Ánima
Mientras Kate se vestía...
Mientras Kate se vestía en su apartamento —se estaba convirtiendo en una neoyorquina y ya no bajaba las persianas por razones de pudor o recato—, descubrió que estaba pensando en Scott, Aparecía en su mente en los momentos más extraños, una instantánea aquí, un fragmento de su voz allá. No le resultaba fácil encontrar una razón para que fuese así; no estaba enamorada de él, aunque se daba cuenta de que, en otras circunstancias, podría haberle resultado atractivo. La razón era, estaba convencida de ello, la compasión, y ésta, le habían dicho, no era un buen cimiento para sustentar una relación. Pero, aun así, no le resultaba fácil discernir dónde acababa su natural compasión por la horrible situación que estaba viviendo Scott y dónde comenzaban otros sentimientos. Toda aquella historia era tan horrible. ¿Quién era capaz de evitar pensar todo el tiempo en ella?
Y, últimamente, había empezado a preocuparse por la evolución de Tyler. Ya habían pasado casi tres semanas desde la operación y no había movido siquiera un dedo. En su mente racional ella sabía que no debía esperar un cambio, y un estado sin cambios apreciables era, de hecho, lo previsible mientras sus células madre eran cultivadas en el laboratorio. Pero Kate había visto pacientes en coma profundo que se mostraban más reactivos que Tyler y, cuanto más tiempo pasaba, más radical parecía el tratamiento aplicado por Saramaggio. Las palabras de Scott aún resonaban en su mente: aquello estaba empezando a parecer una única e interminable operación.
Y, últimamente también, sus dudas acerca de la medicina habían ido creciendo con respecto a numerosas cuestiones. Todas esas contradicciones derivadas de los llamados modernos milagros médicos. Sí, un bebé prematuro de apenas veinticuatro semanas podía salvar la vida gracias a todo ese fantástico equipo de incubación, pero ¿tendría luego una vida saludable? Un anciano en el umbral de la muerte podía ser mantenido con vida con respiración asistida, pero ¿podía llamarse vida a eso? Quizá las cosas, en cierto modo, habían sido mejores en épocas no tan lejanas, cuando los ciclos de la vida se manifestaban como los ritmos naturales de las estaciones y nosotros nos prosternábamos en nuestra indefensión ante la Parca. Al menos era más humano, cualquiera que fuese su significado. Blanco y negro: uno sabía cuándo dar las gracias misericordiosas hincado de rodillas y cuándo golpearse el pecho arrasado por la pena.
Se abrochó el sujetador por delante, le dio la vuelta, metió los brazos a través de los tirantes y luego deslizó por la cabeza un fino suéter de punto. Sabía que su pensamiento era una herejía. Se suponía que los médicos, no ya los cirujanos, no debían de pensar en estas cosas. Pero su madre siempre había alentado en ella un poco de herejía, «a contracorriente», decía con orgullo de viuda. Sin eso, todos seguiríamos perteneciendo a Inglaterra, añadía.
Ésa era otra cosa. En esos días pensaba cada vez más en su madre. Se preguntaba por qué, cuando estás profundamente afectada en un área, tus emociones se extienden hacia otras; como las ondas del agua en un estanque cuando arrojas una piedra: nada en la orilla permanece intacto. Tal vez fuese porque sentía que jamás había conseguido completar el duelo; el deterioro provocado por el cáncer había sido tan prolongado y la imagen de su madre, indefensa y estragada por la enfermedad, había bloqueado todos los recuerdos felices. Incluso había sentido cierto alivio cuando finalmente murió, que había apartado a Kate de la natural inclinación a derramar las lágrimas de una hija. Kate había mantenido la pena en su interior porque la máxima de su madre contra la autoconmiseración resonaba en sus oídos: «Las mujeres Willet no sentimos pena por nosotras mismas; seguimos adelante con la vida».
Pero la historia no acababa ahí, y Kate sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a ello. La culpa que crecía en su interior, porque sentía que había abandonado a su madre cuando más la necesitaba, se estaba volviendo demasiado intensa para ignorarla.
