Ánima

John Darnton · Capítulo 25 de 63

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Ánima

Mientras caminaba por la Segunda Avenida...

Mientras caminaba por la Segunda Avenida, Kate estaba cambiando de idea. No sabía qué era lo que se había apoderado de ella, quizá había sido la bebida. Tal vez fuese la decisión tomada por Scott y la nueva fuerza que eso le había proporcionado. Pero, en cualquier caso, estaba claro que se había dejado llevar y había hecho una promesa de la que tal vez se arrepentiría. Le había dicho a Scott que apoyaría su decisión. Lo extraño de todo el asunto era que él apenas había mostrado alguna reacción; era como si no hubiese esperado otra cosa.

Hizo una parada en una tienda de comestibles y, con aire ausente, cogió uno de los cestos de plástico y comenzó a llenarlo con los pequeños artículos de una persona que vive sola: un cuarto de leche desnatada, un pollo asado, una lechuga, galletas recubiertas de chocolate.

Pero podía crearle problemas, de eso no había duda. Saramaggio no se lo tomaría a la ligera si Kate se cruzaba en su camino. Era obvio que ella no le caía bien, y era la clase de hombre que sentiría cierto placer al arruinar la carrera de alguien.

La idea de colocar su ambición por delante de su instinto de hacer lo que era correcto hizo que se avergonzara. Y se sintió aún más avergonzada por los pensamientos que siguieron a continuación: sintió la tentación de faltar a la palabra que le había dado a Scott, pero lo que la frenaba era cómo iba a decírselo. No se creía capaz de hacer frente al oprobio que esa acción significaría. Y él no era un caballero que la dejaría librarse tan fácilmente del apuro. Se preguntó por qué le importaba tanto la opinión que Scott tuviese de ella.

Al salir de la tienda, con la bolsa de papel bajo el brazo, creyó reconocer una figura unos metros más adelante, el pelo negro azabache. ¡Gully! Era exactamente lo que necesitaba, alguien con quien hablar de su problema. Podrían tomar una taza de café.

Kate apresuró el paso, casi trotando, torpemente. El hombre se detuvo en la esquina esperando a que cambiase la luz del semáforo, ella le dio alcance y estaba a punto de hablar cuando él se volvió para mirarla.

Era otra persona, no Gully. Los ojos del hombre mostraron una ligera alarma ante la intensidad de la mirada de Kate.

De regreso en su apartamento se sintió doblemente mal y doblemente sola. Dejó la bolsa con la comida sobre la mesa de la cocina y decidió subir a la azotea, salvando varios tramos de escalera, abriendo una pesada puerta de metal y saliendo a un gran espacio de suelo alquitranado y lleno de ondulaciones. Hacía calor y el cielo tenía un color espectacular, con una especie de aura que brillaba tenuemente en el perfil de los rascacielos que la rodeaban. Justo encima de ella, en la oscuridad, parpadeaban las estrellas.

En ese momento, sin ninguna razón aparente, pensó en su padre. Ella sólo tenía dos años cuando lo mataron en Vietnam, víctima del bombardeo de un avión norteamericano en el delta del Mekong. «Fuego amigo», como dijo aquel cabrón mentiroso y arrogante. No recordaba nada de él, aunque su madre le había descrito su partida tantas veces que casi sentía que podía recordarlo. Un hombre grande con un pecho amplio y bigote (según una fotografía que su madre tenía en la cómoda), la había cogido en brazos, la había abrazado con fuerza y le había dicho: «Estaré fuera mucho, mucho tiempo, pero volveré». Luego se había dado la vuelta y había salido por la puerta de la casa y ella había corrido a la ventana para ver cómo se alejaba por el sendero del jardín. La escena era tan intensa en su mente que, a veces, estaba segura de que el recuerdo era suyo.

Cuando era pequeña y rezaba el Padrenuestro, a menudo se imaginaba a su propio padre allá arriba, mirándola, cuidando de ella, arreglando las cosas. Resultaba reconfortante. Y ahora, al mirar las brillantes estrellas, pensaba, quizá tontamente, que le gustaría volver a sentirse de aquella manera.

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, pensó en llamar a Harry a San Francisco, sólo para hablar con un viejo amigo, para escuchar su voz y, tal vez, sentirse menos sola. Levantó el auricular para marcar el número, pero luego volvió a dejarlo en su lugar. No sería justo para Harry, pensó, que recurriese a él, especialmente cuando casi no había pensado en él desde que había llegado a Nueva York.

