Ánima

John Darnton · Capítulo 18 de 63

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Ánima

Mientras Kate conducía a Scott...

Mientras Kate conducía a Scott hacia el pabellón especial, ambos fueron llamados a la sala de enfermeras, donde le dijeron a Scott que debía firmar el registro de entrada.

—Es el padre del chico —protestó ella.

La enfermera, una veterana de mil batallas en las guerras del hospital, se mantuvo firme. Todo el mundo tenía que firmar el registro, ésas eran las normas, dijo ella, aunque tuvo la delicadeza de mostrar un ligero rubor de incomodidad.

Kate estaba furiosa. Era la misma mentalidad burocrática contra la que había estado luchando desde que decidió dedicarse a la medicina. Pero Scott no puso ninguna objeción y firmó el libro. Seguía teniendo esa expresión de alguien que está perdido en la bruma del duelo.

Scott no esperaba encontrarse una organización tan elaborada. Llegaron a unas puertas de vidrio que sólo podían abrirse mediante una tarjeta de identificación provista de un código. Kate llevaba las suyas en una cadena alrededor del cuello y, cuando la sostuvo delante de un escáner montado en un costado de la pared, la puerta se abrió con un ligero chasquido. La mantuvo abierta para que Scott entrase.

Luego llegaron a un corredor que terminaba en una ventana de observación de cristal grueso y que se elevaba unos dos metros hasta acabar a escasos centímetros del techo. Detrás de la ventana había una cama de hospital inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados, sobre la que yacía una pequeña figura completamente inmóvil. Sintió una especie de conmoción al comprobar que se trataba de Tyler. La cabeza de su hijo estaba tan cubierta por los vendajes que su rostro parecía apretado en una diminuta ventana en una torre blanca. De la boca y la nariz salían varios tubos, y sus ojos estaban cerrados e hinchados por las magulladuras. Apenas parecía humano.

—Sé lo duro que le resulta verlo así —dijo Kate suavemente—. Me gustaría que pudiésemos acercarnos, pero Tyler se encuentra en un medio absolutamente esterilizado. Es una medida imprescindible porque las heridas del cráneo siguen abiertas, para poder acceder rápidamente al cerebro si fuese necesario. El ordenador está activado y, si un electrodo se desprende, tenemos que volver a colocarlo rápidamente.

Sólo entonces Scott vio el haz de finos alambres, unidos firmemente por un lazo de plástico, que se elevaban desde la parte posterior del vendaje y estaban atados a la sábana. Luego discurrían a lo largo de la pared, llegaban hasta la esquina y se introducían en la parte trasera de un ordenador de sobremesa. Con un estremecimiento, Scott se dio cuenta de que los alambres nacían en el cerebro de su hijo.

—Esos alambres llevan las señales del ordenador —continuó Kate—. Es posible que los electrodos deban ser retirados de vez en cuando. Y el doctor Saramaggio necesitará reimplantar las células madre en la etapa final del proceso. De modo que no tiene ningún sentido someter a Tyler al trauma de una nueva operación.

—Pero de este modo es como si… la operación no acabara nunca.

—Sé que es eso lo que parece. Pero ahora, por ejemplo, él descansa sin que nada lo altere. Está tranquilo. No sufre ningún dolor. Es una especie de estado de suspensión. De modo que se está recuperando.

—¿Y cómo lo cuidan si no pueden tocarlo?

—Sí que podemos.

Y justo en ese momento, como para demostrar lo que Kate acababa de decir, la puerta se abrió a sus espaldas y una enfermera se unió a ellos. Llevaba en las manos un recipiente de metal. Abrió otra puerta, situada a la derecha y con la inscripción «Sólo personal médico» y entró en la pequeña antecámara donde se encontraba el ordenador. Buscó algo en el armario de la pared, sacó un sobre esterilizado que contenía un par de guantes de goma y una mascarilla y se los colocó. Luego sacó una jeringuilla, bajó la sábana hasta la cintura de Tyler, subió una de las mangas y le pinchó rápidamente en el hombro.

Con la sábana en esa posición, Scott vio que Tyler estaba atado a la cama.

—Me temo que tenemos que hacerlo. No podemos correr el riesgo de que se mueva y se quite los electrodos. Pero él no es consciente de eso, estoy segura. Y lo cambiamos de posición a menudo para que no se llague.

—¿Cómo diablos saben de lo que Tyler es consciente o no? —preguntó Scott.

La ira de su voz le sorprendió incluso a sí mismo.