Fue a la cocina, se sirvió otra taza de café y leyó el periódico, y luego se sentó ante el tocador (adquirido por treinta dólares en el local del Ejército de Salvación) para cepillarse la larga cabellera color miel. Se miró al espejo y sus ojos azules le devolvieron la mirada. Examinó su piel, aún inmaculada, sin una sola mancha. Debían de ser seguramente esos fuertes genes forjados en Groenlandia, las generaciones criadas entre las rocas afiladas y la espuma del mar. Ésos eran sus buenos rasgos. Luego se detuvo en la nariz, se colocó de perfil, la levantó ligeramente con el dedo: no era tan buena. Inclinada hacia un lado, un pelín larga. Alzó la cabeza otra vez. Las orejas parecían demasiado grandes pero, al menos, podía cubrirlas con el pelo. Algunas arrugas alrededor de los ojos, en la frente. Treinta y cuatro años. ¿Durante cuántos años continuaría soltera? ¿Se estaba convirtiendo acaso en una mujer concentrada en su carrera y que no podía pensar en casarse y formar una familia? Siempre había pensado que sería una buena madre. Había querido tener hijos, muchos hijos, el sueño de una hija única criada por un solo progenitor.
Sacudió la cabeza, un reproche. Hora de dejar de soñar despierta.
Se levantó, se estiró la falda e hizo la cama. Cuando estaba colocando el cubrecama sobre la almohada advirtió que el colchón doble presentaba una depresión en el lado izquierdo, donde ella dormía habitualmente. Tomó nota mentalmente de que debía cambiarse al lado derecho.
Kate nunca había estado en la Rockefeller University, escondida en el borde oriental de Manhattan, a lo largo de la siempre bulliciosa avenida York. Atravesó el alto portón de hierro y siguió el sendero que discurría junto al camino particular principal. Prados verdes y perfectamente cuidados bajo la cúpula que formaban las copas de frondosos robles y enredaderas trepando por los muros de ladrillo. Un poco más adelante, en una ligera pendiente, se alzaba un imponente edificio en una colina, un templo dedicado a los dioses de la ciencia.
En el interior, ante el mostrador de recepción, le dio al guardia de seguridad el nombre de la persona a la que había ido a ver: Ira Rosenfield. Era una leyenda en neurología y neurocirugía; cuarenta y cinco años en la sala de operaciones; ahora se hallaba retirado. Rosenfield estaba muy próximo a su mentor, A. B. Reinhardt, el profesor de psicología de la anormalidad que la había orientado en su camino y, de vez en cuando, guiaba su carrera desde la distancia, principalmente a través de su extensa red de compañeros de profesión.
Rosenfield la recibió amablemente en su despacho del tercer piso, una habitación estrecha con las paredes cubiertas del suelo al techo con estanterías atestadas. Sobre su escritorio, montones de artículos y reimpresiones rodeaban un cuaderno de notas donde había estado escribiendo una carta, advirtió ella, con una pluma estilográfica.
Él le hizo algunos cumplidos y le ofreció una infusión de manzanilla. Calentó el agua en una tetera eléctrica. Sus pequeños ojos rosados brillaban encantados. Los dos intercambiaron comentarios elogiosos, sobre todo acerca de Reinhardt, cuyo travieso sentido del humor tendía a manifestarse en bromas pesadas que eran famosas en todo el país. Rosenfield estalló en carcajadas al recordar algunas de ellas.
—¿Y qué es lo que la trae por aquí? —preguntó finalmente—. Ha mencionado algo acerca del St. Catherine y Saramaggio.
Ella creyó percibir un tono de desaprobación en la sola mención del nombre del neurocirujano, pero quizá sólo fuese su imaginación.
Le explicó la historia de Scott y Tyler de principio a fin, felicitándose a sí misma por el tono desapasionado con que lo hizo.
—Y entonces… —dijo él finalmente. Ella vaciló y se sonrojó ligeramente.
—Me preguntaba qué pensaría usted de todo esto, la operación, las posibilidades de éxito…
—Ah, eso… Bien, no es fácil decirlo. Ignoro los detalles de este caso, el estado de la investigación. Rosenfield sopló la superficie de su taza y bebió ruidosamente, luego se apoyó en el respaldo de su sillón con las manos detrás de la cabeza y miró al techo. No era una postura muy favorecedora, pliegues de piel colgaban debajo de su barbilla como las carnosidades de un pavo. Permaneció en silencio varios minutos, reflexionando sobre lo que Kate le había contado. Luego la miró directamente a los ojos. Ella se dio cuenta de que Rosenfield estaba formándose una opinión de ella, preguntándose si debía ser totalmente honesto. Finalmente pareció llegar a una conclusión.