Kate estaba nerviosa cuando entró en la sala de audiencias y trató de disimularlo haciéndose notar. Sus tacones resonaron con fuerza sobre el suelo de madera. Llevaba el pelo recogido con un lazo y, para la ocasión, había elegido su traje de chaqueta azul oscuro a rayas con solapas anchas; la prenda se ceñía, aunque de manera conservadora, en los pechos y las caderas; lo consideraba su «traje de poder», aunque detestara la expresión y, de hecho, el propio concepto. No obstante, necesitaba algo que reforzara su imagen en ese ruedo masculino. Un dermatoesqueleto sería perfecto para la ocasión, pensó.

Advirtió de inmediato que la sala de la planta quince había cambiado. Era el mismo lugar donde Saramaggio había llevado a cabo su pequeña demostración tres días antes, pero parecía completamente diferente. La pantalla, el refrigerio y el atril habían desaparecido. La atmósfera era utilitaria, práctica. Echó un vistazo a la ventana. Incluso la vista del río parecía haber cambiado; era una mañana gris y lluviosa, con bancos de niebla alrededor de los puentes, y embarcaciones que se movían con morosidad entre la bruma. Naturalmente, el sol no podía brillar en un día como ése. Un pensamiento se deslizó en su corriente de conciencia: ¿qué se decía, en los lejanos días de la universidad, cuando el mundo exterior era un espejo de tus emociones internas? «Llueve en la ciudad como llueve en mi corazón». Ajá, la «patética falacia». Le reconfortó haber recuperado ese fragmento de una vida lejana. De pronto pensó en Cleaver. En una ocasión, Gully le había dicho que Cleaver había citado una estrofa de Wordsworth. El experto informático retozando a través de unas colinas cubiertas de narcisos. Su corazón dio un vuelco; Cleaver seguramente estaría presente para tratar esa cuestión.

En la sala se había dispuesto un pequeño estrado, un panel que tenía casi el ancho de la habitación delante de diez sillas vacías. Las sillas estaban reservadas para la junta de Revisión Institucional. Eran de vinilo negro con respaldos altos, del tipo de las que giran. «Tronos modernos», pensó. Y miren cómo se alza el estrado a casi treinta centímetros del suelo. Es revelador cómo algunas autoridades sienten la necesidad de demostrar su posición a través de la elevación física.

La primera cuestión era, naturalmente, dónde sentarse. Lo haría junto a Scott — esa cuestión ya la había resuelto—, pero ¿dónde querría sentarse él? ¿Y si ella llegaba primero, acaso debía reservarle un asiento? Se sentía pequeña —no era la primera vez que le sucedía— por preocuparse por detalles tan insignificantes, lo que reflejaba su propio ensimismamiento, especialmente cuando esa audiencia era una cuestión de vida o muerte.

Problema resuelto. Allí estaba, en el centro de la primera fila.

Se sentó a su lado. Él se volvió y la saludó con una media sonrisa, forzada.

—¿Cómo está? —preguntó Kate.

Scott no se molestó en contestar; en cambio, le hizo una pregunta:

—¿Alguna vez ha asistido a una de estas reuniones? —Hizo un gesto con la cabeza señalando la sala.

Ella detectó los rescoldos de ira ardiendo bajo sus palabras, y ya lo conocía bastante bien como para saber de dónde provenía. Intentaría calmarlo.

—Una o dos veces. En San Francisco. Todos los hospitales tienen una [5] TRI, al

menos todos los que reciben fondos del Medicarel. En realidad, no son tan formales como parecen, a pesar de toda la puesta en escena. Quiero decir que no es como la sala de un tribunal de justicia. Kate estaba hablando por los codos, pero eso la ayudaba a calmar los nervios.

—¿Y cómo es?

—Bueno, los funcionarios proceden de diferentes lugares: médicos importantes, algunos ya retirados, jefes de departamento, el presidente del comité de ética, uno o dos representantes de la comunidad. No se preocupe, no llevan pelucas de crin de caballo y nadie golpea con un mazo.

Scott no sonrió.