A modo de respuesta, Kate apoyó la mano en su codo. A Scott el contacto le causó un ligero sobresalto.

—Por supuesto, no lo sabemos en realidad —dijo—. Pero nos hacemos una idea al mirar hacia allí.

Kate señaló un grupo de aparatos que había junto a la cama y Scott contempló la detestable batería de monitores con sus irrefrenables líneas verdes que se movían a través de las pantallas: nivel de oxígeno, presión sanguínea y el resto de constantes vitales. Sintió que ahora ya lo sabía todo, sabía lo que medían las agujas y las líneas de fiebre y dónde debía estar si todas eran normales. Nunca lo eran.

—No sé si lo ha notado, pero aquélla —Kate señaló una pantalla redonda atravesada por el perfil desigual de las líneas del pulso— se aceleró cuando entramos. Creo que eso significa que puede oírnos. En algún nivel, Tyler está registrando nuestra presencia.

A Scott esas palabras le resultaron esperanzadoras.

—Dígame cuál registra las ondas cerebrales —dijo—. Y cómo se supone que deben ser.

—Ésa que está allí —respondió ella, señalando hacia una pequeña pantalla redonda con una línea que rebotaba en toda su extensión—. Los picos deberían ser más grandes. Aproximadamente el doble de lo que son ahora, y más pronunciados, más agudos. Pero lo serán… algún día. Estoy convencida de ello.

Su voz sonaba como si lo dijera en serio y Scott se sintió algo mejor. Vio otra máquina que no pudo reconocer.

—¿Qué indica esa máquina? —preguntó.

—La inflamación del cerebro. Es muy importante, bueno todas son importantes. Pero es importante que la inflamación se reduzca si queremos que tenga… una posibilidad.

—¿Y dónde debería estar la aguja?

—Aproximadamente a mitad de camino de donde se encuentra ahora.

Scott miró la aguja fijamente. Una diminuta pieza de metal negro, apenas más grande que un mondadientes. Casi pudo imaginarla moviéndose hacia abajo si él la miraba con insistencia.

—Mire allí —dijo Kate—. Junto al ordenador. Hay una segunda fila de monitores. Se encargan de medir la actividad del ordenador. Hemos transformado los impulsos de salida en señales de funciones corporales. Puede comparar ambas filas de monitores y ver que están en armonía. La enfermera volvió a dejar la jeringuilla en el recipiente de metal, luego abrió la puerta lateral y les sonrió. Permaneció unos momentos junto a ellos mirando a Tyler a través de la ventana.

—Hoy estamos un poco mejor —dijo.

«Estamos». Scott la miró con una expresión de horror. «Estamos».

Entonces sintió nuevamente la leve presión de la mano de Kate en el brazo, apartó la vista y trató de reponerse. Pero era difícil. Nadie sabía realmente por lo que estaba pasando. Nadie podía entenderlo, aunque lo intentase, como Kate. Y lo curioso era que, cuanto más se permitía a sí mismo creer que existía una posibilidad de que Tyler pudiese algún día recuperarse, peor se sentía. Porque a ese pensamiento le seguía el pensamiento de qué se trataba solamente de la expresión de un deseo. «¿A quién tratas de engañar?».

En realidad no sabía qué desear. Todo era tan imprevisible. Esos médicos sabían cómo decir las cosas, cosas llenas de esperanza, pero ¿qué era lo que sabían realmente? Él era incapaz de calcular cuánta esperanza podía dejar que entrase en su corazón. Sentía que Tyler ya había muerto. ¿Por qué morir una segunda vez?

Scott conocía de memoria el interior de su cuarto de revelado, instalado en la zona trasera del loft, hasta tal punto que podría haber trabajado en la más completa oscuridad, sin la fantasmagórica luz roja que proyectaba la única bombilla que había en el techo. Sabía dónde estaban las grandes botellas de plástico con productos químicos y, por su peso, cuánto quedaba en ellas. Conocía la ubicación exacta de las bandejas de revelado, la ampliadora, los grifos y cada pieza de su equipo. Había pasado tantas horas en ese lugar, día tras día, año tras año, que solía disfrutar de la comodidad de la habitación pequeña y cuadrada, como un prisionero fantasma no del todo infeliz con su confinamiento, trabajando en solitario.

Pero ya no era así.

Ahora, tres semanas después de la operación de Tyler, le resultaba imposible sentirse cómodo. No obstante, el laboratorio era una especie de refugio. Podía perderse en ese cuarto y, casi durante varios minutos, no pensar demasiado en nada. Aún sentía en sus entrañas ese peso muerto del vacío, y lo llevaba encima como un trozo de metralla, pero conseguía mantenerlo más o menos bajo control, impedir que ascendiera y le estallara en el cerebro, apelando a la mecánica rutina del trabajo.