—Antes que nada, permítame que le diga algo que para mí es muy importante: yo apuesto muy fuerte por el progreso médico. ¿Quién de nosotros no lo hace? Pero yo más que la mayoría. Creo firmemente en el espíritu de los pioneros. Estuve presente en uno de los primeros trasplantes de hígado. Y fue realmente maravilloso ser testigo de ese momento, no por el paciente; de hecho, el paciente era un desdichado. La recuperación fue larga y dolorosa y nunca se completó. Fue maravilloso por la operación en sí, la simple maravilla de poder llevarla a cabo. Porque fue una de las primeras en su tipo. Uno sabía muy bien que era la precursora de muchas operaciones que se realizarían en el futuro. Éramos conscientes de que con el tiempo se perfeccionarían, que los cirujanos mejorarían la técnica, que se crearían nuevos fármacos para combatir el rechazo y lograr que las cosas fuesen más soportables para el paciente. Uno sentía el aliento de la historia en el hombro, que se estaba consiguiendo un notable avance, allí y en ese momento, del mismo modo en que un ejército que lucha palmo a palmo por la conquista de un territorio sabe que está avanzando cuando ve la bandera clavada delante de sus ojos. Fue un avance porque era el momento adecuado para que se produjera.
Se inclinó hacia delante, bebió un poco de té y volvió a apoyar la taza en un sobre que usaba a modo de posavasos.
—Como todos los médicos que conozco, soy un defensor de la terapia genética. La emplearemos para erradicar enfermedades, toda clase de enfermedades hereditarias. Las eliminaremos de la faz de la tierra. Creo en la investigación con células madre. Estoy convencido de que contienen un potencial increíble para reparar y sustituir órganos y tejidos dañados. Dentro de pocos años estaremos realizando ensayos clínicos para todo tipo de enfermedades: apoplejías, lesiones en la columna vertebral, Parkinson, anomalías cardíacas, lo que a usted se le ocurra. Todo salvo el cáncer. Y algún día, también llegaremos ahí.
Pero los avances deben llegar en el momento adecuado. Si te mueves demasiado pronto pones en peligro todo el proceso. Todo general sabe eso: mantén tu batallón agrupado y no te alejes demasiado de tus líneas de abastecimiento. O te arriesgas a ser derrotado.
Toda esta publicidad que se ha generado alrededor de las células madre ha suscitado enormes expectativas. Pero se encuentran muy lejos de nosotros. Su potencial está a años luz del estado actual de las investigaciones. Podemos soñar con estas cosas, pero aún no podemos llevarlas a cabo. Christopher Reeve no volverá a caminar dentro de poco tiempo. Y la gente seguirá contrayendo la enfermedad de Alzheimer y perdiendo lentamente su capacidad racional.
Hizo una pausa y miró su taza, luego continuó.
—¿Sabe?, yo realizo numerosas giras de conferencias y hablo mucho acerca de las células madre. ¿Y sabe cuál es la pregunta que me hacen con mayor frecuencia?
Ella negó con la cabeza.
—Cuando acaba la conferencia, un hombre se acerca al estrado, a veces más de uno, y titubea unos momentos antes de formular la pregunta que tiene en mente. Me pregunta si puedo usar las células madre para conseguir que tenga un pene más grande. Y, en ocasiones, es una mujer quien lo desea. —Hizo un leve suspiro—. Eso es lo que el público piensa de todos nuestros grandes avances. Eso y si estamos matando bebés para conseguir tejido fetal de los cadáveres.
—¿De modo que cree que es demasiado prematuro? ¿No cree que Saramaggio tenga muchas posibilidades de éxito?
—Yo no he dicho eso. No me gusta criticar a un colega cirujano, especialmente a uno tan famoso como él. ¡Pero reconstruir un cerebro! ¡Qué arrogancia! Aún no somos capaces de construir un nuevo hígado, un corazón o un riñón, y mucho menos un cerebro. Quiero decir, ¿sabe de cuántas neuronas estamos hablando? —La miró y se interrumpió, ligeramente turbado—. Lo siento, por supuesto que lo sabe.
Se levantó del sillón para disimular su incomodidad y comenzó a pasear por el estrecho espacio. Era un hombre más pequeño de lo que ella esperaba.
