estamos buscando la fase REM del sueño —dijo—. Movimiento rápido de los ojos. Eso indica que la persona está soñando. —Miró a Felicity, que lo estaba observando—. ¿Sabías que nuestros músculos se paralizan por completo durante la fase REM? Es para impedir que empecemos a dar golpes cuando los sueños se convierten en pesadillas. Es asombroso, ¿no crees?, cómo nuestras mentes tratan de advertir de todo aquello que nuestros cuerpos podrían intentar hacer.
—Sí —respondió ella sin demasiada convicción—. Supongo que sí.
—Aún disponemos de un poco de tiempo. ¿Quieres una taza de café?
Felicity le sorprendió asintiendo con la cabeza. Lo hizo con un aire levemente receloso.
Ambos entraron en el despacho de Cleaver hubo un largo y embarazoso silencio mientras él colocaba la tetera eléctrica y vertía un par de cucharadas de café en dos tazas. Luego hizo una breve pantomima, como si fuese un camarero, y le preguntó si quería leche o azúcar. Se sentaron lejos el uno del otro, tímidamente, como dos corazones solitarios en su primera cita. No había otra cosa que hacer más que comenzar, pensó él.
—Bien —dijo, carraspeando—, ¿qué opinas de lo que estamos haciendo aquí?
—¿A qué se refiere? ¿A los experimentos?
Él asintió y se dedicó a verter agua caliente en las tazas, como si la conversación no fuese en realidad tan importante.
—¿De verdad quiere saberlo?
—Sí.
—Bueno, pues ya que lo pregunta, creo que son interesantes, es probable que sean verdaderamente importantes. Pero no veo por qué tenemos que tratar a la gente de esa manera.
—¿Te refieres a Myra?
—Sí, y a Elmore.
—Entiendo.
Cleaver se tomó su tiempo antes de contestar. Myra era la esposa de Elmore. Cuando él murió, lo metieron en una caja de pino comprada por el propio Cleaver y lo enterraron en una ceremonia fúnebre donde los internos hicieron el papel de afligidos deudos, ella ya no tuvo a quién recurrir en el mundo. Cleaver le había hecho una oferta, cambiando habitación y comida en Pinegrove por el derecho de llevar a cabo diversos experimentos dentro de su cráneo. Ella había aceptado el trato con su habitual malhumor y ahora se mostraba tan complaciente como un sujeto africano entregándose a las exigencias insondables de un antropólogo occidental.
—Nosotros los acogimos, ¿sabes? Ambos estaban en la calle y no tenían adónde ir. Los alimentamos y los vestimos y les dimos un lugar donde dormir. Eres consciente de eso, ¿verdad?
Felicity asintió, pero sus palabras salieron de forma atropellada, como si las hubiera estado conteniendo durante mucho tiempo.
—Pero ¿por qué tuvo que hacerle todas esas cosas a él cuando estaba agonizando, ponerle todos esos cables y esas máquinas? ¿Por qué no hacerle más confortables sus últimos momentos, y por qué no permitir que estuviesen juntos y que Myra lo cuidase?
—Supongo que podríamos haberlo hecho. Pero ése fue el trato. Hicimos que él estuviese lo más cómodo posible, teniendo en cuenta las circunstancias. Y estuvieron juntos, de eso se trataba. Ella sentía que estaba con él y, probablemente, Elmore sentía lo mismo. Pudiste verlo con tus propios ojos.
—Es posible que lo hayan sentido, pero no estaban realmente juntos.
—Pero si lo sentían, lo estaban, ¿no lo comprendes? De eso trata precisamente este experimento. De la mente humana, de cómo trabaja, cómo experimenta el mundo. Felicity no dijo nada.
—Verás —continuó él, hablando ahora lentamente y tratando de que no sonara como si le estuviese hablando a un niño—, todo mi trabajo está dirigido a una sola facultad humana, la conciencia. Yo la llamo ánima. ¿Lo entiendes?
—Sí.
—Piensa en ello como en un espíritu de conciencia, una chispa en tu interior que hace que tú seas tú.
Podía ver que ella estaba pendiente de cada una de sus palabras.
—¿Qué eres tú? Un complicado haz de billones de células convencido de estar separado del resto del mundo. Crees que todo lo que eres está contenido en tu interior, y que tu mente es la que lo controla, pero esa creencia podría ser errónea.
Fijémonos en la memoria, por ejemplo. Pensamos en nuestros recuerdos como en reproducciones de hechos que nos han sucedido. Casi como si hiciéramos pequeñas películas de nuestras vidas cotidianas y las almacenáramos en neuronas en alguna parte del cerebro, como botes que pueden ser abiertos a voluntad. Pero ahora sabemos que la memoria no funciona de ese modo. Los recuerdos no se recuperan, sino que se construyen de nuevo cada vez. Nuestro cerebro trata de componerlos a partir de elementos fundamentales que están ahí porque nos afectan en algún nivel emocional profundo. Y cada vez que lo construimos, el recuerdo es diferente de alguna manera, pero no somos conscientes de esa diferencia. De modo que, hablando en términos estrictos, el recuerdo no se refiere a un acontecimiento del pasado, a algo que sucedió y que más tarde recordaremos; es un hecho actual, una nueva experiencia que sucede en tiempo real. La parte de ti que crea la ilusión de que lo estás recreando, el operador de la película que no está ahí, es tu conciencia. ¿Me sigues?