—Primero suelen escuchar los informes de la división de historiales clínicos. Se informan de todos los antecedentes del caso en cuestión. Luego escuchan al médico. Él dice por qué piensa que la operación es necesaria o se aborda cualquier cuestión que se esté debatiendo. Habitualmente lo interrumpen para hacerle preguntas. A veces tratan casos que han sido remitidos por el comité de ética; por ejemplo, si un bebé necesita una transfusión pero los padres son testigos de Jehová y se niegan a dar su consentimiento. Si se trata de un paciente que ha sido mal diagnosticado o ha recibido amenazas o algo ha salido mal bajo algunas circunstancias misteriosas, bueno, en esos casos las preguntas pueden ser bastante duras. Y, por cierto, todo es privado. Nada de prensa, ni de personas ajenas al caso… excepto las partes interesadas, por supuesto. Como usted.

—Sí. No hay duda de que yo soy una parte interesada en este caso.

—Es probable que le pidan que hable, como le dije la otra noche. Le preguntarán por qué quiere que a Tyler le sea retirada toda la asistencia mecánica. Y cuanto más directas sean sus respuestas, mejor. En su mayoría se trata de médicos y científicos. Son receptivos al sentido común, no a los sentimientos.

—Lo que me está diciendo es que no debería expresar lo que siento.

—No, no se trata de eso. Sólo que tenga cuidado al decirlo. No vuelque sobre ellos de golpe todo lo que siente. No los ponga entre la espada y la pared.

—Yo soy el que está entre la espada y la pared.

—Bueno, no son criminales. No están tratando de hacerle daño a Tyler. No debe olvidarlo: todo esto comenzó con ellos intentando salvarle la vida. Y, al principio, usted estaba de acuerdo. Lo que ha ocurrido es que usted ha cambiado de opinión y ellos, no.

—Porque ellos quieren probar nuevos juguetes. No porque realmente estén pensando en el bienestar de Tyler.

—Tal vez en parte tenga razón. ¿Y qué? ¿Qué importancia tiene que intervenga un poco de orgullo profesional, de arrogancia incluso? Eso no importa, siempre que acaben por hacer un bien.

—Eso fue lo mismo que pensé al principio. Pero ahora la situación ha cambiado.

Su tono de voz se estaba elevando y a Kate le preocupó que llamase la atención de los hombres de expresión grave que comenzaban a entrar en la sala y a llenar las filas de asientos. Eso no era lo que ella pretendía. Ella quería que Scott se calmase, no que se alterase.

La gente siguió entrando, médicos, algunos con elegantes trajes hechos a medida, otros con indumentaria informal, chaquetas de lino con finos zapatos italianos. Kate vio a las dos enfermeras que acompañaban a Saramaggio en el quirófano. Ambas se sentaron juntas en la última fila, susurrando y mirando hacia donde ella se encontraba. Se preguntó de qué estarían hablando, pero luego decidió que no le importaba.

—Una cosa más —dijo ella, cubriéndose la boca con la palma de la mano porque los asientos contiguos ya estaban ocupados—. Esto quizá le suene extraño pero, técnicamente, su decisión no es vinculante. Lo que quiero decir es que, aunque decidan en contra de Saramaggio, él podría continuar con la operación. Sólo significa que estará solo y corriendo un riesgo.

—¿Y qué se supone que significa eso?

—Bueno, por un lado, que Saramaggio no contaría con demasiado respaldo si usted decidiera llevar la cuestión más allá… fuera de aquí.

—Quiere decir… si decido llevar este asunto ante un tribunal.

—Sí.

Las diez sillas del estrado ya estaban casi todas ocupadas. Robert Kellman, el presidente, estaba sentado en el centro. Reunía todos los requisitos para el cargo: senatorial, con mechones de pelo blanco cubriendo las orejas. «Un urólogo», susurró Kate. Los otros eran en su mayoría hombres de mediana edad, de aspecto igualmente graves, casi intercambiables. «Guisantes secos en una vaina», pensó Scott. Había una sola mujer, pálida y seria, delgada como la hoja de un hacha, y Kate le explicó que era la jefa de enfermeras. Un asiento permanecía vacío. Finalmente, un sacerdote de rostro rubicundo apareció para reclamarlo, dejó un maletín junto a él y luego se movió entre las filas de asientos como un político, estrechando una mano aquí y dando una cariñosa palmada allá.

A Scott no le gustó nada: un sacerdote perteneciente a la institución y que probablemente defendería la santidad de la vida humana podía hacerle mucho daño a ese caso.