—Bien, tal como siempre les digo a mis pacientes, si estamos hablando de todo el sistema nervioso de un ser humano, entonces se trata de alrededor de cuatro billones de neuronas. ¿Se da cuenta de que es aproximadamente el mismo número de estrellas que hay en el cielo? Ella lo miró con una expresión de escepticismo dibujada en el rostro.
—Bueno, tal vez no exactamente. Nadie sabe cuántas estrellas hay. Pero sirve para ilustrar lo que pretendo decir, y mis pacientes captan la idea. Un ser humano es tan complejo como el universo entero. Cada neurona se halla conectada a aproximadamente otro centenar de ellas. Esos largos senderos que recorren toda la columna vertebral ya están formados en el embrión. Si una neurona no se conecta a la neurona adecuada, muere, y siguen muriendo hasta que finalmente se establece la conexión correcta y dos de ellas consiguen sobrevivir. Están separadas por un micromilímetro, luego crecen, se estiran con la expansión del cerebro. A medida que el niño crece, ellas también lo hacen. ¿Cómo se puede conseguir eso con un muchacho de trece años? Ya es un ser humano casi totalmente desarrollado. Su cerebro se halla completamente desplegado. Como usted bien sabe, lo que cuenta es el modelo de conectividad. Todas esas conexiones que se producen alrededor de la corteza cerebral nos proporcionan nuestros recuerdos, conforman nuestras personalidades, hacen que nos enamoremos… son aprendidas. Se trata de caminos que se forman con el tiempo, por hábito. ¿Por qué una neurona se conecta con una segunda neurona y no con las noventa y nueve restantes? Hábito, eso es todo. Sucedió la última vez, de modo que es probable que vuelva a suceder. La misma sinapsis se activó antes, de modo que es probable que se vuelva a activar. Es un camino en el sentido literal del término, gastado por el uso, del mismo modo que un sendero enlodado a través de un prado. ¿Qué ocurre entonces? Tienes diez mil de esas neuronas activándose como lo hicieron la última vez y puedes levantar la cuchara. Tienes cientos de millones de ellas, miles de millones de ellas, siguiendo alguna clase de pauta absurda y consigues un ser humano completo. Es tan simple como eso… y a la vez tan complicado.
De modo que explíqueme una cosa: aunque Saramaggio sea capaz, de alguna manera, de volver a implantar todas esas neuronas, ¿cómo va a reproducir las conexiones?
—Mediante un ordenador. Ha conseguido una simulación de gran parte de la actividad cerebral utilizando un ordenador.
—¿Y qué me dice de la parte del cerebro que resultó dañada? ¿Cómo puede simular eso el ordenador? ¿Acaso cree usted que si, al finalizar todo este proceso, surge una persona real, existe la más remota posibilidad de que guarde algún parecido con el chico que era… en algún sentido?
Kate bajó la vista. Rosenfield lo advirtió por el rabillo del ojo, pero continuó remachando en el mismo clavo.
—¿Y si algo sale mal? ¿Ha pensado en ello? Dígame, ¿tiene tanta confianza en los ordenadores? ¿Le confiaría usted su vida a una de esas máquinas?
Kate, incómoda, cambió de posición en su sillón, pero él no se rindió.
—¿Sabe usted lo que su Saramaggio está tratando de hacer?
Se sintió tentada de decirle que Saramaggio no era suyo, pero se contuvo.
—Nada menos que intentar reconstruir el universo. Está tratando de enhebrar las estrellas en el cielo. Rosenfield regresó al escritorio y se sentó. Levantó la taza de té y el sobre quedó pegado a la base y subió hasta su pecho. Pero no se dio cuenta, tan concentrado estaba en Kate. Volvió a depositar la taza en el escritorio sin haber bebido.