Ella asintió.
—La conciencia existe fuera del tiempo. Los hechos que crees que han terminado, en realidad, no han terminado. Y a eso se refieren los filósofos cuando dicen que toda acción que haya ocurrido alguna vez aún sigue ocurriendo en alguna parte, y que toda persona que haya vivido alguna vez todavía sigue viviendo. Están en nuestra conciencia, y nuestra conciencia no se limita a nuestro cuerpo físico. Utilizamos nuestra ánima para acceder a ese dominio mayor.
Felicity bebió un poco de café. Cleaver sintió que la resistencia de la mujer empezaba a desmoronarse. Se preguntó si ella se daba cuenta de que, algún día, los ávidos biógrafos podrían rogarle que reprodujera esa conversación. Esperaba que lo estuviese escuchando atentamente.
—¿De qué trata el experimento? —preguntó Felicity.
—Ahora voy a ello —contestó irónicamente él—. Si la conciencia se eleva por encima de los simples detalles mecánicos, entonces no existe razón alguna para suponer que se halla limitada al recipiente físico del cráneo humano, ¿verdad? ¿Por qué no podría ser capaz de vagar libremente?
Ella asintió.
—De hecho, si eres honesta contigo misma, probablemente reconocerás que ya lo sabías. ¿En cuántos fenómenos mentales inexplicables puedes pensar? ¿Qué me dices de la percepción extrasensorial? ¿Acaso no es lógico que algunas percepciones puedan producirse fuera de nuestros cinco sentidos y que algunos de nosotros seamos más capaces de captarlas? ¿Sueños que son incomprensibles y nos provocan un terror indescriptible o nos colman de felicidad? ¿O la visión ciega, el fenómeno de ver algo implica ser conscientes de que lo estamos percibiendo?
¿Y qué me dices de todas esas historias sobre gente que se está muriendo y son capaces de aparecerse ante sus seres queridos en el preciso instante de la muerte? ¿O personas que han estado muertas durante un segundo y describen la experiencia extracorporal de elevarse hacia el techo y contemplarse a sí mismos acostados en la cama? La luz blanca al final del túnel. ¿Es tan absurdo pensar que tu conciencia, en el momento final, el momento de la muerte, puede concentrar toda su energía y voluntad con el fin de realizar un acto dramático, una especie de despedida final?
La voz de Cleaver descendió un tono y alcanzó un nivel de intimidad.
—En realidad, Felicity, tú lo has visto. Has visto la medición objetiva del ánima. Lo viste con Elmore, quien se apareció ante nuestra amiga en la otra habitación.
—Lo que yo vi fue que Elmore se apareció ante ella en el momento en que estaba muriendo. Ella lo vio. ¿Y por qué no? Ambos se amaban profundamente.
—¡Exactamente, Felicity! Lo que Myra vio fue el ánima de Elmore. Y yo soy la primera persona que ha demostrado que existe. Y no sólo demostrado, sino que he documentado, medido, localizado el lugar que ocupa en el cerebro. Sé dónde reside, en un punto subcortical no más grande que su meñique, la amígdala cerebelosa. La amígdala cerebelosa y el hipocampo, los centros de la emoción y la memoria. Y eso es el ánima, lo que hace de nosotros seres diferentes y especiales: nuestros recuerdos y emociones unidos, creados de nuevo constantemente.
»Es un trabajo de pioneros. Porque… bueno, piensa en ello: ¿cómo puede un científico abordar el tema de la conciencia? La conciencia es esquiva. Como examinadora última de todo lo demás, ¿de qué modo puede examinarse a sí misma? ¿Has intentado alguna vez apuntar tus pensamientos exactamente como se están produciendo sin dejar ninguno fuera? Es imposible, igual que tratar de atrapar un relámpago en una botella. De modo que debemos encontrar indicios de la conciencia. Debemos dejar polvo en el suelo para conseguir las pisadas de un fantasma. Construir espejos. Y eso es precisamente lo que he estado haciendo todos estos años: inventando experimentos para capturar el reflejo, para ver dónde ha estado el fantasma y qué es lo que puede hacer.
—¿Y es lo que está usted haciendo en la otra habitación, con Myra?
—Eso es todo. Sólo estoy controlando sus sueños, tratando de capturar su conciencia mientras vaga libremente. No le hace ningún daño. No le estamos provocando los sueños, del mismo modo que no provocamos la muerte de Elmore. Simplemente aprovechamos el viaje.
Se levantó y le hizo señas de que lo acompañase a la habitación contigua. Myra continuaba inmóvil en la cama. Cleaver se dirigió a los monitores.
—Ahora está soñando —dijo.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque su electroencefalograma está activo. Sólo cuando una persona sueña, su electroencefalograma es el mismo que cuando está despierta. Ahora quiero que le eches un vistazo a esto.