Su reclusión en el cuarto de revelado había comenzado dos días después de la operación, cuando había permanecido despierto bebiendo whisky en casa, vagando sin rumbo por el loft, entrando en la habitación de Tyler y recogiendo sus cosas: las camisas, los viejos videojuegos, los trofeos de fútbol, la fotografía de Sean Connery con su autógrafo, el koala, para regresar luego a la cocina y servirse otro trago. Se había quedado dormido vestido y se despertó, al amanecer, bañado en un sudor frío y con el corazón desbocado.

Entonces había recordado algo: los negativos sin revelar. Había saltado de la cama. Estaban en una serie de botes de café, carretes de fotografías que había sacado rutinariamente en sus salidas de la ciudad o cuando vagaba por las calles, en aquellos días en los que jamás salía de casa sin la cámara. Sabía de una manera instintiva cuándo merecía la pena revelar un carrete de fotos; los otros los había descartado de la misma forma en que un artista descartaría los bocetos preliminares. Pero ahora eran impagables. Se metió en el laboratorio y comenzó a revelarlos. Algunas fotografías eran tan viejas que apenas podían discernirse, pero aun así, forzando la película, podía vislumbrar las figuras, como fantasmas en una membrana. Vivía para ese momento en el que el papel blanco desnudo flotaba suavemente en el baño de revelado y, mágicamente, comenzaban a formarse puntos que se unían entre sí hasta materializar las formas grises. En ocasiones, aparecía la perla rara en la ostra, las formas se oscurecían, se volvían reconocibles y, súbitamente, Tyler se hacía visible gradualmente, volviendo a la vida.

A veces, Scott recordaba al instante dónde había tomado esa fotografía, delante del Museo de Historia Natural, aquel día soleado de octubre o en un banco de Central Park aquella tarde que habían hablado de la muerte durante tres horas. En otras ocasiones, no tenía absolutamente ningún recuerdo relacionado con las imágenes y, entonces, las colocaba sobre la mesa de la cocina y pensaba en ellas durante largo tiempo. Entre éstas había un auténtico tesoro: tres carretes de fotografías de Tyler tomadas como retratos de estudio, negativos de 4 x 5. Recordaba perfectamente la sesión; había utilizado iluminación de fondo y blanco para que se reflejara en los ojos de su hijo. Había enfocado la cámara con precisión, usando las pestañas de Tyler, esas largas y atractivas pestañas. ¿Por qué no las había revelado? Debía de estar demasiado ocupado, sin duda. Pero ahora eran un regalo del cielo. Amplió los primeros planos al tamaño de una página de periódico y las fijó en las paredes. «Qué guapo era ese chico… es, joder». Después de dos días de trabajo se dio cuenta de que estaba procesando los carretes demasiado deprisa y comenzó a racionarlos, uno por día.

Pero no racionaba la bebida. Comenzaba a beber temprano y, a veces, cuando se quedaba levantado hasta las cuatro o las cinco de la madrugada y dormitaba sólo un par de horas, bebía uno o dos tragos para empezar el día. Estaba fumando tanto que le dolían los pulmones. Prácticamente no trabajaba. Comenzó a rechazar trabajos; no explicaba la razón, no soportaba hablar del accidente, y las dos o tres veces en que lo hizo, odió el sonido edulcorado de compasión que se advertía en las voces de la gente. Pronto el teléfono dejó de sonar. Era en cierto modo notable, pensó, cuán pronto había sucedido. Sólo unos pocos de sus antiguos clientes continuaron llamándolo, tres o cuatro editores gráficos de revistas que habían sido también fotógrafos. Por primera vez en su vida no cumplió con los plazos de entrega.

Pero eso no era todo. Tenía unas pesadillas horribles. Algunas de ellas estaban relacionadas con miedos profundamente arraigados, como si todo el sueño hubiese sido coreografiado para producir un momento de absoluto horror. En una de ellas era perseguido por una jauría de sabuesos a través de una marisma y caía en un pozo que se convertía en una tumba abierta, donde quedaba inmovilizado e indefenso mientras la tierra y las piedras se derrumbaban sobre él. Se despertó en el suelo, la mitad del cuerpo debajo de la cama. En otro de los sueños, sentía que se volvía loco y se observaba a sí mismo mientras recorría una casa, apagando las luces una por una, subiendo la escalera para ir a la habitación de su hijo; lo encontraba dormido y lo asfixiaba con una almohada. En otra de sus pesadillas, su cuerpo se descomponía y los vasos sanguíneos de su muñeca se convertían en grandes gusanos que le chupaban la sangre. Y había otras, que trataba de reprimir inmediatamente, en las que aparecía su madre, en la época en que bebía.