—Verá, no es mi intención lanzar una arenga —dijo—. Como puede ver, esta cuestión me interesa profundamente. Disponemos de cobayas auténticas; no tenemos necesidad de experimentar con seres humanos. Yo conocía a Christian Barnard. Los conocía a todos. El primero que operó en el interior del corazón al tacto perdió a sus cuatro primeros pacientes. El primero que utilizó una máquina cardiopulmonar tuvo un primer éxito y luego perdió a los siguientes cuatro pacientes y nunca más volvió a operar un corazón. En cuanto a los trasplantes de corazón, al principio los índices de mortalidad eran increíbles. De los aproximadamente doscientos primeros trasplantados, ciento veinte de ellos murieron al cabo de pocos meses. Unos veinte sobrevivieron un año. ¡De doscientos pacientes! ¡Y se trataba del corazón! Un músculo con cuatro cavidades y un puñado de válvulas. Lo que Saramaggio está intentando en este caso… ¿cuántos pacientes serán necesarios hasta que exista una probabilidad de éxito relativamente decente? Mil, quizá más.
Kate levantó la cabeza y asintió.
—Bien —dijo ella—. Me alegro de haber venido. Quería oír lo que usted pensaba de todo esto, y no hay duda de que me lo ha hecho saber.
Él sonrió, ahora súbitamente relajado.
—Me dejo llevar —dijo suavemente—. La prerrogativa de la vejez. Lo siento, la conferencia ha terminado. —Señaló la estilográfica y el tintero—. Soy una persona muy anticuada. Ni siquiera utilizo un ordenador para escribir una carta. Volvió a levantarse.
—Venga conmigo, le enseñaré el lugar.
Rosenfield la acompañó a través de una madriguera de oficinas, laboratorios y bibliotecas. En un edificio anexo pasaron por delante de una enorme sala con puertas giratorias que tenían pequeñas ventanas en forma de diamante. Kate miró a través de una de ellas y alcanzó a ver una gran mesa ovalada rodeada de una docena de sillas de madera, todas ocupadas. Al fondo, en un estrado, un hombre explicaba algo delante de una pizarra.
—Stuart Kauffman —le informó Rosenfield—. Teoría de la complejidad. Biología teórica. Buen material. Debería escucharlo alguna vez.
—¿De qué está hablando ahora?
—¿Hoy? Creo que de lo que él llama el concepto del adyacente posible.
—¿Qué es eso?
—Veamos: ¿cómo lo formula él? Ah, sí. Para cualquier grupo de objetos o estados, el adyacente posible es el grupo de todos los objetos o estados que aún no existen, sino que son sólo una simple combinación que está muy lejos de existir. En otras palabras: ¡Cuidado! Nunca sabes lo que puede suceder.
—Como nuestras neuronas. Un centenar de ellas instaladas junto a la que quiere activarse.
—Algo así —contestó Rosenfield cortésmente—. Resulta más fácil pensar en reacciones químicas, en cómo un compuesto químico puede catalizarse de pronto en otro. O en la taza de té que acabo de preparar, cómo se calentó el agua cada vez más hasta que, súbitamente, cambió por completo y comenzó a hervir. Si no supiera nada acerca del agua, ¿podría haber predicho lo que ocurriría? Grandes burbujas que, de pronto, comienzan a saltar por todas partes.
Llegaron a la planta baja.
—Pero Kauffman aplica la teoría a cualquier sistema complejo: economías, sociedades y, naturalmente, organismos. Es algo intuitivamente obvio, pero él está buscando formalizarlo de tal manera que pueda arrojar luz sobre la historia y la dinámica de la evolución.
—¿De la evolución?
—Sí. En los primeros estadios de la Tierra había moléculas simples: amoníaco, metano, etcétera, y ahora, cuatro mil quinientos millones de años después, tenemos entre diez y cien billones de clases de moléculas orgánicas, desde simples enzimas hasta enormes proteínas complejas y cadenas de ADN. ¿Cómo se produjo esta increíble diversidad? La vida la crea, expandiéndola sin prisa pero sin pausa hacia el adyacente posible. Y cada vez que avanza un poco más en su complejidad, aumenta el abanico de posibilidades para una nueva expansión. Imagine una torre de Rube
Goldberg[4] que se alza y que se vuelve cada vez más complicada a medida que asciende.
Atravesó la puerta principal sin dejar de hablar y desembocaron en la escalinata del edificio en el que ella había entrado hacía cuarenta minutos.
—Básicamente, Kauffman especula que la vida es arrastrada de forma tenaz, como si lo hiciera una fuerza inexorable, hacia el siguiente estadio, hacia su adyacente posible.
—¿Y nadie puede predecir el siguiente estadio?
—No, nadie. Ni siquiera un ordenador. A menos que, tal vez, el siguiente estadio sea el mismo ordenador y, en ese caso, probablemente lo mantendría en secreto — respondió con una sonrisa.