—Por cierto —dijo—, ¿cómo deciden? ¿Votan o qué?

—Sí. Por votación.

Scott sintió que ella se ponía tensa a su lado. Y, cuando se volvió, comprobó cuál era la razón: Saramaggio acababa de sentarse al otro lado del pasillo, junto a Brewster, el administrador del hospital. El neurocirujano estaba mirando a Kate, lanzándole dardos.

Por primera vez, Scott fue consciente de que, al asociarse con su causa, Kate podía estar poniendo su carrera en peligro. De pronto sintió una oleada de gratitud, junto con una punzada de remordimiento. Se había mostrado tan obsesivo, tan egoísta, que ni siquiera había tenido en cuenta las consecuencias para ella. ¿Estaban acostumbrados esos médicos a la discrepancia que acompaña a un debate contencioso? ¿O la deserción de Kate sería considerada como una traición?

Los procedimientos comenzaron con una extensa descripción del estado de Tyler en el momento en que fue trasladado al St. Catherine, repleta de una terminología médica misteriosa que limpió sus heridas e hizo que la narración resultara más fácil de escuchar. No obstante, no podía fingir que ignoraba algunos términos, frases como «destrucción masiva de la corteza lateral izquierda» o «invasión traumática del sistema límbico». Pasar por eso iba a resultar mucho peor de lo que había previsto.

Scott se sintió impresionado al descubrir que el método que habían empleado en el hospital Kingston para preparar a Tyler para su evacuación a Nueva York, envolviéndole la cabeza en hielo para contener la inflamación del cerebro, ya no era el procedimiento recomendado para tratar las heridas cerebrales. «¿Acaso no notifican a la gente esa clase de cambios?», se preguntó.

Luego se le pidió a Saramaggio que presentara su punto de vista. Él pareció tratar la ocasión como una oportunidad para complacerse en la estima que le profesaban sus colegas de profesión. De hecho acercó su silla al estrado e inició una larga descripción de las operaciones: la intensa investigación que se había realizado previamente, los excelentes resultados obtenidos en los experimentos con animales, la forma en que el caso de Tyler encajaba con el protocolo para la primera operación jamás llevada a cabo de extracción, cultivo y reimplantación de células madre reproductivas asistida por ordenador. Era la imagen de la razón y la simpatía.

Uno de los médicos se inclinó ligeramente hacia delante para hacerle una pregunta.

—¿Podría hablarnos acerca de la consulta hecha con el padre del paciente y de si le explicó todo el procedimiento?

Saramaggio explicó las dos reuniones que había mantenido con Scott y, de alguna manera, hizo que ambos encuentros sonaran más metódicos y exhaustivos de lo que él era capaz de recordar. Explicó cómo había descrito con precisión la penetración del «instrumento romo», las posibilidades de que ya hubiese provocado un daño irreparable en el cerebro del chico, la nueva investigación que se estaba llevando a cabo en el campo de las células madre, y la eficacia con la que habían sido reimplantadas en animales. Añadió que él simplemente le había presentado a Scott las alternativas viables e hizo que pareciera como si él se hubiera mostrado tan desinteresado como un camarero que ofrecía elegir entre dos platos del menú.

—Perdón, doctor Saramaggio —preguntó uno de los miembros de la junta—. ¿Cuánto tiempo diría usted que duraron esas sesiones?

Era una pregunta protocolaria, pero Saramaggio pareció desconcertado.

—¿Cuánto tiempo? —Sí.

—Bueno, la primera tuvo lugar inmediatamente después de la exploración preliminar del paciente y yo diría que se prolongó durante una hora aproximadamente. Resulta difícil…

—Doctor —interrumpió el sacerdote—, ¿usted se reunió por primera vez con el padre, eh, el señor Jessup —miró a Scott con aire paternal—, después de la primera operación? ¿No antes?

—Así es.

—¿Es eso lo habitual? Yo pensaba que usted podría haber querido…

—Es habitual cuando la situación del paciente es extrema. Comprenderá usted que, en ese caso, cada segundo cuenta. Yo mismo me apresuré a regresar al hospital para tratarlo. En mi día libre, debo añadir. Hemorragia masiva, pérdida de sangre, todo el sistema en estado de shock. Cualquier cosa podría haber provocado la muerte instantánea del paciente. —Su voz comenzaba a elevarse, indignada—. Y qué sentido tiene reunirse con el padre, podría añadir, cuando no hay absolutamente nada que se le pueda decir porque sencillamente no sabes nada acerca del estado de su hijo.