A Scott le resultaba difícil separar las pesadillas de las borracheras. Las imágenes del horror eran tan vívidas y permanecían en él durante tanto tiempo después de despertarse que se preguntaba si estaba sufriendo delirium tremens. A veces, cuando por la mañana extendía la mano para coger el cartón de zumo de naranja o trataba de afeitarse, se daba cuenta de que la mano le temblaba, y eso le provocaba un sentimiento parecido al terror. Conocía los síntomas del alcoholismo y seguía negándolos en sí mismo. Y entonces recordó que eso, la negación, era el síntoma más claro de todos.

Incluso Cometa, que permanecía durmiendo la mayor parte del tiempo, hecho un ovillo en el suelo, parecía deprimido.

A pesar de la bebida, la soledad y los miedos, nunca se perdía un día en el hospital. La enfermera utilizaba su tarjeta para abrir la puerta que daba acceso al área de observación y él permanecía allí durante horas interminables, acercando una silla a la ventana y observando desde allí a su hijo postrado en la cama. De vez en cuando, raramente pero lo suficiente como para mantenerlo vigilante, podía ver que los ojos de Tyler se movían levemente. Durante esos momentos pensaba que su hijo debía de estar soñando y eso le producía una especie de consuelo; si Tyler estaba soñando, podía despertarse, ¿no? El pecho se movía lenta pero regularmente arriba y abajo y las máquinas no mostraban ninguna alteración. La aguja que indicaba la inflamación del cerebro, pensó en una ocasión, se había movido hacia abajo quizá un poco.

Al controlar el monitor que registraba el ritmo cardíaco de Tyler creyó advertir que se aceleraba levemente cuando él llegaba y cuando hablaba. De modo que, tal vez, Kate estuviese en lo cierto, quizá, a algún nivel, Tyler seguía parcialmente consciente. Sin embargo, el ritmo cardíaco que salía del ordenador no cambiaba. Su ritmo era, invariablemente, cruelmente, siempre el mismo, un modelo perfecto de líneas dentadas que atravesaban la pantalla.

Entonces Scott notó algo que lo desconcertó. A veces, cuando aparecía Kate, el corazón de Tyler se aceleraba aún más. Los latidos surgían del monitor en un veloz staccato. Y lo que resultaba incluso más raro era que esto no sucedía siempre que Kate estaba presente, sino sólo en algunas ocasiones. Él se lo comentó y Kate tampoco supo qué decir.

En parte para animar a Scott, un residente del hospital instaló un sistema de micros para que pudiese hablar con Tyler, algo que hacía de manera incesante. Luego llevó un libro —Las aventuras de Huckleberry Finn, por supuesto—, y se lo leía una y otra vez. Estaba convencido de que su hijo podía oírlo; aun cuando no pudiese seguir las palabras, tal vez reconocería sus pautas de discurso y, por si acaso estuviese solo y sufriendo horribles pesadillas; también, encerrado en alguna parte en el fondo de una tumba, quería que al menos escuchase una voz familiar y reconfortante.

A veces giraban la cama de modo que Tyler quedaba suspendido boca abajo, mirando al suelo y sostenido por gruesas correas que atravesaban la barbilla, el pecho, el abdomen y las piernas. Esta operación se realizaba para evitar las llagas. Pero era incluso peor verlo en esa posición; parecía perdido y pequeño en medio de esa parafernalia que lo rodeaba, como un muñeco en una máquina que parecía un giroscopio gigante.

Scott había establecido una rutina diaria: el hospital, una cafetería donde comía media hamburguesa o un bocadillo de atún, luego de vuelta a casa para sacar a Cometa y pasar más tiempo en el cuarto de revelado, y finalmente beber hasta casi perder el sentido en las primeras horas de la madrugada.

Un día, cuando abandonaba el hospital, se encontró con Kate, y ella pareció observarlo fijamente. Aquella noche se contempló ante el espejo del baño y vio que estaba hecho un auténtico desastre; la barbilla cubierta con barba de tres días, los ojos enrojecidos y la piel flácida y pálida. Se afeitó, pero no sirvió de mucho.