Se estrecharon las manos bajo el sol; él cubrió las de ella con las suyas y las retuvo unos minutos.
—Creo que usted está preocupada por todo este asunto con Saramaggio —dijo lentamente—. Creo que ha venido a verme porque quería oír la respuesta que yo le he dado, y ahora que ya la ha oído, tendrá que decidir qué es lo que va a hacer.
Kate asintió, en parte para devolverle su gentileza anterior y, en parte, porque lo que Rosenfield le había dicho había hecho que recordara algo.
«Tiene razón —pensó mientras bajaba la escalera, demasiado abstraída como para volverse y saludarlo—. Estoy preocupada».
Aceleró el paso mientras descendía la ligera pendiente asfaltada.
Expansión hacia el adyacente posible.
No podía decir por qué, pero no le gustaba nada cómo sonaba eso.
El lunes siguiente, Kate llegó temprano al trabajo porque el St. Catherine había organizado un simposio privado sobre la operación llevada a cabo por Saramaggio para un grupo selecto de neuroanatomistas, neurobiólogos y neurocirujanos. Ella tuvo conocimiento de la celebración de ese acto la tarde del viernes. Los comentarios acerca de la notable operación ya habían comenzado a circular por la ciudad, según explicaba un memorándum, de modo que era mejor hacer frente a los rumores y explicar exactamente lo que se había hecho y el estado satisfactorio del paciente hasta ese momento. Todo ello, naturalmente, de manera extraoficial, hasta el instante en que el New England Journal of Medicine publicase la historia contada por el propio Saramaggio.
Cuando se reunió con el resto de los invitados en el pequeño auditorio del piso quince, una sala acogedora y artesonada, con una pared de cristal que ofrecía una vista espectacular del río, pudo reconocer a varios nombres célebres en el campo de la cirugía. En la segunda fila estaba sentado Alex Berenstein, del Beth Israel, y dos filas detrás de Kate se encontraba Nick Barbaro, del Moffitt. ¿Habría volado desde San Francisco para asistir a ese simposio? Vio que habían preparado un moderno equipo de proyección audiovisual, otro signo de que no se trataba de una sesión improvisada en el último momento.
Calvin Brewster, el administrador del hospital, ocupó el estrado y habló desde un atril que disponía de un panel de control con un impresionante conjunto de botones e interruptores. Se entretuvo unos instantes con el micrófono, y simuló una ligera confusión cuando llegó el sonido de retorno. Dio la bienvenida al selecto público asistente, señaló que había café y pastas al fondo, bromeó con el hecho de que no sería necesario pedirle a una audiencia tan eminente que prometiese guardar el secreto, y luego hizo precisamente eso. Las veinte personas que había en la sala mostraron su conformidad. Su presentación de Saramaggio fue absolutamente servil.
El alto y delgado cirujano se levantó de un asiento en el medio de la sala y se dirigió con lentitud hacia el estrado. Un aplauso hubiese sido un gesto impropio de ese momento y ese lugar, pero Kate creyó detectar el discreto reconocimiento de las cabezas que se inclinaban levemente. «Como delgados juncos ante una suave brisa», pensó.
Como era la única mujer asistente, una situación que, por frecuente, ya no le resultaba extraña, sentía que llamaba algo la atención.
Saramaggio comenzó la disertación explicando las primeras investigaciones. Reconoció el trabajo del doctor Cleaver en «el dominio de la inteligencia mejorada artificialmente por ordenador» y, al hacerlo, su mirada se dirigió hacia el fondo de la sala. Kate se volvió. Cleaver estaba sentado solo en la última fila, hundido en su asiento.
¿Había convertido en un hábito el hecho de deslizarse dentro y fuera de las habitaciones sin que nadie lo advirtiese, o sólo lo parecía?
A continuación, Saramaggio explicó el accidente que había sufrido Tyler, de quien dijo que tenía doce años. Kate se preguntó cómo podía un médico tan meticuloso en el quirófano equivocarse en la edad de su paciente. La pregunta cristalizó su creciente inquietud. Luego sintió una punzada de arrepentimiento, tal vez estaba siendo demasiado crítica. Tal vez su pequeña charla con Rosenfield la había condicionado.