Fue una afirmación, no una pregunta, y el sacerdote se apresuró a responder, alzando la mano, manso como un cordero.

—Por supuesto, por supuesto. No era mi intención dar a entender que usted debería haberse reunido con el padre antes de ver al paciente. Simplemente le he formulado esa pregunta para averiguar más cosas acerca de los procedimientos.

—Bien, puesto que lo ha preguntado, el procedimiento, como usted lo llama, consiste en atender al paciente primero, hacer lo que es necesario que se haga y ponerlo fuera de peligro si es factible y tan rápido como sea posible. Si tiene alguna sugerencia que hacer respecto de cómo llevar las cosas en esta profesión, somos todo oídos.

El sacerdote se sonrojó intensamente y bajó la vista.

—Naturalmente que no —dijo—. Nuestro propósito aquí no es tratar de juzgar su actuación, ni mucho menos. Pero no todos los presentes estamos familiarizados como usted con las prácticas habituales.

Saramaggio estaba indignado y se le notaba. «Como un gallo desplegando las plumas de la cola», pensó Scott. Tal vez el sacerdote no era tan malo, después de todo, pero le hubiera gustado más si hubiera mantenido su posición.

—Doctor Saramaggio —dijo Kellman, hablando con voz grave y sopesando cada palabra como si fuese un árbitro olímpico de la razón—, ¿podría decirnos, por favor, cuáles son las posibilidades, según su opinión, de que el paciente sobreviva a la operación?

Era evidente que Saramaggio había estado esperando esa pregunta, pero aguardó unos segundos antes de responder, como si reflexionara profundamente y estuviese buscando las palabras precisas que expresaran un delicado equilibrio de ambigüedad.

—Yo diría, teniendo en cuenta todas las circunstancias, que son buenas. Estamos navegando por aguas desconocidas en este caso, de modo que las predicciones están llenas de imponderables. Pero ¿el chico vivirá? ¿Sobrevivirá al propio procedimiento? Tengo pocas dudas acerca de ello.

—¿Y qué puede decirnos de su existencia después de la operación?

—Eso es difícil de predecir. Todo lo que puedo hacer es suministrar un informe de progreso. Por el momento, las células madre se están reproduciendo con normalidad y rápidamente en buenas condiciones de laboratorio. Esas células pertenecen al paciente y demostrarán ser compatibles cuando le sean reimplantadas. Sus funciones son estables. En este momento, el ordenador está duplicando su actividad cerebral y está preparado para asistir en esa función si fuese necesario. En otras palabras, hasta ahora todo se desarrolla normalmente y no espero que la situación presente ningún cambio después de la operación, si bien, por supuesto, no podemos afirmar con absoluta seguridad lo que podría ocurrir.

—¿Y su calidad de vida?

Era el sacerdote quien preguntaba; aparentemente había recuperado la compostura.

—En ese aspecto no podemos predecir nada con certeza. No veo ninguna razón por la que sus células madre no funcionen normalmente. De entre las conexiones nerviosas ya establecidas, sin embargo, más que aquellas que habían sido hechas, algunas tal vez no persistan en el estado postoperatorio. No podemos afirmar con un cien por cien de seguridad que el paciente conservará todas sus características preoperatorias.

—¿Está diciendo que su personalidad puede ser diferente?

—¿Su personalidad? Como hombres de ciencia no podemos hablar con fundamento de semejante abstracción. Tendrá que aprender muchas y nuevas tareas, algunas de las cuales pudo haber conocido y tenga que reaprender. Scott estaba muy erguido en su silla y con los ojos brillantes.

—¿Podrá, por ejemplo, reconocer a su padre? Saramaggio dudó, miró a Scott y poco después desvió la mirada.

—Eso podría resultar problemático. Sin embargo, si no lo reconociera de inmediato, yo diría que será perfectamente capaz de aprender a conocerlo otra vez.

—¿Aprender a conocerlo? —Ahora el sacerdote era casi truculento.

Saramaggio volvió a irritarse.

—Sí, tendrá que volver a aprender muchas cosas. Pero lo principal es que él estará cerca para que pueda conseguirlo. Estoy seguro de que, si su padre es como cualquier otro padre que ama a su hijo, no querrá que deje de existir simplemente porque el vínculo filial tenga que ser restablecido. —Volvió a mirar a Scott—. Puede preguntarle a él.