Pulsó algunos botones del ordenador e hizo girar varios diales y en una pantalla apareció un corte transversal del cerebro de Myra. La vista era cenital, de modo que parecía la carne de una nuez abierta por la mitad.
—¿Ves eso?
Cleaver señaló una zona donde unos puntos negros estallaban como si fuesen proyectiles. Hizo girar otro dial y se convirtieron en colores brillantes, azul, verde y amarillo. Era un elemento marcador que circulaba por el suero intravenoso.
—¿Qué es?
—Es una pauta particular de actividad cerebral que he podido reconocer. Atraviesa varios centros cerebrales profundos. Esta pauta varía ligeramente de una persona a otra, pero en cada individuo es siempre la misma. Puedes ver que incluye un gran número de neuronas. Siempre se activan siguiendo la misma secuencia.
—¿Cuando ella está soñando?
—Sí.
—¿Y eso significa que su…, cómo la ha llamado… ánima está fuera de su cuerpo?
—No, no del todo. Aún está enraizada en su cerebro. Pero es capaz de extenderse mucho más allá de la mente despierta y experimentar cosas fuera del cuerpo. Es como un perro que se mueve sujeto a una correa… hasta la muerte. Luego la correa desaparece.
Felicity miró la pantalla, fascinada.
—Freud pensaba que los sueños eran producto de la mente inconsciente. La metáfora era algo que subía como unas burbujas hasta la superficie desde las profundidades. Pero es mucho más que eso. Es como meterse en un enorme lago y ser consciente de todo lo que hay en él. Algunas de esas cosas son maravillosas y fascinantes, y otras son peligrosas y monstruosas. Ahora te mostraré algo más.
Acto seguido, Cleaver pulsó un botón y apareció un negativo en blanco y negro de la imagen que había en la pantalla. Lo deslizó hacia un tablero luminoso junto a otra imagen de un escáner cerebral; parecían asombrosamente similares.
—La imagen de la izquierda corresponde a Myra cuando vio a Elmore en el momento de su muerte. Es lo que las personas que tratan con la muerte todos los días, las personas de los hospicios, llaman una visitación. La otra corresponde a Myra soñando. En ambas, su conciencia se encuentra en un estado de gran excitación. ¿Alcanzas a apreciar cuán similares son ambas imágenes?
—Sí. Es interesante.
—Y muy importante.
—Sí, lo comprendo.
—Bien, ahora ya sabes lo que estoy haciendo. Y tienes que entender lo que estamos haciendo con estas personas, Myra, Elmore y los demás. No los tratamos como conejillos de Indias. Están viviendo sus vidas como deberían hacerlo, sólo que lo están haciendo… espero que esto que voy a decir no suene demasiado cursi.
Cleaver dudó un momento.
—¿Qué? —le preguntó ella—. ¿Qué es lo que están haciendo?
—Lo están haciendo en el altar de la ciencia.
Felicity apartó un mechón de su amplia frente, un gesto característico que Cleaver, de pronto, encontró atractivo. Su rostro estaba ligeramente sonrojado. Parecía sentir que había llegado el momento de marcharse. Cuando llegó a la puerta, con una mano apoyada en el pomo, se volvió para mirar a Cleaver directamente a los ojos.
—Gracias —dijo.
—No hay de qué. Yo debería dártelas a ti.
Ella salió y cerró la puerta.
Cleaver acabó su café y comprobó el monitor. Luego fue hasta uno de los armarios con suministros, llenó una jeringuilla, se acercó a la cama de la anciana y levantó su frágil muñeca, dejando al descubierto el antebrazo. Clavó la aguja en la piel. Luego se deslizó detrás de la cama y manipuló una válvula, cerrando el oxígeno. Un momento después, Myra se agitó ligeramente en la cama y levantó la barbilla. Luego la cabeza cayó sobre el pecho y permaneció completamente inmóvil. Cleaver la observaba atentamente. Después de unos instantes, volvió a abrir la válvula del suministro de oxígeno y, gradualmente, Myra volvió a la vida.
Regresó al ordenador y pulsó un botón. El negativo que apareció esta vez tenía un aspecto diferente. Las explosiones eran más grandes y se habían desplazado a una esquina opuesta del cerebro inferior. Colocó el negativo en el tablero iluminado, abrió un cajón y sacó otro escáner cerebral, que colocó junto al anterior. Era muy parecido. Cleaver comparó ambas imágenes ávidamente, la que había sacado del cajón y que había tomado a Elmore en el momento de su muerte, y la otra, tomada a Myra hacía apenas unos minutos. Eran muy parecidas, realmente muy parecidas. Dos cerebros diferentes que habían registrado la misma actividad en las mismas regiones.
Otro hito.
Se preguntó qué habría pensado Felicity de eso. Si hubiera estado allí para formularle alguna de sus preguntas. «¿Y qué demuestra eso?». Podría haberle contestado: «Ése es el aspecto que tiene el cerebro cuando muere».
Y si ella hubiese insistido, preguntándole: «¿Y qué le ha hecho a Myra?», él podría haberle contestado, con la conciencia tranquila, «Nada del otro mundo. Puedes ver que respira normalmente. Simplemente se ha sumergido… en un lago muy grande».