—De modo que pueden hacerse una idea de aquello a lo que nos enfrentábamos —dijo Saramaggio—. Nos encontrábamos en una verdadera encrucijada. Tenemos a un paciente en una situación desesperada que se enfrenta a la muerte o a una discapacidad mental severa para toda la vida. Y disponemos de una investigación prometedora pero incompleta en técnicas médicas avanzadas que podría aliviar razonablemente su estado. Fue, quizá, una conjunción afortunada.
Saramaggio hizo una pausa dramática. Kate pensó que raramente había visto a alguien más satisfecho de sí mismo. Una súbita imagen del helicóptero posándose en el terrado del hospital destelló en su mente, Scott cogiendo la mano de su hijo mientras el equipo corría por la superficie alquitranada.
Saramaggio pulsó varios botones en el panel de control. La ventana quedó cubierta por una cortina, las luces disminuyeron de intensidad y una pantalla con vetas plateadas descendió detrás de él. Un minuto más tarde, la pantalla cobró vida con imágenes, luz y color. Kate tardó unos segundos en reconocer la sala de operaciones. Tyler aparecía cubierto por las sábanas verdes. Un primer plano de la cabeza con el trozo de metal sobresaliendo del cráneo —creyó oír que uno de los médicos que estaba en la misma fila carraspeaba ligeramente—, y luego empezó a reconocer a la gente que aparecía en la pantalla. El anestesista, Gully, ella misma. En el centro, la prima donna en persona, Saramaggio, moviéndose con fluida seguridad en sí mismo. Era extraño que no hubiera sido consciente entonces de la presencia de la cámara en el quirófano, aunque había permanecido visible todo el tiempo detrás de una pared opaca.
Con voz lacónica, Saramaggio describió ambas operaciones. Mientras retiraba cuidadosamente el horrible trozo de metal, se separaba de la mesa de vez en cuando. ¿Lo hacía deliberadamente para que la cámara pudiese hacer una toma más clara? Kate se reprendió a sí misma por permitir que esa idea pasara por su cabeza.
Una vez retirada la pieza de metal, la cámara tomó un primer plano del cerebro herido. Saramaggio congeló la imagen en la pantalla y utilizó un puntero para describir la herida. Kate sintió una leve conmoción cuando la cámara hizo un zoom para mostrar un primerísimo plano. El corte parecía muy ancho. El daño era incluso más extenso de lo que ella había pensado en su momento. Luego la filmación se reanudó, mostrando la extracción de las células madre, ampliaciones de las mismas en las cápsulas de Petri y la implantación de los electrodos. Lento, minucioso, aburrido de ver. Cleaver apareció en la pantalla, trabajando en sus máquinas infernales. Unos minutos más tarde, el vídeo acabó y las luces volvieron a encenderse.
Saramaggio respondió a unas cuantas preguntas, la mayoría precisa y técnica. Parecía ansioso por continuar con su explicación y, en efecto, acabó prematuramente una respuesta para anunciar:
—Hemos preparado una demostración especial para ustedes.
Las luces volvieron a apagarse. Tyler yacía inmóvil en su cama, un tanto borroso detrás de las dos láminas de cristal. Una toma más próxima. Se podía ver el movimiento del pecho; estaba respirando. Su rostro se sacudía levemente.
—Éste es nuestro paciente hoy, en este preciso momento. Pueden ver todos los signos clásicos del coma. Sobre todo, nos interesa mantenerlo estable.
La pantalla se oscureció por un momento; luego apareció otra imagen: una cápsula de Petri con cientos, miles de esferas diminutas, oscuras alrededor de los bordes. Parecían gotas de lluvia sobre una hoja de vidrio.
—Estas imágenes fueron tomadas ayer. Como pueden apreciar, la colonia de células madre continúa creciendo. Hasta ahora se están multiplicando incluso más deprisa de lo que habíamos previsto. Si continúan a este ritmo, dentro de dos, tres o quizá cuatro semanas, dispondremos de una cantidad suficiente para comenzar la reimplantación.
Una mano se levantó entre los asistentes. Una pregunta.
—¿Están usando agentes catalíticos?
—Suero fetal bovino con dos proteínas: factor de crecimiento de fibroblasto y factor inhibidor de la leucemia.
—¿Ha apreciado alguna variación entre las últimas generaciones?
—No, las más nuevas parecen ser duplicados exactos de las viejas.