—Eso haremos —dijo el presidente Kellman—. Mientras tanto, le agradecemos su cooperación. ¿Hay algo más que quiera añadir?

Saramaggio hizo una pequeña pausa, luego añadió:

—Me gustaría repetir lo que he dicho antes. Las aguas por las que navegamos son nuevas y carecemos de cartas de navegación. No se sabe adónde conducen. Nuestro joven paciente será el primero en cruzarlas, el primero en poner el pie en una nueva tierra. Cuando regrese, no podemos saber con seguridad cómo será él. Pero se habrá convertido en un pionero y las generaciones futuras conocerán su nombre y le estarán agradecidos.

—Scott no pudo seguir callado.

—Creo que su nombre le importa mucho más. El presidente se volvió hacia él.

—¿Cómo ha dicho?

—Creo que aquí Cristóbal Colón está pensando en su propio nombre, no en el de mi hijo.

Toda la sala quedó sumida en un profundo silencio.

—Y me siento agraviado, profundamente agraviado, por la insinuación de que mi única preocupación es que mi hijo no me reconozca cuando despierte, si se despierta. Me preocupa que yo no pueda reconocerlo a él. Me preocupa que tenga sólo medio cerebro o quede afectado de alguna manera horrible o esté tan dañado emocionalmente que toda su vida se convierta en una pesadilla.

O que jamás despierte, que continúe en coma. Quién puede saber lo que significa estar encerrado allí, quizá es una agonía terrible, el peor tormento imaginable. Tal vez se encuentre ya sumido en una pesadilla, implorando que lo liberen de ella. O, quizá, Tyler se despertará y será tan incapaz de valerse por sí mismo que, después de mi muerte, acabará ingresado en una institución donde nadie se preocupará por él, nadie lo cuidará…

Su voz se quebró.

El presidente de la junta carraspeó antes de hablar.

—Sin embargo, usted dio su autorización para que esta operación se llevara a cabo. ¿Y ahora ha cambiado de opinión?

—Así es.

—¿Puede decirnos por qué?

—Al principio tenía esperanzas. ¿Quién hubiese rechazado semejante oferta? «Podemos salvar la vida de su hijo, podemos reconstruirlo. Es difícil asegurarlo, es arriesgado, pero pensamos que podemos conseguirlo. Hoy en día podemos hacer cosas maravillosas, usted ni se lo imagina». ¿Quién no hubiese dicho que sí? Aunque sea aferrarse a un clavo ardiendo, es mejor que la alternativa de dejar simplemente que se deslice hacia la nada. Cualquier cosa tiene que ser mejor que eso: un día está aquí, se marcha de fin de semana con un amigo y se despide con un abrazo y corre hacia la puerta y luego, súbitamente, desaparece. Cualquier cosa es mejor, incluso una interminable serie de operaciones donde es abierto, cortado y colocado en máquinas y respira a través de tubos; al menos eso me pareció en su momento.

»Pero ahora han pasado varias semanas y ya no tengo ninguna esperanza. Tyler sigue respirando a través de tubos y un ordenador se encarga de hacerlo por él. No creo que funcione. La enormidad de todo ello se ha hundido. He estado leyendo acerca de esta cuestión. La gente habla de muerte cerebral, pero no existe tal cosa. Esa pieza central, el sistema límbico, continúa funcionando mucho después de que el resto haya muerto. Y es probable que puedan conseguir que siga funcionando para siempre si se le administra la cantidad adecuada de oxígeno y glucosa o lo que sea. Pero allí no hay nadie, no hay ninguna persona dentro; ningún ser humano que pueda ser definido como tal con los términos habituales. Eso no es vida. Es una medusa chapoteando en un charco que ha dejado la marea al retirarse de la playa. Un trozo de carne conectado a una máquina.

Un día vi un documental en televisión, uno de esos programas divulgativos. Mostraba a una mujer cuya hija había sufrido un accidente y estaba en coma. Los médicos querían desconectarla de la máquina que la mantenía con vida, pero su madre no permitió que lo hicieran. Se llevó a su hija a casa y siguió insistiendo en que se pondría bien. La cámara la filmaba cuando le ponía a su hija un biquini y la hacía flotar en la piscina, manteniendo su cabeza fuera del agua. Y yo pensé: ¿quién puede hacerle eso a su propio hijo? ¿Quién puede estar tan loco? Y ahora lo entiendo. Soy yo. Eso es lo que le he estado haciendo a Tyler.

Miró directamente a Saramaggio.

—Usted no está salvando a Tyler. Tal vez piense que lo está haciendo, pero no es así. Lo está matando, poco a poco. Lo está sacrificando en pequeños trozos. Y cuándo haya acabado y ya no quede nada de él, acabará diseccionado lo que ya no está allí. Y escribiendo un libro sobre ello. Pionero… ¡y una mierda!

»De modo que sí, he cambiado de idea, pero no porque sea inestable. Es porque he abierto los ojos y ahora puedo ver que he sido engañado. Exijo que a mi hijo le sea retirada toda la asistencia artificial. Como su padre, lo exijo.

Cuando Scott terminó de hablar, los murmullos crecieron entre el público asistente. El presidente anunció un receso de quince minutos.

Scott se tranquilizó y se levantó para ir al lavabo. Una vez allí, abrió una ventana, se apoyó en la pared junto a ella y encendió un cigarrillo, aspirando profundamente el humo.

Un hombre entró en el lavabo, un indio o pakistaní, con el pelo negro azabache y un rostro agradable. Scott levantó el cigarrillo en un gesto de disculpa y dijo:

—Lo siento, pero necesitaba dar unas caladas.

—No hay ningún problema —dijo el hombre, tendiéndole la mano—. Me llamo Gully. He escuchado lo que ha dicho hace un momento en la sala. Ha estado muy… muy persuasivo.

Scott asintió levemente. Gully frunció el ceño, como decir algo más, luego habló:

—Me temo que este caso llegará hasta el final.

—¿Qué quiere decir? —Preguntó Scott—. ¿A qué se refiere?

—¿Ha visto a ese individuo que se encontraba en la parte de atrás? El que tomaba notas…

—No.

—Es abogado. Curtis y Reinfield. Es la firma que asesora al hospital en los casos que llegan a los tribunales. Ya están preparando el camino, ¿lo entiende?

Scott lo entendía.

Cuando se reanudó la sesión, el presidente invitó a que otros asistentes hicieran uso de la palabra. Varios médicos intervinieron para dar a conocer su opinión sobre el caso. Luego le tocó el turno a Brewster, una intervención plagada de lugares comunes. El hospital sólo quería hacer lo que era correcto. Estaba tratando de equilibrar las necesidades del paciente, tal como habían sido expresadas por el padre —con suma elocuencia, se permitía añadir—, con las de la investigación, porque el hospital era a la vez un lugar para la curación y un centro de aprendizaje, de modo que las futuras generaciones pudieran recoger los frutos del trabajo. A Scott el discurso de Brewster le sonó como si el administrador estuviese hablando ante un tribunal y advirtió, por primera vez, que había micrófonos direccionales grabando toda la sesión. Habían estado ahí desde el principio.

Le pidieron a Cleaver que explicara el funcionamiento del ordenador, pero se negó sacudiendo la cabeza de un lado a otro, casi con vehemencia, para sorpresa y desconcierto de Saramaggio. Scott, que no había reparado antes en la presencia del investigador, lo observó atentamente, estudiando sus torpes movimientos, sus ojos que exploraban la sala. Le preocupó que una persona así formara parte del equipo que se ocupaba de su hijo. Finalmente, el presidente miró a Kate.

—¿Tiene usted algo que añadir? —preguntó amablemente.

Kate se quedó paralizada, con aspecto de estar inusualmente asustada. Luego se levantó y se sentó en el mismo asiento que Saramaggio había ocupado una hora antes.

—No pensaba hacerlo —comenzó a decir—. No he venido preparada para hablar, y dudo que pueda añadir mucho más a la naturaleza médica del testimonio.

—Por favor, por favor —la interrumpió el presidente—. Testimonio, no. Esto no es un tribunal. Espero no haber dado esa impresión.

Las mejillas de Kate se sonrojaron ligeramente.