La pantalla volvió a oscurecerse y luego apareció nuevamente Tyler. Ahora la cámara se movía, era portátil, alguien la estaba manejando. El objetivo se volvió hacia la fila de máquinas que había junto al muchacho.
Esta toma es en directo. Se está realizando en este mismo momento. Los monitores muestran los signos vitales del paciente. Por favor, quiero que miren atentamente el electroencefalograma. —La pantalla mostró cuatro cuadrados, cada uno de ellos con un impulso que trazaba un camino de izquierda a derecha—. Hemos instalado cuatro submonitores para registrar la función cerebral en cuatro localizaciones diferentes, tres de ellas en la región límbica. Ahora quiero que presten mucha atención.
La pantalla se dividió en dos. Los cuatro monitores estaban en la mitad izquierda. En la derecha, Kate reconoció el grupo de máquinas del ordenador que se encontraba en la habitación contigua a la burbuja de Tyler.
—Esto representa los impulsos que proceden del ordenador. Del mismo modo, también disponemos de cuatro submonitores.
La pantalla derecha mostró un primer plano con cuatro monitores separados. Ahora eran ocho en total.
—Los cuatro monitores de la izquierda corresponden al cerebro del paciente. Los cuatro de la derecha corresponden al ordenador. Pueden ver que están perfectamente sincronizados. Resulta imposible decir si el paciente es quien origina la actividad o si es el ordenador el que lo hace y la envía al cerebro, que luego la registra como propia. Pero tenemos una forma de averiguar cuál de los dos está ordenando esa actividad.
Cambiad al monitor principal.
Sólo entonces Kate descubrió que el micrófono que él utilizaba estaba integrado en un juego de auriculares de audio para quienquiera que estuviese manejando la videocámara. Ahora la pantalla mostraba una única pantalla de monitor verde con una aguja negra. En el lado izquierdo había un enorme cero y a la derecha un enorme uno. Kate se dio cuenta de que había visto antes esa máquina, pero nunca se había molestado en preguntar cuál era su función.
—Ésta es, sin lugar a dudas, la medición individual más importante que tenemos. Cada sesenta segundos establecemos un retraso de un minuto en los impulsos del ordenador. Si los monitores del ordenador se retrasan respecto de los que están conectados al paciente, entonces sabemos que el cerebro del paciente es el que está enviando las señales sin ayuda de nadie. Si los monitores del paciente no registran ninguna señal hasta que el ordenador interviene, entonces es el ordenador el que está haciendo el trabajo. Este aparato imprescindible nos dice cuál de los dos hace el trabajo principal.
»Como pueden ver, la aguja está señalando el cero. Eso indica que el paciente aún tiene actividad cerebral. Si la aguja cambia y señala el uno, entonces es el ordenador el que se ha hecho cargo.
Todos fijaron la vista en la pantalla. Iba claramente hacia el cero.
La aguja apunta.
—Un indicador muy simple pero eficaz. Estamos en deuda con el ingenio del doctor Cleaver por ello. Algunos se volvieron hacia Cleaver, quien se lo agradeció con una tímida sonrisa.
—Ahora observen esto.
Cuando se volvieron para mirar a Saramaggio, la pantalla dividida mostraba a Tyler en la parte izquierda y una fila de monitores a la derecha. Podía verse que una figura, una enfermera, se acercaba a la cama. De pronto, la enfermera dio unas cuantas palmadas.
Súbitamente, también, una fila de monitores se alteró, provocando un pequeño pico que se fue desgajando gradualmente en una progresión normal de delgadas espigas. La enfermera volvió a dar una palmada y la línea volvió a alterarse.
—Como pueden ver —dijo Saramaggio, con una pizca de jactancia en la voz—, el paciente, aunque en estado de coma, puede registrar el sonido. No hay nada inusual en ello. Pero aquí hay una trampa. El monitor al que están mirando no es el monitor que está conectado al paciente; es el monitor del ordenador.
»En otras palabras —y aquí pronunció la frase con mayor énfasis—, el sonido penetra en los oídos del chico, pero él no reacciona. De eso se encarga el ordenador.
—La enfermera volvió a aplaudir y, esta vez, todos los ojos se fijaron en el monitor. Se quedaron contemplando en silencio su pequeño pico, como si de pronto hubiese adquirido el aura de algo mágico.