—No, lo sé. Le pido disculpas. Lo que quería decir era simplemente que es muy poco lo que puedo añadir a lo que se ha dicho hasta este momento, al menos en lo referente a la operación. Para mí es algo nuevo, es nuevo para todos los que estamos en esta sala. De modo que, gran parte de lo que podamos decir en este sentido, virtualmente todo lo que digamos, no importa cuán profundas puedan ser las convicciones que lo sustenten, será una especulación, una conjetura. Nadie puede decir con certeza qué es lo que sucederá, porque ninguno de nosotros puede saberlo. Solamente podemos suponer cuál será el resultado de esta operación. No existen precedentes que puedan servirnos de guía, ningún dato estadístico, nada en la literatura médica. Como el doctor Saramaggio ha apuntado, estamos pisando terreno nuevo, desconocido.

Kate hizo una pausa, pensando, y cuando reanudó el discurso, habló con mayor seguridad.

—Como se trata de un terreno nuevo, los escasos instrumentos de que disponemos para guiarnos son principios abstractos. Ellos son nuestro mapa y nuestra brújula, las venerables tradiciones de nuestra profesión. Y, supongo que en esto todos estaremos de acuerdo, lo más importante es el juramento hipocrático que dice: «Nunca dañarás a un paciente».

»Hoy no podemos decir con absoluta seguridad si hemos observado este antiguo precepto o si lo hemos violado. Pero como el asunto era tan terrible y extremo, nos encontrábamos en una situación de fuerza mayor. ¿Provocamos más mal que bien? Debemos enfrentarnos a la posibilidad de que la respuesta a esa pregunta sea, en última instancia, imposible de conocer. Pero esa duda no significa que estuviésemos equivocados. Ante un paciente que se encontraba en una situación desesperada, al borde de la muerte, con un padre desesperado y la perspectiva de nuevos y terribles sufrimientos, ¿quién de los presentes no habría tomado la misma decisión? Especialmente si tenemos en cuenta que las herramientas para tratar al muchacho estaban disponibles, aun cuando no hubieran sido probadas con anterioridad. De modo que creo que todos podemos convenir en que la decisión inicial de proceder con la operación fue la correcta.

Scott miró a su alrededor. Saramaggio no cabía en sí de gozo y el rostro de Brewster reflejaba una inocultable satisfacción. Kate respiró profundamente antes de continuar.

—Pero ahora la situación ha cambiado —dijo—. Y ha cambiado porque el padre del paciente, quien está legalmente autorizado a tomar las decisiones que considere oportunas en nombre de su hijo, quiere que el procedimiento se interrumpa. ¿Cómo podemos ignorar sus deseos? ¿Cómo podemos afirmar que él no sabe lo que es mejor para su propio hijo?

La expresión en el rostro de Saramaggio era ahora sombría.

—Antes se ha dicho que él ha cambiado de idea. Yo no creo que realmente la haya cambiado. Cuando dio su consentimiento, y yo estaba presente en ese momento, creo que sus ideas no estaban totalmente claras. Buscaba en nosotros a alguien que le sirviera de guía y, como el resto de nosotros, siguió adelante esperando lo mejor, porque no había mucho más que hacer. Y uno siempre quiere hacer algo. Pero ahora, sin duda, ha tomado una decisión. Ha pensado, ha aprendido y nos ha observado, y ha llegado a una conclusión. Y él es el único que conoce al paciente, es quien lo ama, quien tendrá que cuidarlo si las cosas no salen bien. ¿De qué otra persona se puede decir con honestidad que sólo está pensando en el paciente? No en la ciencia médica, no en pacientes futuros, no en la investigación o en la reputación del hospital, sino solamente en el paciente y en nada más.

Kate pronunció las últimas palabras como una abogada defensora que pronuncia el alegato final.

—Para terminar, él ha hablado. Es la voz que todos deberíamos escuchar, por encima de todas las demás. Creo que seríamos inmorales y algún día deberíamos enfrentarnos a un juicio si no lo hiciéramos.

Acabó su intervención y oyó el eco de sus propias palabras. La sala estaba en absoluto silencio. Se levantó y regresó a su asiento, esta vez con una timidez que no podía disimular.

Saramaggio y Brewster se miraron, luego Brewster y Kellman hicieron lo mismo.

El presidente esperó casi un minuto y, en el silencio, creció una atmósfera de drama. Luego se aclaró la garganta como si estuviese a punto de hacer una declaración importante. No obstante, miró duramente a Kate y formuló una pregunta:

—Doctora Willet, ¿puede decirnos, por favor, y le aconsejo que lo piense detenidamente antes de responder, si ha establecido una estrecha relación personal con el padre del paciente?